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1. El viejo en el banco

 

COMANDO LECH WALESA

«La venganza es una confesión de dolor, no hay espíritu que doblegue la injuria. El que te hirió, o es más poderoso o más débil; si es más débil, perdónalo, si es más poderoso, perdónate» [De Ira, III, 5: 7-8] de Lucio Anneo Séneca, filósofo, (4 a.C. y el 65 d.C.)


1. El viejo en el banco

Chis, chis…

No sabía si me llamaban a mí. Como no me apetecía entablar contacto con nadie creí que, desentendiéndome, podría dar esquinazo al desconocido.

Había salido de la comisaría a la hora del café sin compañía, pues procuraba disfrutar del descanso de media mañana en soledad. Las conversaciones de los colegas terminaban versando siempre sobre asuntos de trabajo y abordando las rencillas que inevitablemente surgían entre compañeros, o lamentando los sinsabores causados por los roces de la convivencia. Un paseo solitario, sin pensar en nada, me despejaba la mente y regresaba a la comisaría oxigenado para continuar la jornada de trabajo.

Chis, chis…

La segunda llamada me perturbó aún más. Estaba convencido de que se dirigían a mí, pero era incapaz de identificar a nadie, por lo que continué hacia mi objetivo, que no era otro que acceder al Museo Reina Sofía. Por recónditas razones regresaba con frecuencia a este lugar, sabiendo que, al finalizar su recorrido, un extraño malestar me acompañaría durante el resto de la jornada. Las exposiciones que se exhibían allí eran todas de arte moderno, difícil de asimilar para un espectador medio; no obstante, el afán por descubrir nuevas manifestaciones artísticas me llevaba cada cierto tiempo a recorrer las salas del remodelado hospital, que, con el paso de los años, había perdido el olor de los fármacos y se impregnaba de la limpieza estéril de las obras de arte una vez alejadas de los atelieres caóticos donde fueron creadas. No comentaba con nadie la sorpresa o la decepción que la visita me causaba. Me resultaba admirable observar cómo los escultores erigían sus obras con desechos recogidos en vertederos o en desguaces, de los que rescataban piezas que presentaban con una nueva cara, y cómo, colocadas en el sacro templo del arte, adquirían una nobleza de la que nunca antes gozaron en el uso para el que fueron concebidas. El mayor sobresalto me lo llevé cuando descubrí, en una sala, una colección de cuadros elaborados sobre arpillera en vez de lienzo. El pintor que utilizaba este material se llamaba Manolo Millares. Los sacos, pintados de cualquier manera, los había arrugado o agujereado y recosido burdamente con gruesos hilos de esparto. Los colores eran pardos, ocres, grises, negros… La colección parecía no tener fin. Era original, pero a medida que iba avanzando notaba en mi cuerpo el prurito del recuerdo del tacto de ese basto material.

Chis, chis… —Esta vez la onomatopeya estuvo acompaña del golpe seco y metálico de un bastón contra el asiento de un banco de la plaza.

Me acerqué al viejecito que reclamaba mi atención para persuadirlo de que me confundía con otra persona. No obstante, por la forma de mirarme y por la sonrisa socarrona que luchaba por manifestarse en su cara, juzgué que, o me conocía, o era un enajenado.

Con el bastón, y sin levantarse de su asiento, me propinó una serie de golpecillos, a modo de caricia, en una pantorrilla. Comprobando que no me acordaba de él, amagó con irritarse. Ante esta reacción inesperada, me esforcé por encontrar en mi memoria los nexos necesarios para llegar a identificarlo. Hizo ademán de incorporarse, pero yo, viendo las dificultades con las que realizaba la maniobra, acabé por sentarme con él. En la distancia corta, por fin, con los garabatos de mis recuerdos, recuperé el esbozo de los ojos de un profesor con el que coincidí en varias ocasiones, hacía ya unos años, en el trayecto de tren a Ávila.

Ah, ya sé quién es usted…

Me detuve para despejar la bruma que se interponía entre la imagen de este pequeño hombre mal afeitado que se encaraba conmigo y la de aquel viajero, que portando un ajado maletín de cuero en la mano derecha y un gran sombrero que se encajaba en su cabeza hasta rozar las diminutas cejas, compartió asiento conmigo en algunos de los viajes que tuve que realizar hasta la ciudad amurallada con ocasión de unas investigaciones que no llegaron a buen puerto. Sin embargo, su mirada insultante me hizo desconfiar de mis recuerdos y no me atreví a expresar con palabras mis indagaciones mentales.

¡Coño! ¡Sí que tienes mala memoria!

No me quedó más remedio que arriesgarme a hablar, viendo que el malestar del viejo aumentaba.

Me parece que usted era profesor en Ávila…

A pesar del declive físico del hombre, su lucidez aparentaba ser mayor que la mía.

Y tú, policía.

Se dirigía a mí con contadas palabras que podrían ser interpretadas como puñales hirientes por su ironía, aunque lo cierto es que debía esforzarme por oírlas para saber qué decía, ya que su voz era casi imperceptible, tanto por el bajo tono que utilizaba, como por su pronunciación difusa. Farfullaba más que hablaba moviendo apenas una boca en la que el hilo de su aliento fluía sin obstáculos dentales ni la oclusión de unos labios tersos. Me armé de paciencia para aguantar los improperios y soportar el mal genio del anciano.

¿De qué daba usted clase?

Desde lo más profundo de su pupila vi brillar un luminoso punto verde que me hería en mi autoestima. Me decía que era un atolondrado y que parecía imposible que siendo tan joven tuviera tan mala memoria.

Dibujo.

En el momento en que dijo la especialidad, se apagó el puntito luminoso de su mirada.

Cada vez con menos presencia de ánimo, simplemente por alargar más la conversación, le pregunté en qué centro impartía clase.

En la Normal.

Con un poco de esfuerzo, uní su persona a los recuerdos del viajero del tren de cercanías con el que coincidí años antes. Era verdad que me había contado algo de su vida, pero su forma de expresarse ya por aquellos años era similar a la actual y, entre los traqueteos del convoy y los silbidos de la máquina cada vez que se adentraba en y salía de los numerosos túneles del recorrido, no estaba seguro de que los datos recopilados por entonces y dados como válidos se correspondieran con lo expresado por el pequeño profesor. No recordaba si me había concretado los años que llevaba en la profesión, pero sí que no residía en la ciudad y que había llegado a un acuerdo con la directora del centro universitario para concentrar sus clases en dos días, lo cual le permitía continuar viviendo en Madrid.

¿Y qué es de su vida? ¿Sigue viajando a Ávila?

Meneó la cabeza sin pronunciar palabra. Me seguía mirando fijamente a los ojos sin pudor, lo cual me hacía sentir incómodo. Además, si ya por aquel entonces su laconismo era llamativo, ahora parecía que se había acrecentado. Me alarmé al pensar que el hombre hubiera sufrido un ictus y, a consecuencia de ello, hubiese perdido el habla o la capacidad de hilvanar varios vocablos sucesivos.

¿Vive usted por aquí? —Seguía buceando en mi baúl de preguntas para encontrar algún asunto con el que el hombre pudiera explayarse o que, al menos, me permitiera no ser descortés y permanecer junto a él los minutos mínimos de rigor de una conversación de compromiso.

Hizo un gesto de desprecio, como si me dijera que qué me importaba a mí si vivía por allí o no, aunque al final se le escapó un diminuto adverbio de afirmación.

Miré los edificios que circundaban la plaza como si no conociera la zona, con la intención de ponderar la ubicación privilegiada de su vivienda y así prolongar la conversación, aunque lo cierto es que lo envidié con sinceridad pensando que a mí también me encantaría vivir allí, en el centro, al lado de la comisaría, y no en el pueblo dormitorio de Villalba.

¿Le gusta el museo? —Me sorprendí de mi agilidad mental al relacionar el centro de arte con la especialidad que impartía en su faceta docente creyendo que, por fin, hallaría un asunto que necesitaría unas cuantas frases para acabar de abordarlo.

Levantó la cara y miró durante unos instantes el edificio con expresión neutra, como si fuera la primera vez que reparaba en él y levantó los desiguales hombros para mostrar desprecio.

No he entrado.

No esperaba escuchar esta respuesta y, aunque no me gusta hablar del tiempo, me acercaba sin remedio al manido tema.

¡Tenemos una primavera espléndida!

Traté de insuflar ánimo al alicaído hombre, pero me arrepentí nada más acabar de pronunciar la exclamación, porque en ese mismo instante me percaté de que, a pesar de la temperatura agradable, él iba arropado con un gabán descomunal, desproporcionado para el reducido tamaño de su cuerpo, y que producía el efecto de empequeñecerlo todavía más.

Me disponía a dejarlo en su banco, ante la imposibilidad de mantener un diálogo y porque no se me ocurría ya ningún tema de conversación, sin embargo, al incorporarme, me puso el bastón en los muslos para bloquear el movimiento.

¿Y el sobrino?

Me quedé perplejo al oír la pregunta y tardé en descubrir por qué se interesaba por Fernandito, el hijo de mi hermana Antonia. Le sonreí sin responder, ya que, además, me resultaba evidente la intención burlesca. Recordé que la primera vez que coincidimos en el tren viajaba con mi sobrino. Aunque llevo casado muchos años, aún no tengo descendencia. No sé si en estos momentos puedo decir que lamento que no nos haya llegado un hijo, pero en aquel entonces el deseo de descendencia animaba la vida de mi matrimonio. Cada vez que podía, visitaba a mi hermana y disfrutaba de sus dos hijos. Fernandito era el mayor, andaría por los siete años y la pequeña Silvia tendría dos o tres. Antonia y mi cuñado estaban estresados con el trabajo y con sacar adelante a su prole. Cuando se me presentaba la oportunidad, acudía a su casa no solo para disfrutar de los niños, también para echar una mano. Fernandito me acompañó en ese viaje, creo recordar, porque que no tenía escuela y sus padres no sabían qué hacer con él. Me llamaron por si ese día libraba. Les respondí que no, pero, sopesando lo arriesgado de la idea que se cruzó por mi mente, les dije que me podría encargar de él si le permitían viajar conmigo hasta Ávila. Les expliqué que me desplazaba por un mero trámite administrativo, que sería cosa de llegar a la comisaría y recabar información para mis superiores de un caso sin importancia y que regresaríamos por la tarde. Aceptaron y al día siguiente quedé con ellos en la estación de Atocha, desde donde partiríamos…

¡Qué espabilado! —El jubilado se refería a mi sobrino. Se le quedó una sonrisa que se alargó durante unos instantes.

Ya es un hombre. Está cumpliendo la mili en Canarias. ¡Menudo mozo! Ha crecido como un mayo —me explayaba al ponderar la transformación de su persona en los años transcurridos desde ese viaje, aunque lamentaba al mismo tiempo no poder disfrutar de la gracia infantil del muchacho, que llamaba la atención de todos aquellos que trataban con él.

Pelirrojo, con pecas en la cara y una sonrisa permanente que mostraba unos paletos separados (uno de ellos mellado a consecuencia de una caída en las lanchas de la puerta de su tía abuela Sonsoles, al tener la mala suerte de caer de bruces sobre la piedra), Fernandito era un niño inquieto. Mi padre decía del nieto que parecía que tenía alparabanes, porque no paraba quieto en ningún lado. Yo me sentía orgulloso de él y disfrutaba mucho en su compañía, aunque ese día acabó con mi paciencia.

Mi hermana llegó con el niño bastante tiempo antes de que saliera el tren para poder incorporarse a tiempo al trabajo. Me había advertido de ello y me encontraba en el vestíbulo cuando los vi entrar corriendo. El muchacho tiraba de su madre, que a duras penas podía seguir su trote, y la conminó a no entretenerse mucho con el fin de quedarse conmigo cuanto antes. Faltaban unos minutos para las ocho de la mañana y nuestro tren no salía hasta media hora después. El niño se quedó inmóvil, mirándome expectante para saber qué es lo que íbamos a hacer. Lo agarré de la mano y nos dirigimos a los comercios, la mayoría cerrados, por lo que nos entretuvimos viendo los escaparates. No había transcurrido unos minutos a mi cargo y viendo su energía, me entraron dudas de si había sido buena la ocurrencia de responsabilizarme de él durante buena parte de la jornada…

No recuerdo si hablé con el viejecillo de mi trabajo, pero es evidente que sí, que le debí mencionar mi profesión, ya que me preguntó por ella con un interés que me desconcertó.

Voy tirando…, como siempre —le respondí con vaguedades, no porque no quisiera entrar en detalles inoportunos con un desconocido, sino porque era cierto.

Mi profesión me gustaba, aunque no estaba seguro de que fuera con la intensidad suficiente como para sentirme orgulloso. En realidad, no solía hablar con nadie de los entresijos del trabajo. Mi mujer rara vez me habrá oído quejarme por los servicios prolongados, ni por los desplazamientos fuera de Madrid, ni por la frustración ante los escasos frutos de alguna de las indagaciones, ni por tener que soportar la indignidad de los maleantes con los que debo tratar, ni de la falta de resolución con la que mis superiores encaran muchos casos… Tampoco soy dado a propagar mis pequeños logros o satisfacciones cuando consigo aclarar alguno de los delitos que investigo y puedo llevar ante el juez a delincuentes de muy distinta ralea para que den cuenta de sus fechorías. Cuando esto sucede, juzgo que ese es mi trabajo y que no hay que ponderar lo que es el cumplimiento estricto de mi deber, aunque, a veces, me dejo empalagar con las palabras de admiración de cualquiera que esté dispuesto a reconocer mis logros. Cierta monotonía se ha apoderado de mi espíritu, aletargándolo y llevándolo a un estado de semiconsciencia que me permite cumplir con mis obligaciones sin disfrutar en exceso con ellas, pero que tampoco me lleva a arrastrarme con lentitud en el transcurso de los días de trabajo anhelando que lleguen las libranzas para evadirme del tedio de unas tareas que casi siempre son repetitivas. Haciendo balance de lo que ha sido mi vida profesional hasta este momento, los platillos se equilibran en el centro del fiel; sin embargo, por mi carácter pusilánime, guardo más recuerdos de los fracasos que de los éxitos. Por otra parte, mi mayor decepción tiene que ver con el desvanecimiento de la idea mágica que en mi juventud se fraguó de lo que era el cuerpo policial. Ingresé pensando que con mi trabajo contribuiría a establecer el orden justo en la sociedad, persiguiendo a aquellas personas egoístas que anteponen siempre sus deseos y apetitos sobre el resto de sus congéneres. Y que no lo haría con afán de venganza, sino de justicia. Sin embargo, después de casi veinte años persiguiendo este ideal, me he percatado de que no es ese el principal cometido del cuerpo. No me atrevo a difundir lo que veo ni a reconocer los fracasos de la institución, pero son frustraciones a las que cada día me he de enfrentar.

Noté que el viejecito no se atrevía a formular una pregunta, pero que se quedaba con las ganas y que no la planteaba por recato, o por no salirle las palabras de la boca.

¿Y el caso aquel? —acabó de soltar después de varias tentativas.

Me sorprendí de que se interesase por los motivos que me llevaron a Ávila, no porque se acordara del asunto, sino por mi indiscreción. Estaba claro que en cierto momento acabé tomándolo como mi confidente y que le hablé de alguna cuestión relativa a las investigaciones, aunque no era capaz de fijar en ese momento la cantidad de información que le pude haber proporcionado.

A pesar de que habían transcurridos ya muchos años, mirando al hombre con más atención, me percaté de que el paso del tiempo no había dejado su huella en él. Si no fuera por su dificultad mucho más acentuada para hablar, habría dicho que su presencia actual no difería tanto de la del hombre que viajaba conmigo en el tren a Ávila. Tal vez por estar sentado, daba la sensación de que había encogido un poco más, pero ya por aquel entonces su estatura era baja.

El caso por el que preguntaba fue un galimatías de mucho cuidado. No fue un suceso normal. En realidad, no se trataba de una, sino de varias incidencias acumuladas en una ciudad minúscula para las cuales los mandos policiales de la localidad no encontraban explicación. Por otra parte, el periódico provincial las difundió, aunque no todas, y las autoridades civiles y religiosas presionaron al gobernador para que se aclarara lo que estaba sucediendo. Me mandaron a mí con el fin de recabar información de lo que ocurría, lo que me confirmó la impresión repetida a lo largo de mi carrera de que me encargaban siempre misiones secundarias que no me permitirían demostrar mi valía a mis superiores y, por tanto, subir en el escalafón. A esa visita primera le sucedieron otras, porque me terminaron encargando que echara una mano en las investigaciones.

Nada, no fuimos capaces de saber lo que pasó —le dije en plural para no cargar con toda la responsabilidad, aunque en mi fuero interno el fracasado era yo, si bien puedo decir que, con el paso del tiempo, muchos detalles de ese asunto se han diluido en el marasmo de los múltiples casos que he investigado.

¡No! —exclamó apesadumbrado y con una cara de disgusto que me llamó la atención, ya que no comprendía en qué medida le importaba el caso.

Hizo un gesto de desprecio, y con el bastón extendido me señaló un punto indefinido de la plaza instándome a marchar hacia él, para que lo dejara solo a partir de ese momento. Me incorporé estupefacto por la reacción del viejo y, sin capacidad de sobreponerme, aunque tratando de ser cortés incluso en esa tensa situación, me despedí de él.

En un primer momento, me encaminé al museo sin ser consciente de que el tiempo de descanso para comer el bocadillo estaba a punto de acabar, por lo cual, cambié de rumbo hacia la comisaría.

Ese estado de bloqueo se prolongó durante un rato y ya todo el día me dejó pensativo. No comprendía qué es lo que había sucedido para que el viejo reaccionara así y eso llevó a que mi mente, sin desearlo, se dedicara muchos momentos muertos de esa misma jornada a meditar sobre alguna de las personas con las que me entrevisté para saber qué había ocurrido en la ciudad de Ávila hacía casi quince años, en torno a mil novecientos ochenta.























































































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