07/01/24

CANTERO, CAPÍTULO VI (PRIMERA PARTE)


Se avió con una alegría parecida a cuando era un chaval. Su madre le había sacado del armario el traje con la camisa blanca y la corbata, que solo se ponía en ocasiones señaladas. Una vez vestido, se contempló en el espejo y le gustó la imagen que reflejaba: recién afeitado, su piel demasiado oscura y requemada era más tersa y fresca en esos momentos del invierno. Unos días antes había acudido al barbero y a su pelambrera rústica, después del corte, se la podía, con paciencia, domesticar con un peine hasta dejar señalada una atenuada raya a la izquierda. Tomó el pañuelo limpió que en el último momento le ofreció su madre y lo metió en el bolsillo del pantalón de tergal. Su hermano también se había preparado y los dos salieron de casa cuando las campanas tocaban por segunda vez. Los vecinos iban todos en dirección a la iglesia. Al llegar se juntaron con el resto de mozos arremolinados debajo de los olmos. Se saludaron con afecto contemplando el atuendo de cada uno de ellos y charlando animadamente se intercambiaban bromas que eran reídas por la concurrencia, aunque pronto la conversación giró para comentar la cuestión atmosférica. El tiempo había cambiado; estaba húmedo y el deshielo se producía a buen ritmo; por las cunetas corría el agua; los charcos y barrizales en las calles obstaculizaban el paso, y más con la ropa de fiesta. Se notaba cierta pesadumbre al anticipar el fin de los días de holganza que habían disfrutado y pensar en la vuelta al duro trabajo en las canteras, aunque bien sabían que el entusiasmo regresaría en cuanto reiniciaran el labrado de la pieza que dejaron sin acabar.

Al oír el último toque con el esquilín, la conversación amainó para prestar atención a las mozas que en parejas o en grupos, engalanadas con sus más preciados vestidos, llegaban a la iglesia. Ellas solo se detenían en el atrio unos instantes, por lo que el paseíllo era breve. Cantero prestó atención a ver si distinguía a Andrea. La vio, acompañada de una prima, antes de subir las escaleras a la plazuela que rodeaba al templo. Esperaba al menos una mirada de ella, algo que le hiciera pensar que la llama de la pasión seguía viva. Era difícil distinguir esa individualización en sus ojos estando él perdido en el corro de mozos. Se apartó a un lado y cuando entró en el atrio pudo ver con claridad que ella desviaba la mirada del frente para con disimulo girar la cabeza a donde él se había colocado. No sonrió, pero adivinó un brillo vivo en sus ojos. Sin embargo, al percatarse de su vestido negro y su pelo recogido en un pañuelo del mismo color, sintió un dolor en lo más profundo de su ser. Se adelantó al resto y entró en la iglesia para averiguar el sitio en el que se sentaría la muchacha. Se aposentaron en un banco de la fila izquierda, cerca del púlpito. Conociendo su ubicación, subió rápido hacia la tribuna y se colocó en el banco primero. Permaneció de pie, apoyado en la barandilla que le protegía de caer al vacío, sin perder por un momento de vista a Andrea. Ella y su prima hablaban entre sí. Comprobó que alguna mujer se aproximaba a darle el pésame por la reciente muerte de su madre y creyó intuir otra mirada demasiado forzada para no ser intencionada hasta el punto en el que se encontraba.

Don Aureliano, exultante en el día de la patrona, observando que la iglesia y la ceremonia lucían como nunca, tras los desvelos de los días previos, comenzó la misa. Los feligreses se complacían y derrochaban satisfacción y alegría al ser partícipes de la celebración tan especial que estaban viviendo ese año. Cantero se encontraba contento también, pero mostraba una ansiedad amorosa que le inquietaba o lo aupaba emocionalmente a intervalos regulares. El ritmo monótono de la celebración se eternizaba sin que permitiera variar la postura de Andrea. Esperaba impaciente la comunión. No estaba seguro de que ella se incorporara para ir a comulgar, aunque confiaba en que así fuera, al ser reciente el fallecimiento de su madre. Se levantó y, cuando salió al pasillo central, intuyó una mirada al lugar de la tribuna donde él se encontraba. No estaba seguro, pero creyó que sí. En cambio, de regreso a su banco, tras la comunión, con los brazos cruzados y la cabeza bajada en señal de recogimiento, no percibió que desviara los ojos.

Antes de que finalizara la ceremonia y el sacerdote pronunciara el «Podéis ir en paz», Cantero se anticipó para ser de los primeros en desocupar el coro y salir de la iglesia por la puerta pequeña antes de que el sacristán abriera los dos grandes portalones para que la evacuación de los feligreses fuera más cómoda. Los mozos eran los primeros en salir, deseando la mayoría prender un cigarro cuanto antes. De nuevo se acercaron al cobijo de los olmos desnudos. Los chascarrillos y las sonrisas estaban presentes en sus bocas después del tormento de la misa, al que se sometían como primer eslabón de la cadena de acontecimientos que se sucederían en la jornada festiva. Cantero se colocó de nuevo en una posición que con discreción le permitiera vigilar a Andrea. Las mozas se demoraban en el interior del templo hablando entre ellas. Después de misa, ahora sí, se detenían en el atrio y saludaban a los familiares. Varias mujeres aprovecharon la ocasión para darle el pésame a Andrea, al mismo tiempo que la besaban. Los miembros de la junta de la cofradía, con su banda cruzada en el pecho, esperaban impacientes a que don Aureliano se despojara de sus hábitos eclesiales para acompañarlo hasta el salón de la asociación. Cuando sus amigos emprendieron la marcha, Cantero hubo de alejarse sin observar un detalle de la muchacha hacia él. No encontró ninguna excusa para permanecer delante de la iglesia. Aunque barajó distintas posibilidades, ninguna de ellas era tan sólida como para no ponerlo en evidencia delante de la muchacha y de los propios vecinos que no entenderían que no estuviera junto a los cofrades en el banquete. La privación de la presencia de Andrea le producía una congoja que temía pronto notarían los que le rodeaban, sobre todo en una ocasión tan alegre como la festividad de la Santa. Luchó por que sus zozobras íntimas no se manifestaran. Quizá por eso bebía con más ímpetu de lo habitual y hablaba más de la cuenta; muchas veces se percataba de que lo hacía sin ton ni son, aunque, en la algarabía general, los demás no lo notaran. Por momentos, lograba alejar la imagen de la muchacha y la preocupación agobiante que sabía le ahogaría todo el día. Durante el discurso, siempre breve, del cura a los cofrades, transmitiendo más con sentimientos que con palabras el cariño que sentía por ellos y recordándoles encarecidamente los compromisos y obligaciones que adquirían al pertenecer a la asociación, pudo entrever en el público invitado, niños y mozas, a la prima de Andrea. No esperaba encontrarla allí, debido a los rigores ligados al luto, pero parecía que se consolaba observando a alguien próximo a su persona. Era una idea descabellada la de intentar comunicarse con Andrea por medio un familiar; sin embargo, en esos momentos de silencio en los que absortos todos escuchaban al cura, su mente calibraba esa posibilidad. No creía probable que entre las dos chicas existiera un grado de confianza tal que hubiera permitido a Andrea sincerarse para contarle la breve relación mantenida con él. Sin embargo, Cantero escrutó el rostro de la muchacha con la intención de averiguar si esa comunicación había existido. Se mostraba alegre y parlanchina y en ningún momento pudo comprobar que lo mirase a él, por lo que llegó a la conclusión de que lo que había pasado entre ellos era un secreto no desvelado por ninguna de las dos partes.

Cuando el convite finalizó, el grupo de amigos se dirigió al primer bar del recorrido habitual. No se sentía con mucho ánimo para acompañarlos y, además, notaba los efectos de una ingesta de vino más alta de lo normal durante el convite; no obstante, se apuntó sabiendo que pasarían por delante de la casa de Andrea. Aunque consumía las correspondientes rondas en cada uno de los establecimientos, el alcohol no le afectaba más de lo que ya lo había hecho en el salón. Su lucha era que los de la panda no le notaran nada raro, por eso pedía de beber en cada una de las tabernas y charlaba y reía como uno más, pero su mente estaba en otro lugar. Sabía que era absurda la inquietud, porque era poco probable que pudiera verla. Sería demasiado atrevido que ella se asomara y contemplara con descaro cómo pasaban delante de su puerta. Un nerviosismo íntimo se apoderó de él cuando emprendieron la marcha en la larga calle que los llevaría a la taberna de El Cazador. A medida que se aproximaban a la vivienda dejó de oír las conversaciones de los compañeros y su atención se centró en las ventanas y la puerta de Andrea. La hoja superior de esta se encontraba abierta, pero una cortina impedía la visión del portal. Los cuarterones de las ventanas estaban entornados y unos visillos obstaculizaban ver lo que había en el interior. Con seguridad no estaría detrás de ninguno de ellos o de la cortina de la puerta espiando lo que sucediera en la calle, sino ocupada preparando la comida, pero él se la imaginaba pendiente de su deambular. Al recorrer la fachada y no observar ningún temblor en las telas ni detalle que delatara su presencia en el interior de la casa, se sumió en un creciente desánimo.

CANTERO, CAPÍTULO V (PRIMERA PARTE)

Si se quedaba parado, sin respirar, y el viento dejaba de soplar, oía el rumor del río descendiendo con fuerza los últimos rabiones antes de incrustarse en la aterida tranquilidad de los campos de cereal. Percibía el roce de las muelas de los molinos movidas por el agua canalizada. La fuerza de la corriente conseguía arrastrar la redonda piedra que machacaba con otra gemela los granos de cebada.

Al otro lado del río, se hallaba Pedrera. Los dos pueblos gozaban de una idiosincrasia particular muy relacionada con la brutalidad y valentía de sus canteros; sin embargo, nunca se habían producido enfrentamientos directos. Procuraban evitarse, observándose en silencio y admirándose mutuamente. Los de Cantal de las Encinas apreciaban la solidaridad y el desarrollo industrial alcanzado por los de Pedrera; estos, a su vez, alababan la personalidad, el carácter individual, la cabezonería y la habilidad de los canteros rivales. Ninguno andaba desencaminado; ambos se complementaban. Pedrera, a pesar de carecer de tradición picapedrera y del menor número de sus canteros, debido a su posición privilegiada, se había convertido para la sociedad ferroviaria en el centro del aprovisionamiento de granitos en el momento de la expansión del ferrocarril hacia la zona norte del país. Cantal de las Encinas no fue ajena a esta explotación industrial por la misma compañía durante la construcción de la línea oeste, con muchos menos kilómetros de recorrido que la anterior. Así, cuando finalizó el trazado, las canteras de Cantal, como la del Apartadero, se cerraron y solo quedaron los yacimientos de Pedrera para abastecer a la empresa. Esta vicisitud fue decisiva en la configuración de la personalidad de los habitantes. El carácter industrial de la explotación minera de Pedrera, el depender del jornal, el cumplimiento de una jornada rígida de trabajo, estar vigilado por un capataz y, por tanto, no sentir una satisfacción personal por el trabajo realizado, confirió una solidaridad a todo el pueblo frente al patrón. No era de extrañar que se les tildara de comunistas y de rojos. Lo importante era la asociación, antes que el individuo. Este espíritu colectivo era envidiado por sus vecinos, pues el fruto de esa base solidaria eran los éxitos y ventajas que habían logrado con respectos a otras poblaciones. Disponían de biblioteca, publicaban una revista, organizaban actos culturales impensables en un pueblo de su tamaño e incomprensibles para las gentes de la comarca. En una palabra, bullía en el ambiente un afán participativo y solidario. En cambio, en Cantal de las Encinas, sucedía lo contrario. Cualquier conato de actividad colectiva estaba abocado al más absoluto fracaso. Los vecinos se miraban con desconfianza y nadie creía en la liberalidad del prójimo. Como consecuencia, la conflictividad era frecuente: los hermanos no se trataban entre ellos; padres e hijos dejaban de dirigirse la palabra; amigos de toda la vida pasaban a odiarse sin que acabara de entenderse el porqué; novios de otros tiempos se calumniaban después de la ruptura; los vecinos no se saludaban... En este ambiente distante era impensable cualquier iniciativa comunal. Todos se quejaban del resentimiento reinante, sin que nadie encontrara una fórmula para lograr la confianza de los unos con los otros.

No quiso avanzar hacia el río y retrocedió buscando Arco Conejeros. El semicírculo de piedras de la portada se mantenía en pie de milagro, mientras que las de la construcción eclesial se amontonaban siguiendo la línea de las antiguas paredes. Esas ruinas le provocaban una desazón intensa. Le impresionaba que un pueblo hubiera desaparecido, sobre todo si hacía caso a las teorías mágicas de los vecinos que achacaban su destrucción a una plaga de conejos o de termitas. No concebía que unos minúsculos seres hubieran podido derrumbar unas edificaciones en las que la piedra era la base primordial de la construcción. La simple idea de que su mismo pueblo pudiera desaparecer en un futuro le hacía sentirse pequeño al saber de la insignificancia de la vida humana… Por otra parte, la conservación del arco armado en medio de las ruinas, le sugería la falsa apariencia de la realidad: lo que parecía más endeble y voladizo había resistido a lo largo de los siglos, mientras los muros compactos enraizados en los berrocales habían caído fracturados sin razón aparente.

No se aventuró a llegar hasta las tumbas hacía poco descubiertas que se hallaban próximas al poblado. Ya las había visto. Forradas con grandes lanchas, el suelo y las paredes parecían dispuestas más a recibir a nuevos cadáveres que a mostrar los restos de los que allí fueron enterrados hacía tantos siglos. No era el espectáculo tenebroso de la muerte ni las tinieblas siniestras del otro mundo los que le infundían miedo. Era pensar en la inconsistencia de la vida lo que le llevaba a evitar la visita. La insignificancia de los restos encontrados en esos hoyos era lo que habría de quedar de él transcurridos unos años: ni huesos ni nombre, ni rastro. Todo aquello por lo que el mundo se afanaba era inútil sabiendo en lo que nos transformaremos cuando el corazón deje de latir.

Retrocedió buscando una senda que lo llevara al pueblo. Ascendiendo la pequeña pradera por las minúsculas regaderas de la fuente de El Cristo de Córdoba, que se abrían camino entre la nieve, alcanzó la peana sobre la que se erigía la cruz con un Cristo tallado. Lo contempló una vez más. Siempre le resultaba atrayente y, como de costumbre, se preguntó por el nombre: por qué El Cristo de Córdoba. No acertaba a encontrar una explicación creíble sobre la elección de una ciudad andaluza para figurar en un paraje castellano. Esa cavilación desapareció al observar con detenimiento la talla. Admiró la perfección de la escultura y envidió la habilidad del cantero que la realizara al no verse capaz de realizar una labor semejante y por carecer del estímulo artístico que algún que otro cantero del pueblo, en cambio, sí mostraba esculpiendo en sus ratos de ocio verracos, escudos y hasta bustos de sus antepasados.

Se extasió ante la blanca perspectiva que se podía contemplar desde ese punto medio de la ladera: los berrocales abruptos que sobresalían, las moteadas encinas cálidas en esa tarde fría, los juguetones chaparros salteados sin orden…

Arrimado a las paredes caídas de las parcelas antaño cultivadas, con pasos esponjosos sobre la nieve tersa, ascendió la amplia majada que conducía a las inmediaciones del casco urbano. Ya en lo alto dudó si encaminarse a las Eras Grandes o regresar por la misma senda que había tomado por la mañana. Al final optó por regresar dirigiéndose de nuevo hacia los lavaderos.

La tarde, casi sin luz solar, parecía sucia, al igual que la nieve ya maltratada y en proceso de descomposición que se hallaba en esos caminos por los que los animales marchaban al abrevadero de la Cruz del Diablo. La blancura inicial había desaparecido para irradiar una luminosidad pobre que se debilitaba más en la penumbra del anochecer. Por esa oscuridad creciente y por la confianza de que solo él andaba por el campo, no advirtió la presencia de una mujer que salía del camposanto. Las trayectorias de los pasos de los dos confluían en un mismo camino y, sin percatarse, se dieron de bruces. De haber estado vigilante, hubiera podido evitarla disminuyendo el ritmo de su avance o escondiéndose en un rincón hasta que se hubiera alejado; ella, en cambio, no mostró sobresalto al verlo aparecer a su derecha.

—Buenas tardes —lo saludó la mujer.

La reconoció por la voz más que por el rostro o la figura enlutada que desfiguraba el perfil de su cuerpo. Era Andrea, la hija del tío Joselito y la tía Encarna. De inmediato, justificó su presencia en las inmediaciones del cementerio, aunque no entendía por qué estaba por allí tan tarde en un día tan criminal. Su madre había fallecido no hacía mucho y vendría de verificar el estado de la sepultura. Ella era la mujer de la casa. No solo era su responsabilidad el cuidado del padre, sino también atender a sus dos hermanos, Teodoro, el mayor, y Julio, de su edad, y ambos canteros como él. Su padre seguía cultivando las tierras con su pareja de borricos, incapaz, por su desgaste físico, de trabajar en la cantera.

—Um —fue el estertor surgido de su boca seca que más bien era muestra de contrariedad por el encuentro, que saludo frustrado.

Andrea era más joven que él, pero tampoco mucho; quizá dos o tres años menor. Era una moza alta, delgada, desgarbada y con cierto genio. Nunca se había sentido atraído por ella. Era una chica más, que pasaba desapercibida en los corros de mujeres que se movían por las calles, la iglesia o el baile sin que pudiera individualizarlas.

Se juntaron poco antes de llegar a las pozas donde los dos caminos desembocan en uno. Ella se detuvo y lo esperó. Aguzando la vista intentó escrutar la cara del hombre no para reconocerlo, sino con el fin de averiguar su humor o buscar una mueca significativa, indicio de un estado de ánimo que la orientara en su comunicación con él.

—Parece que no te alegras de verme —Interpretó de esta manera la contorsión facial de él.

Se acrecentó el malestar. La cabeza le iba a estallar. Su impotencia para entablar una conversación le devoraba el alma y le hacía sentirse un ser desvalido atrapado en una situación que le causaba un sufrimiento incapacitante. Las palabras se movían locamente en el pozo profundo de su mente sin ser capaz de rescatarlas y ordenarlas para expresar algo coherente. Esa incapacidad verbal contagiaba la caja de sus emociones que, al igual que los vocablos, se revolvían mezclándose unas con otras sin que le fuera posible establecer un sentimiento claro hacia la chica. Agachaba la cabeza; miraba al suelo. Salir corriendo para apartarse de ella era la única idea que se cruzaba por su mente, aunque le fallara el mecanismo para ejecutar ese deseo.

—¿Has estado lavando con este frío? –Fue la única realidad que le permitió expresar una oración con sentido, cuando ella se apartó un poco para buscar el barreño de estaño en el que estaba la ropa ya limpia.

Mientras tomaba la tajilla y el cubo, contempló durante un instante los muslos frescos por encima de las ligas de las medias. Era toda una mujer, no la chica menuda y endeble que aparentaba. Ese detalle le abrió los ojos y fue la llave para descubrir el cuerpo femenino de Andrea. Su contorneada figura, sus sutiles curvas se mostraron a pesar del vestido negro y del crepúsculo que emborronaba el horizonte. Se avergonzó de la excitación espontánea que sentía, por miedo a no saber cómo manejarla sin ponerse en evidencia. Al mismo tiempo, sintió fascinación por los inescrutables senderos del deseo: cómo en un anochecer tan frío y horrendo una mujer que no había significado nada en su vida, se convertía en el catalizador de una fuerza sexual impensable.

—Échame una mano.

Descendió hasta las pozas y tomó el barreño. Pesaba más de lo que se había imaginado y admiró la callada abnegación con la que las mujeres asumían sus cargas domésticas. Una vez en el camino, hizo ademán de que le devolviera el recipiente, pero él caviló que se avergonzaría si se lo entregaba y marchaban juntos llevando ella el peso, mientras él se metía las manos en los bolsillos; además, también pensó que se ruborizaría si algún vecino contemplaba la estampa de los dos caminando uno al lado del otro. A Andrea le complació la galantería y lo sonrío. Él adoptó una seriedad solemne impulsada por su caballerosidad. El trayecto que compartían era escaso, pero al hombre, después del ofrecimiento, no le pareció cortés separarse de ella e hizo ademán de acompañarla hasta su casa.

—No es necesario que me acompañes; si estoy acostumbrada a cargar con la ropa mojada —intentó la muchacha sacarlo del compromiso, aunque su tono no era de exigencia perentoria para que se produjera el traspaso del bulto.

Sin apenas darse cuenta, fueron disminuyendo la velocidad de los pasos, como si desearan que el trayecto se prolongara en ese atardecer turbio. Apenas intercambiaron palabras, pero el bienestar de la compañía, el placer del roce de sus manos, las miradas furtivas y sorprendidas originaban una pasión creciente. Ella se paró. Parecía que algún chinarro se le había metido en el zapato. Se apoyó en su hombro para no perder el equilibrio mientras se quitaba el calzado y lo sacudía. Efectuada la limpieza, los dos se quedaron enfrente unos segundos y se besaron. Un beso tímido, solo esbozado. Los dos se abrazaron y sintieron el calor del cuerpo del otro. Otra vez sus bocas se aproximaron y se besaron con ardor, mientras sus manos se acariciaban.

—¿En qué piensas? —le preguntó ella mirándole con ternura a los ojos, como si necesitara no solo conocer la pasión de sus besos, sino la plasmación verbal de sus emociones.

Él la atrajo de nuevo y la abrazó sin ser capaz de expresar con palabras la felicidad del presente. Era la primera vez que besaba a una mujer; la primera vez que su amor era correspondido y eso le producía una satisfacción imposible de expresar.

—¿Eres feliz? —Quería saber ella.

No era capaz de responder con una afirmación; tan solo agachó la cabeza para confirmar.

De nuevo reanudaron la marcha. Se enlazaron con los brazos que tenían libres, mientras con los otros transportaban respectivamente la tajilla y el caldero. Paraban de vez en cuando y se besaban y apretujaban con el brazo desocupado. Cualquier ruido era motivo de alarma. Las ovejas balaban hambrientas y ateridas de frío en los corrales esperando a poder entrar a cobijo en las cijas. Las voces de los pastores maldiciendo a las bestias y lamentándose de su suerte se perdían en la noche e imponían temor a las diminutas estrellas que titilaban en el firmamento. No era probable que alguien los viera, pero, sin decirse nada, los dos buscaban los tramos más protegidos para reiniciar los roces tiernos y los besos. En las eras de Roquete se detuvieron y abrazaron por última vez con urgencia conscientes de lo tarde que se había hecho.

Se separaron en el cruce. Ella se dirigió a la calle de arriba; él siguió por la carretera. Nunca había sido tan feliz. Se sentía satisfecho, pleno, rebosante de una alegría jamás antes vivida. Era la culminación de algo que no se había producido aún en su vida. Con ello se cumplía una parte fundamental que daba sentido a su existencia, la de saber que despertaba el cariño de una mujer, que alguien lo quería. Con esa alegría que se expandía por todo su cuerpo se dejaba llevar con complacencia, saboreando cada segundo. Por eso no se dirigió derecho a casa, sino que dio un rodeo para prolongar ese bienestar, sabiendo que sería irrepetible. Sin embargo, antes de llegar a ella, un pensamiento ensombreció su gozo. No había sido momento de pensar en el futuro, pero se separaron sin planear la continuación de ese furtivo encuentro; sin embargo, no alimentó la duda para que la sombra del pesar no lo atormentara en esos momentos de felicidad tan intensa.

—Ya estoy en casa —desde el portal saludó a su madre, que trajinaba en la cocina.

Deseaba prolongar el aislamiento, saboreando el bienestar incluso en casa. La madre adivinó las intenciones de su hijo.

—No te laves con agua fría, hay caliente en la cobra.

Se la dejó en el umbral de la puerta que comunicaba la cocina con el portal para que la vertiera en la palangana. Se quitó la ropa hasta quedarse en camiseta. La piel agradecía el líquido caliente. La jabonada y el posterior aclarado, lo dejaron con la sensación de limpieza. Su mente parecía que se despejaba todavía más y le producía una tranquilidad desconocida.

—¿Por dónde has andado? —investigó su madre.

—Por ahí.

Ella siguió con sus hazanas, aunque no le pasó desapercibido el sosiego de su hijo; no obstante, no quiso indagar en las causas sabiendo que la sola pregunta lo alteraría. Esa noche el silencio reinante en la cocina fue apacible. Cada uno pensando en sus cosas: él permanecía en ese estado emocional hipnótico que lo había transformado en un ser más humano; la madre, conjeturando sobre los sucesos que le habrían ocurrido a su hijo ese día.

CANTERO, CAPÍTULO IV (PRIMERA PARTE)


Entre sueños, cuando llegó el hermano, oyó cómo su madre lo regañaba: «¿Son horas de venir en un día de diario? ¡Vergüenza debía darte!» Las voces esbozadas en la noche se repitieron en la mañana con una intensidad que desbordó las paredes gruesas de la cocina y las de la propia vivienda. Tratando de esquivar las salpicaduras verbales que pudieran caerle se marchó de casa dando un portazo que terminó amortiguado entre los gritos que provenían de dentro, de la oscuridad. En la calle, la aguanieve lo abofeteó con fuerza. Se paró. Había salido impulsivamente huyendo de la trifulca. Allí, en los lanchares, sus pies quedaron atrapados por la nieve helada. No sabía dónde encaminarse, pero necesitaba alejarse de su madre, de su hermano, de su casa y del pueblo. No eran horas de marcharse por ahí, sin comer. Calibró esto unos breves segundos y no lo pensó dos veces. Entró de nuevo y, sin que se enterasen, cortó un pedazo de pan de la mediana y cogió un trozo de chorizo seco. Se echó la chaqueta a los hombros y desapareció.

No se dirigió a los parajes de días anteriores. Al llegar a la Fuenteabajo tomó el camino que bordeaba el cementerio y ascendió los peñascales. Arriba, para restablecer el resuello de la rápida ascensión, volvió la vista hacia el pueblo. El aire norteño le abofeteaba el rostro. Las casas quedaban atrás, aplastadas por la helada. La mirada huía del enorme ataúd blanco, pero el único espacio despejado se situaba a sus espaldas. En frente, divisaba una piedra aquí o una encina allá. Necesitaba, le urgía huir, alejarse de toda presencia humana. Se dio media vuelta de nuevo y a lo lejos, comenzando el repecho, creyó distinguir a la perrilla. Así era; al poco tiempo llegó Sola y se tendió a sus pies, sofocada y sin respiración. Cuando el ritmo de su corazón recuperó las palpitaciones normales, lamió la nieve para humedecer su lengua y con rapidez se incorporó y reinició el trote. No lo pensó mucho y la siguió. La perra, consciente de su función de guía, en ocasiones apretaba el paso y, cuando las pisadas de su amo se oían más leves, detenía la marcha para esperarlo. Al cabo de un tiempo, la dirección estaba marcada y las dudas despejadas. A las Dehesas Altas. Siguieron en silencio. El animal siempre delante. Las tierras que atravesaban le resultaban nuevas. Las había observado distraído muchas veces desde la moto cuando se dirigía a la cantera, pero no recordaba la última vez que había estado allí. Por eso, el paisaje le parecía sorprendente y novedoso. Las chaparreras escaseaban y, en su lugar, encinas maduras y grandiosas salteaban el paraje. Incluso, aparecían grandes masas graníticas que no habían sido horadadas por los barrenos. Los cercados eran prados que, a consecuencia de su lejanía de los establos, rara vez eran pastoreados, por lo que se habían convertido en pastizales salvajes y duros a los que solo acudía algún animal extraviado. Anduvo dando vueltas y buscando sin querer las posibilidades de encontrar un buen tajo donde abrir una cantera. Pensó, incluso, en el acceso de los camiones. Tanteó la dureza y la calidad de la piedra; no obstante, al final desapareció el súbito interés profesional y, cabizbajo, continuó adelante. El pueblo se eclipsó por completo. Desde su posición observaba el inmenso desierto de la llanura del páramo, cuyo límite era el imponente pedregal de la Lobera y, al otro lado, el valle hundido y escarpado del río Adaja. Desde su posición, la nevada desaparecía y solo se divisaban los encinares que ocupaban las dehesas de Simatas, Rastreperas, Ayamonte... El pardo resaltaba majestuoso sobre la blancura que circundaba los confines de este bosque abrupto y escabroso. A su derecha se vislumbraba la muralla de la ciudad y presentía la cercanía de la capital. Aunque fuera pequeña, para él era una inabarcable urbe, el lugar en el que las personas no se conocían y donde reinaba el más absoluto aislamiento, pero, también, la envidiada libertad: se podía andar de un sitio a otro sin sentirse observado o realizar los hechos más estrafalarios y pasar desapercibido. Pensaba que la gente en ella debía ser feliz. Querría irse allá, a algún lugar donde vivir sin que nadie lo interrogara con la mirada. Sí, si pudiera, huiría del mundo tan ruin y asfixiante que respiraba en el pueblo. Sin embargo, cavilaba, las cosas no son tan sencillas. Puedo pasar inadvertido en la ciudad, pero ¿y el trabajo? Allí, los oficios se desempeñan en grupo, se forman cuadrillas o, en las fábricas, cadenas de montaje. Estaría obligado a convivir codo con codo con otros del mismo jaez que los vecinos actuales. Debería soportar un cuchicheo semejante al de aquí. Las personas de la ciudad seguro que no diferirían mucho de los paisanos. En el pueblo, por lo menos, al ser pocos, pronto se pasaban las habladurías porque dejaban de ser actualidad en el momento en el que todos se habían enterado. Allí, nunca se podría estar seguro de terminar y podía ser que alguno tardara en averiguar su forma de ser. Por otra parte, las costumbres urbanas le eran ajenas. ¿Dónde encontrar el campo allí?, ¿cuándo podría salir de caza? Viviría solo; su madre no lo acompañaría y su hermana, tampoco. No se imaginaba los días sin la compañía de ambas. Añoraba, ahora que se hallaba en completa soledad, el silencio y la proximidad de la vida familiar. Ellas, a lo suyo, realizando las hazanas de la casa: barriendo, fregando, lavando, guisando... con su silencio o con sus pequeñas y sin sentido cancioncillas. Y ¿su hermano? A su modo, con su conducta diferente a la suya, también lo acompañaba. No había mucha comunicación entre ellos; con todo, la simple presencia, el saber que se encontraba ahí, cercano, era suficiente. ¿Qué se podrían decir? Pocas novedades alteraban el silencio. Quizá, por eso, solo se dirigían la palabra para recriminarse algo y regañar o para desahogarse en las ocasiones de furia o malestar que con periodicidad los asaltaban. Se habían resignado a soportar los improperios y, por el momento, la relación no se había fracturado. Se aguantaban y mostraban conformidad con su forma de ser. Sí, el cariño y la solidaridad eran verdaderos. Entonces, ¿cuál era su problema? ¿Por qué se enojaba con él mismo y con los demás? ¿Por qué se enfadaba con la perra si esta siempre se comportaba de idéntica forma? La respuesta era clara: el origen de sus zozobras procedía de él, no de los demás. No obstante, esa convicción raras veces aparecía en sus razonamientos. Los otros eran los causantes de sus alteraciones de humor. Él creía ser siempre el mismo, pero sus hermanos o sus amigos lo enfurecían con sus cambios bruscos o con su mal talante. Advertía ahora su error, aunque le costaba reconocerlo. Raras veces los otros mudaban el estado de ánimo de una persona; era ella sola la que de forma involuntaria variaba su percepción de los individuos o de los acontecimientos triviales causantes de su desasosiego. Si se detenía a reflexionar en el comportamiento de esos ficticios alteradores de la armonía interna, comprobaba que rara vez sus actos o su conducta eran novedosos. Por qué en unas ocasiones lograban cambiar su humor y en otras, no, era una incógnita que solo él podía despejar siendo sincero.

Al llegar a Arco Conejeros, giró a la derecha y ascendió hasta La Llana. Ya en ella contempló la pequeña porción de terreno que, como su nombre indicaba, correspondía a una llanura. Parecía más uniforme al igualar la gruesa capa de nieve las hendiduras. No sobresalía ningún arbusto ni bercea en la extensión. Atravesó ese paraje y llegó hasta la Navazuela, el límite del pueblo. Al lado se encontraban las paredes de la dehesa de tío Venceslao. No podía pasar, porque a su dueño, celoso de su propiedad y cansado de las correrías de los cazadores furtivos, no le gustaban los intrusos. Aún recordaba bien al tío Venceslao, el padre de Tiberio, a pesar de que había muerto hacía años, cuando él era un muchacho. Era una persona, como otras del pueblo, a la que, aunque hubiera transcurrido un siglo de su deceso, todavía se nombraría para recordar su personalidad, ejemplo fiel de la idiosincrasia de la gente del lugar. Vecinos como el tío Rogelio, el tío Eusebio, Doroteo, el tío Aurelio y otros muchos más, cuyas palabras o cuyos comportamientos eran ejemplos de autoridad, que aún se rememoraban, pues marcaron una época.

Uno de estos era el tío Venceslao. Siempre lo recordaba como un viejo cascarrabias, de muy mal humor, pero con una vitalidad y un genio tan vivo que ni el más osado vecino se atrevía a discutir con él y menos por lindes. A pesar de no vivir en el pueblo, estaba al tanto de lo que ocurría en la vida municipal. Ningún asunto de transcendencia era resuelto por el alcalde sin consultárselo. ¡Que no se enterara de que una decisión se había tomado sin su anuencia! Si alguno se atrevía a hacerlo, se podía encomendar al santo que más devoción tuviera. Con solo su presencia en la misa de doce de los domingos y a través de la charla que mantenía con los convecinos antes de entrar y después de salir de la ceremonia religiosa, se informaba de todos los asuntos candentes de la comunidad. Hasta muy poco antes de su óbito nunca se le echó en falta en la misa dominical, ni en los días más crudos del invierno, ni cuando, sobrepasados los ochenta años, se movía ayudado por dos cachabas, a pesar de que el trayecto de la dehesa hasta la parroquia suponía una hora de marcha a buen paso. Antes del toque segundo se lo veía en el atrio y, si llegaba más pronto, visitaba a su hijo Ambrosio para almorzar con él.

Su dehesa era una de las más grandes del término y eso que cuando la heredó fue dividida entre cuatro descendientes, los actuales propietarios de Miguel Sandio, Rozaaguas, Piamonte y Rastreperas. Costaba calcular la extensión de la primitiva heredad, pero estimaba que solo en Rastreperas el río recorría un trecho de varios kilómetros.

Al morir el tío Venceslao, la finca pasó a manos de su hijo Tiberio, ya que sus hermanas no quisieron propiedades en el pueblo, que abandonaron siendo niñas y al que regresaron en raras ocasiones. El dueño actual era, por tanto, su hijo, un hombre solitario que, al contrario que su padre, no se metía con nadie y al que le importaba un pepino lo que ocurriera en el municipio. No se sabe si por su carácter retraído o por vivir aislado gran parte de su infancia y juventud o bien por ser tartamudo, apenas salía de su propiedad y casi no mantenía amistades. Era ganadero. Había echado una gran piara de ovejas que pastaba por la cuenca del río hasta Piedra Caballera. De vez en cuando, mientras pastoreaba, se aproximaba a las canteras a charlar un rato con los picapedreros, que le informaban de lo ocurrido en el pueblo, pero nunca llegaba hasta las tabernas, ni siquiera cuando se celebraban las fiestas patronales.

Era autosuficiente y lo poco que necesitaba raras veces lo adquiría en las tiendas del pueblo, costumbre frecuente entre más de un soltero, que preferían acercarse con un saco a la espalda a la capital para abastecerse en sus comercios, donde no sufrían la vergüenza de realizar una actividad tan poco masculina ni sentían el desprecio por seguir célibes.

«Uno que se parece a mí», pensó, mientras se paraba a contemplar la vasta extensión que se divisaba desde el macizo rocoso. Desde ese lugar, si uno volvía la vista atrás, hacia el trayecto recorrido, no podría apreciar la altura de esa inmensa sierra, porque se hallaba en un falso llano. Pero si la mirada se dirigía al norte, entonces, podría percibir la llanura de las tierras cerealistas como inmenso mar oscilante entre una profundidad tenebrosa y un inconmensurable cielo acercándose a ellas con el fin de rescatarlas y elevarlas para evitar su gravitación hacia el abismo. En ese tira y afloja, los pueblos en lontananza aparecían y se esfumaban como si la pugna entre el cielo y el abismo se mantuviera en equilibrio. Pajares, el más lejano, y Villanueva, más perfilado, se solapaban: cuando uno desaparecía, el otro se iluminaba un instante. En la hondonada, al término de la serranía, en un valle por el que discurría el río Adaja, se apreciaban las columnas de humo de las escasas chimeneas de Zorita; a su izquierda, próximo, el erguido y desordenado pedregal, como gibas multiplicadas de dromedario, de La Lobera, cobijando y sirviendo de solana a los escuálidos viñedos perdidos. En pocas parcelas sobrevivían unas escasas vides, que parecían tridentes negros o cruces mortuorias en recuerdo de los racimos de otros tiempos. Años atrás, no solo Rastreperas, sino cualquier zona resguardada del frío y del hielo cobijaba parras. Eran otros tiempos, cuando aún existían agricultores que se arriesgaban a labrar sobre piedras y ponían ilusión en unos frutos escasos e inciertos que, sin embargo, ofrecían con regularidad el alivio de un vino recio y áspero de una tierra en la que anidaban piedra, hielo y fuego. Sin embargo, Rastreperas era una porción de terreno privilegiada, sobre todo porque era la zona más cálida del término y en la que menos soplaba el viento norte. Allí se producían unas uvas de bastante calidad y también peras, llamadas martiniegas porque maduraban coincidiendo con la vendimia, en fechas cercanas a la festividad de San Martín. Los que gustaban de comerlas duras, recién cortadas de las ramas, las nombraban «Jesusquemeatraganto», porque eran más compactas que las piedras; los que preferían que estuvieran pasadas y a punto de pudrirse, las denominaban «peras de pollo». Para conseguir que alcanzaran ese estado, las dejaban varios días escondidas entre el pasto seco que rodeaba al peral, tanto las caídas como las arrancadas de las ramas. En el transcurso de los días, la pera iba formando el pollo en la parte golpeada, que no era sino la carne podrida del fruto protegida por la dura piel. Había quien prefería recolectarlas y, almacenadas en el sobrado, esperar a su maduración para tomarlas de postre exquisito en las fiestas de Navidad. Eso era mucho antes de que se inventaran los botes de melocotón o de las más exóticas piñas en almíbar, que pasaron a ocupar su puesto no solo en las grandes solemnidades, sino también cuando un niño enfermaba y necesitaba de algún cuidado extraordinario para recuperar un apetito que nunca perdió, sino que se atenuó con el propósito de llamar de forma especial la atención de padres y hermanos y —por qué no— también para acceder a esos preciosos botes de kilo... Era así, no había vuelta de hoja, si se ansiaba saborear y sobre todo beber la azucarada agua en la que flotaban las carnosas porciones, no quedaba más remedio que con paciencia y mucho anhelo, esperar a que el tiempo transcurriera hasta que llegara la cena de fin de año o hacer el cuento y con unas pocas décimas de fiebre aparentar una inmensa desgana hacia los alimentos que se servían en la mesa para que con rapidez metieran al niño en cama, desenroscaran la botella de quina y removieran el baúl en busca de un bote de melocotón.

Los ansiados botes de melocotón habían sido causa de numerosos llantos, pataleos y berrinches de los niños. Por su edad y porque el uso de razón no se alcanzaba hasta tomar la primera comunión a los siete años —y algunos, mucho más tarde—, no comprendían que esos tesoros solo se podían degustar en ocasiones excepcionales como las referidas.

Si alguien caía enfermo o, sobre todo, cuando había algún recién nacido, era costumbre visitar a la madre para interesarse por la familia. Después de una breve o prolongada conversación, dependiendo del carácter o de la prisa de los invitados, del capacho que no se había depositado en el suelo y que rígido y pesado colgaba del brazo izquierdo, la visitante sacaba un bulto envuelto en papel de estraza, que nadie mejor que el niño sabía que era otro de los muchos botes de melocotón que se ordenaban en el baúl de la alcoba de los padres. La criatura esperaba impaciente a que la visita desapareciera para implorar a la madre que abriera uno de los muchos recipientes apilados en el mueble. Si esta se encontraba de buen humor o el hijo se ponía a lloriquear o si tenía la suerte de que algún nuevo visitante coincidiera con el momento de máxima imploración del terrible muchacho y de impotencia de la madre, entonces conseguía que abriera uno... Más tarde, al abandonar la casa la última mujer o, más probablemente, al transcurrir algún año más en su corta vida, el niño llegaría a la conclusión de que los botes de melocotón no eran para ser consumidos, sino el trueque ordinario utilizado en esas ocasiones con el fin de corresponder con algún detalle. Según el grado de compromiso que existiera con la familia, se le obsequiaba con un recipiente de mayor o menor tamaño. Pronto la madre retiraba los botes escondiéndolos en los lugares más recónditos e insospechados con el propósito de que el hijo no los encontrara, reservándolos para entregarlos a su vez cuando otros vecinos cayeran enfermos o naciera algún nuevo bebé o se celebrara el santo de un familiar. De este modo los botes de melocotón pasaban de una casa a otra, como lo hacían los pequeños altares con las figuras sacras del beato Valentín o la Sagrada Familia.

06/01/24

LOS MONAGUILLOS VETERANOS

LOS MONAGUILLOS VETERANOS

Su infancia está llena de miedos. Miedo a los adultos, que le pueden abroncar o, incluso, dar un soplamocos; miedo a los perros que lo intimidan con sus ladridos o cuando muestran sus afilados dientes; miedo al infierno; miedo a los maestros que le pueden dar un mandoble o reírse de su poca capacidad de entendimiento para comprender sus explicaciones; miedo a muchachos brutos… Superará con el tiempo estos miedos y le extrañará que de pequeño lo acongojaran tanto. Lo que no será capaz de vencer es el miedo a la iglesia, a todo lo relacionado con la iglesia.

La iglesia ha sido reformada en su ambientación. Sin que se hayan abierto nuevas ventanas, el templo es más luminoso; ahora parece de mayor amplitud, quizá porque han retirado de las paredes estatuas, altares, pinturas que había antes. A pesar de que han transcurrido más de cincuenta años, la iglesia parece ahora más nueva de lo que era cuando él había cumplido siete. El caos de reclinatorios y asientos ha desaparecido para dejar dos lados simétricos, con bancos con respaldo de madera corridos que delimitan con claridad un pasillo central amplio por el que los feligreses acceden y salen, o forman cola para ir a comulgar. Pese a estos cambios, el miedo no ha desaparecido en el ahora adulto que recuerda las angustias padecidas cuando era solo un niño que acababa de descubrir que era lo suficientemente inteligente como para comprender el sacramento de la eucaristía.

Otra obsesión que el transcurso del tiempo no ha logrado borrar de su conciencia es la pretensión de su madre, y de la mayoría de las madres con niños de una edad parecida a la suya, de que su hijo, recién tomada la primera comunión, entrara de monaguillo, primer paso para continuar la carrera religiosa, bien entrando en el seminario de curas o en los colegios de los frailes que cada primavera visitaban la población para captar nuevas vocaciones.

También es cierto que el niño si acabó vistiéndose la túnica roja y el roquete no fue solo por el deseo materno, sino porque sentía envidia de los monagos que ayudaban en misa levantando la casulla y tocando la campanilla y saliendo a pedir con la bandeja y poniendo debajo de la barbilla un plato para que, si la persona que comulgaba no atrapaba bien la forma, no se cayera al suelo. Comparada la actividad que desarrollaban sus compañeros con el aburrimiento de las largas ceremonias dominicales que había de soportar sentado, bien apretadito al resto de muchachos, en los primeros banquillos de la nave central, vigilados tanto por el cura, como por sus mismas madres, sentadas no muy lejos de donde se encontraban ellos, era mucho mejor la libertad de movimientos de los acólitos. Su madre, además, le recordaba que don Fulgencio recompensaba a sus ayudantes con una peseta, que, junto a la que recibía de paga dominical, eran el doble de propina. Por otra parte, alguno de sus amigos ya había ingresado en la lista de chiquillos que se ponían a las órdenes del cura y del sacristán. Ambos eran buenas personas, aunque de vez en cuando propinaran un coscorrón, sobre todo el segundo. El sacristán era muy delgado y nervioso. Daba gusto oírlo tocar el órgano y en los duetos con don Fulgencio, siempre su voz acababa por tapar a la del propio cura, tal era el entusiasmo con el que cantaba las letanías y responsos. De hecho, no solo era llamativa su preponderancia en las partes de la liturgia en las que intervenía, sino que los vecinos sabían que la voz cantante en cuestiones de la iglesia no era incumbencia de don Fulgencio, sino del sacristán. Y si las cosas no se realizaban como él quería, no se hacían; o si se llevaban a cabo, era sin su presencia. No eran palabras vanas, pues llegó a cumplir sus amenazas dejando solo al cura. Fue entonces cuando el pueblo se percató de que, sin la presencia del sacristán, con sus cánticos y las melodías de su órgano, las misas de don Fulgencio no sabían a nada. El cura, un hombre bonachón, con un carácter en el que no cabía el rencor, detestando las controversias del cariz que fueran, acababa cediendo a las apetencias de su subordinado, no solo para que las misas volvieran a tener el relumbre de antaño, sino también por conciliarse con él como personas humanas que eran los dos. Sin embargo, muchos vecinos mal pensantes especularon que si el cura reculaba era porque no solo se había quedado sin ayudante, sino también sin compañero de tute en las partidas que se jugaban, bien en su casa o en la del sacristán.

Considerando que todas eran ventajas, excepto el hecho de que, además de las misas dominicales, sería requerido para ayudar en misas ordinarias y en rosarios vespertinos, y que también complacía a su madre, se dejó arrastrar por Serafín, el amigo que había ingresado como monaguillo antes que él. Serafín fue el que lo apadrinó y del que recibió la información indispensable para poder ejercer. Los dos formaban pareja y, cuando acompañaban al sacerdote (siempre él desempeñando el papel predominante), le recordaba mediante señas cuál era el instante preciso en el que debía intervenir, o bien, con la habilidad sibilina de un maestro de ceremonias, le corregía los desaciertos que el neófito cometía.

Su estreno se produjo en una misa de domingo, con la iglesia abarrotada de feligreses. Las expectativas creadas se cumplieron con creces y cuando la ceremonia acabó, notó un vacío existencial por la rapidez con la que había transcurrido esta y el poco rato que había disfrutado de los laureles de la exposición pública, pues él creía que todos estaban pendientes de él, no del cura y menos de su compañero. Para su sorpresa, don Fulgencio también lo recompensó con la peseta con la que gratificaba a los monaguillos, pese a que tan solo había prestado servicios efectivos ese mismo día. Además de entregarle la moneda, le levantó con la mano la mamola para verle la cara y le sonrió como si le hicieran gracia las perdigonadas de pecas repartidas por los mofletes y sobre todo en la nariz.

Menos le gustó lo de ir al rosario, pero estimó que, aunque ya tenía sus más y sus menos con su madre con eso de ir a ese rezo de las primeras horas de la tarde (porque don Fulgencio quería aviar pronto con el propósito de reunirse cuanto antes con sus compañeros de partida), aún no había logrado imponerse a la determinación materna y no le quedaba más remedio que ir a oír cuarenta avemarías y unas letanías interminables junto a otros chiquillos y un montón de mujeres. En estos rezos el protagonismo de los monaguillos se reducía a avisar del comienzo con el toque de campanas, encender algunas velas y después apagarlas. Ni tan siquiera se vestían con su roquete. Don Fulgencio espabilaba y, sin terminar los feligreses la parte de la oración que les correspondía, solapaba su final con el comienzo de la siguiente suya: era una carrera entre él y el coro femenino que lo acompañaba, siempre dejándolo atrás en el recitado de la oración. Todos acababan con la boca seca, por no haber momento para descansar y pasar la lengua por los labios resecos. En cambio, en las interminables letanías, las mujeres recobraban el aliento, pues su respuesta invariable era muy breve, ora pro nobis, mientras el oficiante desgranaba la lista interminable de santos, vírgenes y otros conceptos abstractos a los que invocaba para solicitar su protección. El único aliciente del rosario era que cuando finalizaba, los monaguillos y otros chavales se jugaban a la rayuela parte de la paga que les habían dado el cura y sus padres. A veces se iba con más dinero que el que portaba; otras, en cambio, lo espolichaban.

La mañana del primer día de la semana se levanta alegre. El sol inunda de luz las calles y dora las paredes de piedra de las casas. El hecho de salir una hora antes de la habitual para ir a la escuela es una novedad que llena de expectación el ánimo del niño. La asocia al protagonismo alcanzado el día anterior al ayudar al cura. No sabe con certeza si volverá a sentir la misma vanidad, pues las misas de diario no son tan suntuosas como las de los días de fiesta, pero ansía que, siendo él monaguillo, el relumbre sea similar.

Busca a Serafín. Los dos llegan a la pequeña plazuela de la iglesia. El amigo se dirige a la casa parroquial para que el cura le dé la llave del templo. Están ellos dos solos. Cuando abren la puerta, examina por primera vez el interior vacío. El ruido procedente del exterior se extingue en las frías losas de piedra y en la alta bóveda. El templo se presenta con una apariencia nunca antes vista. Las alturas, iluminadas por las pequeñas ventanas situadas al borde de los paramentos, con su artesonado mudéjar, son el único elemento vibrante, pero inaccesible. El resto se oculta en una tenebrosidad a la que no está acostumbrado. La iglesia es gente, cuanta más, mejor. Vacía de personas es fría y el niño se siente perturbado por esas imágenes que, sin que haya nadie más dentro, a la fuerza han de posar su mirada en él. Se junta todo lo que puede al amigo para que no lo invada el miedo. Los dos se dirigen a la parte de atrás, a la zona más oscura, donde los más viejos se sitúan cuando acuden a los oficios religiosos. Allí, en la pared del fondo, se encuentra la puerta que conduce a la tribuna. Ese primer tramo de escaleras está levemente iluminado, al igual que el espacio anterior. Cuando llegan al estrado superior, la luz aumenta porque hay una ventana al ras del entarimado. Se queda alelado al descubrir lo que nunca antes había visto, pues es la primera vez que pone los pies allí. Su compañero lo deja que investigue, pero le advierte que mire bien dónde pisa porque hay tablas sueltas y se puede hundir. Sus advertencias no son exageradas, ya que encuentra huecos y él mismo se siente inseguro al caminar, al comprobar que el suelo es endeble, especialmente cuando se acerca a un cuarto que tiene la hoja de la puerta deformada y comprueba que está repleto de lo que parecen ser muebles desvencijados llenos de polvo y telarañas que los envuelven en un aura irreal. Se acerca a la barandilla que impide que los mozos, que oyen misa allí, caigan abajo. La perspectiva de la iglesia desde las alturas le da vértigo y siente un leve mareo: teme hundirse al ceder la tarima podrida o precipitarse, al no sujetarlo la barandilla. En días sucesivos, cuando sea él solo el que haya de tocar las campanas, investigará el resto de ese espacio elevado: el desvencijado órgano, cuyas teclas nacaradas parecen la dentadura de un anciano; o las hileras de sus tubos torcidos que sobresalen del frente; o el gigantesco fuelle para dar aire que, después, no siendo monaguillo, sino un simple adolescente en sus primeras incursiones en el lugar reservado a los jóvenes, habrá de manejar subiendo y bajando el inmenso palo con el que dará aire al órgano. Ese primer contacto lo dejará pensativo, no sabiendo si anhela adentrarse en él y hacerlo suyo, o detestarlo por parecerle peligroso y poco reconfortante para los riesgos que se asumían por ocuparlo. Lo que le esperaba, una vez acabara su niñez y su etapa de monaguillo, era ese espacio en el que los jóvenes cantaban acompañando al sacristán y en el que oían la misa con libertad, ya que estaban fuera de la mirada de las madres y muy alejados del oficiante, pese a que este se subiera al púlpito cuando predicaba. Desde el coro, apoyados en la baranda, al igual que otros jóvenes, contemplará a las mujeres cuando se levanten a comulgar o se conformará con las miradas desviadas que ellas los dirijan desde sus asientos. Aprenderá más tarde que a los mozos, del sermón, solo les interesarán las amonestaciones de aquellos que iban a casarse y las convocatorias que regularmente don Fulgencio señalaba para reunirse con ellos en el salón de la asociación. Después, mientras el cura comente las escrituras y exhorte a los vecinos a que lleven una vida santa, se subirán al campanario a echarse un cigarro y a contemplar los contornos únicos con los grandes ojos de esa atalaya de ladrillos rojos que es la torre. Mientras no pase ese tiempo en el que el niño no sienta vergüenza por llevar pantalones cortos, en esa primera misa de diario, tendrá que subir a la torre, guiado por su anfitrión.

La puerta de acceso es pequeña y han de agacharse mucho para introducirse. El primer paso conduce a un nivel más bajo que el suelo de la tribuna y produce sensación de caída. De hecho, la primera parte del recorrido es casi llana y deben continuar agachados, incluso siendo pequeños. El niño, al entrar, solo oye los pasos del que va delante, pues la oscuridad es absoluta. Levanta las manos y toca las paredes frías. El túnel zigzaguea a la derecha. Aunque tiene miedo de tropezar, no siente que sus pies vayan escalando peldaños, sino montones de tierra, aunque nota en alguna ocasión la dureza de la piedra. El trayecto es largo y lo desorienta. El amigo lo anima a que continúe avanzando sin miedo, que ya falta poco. Piensa que se está quedando muy atrás porque las indicaciones serpentean hasta que llegan a sus oídos, pero, con todo, le insuflan ánimo y obedece. Cuando por fin, al final de un lado de la escalera, ve la claridad procedente de las alturas, nota alivio y piensa que el espanto llega a su fin. La sonrisa de su compañero, que ha esperado para contemplar el estado en el que acaba la ascensión, delata la palidez de su rostro y, aunque intente demostrar su valentía, él mismo se percata de que es vana su pretensión, porque la angustia se palpa en su piel de gallina.

La sensación de haber avanzado en la subida pisando tierra se confirma al ver el firme terroso del campanario. El espacio le parece más amplio del que desde abajo se podía prever. Aunque todavía no se ha asomado a ningún hueco para comprobar la altura, se marea y se apoya en las paredes, porque él y la construcción se bambolean. No se siente seguro y el lugar le parece inhóspito. La brisa entra por todos los lados abiertos. Algunos huecos en los que en otros tiempos hubo colgados campaniles, están huérfanos, o bien, penden campanas rajadas sin badajo ni cuerda para moverlo. Contempla impasible a sus compañeras en uso. Son tres. Para el primer aviso y el segundo, tañen las dos más grandes. Su amigo toma los cabos de la soga con los que moverá los badajos y comienza el toque marcando un ritmo de dos golpes a la campana de la izquierda y uno, a la de la derecha. La velocidad aumenta a medida que llega el final. El segundo toque lo dará él. Nervioso por la responsabilidad y por temor a que no le salga bien y los vecinos sepan que ha sido él el inepto que está tocando, sigue las indicaciones de Serafín. No es tan difícil, pero se siente como si fuera un músico subido en un escenario ante un multitudinario auditorio. El último toque, rápido y nervioso, lo darán con el esquilín.

Nada más acabar, Serafín le advierte que deben bajar de prisa para ayudar a vestirse a don Fulgencio. Parte antes de terminar de hablar. El niño reacciona también con prontitud para no perder la estela del que le precede, pero se queda atrás porque el piso inclinado es resbaladizo y no calcula lo que mide cada uno de los tramos oscuros antes de girar. Si la subida le pareció que no acababa, la bajada le resulta igual y con un final imprevisto, pues al salir a la tribuna, no hay ninguna luz intensa que lo oriente en la parte última del descenso.

Al llegar a la sacristía, Serafín abre varios cajones y extrae de ellos la vestimenta misal, colocando en la repisa de madera las piezas en el orden inverso a como las vestirá don Fulgencio: la casulla, la estola, el alba, el cíngulo y el amito. También verterán vino y agua en las vinajeras y hostias en el copón.

El sacerdote entra segundos después y se pone la ropa ayudado por ellos. Cuando salgan hacia el altar, el niño se percatará de que solo hay sombras enlutadas que se pierden en la oscuridad del tempo. La desolación de la ceremonia, comparada con la alegría de la misa del día anterior, le dejará una aflicción que aumentará a medida que acuda a diario a ayudar al cura. Ni las misas dominicales, ni las otras ceremonias masivas repartidas a lo largo del calendario anual de festividades, logrará disipar la soledad y la inquietud que va calando en su ánimo cada vez que entra en las galerías altas y frías de la iglesia vacía.

Serafín lo acompañará pocos días más, pues pronto abandonará el pueblo al ingresar en una orden religiosa para continuar los estudios iniciados en la escuela. Las primeras ráfagas de desaliento que le transmite el templo, sin la protección del amigo, se transformarán en vendavales de terror y angustia. Moverse por las naves sabiendo que se encuentra solo, es una terrible prueba que no logra superar y cada vez que ha de entrar del atrio al interior oscuro, o salir de la sacristía al presbiterio, nota cómo se le encoge el estómago y las piernas se le ponen rígidas. Se engaña creyendo que es cuestión de tiempo lograr superar sus temores, pero aún le quedan por conocer otros. Los monaguillos más veteranos dejan al novato que acompañe al cura los días de diario, si bien siempre lo escoltará alguno de los mayores. Las enseñanzas transmitidas por el amigo que se fue no serán suficientes para conocer todos los intríngulis del oficio. En especial, echará de menos que no le previera contra la maldad de la comunidad de monaguillos, sobre todo, de aquellos que llevan más tiempo ejerciendo y tienen unos años. No solo es la edad, es la altura y corpulencia que resultan temibles para el niño. En compañía de ese veterano, en las misas diarias, o de todos esos grandullones, en las misas dominicales, sentirá el desprecio y altanería con los que se dirigen a él. No solo será el que realice las tareas más tediosas, sino que soportará sus desplantes y oirá los descalificativos más humillantes. Llevará con paciencia y temor los improperios, creyendo que es cuestión de tiempo superar estas persecuciones, bien porque habría un momento, cuando esté más seguro o encuentre su lugar en la jerarquía, en el que él mismo se opondrá, o bien porque el enemigo entienda que el neófito ha pasado las pruebas que todo novato ha de superar para formar parte de la hermandad de monagos.

La lista de suplicios es amplia y la maldad de cada uno de sus actos muy alta. Una vez que se han percatado de sus miedos, la crueldad no tiene límites. Le mandarán que suba a la torre a tocar. La expedición en la oscuridad del templo, desde el primer tramo de escaleras hasta llegar a la tribuna y del interminable segundo hasta culminar la ascensión al campanario, serán retos muy duros, pero cada vez que logra tañer las campanas sentirá mucha satisfacción. La malicia de sus compañeros aparece en esos momentos. Cuando desciende contento y desprevenido, cada vez más confiado, porque va logrando dibujar el trazado de las escaleras, oye a sus espaldas un ruido. Acelera el paso y se cae golpeándose la cabeza. El dolor y el pánico consiguen que se ponga a llorar. Al salir por la pequeña puerta que comunica la tribuna con el campanario, le espera riéndose Venado, el más veterano de los monaguillos.

¿Has visto un fantasma, Chapli?

Reta aparece por la boca del pasadizo a la torre y extiende los brazos y lo rodea como si volara, al mismo tiempo que emite un sonido ululante.

Uy, qué miedo.

Huye de las risotadas y llega a la sacristía. Se da ánimos e intenta considerar que lo que ha sufrido es una broma pesada y que pronto se desanimarán cuando comprueben que las burlas no dejan mella en su ánimo. No sabe si conseguirá causar esta impresión, pero, por lo menos, ese día ya no sufrirá más acosos. La presencia de don Fulgencio es la de un juez serio que no permite chacotas a su alrededor y se siente protegido junto a los hábitos talares que siempre viste. Piensa que, si no fuera por su bondad y porque rara vez regaña, no hubiera aguantado más tiempo. ¡Que pensara lo quisiera su madre y si se llevaba un disgusto, que se lo llevara! ¡Allá penas!

A su madre no le cuenta las trastadas que padece. Le pregunta qué tal y siempre responde que bien, sin entrar en detalles.

Los días pasan, no su temor a sufrir nuevas penalidades. Sigue yendo a tocar las campanas. Ya no es el miedo a la oscuridad en sí misma, sino lo que esta esconde. Sube con precaución, palpando las paredes frías de los pasillos y, fruto de la exploración minuciosa, descubre un pequeño hueco en el que es fácil acomodarse y concluye que es ahí donde se escondió Reta. Le parece oír una respiración profunda y se detiene para anticiparse a cualquier sorpresa, pero es una percepción falsa. Avanza despacio procurando que sus pisadas sean mullidas para poder percibir cualquier ruido que sea indicio de la presencia oculta de alguno de los monaguillos mayores. No hay nadie. Es consciente de que ya no podrá subir a la torre sin ponerse en alerta. Han conseguido lo que querían, que el miedo forme parte de él. Le da rabia que se rían y está tentado de contar a don Fulgencio la tirria con la que lo tratan, pero no se atreve, porque sabe que la venganza de los mayores puede ser peor.

Como te chives, te damos pajillas mojás —ya lo habían advertido en varias ocasiones.

Pensar en esa humillación le hace desistir de hablar con nadie y soportar todas sus bravuconadas. Tan solo con oír ese tormento le entran escalofríos. Nunca lo había sufrido, pero había sido espectador pasivo y miedoso que no había tenido las suficientes agallas para intervenir a favor del reo impidiendo que los verdugos restregaran en la cara del muchacho caído en desgracia el puñado de hierba rociado con el orín de cada uno de ellos. Lo más humillante siempre eran las amenazas últimas, aquellas que recordaban a la víctima que lo siguiente que sufriría sería peor, si hablaba, si se lo contaba a algún adulto.

Sabía lo que era peor, por ser también un tormento que se aplicaba a los timoratos, a aquellos que no se atrevían a superar los retos, o a los que los abandonaban en su transcurso por miedo a los peligros. La advertencia había sido formulada con anterioridad y aceptada por todos. El que no lo consiguiera, le machacarían los clavos. Cuando oía esto, su primera imagen eran las paredes de piedra de mampostería que rodeaban los corrales más próximos a la iglesia o a la escuela, en especial, aquellos muros situados en lugares recónditos que, aunque se gritara de dolor, nadie oiría los lamentos. Esas paredes con cantos sin caras planas, sino con aristas afiladas y desnudas por haberse desprendido el barro con el que en su día fueron revestidas, se le clavaban y le dolía, aunque solo fuera imaginando el tormento: cuatro esbirros sujetándolo de manos y pies y bamboleándolo y golpeando con violencia su culo contra el muro, contra esas piedras duras y ásperas, mientras los quejidos se le escapaban de la boca.

Aquellos muchachos que habían sufrido estos martirios quedaban señalados y un estigma los marcaba durante buena parte de su infancia. Todos los chicos eran cómplices de los tiranos y aceptaban su ley del silencio. Temía ser uno de los señalados, de aquellos obligados a soportar un desprecio que no se extinguía. Quizá por eso también considere que salirse de monaguillo tan pronto le podría acercar a los proscritos entre la chiquillería.

No siempre los mayores lo tratan mal, a veces, hasta se divierte con sus travesuras. Le permiten que se moje los labios con el vino de consagrar, aunque ellos den un trago mayor a la botella que la pizca que él apura de la vinajera, resto de lo no vertido por el cura en el cáliz en el momento de la consagración. Quizá, piensa, esa invitación no es fruto de su generosidad, sino una incitación malévola a ser cómplice de ellos para que no se chive a don Fulgencio. También comparte los recortes de las obleas dejados en una bandeja de la que todos toman trozos. Incluso, lo enseñan a capar las campanas, si bien se percata de que lo hacen con malicia y buscando el escándalo para comprometerlo.

Una mañana, Alfredo, el caudillo de todos ellos, estando los dos solos, se lo pregunta. Cuando este capo se dirige a él se pone nervioso. Es un chico alto y gordinflón, con fama de ser violento y con muy mala uva. No sabe a qué se refiere con lo de capar, pues no siendo a los marranos destinados al cebo, nunca había contemplado esa operación. Lo acompaña al campanario y le manda que dé el primer toque. Mientras esperan unos minutos para dar el segundo, el veterano toma la barra de metal por la argolla donde se anuda la soga.


Consiste en mover el badajo a pulso hasta tocar la pared de la campana sin que suene —le explica.

El niño observa con atención el lento recorrido de la pieza y cómo el brazo se contrae y la mano se acerca avanzando imperceptiblemente hasta lograr juntar ambos bronces y rozarlos sin que se escape ni una mínima vibración. Alfredo, acabada la demostración, emprende el segundo toque.

Mira, chaval, aprende…

Se apoya en el ángulo de la base de piedra y el suelo terroso y agarra los dos cabos de soga de las campanas y en el momento de comenzar el repiqueteo, echa el cuerpo hacia atrás, solo sujetado por las cuerdas a las que de manera ágil imprime un movimiento con el que consigue un toque rítmico muy vivo. Siente envidia de su habilidad y sin saber de qué manera, comparando su torpeza con la soltura del mayor, su mente justifica que en algún momento lo desprecien.

Me voy. Practica un poco, mientras das la última —le manda Alfredo ya bajando el primer tramo de la escalera.

Con la conciencia de su escaso valer, se anima a practicar para comprobar si la operación es tan fácil como parece. No toma el badajo de la campana más grande, sino el de la compañera que es un poco más pequeña. La pieza es pesada, sobre todo en la última parte del trayecto, cuando está a un puño de la pared ovalada. Sabe que es cuestión de mantener el pulso y de aproximarse con suavidad, pero la mano parece desear finalizar la prueba con prisa, por lo cual, cuando se juntan las dos piezas metálicas, se produce un toque solitario que no tiene sentido y que será interpretado como una trastada propia de un chiquillo que está jugando con las campanas. Ya no se atreverá a intentarlo más.

Cuando baja y se encuentra en el medio del recorrido, se alarma por su inconsciencia, pues piensa en la posibilidad de que Alfredo se haya escondido y le prepare una emboscada en ese húmedo laberinto elevado de oscuridad. Casi se frena y avanza con precaución para que la sorpresa no sea tan violenta, pero llega hasta el postigo de la tribuna y nadie le ha asustado. Otra vez piensa que juzga con severidad a su compañero y se afianza en él la idea de su minusvalía. Está deseando llegar a la sacristía para acercarse a él y observar lo que hace con el afán de aprender de un maestro sin igual, o esperar mendigando alguna enseñanza directa con la que menguar la desigual capacidad de los dos. Es tanto el entusiasmo con el que desea acercarse y la velocidad con la que se mueven sus piernas, que tropieza con una de las losas mal asentada y se da de bruces en el suelo, con tan mala suerte que se parte uno de los paletos de su dentadura. No se percata en ese momento, en el que solo siente la quemazón de las palmas de las manos, sino cuando lo vea el cura y le pregunte qué le ha pasado, que tiene mellado un diente. No quiere ser un quejica y aguanta el dolor que va apareciendo con lentitud, mientras don Fulgencio despacha con habilidad la misa para las cuatro beatas de todos los días. Al final, por un momento, se olvida por completo del sufrimiento, cuando Alfredo le enseña a apagar en un periquete las velas repartidas por los altares.

Mira, chaval, aprende —le dice cuando lo ve soplando las velas.

El monaguillo mayor se moja los dedos pulgar e índice y aplasta la llama humedeciendo el pabilo. Repite la operación con cada uno de los cirios y en un momento se extinguen todas las luces, menos las rendijas iluminadas de la puerta por la que ha salido sin despedirse.

Pronto va a saber cuál es su lugar en el escalafón, cuando los domingos y las festividades relumbrantes lo aparten del servicio y vuelva a ocupar los banquillos en los que están en misa el resto de chiquillos. En esas ocasiones serán los monagos con más experiencia los que escolten a don Fulgencio a ambos lados del altar. Cuando al final del servicio religioso vaya a la sacristía a recibir la paga semanal y se repartan los días de diario, los mayores se escabullirán para que los nuevos sean los que tengan que acudir a los oficios religiosos ordinarios. Ese mismo reparto desigual en el que los novatos se llevan la peor parte se produce en las celebraciones especiales, pues los veteranos se reservan para sí los bautizos y las bodas, en los que recibirán colaciones exclusivas al permanecer cercanos a don Fulgencio. Cuando el enjambre de niños que sigue a la comitiva con el recién nacido sea metido en el corral para después pasar en fila por el portal delante de la madrina y recibir un cucurucho de confites, ve en la sala, junto a los otros invitados, a sus compañeros sentados zampándose un bollo de manteca. Ya, en la calle, en la aglomeración de chiquillos, jalea al padrino para que sea rumboso cantando junto a los demás «Bautizo meao / bautizo cagao / si cojo al chiquillo / lo tiro al tejao». Se pelea por coger el mayor número de monedas que el padrino arroja subido en un poyo. En la tierra, en el barro, donde van a parar bastantes piezas, porque el público mayor disfruta más contemplando la pelea, busca la propina que el padrino ha entregado a sus colegas y que se han guardado en el bolsillo sin la necesidad de ensuciarse ni empujar a nadie para que no le arrebaten la moneda de dos reales que ha visto perdida entre la calderilla de perras gordas y pequeñas.

No le importa ocupar ese lugar secundario en el escalafón, pues por ser más pequeño y, sobre todo, por su menor inteligencia, comprende que no se comete ninguna injusticia. Sabe que es cuestión de espabilar. Esa palabra se la repiten todos: sus padres, los maestros, los compañeros de juegos cuando se aprovechan de su inocencia para sacar tajada de los lances más favorables: espabílate. La lección está muy clara, nadie te va a ayudar, lo que tú consigas, no esperes que te lo regalen. Aprende de los espabilaos. Pero a él le falta esa chispa de ingenio que le impulse a descubrir las oportunidades para sacar tajada. Está como dormido en un limbo en el que flota cómodamente. Comprende que ha de tener los pies en la tierra y estar atento. Estar atento a que no te la den, estar atento para que no te tengan que repetir las cosas dos veces… No, no tiene malicia, le dicen justificando su inocencia. Ya aprenderá, sentencian. Esa falta de maldad, ese estado hipnótico en el que está perdido sin pensar en nada, le impide prestar atención a lo más importante de toda la misa del domingo, los momentos iniciales del sermón, cuando don Fulgencio sube al púlpito acompañado por los monaguillos y escala con dificultades por su gran corpulencia la escalerilla de caracol que lo conduce a la plataforma. Extrae del bolsillo de su sotana una pequeña agenda y se aproxima al antepecho. Mientras la abre y aparta las hojas con el cordón hasta encontrar las anotaciones que le interesan, el público aguarda en completo silencio a que don Fulgencio comience a hablar. No se oyen toses y los niños reciben una reprimenda preventiva para que su mutismo se prolongue unos minutos, mientras el cura anuncia las amonestaciones de aquellos que se van a casar, los nombres de aquellos que han encargado las misas correspondientes a los días de la próxima semana para encomendarse por el alma de sus difuntos, ante la eventualidad de que aún permanezcan en el purgatorio, y las misas de ocho días o de año encargadas por los familiares de los difuntos cuyo primer aniversario se celebrará en los días venideros… En el momento en el que el sacerdote cierra la pequeña agenda negra, se forma un gran revuelo: la gente cuchichea para enterarse con detalle de los nombrados, si alguno no cae en la cuenta de quién es; los muchachos, contenidos a duras penas, se revuelven y se pinchan entre sí para provocarse y los mozos abandonan la barandilla de la tribuna para subirse a la torre a echarse un cigarro y contemplar el pueblo desde las alturas, mientras el cura intenta con sus buenas palabras y su paciencia infinita explicar las enseñanzas que se derivan de las lecturas previas, que pocos han entendido y, después de los minutos transcurridos, ya casi han olvidado.

Cuando acabe la misa y se reúna todo el colectivo de acólitos para cobrar y se repartan los oficios de la próxima semana, al niño, como de costumbre, le tocará lo peor. Cuando le encargan su primera misa de difuntos por la tarde, no protesta. Para él es una novedad; además, se celebrará a una hora no habitual. Enseguida se percata de que el encargo, le impedirá jugar con sus amigos, pero la expectación de la novedad justifica la privación de esos momentos de esparcimiento. Cuando llega, las campanas ya están doblando. No hace falta que nadie le diga que el que está tocando es Alfredo, el monaguillo gordinflón, el mejor. Se extraña de que esté también allí. Luego se enterará de que quien había encargado la misa es un familiar suyo. Entra en el templo y ve que las velas encendidas son más numerosas que de ordinario, pero lo que le llama la atención es la presencia en el presbiterio de un catafalco mortuorio, cubierto por un tapiz negro que oculta un féretro. Piensa que se trata de un entierro, pero se percata de que no es ese el proceso habitual. Se acerca con espanto. Aunque sabe que ahí no hay un muerto, que nadie ha fallecido, ese sepulcro elevado contiene todos los cadáveres del cementerio, que sus almas caben en ese féretro y no salen de dentro porque el cortinaje que llega al suelo les impide volar para ocupar cada una de las oquedades altas de las naves del edificio. No osa acercarse y se cuela en la sacristía rozando los bancos pegados al muro. Ve a don Fulgencio que se pone para oficiar ropas moradas que había visto con anterioridad colgadas de los armarios, pensando que ya no se usaban por estar muy deslucidas. El sacristán está a su lado y le ayuda a vestirse. Cuando se da cuenta de su presencia, nervioso, lo regaña sin saber si es por haberse presentado tarde o por un desliz involuntario que inconscientemente ha cometido. Le da miedo la presencia del sacristán vestido con un traje renegrido, junto a don Fulgencio, que, con sus ropajes morados y oscuros, espanta. El sacristán le entrega el acetre con el agua bendita y el hisopo introducido. Él toma el incensario y la naveta y le ordena que se quede a su lado. Salen de la sacristía y se aproximan al monumento funerario. Se colocan enfrente, dando la espalda al público que en silencio ha ocupado la parte delantera de la iglesia. El sacristán saca de la pequeña caja con forma de nave una pizca de resina y la echa en el incensario que al momento desprende un agradable olor a incienso. Los dos cantan unas letanías lúgubres que entristecen el templo y le crean una angustia parecida a la que sienten los familiares más cercanos al difunto, al que recuerdan ya sin lágrimas, pero con el dolor que produce la aspereza de unos ojos agrietados. Le resulta extraño verse en ese cortejo de oficiantes, como si él fuera un intruso inoportuno. El sacristán, con su tétrico canto de gallo, le parece un impostor observando cómo, sin perder una palabra del cántico luctuoso, mira con el rabillo de sus ojos vivos el comportamiento del monaguillo inexperto y capta la vibración que su melodía produce en los asistentes de la primera fila. Don Fulgencio, como siempre que está al lado de su acompañante, le deja hacer sin por asomo querer eclipsar sus trinos de cuervo descarado.

Cuando finaliza la misa, el cura le manda que se vaya a casa, que ya es tarde. Agradece que no sea él, sino Adolfo el que se encargue con el sacristán de desarmar el catafalco. Sin embargo, la experiencia le va a dejar un miedo permanente a la muerte. No podrá pisar las losas donde se levantó el monumento funerario sin pensar en los cuerpos inanes que han posado allí antes de enterrarlos en el camposanto. Para mayor espanto, la caja falsa, vacía, envejecida y llena de carcoma, la van a apilar en la cima de otros trastos polvorientos que hay en la entradilla de la sacristía. Su mirada, cada vez que la cruza, se posa en esa piña de objetos desusados, coronada con el ataúd vacío, e instintivamente se aparta al pasar, como si el montículo se fuera a derruir y el alud de madera se viniera sobre él.

Al comienzo de la Cuaresma, Adolfo desaparece. El niño piensa que se ha salido de monaguillo por ser demasiado grande. No sabe qué le pasa, pero en su cuerpo nota una incomodidad indefinida que no puede relacionar con exactitud con el hecho de que el muchacho ya no forme parte del grupo de ayudantes. Nunca le ha dirigido palabras amables, pero tampoco se ha reído de él ni le ha gastado ninguna broma. Es más, cree que los otros grandullones no se han vuelto a meter con él desde que los dos han coincidido como pareja para ayudar en misa. Será más tarde, al enterarse de que su familia se ha ido del pueblo a Barcelona, cuando con claridad perciba que la vacuidad que nota se debe a la marcha de su compañero. Cada vez que pasa por la casa cerrada en la que vivía su familia, se acuerda de él. Se detiene y mira la puerta a ver si hay una rendija que denote el regreso, pero siempre permanece clausurada.

La iglesia, el retablo mayor y sus altares, cambiará con la marcha de Adolfo y con el comienzo de la Cuaresma. Tampoco será él el que ayude a tapar toda la imaginería con inmensos tapices morados y negros. La oscuridad aumentará y el niño cree que se cubren para infundir más temor en las siempre tenebrosas naves del templo. El Miércoles de Ceniza y las confesiones generales que llenan la iglesia de hombres rudos y viejos que acuden cumplir con el mandamiento anual de limpiar sus almas de los pecados acumulados durante ese tiempo, dejan un olor a ceniza húmeda y polvo agrio, como las culpas confesadas, que consiguen excitar en el niño lágrimas aisladas de miedo. En esos días de tinieblas, de duras reconvenciones generales, de contrito dolor, el alma del niño empequeñece y se asusta de cualquier temblor y leve suspiro que se produce en las cercanías donde se encuentra. En cambio, sus compañeros mayores, en ese ambiente oprimente, se envalentonan y aprovechan el escenario tétrico para arañar en la fina sensibilidad del pequeño. Tal vez sea porque notan su apocamiento o porque su antiguo protector no lo defiende de las ignominias, aprovechan para continuar con los tormentos que se creen merecedores de aplicar al que es débil. El escenario aún es más oportuno a sus intenciones. Ya no es necesario asustarlo cuando suba a tocar las campanas, toda la iglesia es apropiada para sus celadas siniestras. El niño, sabiendo los misterios que ocultan los cortinajes, piensa que detrás de ellos las imágenes inertes recobran vida, pues, sin que se mueva una brizna de aire, vibran a su paso y cree oír las apagadas voces con las que se quejan de los sufrimientos que padecieron mientras fueron torturados. Se imagina a San Sebastián arrancándose las flechas clavadas en su pecho y en sus piernas, a Cristo cambiando de lado en el sepulcro acristalado, a Santa Ana sacándose la china de una sandalia… Detrás de cada telón morado hay una representación oculta de la que solo oye leves rumores, los suficientes para recrear la tragedia que no ven los ojos, pero que con su imaginación recrea. Por eso huye de los altares de los lados y cruza por medio de la iglesia, para alejarse de las zozobras vivientes de las esculturas rígidas.

Los monaguillos veteranos aprovechan la transformación del templo para amedrentar al bisoño. Se ocultan en los altares huecos, se meten detrás de los paños colgantes y desde allí apuntan con sus sonidos ululantes y estiran los cortinajes para acrecentar la alocada imaginación del niño que cree que ya no puede, que no resiste el miedo que lo paraliza, o le hace correr desabrido hacia la sacristía o al atrio en busca de la claridad que le sacuda la pesadilla.

La oportunidad, la salvación, piensa el niño, se presenta por Pascua, cuando un fraile visita la escuela en busca de nuevas vocaciones para su congregación. El maestro, primero, y don Fulgencio, después, lo recomendarán por ser un buen estudiante. La madre está dispuesta —lo desea fervientemente— a que su hijo siga la carrera religiosa: la iglesia asegura la salvación y es un valor para toda la familia. El niño solo piensa en bañarse en la piscina y en los campos de fútbol que el fraile ha resaltado de las instalaciones del colegio, pero, sobre todo, cree que su marcha a ese internado le ayudará a huir del miedo a la iglesia, a la religión, a los monaguillos veteranos…





Mis propiedades

  Una vez más he decidido buscar en mis carpetas los contratos de compraventa y las escrituras de la propiedad de mis inmuebles. Fueron adq...