14/05/26

CANTERO, CAPÍTULO I (Segunda parte)

 

El sol rayaba el horizonte en lontananza. Una ligera e intermitente brisa refrescaba la cara curtida y negra de Cantero. Era una sensación a destiempo que avivaba el desorden rítmico del golpeteo del porrillo sobre el puntero. La observaba ascender río arriba. Avanzaba con lentitud y a rachas sueltas. Primero notaba removerse un chaparro. Al poco, se agitaba otro y así hasta llegar a las berceas más cercanas para abofetear con descaro su rostro. Entonces su brazo golpeaba con más fuerza la piedra, con rabia. Cuando pasaba, con el brazo se secaba el sudor de su cara y se restregaba el polvo introducido en los ojos por el aire. Sin querer, y sin saber con exactitud si la causa era el escozor o la rabia incontenida, empezaba a lagrimear. Pero lejos de desahogarse con el frescor del viento, este acrecentaba su brío furioso y lo incitaba a aporrear de nuevo el bordillo. Era un malestar que no podía soportar, no por la desazón y por su repercusión en el ánimo, sino porque brotaba de su cuerpo una fuerza inhumana que no era capaz de encauzar y aprovechar en una tarea productiva… Pensó en la historia que había oído contar a Lobete sobre Álamo. «Después de estar todo el santo día en la cantera duro que te pego, cuando volvía a casa, al acabar de cenar y antes de acostarse, se iba al corral, cogía el mallo y se liaba a dar porrazos en un lanchar. Era la única forma posible de acostarse cansado». Temía llegar a eso, a no poder agotarse: siempre con fuerzas. A veces conseguía olvidar esos pensamientos, pero cuando lo rondaban, se transformaba en un caballo desbocado… Para colmo, ahora el desasosiego se aliaba con ese airecillo fresco que debería aliviar su sudor y que, sin embargo, era un vendaval que avivaba el fuego de su cabeza y rebosaba en los dedos que se adherían al mango igual que ventosas para producir movimientos incontrolados. Los pies empezaron a restregar y patalear los rajos esparcidos. Como no pudiera con esto romper sus espasmódicos movimientos ni sus pensamientos obsesivos, como jinete de un caballo desbocado que no encuentra otra solución que tirarse de la montura, pegó una fuerte patada al taller arrojando el bordillo al suelo para frustrar una dinámica interminable. Golpear, aporrillar, golpear, aporrillar. Así siempre; siempre, siempre… Se acordaba de esta palabra en boca de don Aureliano durante la catequesis que impartía a los niños cuando los preparaba para que tomaran la primera comunión. «Siempre, siempre, siempre… Los que morían en pecado mortal iban al infierno». Explicaba lo que era el infierno. «Un lugar siempre en llamas, siempre con calor». Añadía que al infierno se iba para toda la eternidad. Trataba de advertir lo que era la eternidad padeciendo ese tormento: «Siempre, siempre, siempre…, no un mes, ni un año, ni tan siquiera la vida de un hombre, es siempre, siempre, siempre…, no hay lugar para la esperanza, es para siempre…» Siempre golpeando, golpeando…; no lo podía soportar. Se veía condenado ya en esta vida. Su eternidad había comenzado hacía mucho tiempo y el tormento insufrible del que hablaba don Aureliano lo llevaba padeciendo desde siempre. Estaba condenado; condenado antes de haber muerto, sin posibilidad de confesión y arrepentimiento, actos muy recomendados por el sacerdote. «Confieso, padre, que no he vivido, que no he pecado, que estoy en el infierno. Padre, hay algo inconcebible, no he podido vivir, he nacido y vivido en el infierno. Esta cantera, este hoyo, es mi infierno, fue mi cuna y estoy vivo en mi tumba».

Tova, Sola, tova; quis, quis…

La perra, asustada por la estampida y el alboroto, tardó en reaccionar. Cuando comprobó que de verdad el que la llamaba era su amo, corrió solícita a sus pies, como si no hubiera estado dormida un instante antes. Con una palmada en la pierna, la perra se puso de pie y se apoyó en ella. Él la acarició con la mano, que Sola, a su vez lamió y relamió. Un cansancio repentino invadió todo su cuerpo, tal vez debido a la relajación provocada tras las zalamerías de Sola, que lo miraba fijamente a los ojos. Era curioso, nunca hasta ese momento se había dado cuenta de que no sabía mirar a nadie, solo a la perra. ¡Qué mirada la de Sola! Podía saltar, revolotear a su alrededor, sin embargo, nunca perdía el contacto con él.

No quería sucumbir a la zozobra anterior, que lo había dejado exhausto, aunque también más sosegado. Una súbita paz lo invadió a la vez que un cansancio reconfortante. De todas formas, esa idea regresó fugaz, pero con una precisión clara. Sí, nunca había mirado a ninguna persona. Lo cierto es que tampoco tenía muchas ocasiones para comunicarse, pero las pocas veces en que surgía una oportunidad, no solo no decía palabra, sino que no miraba a nadie, únicamente a Sola. ¿Y hablar…? La zozobra se esfumó y la sensación inmediata, tal vez paralela, pero más tardía en su manifestación, fue sentir la boca seca. La perra, quizá más viva que él, adivinó su intención y, antes de que estuviera erguido, se encaminó en silencio y veloz al manantial en su intento baldío y siempre persistente para saltar sobre la rana, ninfa vieja y resabida de la fuente de la Virgen. Esta nacía de la misma piedra, que no era de granito azul o rubio, sino una guija de unos tres o cuatro metros de cuarzo que atravesaba todo el término superficialmente. Manaba un hilillo imperceptible de un agua fresca en verano, por estar en una ladera a la umbría. En cambio, en invierno, al depositarse el líquido en una no muy profunda pila, el sol lo calentaba. En ella abrevaban también animales, sobre todo pájaros y conejos. Sola levantó uno. Lo siguieron con la vista, mientras subía la ladera. Después de saciar la sed, rastrearon su pista, no con la intención de cazarlo, sino para que la perra se entrenara de cara a la apertura de la veda que no tardaría en producirse. Era un gazapillo que halló una buena escombrera en un corte abandonado. Se entretuvo en desmontar el antiguo taller donde intuía se encontraba el cobijo. No quiso desbaratarlo por completo; comprendió que allí con seguridad había un vivar y no era cuestión de, por un ímpetu incontrolado, estropear un buen lugar para sorprender a los animales. Contempló el punto estratégico donde se podría situar para cortar el paso a los conejos y comprobó que, desde el frente de la antigua explotación, sería el sitio ideal para abatirlos, tanto con la fresca de la mañana, como al atardecer. Con idéntica rapidez con la que antes estuvo escarbando, echó rajos en el mismo sitio para dejarlo como se encontraba con el fin de que ningún cazador pudiera descubrir su vivar. De ahora en adelante lo controlaría en secreto cada tarde para confirmar sus sospechas. Sola, en cambio, llevada por su instinto, persistía en su empeño de encontrar la presa, pero, cuando comprobó que su amo se alejaba, bajando el rabo lo siguió resignada, acatando unas órdenes imprecisas y tácitas.

El sol se estaba ocultando, aunque aún persistía cierta claridad; sus rayos ya no calentaban la tierra, sino que apuntaban al cielo, hacia las primeras estrellas, que pugnaban por dibujar su estela en el firmamento azul. La luna había conseguido afianzar su voluptuosa silueta redonda, pero aún batallaba con afán para imponerse sobre los huérfanos astros que con timidez emitían un punto de luz.

De regreso a la cantera, su vista se dirigió hacia la presa, hacia ese pantano en construcción. La obra ya estaba a punto de concluirse. Su pared ovalada ascendía hasta la mitad de dos cerros de piedras y encinas. El color gris del cemento resaltaba con soberbia sobre el paraje pardo. ¡Eran los tiempos! Hacía unos años, en la cuenca del escuálido río, en el punto en el que se erigían antaño los mejores molinos, la vegetación había sido arrancada para construir con monstruosas máquinas la mastodóntica barrera que frenaría su débil caudal. En poco tiempo, desde allí hasta la zona baja de la dehesa todo quedaría inundado y surgiría un gran embalse. ¡Qué engañado había estado!, pensó. La vida, el mundo, le había parecido eterno e inmutable. Los cambios, si los había, se producían de forma lenta y casi imperceptibles. Sin embargo, de repente, observó los vertiginosos cambios que se estaban produciendo. A veces, era necesario apartarse a la orilla de la corriente del vivir para poder valorar las novedades que se habían ido incorporando a nuestra vida. Se acordó de sus motos. Tres habían pasado por sus manos, contando la que le regaló su tío Leónidas. Desde la primera Montesa hasta la actual Derbi, su mecánica era en apariencia idéntica, pero algunos elementos habían mejorado mucho. El arranque era uno de esos avances. A las anteriores había que arrancarlas con la pierna o a la carrera; en cambio, ahora incluían un dispositivo electrónico para ponerlas en funcionamiento. Y los frenos ya no eran de zapatas, sino de disco. Sí, las novedades se integran en nosotros de manera sencilla. Aparecen un buen día y al poco tiempo ya forman parte nuestro mundo. Lo mismo había sucedido con el pantano. Se comenzó hablando de la construcción, pero nadie prestó demasiada atención, dado el escepticismo propio de la tierra. Expropiaron los terrenos, arrasaron las encinas, destriparon las piedras hasta dejar el monte pelado. Abrieron caminos, trajeron maquinaria, levantaron enormes torres y grúas. Trabajaron dos años día y noche, y esa tarde se fijó y comprobó con perplejidad que ya estaba terminado: un colosal muro de ciento treinta metros de altura, y otros treinta de grosor. De la nada había salido esa mole inmensa, así como aparecía entonces. Con seguridad dentro de pocos años esa hondonada estaría llena de agua, habría peces, barcos y hasta se agarraría la niebla. «¡Tendré que cambiar de afición; me convertiré en un paciente pescador! No pasará nada; nunca ha pasado nada. Una mañana vendré a trabajar y me encontraré con que la orilla del pantano está rozando mi cantera».

Sola observaba a su amo y no llegaba a alcanzar las zozobras que pululaban en su cabeza, pero comprendía por su andar ensimismado y lento que algo le apesadumbraba sin atreverse a sacarlo de ese estado inconsciente en el que caminaba.

Al torcer la vista un poco a la izquierda del muro de hormigón, comprobó que este casi se juntaba con los restos de las paredes defensivas del Castro. Esas eran las murallas contemporáneas, reflexionó al descubrir por casualidad ese detalle. Las obras de hoy eran reflejo de las del pasado, aunque los fines fueran distintos. Esas murallas de cemento mantenían su carácter defensivo. ¿Contra quién? No lo sabía. No comprendía el fin de su construcción. Habría que regular el cauce de los ríos para un aprovechamiento mejor del agua. Siempre hubo mentes inteligentes que supieron lo que hacían, lo dispusieron y lo mandaron realizar sin necesidad ni obligación de rendir cuentas de su quehacer. Siempre había sido así.

Había leído un libro, durante las largas y frías noches de un invierno lejano, cuando no le quedaba más remedio que permanecer en casa, bien porque las tardes eran más cortas, bien porque el mismo tiempo no permitía abandonar el calor de la lumbre, que trataba sobre los celtas y, en concreto, de los que habitaron en El Castro. Lo empezó a hojear y a leer por tedio. Los restos del poblado habían estado allí toda la vida y seguramente no se hubieran mantenido hasta el presente, si no hubieran llegado unos señores que colocaron unas tablillas en todo su perímetro con los siguientes mensajes, uno: «CASTRO CELTA. SIGLO VI AL II A. D. CR. RESPETAD EL LENGUAJE DE LAS PIEDRAS» y, otro: «PROHIBIDO CORTAR PIEDRA». También contrataron un guarda para imponer el orden. A los canteros que tenían el corte por las inmediaciones, después de una tremenda reprimenda y bajo amenaza de multa, los expulsaron. Avergonzados, no solo los que trabajaban en esos parajes, sino también casi todos los vecinos del pueblo, en expiación de su culpa y su poca cultura, abandonaron para siempre el lugar, optando, incluso en época de caza, por no aventurarse por esa zona. Los únicos que camparon a sus anchas a partir de entonces fueron los burros del guarda… Más tarde, la gente observó desde las canteras que aparecían por allí visitantes esporádicos, algunos de los cuales se habían desplazado en coches con matrículas extranjeras: viejos profesores de historia, curiosos de la ciudad y hasta jóvenes estudiantes del propio pueblo. Con motivo de la construcción de la presa, las visitas habían aumentado. Ahora venía sobre todo gente importante. También la televisión regional que, al tiempo que mostraba el estado de las obras, dirigía la cámara distraídamente, con un plano muy general, al conjunto de piedras que se sospechaba eran los restos arqueológicos del poblado, aunque, por la duración de las imágenes, era de suponer que el operario no se terminaba de creer que aquello fuera lo que todo el mundo decía, un castro.

En los dos últimos años y sobre todo durante el verano, se presentaron varios grupos universitarios que, bajo la dirección de arqueólogos calvos de largas barbas, removieron lo poco que quedaba sin excavar. Se notaba que había urgencia. El tiempo apremiaba ante la inundación que se produciría de inmediato. Era necesario completar los estudios de la zona que iba a desaparecer sumergida bajo las aguas. Pues bien, con la misma sumisa resignación con que entonces los canteros abandonaron el lugar ante la próxima inundación, los mandamases ordenaron el desescombro. Ya carecían de importancia los restos. Solo eran cuatro piedras que no pintaban nada. Y así se lo hicieron ver a los canteros a los que autorizaron, mientras duraran las obras, a cortar y, además, gratis, toda la piedra que los viniera en gana y esto, casi con apremio, como si fuera una tarea que deberían haber acometido desde hacía tiempo: ¡así era la vida! Y así eran ellos…

De todas formas sabía, por lo leído en el libro, que no fueron celtas los que habitaron allí, sino vetones; por lo menos, así denominaba el libro a los pueblos que habían vivido en el centro peninsular. Su origen era una mezcla de gentes procedentes de las invasiones germanas y de la población aborigen, es decir, los íberos. Los vetones, según coligió de su atenta lectura, una vez imantado al libro por una curiosidad no controlada, se dedicaban a la ganadería. Él, en sus indagaciones posteriores, había descubierto numerosas corralizas esparcidas por todos los alrededores que, con seguridad, habrían servido para recoger el ganado al medio día durante los veranos, cuando apretara más el calor. Por lo visto, no debieron ser muy ricos; tendrían lo justo para sobrevivir. Esto lo habían deducido los estudiosos a partir de los sepulcros descubiertos en la necrópolis, en la que habían identificado seiscientas tumbas. No enterraban a los muertos, sino que los incineraban y las cenizas las introducían en vasijas de barro, junto a pertenencias del difunto. Por estos objetos tan simples, habitualmente, una hoz, una maza, un cuchillo en el caso de ser hombre, o una fíbula, o cualquier adorno, si era mujer, dedujeron que no les iba muy allá. Sin embargo, encontraron otras vasijas, no muy numerosas en proporción, que contenían objetos más valiosos, sobre todo, armas profusamente adornadas… Estos restos debían haber pertenecido a los guerreros, los encargados de la custodia del poblado y de defender los intereses comunes. Algunos aventuraban la hipótesis de que fueran también salteadores que robaran el grano que podían a los agricultores de la llanura próxima. Y, ciertamente, pensaba él, esto pudiera haber sucedido así, ya que las tierras cercanas no eran muy aptas para la agricultura, por estar llenas de piedras. Lo seguro era que grano tenían, puesto que por allí aparecieron muchísimas ruedas de molino, así que de algún modo conseguirían el cereal. Por otra parte, el ganado algo tendría que comer para poder sobrevivir pues, a pesar del abundante pasto, este no era un alimento completo.

En el libro había una fotografía aérea en la que se podía ver la distribución urbanística del poblado. Una muralla defensiva bastante gruesa rodeaba todos los recodos del terreno. Había dos puertas: una, para las personas, y otra, para el ganado. La defensa del recinto se completaba con piedras clavadas en el suelo, con el propósito de dificultar el avance de los enemigos. Dentro del poblado, había una parte destinada a las casas de la gente y la otra, a cercados para el ganado. Existían también varios verracos, esparcidos dentro y fuera del terreno acotado. Estaban tallados en piedra de forma bastante tosca, sin perfiles definidos. Existían muchos. Parece ser que los esculpían para favorecer su ganadería o para que la caza fuera propicia. Los canteros actuales seguían esculpiendo verracos y nadie sabría explicar por qué razones lo hacían. Quizá fuera la única veleidad artística que les quedara después de realizar una labor repetitiva durante toda su vida.

La cuestión de los verracos había sido la única causa conocida capaz de unir a sus ascendientes. Él no la había vivido, pero había oído contar una vez esa historia con desgana, como si aquello hubiera sido un espejismo o la manifestación de una personalidad colectiva de la que todos se hubieran arrepentido y sobre la que hubieran echado una losa para que no transcendiera ni quedara registrada en los anales de la historia local. Cuando descubrieron el castro, lo que más llamó la atención de los estudiosos fue la abundancia de estos animales pétreos, que denominaron toros, marranos, perros y que allí en el pueblo se conocían como verracos. Eran animales de cuatro patas, pero difíciles de identificar. Los únicos rasgos bien definidos que mostraban eran los cuernos y los órganos sexuales de un macho, a veces labrados con exageración. Lo primero que expoliaron fueron estas esculturas, que trasladaron a la capital provincial unas, y otras al Museo Arqueológico de Madrid. Fueron colocadas en jardines, en plazas, puertas de las iglesias... Los paisanos del pueblo, con su indiferencia secular, nunca habían prestado atención a estos pedruscos, y menos confiado en sus poderes mágicos, pero llevados por su amor propio, se opusieron a tal saqueo de forma colectiva y violenta. Mandaron contra ellos a las fuerzas del orden para que el traslado se pudiera seguir realizando. Debió ser tanta la ignominia y el desprecio que sintieron, que, de pura rabia, al mejor verraco, al más grande, al más hermoso, el que se encontraba en la puerta principal del recinto, el último que faltaba de llevarse, le proporcionaron un golpe seco de mallo en medio del lomo partiéndolo en dos. Allí continuaban aún los dos trozos, confundidos con las piedras caídas de la muralla.




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