03/01/26

2. Mi sobrino pelirrojo

 

2. Mi sobrino pelirrojo

Cuando salí del trabajo y tomé el tren de vuelta a mi casa, en Villalba, me encontraba enojado conmigo mismo. Excepto el encuentro con el anciano, ningún otro asunto me trastocaba el estado de ánimo.

Con el paso de los años, me había apartado de las investigaciones a pie de calle y mis superiores me destinaban a labores administrativas: cotejaba datos, redactaba informes, indagaba en los archivos, preparaba la logística necesaria para que mis compañeros más jóvenes siguieran sobre el terreno el itinerario previsible de las averiguaciones. A veces tomaba declaración a los investigados, pero siempre en las dependencias de la comisaría. Era ese un momento de la vida profesional que la mayoría de los policías esperaban: algunos postergaban el paso a retaguardia arriesgando su integridad física, pero otros, aún vigorosos, anhelaban este destino menos peligroso. Yo di el paso cuando por edad y años de servicios me correspondía, aunque, aparte del estado físico, en mi caso influyó mucho el desánimo y la frustración acumulada hasta ese momento por el descrédito de los principios que me animaron a entrar en la institución. No estoy amargado, porque la acritud se manifiesta en la denigración pública, y nunca por mi boca ha salido palabra de crítica contra mis compañeros; más bien todo lo contrario, defiendo la labor policial sin apasionamiento, pero dejando claras las razones de nuestro trabajo, tanto cuando alcanzamos el éxito, como cuando fracasamos. Sin embargo, al decidir apartarme de la primera línea de fuego, lo hice pensando que lo que no hubiera alcanzado hasta ese momento desde un punto de vista profesional, ya nunca lo lograría. No había razón para continuar y ser un obstáculo para que otros compañeros más jóvenes e impetuosos demostraran su competencia en la profesión. La convicción de que había llegado el momento de dar un paso atrás me proporcionó una serenidad que todavía hoy conservo. No obstante, hay momentos en los que la desazón se apodera de mí, y la soporto mal porque no logro saber el origen de ella o, sospechando cuál es, considero este de tan poca entidad que me acrecienta una congoja que se prolonga mucho más que el recuerdo de cualquier error o fallo que haya cometido en la gestión de algo concreto.

Llegué a nuestro chalet desfallecido. Mi mujer no se hallaba en casa. Trabajaba a turnos, por lo cual había jornadas en las que solo nos veíamos al levantarnos y a última hora de la noche. Todas las dependencias estaban ordenadas. La limpieza de nuestro hogar me infundió una brisa de tranquilidad. El caos, a veces excesivo, de la comisaría y la ausencia de aire puro perjudicaban el bienestar de los que allí trabajábamos y hacía que la entrada en el ámbito doméstico resultara más reconfortante.

Después de reposar la comida, más apaciguado, en vez de salir a caminar o de ponerme la ropa de trabajo para cuidar el jardín o el pequeño huerto de nuestra parcela, me senté en mi despacho. Al no tener descendencia, nos sobraban habitaciones y habíamos acondicionado dos de ellas como gabinetes, a los que trasladamos las pertenencias más exclusivas de cada uno de nosotros. En las estanterías no solo lucían libros y objetos decorativos, sino que también me había acostumbrado a ordenar en archivadores los documentos o anotaciones sobre los casos en los que había colaborado. En verdad, esta dedicación nunca había sido rigurosa ni completa, pues, a lo largo de los años, me he sentido inseguro respecto a la oportunidad de esta recopilación; incluso, desde un punto de vista legal o deontológico, dudo de si se puede considerar lícita.

Sospechaba que algo encontraría acerca de esta investigación en Ávila, pues fue también por aquella época cuando comencé a escribir un diario que complementaba la recopilación de materiales del archivo. En estas anotaciones, manuscritas en cuadernos escolares, no solo me refería a mi actividad profesional, sino que también escribía sobre acontecimientos familiares y reflexiones que me permitían abordar de forma tranquila las preocupaciones cíclicas con las que siempre he litigado. Casi nunca los he vuelto a releer esos materiales. Me da pudor e intuyo que me voy a avergonzar de lo que escribí hace ya mucho tiempo, o del material recopilado a lo largo del ejercicio de mi profesión. Con todo, siempre he vuelto a borronear mi diario cuando he necesitado aclararme. Cada preocupación salvaje que conseguía domesticar al anotarla en mi cuaderno me infundía aliento para continuar ordenando mi vida, de modo que siempre lo he considerado un procedimiento eficaz para resolver las inquietudes cotidianas, con independencia de que más tarde leyera o no lo que anotaba.

De inmediato localicé el archivador, el primero, al igual que el cuaderno con el que inicié el diario, cuyos registros se prolongaban hasta completar casi dos años de mi vida. Las primeras fechas, como había calculado, eran de enero de 1980. Pensé que quizá comenzara a escribirlo como propósito de Año Nuevo. Al hojear sus páginas me asaltaron recuerdos del piso de Vallecas donde comenzamos nuestra vida en común mi mujer y yo, hasta que más adelante, hastiados de los inconvenientes de una gran urbe y creyendo que debíamos rentabilizar los ahorros, nos hipotecamos para comprar nuestra actual residencia en esta localidad de Villalba. Con el paso de los años, sin embargo, en mi memoria solo perduran con suavidad las vivencias placenteras que una gran ciudad ofrece a sus habitantes, si es que estos son capaces de disfrutar de ellas. Recuerdo el dominio de las calles caminando por sus aceras, la rica vida multicultural en El Rastro, las visitas a los interesantes museos, a la Biblioteca Nacional, a locales llenos de un encanto que solo se adquiere cuando han sido varias las generaciones que lo han regentado…

No quise perderme en la dulce nostalgia del pasado para centrarme en el asunto que me había llevado a remover cuadernos y archivadores. Cada una de las entradas del diario, se iniciaba con un titular periodístico referente al asunto que a continuación desarrollaba, de modo que, en muy poco tiempo, leyendo estos epígrafes, comprobé que las anotaciones referentes a la investigación de Ávila eran escasas y que ninguno se refería al viejecito de la plaza del Museo Reina Sofía, por lo que supuse que no encontraría referencias a él. Sin embargo, aunque aquella mañana tardé en caer en la cuenta de quién se trataba, una vez identificado, vinieron a mi cabeza detalles de su persona y de los sucesivos encuentros que mantuve con él. El primero se produjo cuando viajé a Ávila en compañía de mi sobrino para recoger información de los sucesos inescrutables que acaecían en la ciudad. Coincidimos en la agrupación de cuatro asientos enfrentados, en los que los pasajeros viajaban en los trenes de cercanías, con lo cual durante todo el trayecto nos estuvimos mirando la cara. No creo que en ese primer viaje habláramos demasiado, porque mi preocupación era que Fernandito no molestara a los viajeros. El niño resultó ser más carga que solaz. Antes de montar en Atocha, la espera se le hizo eterna porque no le permitía subir a los trenes que pasaban por nuestro andén, como si pensara que lo estaba engañando y que ya no viajaríamos.

¿Es este, tío? —me interrogaba al aproximarse un nuevo convoy.

No, aún faltan diez minutos. Tú mira al panel luminoso y cuando aparezca «A Ávila» el primero de la lista, ese es el nuestro —le explicaba para que él mismo controlara sus nervios.

Con eso logré apaciguar su impaciencia. Consciente de mi responsabilidad, lo sujetaba de la mano con miedo de que se cayera a las vías. Él espiaba a los ágiles viajeros que ascendían y bajaban de los convoyes. Los observaba como si nunca hubiera contemplado caras de tedio y fatiga ya a esas horas tan tempranas. Quizá por eso y por la penumbra lúgubre de los túneles infernales, por momentos desapareció de su cara la expectación del que vive una experiencia infantil nueva y emocionante.

Sin embargo, ya en el tren y una vez dejados atrás los corredores subterráneos de las tripas de la ciudad, cuando la luz nos dio de pleno en los ojos, la chispa de la curiosidad regresó a sus pupilas. Un maremágnum de raíles entretejía las vías misteriosas por las que los trenes se deslizaban para llegar a o abandonar la estación de Chamartín. Más tarde, la vista se perdía en los encinares de la Casa de Campo.

Mira, Fernandito, mira… —Y le señalaba los cervatillos que se alejaban asustados por el estruendo del tren.

¿Dónde?, ¿dónde?

El muchacho, sin reflejos a consecuencia de la ansiedad con la que observaba todo, se perdió la carrera rápida de los animales.

Mira, tío, un conejo.

Subiendo las trincheras abiertas para trazar las vías, un gazapillo se alejaba burlándose de los viajeros agitando su blanca cola.

¿Dónde?, ¿dónde? —le preguntaba simulando que no lo había visto.

Allí, allí… —me respondía volviendo la cabeza al punto que se iba quedando atrás.

Era un conejo —repetía Fernandito, frustrado porque no corroborara su descubrimiento.

Durante un rato se mantuvo atento mirando por los sucios cristales de la ventana con el afán de un cazador, pero, cuando pasaron los minutos y no vio ningún animal más, perdió interés.

Poco tiempo permaneció sentado. De pie, oteaba a un lado y otro del vagón.

Siéntate —le ordenaba en voz baja para no molestar a los viajeros.

Apoyaba el culo en el borde del asiento, pero, en el momento en que se atenuaba mi vigilancia, incorporándose con cuidado y, evitando las piernas del viejo, se desplazó hasta el pasillo para desde ese sitio escrutar el panorama. Nuestro compañero de asiento sonreía ante la inquietud del muchacho y al notar mi propia desesperación cuando este no me obedecía. Sin decir nada, yo intentaba con la mirada que comprendiera que las incomodidades eran originadas por un niño. El viejecito del sombrero no cesaba de reír con una actitud desconcertante, ya que no estaba seguro de lograr su complicidad.

Aumentando el radio de acción, Fernandito acabó aproximándose a todos los viajeros. A algunos les hacía gracia; a otros seguramente les fastidiaría y reprocharían sin que a mis oídos llegara, la despreocupación del supuesto padre del niño por permitirlo andar como Pedro por su casa. La idea de que la gente creyera que era hijo mío me llenó de una satisfacción ridícula.

Tío, tengo sed —me dijo después de explorar todos los asientos cuando ya habíamos pasado la estación de El Escorial.

Me quedé sin saber qué decirle. Abría la boca y jadeaba levemente mostrando una concavidad bucal deshidratada.

Aguanta un poco, que enseguida llegamos.

¿Cuánto falta?

¿Quieres un caramelo?

El ofrecimiento de nuestro acompañante me sorprendió porque hasta ese momento no se había dignado pronunciar palabra y me sacó de un apuro, pues no sabía cómo distraer a mi sobrino para que se olvidara del agua. Extrajo un caramelo del bolsillo de su ajada gabardina. Me resultó llamativo el brillo y blancura del envoltorio, como si fuera inaudito que de una prenda gris y gastada pudiera salir algo tan limpio y dulce. Fernandito no hizo ascos y quitando el papel se lo metió en la boca. Pensé que saboreando la golosina se entretendría un rato, pero, en un abrir y cerrar de ojos, comprobé que no lo chupaba, sino que lo partía y trituraba con las muelas, chascando la dentadura sin ningún miramiento.

¿Cuánto falta? —siguió preguntando una vez ingerida toda la masa machacada del caramelo.

¡Mira! ¡Un túnel!

Por un instante reaccionó ante la sorpresa, al encenderse la luz en el convoy, al mismo tiempo que éramos devorados por la oscuridad. Los sucesivos corredores subterráneos que atravesamos poco antes de llegar a nuestro destino lo mantuvieron expectante hasta detenernos en la estación de Ávila.

¡Vaya sobrino que tiene! ¡Parece el rabo del diablo! —Me quedé estupefacto con las palabras de despedida del viejo.

No sabía si el muchacho le había servido de distracción o había sido un incordio. Lo vi atravesar el vestíbulo de la estación caminando con pequeños pasos inarmónicos y balanceando con un recorrido circular breve el portafolios que agarraba con su mano derecha.

Vamos a beber agua —le dije a mi sobrino antes de abandonar la sala de espera.

Me miró sorprendido.

No tengo sed —me respondió animándome a marchar de allí y enfrentarnos a una ciudad desconocida para los dos.

El sol lucía con un brillo metálico al salir de la estación.

Había embaucado a mi sobrino diciéndole que Ávila era muy bonita y que estaba rodeaba de una inmensa muralla de piedra, como si temiera su aburrimiento mientras realizaba las gestiones que me llevaban a la ciudad.

Pregunté dónde se ubicaba la comisaría.

No hay pérdida. Baje por la acera y, antes del cruce, a la derecha, en la misma esquina, tiene el Gobierno Civil y allí está —me aclaró uno de los jubilados que merodeaban por la estación—. Si quiere, lo acompaño.

Me agradó la disponibilidad del hombre y le agradecí su ofrecimiento, pero no llevábamos prisa y deseaba realizar mi primer contacto con la capital abulense sin la interferencia de nadie. No recuerdo si esa primera impresión me agradó o me defraudó. En todo caso, las viviendas más inmediatas eran más propias de una aldea que de una pequeña urbe, con sus casas de una sola planta y sus minúsculas tabernas. Un poco más adelante, sin embargo, la ciudad moderna se erigía a modo de presentación con unos edificios altos pero anodinos. Esa mezcolanza de construcciones fue lo que me encontré por casi toda la geografía urbana, como si la pugna por la modernización se mantuviera en un punto de equilibrio consistente.

Descendí por la avenida hasta llegar al cruce que me había señalado mi guía. Un edificio de piedra impoluta y fría albergaba la sede del Gobierno Civil y en una de sus dependencias anejas, la comisaría provincial.

Mira, tío, lleva una metralleta —me dijo Fernandito al ver cómo el policía de puertas vigilaba la entrada.

Me presenté ante él y aclaré cuál era mi propósito.

Es mejor que toméis algo por aquí, en alguno de los bares cercanos, porque el comisario ha salido hace media hora camino del juzgado… —me respondió el compañero para evitarnos la espera sentados en un incómodo banco de madera.

Cruzamos a la acera contraria y entramos en un local muy distinto al de las primeras tascas que nos habíamos encontrado al salir de la estación. La barra estaba bien surtida de aperitivos elaborados todos ellos con carne de cerdo: morros, callos, orejas, hígado… y patatas revolconas. Me llamó la atención este pincho cuando se lo vi comer a un grupo de parroquianos y me entraron ganas de probarlo.

¿Qué quieres tomar? —le pregunté a mi sobrino.

¡Una Fanta!

Aparte de la bebida, le pusieron un cestillo con un montón de patatas fritas.

¿Te apetece probar mi aperitivo? —le invité antes de comenzar a comer.

Las miró y negó con la cabeza. Me habían llenado un cuenco con las patatas machadas y encima dos torreznos.

¡Cómo pican! —dije soplando para aliviar la picazón, y acto continuo bebí un sorbo de cerveza.

Mi sobrino se reía viéndome, colorado, realizar tantos aspavientos. Él, entre tanto, dio cuenta de su bebida en un santiamén.

Pero ¿ya te la has acabado? —le reproché cuando lo vi apurando la botella en el segundo trago.

El chaval no dijo nada y continuó devorando las patatas moviendo las piernas con un balanceo incesante. El camarero, atento a los dos clientes no habituales y, quizá a la llamativa presencia de mi sobrino pelirrojo, oyendo mi reproche le trajo un vaso de agua, que ya no bebió con tanto ímpetu.

Nada más salir, el compañero de puertas nos dio a entender con señas que aún no había regresado el comisario, de modo que emprendimos un paseo por los alrededores. Continuamos por la avenida en dirección al centro. Nos detuvimos en el escaparate de una ferretería que se llamaba Peralta. Me gustan estos establecimientos y siempre que entro o veo sus vitrinas, siento el impulso de adquirir alguna de las herramientas en venta. Me entran ganas de trabajar viendo esos utensilios nuevos y me imagino lo fácil y cómodo que tiene que ser emprender cualquier tarea con ellos.

¿Qué miras, tío? —indagó Fernandito viéndome absorto ante el escaparate.

Seguro que mi sobrino no me imaginaba manipulando esas herramientas, sino exhibiendo la pistola a cada momento. Desistí de explicarle lo bien que me sentía cuando me enfundaba un mono y me calzaba unas botas de Segarra para ir al pequeño huerto ubicado en la misma escasa parcela que rodeaba nuestro chalet.

Enfrente había un edificio inmenso que ocupaba toda la manzana. Una verja y una puerta metálica cerrada no impedían ver el gran patio de la entrada. Había porterías de balonmano y canastas de baloncesto. Pensé en esos momentos que se trataba de un colegio religioso o de un seminario de curas; unos días más tarde, durante el transcurso de mis indagaciones, me enteré de que albergaba muchas dependencias escolares y administrativas, aunque la más significativa era la Escuela Normal de Magisterio.





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