Los días se fueron alargando y las jornadas en la cantera se prolongaban hasta dejar exhausto a Cantero. En la primavera aumentó la demanda de bordillos, rulas, losas, adoquines, piedra de mampostería. Todos acudían alegres a los cortes ante la expectativa de que el material que sacaran de las entrañas de la roca madre no pararía mucho en los cargaderos. Aunque las heladas se prolongaron buena parte del mes de abril, estas eran suaves y no afectaban al ritmo diario de trabajo, pues, una vez que el sol lucía con fuerza sobre las diez de la mañana, dejaba unas jornadas con una temperatura tibia que hacían más soportable la dura tarea.
Cantero y Lobete, no obstante, siguieron con el ritmo habitual. La mayor demanda de piedra no los afectaba de la misma manera que a otros compañeros más ambiciosos o con cargas familiares. El ansia de sacar mayor jornal no era un aliciente en su vida de solteros. Oían los golpes de la piedra al chocar contra la caja metálica de los camiones cuando cargaban, las voces potentes contando las piezas y después los veían pasar repletos hasta hundir con peligro la goma de las ruedas en los caminos. Desviaban un instante la mirada para averiguar quién era el contratista que había comprado el pedido. Cuando hubieran juntado material suficiente para un viaje se pondrían en contacto con él con el fin de vendérselo. Mientras tanto, el rendimiento era el de siempre, unas veces sacaban más bordillo, otras, menos, sin importarles nada los días en los que la producción era menor.
Sin tanta intensidad como después del primer encuentro con Andrea, Cantero pergeñaba la manera de reunirse con ella. A veces se preguntaba con desesperación dónde se metía para no verla ni en los lavaderos ni en la puerta de su casa cuando pasaba a la fragua. Tan solo se conformaba con admirarla en la distancia en la entrada y salida de la misa dominical. Durante la celebración eucarística ya no volvió a regocijarse con su figura en el paseíllo para ir a comulgar. Cuando a continuación se movían de bar en bar estaba pendiente de las muchachas que paseaban para distinguir a Andrea, pero, al no encontrarla, suponía que, después de la salida de misa, regresaba a su casa. Incluso, por las tardes, en vez de sentarse en una mesa a echar la partida de cartas, elegía deambular por las calles de bar en bar con el mismo propósito, sin localizarla.
Sabía de antemano que al baile no acudiría, pero, llevado por sus amigos, entraba con ellos a pasar un rato. Sonaba en el tocadiscos un bolero que las parejas bailaban con ardor. Miraba con inquietud a los grupos de muchachas con la esperanza mágica de distinguir a Andrea entre ellas. Era inútil la búsqueda. Se percató, no obstante, de que había menos mujeres. Examinó con más detenimiento al personal y se convenció de que los mozos eran muchos más que ellas. Con minuciosidad se fijó en la cara de las muchachas y echó en falta algunas habituales, como a la prima de Andrea. En cambio, había chicas más jóvenes que, por su comportamiento juvenil, parecían que se incorporaban por primera vez a la diversión. No se extrañó que hubiera tantos mozos desparejados, ya que ellos eran más numerosos. No es que su soltería fuera elegida, sino que no les quedaba más remedio que renunciar a la compañía femenina. Él era otro solterón, sin embargo, había tenido la dicha de conocer a Andrea y confiaba en que, cuando pasaran los meses de luto, se normalizaría su relación. Si esto sucedía, dejaría de andar de aquí para allá con la panda de amigos y los domingos saldría con su novia. Pasearían juntos por la calle o se alejarían del pueblo por la tarde buscando más intimidad; tomarían un refresco en el bar y bailarían los dos en el salón. No es que le entusiasmara estas convenciones; sobre todo, aceptaría a regañadientes ir al baile porque no le gustaba estar expuesto a la mirada descarnadora de la gente. Prefería que el tiempo de noviazgo se saltara para llegar a la plenitud de su convivencia con una casa para ellos dos solos.
El calor apretó ya a finales de mayo. Pronto cambiaron el ritmo del trabajo dejando las horas centrales del día para el descanso, incorporándose más temprano por las mañanas y alargando las tardes con el fin de evitar la exposición solar más intensa. Lobete se quedaba en la cantera. Buscaba una sombra y allí se echaba la siesta. Él, en cambio, gracias a la comodidad y rapidez de desplazamiento que le ofrecía la moto, prefería ir a comer a casa y descansar la siesta en la cama fresca de su alcoba. Regresaba a partir de las cuatro. La cantera aún en esos momentos era un horno seco y polvoriento, pero, poco a poco, la temperatura disminuía y se soportaba mejor la asfixia. Había tiempo de cansarse, pues las tardes resultaban interminables. Miraba al sol en el cielo y daba la impresión de que no declinaba. Ni los pájaros volaban. Tan solo alguna escurridiza lagartija se revolvía entre los cascajos. Él soportaba peor el calor que Lobete, que nunca se quejaba de la temperatura, ya fuera gélida o tórrida. Rara vez se lo veía sudado ni fatigado, como si el ritmo de trabajo estuviera tan acompasado a su energía que no le requiriera esfuerzo realizarlo.
—¿Te has enterado de que la de Faustino se ha marchado a Barcelona?
Había transcurrido la jornada sin que entre ellos se hubiera producido un intercambio de palabras y había esperado el declinar de la tarde, cuando recogían la herramienta, para contar esta noticia. No entendía por qué se la había comunicado. Era una más de las mozas que abandonaba el pueblo para servir en alguna casa rica. En el dilema de cómo afrontar la vida, si al lado de un picapedrero con una vida precaria y falta de alicientes o arriesgarse a enfrentarse al mundo lejano y desconocido de una gran ciudad, la mayoría se decantaba por tentar la suerte y entrar en el mundo laboral con la intención posterior de formar una familia con algún desconocido.
Se trataba de la prima de Andrea. Ni le iba ni le venía. Confirmaba, sin embargo, que el pueblo se quedaba sin mujeres. Comprendía que dieran ese paso. La vida no les resultaba fácil lavando a mano, cocinando con el fuego de un poco de lumbre, trabajando de sol a sol, sin día de fiesta, siempre pendientes de la prole y del ganado del corral. ¿Quién, sabiendo lo que les esperaba, no se arriesgaba a probar otro modo de vida? Algunos mozos, sobre todo si había algún familiar que ya había efectuado el éxodo, también abandonaban la ruda vida de la cantería para aceptar cualquier empleo. Se envidiaba a aquellos que tenían la oportunidad de huir del pueblo sabiendo que, por muy mal que les fuera, no iba a ser peor que si se ataban al duro trabajo de descuartizar piedra. Algunos de su quinta, y otros mayores y menores, habían dado ese paso y ninguno se quedaba en el terruño arrepentido del cambio cuando regresaban de vacaciones, aunque la vida en la ciudad tampoco resultara placentera. Regresaban apesadumbrados porque dejaban a la familia, a los amigos, a su entrañable pueblo, pero paulatinamente afianzaron raíces en sus nuevos lugares de residencia y, transcurrido un tiempo, olvidaron a sus ancestros y el lugar en el que vivieron sus primeras experiencias vitales. A él no se le había pasado por la cabeza emigrar, porque apreciaba demasiado la libertad con la que regía su vida. Sabía que la esclavitud de la cantera era severa, pero, mientras las fuerzas no lo abandonaran, soportaba su servidumbre y, falto de ambiciones, ganaba dinero más que suficiente para satisfacer sus necesidades. Lo mismo le sucedía a Lobete. Aunque alguien le ofertara un trabajo, seguro que lo rechazaba. La vida de ambos era hacía tiempo un proyecto aceptado con resignación sabiendo que habrían de aguantar un trabajo exigente que, a cambio, les facilitaba una independencia irrechazable.
Los días cada vez más largos de junio, junto a una temperatura sofocante, mitigaban las energías de los hombres de la cantería, sobre todo, en la segunda parte de la jornada. Regresaban al tajo, después de la siesta, con desgana; la velocidad de las motos era más lenta, retardando el momento de volver a tomar los punteros incandescentes. Esta época del año no le gustaba a Cantero, no solo por esos inconvenientes, sino porque dormía mal. El único momento de descanso real era la siesta en la fresca y oscura alcoba, pero la madre, una vez que transcurría la hora de rigor, lo despertaba para que no holgazaneara. Por las noches, aunque la fatiga de todo el día de esfuerzo lo hundiera hasta dejarle exhausto, no conseguía descansar, excepto de madrugada, cuando también había de incorporarse para aprovechar las horas de la fresca. En esos momentos de desvelo, su pensamiento recobraba a su querida Andrea. Sin embargo, aunque intentase encauzar su imaginación para lograr unas vivencias oníricas placenteras con su amada, la indómita quimera le conducía a situaciones conflictivas, de las cuales había que renegar para no acrecentar más el insomnio. El análisis racional que la vigilia imponía en esas noches interminables desbarataba los escenarios del ensueño. No le gustaba el laberinto de su relación amorosa. De tanto pensar en lo desdichado que era, había llegado otra vez a la conclusión de que tanto desconcierto no compensaba la satisfacción de haber estado dos veces con Andrea. Sobre todo, era la ausencia de una esperanza, de un momento, de una idea que le permitiera volver a encontrarse con ella. El malestar era mayor ya a esas alturas, pues su origen no se debía solo a su incapacidad para resolver el problema, sino a algo más íntimo y personal, al considerarse un pánfilo por regodearse sin cesar con el asunto y no desterrarlo sin contemplaciones.
Hacía mucho tiempo que no asistía con tanta rutinaria asiduidad a la misa de los domingos. Esperaba con ansiedad el momento de vestirse para misa. Cuando comenzaba el toque de campanas, acudía de los primeros para estar seguro de contemplarla al entrar ella en la iglesia. Se recostaba en el viejo olmo y no se movía de allí hasta que desfilara. Con el paso del tiempo, se había apropiado de esta posición ideal para seguir con la mirada todo el trayecto, desde que aparecía por la calle y doblaba la esquina para recorrer la fachada del templo hasta la entrada. Llegaba siempre momentos después del último toque de campana, más bien con el tiempo justo para entrar antes de que el cura comenzara la misa, por lo cual su marcha era rápida. Desde que su prima se fue del pueblo, iba sin compañía. En el pórtico no se detenía a saludar a nadie. Eran tan solo unos segundos, pero observarla e intentar distinguir una mirada dirigida a él, era suficiente para sentirse feliz. La salida era más lenta y, sin embargo, la visión de ella resultaba más dificultosa, porque la rodeaba la multitud de asistentes que se arremolinaban para saludarse e intercambiar unas palabras con más sosiego.
A últimos de junio, un domingo, se sobresaltó cuando oyó el esquilín anunciando el comienzo inmediato de la celebración y Andrea no apareció. Estaba seguro de no haberse distraído, pero, a pesar de decidir no entrar en misa para cerciorarse de que no se retrasaba, la muchacha no hizo acto de presencia. Esperó, como último anhelo, que ella hubiera entrado sin que él se percatara o que, en vez de venir desde la plaza, hubiera acudido por las escaleras de la parte de abajo del pueblo. Con desesperación, se desplazó, al finalizar la ceremonia, hasta la peana de la cruz situada enfrente del pórtico para no dejar de escudriñar en ningún caso la salida. Con descaro miraba a toda mujer que aparecía, sin prestar atención a la conversación de los mozos. Esperó hasta que no quedó casi nadie en las inmediaciones. Todo en vano.
Ese domingo no acompañó a los amigos por los bares ni acudió al baile. Se montó en la moto y marchó al campo. No deseaba que nadie lo viera en el estado de abatimiento en que había quedado tras la frustración de no ver a su amada. Solo, saltando de piedra en piedra, llegó a la conclusión de que la única razón por la cual no había asistido a misa debía ser que no se encontraran bien ella o su padre. Esta idea lo alentó a esperar siete días más para volver a verla. La semana se hizo eterna. Las horas no pasaban. Deseaba agarrarse a esa idea, pero su propia mente le enviaba andanadas de dudas. Se defendía de ellas intentando afianzar esa única posibilidad. Como estrategia, tomó la iniciativa de mantener más conversación con su compañero de tajo, algo que gustó a Lobete, pero, aunque el intercambio de frases fuera más fluido, este no contó nada de lo que interesaba a Cantero. Hasta se le pasó por mientes, sacar la conversación a su madre a ver si ella se había enterado de algo concerniente a la familia de Andrea, pero no supo cómo plantear el asunto.
Transcurrió la semana en un estado de turbación permanente. Deseaba que llegara el domingo pero, a la vez, el presentimiento de que tampoco acudiría, le imponía temor a enfrentarse de nuevo a otra desilusión más severa. Se avió pronto y, nada más dar las primeras campanadas, salió de casa. Cuando estaba próximo a la iglesia constató que no había nadie en las inmediaciones; sin embargo, la vergüenza no le impidió ser el primero de los mozos en situarse en el lugar de costumbre. Quería asegurarse de que, si Andrea iba a misa, podría verla. La espera, hasta que se sucedieron los toques de campanas y los vecinos fueron llegando, le resultó insoportable.
—¡Otra que se marchó!
La sangre se le paralizó al oír esta noticia a uno de los de su grupo. Se refería a Andrea. A partir de ese momento, ya no miraba la procesión de vecinos que entraban en misa, ni los comentarios de sus amigos a propósito del anuncio. De manera extraña no sintió ninguna emoción ni pena. Era como si la noticia lo hubiera anestesiado y dejado en un estado neutro. Por eso, cuando el grupo entró en misa, él los siguió sin aguardar más tiempo para comprobar si ella llegaba. Lo único que pudo hacer, una vez se apoyó en la barandilla de la tribuna, fue mirar al banco en el que se solía sentar y verificar que no se encontraba allí.
La aparente indiferencia con la que reaccionó se prolongó los siguientes días. Se sorprendió de que fuera capaz de no crearse mala sangre ni que la jauría de perniciosos pensamientos le acosara, aunque estaba seguro de que en cualquier momento se presentaría para acongojarlo. La única que se percató de que algo le sucedía era su madre. Él no ofreció ninguna explicación porque le entró un hipo que a punto estuvo de deshacerse en un llanto que contuvo con dificultad. La discreción de la madre al no indagar en el mal, fue suficiente para concienciarse de que había advertido la índole de su desgracia.
Una vez superada la parálisis emocional, la reacción inmediata fue fortalecer su autoestima. Nadie lo iba a consolar porque él no había contado su relación y el fracaso consiguiente, y, por tanto, no iba a sentir vergüenza por ello, pero, aunque no hubiera ninguna persona ante la que demostrar su indiferencia por lo sucedido, un orgullo genuino invadió su actitud desafiante. La consigna íntima fue aparentar que la experiencia pasada no le había afectado; es más, que le importaba muy poco que ella se hubiera marchado del pueblo. El engreimiento se manifestó con su madre, ante la cual nunca más mostró desfallecimiento. También, con su compañero Lobete y los amigos de parranda. Su comportamiento en el grupo fue más intenso y vivaz, como si la compañía de los colegas fuera más necesaria que nunca.
Durante unos días la conversación con su compañero de trabajo fue más suelta. Se sorprendía de los temas que en ella tocaban, si bien el fin último por parte de él era sondear lo que Lobete sabía de la muchacha. A veces lo desconcertaba. Aparentaba ser un infeliz, igual que él; pero, en otras ocasiones, lo dejaba descolocado con lo que decía.
—La Andrea se ha marchado.
Lo dijo fuera de contexto, como una ráfaga verbal sin pretensión de avivar la extinta charla. Es más, le surgió la duda de si no sospecharía algo de su relación con la muchacha. Era tan enigmático y reservado que perfectamente podía haber estado al tanto y no realizarle ninguna observación. Él permaneció callado aparentando que la cuestión no le incumbía.
—A Barcelona.
El detalle nuevo se transformó en un puñal que le atravesó las entrañas. A pesar de la herida, imperturbable, continuó machacando la piedra, mientras Lobete le acabó de explicar los detalles de la partida. Su prima le había encontrado una casa en la que servir y la había animado a unirse a ella ponderando la vida urbana y la facilidad con la que corría el jornal.
No hablaron más en toda la jornada, ni en las siguientes.
Se sintió un pelele traicionado. Esperó una carta en la que ella le explicara las razones de su huida, aunque, al mismo tiempo, era consciente de que el cartero nunca se pararía en la puerta de su casa. El último cabo al que agarrarse en el tórrido verano, antes de comprender que nunca más volvería a estar a solas con Andrea, fue que ella seguramente regresaría para las fiestas patronales de septiembre.
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