03/01/26

1. El viejo en el banco

 

COMANDO LECH WALESA

«La venganza es una confesión de dolor, no hay espíritu que doblegue la injuria. El que te hirió, o es más poderoso o más débil; si es más débil, perdónalo, si es más poderoso, perdónate» [De Ira, III, 5: 7-8] de Lucio Anneo Séneca, filósofo, (4 a.C. y el 65 d.C.)


1. El viejo en el banco

Chis, chis…

No sabía si me llamaban a mí. Como no me apetecía entablar contacto con nadie creí que, desentendiéndome, podría dar esquinazo al desconocido.

Había salido de la comisaría a la hora del café sin compañía, pues procuraba disfrutar del descanso de media mañana en soledad. Las conversaciones de los colegas terminaban versando siempre sobre asuntos de trabajo y abordando las rencillas que inevitablemente surgían entre compañeros, o lamentando los sinsabores causados por los roces de la convivencia. Un paseo solitario, sin pensar en nada, me despejaba la mente y regresaba a la comisaría oxigenado para continuar la jornada de trabajo.

Chis, chis…

La segunda llamada me perturbó aún más. Estaba convencido de que se dirigían a mí, pero era incapaz de identificar a nadie, por lo que continué hacia mi objetivo, que no era otro que acceder al Museo Reina Sofía. Por recónditas razones regresaba con frecuencia a este lugar, sabiendo que, al finalizar su recorrido, un extraño malestar me acompañaría durante el resto de la jornada. Las exposiciones que se exhibían allí eran todas de arte moderno, difícil de asimilar para un espectador medio; no obstante, el afán por descubrir nuevas manifestaciones artísticas me llevaba cada cierto tiempo a recorrer las salas del remodelado hospital, que, con el paso de los años, había perdido el olor de los fármacos y se impregnaba de la limpieza estéril de las obras de arte una vez alejadas de los atelieres caóticos donde fueron creadas. No comentaba con nadie la sorpresa o la decepción que la visita me causaba. Me resultaba admirable observar cómo los escultores erigían sus obras con desechos recogidos en vertederos o en desguaces, de los que rescataban piezas que presentaban con una nueva cara, y cómo, colocadas en el sacro templo del arte, adquirían una nobleza de la que nunca antes gozaron en el uso para el que fueron concebidas. El mayor sobresalto me lo llevé cuando descubrí, en una sala, una colección de cuadros elaborados sobre arpillera en vez de lienzo. El pintor que utilizaba este material se llamaba Manolo Millares. Los sacos, pintados de cualquier manera, los había arrugado o agujereado y recosido burdamente con gruesos hilos de esparto. Los colores eran pardos, ocres, grises, negros… La colección parecía no tener fin. Era original, pero a medida que iba avanzando notaba en mi cuerpo el prurito del recuerdo del tacto de ese basto material.

Chis, chis… —Esta vez la onomatopeya estuvo acompaña del golpe seco y metálico de un bastón contra el asiento de un banco de la plaza.

Me acerqué al viejecito que reclamaba mi atención para persuadirlo de que me confundía con otra persona. No obstante, por la forma de mirarme y por la sonrisa socarrona que luchaba por manifestarse en su cara, juzgué que, o me conocía, o era un enajenado.

Con el bastón, y sin levantarse de su asiento, me propinó una serie de golpecillos, a modo de caricia, en una pantorrilla. Comprobando que no me acordaba de él, amagó con irritarse. Ante esta reacción inesperada, me esforcé por encontrar en mi memoria los nexos necesarios para llegar a identificarlo. Hizo ademán de incorporarse, pero yo, viendo las dificultades con las que realizaba la maniobra, acabé por sentarme con él. En la distancia corta, por fin, con los garabatos de mis recuerdos, recuperé el esbozo de los ojos de un profesor con el que coincidí en varias ocasiones, hacía ya unos años, en el trayecto de tren a Ávila.

Ah, ya sé quién es usted…

Me detuve para despejar la bruma que se interponía entre la imagen de este pequeño hombre mal afeitado que se encaraba conmigo y la de aquel viajero, que portando un ajado maletín de cuero en la mano derecha y un gran sombrero que se encajaba en su cabeza hasta rozar las diminutas cejas, compartió asiento conmigo en algunos de los viajes que tuve que realizar hasta la ciudad amurallada con ocasión de unas investigaciones que no llegaron a buen puerto. Sin embargo, su mirada insultante me hizo desconfiar de mis recuerdos y no me atreví a expresar con palabras mis indagaciones mentales.

¡Coño! ¡Sí que tienes mala memoria!

No me quedó más remedio que arriesgarme a hablar, viendo que el malestar del viejo aumentaba.

Me parece que usted era profesor en Ávila…

A pesar del declive físico del hombre, su lucidez aparentaba ser mayor que la mía.

Y tú, policía.

Se dirigía a mí con contadas palabras que podrían ser interpretadas como puñales hirientes por su ironía, aunque lo cierto es que debía esforzarme por oírlas para saber qué decía, ya que su voz era casi imperceptible, tanto por el bajo tono que utilizaba, como por su pronunciación difusa. Farfullaba más que hablaba moviendo apenas una boca en la que el hilo de su aliento fluía sin obstáculos dentales ni la oclusión de unos labios tersos. Me armé de paciencia para aguantar los improperios y soportar el mal genio del anciano.

¿De qué daba usted clase?

Desde lo más profundo de su pupila vi brillar un luminoso punto verde que me hería en mi autoestima. Me decía que era un atolondrado y que parecía imposible que siendo tan joven tuviera tan mala memoria.

Dibujo.

En el momento en que dijo la especialidad, se apagó el puntito luminoso de su mirada.

Cada vez con menos presencia de ánimo, simplemente por alargar más la conversación, le pregunté en qué centro impartía clase.

En la Normal.

Con un poco de esfuerzo, uní su persona a los recuerdos del viajero del tren de cercanías con el que coincidí años antes. Era verdad que me había contado algo de su vida, pero su forma de expresarse ya por aquellos años era similar a la actual y, entre los traqueteos del convoy y los silbidos de la máquina cada vez que se adentraba en y salía de los numerosos túneles del recorrido, no estaba seguro de que los datos recopilados por entonces y dados como válidos se correspondieran con lo expresado por el pequeño profesor. No recordaba si me había concretado los años que llevaba en la profesión, pero sí que no residía en la ciudad y que había llegado a un acuerdo con la directora del centro universitario para concentrar sus clases en dos días, lo cual le permitía continuar viviendo en Madrid.

¿Y qué es de su vida? ¿Sigue viajando a Ávila?

Meneó la cabeza sin pronunciar palabra. Me seguía mirando fijamente a los ojos sin pudor, lo cual me hacía sentir incómodo. Además, si ya por aquel entonces su laconismo era llamativo, ahora parecía que se había acrecentado. Me alarmé al pensar que el hombre hubiera sufrido un ictus y, a consecuencia de ello, hubiese perdido el habla o la capacidad de hilvanar varios vocablos sucesivos.

¿Vive usted por aquí? —Seguía buceando en mi baúl de preguntas para encontrar algún asunto con el que el hombre pudiera explayarse o que, al menos, me permitiera no ser descortés y permanecer junto a él los minutos mínimos de rigor de una conversación de compromiso.

Hizo un gesto de desprecio, como si me dijera que qué me importaba a mí si vivía por allí o no, aunque al final se le escapó un diminuto adverbio de afirmación.

Miré los edificios que circundaban la plaza como si no conociera la zona, con la intención de ponderar la ubicación privilegiada de su vivienda y así prolongar la conversación, aunque lo cierto es que lo envidié con sinceridad pensando que a mí también me encantaría vivir allí, en el centro, al lado de la comisaría, y no en el pueblo dormitorio de Villalba.

¿Le gusta el museo? —Me sorprendí de mi agilidad mental al relacionar el centro de arte con la especialidad que impartía en su faceta docente creyendo que, por fin, hallaría un asunto que necesitaría unas cuantas frases para acabar de abordarlo.

Levantó la cara y miró durante unos instantes el edificio con expresión neutra, como si fuera la primera vez que reparaba en él y levantó los desiguales hombros para mostrar desprecio.

No he entrado.

No esperaba escuchar esta respuesta y, aunque no me gusta hablar del tiempo, me acercaba sin remedio al manido tema.

¡Tenemos una primavera espléndida!

Traté de insuflar ánimo al alicaído hombre, pero me arrepentí nada más acabar de pronunciar la exclamación, porque en ese mismo instante me percaté de que, a pesar de la temperatura agradable, él iba arropado con un gabán descomunal, desproporcionado para el reducido tamaño de su cuerpo, y que producía el efecto de empequeñecerlo todavía más.

Me disponía a dejarlo en su banco, ante la imposibilidad de mantener un diálogo y porque no se me ocurría ya ningún tema de conversación, sin embargo, al incorporarme, me puso el bastón en los muslos para bloquear el movimiento.

¿Y el sobrino?

Me quedé perplejo al oír la pregunta y tardé en descubrir por qué se interesaba por Fernandito, el hijo de mi hermana Antonia. Le sonreí sin responder, ya que, además, me resultaba evidente la intención burlesca. Recordé que la primera vez que coincidimos en el tren viajaba con mi sobrino. Aunque llevo casado muchos años, aún no tengo descendencia. No sé si en estos momentos puedo decir que lamento que no nos haya llegado un hijo, pero en aquel entonces el deseo de descendencia animaba la vida de mi matrimonio. Cada vez que podía, visitaba a mi hermana y disfrutaba de sus dos hijos. Fernandito era el mayor, andaría por los siete años y la pequeña Silvia tendría dos o tres. Antonia y mi cuñado estaban estresados con el trabajo y con sacar adelante a su prole. Cuando se me presentaba la oportunidad, acudía a su casa no solo para disfrutar de los niños, también para echar una mano. Fernandito me acompañó en ese viaje, creo recordar, porque que no tenía escuela y sus padres no sabían qué hacer con él. Me llamaron por si ese día libraba. Les respondí que no, pero, sopesando lo arriesgado de la idea que se cruzó por mi mente, les dije que me podría encargar de él si le permitían viajar conmigo hasta Ávila. Les expliqué que me desplazaba por un mero trámite administrativo, que sería cosa de llegar a la comisaría y recabar información para mis superiores de un caso sin importancia y que regresaríamos por la tarde. Aceptaron y al día siguiente quedé con ellos en la estación de Atocha, desde donde partiríamos…

¡Qué espabilado! —El jubilado se refería a mi sobrino. Se le quedó una sonrisa que se alargó durante unos instantes.

Ya es un hombre. Está cumpliendo la mili en Canarias. ¡Menudo mozo! Ha crecido como un mayo —me explayaba al ponderar la transformación de su persona en los años transcurridos desde ese viaje, aunque lamentaba al mismo tiempo no poder disfrutar de la gracia infantil del muchacho, que llamaba la atención de todos aquellos que trataban con él.

Pelirrojo, con pecas en la cara y una sonrisa permanente que mostraba unos paletos separados (uno de ellos mellado a consecuencia de una caída en las lanchas de la puerta de su tía abuela Sonsoles, al tener la mala suerte de caer de bruces sobre la piedra), Fernandito era un niño inquieto. Mi padre decía del nieto que parecía que tenía alparabanes, porque no paraba quieto en ningún lado. Yo me sentía orgulloso de él y disfrutaba mucho en su compañía, aunque ese día acabó con mi paciencia.

Mi hermana llegó con el niño bastante tiempo antes de que saliera el tren para poder incorporarse a tiempo al trabajo. Me había advertido de ello y me encontraba en el vestíbulo cuando los vi entrar corriendo. El muchacho tiraba de su madre, que a duras penas podía seguir su trote, y la conminó a no entretenerse mucho con el fin de quedarse conmigo cuanto antes. Faltaban unos minutos para las ocho de la mañana y nuestro tren no salía hasta media hora después. El niño se quedó inmóvil, mirándome expectante para saber qué es lo que íbamos a hacer. Lo agarré de la mano y nos dirigimos a los comercios, la mayoría cerrados, por lo que nos entretuvimos viendo los escaparates. No había transcurrido unos minutos a mi cargo y viendo su energía, me entraron dudas de si había sido buena la ocurrencia de responsabilizarme de él durante buena parte de la jornada…

No recuerdo si hablé con el viejecillo de mi trabajo, pero es evidente que sí, que le debí mencionar mi profesión, ya que me preguntó por ella con un interés que me desconcertó.

Voy tirando…, como siempre —le respondí con vaguedades, no porque no quisiera entrar en detalles inoportunos con un desconocido, sino porque era cierto.

Mi profesión me gustaba, aunque no estaba seguro de que fuera con la intensidad suficiente como para sentirme orgulloso. En realidad, no solía hablar con nadie de los entresijos del trabajo. Mi mujer rara vez me habrá oído quejarme por los servicios prolongados, ni por los desplazamientos fuera de Madrid, ni por la frustración ante los escasos frutos de alguna de las indagaciones, ni por tener que soportar la indignidad de los maleantes con los que debo tratar, ni de la falta de resolución con la que mis superiores encaran muchos casos… Tampoco soy dado a propagar mis pequeños logros o satisfacciones cuando consigo aclarar alguno de los delitos que investigo y puedo llevar ante el juez a delincuentes de muy distinta ralea para que den cuenta de sus fechorías. Cuando esto sucede, juzgo que ese es mi trabajo y que no hay que ponderar lo que es el cumplimiento estricto de mi deber, aunque, a veces, me dejo empalagar con las palabras de admiración de cualquiera que esté dispuesto a reconocer mis logros. Cierta monotonía se ha apoderado de mi espíritu, aletargándolo y llevándolo a un estado de semiconsciencia que me permite cumplir con mis obligaciones sin disfrutar en exceso con ellas, pero que tampoco me lleva a arrastrarme con lentitud en el transcurso de los días de trabajo anhelando que lleguen las libranzas para evadirme del tedio de unas tareas que casi siempre son repetitivas. Haciendo balance de lo que ha sido mi vida profesional hasta este momento, los platillos se equilibran en el centro del fiel; sin embargo, por mi carácter pusilánime, guardo más recuerdos de los fracasos que de los éxitos. Por otra parte, mi mayor decepción tiene que ver con el desvanecimiento de la idea mágica que en mi juventud se fraguó de lo que era el cuerpo policial. Ingresé pensando que con mi trabajo contribuiría a establecer el orden justo en la sociedad, persiguiendo a aquellas personas egoístas que anteponen siempre sus deseos y apetitos sobre el resto de sus congéneres. Y que no lo haría con afán de venganza, sino de justicia. Sin embargo, después de casi veinte años persiguiendo este ideal, me he percatado de que no es ese el principal cometido del cuerpo. No me atrevo a difundir lo que veo ni a reconocer los fracasos de la institución, pero son frustraciones a las que cada día me he de enfrentar.

Noté que el viejecito no se atrevía a formular una pregunta, pero que se quedaba con las ganas y que no la planteaba por recato, o por no salirle las palabras de la boca.

¿Y el caso aquel? —acabó de soltar después de varias tentativas.

Me sorprendí de que se interesase por los motivos que me llevaron a Ávila, no porque se acordara del asunto, sino por mi indiscreción. Estaba claro que en cierto momento acabé tomándolo como mi confidente y que le hablé de alguna cuestión relativa a las investigaciones, aunque no era capaz de fijar en ese momento la cantidad de información que le pude haber proporcionado.

A pesar de que habían transcurridos ya muchos años, mirando al hombre con más atención, me percaté de que el paso del tiempo no había dejado su huella en él. Si no fuera por su dificultad mucho más acentuada para hablar, habría dicho que su presencia actual no difería tanto de la del hombre que viajaba conmigo en el tren a Ávila. Tal vez por estar sentado, daba la sensación de que había encogido un poco más, pero ya por aquel entonces su estatura era baja.

El caso por el que preguntaba fue un galimatías de mucho cuidado. No fue un suceso normal. En realidad, no se trataba de una, sino de varias incidencias acumuladas en una ciudad minúscula para las cuales los mandos policiales de la localidad no encontraban explicación. Por otra parte, el periódico provincial las difundió, aunque no todas, y las autoridades civiles y religiosas presionaron al gobernador para que se aclarara lo que estaba sucediendo. Me mandaron a mí con el fin de recabar información de lo que ocurría, lo que me confirmó la impresión repetida a lo largo de mi carrera de que me encargaban siempre misiones secundarias que no me permitirían demostrar mi valía a mis superiores y, por tanto, subir en el escalafón. A esa visita primera le sucedieron otras, porque me terminaron encargando que echara una mano en las investigaciones.

Nada, no fuimos capaces de saber lo que pasó —le dije en plural para no cargar con toda la responsabilidad, aunque en mi fuero interno el fracasado era yo, si bien puedo decir que, con el paso del tiempo, muchos detalles de ese asunto se han diluido en el marasmo de los múltiples casos que he investigado.

¡No! —exclamó apesadumbrado y con una cara de disgusto que me llamó la atención, ya que no comprendía en qué medida le importaba el caso.

Hizo un gesto de desprecio, y con el bastón extendido me señaló un punto indefinido de la plaza instándome a marchar hacia él, para que lo dejara solo a partir de ese momento. Me incorporé estupefacto por la reacción del viejo y, sin capacidad de sobreponerme, aunque tratando de ser cortés incluso en esa tensa situación, me despedí de él.

En un primer momento, me encaminé al museo sin ser consciente de que el tiempo de descanso para comer el bocadillo estaba a punto de acabar, por lo cual, cambié de rumbo hacia la comisaría.

Ese estado de bloqueo se prolongó durante un rato y ya todo el día me dejó pensativo. No comprendía qué es lo que había sucedido para que el viejo reaccionara así y eso llevó a que mi mente, sin desearlo, se dedicara muchos momentos muertos de esa misma jornada a meditar sobre alguna de las personas con las que me entrevisté para saber qué había ocurrido en la ciudad de Ávila hacía casi quince años, en torno a mil novecientos ochenta.























































































19/12/25

Tres veces en el mismo sitio

 

El pub disponía de una pista de baile donde la multitud se abarrotaba. Todo el local se hallaba repleto de gente alegre por las fiestas que se celebraban. El apogeo de las mismas se encontraba en un punto en el que pensábamos que no terminaría y que esa felicidad que nos desbordaba se quedaría con nosotros para siempre.

En el garito reinaba una penumbra que solo permitía distinguir a los más cercanos. Caras alegres y sonrientes y cuerpos que vibraban con el ritmo de canciones conocidas. El círculo central, en el que los más desinhibidos bailaban, era el altar iluminado donde contemplábamos los contoneos de los danzantes. Entre ellos distinguí a mi sobrino Gero. Destacaba inconfundiblemente por su altura, delgadez, blancura y su pelo rubio más bien largo. Lo saludé desde la lejanía, moviendo los brazos y, en ese mismo impulso, agitando mi cuerpo siguiendo el compás de la música. Él me devolvió sonriente el saludo de manera idéntica. Me alegré de su efusividad a la vez que me sorprendió, pues no era habitual una reacción suya tan espontánea. La justifiqué pensando que se había contagiado de la animación general, o tal vez fuera cargado de alcohol. De nuevo, pasados unos minutos, entré en contacto visual con él y agitamos los brazos en señal de mutuo reconocimiento.

Lo terminé de perder de vista. No quise ser pesado, creyendo que lo conveniente era dejarlo en paz disfrutando de la compañía de sus amigos. Quizás yo fuera consciente de que era hora de retirarme y dejar que la efusiva juventud agotara las últimas brasas de la juerga. Me recosté en un banco de obra alto, corrido a la pared. Al reposar, noté el agobio de la fatiga. Mi hermana, al verme sentado, me entregó a Lonos, otro de mis sobrinos, para que lo tuviera un rato en brazos. El pequeño era una semilla que se desarrollaría según los patrones de crecimiento que había seguido el que se hallaba bailando en la pista. Lonos, de momento, era vivaracho y muy divertido, y estar con él era siempre ocasión de disfrutar de su alegría. Así pues, una vez en mis brazos, nos pusimos a jugar, liberando a mi hermana para que pudiera participar mejor de la fiesta.

El cansancio desapareció mientras jugaba con Lonos. Su madre nos controlaba para comprobar que todo marchaba bien. Con mi mirada la intentaba tranquilizar y creo que se olvidó de nosotros durante un rato. Cuando quise darme cuenta, me percaté de la presencia de aquel que yo pensaba que era mi otro sobrino. No se trataba de Gero, sino de una chica rodeada por unos amigos. Fue ella la que fijó en mí la mirada sonriendo.

Perdona, te he confundido con otra persona —me disculpé avergonzado de mi error. No le expliqué que en la penumbra me había parecido mi sobrino.

Le hizo gracia mi explicación. Me sorprendió su disposición a charlar; más bien esperaba que se diera la vuelta y me tomara por un imbécil.

Es mi sobrino —le aclaré después de que ella le hiciera una carantoña.

Me pareció una chica fuera de lo común. Se trataba de una versión femenina, idealizada de la figura de mi sobrino mayor. Era alta, sin que su altura llegara a amedrentar, gracias a su elegante delgadez. Rubia, media melena, con pelo fino que no me desagradaba; sus rasgos faciales eran delicados y proporcionados, tal vez demasiado diminutos para su espigada figura. Me gustó que no llevara maquillaje y que su cutis mostrara las pequeñas cicatrices y manchas que le proporcionaban una personalidad consolidada y sincera.

¿Me lo dejas coger?

No se me ocurrió que a mi hermana no le gustara que una extraña tomara a su hijo en brazos. En ese momento, el niño era mío.

Desde luego —le respondí, mientras se lo ponía en los brazos.

No, en brazos no, a caballito —me pidió.

Me sorprendió la ocurrencia, pero no le di la mayor importancia. Además, Lonos reía entusiasmado con la idea, pues echaba sus bracines para que ella los tomara.

Se sentó a mi lado, apartándose de su grupo. Se estiró la blusa y dejó el bolso en el asiento. Cuando estaba a punto de depositar el cuerpo del niño en su cuello, el brazo de mi hermana detuvo la maniobra. No me dijo nada, pero su mirada era un mensaje reprobatorio serio, como si me reprochara si era tonto o algo parecido.

Se alejó con Lonos, dejándome al lado de esa chica. En ese breve espacio de tiempo había podido fijarme en su escote y contemplar, excitado, la base ondulada de su pecho. A su lado me sentía en la gloria. Su cercanía era un fuego acogedor. Me gustaba cómo no apartaba de mí los ojos y cómo escudriñaba a través de ellos mi personalidad. Me sentí avergonzado porque buscaba en mi interior un manantial de sentimientos puros y yo sabía que no podía sino rezumar un agua turbia. Con todo, me quedé a su lado, buscando un cobijo íntimo, aunque solo fuera durante unos minutos más. No era capaz de separarme, sabiendo que ya nunca más disfrutaría del deleite de esa palmera tierna en la travesía de mi vida. Era duro afrontar la aridez de caminar solo. Estaba seguro de que en el momento en que me incorporara sufriría un desaliento prolongado. Por eso la miraba idolatrándola, sin abrir la boca. Sin embargo, fui lo suficientemente osado como para rodear con mi brazo su cuerpo y atraerla hacia mí. La besé en ese cutis fresco, erosionado por sus experiencias sentimentales.

Se incorporó a su pandilla. Interpreté su alejamiento como una oportunidad para que yo reflexionara. Ella entendía que no podía tomar una decisión si no me dejaba solo. No me pareció bien esta separación, pues su ausencia ya me hería. Con algo similar a un ataque de celos observé cómo interactuaba. Su magia se desvanecía en compañía de sus amigos. La pandilla la formaban una pareja y dos chicos, uno de los cuales era de una obesidad llamativa.

Desde el momento en que conocí a Ambrosía, lo demás pasó a un segundo plano. La música y la animación habían decaído y mi familia se había marchado casi sin despedirse, contando con que no tardaría en recogerme.

Transcurridos unos minutos, desperté. No era un sueño lo que me acababa de ocurrir, pero tuve la impresión de que me había adormecido. Ambrosía y sus amigos continuaban allí, a corta distancia; noté que el jolgorio se reavivaba y la música animaba con mucho entusiasmo. Desde la pista, alguien me llamó. Me acerqué a ver quién era. Se trataba de mi amigo Miguel Ángel. Estaba bailando y me animaba a que me sumara. Me puse a mover el cuerpo, pero fui consciente de mis limitaciones. Desde hacía tiempo arrastraba una lesión de menisco que me impedía saltar, por lo que solo me contoneaba, dejando que las olas de la música me mecieran en mínimos giros. Era consciente de que Ambrosía seguía mis movimientos en la pista de baile y me esforzaba por no parecer un paralítico, pero mis músculos eran incapaces de responder a mis deseos de impresionar a la muchacha. De repente la música cesó. Nos miramos unos a otros cuando los segundos se sucedieron sin que volviera a sonar. Todos depositamos nuestra incertidumbre en el disyóquey que manipulaba el aparato de música. Confiábamos en que solucionaría la avería de un momento a otro, pero no sucedió esto.

No lo penséis más y pasaros al local de al lado —animó a la concurrencia alguien desde la entrada.

Vete de aquí, cabronazo. No te metas donde no te llaman —le respondió enfadado el que manipulaba el tocadiscos.

Seguíamos inquietos la evolución de la situación. Nadie se había movido del sitio y creíamos que el dueño del pub sería lo suficientemente diestro como para ponerlo de nuevo en marcha. Sin embargo, cuando comprobamos que comenzaba a desenroscar una de las piezas más voluminosas del equipo, nos convencimos de que la avería era seria. Poco a poco, el personal apuró sus bebidas y salió para pasarse al otro local.

Tardé más tiempo en reaccionar que los demás. No me moví hasta que contemplé a Ambrosía sola, sentada en el mismo banco. Ahora ya no me sonreía. La noté contrariada, como si esperara una respuesta. No tomé en serio su actitud. Antes de sentarme a su lado, creí que sería posible recobrar la intimidad de la que había gozado hacía poco. Sin embargo, cuando otra vez la atraje a mí, supe que no era viable acariciarla si no respondía a la pregunta que no adivinaba y no deseaba que me formulara.

¿Qué has pensado? —me planteó de sopetón.

En lo más profundo de mi ser sabía a qué se refería, pero no quería ser consciente.

Al notar mi parálisis se impacientó.

Mira, ya he sido herida tres veces en el mismo sitio —dijo señalando muy levemente su corazón— y no estoy dispuesta…

No quiso continuar, pero entendí que me exigía una decisión sincera. Me asusté y entré en pánico.

...prefiero aunque sea estar con ese gordo baboso el mes que me queda de estar aquí, que…

Tampoco acabó la frase.

No sé de dónde mis piernas sacaron fuerzas para cruzar la pista ya desierta e iluminada para abandonar el pub, dejando a Ambrosía sentada. No tuve el valor de buscar unas palabras de desagravio o generosas para desearle buena suerte.

En el umbral me crucé con el gordinflón y me dio un empujón. Le oí cómo la llamaba. No me atreví a verla salir acompañada por ese tipo adiposo.


05/12/25

Sosa cáustica

 

Me faltaba el aire en esa noche de larga oscuridad. Me sentía solo en esa constante agonía de huidas de un prófugo natural. Nadie me podía conocer; no ya mis inquietudes, sino mi verdadero nombre y origen. Soy un hombre que no deja de saltar de un lado a otro. No estoy seguro en ningún lugar. Me hubiera gustado no tener que tomar de nuevo la decisión de huir, pero esa fábrica en la que estaba empleado y esa ciudad resultaron igual de amenazantes que otras anteriores. No me encontraba mal. El paisaje siempre verde de esa zona enclavada entre montañas y los muchos complejos industriales en los que trabajaban obreros procedentes de tierras lejanas me recordaban el lugar en el que viví hasta emprender esta huida sin fin. Tal vez debería haberme marchado antes, pero cada vez me costaba más tomar la decisión de abandonar un lugar. Me adaptaba a cualquier sitio, con tal de no vagar de estación en estación. En ese momento lamenté mi pereza. El cerco policial estaba a punto de atraparme en el lugar donde menos esperaría encontrarme, junto a los depósitos de fuego de esa fábrica de lácteos. El momento idóneo fue cuando el conflicto derivó en una lucha sindical sin cuartel. No eran problemas que me atañeran. Me pagaban lo suficiente y no podía hacerme la vana ilusión de que me jubilaría en esa empresa. Me habían dado trabajo y el sueldo era generoso. Las reivindicaciones de los otros —no los puedo llamar compañeros, porque no mantenía relación con nadie— no eran de mi incumbencia. Ellos hacían su trabajo, yo el mío. Pero temía que su lucha terminara afectándome, como acababa de comprobar. La policía antidisturbios cercaba el reducto fabril y se desplegaba con la intención de asaltar la fábrica. Llevábamos varios días encerrados —ellos se habían recluido; yo no había podido escapar porque me lo impedía la barrera de distintos piquetes, repartidos por las instalaciones, que impedían el paso de personas o vehículos—. Ese almacén lleno de sosa era mi cárcel; solo porque no compartía el encierro en las salas de producción. Sin embargo, no me habían dejado en paz y acababa de comprobar que me habían involucrado de lleno en su lucha y debía asumir responsabilidades que me eran ajenas.

Desde el espacio neutro, entre las tapias del perímetro y los edificios del complejo, como centinela obligado, había observado el avance de la policía. Se movían protegidos por las sombras donde no llegaba el haz luminoso de las altas farolas. Lo hacían agrupados en pequeños comandos. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad y a vislumbrar la más mínima amenaza, escrutaban cada uno de sus movimientos. No albergaba la menor duda de que conseguirían sorprender a todos los obreros y hacerse con el control de las instalaciones. Por un momento, se me pasó por la cabeza alertar a los operarios de lo que les esperaba, pero, mientras me decidía, se produjo una explosión a los pies del jefe policial que comandaba la compañía. No dudé de que era una deflagración ocasionada por sosa cáustica. Conocía de sobra sus caprichos. La había visto hervir al contacto con el agua y devorar filtros enteros como si fueran azúcar. Pero lo más peligroso era cuando se mezclaba con el aluminio… Pude ver que no había causado ninguna desgracia, ya que el mando retrocedió milagrosamente una milésima de segundo antes del fogonazo. Tal vez su experiencia profesional le previno para alejarse de ese paquete perdido. En ese momento el avance se detuvo. Les había cogido de sorpresa el estallido y quizá pensaron que podía haber más artefactos difíciles de detectar. El propio mando abortó la operación, después de asegurarse él mismo de que no había sufrido ninguna herida de consideración.

Durante el silencio que sucedió, mientras miraba al exterior y al interior, recapacité en las consecuencias que podría tener para mí lo que acababa de ocurrir. Ya no era solo que había pasado a formar parte del colectivo obrero en huelga, sino que, con seguridad, me obligarían a dar cuenta del uso de la sosa en la preparación de la sustancia explosiva. Algo que ni en mis obsesivas preocupaciones se me había ocurrido jamás. Mis antecedentes penales por defender el honor familiar no eran nada ante la indudable acusación de estar implicado en el uso de la sustancia química contra agentes de Seguridad del Estado. No estaba dispuesto a afrontar una investigación en la que no podría defenderme, sobre todo cuando comprobaran mi pasado y la orden de detención contra mi persona. No me creerían cuando les confesara que yo no había participado en la fabricación, ni siquiera conocía a quién se había hecho con la sustancia. No serviría de nada que jurara y jurara que era inocente. Tampoco era probable que los verdaderos responsables de la sustracción dieran la cara por mí y me exculparan. Lo tenía claro, pero no podía huir en esas circunstancias.

Regresé al almacén donde estaba mi vestuario y los utensilios que manejaba en mi trabajo. Era consciente de que tenía que tomar una decisión. Pero era incapaz de concentrarme; mi cuerpo se negaba a someterse al destino ineludible que debía afrontar. Miré mis manos abultadas y de piel descolorida. Mis dedos estaban despellejados y en la punta casi no me quedaban uñas con las que calmar la picazón constante en mi cuerpo. No era nada, me aseguraban los capataces. Todos los que están en contacto con la sosa lo sufren; son efectos secundarios a los que no hay que prestar atención. Me echaban a mí la culpa por no trabajar con guantes. Se creían que la ropa de seguridad, las gafas o los gorros nos salvaban de las desgarraduras de esa sustancia maldita. Respirar es lo más importante y cada bocanada de aire que llegaba a mis pulmones era una ola seca de polvo caliente que me abrasaba. También me aseguraban que era porque no me tapaba siempre con esa mascarilla de protección nuclear que me obligaban a llevar. Hubiera querido verlos limpiando los depósitos, las tuberías, los filtros, incrustados de agrias capas de nata fermentada. Ellos, con sus buzos y batas blancas, no se imaginaban lo que era estar conviviendo con este veneno, que, sin embargo, limpiaba toda la porquería que quedaba después de transformar los camiones de leche que entraban por la puerta en cualquier producto lácteo de consumo diario. Desde entonces soy incapaz de llevar a mi boca una cucharada de yogur o un sorbo de leche. Me dan asco…

Esa era mi situación laboral. Sin embargo, no me quejaba, porque me sentía bien remunerado. Era un buen trabajo. Pasaba desapercibido entre la multitud de hombres y mujeres que se iban sucediendo cada veinticuatro horas, según los turnos. A mí no me importaba no coincidir con ellos. Mi horario era más prolongado, pero no me preocupaba. En ese recinto estaba bien. Cuanto menos tiempo anduviera en la calle, mejor. De la fábrica a la pensión; de la pensión, a la fábrica. Solo de vez en cuando me dejaba caer por el bar Los Caracoles a ver los partidos de fútbol. Soy un apasionado empedernido de este deporte. Me gusta y como espectador, me considero un aficionado con formación, porque yo mismo fui jugador. No me dejo llevar en exceso por la pasión. Solo cuando veo un equipo de mi país, me pierden los ímpetus de los colores propios. Pero estas ocasiones son muy pocas, ya que mi país no tiene muchos equipos que compitan internacionalmente y la selección rara vez pasa la criba de las eliminaciones previas de los campeonatos.

Evitaba reunirme con los compatriotas. Desde lejos los descubría para no juntarme con ellos; no me solía equivocar sobre su región de origen. Realizaba un gran esfuerzo para alejarme antes de que ellos me reconocieran también como uno de los suyos. Me hubiera gustado hablar en mi idioma e intercambiar impresiones personales, pero no podía darme ese placer por miedo a que me reconocieran, para evitar dejar rastro sobre mi persona.

Se había puesto a llover, a llover con ganas, como solía ser habitual en esa tierra verde cargada de nubes bajas. Desde mi cubículo oía chapotear sin piedad sobre el tejado metálico de la nave. El tiempo corría veloz y no acababa de decidirme, pero la presencia policial, aunque no la advirtiera en ese momento, me oprimía. No me cabía la menor duda de que otra vez había de huir, pero temía levantarme e iniciar mi marcha. No era mal momento cayendo ese aguacero que celaba más que la noche. Nadie merodearía fuera. No era la humedad ni la mojadura, sino la pereza propia de tanta fatiga acumulada durante muchos años. Había tenido suerte de ir esquivando a la justicia y a su mano ejecutora, las distintas policías de las que había escapado. A esas alturas sabía cómo pasar desapercibido, pero sentía mis miembros más rígidos y pesados y, lo peor, mi mente más obtusa y acomodaticia. Necesitaba un lugar donde echar raíces y comenzaba a sentir apego por esa ciudad manufacturera y fea, sin edificios que atestiguaran un pasado glorioso, llena de gente desubicada… En ella solo tenía un aposento en una pensión, pero allí había logrado dormir apaciblemente después de muchas noches en vela o descansando a intervalos cortos. La señora que la regentaba era comedida y muy limpia. Cocinaba como lo hacía mi madre, y cuando se sentaba en la mesa camilla delante del plato, mientras ella trajinaba alrededor, escuchaba rumores idénticos a los de su hogar, al que ya no volvería.

Con resignación, aceptando una obligación ineludible, me quité la ropa de trabajo. Eché un último vistazo a ese maloliente trastero y salí. Los puntos de luz de las farolas repartidas por el recinto vibraban difuminando un brillo opalescente. Los regueros de agua rebotaban violentamente contra el suelo. De vez en cuando ráfagas de viento y lluvia me azotaban. Una vez puesto en marcha, ya no me importaban. Podía avanzar sin que nada ni nadie me detuviera. Salté la verja del muro hacia la carretera. Pude ver la flota de vehículos policiales concentrados en la puerta de la fábrica. Sabía que todos estaban dentro de los furgones, esperando órdenes. Me hubiera gustado pasar por la pensión y despedirme de la patrona y respirar una última vez la fragancia de ese hogar que era igual al que en mi infancia disfruté, pero supe que lo mejor era salir de la ciudad inmediatamente. Ascendí por un monte enfrentándome a la lluvia. Conseguí llegar a la cima. Me di media vuelta con la esperanza de saborear la luz de esa ciudad, pero el océano de agua que inundaba el valle me lo impidió. Continué triste, huyendo. No eran muchas las etapas que me faltaban para llegar al límite donde mi huida tendría fin. Entonces lo presentía; ahora, lo sé con certeza.

 

 

11/11/25

Último tren


La sala de espera estaba iluminada con varias lámparas que, colgadas del techo, se acercaban a los viajeros. Era una luz intensa y cálida comparada con la escasa luz de los andenes. Éramos muchos los que allí nos hallábamos. En mi caso, esperaba la conexión del nocturno de Santander para llegar a Ávila; la intención de los otros me era desconocida: no sé si aguardaban a que se abriera el despacho de billetes o familiares que los recogieran. Mi mirada se dirigía alternativamente a la taquilla acristalada y al andén, donde en cualquier momento había de tomar el tren. En la estación se habían juntado muchos nocturnos que se dirigían al norte: allí, detenido, estaba el que tenía como destino Irún y La Coruña; también el Rías Bajas, el Rías Altas y el mío, El Cantábrico. Los maquinistas habían descendido de la cabina y departían entre ellos. De vez en cuando miraban hacia la oficina del jefe de estación, esperando la orden de reanudar la marcha. Como la parada se alargaba, también habían bajado algunos viajeros que estiraban las piernas.

A lo lejos la noche era negra y nerviosa. Se oía ulular el viento húmedo de un temporal que se había anunciado con tiempo. La estación protegía de la inclemencia exterior. Estaba en la falda de una sierra de granito. Sin embargo, nada más salir, los trenes se enfrentaban a una serranía alta, con su paisaje pelado y atravesado de profundos cañones por donde se enfilaba el viento en su loca carrera.

Nadie sabía las causas por las cuales se había producido esa retención. Yo cavilaba que era a consecuencia del temporal; tal vez el trazado férreo hubiera sufrido un desperfecto, pero era nada más que una especulación.

Durante la espera observé, entre los pasajeros, una presencia inusual de empleados del ferrocarril, pero por la edad deduje que se trataba de jubilados. Unos estaban sentados, otros se atrevían a entrar en las dependencias administrativas, aunque regresaban al poco tiempo a la sala o salían al andén de la vía primera, donde se paseaban mirando también a los convoyes detenidos. Tal vez buscaban la cara conocida de algún maquinista al que saludar. Estos ferroviarios mantenían una calma inquietante. Sus rostros reflejaban las contrariedades intrínsecas al funcionamiento de la red. Seguramente, en su larga trayectoria de trabajadores, se habían hallado en circunstancias parecidas muchas veces. Era cuestión de tener fe en el propio sistema, en su capacidad para regenerarse.

La espera en una estación, sin saber cuánto tiempo habrá de permanecer uno detenido, resulta desesperante, porque no se hace uno a la idea de cuándo se partirá ni los motivos por los que el tráfico se ha interrumpido o un tren tarda en aparecer en su destino a la hora prevista. Los empleados no aportan ninguna información: «viene con retraso», dicen como mucho...

No era la primera vez que me encontraba perdido y solo en la noche en una estación, pero no recordaba ninguna anterior en la que mi situación fuera peor. El viaje había sido un suicidio; lo supe nada más decidirme a pasar el fin de semana en el pueblo. Estaba cumpliendo el servicio militar y esa noche, sobre las nueve, habíamos regresado al cuartel después de una semana terrorífica de maniobras en una zona apartada de la provincia de Guadalajara. Uno de los motivos para huir del regimiento era olvidar las experiencias inhumanas que habíamos tenido que padecer bajo las órdenes de unos mandos incompetentes y borrachos. El regreso se había complicado por las lluvias y el denso tráfico para entrar en Madrid y por unos conductores inexpertos que se habían perdido en la complicada periferia. Durante todo el trayecto en la caja del camión, aterido de frío y bamboleado como un pelele por las maniobras bruscas, no dejé de pensarlo. No podía aguantar dos días más en el cuartel. Así que cuando llegamos, comprobé si me habían asignado algún servicio durante el fin de semana. Estaba libre, aunque no me habían puesto en la lista de los que disfrutaban rebaje. Me maldije, aunque no me di por vencido. Busqué al suboficial al mando de la compañía y le pedí permiso para ausentarme. Tuve que insistir, pero al final me autorizó. El primer objetivo lo había cumplido; faltaba el segundo: conseguir llegar a coger el último tren que salía de Madrid. El tiempo del que disponía era muy justo. Tomé un cercanías que me llevó hasta esa estación. Allí debía realizar transbordo y coger el correos que se dirigía a Santander, el último en partir de la capital. Me apeé apresuradamente para sacar billete y me encontré con el despacho cerrado.

Había pasado media hora desde que llegué. Mi temor era que en cualquier momento la circulación se reanudara y no me diera tiempo a tomar mi tren. Calculaba si podría subirme, aunque fuera sin billete. Era difícil, si observaba movimiento, que pudiera cruzar las vías por el pasadizo subterráneo y alcanzar el tren. Tal vez lograría poner un pie en el estribo del último vagón, con el peligro de caer a causa de la velocidad que ya habría alcanzado. Probablemente, quienes allí se hallaban también zozobraban en ese mar de dudas al igual que yo.

Entre los viajeros —sentados o moviendo sus maletas por el vestíbulo— y los empleados de ferrocarriles, activos o jubilados, que observaban el panorama, destacaba en el centro un círculo de niños. Me pareció extraña su presencia a esas horas, durante el tráfico nocturno de trenes. Jugaban entre ellos con desidia, como si esa excursión se estuviera alargando más de la cuenta y ya hiciera mella el aturdimiento de una larga jornada. Los empleados que se dejaban ver entre los viajeros soportaban la situación con estoicismo. Su cara reflejaba una fatiga sempiterna, como si su oficio no se rigiera por un horario determinado y siempre tuvieran que estar a disposición de esa deidad viaria que requería el servicio continuo de quienes forman parte de su particular mundo. Se movían sin que se pudiera adivinar el cometido que llevaban a cabo, imperturbables ante el olor a gasóleo quemado que inundaba ya la sala de espera donde nos hallábamos.

Algo que me incomodaba sobremanera era que vestía aún el traje militar. En el petate había metido la ropa de calle. No había querido perder tiempo en cambiarme; además, anticipaba que para llegar desde Ávila a mi pueblo debería realizar autostop y los soldados despertaban mejor la solidaridad de los conductores. A esas horas se unían a la incomodidad del traje la fatiga del regreso y el sueño acumulado tras las maratonianas jornadas de maniobras. Los bancos estaban ocupados; tampoco los perdía de vista para poder sentarme si quedaban libres. Deseaba descansar unos minutos para aliviar la presión que notaba en la planta de los pies.

De repente la taquilla se abrió. Un montón de gente se arremolinó, aunque se formó una cola espontánea. Yo me encontraba el séptimo. No era una posición tan mala teniendo en cuenta los viajeros que estaban esperando un billete. Consideré que en unos minutos tendría el mío y podría abandonar la estación y ocupar mi sitio en el tren. Sin embargo, mis ilusiones fueron vanas. La cola no avanzaba y pronto nos dimos cuenta de que nadie despachaba. Muchos se sintieron frustrados y abandonaron la fila. Me quedé paralizado, incapaz de ocupar los puestos libres que se abrían delante de mí. Fueron unos momentos de angustia. En ese instante pensé que todo el esfuerzo realizado por coger ese tren para huir del cuartel no había servido para nada. Me hacía la idea de que debería pasar la noche allí, tirado en el suelo, esperando el amanecer, sin decidir si continuar el viaje o regresar a Madrid.

Avancé instintivamente para comprobar que era cierto que nadie despachaba. A mi lado permanecía otro viajero tan desconcertado como yo. Los dos nos miramos sin que pudiéramos emitir una palabra. Ambos escudriñábamos a través de la cristalera. Un dependiente envejecido iba y venía sin ponerse delante de la ventanilla a atender. Antes de retirarme, esta se abrió. El empleado que despachaba era el mismo que no paraba quieto momentos antes. Me adelanté sin que los que esperaban se percataran del cambio de situación, de manera que quedé detrás del otro viajero que como yo no se había retirado. Pidió un billete y se lo dieron. En cambio, cuando dije mi destino, el empleado me echó una mirada furiosa, afirmando que El Cantábrico no paraba en Ávila. Tardé en reaccionar: me quedé contemplando la techumbre metálica de la estación, como si esta se estuviera desprendiendo, no como consecuencia de la fuerza del viento, sino como si una enorme grúa la levantara lentamente. Cerré los ojos, intentando sacar fuerzas para afrontar este nuevo contratiempo. Respiré con calma el aire impregnado de gasóleo quemado.

Será desde hace poco, porque siempre ha efectuado parada —Intenté no perder la calma para no complicar más el trato con el empleado.

No puedo despachar un billete a un destino que no existe.

Me detuve a escudriñar al viejo. No parecía inexperto, pero no me convenció. No me retiré de la taquilla, pese al nerviosismo de quienes esperaban detrás de mí.

Si quiere, suba al tren y hablé con el revisor —me aconsejó como última posibilidad.

No me quedó más remedio que irme sin billete, porque los trenes se estaban poniendo en movimiento.

Había comprobado previamente que El Cantábrico se encontraba en la cuarta vía. En ese momento mi preocupación era cogerlo a tiempo. Corrí desesperado para no perderlo, pues me pareció que se ponía en marcha. Con las prisas, antes de lanzarme a uno de los estribos, intenté verificar si me hallaba en el andén correcto, pero no encontré indicio que me lo confirmara. Tampoco pude asegurarme de que el tren que avanzaba despacio era mío. No me quedó más remedio que subirme sin saber si iba a llegar a mi destino.

Deambulé por el convoy en busca del revisor y no lo encontré. En cada momento se me presentaba un problema insoluble: no era posible que no hubiera nadie que controlara el pasaje. Otra posibilidad, pensé, era que el revisor se hubiera escondido y no desease afrontar las quejas de los viajeros por el retraso.

Me acomodé en un compartimento vacío. Al caer sobre el mullido asiento, se manifestó toda la fatiga que hasta ese momento había estado latente. También me resultó imposible abrir los ojos para que el sueño no se apoderara de mí. Era consciente del riesgo que corría si me dormía y no despertaba a tiempo de apearme. No obstante, aunque solo fueran unos minutos, sí que me quedé traspuesto.

El billete —oí al mismo tiempo que la puerta del compartimento se desplazaba con un estruendo seco.

No sabía por dónde empezar para explicar mi situación: si decirle que nada más subir al tren lo había buscado para que me emitiera un billete y no lo había visto, o directamente decirle que viajaba sin él.

¿Para este tren en Ávila? —le pregunté lo primero, sin embargo.

Afirmó con un leve movimiento de cabeza y me dio la impresión de que desconfiaba de mí. Se trataba de un empleado más bien joven, con cara lampiña. No me gustó nada su mirada imperturbable y sus ojos separados por un estrecho entrecejo. De sus labios pocas sonrisas se escaparían, por lo menos en su jornada laboral.

Me pareció oportuno explicarle mi situación antes de terminar reconociendo que viajaba sin billete.

¿Y el billete? —No me dejó que hablara.

¿No me puede emitir uno?

No me respondió, pero vi que sacaba de un bolso de cuero sujeto al cinto un talonario para rellenar el formulario. Mientras lo hacía percibí que sus rasgos faciales se relajaban y me tranquilicé pensando que todo se arreglaría.

Son 150.

Me quedé pasmado. Tenía la certeza de que era un precio excesivo. Los trenes correos eran más caros, pero ni mucho menos podía valer eso.

¿Cómo van a ser 150? —le reproché sin contenerme.

Es el importe del billete más la multa por viajar sin él.

Antes de responderle, quise que reparara en mí, pues dudé de que tratara así a un soldado que cumplía el servicio militar obligatorio, cuyo sueldo mensual era precisamente esa cantidad. Me parecía increíble que hablara en serio.

He intentado sacar billete, pero no han querido despachármelo, porque me decían que no paraba en Ávila y, en todo caso, me recomendaron que subiera y hablara con usted —Trataba de demostrarle que no había ápice de malicia en mi proceder.

El revisor continuaba con el talonario y con el bolígrafo en la mano, sin cambiar los rasgos adustos de su rostro y sin decir nada.

Son 150.

Lo que el cuerpo me pedía era zarandear a ese pelele con uniforme azul a ver si dejaba su tozudez. Lo miré desafiándolo, pero en sus ojos no asomó ni una pizca de miedo, ni el menor atisbo de compasión.

Me di por vencido. Era consciente de que no tenía esa cantidad, pero no se lo reconocí al instante. Saqué el dinero que llevaba en la cartera y lo comencé a contar con parsimonia, dándole tiempo a que contemplando mi penuria se compadeciera. No daba señales de tener prisa. Estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario hasta que reuniera las 150. Le ofrecí todas las monedas.

Son 150.

No tengo nada más.

Aparentemente se fue cerrando la puerta corredera sin enfadarse ni despedirse. Me quedé sin saber qué pensar. A lo mejor, aunque no me lo expresara, me perdonaba y me dejaba viajar en paz. Sin embargo, estuve con una zozobra continua. Intentaba olvidarme de mi situación. Miraba por el cristal por el que chorreaba agua y temblaba como consecuencia de las rachas de viento que regularmente azotaban a los vagones. Pese a notar el calor del radiador, estaba aterido. Tampoco perdía de vista el corredor levemente iluminado por el que se marchó el revisor, esperando que regresara en cualquier momento.

Los kilómetros pasaban. Vislumbraba el cartel de alguna estación que rápidamente sobrepasábamos, por lo cual podía calcular el tiempo que quedaba para llegar. Me fui tranquilizando. Era cuestión de minutos que el tren se detuviera en Ávila. Me asomé inquieto a la ventanilla. En el cielo había aún espesas y negras nubes, pero también titilaban estrellas. Incluso, me atreví a pronosticar que el viento no soplaba con tanta intensidad como lo había hecho en la sierra. Me animé al considerar que, por lo menos, el tiempo era mejor.

Antes de sentarme, bajé mi petate. En unos minutos llegaría. En ese momento, me entró de nuevo el sueño. Involuntariamente me dejé caer en el asiento y cerré los ojos, pero nada más que por placer, anticipando que podría dormir dentro de un rato en mi cama. Por esa razón no vi al revisor hasta que abrió la puerta del compartimento.

Me acompaña…

No me dijo a dónde nos dirigíamos, pero lo intuí. Los dos nos situamos en el espacio de entrada al vagón. Durante el tiempo que permanecimos de pie, guardando difícilmente el equilibrio, no intercambiamos palabra alguna. Yo me había encomendado a lo que el destino me reservara. Antes de que el convoy se detuviera por completo, el revisor abrió la puerta para buscar al jefe de estación y le hizo una señal de que quería hablar con él.

Este joven ha viajado sin billete —le dijo sin el menor sentimiento hacia mi persona.

Me coloqué la boina negra reglamentaria con la intención por segunda vez de dejar claro que era un quinto. Creo que es de las pocas veces que me he sentido más orgulloso de mi etapa militar. El revisor subió al vagón y me dejó en manos del jefe de estación.

¿De dónde eres? —me preguntó cuando nos quedamos solos en el andén.

Le respondí y comencé a contar lo que me había pasado. Percibí que me escucharía con gusto, pero quería dirigirme lo antes posible a mi pueblo.

Tengo que buscar a alguien que me lleve —le dije en cuanto pude meter en mi discurso la preocupación principal.

Bueno, por esta vez, que pase. No voy a dar aviso a la Guardia Civil —intentó mantener la formalidad inherente a su cargo, aunque era claro que se trataba de un buen hombre que se ponía en mi lugar.

Le di las gracias con todo mi corazón. Era el reverso del estirado revisor. Su comprensión era lo primero positivo que me sucedía en esa aciaga jornada. Intenté convencerme de que era una señal positiva de que mi suerte había cambiado y que no tendría dificultades para llegar a casa.

Atravesé de punta a punta la ciudad hasta llegar a la salida. No se veía a nadie y los coches que circulaban eran escasos, si bien me atrevía a extender el brazo con el puño recogido, señalando con el pulgar la dirección a la que me dirigía. No quería desperdiciar ninguna oportunidad. Era posible que, si el conductor era del pueblo, me reconociera y parara. Era un viernes noche y di por sentado que habría gente de fiesta. En mis cálculos contaba con que algún paisano se hubiera desplazado a la capital a tomar algo y regresara a esas horas.

El hielo paralizaba la ciudad y, bajo las farolas, el aire gélido vibraba. No me importaba el frío: estaba acostumbrado. Me preocupaba no ver movimiento. No era tan tarde. En una ciudad, aunque sea pequeña, siempre hay alguien desvelado. Casi me avergonzaba por deambular yo solo, no respetando las leyes de la noche.

Me supuso media hora llegar a las afueras. Me situé a la altura de una gasolinera, cuyas luces eran el límite de la iluminación y la oscuridad absoluta. No era la primera vez que realizaba autostop en ese mismo lugar y siempre me habían parado. Sin embargo, era consciente de que las circunstancias eran diferentes. De noche, era más improbable que los conductores se arriesgaran a detenerse, pero lo peor era que no había circulación. En el intervalo de un cuarto de hora solo pasaron delante de mí dos coches; en el siguiente, uno. Tres coches en total. Estaba perdiendo el tiempo. En ese espacio habría recorrido andando tres kilómetros. Me puse a caminar, siempre pendiente del ruido de un motor.

La noche y la absoluta oscuridad ocupaban el espacio a medida que el resplandor de la ciudad quedaba atrás. Era demasiado consciente de mi soledad. Sin embargo, no reinaba el silencio. Oía multitud de sonidos, unos conocidos, otros, imprecisos. Un mundo vivo secreto desarrollaba sus hábitos cuando los demás dormíamos. Esa orquesta desconocida me envolvía en un miedo sordo. Temía ser asaltado por los perros que ladraban o enfrentarme a una piara de jabalíes. Llegaba a percibir el aleteo de pájaros que se agitaban en la oscuridad. Con esa sensación de peligro avanzaba y a veces me salía de la calzada. Hasta mis propios pasos y mi jadeo al respirar me resultaban inquietantes. Me sentía desfallecer. Los pies, hechos trizas, se movían por los impulsos del miedo. Tenía que recorrer esa distancia; no me cabía otra posibilidad, ya que no pasaba ningún coche.

Cuando me encontraba a un kilómetro del pueblo y ya había divisado las tenues luces del alumbrado público, sentí el ruido de un motor. Me aparté todo lo que pude por miedo a que el conductor no me viera y me atropellara. Para mi sorpresa se detuvo. Me acerqué a hablar con él. No lo reconocí.

¿Quieres que te lleve?

No, gracias. Estoy ya llegando y no merece la pena.

El caritativo hombre puso cara de incomprensión y se fue. A esas alturas no podía rendirme. Después de doce kilómetros caminando era una cuestión de pundonor recorrer los dos que me quedaban para llegar a casa.

La bajada final fue grata. Poco a poco sentí la familiaridad de lo conocido gracias a la titubeante iluminación de las farolas. No me importó que los canes locales ladraran; sus aullidos eran vítores con los que me recibían después de la caminata desde la capital.

Cuando mi madre me abrió la puerta, no le di muchas explicaciones. Le dije que se acostara. No me sentía con fuerzas para contar mi desgracia y mi mala suerte. Era tanto mi malestar que no era capaz de soportar la compasión. Callé estoicamente, como he callado durante mucho tiempo, porque no encontré las palabras redentoras que me permitieran olvidar ese viaje ni el año, tres meses y un día que estuve bajo la disciplina militar. El cuartel y aquel tren nocturno eran el trasunto de mi vida en los mejores años de mi juventud: incomprensión de una realidad que se regía por la anarquía del sinsentido y unos mandos inhumanos, transfigurados en seres iracundos, cuyo objetivo era amargarme.

Aunque me gustaría, no puedo olvidar a ese revisor cejijunto y envarado que me pedía mi sueldo por escapar durante unas horas de los muros del cuartel. Tampoco lo perdono: ojalá siga condenado a viajar siempre en esos convoyes y sea tragado por el abismo de la oscuridad.

Me tomé un vaso de leche antes de acostarme. Con el estado de excitación no pude conciliar el sueño hasta el amanecer. 

Mis propiedades

  Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adq...