14/05/26

CANTERO, CAPÍTULO II (Segunda parte)

 

De la bóveda celeste descendían sombras limpias que, al rozar la tierra, la relamían, y allí donde encontraban hueco, cantera, charco, piedra, chaparro o mata de berceas, anidaban. El espacio, el cielo, el aire, una vez que volcaba esas adherencias artificiales, mostraba un azul intenso de una profundidad ilimitada, acrecentada por los puntos estelares.

Cantero llegó al tajo con el tiempo justo de encontrar la herramienta esparcida por el suelo de rajos. Apartó los punteros votos, las uñetas romas y los colocó encima de la piedra inconclusa para sujetarlos con una goma extensible. El resto lo metió en un saco de plástico y los guardó en un montón de desperdicios. Echó pedruscos por encima del bulto para camuflarlo. En un bidón de gasolina lleno de agua metió el mallo, el porrillo y la bujarda… Los celtas o los vetones, se acordó ahora, trabajaban también el hierro de una forma excelente. Los forjados que se habían encontrado aún mantenían una calidad admirable, tanto en herramientas utilitarias, como en adornos, empuñaduras de espadas, fíbulas... De hecho, los romanos, cuando llegaron allí, con su sencilla y atrayente romanización, supieron aprovechar la buena disposición de aquellos bárbaros para el trabajo. Por supuesto, no opusieron ninguna resistencia a ese proceso que puso fin a su cultura, que no a su forma de vida y de ganarse el pan. Cantero especuló que los buenos herreros trabajarían para ellos forjando armas con las que vencieron los pocos focos rebeldes que mostraron la osadía de plantarles cara. A los canteros, se los llevarían para construir vías, puentes, acueductos, templos… Al resto, medio ganaderos, medio picapedreros, los instalarían a lo largo del río que atravesaba la llanura y construirían a intervalos regulares molinos de agua para transformar los cereales producidos. Así acabó su asentamiento y así se encontraba ahora… Cuando los romanos ya no necesitaron de ellos, los despidieron, y poco a poco regresaron a estos parajes y, aprendidos los hábitos ciudadanos, fundaron un nuevo poblado más cerca de la calzada romana. Así continuaban. De tiempo en tiempo, a la llamada de un mandato divino, han emigrado y construidos catedrales, iglesias y conventos y, cuando la orden ha sido humana, palacios, plazas y cruces victoriosas.

Trepó por el frente escalonado por donde avanzaba el corte. En lo más alto, volvió la vista a la cantera para comprobar que todo quedaba en orden. Observó el montón de material acumulado; en pocos días tendría completo un viaje. ¡Cuántos camiones habría llenado a lo largo de su vida! Millares de losas, adoquines, peldaños y bordillos. Había comenzado a trabajar después de acabar la escuela, pero los cantos habían sido su sonajero. Solo se había ausentado de ellos durante el breve periodo del servicio militar, en las caballerizas. Su vida había transcurrido en la cantera, excepto en los días más crudos del invierno. En la cantera al sol y al frío; en casa, sentado a la lumbre o refugiado en la umbría. A la capital solamente iba cuando necesitaba comprar lo que su madre no conseguía en el pueblo o a solventar trámites administrativos ineludibles. Eso sí, si había de sustituir la moto vieja, se recorría con detenimiento los concesionarios hasta hallar la que más le convenía. Cuando comenzaban a fallar, no lo pensaba dos veces y compraba una nueva, un modelo más moderno que el anterior. Las viejas nos las vendía, las iba alineando en el corral para que con el paso del tiempo se fueran desintegrando. Era uno de los pocos caprichos que se daba. El resto, todo lo que ganaba, lo ahorraba. La cartilla del banco tenía tanto dinero que ya hacía tiempo que no lo llevaba por cuenta. Si trabajaba, no era por ganar un sueldo o por el afán de acumular y acumular. Trabajo y dinero eran realidades inseparables: si trabajaba, ganaba dinero. Pero si el trabajo no implicara necesariamente remuneración, también trabajaría. Esto no quería decir que vendiera la piedra a cualquier precio, ni mucho menos. El valor de la piedra y, por ende, de su trabajo era una cuestión importantísima, pues suponía la dignificación de una actividad que de otra manera hubiera carecido de sentido y, por supuesto, habría sido inaceptable para él. Por eso, a pesar de no serle de utilidad el dinero conseguido con su trabajo, cuando llegaban temporadas en las que el precio de la piedra bajaba, se negaba a vender, mientras que otros canteros despachaban el material al primer contratante que llegara. Se resistía, no podía soportar esa situación tan injusta y calamitosa. Era como si su esfuerzo hubiera sido en balde. Prefería contemplar la cantera llena de piezas acabadas, aunque a veces le impidiera desenvolverse, antes que malvender su trabajo. ¡Que se pudra! ¡Que críe!, se decía atribuyendo cualidades propias de los seres vivos a la piedra inerte. Pese a su aislamiento y poca comunicación con los demás canteros, las referencias del precio del mercado eran fidedignas. El procedimiento para calcular el valor se fundamentaba en varios parámetros objetivos. El precio de los productos siempre subía, nunca bajaba. Bien lo sabía cuando tenía que comprar una moto nueva. El herrero, por otra parte, cada cierto tiempo subía el coste por afilar y arreglar la herramienta. Por último, se enteraba de que la vida era más cara por el precio que Lobete pagaba cada vez que iba a putas. Las mil pesetas de antes, fueron dos y, hacía ya un tiempo, tres mil.

Lobete era el único con el que mantenía alguna relación. Eran algo parientes y habían sido amigos de infancia. Siempre habían trabajado juntos en la misma cuadrilla hasta que cada uno abrió su propia cantera. La intensidad de su relación se había ido diluyendo a medida que la juventud se extinguía sin que en esta circunstancia hubiera mediado conflicto o roce alguno. Cada uno era para el otro un elemento más de la decoración de su vida, que, siempre presente, se va interiorizando hasta perder toda pizca de emoción. En cambio, sus respectivos perros se evitaban y recelaban el uno del otro, aunque nunca se enfrentaban ni se ladraban. De hecho, habían establecido un pacto según el cual, en sus tareas de vigilancia, cuando se acercaba algún extraño solo salía uno a enfrentarse y aullar, mientras el otro seguía acurrucado sin mover el rabo.

A pesar de todo, Lobete no era considerado tan introvertido ni tan extraño como Cantero. De hecho, era querido por muchos. Esta opinión favorable hacia su persona era en parte propiciada por su rostro afable. Su mirada y su expresión era ya la de los solterones resignados a su suerte. Sabía que su vida no cambiaría, que ya no encontraría una mujer, porque no quedaban en el pueblo. No había más que conformarse ante ese hecho irreparable, pero su resignación era aceptada, sin rencor hacia nadie. Era una situación natural: si no había mujeres, ¿cómo se las iba a desear? Era como si en esas tierras sus habitantes añoraran el mar. El amor era extraño y desconocido. Por eso su serenidad era más sincera, ya que provenía de la sabiduría que solo otorga la naturaleza a aquellos que saben acomodarse a sus normas. Quizá el oficio de cantero implicara necesariamente la soltería. Su tarea, el parto de la piedra, exigía un compromiso absoluto con ella. Se podía verificar que la proporción de canteros solteros era bastante superior a la de los casados y, además, eran ellos los que mejor trabajaban, como si la piedra, celosa, no se dejara moldear por manos que no se la entregaran por completo. No era una cuestión baladí ni propia de creencias esotéricas, sino que la piedra castigaba, a veces de forma brutal y vengativa, a aquellos que se atrevían a tocarla con sus manos impuras e incestuosas. Machucones, acero en el cuerpo, ojos tuertos y, sobre todo, silicosis. Al final siempre los casados terminaban comprendiendo las exigencias de la piedra y se veían obligados a decidir entre ella o su mujer. Cuando el amor a la esposa e hijos superaba al amor a la cantera, terminaban abandonando el oficio y emigrando en busca de trabajos no tan duros y menos comprometidos. A pesar de esta entrega de los canteros a su amada, no siempre le eran fieles. Eso le sucedía a Lobete. De vez en cuando tenía que ir de putas. Su entrega no era tan pura y casta como la de él. De todas maneras, las infidelidades eran secretas y escasas. Tomaba el tren al anochecer, escondido entre las piedras para que no lo viera nadie. La vuelta no se sabía con certeza cómo la realizaba, si en taxi o andando por el campo; nunca, en tal caso, por la carretera para que no lo recogieran los automóviles que regresaban al pueblo. También podía suceder que concertara con otros solteros su viaje en coche; no estaba seguro.

Al día siguiente de haber ido al prostíbulo, a la hora de almorzar, Lobete iba a visitarlo. Ascendía con lentitud la escombrera con el propósito de que Cantero lo viera, como si esperara su permiso para encontrarse con él. A fuerza de repetir siempre las mismas rutinas, había llegado a saber con antelación, mucho antes de que abriera la boca, cuál era el motivo que rompía su aislamiento. Los lunes por la mañana, al principio, una visita cada mes, y después, con el paso del tiempo, más espaciadas. Otro motivo para hollar la cantera del compañero era cuando se acercaba algún contratante a comprarles la piedra. En este caso, la visita era anunciada por el aullido de uno de los dos perros, por lo que también adivinaba la razón. Si se acercaba a su cantera un lunes a primera hora, Lobete exhibía una sonrisa que se extendía de oreja a oreja, sonrisa que el otro espiaba sin dirigirle directamente la mirada. En estas ocasiones, Cantero no dejaba de trabajar, lo hacía incluso con más ahínco. Ni lo saludaba ni lo despedía. A él no le importaban estos desplantes y su discurso era siempre parecido. «Vaya morena la de ayer. ¡Vaya furraco más espeso! Vaya qué tetas. Estaba como una yegua. Vaya si estaba buena. Tenías que ver qué señoritas. Unas señoritas cojonudas. Total, por tres mil pesetas. A ver si te animas. La que más te guste. Llegas…, con cualquiera. Todas buenas. Cojonudo. Todas cojonudas». Parecía como si este desahogo no viniera producido por la necesidad de comunicar esos momentos agradables, sino como si buscara prolongar una excitación que no concluiría hasta que volviera a su cantera y se masturbara recreando las sensaciones de la tarde anterior.

La masturbación era lo único que también le quedaba a él. Solo podía encontrar placer en su cuerpo. El objeto amoroso no existía ni en su imaginación. Su aislamiento y su obstinada negativa a contemplar a los demás habían borrado los contornos de la silueta femenina; incluso, era incapaz de recuperar la desvaída imagen de Andrea. La soledad no era el mejor medio para que la imaginación sexual pudiera desarrollarse, más bien se atrofiaba hasta perderse por completo. Masturbarse era una necesidad biológica en la que no entraba la excitación. Se convertía en un proceso mecánico y puntual, por lo que el placer venía más de la sensación de evacuación de unas excreciones que por las ansias de satisfacción propias. De todas formas, deseaba que esto terminara pronto, que no tuviera necesidad de meneársela. Sería otra de las muchas cosas que habría ido dejando atrás a lo largo de su vida: la confianza en los amigos, la falsedad de la comunicación, la diversión rutinaria y, por último, el amor a sí mismo.

Hubo un tiempo en el que se excitaba con una chica atractiva. No es que se hubiera enamorado, solo le gustaba y el recuerdo de su contorneado cuerpo despojado de ropas lo provocaba. Cerraba los ojos, a veces los apretaba como para retener ese cuerpo etéreo, y ahí empezaba y acababa todo. La imagen que se formaba era ya más producto de su imaginación que tomada del modelo real de la chica, pues la observación no había sido minuciosa, sino creada a partir de furtivas miradas a lo lejos o de visiones entrecortadas cuando se cruzaban en la calle, o realizadas desde el observatorio en penumbra del portal. Pero la muchacha abandonó el pueblo, se casó con un forastero y no regresó. Eso había sido todo. En esa admiración no buscaba la correspondencia. De sobra sabía que no quería nada de esa muchacha, solo su presencia etérea y esporádica para corroborar una imagen ya originada. Ella era la muñeca a la que revestía como deseaba por la noche, antes de dormirse. Pero nadie, ni su hermano y mucho menos ella, malició nada, porque nada hizo para originar suspicacias. Otros solterones no solo levantaban sospechas, sino que no tenían recato en mostrarlas, pues aún no había perdido la esperanza de juntarse con alguna. Se creían mozos aún con derecho a la compañía de una mujer, dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad que se presentara. Esperaban la ocasión apropiada de forma tranquila, sin agobios. Confiaban en un azar que hasta el momento no había manifestado indicios de ser propicio. Si alguna mujer los fuera a buscar, soñaban ellos, tendrían la osadía de no responder con rapidez, no porque necesitaran pensar en los cambios que traerían a su vida y a su futuro, sino como gesto altivo particular de su orgullo. A veces, no les quedaba más remedio y tenían que humillarse y mostrar unos ímpetus que habitualmente ocultaban de manera decorosa. Estas manifestaciones —rondar o echar una enramada a alguna moza— eran una forma de comunicación no verbal con la que expresaban su desesperanza, porque ellos no se atrevían a dirigirse a ella para decirle te quiero, me quiero casar contigo. Otros solterones, incapaces de expresarse, ni siquiera por estos medios, explotaban, lloraban y rogaban en vano. Eran los que estaban más desvalidos; los que no tenían padres ni hermanas, los que vivían solos y necesitaban compañía y ayuda para lavar, limpiar, cocinar… Cuando alguno lograba contraer matrimonio, se mostraban tiernos y amorosos con sus mujeres, incluso sin guardar el pudor ante los demás vecinos.

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