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Sosa cáustica

 

Me faltaba el aire en esa noche de larga oscuridad. Me sentía solo en esa constante agonía de huidas de un prófugo natural. Nadie me podía conocer; no ya mis inquietudes, sino mi verdadero nombre y origen. Soy un hombre que no deja de saltar de un lado a otro. No estoy seguro en ningún lugar. Me hubiera gustado no tener que tomar de nuevo la decisión de huir, pero esa fábrica en la que estaba empleado y esa ciudad resultaron igual de amenazantes que otras anteriores. No me encontraba mal. El paisaje siempre verde de esa zona enclavada entre montañas y los muchos complejos industriales en los que trabajaban obreros procedentes de tierras lejanas me recordaban el lugar en el que viví hasta emprender esta huida sin fin. Tal vez debería haberme marchado antes, pero cada vez me costaba más tomar la decisión de abandonar un lugar. Me adaptaba a cualquier sitio, con tal de no vagar de estación en estación. En ese momento lamenté mi pereza. El cerco policial estaba a punto de atraparme en el lugar donde menos esperaría encontrarme, junto a los depósitos de fuego de esa fábrica de lácteos. El momento idóneo fue cuando el conflicto derivó en una lucha sindical sin cuartel. No eran problemas que me atañeran. Me pagaban lo suficiente y no podía hacerme la vana ilusión de que me jubilaría en esa empresa. Me habían dado trabajo y el sueldo era generoso. Las reivindicaciones de los otros —no los puedo llamar compañeros, porque no mantenía relación con nadie— no eran de mi incumbencia. Ellos hacían su trabajo, yo el mío. Pero temía que su lucha terminara afectándome, como acababa de comprobar. La policía antidisturbios cercaba el reducto fabril y se desplegaba con la intención de asaltar la fábrica. Llevábamos varios días encerrados —ellos se habían recluido; yo no había podido escapar porque me lo impedía la barrera de distintos piquetes, repartidos por las instalaciones, que impedían el paso de personas o vehículos—. Ese almacén lleno de sosa era mi cárcel; solo porque no compartía el encierro en las salas de producción. Sin embargo, no me habían dejado en paz y acababa de comprobar que me habían involucrado de lleno en su lucha y debía asumir responsabilidades que me eran ajenas.

Desde el espacio neutro, entre las tapias del perímetro y los edificios del complejo, como centinela obligado, había observado el avance de la policía. Se movían protegidos por las sombras donde no llegaba el haz luminoso de las altas farolas. Lo hacían agrupados en pequeños comandos. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad y a vislumbrar la más mínima amenaza, escrutaban cada uno de sus movimientos. No albergaba la menor duda de que conseguirían sorprender a todos los obreros y hacerse con el control de las instalaciones. Por un momento, se me pasó por la cabeza alertar a los operarios de lo que les esperaba, pero, mientras me decidía, se produjo una explosión a los pies del jefe policial que comandaba la compañía. No dudé de que era una deflagración ocasionada por sosa cáustica. Conocía de sobra sus caprichos. La había visto hervir al contacto con el agua y devorar filtros enteros como si fueran azúcar. Pero lo más peligroso era cuando se mezclaba con el aluminio… Pude ver que no había causado ninguna desgracia, ya que el mando retrocedió milagrosamente una milésima de segundo antes del fogonazo. Tal vez su experiencia profesional le previno para alejarse de ese paquete perdido. En ese momento el avance se detuvo. Les había cogido de sorpresa el estallido y quizá pensaron que podía haber más artefactos difíciles de detectar. El propio mando abortó la operación, después de asegurarse él mismo de que no había sufrido ninguna herida de consideración.

Durante el silencio que sucedió, mientras miraba al exterior y al interior, recapacité en las consecuencias que podría tener para mí lo que acababa de ocurrir. Ya no era solo que había pasado a formar parte del colectivo obrero en huelga, sino que, con seguridad, me obligarían a dar cuenta del uso de la sosa en la preparación de la sustancia explosiva. Algo que ni en mis obsesivas preocupaciones se me había ocurrido jamás. Mis antecedentes penales por defender el honor familiar no eran nada ante la indudable acusación de estar implicado en el uso de la sustancia química contra agentes de Seguridad del Estado. No estaba dispuesto a afrontar una investigación en la que no podría defenderme, sobre todo cuando comprobaran mi pasado y la orden de detención contra mi persona. No me creerían cuando les confesara que yo no había participado en la fabricación, ni siquiera conocía a quién se había hecho con la sustancia. No serviría de nada que jurara y jurara que era inocente. Tampoco era probable que los verdaderos responsables de la sustracción dieran la cara por mí y me exculparan. Lo tenía claro, pero no podía huir en esas circunstancias.

Regresé al almacén donde estaba mi vestuario y los utensilios que manejaba en mi trabajo. Era consciente de que tenía que tomar una decisión. Pero era incapaz de concentrarme; mi cuerpo se negaba a someterse al destino ineludible que debía afrontar. Miré mis manos abultadas y de piel descolorida. Mis dedos estaban despellejados y en la punta casi no me quedaban uñas con las que calmar la picazón constante en mi cuerpo. No era nada, me aseguraban los capataces. Todos los que están en contacto con la sosa lo sufren; son efectos secundarios a los que no hay que prestar atención. Me echaban a mí la culpa por no trabajar con guantes. Se creían que la ropa de seguridad, las gafas o los gorros nos salvaban de las desgarraduras de esa sustancia maldita. Respirar es lo más importante y cada bocanada de aire que llegaba a mis pulmones era una ola seca de polvo caliente que me abrasaba. También me aseguraban que era porque no me tapaba siempre con esa mascarilla de protección nuclear que me obligaban a llevar. Hubiera querido verlos limpiando los depósitos, las tuberías, los filtros, incrustados de agrias capas de nata fermentada. Ellos, con sus buzos y batas blancas, no se imaginaban lo que era estar conviviendo con este veneno, que, sin embargo, limpiaba toda la porquería que quedaba después de transformar los camiones de leche que entraban por la puerta en cualquier producto lácteo de consumo diario. Desde entonces soy incapaz de llevar a mi boca una cucharada de yogur o un sorbo de leche. Me dan asco…

Esa era mi situación laboral. Sin embargo, no me quejaba, porque me sentía bien remunerado. Era un buen trabajo. Pasaba desapercibido entre la multitud de hombres y mujeres que se iban sucediendo cada veinticuatro horas, según los turnos. A mí no me importaba no coincidir con ellos. Mi horario era más prolongado, pero no me preocupaba. En ese recinto estaba bien. Cuanto menos tiempo anduviera en la calle, mejor. De la fábrica a la pensión; de la pensión, a la fábrica. Solo de vez en cuando me dejaba caer por el bar Los Caracoles a ver los partidos de fútbol. Soy un apasionado empedernido de este deporte. Me gusta y como espectador, me considero un aficionado con formación, porque yo mismo fui jugador. No me dejo llevar en exceso por la pasión. Solo cuando veo un equipo de mi país, me pierden los ímpetus de los colores propios. Pero estas ocasiones son muy pocas, ya que mi país no tiene muchos equipos que compitan internacionalmente y la selección rara vez pasa la criba de las eliminaciones previas de los campeonatos.

Evitaba reunirme con los compatriotas. Desde lejos los descubría para no juntarme con ellos; no me solía equivocar sobre su región de origen. Realizaba un gran esfuerzo para alejarme antes de que ellos me reconocieran también como uno de los suyos. Me hubiera gustado hablar en mi idioma e intercambiar impresiones personales, pero no podía darme ese placer por miedo a que me reconocieran, para evitar dejar rastro sobre mi persona.

Se había puesto a llover, a llover con ganas, como solía ser habitual en esa tierra verde cargada de nubes bajas. Desde mi cubículo oía chapotear sin piedad sobre el tejado metálico de la nave. El tiempo corría veloz y no acababa de decidirme, pero la presencia policial, aunque no la advirtiera en ese momento, me oprimía. No me cabía la menor duda de que otra vez había de huir, pero temía levantarme e iniciar mi marcha. No era mal momento cayendo ese aguacero que celaba más que la noche. Nadie merodearía fuera. No era la humedad ni la mojadura, sino la pereza propia de tanta fatiga acumulada durante muchos años. Había tenido suerte de ir esquivando a la justicia y a su mano ejecutora, las distintas policías de las que había escapado. A esas alturas sabía cómo pasar desapercibido, pero sentía mis miembros más rígidos y pesados y, lo peor, mi mente más obtusa y acomodaticia. Necesitaba un lugar donde echar raíces y comenzaba a sentir apego por esa ciudad manufacturera y fea, sin edificios que atestiguaran un pasado glorioso, llena de gente desubicada… En ella solo tenía un aposento en una pensión, pero allí había logrado dormir apaciblemente después de muchas noches en vela o descansando a intervalos cortos. La señora que la regentaba era comedida y muy limpia. Cocinaba como lo hacía mi madre, y cuando se sentaba en la mesa camilla delante del plato, mientras ella trajinaba alrededor, escuchaba rumores idénticos a los de su hogar, al que ya no volvería.

Con resignación, aceptando una obligación ineludible, me quité la ropa de trabajo. Eché un último vistazo a ese maloliente trastero y salí. Los puntos de luz de las farolas repartidas por el recinto vibraban difuminando un brillo opalescente. Los regueros de agua rebotaban violentamente contra el suelo. De vez en cuando ráfagas de viento y lluvia me azotaban. Una vez puesto en marcha, ya no me importaban. Podía avanzar sin que nada ni nadie me detuviera. Salté la verja del muro hacia la carretera. Pude ver la flota de vehículos policiales concentrados en la puerta de la fábrica. Sabía que todos estaban dentro de los furgones, esperando órdenes. Me hubiera gustado pasar por la pensión y despedirme de la patrona y respirar una última vez la fragancia de ese hogar que era igual al que en mi infancia disfruté, pero supe que lo mejor era salir de la ciudad inmediatamente. Ascendí por un monte enfrentándome a la lluvia. Conseguí llegar a la cima. Me di media vuelta con la esperanza de saborear la luz de esa ciudad, pero el océano de agua que inundaba el valle me lo impidió. Continué triste, huyendo. No eran muchas las etapas que me faltaban para llegar al límite donde mi huida tendría fin. Entonces lo presentía; ahora, lo sé con certeza.

 

 

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