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4. Fernandito en la comisaría

 

Cuando regresamos a la comisaría, ya nos estaban esperando. La llegada de un agente de la capital con su sobrino no se producía con frecuencia, así que todos nos sonreían al pasar, no sé si de forma cordial o con sorna.

Nos acompañaron hasta la puerta del despacho del comisario y esperamos sentados en un banco de madera.

Mira, tío, ¡unas esposas!

Y acto seguido metió la mano por uno de los dos círculos metálicos, el que quedaba libre, pues el otro estaba sujeto al travesaño superior que hacía de respaldo. Los compañeros las tenían para amarrar a los detenidos mientras esperaban a que se les tomara declaración. Salió el comisario y, sacándome de la duda sobre cómo proceder con el muchacho mientras despachaba con él, alguien se ofreció a hacerse cargo de Fernandito. Al salir, la excitación le desbordaba.

¡Tío, no sabes cuántas metralletas tienen en un armario!

Y muy serio, como si fuera un secreto:

¡He visto el calabozo!

No me extrañó que el niño estuviera emocionado con tantas novedades, pues el policía uniformado que le recogió le había calado la gorra reglamentaria sobre su cabeza y todos trataban de captar su atención con distracciones diferentes.

Mi entrevista fue rápida. De antemano me habían preparado un dosier en el que se incluían varios documentos. El comisario no se entretuvo en detallar los sucesos que no eran capaces de aclarar, como si le costara reconocer su fracaso, quizá resentido por la poca confianza que sus superiores depositaban en él y su grupo de hombres.

Espero que ustedes sean capaces de desenredar este asunto —intentó conciliar conmigo, a pesar de que yo debía representar para él un inquisidor de sus capacidades.

No encontré palabras con las que aliviar el sentimiento de frustración del comisario, un hombre ya a punto de jubilarse.

A ver si vosotros veis lo que nosotros no vemos —señaló de manera que a mí me pareció que el asunto era un enigma.

De nuevo no fui capaz de reconfortarlo, en parte por el engreimiento que empezaba a sentir al notar cómo el abatimiento cubría casi por completo al venerable policía. Sin embargo, en ese momento, dejando de lado la parte de mi ser dispuesta a aceptar la farsa con tal de ganar autoestima y haciendo caso a la otra que me recomendaba humildad y sinceridad, el comisario creyó oportuno hablar más como un ser humano que como agente del orden.

Es un asunto sin transcendencia desde el punto de vista policial y penal —siguió el hombre al comprobar que se estaba dirigiendo a alguien que desconocía a fondo el asunto que le confiaban y que parecía dispuesto a escuchar—. Estas menudencias no habrían tenido cabida en otros sitios, y menos en Madrid, pero Ávila, es mucho Ávila…

Me quedé perplejo ante estas aclaraciones cuyo significado era patrimonio exclusivo de mi interlocutor.

¿Qué quiere decir, señor comisario?

Me miró, y pienso que en ese instante se percató de que yo no participada de la idiosincrasia propia de los abulenses.

Tontadas, cosas mías —respondió intentado evadirse de una explicación ardua a un alumno desaventajado.

Si no desea nada más de mí… —comencé el ritual de despedida notando que mi presencia le importunaba.

No te ofendas. No tengo ningún resquemor contra ti ni me desagrada compartir con vosotros, los de Madrid, la investigación de este asunto, pero a veces me da rabia vivir en un ambiente tan remilgado y someterme a unos superiores tan intransigentes con la moralidad y lo que ellos entienden por orden.

Las palabras del comisario continuaban siendo enigmáticas, pero percibí con nitidez en él un malestar que lo desalentaba y que —intuí en esa entrevista— bloqueaba la clarividencia necesaria para guiar una investigación. Me quedé con las ganas de indagar más sobre las causas de su desazón; sin embargo, era consciente de que sería muy arriesgado por su parte abrir su corazón a alguien desconocido que acababa de llegar a la ciudad a recibir el testigo de unas averiguaciones que él tenía atascadas.

No me haga caso —Terminó por desechar las cavilaciones y, arrojando de su mente las preocupaciones, sacudió la mano derecha con ímpetu como si las frustraciones fueran una masa gelatinosa adherida que arrojaba por un hipotético túnel de evacuación de desperdicios—. ¡Vaya sobrino más simpático que tiene!

Me despidió, auxiliado por la alusión a la anecdótica visita de Fernandito, para desterrar definitivamente la nube de pesadumbre que lo impregnaba.

El muchacho salió de comisaría más contento que unas pascuas. Durante el tiempo que permaneció en manos de mis colegas, el niño pudo saciar la curiosidad que lo acuciaba desde hacía mucho tiempo sobre todo lo referente al mundo policial. Yo, que nunca había querido enseñarle una pistola, que no creía oportuno relatarle los entresijos de la delincuencia por mucho que me preguntara si había disparado a alguien o a cuántos asesinos había detenido, había sido desautorizado para el resto de mi vida. Percibí, al estar en la calle y caminar a su lado, que en esa media hora había dado un estirón; o, tal vez, yo había encogido.

¡Vámonos ya! —me ordenó para que nos dirigiéramos a la estación a tomar el tren de vuelta, como si ya hubiera alcanzado todas las aspiraciones relacionadas con ese viaje.

¿No tienes hambre? —Intenté retarlo con un nuevo aliciente para que no sintiera tanta prisa en regresar—. Además, nos falta de ver las murallas.

La suma de los dos estímulos despertó de nuevo el interés del niño por prolongar nuestra estancia. Continuamos por la avenida de edificios modernos hasta llegar a la zona histórica. El centro de la ciudad de Ávila es el modelo ideal de población provinciana: tiendas de ultramarinos, comercios de ropa, droguerías, ferreterías, librerías… ¡Todo tipo de establecimientos se puede uno encontrar entre El Grande y El Chico, las dos plazas de referencia para los vecinos! Por sus calles pulula la gente que se desplaza desde los pueblos cercanos a comprar. También la que, con sus carpetas de cartón azul bajo el brazo, y el volante correspondiente, acude a la consulta de los médicos especialistas, o la que, con su fajo de billetes bien custodiado, llega al banco para depositar el dinero ahorrado con tanto esfuerzo… Los dos nos dejamos contagiar por el bullicio y la vitalidad de las calles a esas horas.

¡Las murallas, tío! —Efectivamente, fue Fernandito el que las divisó al desembocar en El Grande.

Se soltó de mi mano y echó a correr para aproximarse a la puerta del Alcázar. El muchacho miraba hacia las almenas y se quedaba alelado comprobando la solidez y majestuosidad de la construcción. Cruzamos la puerta para entrar dentro del recinto amurallado. Él miraba al techo, como con miedo de que se pudiera derrumbar el forjado de piedras. En el otro lado, a la parte izquierda, había un pequeño jardín desde el que salía la escalera de subida a la fortaleza, pero no se permitía el acceso, por lo cual nos sentimos defraudados.

¡Mira, tío! ¡Un animal de piedra!

Y me señalaba un toro de granito que no supe muy bien qué pintaba allí. Después, cuando descubrí otro durante mis sucesivas estancias en la ciudad, me enteré de que eran verracos procedentes de un castro llamado Las Cogotas, situado en el pueblo cercano de Cardeñosa.

Fernandito se empeñó en subirse en sus lomos. Dudé si permitírselo o impedírselo. Miré alrededor como si una cosa o la otra dependiera de alguien que nos observara dándonos su anuencia o advirtiendo de una reprimenda. No vi a nadie que me sacara de dudas y de un empujón que le di, el muchacho se sentó a horcajadas en el lomo del animal aguijoneándolo para que se pusiera en marcha.

Aún recorrimos durante un poco más de tiempo las calles céntricas de la ciudad hasta alcanzar El Chico y volvimos a salir del recinto amurallado por otra puerta para divisar desde un paseo que trascurría por el lienzo sur una extensísima explanada que se perdía en el espacio. Sin embargo, el cansancio comenzó a notarse en los dos. Antes de regresar a la estación, entramos en un bar de nombre Casa Patas, que le llamó la atención a Fernandito, situado en una pequeña calle que partía de El Grande.

¡Qué rico me ha sabido el chorizo, tío! —me dijo nada más salir de la taberna.

La verdad es que a mí también me gustaron los huevos con longaniza y patatas fritas que nos habían servido. La sensación de una comida degustada con fruición se alargó durante la tarde.

Llegamos a la estación sin saber con exactitud a qué hora pasaría un tren en dirección a Madrid. Una vez sacado el billete nos sentamos en los bancos del amplio vestíbulo ferroviario. El sol entraba a raudales por la fachada toda acristalada. A nuestro lado había más ancianos disfrutando de la agradable temperatura y de los rayos solares que impactaban de lleno sobre sus negras boinas, que viajeros esperando el tren.

¡Mira, tío, el viejo de esta mañana! —me advirtió mi sobrino al mismo tiempo que lo apuntaba sin pudor con el índice.

¡Calla, Fernandito!... Y no se señala a las personas —le corregí, no preocupado por la falta de urbanidad, sino con miedo de que se percatara de nuestra presencia y de nuevo lo tuviéramos de compañero en el caso de que entabláramos conversación.

Cuando anunciaron la entrada del tren por el andén dos, como si nos faltara tiempo para llegar, nos apresuramos a cruzar al otro lado de las vías por el subterráneo.

¿Por dónde va a venir el tren, tío?

Por la derecha —le respondí después de orientarme.

De nuevo lo sujeté de la mano por temor a que su nerviosismo lo llevara a caer a las vías. No cesaba de mirar en la dirección que le había señalado.

Lo tuve que detener para permitir que se apearan los viajeros. Una vez en el suelo el último, subió con dificultad los escalones y se aposentó en unos asientos desocupados y se puso a contemplar cómo el resto de viajeros buscaban acomodo.

¡El viejo! —me dijo tirándome de la chaqueta.

Me temí que al pobre hombre le tocaría soportar por segunda vez la tabarra que intuía que el muchacho estaba dispuesto a darle durante el viaje.

¡Buenas tardes! ¡Qué casualidad! —intenté con amabilidad mentalizarlo de las incomodidades que sufriría.

El hombre miró al muchacho con una sonrisa picarona sin decir palabra. Para evitar en lo posible las molestias, cambié de sitio con el chico, de tal modo que yo me quedé de frente. Absorto en el paisaje monótono de los primeros kilómetros del recorrido, apoyado en el cristal, después del madrugón y las vivencias de la jornada, se quedó dormido. Respiré con alivio al saber que durante una parte del trayecto podría relajarme y respirar con sosiego; sin embargo, cuando el tren se detuvo en Robledo de Chavela, el muchacho se despertó. En el intervalo que me dejó tranquilo pude intercambiar unas palabras con el viejo. Le pregunté que si trabajaba en Ávila. Hablaba muy bajo y sus frases eran raquíticas, al igual que toda su figura.

Soy profesor de Dibujo en La Normal.

Me quedé perplejo porque nunca habría acertado cuál sería su ocupación, si en algún momento hubiera especulado sobre tal cuestión. De todas maneras, lo que no me cuadraba era el hecho de que viajara en tren, pues yo suponía que lo lógico era que residiera en la ciudad.

¿Y tú?

Me sorprendió pues no esperaba que se interesara por las motivaciones que me llevaban a viajar con mi sobrino. Le aclaré, por si lo pensaba, que el muchacho no era mi hijo y no se me ocurrió otra respuesta que decir que habíamos ido a conocer la ciudad.

¿De turismo?

Sí, el chico no tiene escuela estos días y mi hermana no sabía qué hacer con él.

Sonrió con una mueca escéptica, como si no se hubiera creído lo que acaba de oír.

No recuerdo haber intercambiado muchas más palabras con este personaje en ese segundo viaje.




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