LOS
MONAGUILLOS VETERANOS
Su
infancia está llena de miedos. Miedo a los adultos, que le pueden
abroncar o, incluso, dar un soplamocos; miedo a los perros que lo
intimidan con sus ladridos o cuando muestran sus afilados dientes;
miedo al infierno; miedo a los maestros que le pueden dar un mandoble
o reírse de su poca capacidad de entendimiento para comprender sus
explicaciones; miedo a muchachos brutos… Superará con el tiempo
estos miedos y le extrañará que de pequeño lo acongojaran tanto.
Lo que no será capaz de vencer es el miedo a la iglesia, a todo lo
relacionado con la iglesia.
La
iglesia ha sido reformada en su ambientación. Sin que se hayan
abierto nuevas ventanas, el templo es más luminoso; ahora parece de
mayor amplitud, quizá porque han retirado de las paredes estatuas,
altares, pinturas que había antes. A pesar de que han transcurrido
más de cincuenta años, la iglesia parece ahora más nueva de lo que
era cuando él había cumplido siete. El caos de reclinatorios y
asientos ha desaparecido para dejar dos lados simétricos, con bancos
con respaldo de madera corridos que delimitan con claridad un pasillo
central amplio por el que los feligreses acceden y salen, o forman
cola para ir a comulgar. Pese a estos cambios, el miedo no ha
desaparecido en el ahora adulto que recuerda las angustias padecidas
cuando era solo un niño que acababa de descubrir que era lo
suficientemente inteligente como para comprender el sacramento de la
eucaristía.
Otra
obsesión que el transcurso del tiempo no ha logrado borrar de su
conciencia es la pretensión de su madre, y de la mayoría de las
madres con niños de una edad parecida a la suya, de que su hijo,
recién tomada la primera comunión, entrara de monaguillo, primer
paso para continuar la carrera religiosa, bien entrando en el
seminario de curas o en los colegios de los frailes que cada
primavera visitaban la población para captar nuevas vocaciones.
También
es cierto que el niño si acabó vistiéndose la túnica roja y el
roquete no fue solo por el deseo materno, sino porque sentía envidia
de los monagos que ayudaban en misa levantando la casulla y tocando
la campanilla y saliendo a pedir con la bandeja y poniendo debajo de
la barbilla un plato para que, si la persona que comulgaba no
atrapaba bien la forma, no se cayera al suelo. Comparada la actividad
que desarrollaban sus compañeros con el aburrimiento de las largas
ceremonias dominicales que había de soportar sentado, bien
apretadito al resto de muchachos, en los primeros banquillos de la
nave central, vigilados tanto por el cura, como por sus mismas
madres, sentadas no muy lejos de donde se encontraban ellos, era
mucho mejor la libertad de movimientos de los acólitos. Su madre,
además, le recordaba que don Fulgencio recompensaba a sus ayudantes
con una peseta, que, junto a la que recibía de paga dominical, eran
el doble de propina. Por otra parte, alguno de sus amigos ya había
ingresado en la lista de chiquillos que se ponían a las órdenes del
cura y del sacristán. Ambos eran buenas personas, aunque de vez en
cuando propinaran un coscorrón, sobre todo el segundo. El sacristán
era muy delgado y nervioso. Daba gusto oírlo tocar el órgano y en
los duetos con don Fulgencio, siempre su voz acababa por tapar a la
del propio cura, tal era el entusiasmo con el que cantaba las
letanías y responsos. De hecho, no solo era llamativa su
preponderancia en las partes de la liturgia en las que intervenía,
sino que los vecinos sabían que la voz cantante en cuestiones de la
iglesia no era incumbencia de don Fulgencio, sino del sacristán. Y
si las cosas no se realizaban como él quería, no se hacían; o si
se llevaban a cabo, era sin su presencia. No eran palabras vanas,
pues llegó a cumplir sus amenazas dejando solo al cura. Fue entonces
cuando el pueblo se percató de que, sin la presencia del sacristán,
con sus cánticos y las melodías de su órgano, las misas de don
Fulgencio no sabían a nada. El cura, un hombre bonachón, con un
carácter en el que no cabía el rencor, detestando las controversias
del cariz que fueran, acababa cediendo a las apetencias de su
subordinado, no solo para que las misas volvieran a tener el relumbre
de antaño, sino también por conciliarse con él como personas
humanas que eran los dos. Sin embargo, muchos vecinos mal pensantes
especularon que si el cura reculaba era porque no solo se había
quedado sin ayudante, sino también sin compañero de tute en las
partidas que se jugaban, bien en su casa o en la del sacristán.
Considerando
que todas eran ventajas, excepto el hecho de que, además de las
misas dominicales, sería requerido para ayudar en misas ordinarias y
en rosarios vespertinos, y que también complacía a su madre, se
dejó arrastrar por Serafín, el amigo que había ingresado como
monaguillo antes que él. Serafín fue el que lo apadrinó y del que
recibió la información indispensable para poder ejercer. Los dos
formaban pareja y, cuando acompañaban al sacerdote (siempre él
desempeñando el papel predominante), le recordaba mediante señas
cuál era el instante preciso en el que debía intervenir, o bien,
con la habilidad sibilina de un maestro de ceremonias, le corregía
los desaciertos que el neófito cometía.
Su
estreno se produjo en una misa de domingo, con la iglesia abarrotada
de feligreses. Las expectativas creadas se cumplieron con creces y
cuando la ceremonia acabó, notó un vacío existencial por la
rapidez con la que había transcurrido esta y el poco rato que había
disfrutado de los laureles de la exposición pública, pues él creía
que todos estaban pendientes de él, no del cura y menos de su
compañero. Para su sorpresa, don Fulgencio también lo recompensó
con la peseta con la que gratificaba a los monaguillos, pese a que
tan solo había prestado servicios efectivos ese mismo día. Además
de entregarle la moneda, le levantó con la mano la mamola para verle
la cara y le sonrió como si le hicieran gracia las perdigonadas de
pecas repartidas por los mofletes y sobre todo en la nariz.
Menos
le gustó lo de ir al rosario, pero estimó que, aunque ya tenía sus
más y sus menos con su madre con eso de ir a ese rezo de las
primeras horas de la tarde (porque don Fulgencio quería aviar pronto
con el propósito de reunirse cuanto antes con sus compañeros de
partida), aún no había logrado imponerse a la determinación
materna y no le quedaba más remedio que ir a oír cuarenta avemarías
y unas letanías interminables junto a otros chiquillos y un montón
de mujeres. En estos rezos el protagonismo de los monaguillos se
reducía a avisar del comienzo con el toque de campanas, encender
algunas velas y después apagarlas. Ni tan siquiera se vestían con
su roquete. Don Fulgencio espabilaba y, sin terminar los feligreses
la parte de la oración que les correspondía, solapaba su final con
el comienzo de la siguiente suya: era una carrera entre él y el coro
femenino que lo acompañaba, siempre dejándolo atrás en el recitado
de la oración. Todos acababan con la boca seca, por no haber momento
para descansar y pasar la lengua por los labios resecos. En cambio,
en las interminables letanías, las mujeres recobraban el aliento,
pues su respuesta invariable era muy breve, ora pro nobis, mientras
el oficiante desgranaba la lista interminable de santos, vírgenes y
otros conceptos abstractos a los que invocaba para solicitar su
protección. El único aliciente del rosario era que cuando
finalizaba, los monaguillos y otros chavales se jugaban a la rayuela
parte de la paga que les habían dado el cura y sus padres. A veces
se iba con más dinero que el que portaba; otras, en cambio, lo
espolichaban.
La
mañana del primer día de la semana se levanta alegre. El sol inunda
de luz las calles y dora las paredes de piedra de las casas. El hecho
de salir una hora antes de la habitual para ir a la escuela es una
novedad que llena de expectación el ánimo del niño. La asocia al
protagonismo alcanzado el día anterior al ayudar al cura. No sabe
con certeza si volverá a sentir la misma vanidad, pues las misas de
diario no son tan suntuosas como las de los días de fiesta, pero
ansía que, siendo él monaguillo, el relumbre sea similar.
Busca
a Serafín. Los dos llegan a la pequeña plazuela de la iglesia. El
amigo se dirige a la casa parroquial para que el cura le dé la llave
del templo. Están ellos dos solos. Cuando abren la puerta, examina
por primera vez el interior vacío. El ruido procedente del exterior
se extingue en las frías losas de piedra y en la alta bóveda. El
templo se presenta con una apariencia nunca antes vista. Las alturas,
iluminadas por las pequeñas ventanas situadas al borde de los
paramentos, con su artesonado mudéjar, son el único elemento
vibrante, pero inaccesible. El resto se oculta en una tenebrosidad a
la que no está acostumbrado. La iglesia es gente, cuanta más,
mejor. Vacía de personas es fría y el niño se siente perturbado
por esas imágenes que, sin que haya nadie más dentro, a la fuerza
han de posar su mirada en él. Se junta todo lo que puede al amigo
para que no lo invada el miedo. Los dos se dirigen a la parte de
atrás, a la zona más oscura, donde los más viejos se sitúan
cuando acuden a los oficios religiosos. Allí, en la pared del fondo,
se encuentra la puerta que conduce a la tribuna. Ese primer tramo de
escaleras está levemente iluminado, al igual que el espacio
anterior. Cuando llegan al estrado superior, la luz aumenta porque
hay una ventana al ras del entarimado. Se queda alelado al descubrir
lo que nunca antes había visto, pues es la primera vez que pone los
pies allí. Su compañero lo deja que investigue, pero le advierte
que mire bien dónde pisa porque hay tablas sueltas y se puede
hundir. Sus advertencias no son exageradas, ya que encuentra huecos y
él mismo se siente inseguro al caminar, al comprobar que el suelo es
endeble, especialmente cuando se acerca a un cuarto que tiene la hoja
de la puerta deformada y comprueba que está repleto de lo que
parecen ser muebles desvencijados llenos de polvo y telarañas que
los envuelven en un aura irreal. Se acerca a la barandilla que impide
que los mozos, que oyen misa allí, caigan abajo. La perspectiva de
la iglesia desde las alturas le da vértigo y siente un leve mareo:
teme hundirse al ceder la tarima podrida o precipitarse, al no
sujetarlo la barandilla. En días sucesivos, cuando sea él solo el
que haya de tocar las campanas, investigará el resto de ese espacio
elevado: el desvencijado órgano, cuyas teclas nacaradas parecen la
dentadura de un anciano; o las hileras de sus tubos torcidos que
sobresalen del frente; o el gigantesco fuelle para dar aire que,
después, no siendo monaguillo, sino un simple adolescente en sus
primeras incursiones en el lugar reservado a los jóvenes, habrá de
manejar subiendo y bajando el inmenso palo con el que dará aire al
órgano. Ese primer contacto lo dejará pensativo, no sabiendo si
anhela adentrarse en él y hacerlo suyo, o detestarlo por parecerle
peligroso y poco reconfortante para los riesgos que se asumían por
ocuparlo. Lo que le esperaba, una vez acabara su niñez y su etapa de
monaguillo, era ese espacio en el que los jóvenes cantaban
acompañando al sacristán y en el que oían la misa con libertad, ya
que estaban fuera de la mirada de las madres y muy alejados del
oficiante, pese a que este se subiera al púlpito cuando predicaba.
Desde el coro, apoyados en la baranda, al igual que otros jóvenes,
contemplará a las mujeres cuando se levanten a comulgar o se
conformará con las miradas desviadas que ellas los dirijan desde sus
asientos. Aprenderá más tarde que a los mozos, del sermón, solo
les interesarán las amonestaciones de aquellos que iban a casarse y
las convocatorias que regularmente don Fulgencio señalaba para
reunirse con ellos en el salón de la asociación. Después, mientras
el cura comente las escrituras y exhorte a los vecinos a que lleven
una vida santa, se subirán al campanario a echarse un cigarro y a
contemplar los contornos únicos con los grandes ojos de esa atalaya
de ladrillos rojos que es la torre. Mientras no pase ese tiempo en el
que el niño no sienta vergüenza por llevar pantalones cortos, en
esa primera misa de diario, tendrá que subir a la torre, guiado por
su anfitrión.
La
puerta de acceso es pequeña y han de agacharse mucho para
introducirse. El primer paso conduce a un nivel más bajo que el
suelo de la tribuna y produce sensación de caída. De hecho, la
primera parte del recorrido es casi llana y deben continuar
agachados, incluso siendo pequeños. El niño, al entrar, solo oye
los pasos del que va delante, pues la oscuridad es absoluta. Levanta
las manos y toca las paredes frías. El túnel zigzaguea a la
derecha. Aunque tiene miedo de tropezar, no siente que sus pies vayan
escalando peldaños, sino montones de tierra, aunque nota en alguna
ocasión la dureza de la piedra. El trayecto es largo y lo
desorienta. El amigo lo anima a que continúe avanzando sin miedo,
que ya falta poco. Piensa que se está quedando muy atrás porque las
indicaciones serpentean hasta que llegan a sus oídos, pero, con
todo, le insuflan ánimo y obedece. Cuando por fin, al final de un
lado de la escalera, ve la claridad procedente de las alturas, nota
alivio y piensa que el espanto llega a su fin. La sonrisa de su
compañero, que ha esperado para contemplar el estado en el que acaba
la ascensión, delata la palidez de su rostro y, aunque intente
demostrar su valentía, él mismo se percata de que es vana su
pretensión, porque la angustia se palpa en su piel de gallina.
La
sensación de haber avanzado en la subida pisando tierra se confirma
al ver el firme terroso del campanario. El espacio le parece más
amplio del que desde abajo se podía prever. Aunque todavía no se ha
asomado a ningún hueco para comprobar la altura, se marea y se apoya
en las paredes, porque él y la construcción se bambolean. No se
siente seguro y el lugar le parece inhóspito. La brisa entra por
todos los lados abiertos. Algunos huecos en los que en otros tiempos
hubo colgados campaniles, están huérfanos, o bien, penden campanas
rajadas sin badajo ni cuerda para moverlo. Contempla impasible a sus
compañeras en uso. Son tres. Para el primer aviso y el segundo,
tañen las dos más grandes. Su amigo toma los cabos de la soga con
los que moverá los badajos y comienza el toque marcando un ritmo de
dos golpes a la campana de la izquierda y uno, a la de la derecha. La
velocidad aumenta a medida que llega el final. El segundo toque lo
dará él. Nervioso por la responsabilidad y por temor a que no le
salga bien y los vecinos sepan que ha sido él el inepto que está
tocando, sigue las indicaciones de Serafín. No es tan difícil, pero
se siente como si fuera un músico subido en un escenario ante un
multitudinario auditorio. El último toque, rápido y nervioso, lo
darán con el esquilín.
Nada
más acabar, Serafín le advierte que deben bajar de prisa para
ayudar a vestirse a don Fulgencio. Parte antes de terminar de hablar.
El niño reacciona también con prontitud para no perder la estela
del que le precede, pero se queda atrás porque el piso inclinado es
resbaladizo y no calcula lo que mide cada uno de los tramos oscuros
antes de girar. Si la subida le pareció que no acababa, la bajada le
resulta igual y con un final imprevisto, pues al salir a la tribuna,
no hay ninguna luz intensa que lo oriente en la parte última del
descenso.
Al
llegar a la sacristía, Serafín abre varios cajones y extrae de
ellos la vestimenta misal, colocando en la repisa de madera las
piezas en el orden inverso a como las vestirá don Fulgencio: la
casulla, la estola, el alba, el cíngulo y el amito. También
verterán vino y agua en las vinajeras y hostias en el copón.
El
sacerdote entra segundos después y se pone la ropa ayudado por
ellos. Cuando salgan hacia el altar, el niño se percatará de que
solo hay sombras enlutadas que se pierden en la oscuridad del tempo.
La desolación de la ceremonia, comparada con la alegría de la misa
del día anterior, le dejará una aflicción que aumentará a medida
que acuda a diario a ayudar al cura. Ni las misas dominicales, ni las
otras ceremonias masivas repartidas a lo largo del calendario anual
de festividades, logrará disipar la soledad y la inquietud que va
calando en su ánimo cada vez que entra en las galerías altas y
frías de la iglesia vacía.
Serafín
lo acompañará pocos días más, pues pronto abandonará el pueblo
al ingresar en una orden religiosa para continuar los estudios
iniciados en la escuela. Las primeras ráfagas de desaliento que le
transmite el templo, sin la protección del amigo, se transformarán
en vendavales de terror y angustia. Moverse por las naves sabiendo
que se encuentra solo, es una terrible prueba que no logra superar y
cada vez que ha de entrar del atrio al interior oscuro, o salir de la
sacristía al presbiterio, nota cómo se le encoge el estómago y las
piernas se le ponen rígidas. Se engaña creyendo que es cuestión de
tiempo lograr superar sus temores, pero aún le quedan por conocer
otros. Los monaguillos más veteranos dejan al novato que acompañe
al cura los días de diario, si bien siempre lo escoltará alguno de
los mayores. Las enseñanzas transmitidas por el amigo que se fue no
serán suficientes para conocer todos los intríngulis del oficio. En
especial, echará de menos que no le previera contra la maldad de la
comunidad de monaguillos, sobre todo, de aquellos que llevan más
tiempo ejerciendo y tienen unos años. No solo es la edad, es la
altura y corpulencia que resultan temibles para el niño. En compañía
de ese veterano, en las misas diarias, o de todos esos grandullones,
en las misas dominicales, sentirá el desprecio y altanería con los
que se dirigen a él. No solo será el que realice las tareas más
tediosas, sino que soportará sus desplantes y oirá los
descalificativos más humillantes. Llevará con paciencia y temor los
improperios, creyendo que es cuestión de tiempo superar estas
persecuciones, bien porque habría un momento, cuando esté más
seguro o encuentre su lugar en la jerarquía, en el que él mismo se
opondrá, o bien porque el enemigo entienda que el neófito ha pasado
las pruebas que todo novato ha de superar para formar parte de la
hermandad de monagos.
La
lista de suplicios es amplia y la maldad de cada uno de sus actos muy
alta. Una vez que se han percatado de sus miedos, la crueldad no
tiene límites. Le mandarán que suba a la torre a tocar. La
expedición en la oscuridad del templo, desde el primer tramo de
escaleras hasta llegar a la tribuna y del interminable segundo hasta
culminar la ascensión al campanario, serán retos muy duros, pero
cada vez que logra tañer las campanas sentirá mucha satisfacción.
La malicia de sus compañeros aparece en esos momentos. Cuando
desciende contento y desprevenido, cada vez más confiado, porque va
logrando dibujar el trazado de las escaleras, oye a sus espaldas un
ruido. Acelera el paso y se cae golpeándose la cabeza. El dolor y el
pánico consiguen que se ponga a llorar. Al salir por la pequeña
puerta que comunica la tribuna con el campanario, le espera riéndose
Venado, el más veterano de los monaguillos.
—¿Has
visto un fantasma, Chapli?
Reta
aparece por la boca del pasadizo a la torre y extiende los brazos y
lo rodea como si volara, al mismo tiempo que emite un sonido
ululante.
—Uy,
qué miedo.
Huye
de las risotadas y llega a la sacristía. Se da ánimos e intenta
considerar que lo que ha sufrido es una broma pesada y que pronto se
desanimarán cuando comprueben que las burlas no dejan mella en su
ánimo. No sabe si conseguirá causar esta impresión, pero, por lo
menos, ese día ya no sufrirá más acosos. La presencia de don
Fulgencio es la de un juez serio que no permite chacotas a su
alrededor y se siente protegido junto a los hábitos talares que
siempre viste. Piensa que, si no fuera por su bondad y porque rara
vez regaña, no hubiera aguantado más tiempo. ¡Que pensara lo
quisiera su madre y si se llevaba un disgusto, que se lo llevara!
¡Allá penas!
A
su madre no le cuenta las trastadas que padece. Le pregunta qué tal
y siempre responde que bien, sin entrar en detalles.
Los
días pasan, no su temor a sufrir nuevas penalidades. Sigue yendo a
tocar las campanas. Ya no es el miedo a la oscuridad en sí misma,
sino lo que esta esconde. Sube con precaución, palpando las paredes
frías de los pasillos y, fruto de la exploración minuciosa,
descubre un pequeño hueco en el que es fácil acomodarse y concluye
que es ahí donde se escondió Reta. Le parece oír una respiración
profunda y se detiene para anticiparse a cualquier sorpresa, pero es
una percepción falsa. Avanza despacio procurando que sus pisadas
sean mullidas para poder percibir cualquier ruido que sea indicio de
la presencia oculta de alguno de los monaguillos mayores. No hay
nadie. Es consciente de que ya no podrá subir a la torre sin ponerse
en alerta. Han conseguido lo que querían, que el miedo forme parte
de él. Le da rabia que se rían y está tentado de contar a don
Fulgencio la tirria con la que lo tratan, pero no se atreve, porque
sabe que la venganza de los mayores puede ser peor.
—Como
te chives, te damos pajillas mojás —ya lo habían advertido en
varias ocasiones.
Pensar
en esa humillación le hace desistir de hablar con nadie y soportar
todas sus bravuconadas. Tan solo con oír ese tormento le entran
escalofríos. Nunca lo había sufrido, pero había sido espectador
pasivo y miedoso que no había tenido las suficientes agallas para
intervenir a favor del reo impidiendo que los verdugos restregaran en
la cara del muchacho caído en desgracia el puñado de hierba rociado
con el orín de cada uno de ellos. Lo más humillante siempre eran
las amenazas últimas, aquellas que recordaban a la víctima que lo
siguiente que sufriría sería peor, si hablaba, si se lo contaba a
algún adulto.
Sabía
lo que era peor, por ser también un tormento que se aplicaba a los
timoratos, a aquellos que no se atrevían a superar los retos, o a
los que los abandonaban en su transcurso por miedo a los peligros. La
advertencia había sido formulada con anterioridad y aceptada por
todos. El que no lo consiguiera, le machacarían los clavos. Cuando
oía esto, su primera imagen eran las paredes de piedra de
mampostería que rodeaban los corrales más próximos a la iglesia o
a la escuela, en especial, aquellos muros situados en lugares
recónditos que, aunque se gritara de dolor, nadie oiría los
lamentos. Esas paredes con cantos sin caras planas, sino con aristas
afiladas y desnudas por haberse desprendido el barro con el que en su
día fueron revestidas, se le clavaban y le dolía, aunque solo fuera
imaginando el tormento: cuatro esbirros sujetándolo de manos y pies
y bamboleándolo y golpeando con violencia su culo contra el muro,
contra esas piedras duras y ásperas, mientras los quejidos se le
escapaban de la boca.
Aquellos
muchachos que habían sufrido estos martirios quedaban señalados y
un estigma los marcaba durante buena parte de su infancia. Todos los
chicos eran cómplices de los tiranos y aceptaban su ley del
silencio. Temía ser uno de los señalados, de aquellos obligados a
soportar un desprecio que no se extinguía. Quizá por eso también
considere que salirse de monaguillo tan pronto le podría acercar a
los proscritos entre la chiquillería.
No
siempre los mayores lo tratan mal, a veces, hasta se divierte con sus
travesuras. Le permiten que se moje los labios con el vino de
consagrar, aunque ellos den un trago mayor a la botella que la pizca
que él apura de la vinajera, resto de lo no vertido por el cura en
el cáliz en el momento de la consagración. Quizá, piensa, esa
invitación no es fruto de su generosidad, sino una incitación
malévola a ser cómplice de ellos para que no se chive a don
Fulgencio. También comparte los recortes de las obleas dejados en
una bandeja de la que todos toman trozos. Incluso, lo enseñan a
capar las campanas, si bien se percata de que lo hacen con malicia y
buscando el escándalo para comprometerlo.
Una
mañana, Alfredo, el caudillo de todos ellos, estando los dos solos,
se lo pregunta. Cuando este capo se dirige a él se pone nervioso. Es
un chico alto y gordinflón, con fama de ser violento y con muy mala
uva. No sabe a qué se refiere con lo de capar, pues no siendo a los
marranos destinados al cebo, nunca había contemplado esa operación.
Lo acompaña al campanario y le manda que dé el primer toque.
Mientras esperan unos minutos para dar el segundo, el veterano toma
la barra de metal por la argolla donde se anuda la soga.
—Consiste
en mover el badajo a pulso hasta tocar la pared de la campana sin que
suene —le explica.
El
niño observa con atención el lento recorrido de la pieza y cómo el
brazo se contrae y la mano se acerca avanzando imperceptiblemente
hasta lograr juntar ambos bronces y rozarlos sin que se escape ni una
mínima vibración. Alfredo, acabada la demostración, emprende el
segundo toque.
—Mira,
chaval, aprende…
Se
apoya en el ángulo de la base de piedra y el suelo terroso y agarra
los dos cabos de soga de las campanas y en el momento de comenzar el
repiqueteo, echa el cuerpo hacia atrás, solo sujetado por las
cuerdas a las que de manera ágil imprime un movimiento con el que
consigue un toque rítmico muy vivo. Siente envidia de su habilidad y
sin saber de qué manera, comparando su torpeza con la soltura del
mayor, su mente justifica que en algún momento lo desprecien.
—Me
voy. Practica un poco, mientras das la última —le manda Alfredo ya
bajando el primer tramo de la escalera.
Con
la conciencia de su escaso valer, se anima a practicar para comprobar
si la operación es tan fácil como parece. No toma el badajo de la
campana más grande, sino el de la compañera que es un poco más
pequeña. La pieza es pesada, sobre todo en la última parte del
trayecto, cuando está a un puño de la pared ovalada. Sabe que es
cuestión de mantener el pulso y de aproximarse con suavidad, pero la
mano parece desear finalizar la prueba con prisa, por lo cual, cuando
se juntan las dos piezas metálicas, se produce un toque solitario
que no tiene sentido y que será interpretado como una trastada
propia de un chiquillo que está jugando con las campanas. Ya no se
atreverá a intentarlo más.
Cuando
baja y se encuentra en el medio del recorrido, se alarma por su
inconsciencia, pues piensa en la posibilidad de que Alfredo se haya
escondido y le prepare una emboscada en ese húmedo laberinto elevado
de oscuridad. Casi se frena y avanza con precaución para que la
sorpresa no sea tan violenta, pero llega hasta el postigo de la
tribuna y nadie le ha asustado. Otra vez piensa que juzga con
severidad a su compañero y se afianza en él la idea de su
minusvalía. Está deseando llegar a la sacristía para acercarse a
él y observar lo que hace con el afán de aprender de un maestro sin
igual, o esperar mendigando alguna enseñanza directa con la que
menguar la desigual capacidad de los dos. Es tanto el entusiasmo con
el que desea acercarse y la velocidad con la que se mueven sus
piernas, que tropieza con una de las losas mal asentada y se da de
bruces en el suelo, con tan mala suerte que se parte uno de los
paletos de su dentadura. No se percata en ese momento, en el que solo
siente la quemazón de las palmas de las manos, sino cuando lo vea el
cura y le pregunte qué le ha pasado, que tiene mellado un diente. No
quiere ser un quejica y aguanta el dolor que va apareciendo con
lentitud, mientras don Fulgencio despacha con habilidad la misa para
las cuatro beatas de todos los días. Al final, por un momento, se
olvida por completo del sufrimiento, cuando Alfredo le enseña a
apagar en un periquete las velas repartidas por los altares.
—Mira,
chaval, aprende —le dice cuando lo ve soplando las velas.
El
monaguillo mayor se moja los dedos pulgar e índice y aplasta la
llama humedeciendo el pabilo. Repite la operación con cada uno de
los cirios y en un momento se extinguen todas las luces, menos las
rendijas iluminadas de la puerta por la que ha salido sin despedirse.
Pronto
va a saber cuál es su lugar en el escalafón, cuando los domingos y
las festividades relumbrantes lo aparten del servicio y vuelva a
ocupar los banquillos en los que están en misa el resto de
chiquillos. En esas ocasiones serán los monagos con más experiencia
los que escolten a don Fulgencio a ambos lados del altar. Cuando al
final del servicio religioso vaya a la sacristía a recibir la paga
semanal y se repartan los días de diario, los mayores se
escabullirán para que los nuevos sean los que tengan que acudir a
los oficios religiosos ordinarios. Ese mismo reparto desigual en el
que los novatos se llevan la peor parte se produce en las
celebraciones especiales, pues los veteranos se reservan para sí los
bautizos y las bodas, en los que recibirán colaciones exclusivas al
permanecer cercanos a don Fulgencio. Cuando el enjambre de niños que
sigue a la comitiva con el recién nacido sea metido en el corral
para después pasar en fila por el portal delante de la madrina y
recibir un cucurucho de confites, ve en la sala, junto a los otros
invitados, a sus compañeros sentados zampándose un bollo de
manteca. Ya, en la calle, en la aglomeración de chiquillos, jalea al
padrino para que sea rumboso cantando junto a los demás «Bautizo
meao / bautizo cagao / si cojo al chiquillo / lo tiro al tejao». Se
pelea por coger el mayor número de monedas que el padrino arroja
subido en un poyo. En la tierra, en el barro, donde van a parar
bastantes piezas, porque el público mayor disfruta más contemplando
la pelea, busca la propina que el padrino ha entregado a sus colegas
y que se han guardado en el bolsillo sin la necesidad de ensuciarse
ni empujar a nadie para que no le arrebaten la moneda de dos reales
que ha visto perdida entre la calderilla de perras gordas y pequeñas.
No
le importa ocupar ese lugar secundario en el escalafón, pues por ser
más pequeño y, sobre todo, por su menor inteligencia, comprende que
no se comete ninguna injusticia. Sabe que es cuestión de espabilar.
Esa palabra se la repiten todos: sus padres, los maestros, los
compañeros de juegos cuando se aprovechan de su inocencia para sacar
tajada de los lances más favorables: espabílate. La lección está
muy clara, nadie te va a ayudar, lo que tú consigas, no esperes que
te lo regalen. Aprende de los espabilaos. Pero a él le falta esa
chispa de ingenio que le impulse a descubrir las oportunidades para
sacar tajada. Está como dormido en un limbo en el que flota
cómodamente. Comprende que ha de tener los pies en la tierra y estar
atento. Estar atento a que no te la den, estar atento para que no te
tengan que repetir las cosas dos veces… No, no tiene malicia, le
dicen justificando su inocencia. Ya aprenderá, sentencian. Esa falta
de maldad, ese estado hipnótico en el que está perdido sin pensar
en nada, le impide prestar atención a lo más importante de toda la
misa del domingo, los momentos iniciales del sermón, cuando don
Fulgencio sube al púlpito acompañado por los monaguillos y escala
con dificultades por su gran corpulencia la escalerilla de caracol
que lo conduce a la plataforma. Extrae del bolsillo de su sotana una
pequeña agenda y se aproxima al antepecho. Mientras la abre y aparta
las hojas con el cordón hasta encontrar las anotaciones que le
interesan, el público aguarda en completo silencio a que don
Fulgencio comience a hablar. No se oyen toses y los niños reciben
una reprimenda preventiva para que su mutismo se prolongue unos
minutos, mientras el cura anuncia las amonestaciones de aquellos que
se van a casar, los nombres de aquellos que han encargado las misas
correspondientes a los días de la próxima semana para encomendarse
por el alma de sus difuntos, ante la eventualidad de que aún
permanezcan en el purgatorio, y las misas de ocho días o de año
encargadas por los familiares de los difuntos cuyo primer aniversario
se celebrará en los días venideros… En el momento en el que el
sacerdote cierra la pequeña agenda negra, se forma un gran revuelo:
la gente cuchichea para enterarse con detalle de los nombrados, si
alguno no cae en la cuenta de quién es; los muchachos, contenidos a
duras penas, se revuelven y se pinchan entre sí para provocarse y
los mozos abandonan la barandilla de la tribuna para subirse a la
torre a echarse un cigarro y contemplar el pueblo desde las alturas,
mientras el cura intenta con sus buenas palabras y su paciencia
infinita explicar las enseñanzas que se derivan de las lecturas
previas, que pocos han entendido y, después de los minutos
transcurridos, ya casi han olvidado.
Cuando
acabe la misa y se reúna todo el colectivo de acólitos para cobrar
y se repartan los oficios de la próxima semana, al niño, como de
costumbre, le tocará lo peor. Cuando le encargan su primera misa de
difuntos por la tarde, no protesta. Para él es una novedad; además,
se celebrará a una hora no habitual. Enseguida se percata de que el
encargo, le impedirá jugar con sus amigos, pero la expectación de
la novedad justifica la privación de esos momentos de esparcimiento.
Cuando llega, las campanas ya están doblando. No hace falta que
nadie le diga que el que está tocando es Alfredo, el monaguillo
gordinflón, el mejor. Se extraña de que esté también allí. Luego
se enterará de que quien había encargado la misa es un familiar
suyo. Entra en el templo y ve que las velas encendidas son más
numerosas que de ordinario, pero lo que le llama la atención es la
presencia en el presbiterio de un catafalco mortuorio, cubierto por
un tapiz negro que oculta un féretro. Piensa que se trata de un
entierro, pero se percata de que no es ese el proceso habitual. Se
acerca con espanto. Aunque sabe que ahí no hay un muerto, que nadie
ha fallecido, ese sepulcro elevado contiene todos los cadáveres del
cementerio, que sus almas caben en ese féretro y no salen de dentro
porque el cortinaje que llega al suelo les impide volar para ocupar
cada una de las oquedades altas de las naves del edificio. No osa
acercarse y se cuela en la sacristía rozando los bancos pegados al
muro. Ve a don Fulgencio que se pone para oficiar ropas moradas que
había visto con anterioridad colgadas de los armarios, pensando que
ya no se usaban por estar muy deslucidas. El sacristán está a su
lado y le ayuda a vestirse. Cuando se da cuenta de su presencia,
nervioso, lo regaña sin saber si es por haberse presentado tarde o
por un desliz involuntario que inconscientemente ha cometido. Le da
miedo la presencia del sacristán vestido con un traje renegrido,
junto a don Fulgencio, que, con sus ropajes morados y oscuros,
espanta. El sacristán le entrega el acetre con el agua bendita y el
hisopo introducido. Él toma el incensario y la naveta y le ordena
que se quede a su lado. Salen de la sacristía y se aproximan al
monumento funerario. Se colocan enfrente, dando la espalda al público
que en silencio ha ocupado la parte delantera de la iglesia. El
sacristán saca de la pequeña caja con forma de nave una pizca de
resina y la echa en el incensario que al momento desprende un
agradable olor a incienso. Los dos cantan unas letanías lúgubres
que entristecen el templo y le crean una angustia parecida a la que
sienten los familiares más cercanos al difunto, al que recuerdan ya
sin lágrimas, pero con el dolor que produce la aspereza de unos ojos
agrietados. Le resulta extraño verse en ese cortejo de oficiantes,
como si él fuera un intruso inoportuno. El sacristán, con su
tétrico canto de gallo, le parece un impostor observando cómo, sin
perder una palabra del cántico luctuoso, mira con el rabillo de sus
ojos vivos el comportamiento del monaguillo inexperto y capta la
vibración que su melodía produce en los asistentes de la primera
fila. Don Fulgencio, como siempre que está al lado de su
acompañante, le deja hacer sin por asomo querer eclipsar sus trinos
de cuervo descarado.
Cuando
finaliza la misa, el cura le manda que se vaya a casa, que ya es
tarde. Agradece que no sea él, sino Adolfo el que se encargue con el
sacristán de desarmar el catafalco. Sin embargo, la experiencia le
va a dejar un miedo permanente a la muerte. No podrá pisar las losas
donde se levantó el monumento funerario sin pensar en los cuerpos
inanes que han posado allí antes de enterrarlos en el camposanto.
Para mayor espanto, la caja falsa, vacía, envejecida y llena de
carcoma, la van a apilar en la cima de otros trastos polvorientos que
hay en la entradilla de la sacristía. Su mirada, cada vez que la
cruza, se posa en esa piña de objetos desusados, coronada con el
ataúd vacío, e instintivamente se aparta al pasar, como si el
montículo se fuera a derruir y el alud de madera se viniera sobre
él.
Al
comienzo de la Cuaresma, Adolfo desaparece. El niño piensa que se ha
salido de monaguillo por ser demasiado grande. No sabe qué le pasa,
pero en su cuerpo nota una incomodidad indefinida que no puede
relacionar con exactitud con el hecho de que el muchacho ya no forme
parte del grupo de ayudantes. Nunca le ha dirigido palabras amables,
pero tampoco se ha reído de él ni le ha gastado ninguna broma. Es
más, cree que los otros grandullones no se han vuelto a meter con él
desde que los dos han coincidido como pareja para ayudar en misa.
Será más tarde, al enterarse de que su familia se ha ido del pueblo
a Barcelona, cuando con claridad perciba que la vacuidad que nota se
debe a la marcha de su compañero. Cada vez que pasa por la casa
cerrada en la que vivía su familia, se acuerda de él. Se detiene y
mira la puerta a ver si hay una rendija que denote el regreso, pero
siempre permanece clausurada.
La
iglesia, el retablo mayor y sus altares, cambiará con la marcha de
Adolfo y con el comienzo de la Cuaresma. Tampoco será él el que
ayude a tapar toda la imaginería con inmensos tapices morados y
negros. La oscuridad aumentará y el niño cree que se cubren para
infundir más temor en las siempre tenebrosas naves del templo. El
Miércoles de Ceniza y las confesiones generales que llenan la
iglesia de hombres rudos y viejos que acuden cumplir con el
mandamiento anual de limpiar sus almas de los pecados acumulados
durante ese tiempo, dejan un olor a ceniza húmeda y polvo agrio,
como las culpas confesadas, que consiguen excitar en el niño
lágrimas aisladas de miedo. En esos días de tinieblas, de duras
reconvenciones generales, de contrito dolor, el alma del niño
empequeñece y se asusta de cualquier temblor y leve suspiro que se
produce en las cercanías donde se encuentra. En cambio, sus
compañeros mayores, en ese ambiente oprimente, se envalentonan y
aprovechan el escenario tétrico para arañar en la fina sensibilidad
del pequeño. Tal vez sea porque notan su apocamiento o porque su
antiguo protector no lo defiende de las ignominias, aprovechan para
continuar con los tormentos que se creen merecedores de aplicar al
que es débil. El escenario aún es más oportuno a sus intenciones.
Ya no es necesario asustarlo cuando suba a tocar las campanas, toda
la iglesia es apropiada para sus celadas siniestras. El niño,
sabiendo los misterios que ocultan los cortinajes, piensa que detrás
de ellos las imágenes inertes recobran vida, pues, sin que se mueva
una brizna de aire, vibran a su paso y cree oír las apagadas voces
con las que se quejan de los sufrimientos que padecieron mientras
fueron torturados. Se imagina a San Sebastián arrancándose las
flechas clavadas en su pecho y en sus piernas, a Cristo cambiando de
lado en el sepulcro acristalado, a Santa Ana sacándose la china de
una sandalia… Detrás de cada telón morado hay una representación
oculta de la que solo oye leves rumores, los suficientes para recrear
la tragedia que no ven los ojos, pero que con su imaginación recrea.
Por eso huye de los altares de los lados y cruza por medio de la
iglesia, para alejarse de las zozobras vivientes de las esculturas
rígidas.
Los
monaguillos veteranos aprovechan la transformación del templo para
amedrentar al bisoño. Se ocultan en los altares huecos, se meten
detrás de los paños colgantes y desde allí apuntan con sus sonidos
ululantes y estiran los cortinajes para acrecentar la alocada
imaginación del niño que cree que ya no puede, que no resiste el
miedo que lo paraliza, o le hace correr desabrido hacia la sacristía
o al atrio en busca de la claridad que le sacuda la pesadilla.
La
oportunidad, la salvación, piensa el niño, se presenta por Pascua,
cuando un fraile visita la escuela en busca de nuevas vocaciones para
su congregación. El maestro, primero, y don Fulgencio, después, lo
recomendarán por ser un buen estudiante. La madre está dispuesta
—lo desea fervientemente— a que su hijo siga la carrera
religiosa: la iglesia asegura la salvación y es un valor para toda
la familia. El niño solo piensa en bañarse en la piscina y en los
campos de fútbol que el fraile ha resaltado de las instalaciones del
colegio, pero, sobre todo, cree que su marcha a ese internado le
ayudará a huir del miedo a la iglesia, a la religión, a los
monaguillos veteranos…