14/05/26

CANTERO, CAPÍTULO IX (Primera parte)


Estaba sacando la moto a la calle para ir a la cantera, cuando pasó la camioneta con destino a Ávila. Levantó la mirada y creyó reconocer el rostro de Andrea a través de los sucios cristales del vehículo. Hasta intuyó que ella había girado la cara al pasar a su altura. Cantero se quedó paralizado. Dudó un momento, pero de inmediato un plan esperanzador se dibujó en su mente. Entró en el portal dirigiéndose a su alcoba. Se quitó la ropa de faena y se puso una más decente. Su madre se percató de que su hijo no procedía según el plan habitual de un día de trabajo.

Pero, ¿estás tonto? ¿No me digas que te has aviado para ir a Ávila? ¿Para qué te preparo yo la comida?

Procedió según su costumbre una vez que había tomado una decisión. Metió el almuerzo en las alforjas y, de la entradilla previa al corral, cogió un costal para guardar las compras que realizara y la ropa de trabajo. Le explicó a la madre que se había olvidado de que era viernes y que necesitaba ir al banco a ingresar dinero y, de paso, adquirir algunas pertenencias; cuando acabara de realizar estos recados, se dirigiría a la cantera.

No llevaba un plan ni estaba seguro de localizar a la chica en la capital, pero, sabiendo que ella pasaría la mañana por sus calles, albergaba la esperanza de encontrarla. En el trayecto por la carretera repasó los comercios en los que con seguridad habría de entrar. Confiaba en que la razón de su traslado no fuera la consulta con algún médico o dentista, sino aprovechar el día de mercado para adquirir los productos que no conseguía en las tiendas del pueblo. Especulaba que, con pasear por El Grande o por las calles que desde allí se dirigían a El Mercado Chico, era seguro que en algún momento se cruzaría con ella. Aparcó la moto por El Jardín del Recreo, pensando que, como última oportunidad, si no la encontraba antes, cuando la hora de volver estuviera cerca, habría de dirigirse por ese lugar a la estación de autobuses. En un primer momento tomó el costal enrollado para guardar las compras que realizara, pero, una vez en la mano, creyó que sería un estorbo, porque no estaba en su ánimo entrar en ningún negocio, sino vigilar la presencia de Andrea por las calles.

El día estaba ventoso e imprimía un movimiento eléctrico a los transeúntes que se desplazaban a mayor velocidad de la habitual. El aire arrastraba por el suelo la suciedad más liviana hasta incrustarla en los rincones más resguardados. Las mujeres se sujetaban la melena con pañuelos anudados debajo de la barbilla o la apartaban constantemente de la cara; otras luchaban para mantener estiradas las faldas. Los que gastaban boina se la calaban hasta los ojos. De todo el personal que andaba por las calles, él era el único que caminaba con un ritmo menor oteando con minuciosidad a cada una de las mujeres que por su fisonomía se asemejaban a Andrea. Se encaminó hacia el centro. Por las aceras se desenvolvían numerosos morañegos y serranos que los viernes acudían a la ciudad a realizar sus compras o a darse un garbeo por el mercado de ganados a ver cómo cotizaban los animales en venta. Algunos de ellos eran conocidos, a los que saludaba levantando con un impulso la cara. Con los del pueblo intercambiaba unas palabras, pero todos se dejaban llevar por las prisas, ya que la mañana, de coche a coche, se iba en un suspiro. Atravesó El Grande por los soportales y entró en el recinto amurallado. Los comercios se encontraban repletos de clientes. Las estrechas aceras dificultaban el tránsito de las personas que se desplazaban por esas viejas calles de alrededor de la catedral. La plaza de abastos y los puestos de hortalizas del Mercado Chico atraían a los habitantes de la ciudad y a los viajeros procedentes de los pueblos aledaños. La animación, a pesar de lo destemplado de la jornada, reinaba en todos ellos. Cantero merodeó por estos lugares escudriñando entre la masa humana para encontrar a Andrea. Sin embargo, el tiempo transcurría sin dar con ella. Su ánimo desfallecía; intentaba que las ideas más bárbaras sobre su mala suerte no lo obnubilaran, aunque se hacía la cuenta de que pasaría la mañana en balde. Después de vagar por la encrucijada urbana de la vetusta capital, salió por la misma Puerta del Alcázar por la que entró. El público había aumentado en la plaza central. La cruzó por el medio en dirección a la iglesia de San Pedro. En esa afluencia desordenada de personas que se movían en todos los sentidos, alguien lo agarró del brazo. Giró con ímpetu el cuerpo pensando que sería algún conocido con confianza, pero, justo cuando por su boca se anunciaba un improperio para maldecir al bromista que lo había asustado, se paralizó al reconocer la cara de Andrea. La sorpresa fue doble, pues, aparte de que no esperaba que fuera ella, había un desfase entre la cara que él recordaba del encuentro en los lavaderos y la que mostraba en ese instante. Era ella, más los ojos y la expresión, no. El pelo lo llevaba más suelto; la mirada era más clara; su voz llenaba con más sonoridad las palabras; incluso, el vestido siendo recatado, no era el triste negro del primer encuentro. Le costó juntar las dos imágenes en la misma persona que en esos momentos estaba delante de él. Había deseado hasta la desesperación encontrarse con ella y estando juntos, se sentía desconcertado, lleno de vergüenza y timidez, al tiempo que un ardor pasional emanaba de sus entrañas esparciéndose por todo él. Ella parecía alegrarse de haberse encontrado con él fuera del pueblo. Su actitud no era la de saludarlo y seguir con sus ocupaciones. Cantero tomó la iniciativa al proponerle pasear juntos mientras llegaba la hora de coger el autobús. Se dirigieron hacia la parada, pero no por las calles más transitadas por las que hubieran llamado de inmediato la atención de los conocidos, sino por las aledañas, menos concurridas. Caminaban a la par. Se prestó a llevar su capacho para que ella no cargara con todos los bultos que portaba. Avanzaban despacio, saboreando el instante. Eran ellos dos los únicos habitantes de la ciudad. Solos, sin que nadie fuera testigo indiscreto de su amor. Él estaba a gusto a su lado, sin hablar; ella, lo miraba animándolo a que dijera cualquier cosa.

¿Qué piensas? ¿Eres feliz?

No pensaba en nada. Era imposible que en su mente surgieran ideas que suplantaran al goce de estar junto a ella. Casi no osaba mirarla avergonzado de tanta dicha. Cada vez que se aproximaban y sus cuerpos se rozaban, notaba un súbito temblor que lo enternecía. La tomó de la mano con impericia. Ella le apretó la suya y durante un tiempo avanzaron agarrados hasta que los dos se soltaron de repente al reconocer a lo lejos a un conocido. Al llegar a La Escuela Normal, se desviaron en dirección al parque de San Antonio. La masa forestal estaba desnuda y era incapaz de tamizar la luz gris, que llegaba cenicienta a las avenidas y arriates del jardín. Se adentraron en él y, aunque los árboles estaban sin hojas, los setos proporcionaban sensación de intimidad. Los dos se agarraron por la cintura y se fueron apartando hacia los lados escudriñando el rincón que los ocultara. Se sentaron en un banco descarnado notando una gélida sensación sobre sus cuerpos que, sin embargo, se inflamaban de excitación. Se besaron una y otra vez. Sus labios ardían y a su vez transmitían una dulzura fresca. No se cansaban de acariciarse. Él, a pesar de las dificultades de apartar el vestido, introdujo su mano hasta su firme pecho ardiente. Su piel cálida y suave, su pezón chiquitín, su tersa areola fueron acicate de caricias interminables mientras los dos seguían besándose. Después, pasando el brazo por su espalda, la atraía con una fuerza mantenida; ella se dejaba arrastrar anudando su cuerpo con el suyo. Sin embargo, la dicha fue terminando en el momento en que Andrea consultó la hora en su reloj de pulsera. Los arrumacos se desvanecieron con breves roces y apretones de mano. Se levantaron y Cantero la acompañó hasta las inmediaciones de la estación. Se despidieron mirándose a los ojos sin decirse una palabra de despedida. La observó cómo se perdía atrapada por los viajeros que con prisas se adentraban en el vestíbulo para comprar los billetes de regreso a sus localidades. Apresuró el andar hasta el lugar donde había estacionado la moto. La arrancó y siguió por la Avenida de Portugal hasta llegar a San Vicente; descendió bordeando las murallas y, antes de incorporarse a la carretera de salida, paró esperando a que pasara la camioneta que llevaba a Andrea. No tardó en aparecer. Se situó detrás adaptando la velocidad a la de su marcha. No creía que ella fuera consciente de esta maniobra; se consolaba siguiendo su estela. Un poco antes de llegar a El Alto de la Horca, abandonó la calzada para girar a la derecha hacia la cantera. A medida que los dos se separaban, la alegría se difuminaba y el poso de tristeza crecía. No obstante, se esforzó en mantener el regusto placentero que por fin había conseguido después de tantos desvelos e inútiles iniciativas previas para volver a encontrarse con Andrea.

Lobete llevaba toda la mañana en el corte. No se sorprendió al verlo incorporarse al tajo a medio día, pero sí que no transportara en la moto el costal con sus compras. Sin embargo, evitó dirigirse a su compañero para que le explicara los motivos por los cuales se había desplazado a la capital. Cantero se percató de la discreción de su colega y agradeció su respeto. Se cambió de ropa y sacó la fiambrera con la merienda. Lobete dejó de picar y se dispuso también a comer. Prepararon antes un poco de lumbre. A Cantero, a pesar de los celos de su intimidad, le hubiera gustado en esos instantes de tanta felicidad que su compañero se interesara por los motivos que le habían obligado a no ir a trabajar, para que hubiera un testigo de la dicha que lo llenaba. Estaba dispuesto a contarle la relación que mantenía con Andrea y esperaba el mejor momento para darle a conocer la noticia. Ese día su compañero se mostraba más cabizbajo y apesadumbrado de lo habitual; se percató de lo inoportuno de comunicarle que había encontrado una mujer a la que quería, de la misma manera, que su amor era correspondido. Fue consciente de que su soledad, a partir de que oyera la confesión, aumentaría.

Los dos comieron en silencio escuchando las noticias de la radio.

Intentó, alargando el disfrute del sabor que aún perduraba del encuentro, no cavilar sobre lo que sería su vida junto a Andrea, mas su mente avanzaba en el incierto futuro creando situaciones en las que los dos experimentarían la dulzura de la exclusividad de sus personas o se enfrentarían a problemas que habrían de venir. Le surgieron dudas semejantes a las que le impidieron confesar a Lobete el noviazgo recién estrenado. Su familia, más pronto o más tarde, se enteraría. En sus planes no estaba decírselo. Su hermano, cuando alguien le fuera con el cuento, se reiría; su madre, a saber por dónde saldría. En todo caso, no le asustaban las pegas o trabas que le pudieran plantear. La familia de Andrea era humilde, como la suya, igual que la de la mayoría de los vecinos, pero eran honrados. Las preocupaciones tampoco eran económicas. Había ahorrado toda la vida; poco gastaba en las tabernas. Sabía ganar el jornal y, habiendo demanda de piedra, no faltaría de nada en su hogar.

Las horas iban pasando, pero la temperatura seguía baja y la sensación molesta de no entrar en calor se acentuó a pesar de la lumbre en la que aún podía calentarse las manos y los pies. El cuerpo se le había quedado destemplado, después del confort que había sentido abrazando a Andrea. El viento se había calmado, pero la humedad era desagradable. Inició la tarea colocando en el taller una nueva piedra con el objetivo de sacar una rula. Desde hacía tiempo las requerían con el fin de fabricar pequeños molinos eléctricos que adquirían los pequeños ganaderos para moler el cereal. Cazó la pieza y comenzó a devastarla. Trabajaba con desgana porque no hallaba motivación para centrarse en la labor, ya que en su mente no cabía otro asunto que no fuera el de la muchacha.

Pronto reparó que una segunda vez se había separado de ella sin concretar ningún término que rigiera su relación. Su entrega a la pasión momentánea había sido entera, sin reparar en cuestiones que en ese momento le anunciaban nuevas incertidumbres. Los dos se querían. Ella se lo había demostrado con sus besos y con sus caricias; él la deseaba entre todas las mujeres, pero permanecían las trabas rituales que le impedían salir y reunirse con las amigas para ir al baile; como mucho, pasear con discreción. En esa situación, sin haber concertado un nuevo encuentro antes de despedirse en la estación de autobuses, regresaron las inseguridades pasadas.

Después de tantas elucubraciones carentes de sentido, esta era la realidad. Había estado con Andrea; había experimentado su amor, pero la agonía de las próximas semanas sin saber nada de ella, de quizá no verla si no era en misa, regresaría con el mismo padecimiento. Tal vez su vacilación menguaría, pues ya no era una vez, sino dos las ocasiones en las que su pasión se había manifestado, sin embargo, esto no bastaba para tranquilizarlo y, sobre todo, para encauzar su amor. No le importaría esperar unos meses hasta que los rigores del luto se atenuaran, si sabía, que una vez acabados, el noviazgo se podía iniciar. Ninguno reparó en estos puntos. Si en vez de amarse, hubieran hablado de las trabas de su relación, tal vez el futuro habría sido más esperanzador.














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