02/11/25

Milú


Te deleitas sabiendo que te sientes observado. Ahora estás de pie delante de la barra de un pub. Te acompañan dos amigos, pero es en ti en quien posa los ojos esa pareja de chicas que está sentada detrás de ti. Lo sabes de sobra, tan solo con haberte dado cuenta de su presencia. No dejarán de contemplar tus anchas espaldas ni las piernas robustas del atleta en el que te has convertido. Las miradas de las mujeres son directas, para bien o para mal. Te comen con los ojos o, si llega el caso, te despachan sin contemplaciones. Ahora, muchas te devorarían si tú consintieras. De momento, las dejas que sufran, que maquinen la manera de entrarte. Puede ser que te vengan a pedir fuego, o a por otra consumición junto a vosotros y os sonrían para que las digáis algo. No tardarán demasiado en intentarlo. Mientras se decidan, sigues ignorándolas. No te importa si te gusta alguna o no. Te es indiferente, tú a lo tuyo. Ahora te encuentras con estos colegas y disfrutas con su charla. Si se acercan, ya no será lo mismo, porque se van a mostrar complacientes con ellas pensando que sienten interés por ellos, ¡pobres tontos!

Aunque no las mires, sabes que están allí y llega a molestarte que continúen deleitándose contigo. Por eso, te darás la vuelta y te apoyarás en la barra para desafiarlas descaradamente. Tu semblante será risueño, intentando contactar con ellas con esa mirada tierna que no necesitas forzar, porque tus ojos siempre cuestionan cualquier verdad que todos estemos dispuestos a aceptar, o la sinceridad del alma más cándida. No es conmiseración, es la mirada de la certidumbre de la inconsistencia humana, tu única fe. Nunca la cuestionarás directamente, pero tu leve sonrisa socarrona y tus chispeantes ojos de distanciamiento no dejarán duda de tus creencias. Y eres de los acólitos que nunca renuncia a sus creencias. Todas para ti son iguales. Hace tiempo que perdiste la ilusión por un alma femenina pura, no contaminada por la maldad y el desprecio que sentiste durante muchos años por su parte. Es tu tiempo de venganza. Ahora eres tú el que las dominas y haces lo que te da la gana, sin ningún remordimiento. 

 

 

 

Antes, mucho antes, saliste de casa. Tienes trece años. En la mano llevas la cartera camino de la escuela. Vas solo. Tu madre ya no te acompaña. Te sientes aseado con ternura. Hueles a colonia, un perfume agradable que te gusta. Caminas por la ancha acera. El sol de la mañana te da en la cara, pero sus rayos no te molestan. Crees que iluminan tu pelo rubio aún humedecido para poder peinarlo. Te gusta mirarte en los escaparates y comprobar que todo está en orden: tu pelo sin crestas, tu piel hidratada, tus dientes blancos limpios, tu ropa elegante, tus zapatos bien lustrados… Caminas con pasos seguros, balanceando la cartera hacia delante, hacia atrás.

Detrás de ti se oyen las risitas hirientes de tres niñas que también se dirigen a la misma escuela que tú. Las conoces de vista, no son compañeras de clase. Ya sabes de qué se ríen; no es la primera vez que te conviertes en el motivo de su risa tonta. No oyes lo que dicen, porque cuchichean. Sin embargo, sabes la letra de sus musitaciones. Y, cuando eres consciente de que se burlan de ti, dejas de pensar en tu impecable atuendo y en lo feliz que eras mientras el sol de la mañana te recibía nada más salir de casa. No cambiarás el ritmo de tu paso, para no dar indicio de que te molestan esas tres mocosas que van detrás, pero, con su presencia, te obsesionas con tu inmenso cuerpo. Te sobra carne y sebo por todas partes, sobre todo, en la descomunal barriga impropia de un niño. No te culpabilizas por ser obeso, ya que no haces nada a propósito que sea su causa. Comes lo que te sirven en la mesa y no compras más chucherías que otros niños, pero tú tienes una barriga prominente y unas piernas y brazos con más volumen. No te lo dicen a la cara, no obstante, sabes que eres gordo. Si los demás niños no se meten contigo por esta causa es porque temen tu reacción, pues tu fuerza es descomunal; además, eres mucho más inteligente. Pero es tu gordura la que corre de voz en voz sin que nadie pueda reprimir sus ansias de proclamarla. Eres gordo sin remedio y tu fisionomía llama la atención de todos.

Podrías detenerte y dejar que te adelantaran esas niñas imbéciles, incluso amedrentarlas, pero sería contraproducente porque a tu defecto físico se sumaría una conducta feroz. Mejor sufrir con resignación sus burlas.  

 

 

 

Como habías previsto, las dos chicas se levantan y piden al camarero otra consumición. Mientras esperan a ser servidas, una, la más atrevida, se da media vuelta con un cigarrillo en los labios.

—¿Me das fuego? —se dirige a ti.

Sin responder, la miras con tus grandes ojos clavados en su máscara, que representa despreocupación.

—Yo tengo —Uno de tus amigos le enciende el mechero en la punta del cigarrillo.

—Gracias.

—De nada…

Continúas mirándola y sonríes.

—¿De qué te ríes? —te dice sin comprender tu actitud.

—De ti, de vosotras…

—No le hagas caso a Ramón —interviene el que le ha dado fuego—. Es un tipo extraño.

—¡Extraño! —se sorprende.

—No es fácil saber lo que piensa —le sigue largando mientras tú continúas hablando con los ojos y la sonrisa contenida.

—¡Qué misterioso! ¿No?

—No le hagas caso, que no sabe lo que dice —formulas por primera vez algo que ellas entienden.

El camarero ha terminado de servirlas y el otro amigo, antes de que paguen, se adelanta y las invita.

—Gracias —dice la otra con el dinero en las manos.

Nadie les pide que se queden con vosotros, pero, de momento, no se van. En la mesa donde antes estaban sentadas se encuentran sus bolsos y sus respectivos abrigos. De vez en cuando, desvían la mirada hacia sus pertenencias.

—¿Sois del barrio? —pregunta la no fumadora.

—Nosotros, no, pero Ramón ha vivido aquí siempre.

Las dos chicas lo miran sorprendidas, como si no fuera cierto.

Tú asientes misteriosamente.

—¿Vosotras?

—También vivimos aquí, en un piso de estudiantes.

—¿Qué estudiáis?

 

 

 

La maestra se empeña en sentarte en la mesa según el orden de tu apellido y te lo recuerda cuando se fija que te has sentado en la última fila. Te ha castigado por desobediente, pero tu empeño por estar detrás es más fuerte. No le dices la causa por la que defiendes tu derecho a elegir el lugar que ocupas. Está tan cegata que no es capaz de descubrirlo. Tu obesidad al fondo se diluye en el firmamento del aula: eres un barquichuelo diminuto que zozobra en ese mar de chiquillos burlones y salvajes. Detrás de ti, solo las mesas junto a la pared donde dejáis apilados los abrigos. Desde tu sitio contemplas el panorama de cabezas que fijan su mirada en la pizarra o en la mesa de la maestra. Puedes ver con detalle a cada uno de tus compañeros. Ninguno de ellos tiene tu misma fisonomía desbordada. Son muchachos desgarbados e, incluso, alguno raquítico. Todos creen tener derecho a juzgarte y despreciarte por tu gordura. No eres un gordo simpático, dispuesto a seguir imperturbable cualquier broma a propósito de tu cuerpo. Te quedas callado y tu mirada es lo suficientemente expresiva como para abortar cualquier continuada chacota. Se podrán reír de ti, pero no estando tú delante, o aireando tú mismo las ocurrencias, según ellos, divertidas a propósito de tu físico. No, que se rían de lo que quieran, menos de ti. No buscas su comprensión ni haces nada por ganarte su confianza, primer paso para que te acepten como eres. Te importa un pepino su amistad, ¡cómo si pudieran compensarte en algo! Son un puñado de imbéciles intrascendentes. Los sacas una cabeza a todos y tu inteligencia sobresale a la suya. ¿Qué te pueden aportar? Nada, solo escarnio cuando se apartan de ti.

 

 

 

No te equivocaste en tus previsiones. Ahora estáis en otro garito y lleváis ya varias consumiciones. Parece imposible que, por la amena conversación que mantenéis, os hayáis conocido hace tan solo unas horas. Ya sabes mucho de su vida, en especial de la chica no fumadora, que se llama Cati, con ese apelativo quiere que se dirijan a ella. La fumadora, Yolanda, habla de manera intermitente con tus amigos. Tú estás sentado al lado de Cati y, de vez en cuando, te echas hacia atrás sorprendiéndote de lo que cuenta, como si pusieras una pizca de incredulidad a su relato. ¡Es tan alegre y expansiva! Debes mantenerte frío para no contagiarte de su entusiasmo. Pero prefieres que sea ella la que largue, a que te pida que le cuentes tú. No te apetece que sepa nada de ti, ni de lo malo, ni de lo bueno. Que sea ella la que se recree contándote intríngulis de su carrera universitaria, de los profesores tan singulares que le dan clase y de sus compañeros de Psicología; o que alabe las bondades de su tierra natal, que tú conoces seguramente mejor que ella, pero no le dices que te la has pateado de un lado a otro; le dejas que hable del mar, de los acantilados, del paisaje verde, de la añoranza de la lluvia… ¡Le gusta la lluvia! Levantas levemente los hombros y contienes una risa que no llega a manifestarse, ya que tus labios no la dejan salir. Cati parece feliz porque la escuchas. A veces desvía los ojos de ti y su mirada vaga como ciega por el universo de ese antro donde ellas os han llevado para que lo conocierais.

—Bueno, Ramón, y tú, ¿qué me cuentas?

Pones la espalda recta y echas hacia atrás la cabeza antes de responder.

—Nada, no te puedo contar nada.

—¡Qué raro! Algo podrás decirme…

—¿Sí?

Y te ríes sin ser descarado, y tus ojos brillan creando un mundo de ilusiones que solo Cati es capaz de observar.  

 

 

 

 —Ramón, ¿por qué no sales a jugar? —te sugiere tu madre.

Te vas porque no puedes aguantar a tu madre angustiada. Sabes que te quiere y que le resulta muy doloroso verte solo en casa, sobre todo cuando el tiempo es bueno.

—Seguramente en el parque hay otros chicos con los que puedes jugar…

Bajas despacio. Tu madre se asoma al balcón para seguir tus pasos, por eso te diriges al parque, pero, cuando te pierde de vista, cambias la dirección. Deambulas por las calles próximas sin hablar con nadie. Al final, acabas yendo al parque. Está muy animado. Hay grupos que juegan al balón o a la maya, otros dan vueltas con la bici, otros trapichean con cromos; las niñas juegan a la goma, o parlotean contándose conversaciones interesantes que han mantenido con amigas que no se encuentran presentes en ese momento. Te sientas en un banco y sacas de debajo del jersey el tebeo que te has traído para entretenerte. Cuando estás leyendo, un grupito de niñas de esas que no paran de reír y hablar se calla y te mira. Al poco, las chicas se carcajean otra vez. Se detienen sin saber por qué, mientras una de ellas les musita. Al terminar, otra vez te observan y comienzan a reírse. Supones que les habrá contado que te conoce y les habrá referido lo gordo y antipático que eres. Otra vez el corro niñas se queda en silencio escuchando sus ocurrencias. Cuando una de ellas se te acerca, entiendes lo que ha pasado.

—¿Cómo te llamas? —te pregunta una niña a la que parece que le han retado para que se dirija a tu banco y te hable.

Compruebas que es la más pequeña y la más inocente. Esta es la razón por la cual no te enfadas.

—Me llamo Ramón y ¿tú?

—Rosalía.

—Rosalía… ¡Qué nombre más bonito!

—¿Quieres ser mi novio? —te pregunta y te sonríe ingenua porque ya ha cumplido el encargo de las mayores.

—Me encantaría, Rosalía, pero es que ya tengo novia.

—¿Cómo se llama?

—Es una amiga tuya.

—¿Cuál?

—Es esa pelirroja con pecas en la cara… Vete y dile que me venga a ver, que le quiero dar un beso.

Rosalía trota de vuelta a donde se hallan sus amigas. Las ves que escuchan atentas el mensaje que les has mandado y cómo la pelirroja se enfada y todas se alejan dejándote en paz.

 

 

 

Te quedas solo con Cati. Su amiga y los tuyos continúan por ahí. Cuando te quieres dar cuenta se echa hacia ti y te besa. Tardas en abrazarla, pero terminas atrayéndola hacia ti. Cuando el beso finaliza, te quedas mirándola, sonriendo. No esperabas que el deseo amoroso se manifestara tan pronto, aunque estabas convencido de que se produciría. Ya está. Ahora dudas cómo reaccionar. No quieres tomar la iniciativa; tampoco tienes prisa por nada. Solo la miras y esperas que sea Cati la que diga algo.

—¿Te ha gustado?

—¿El beso…? Psss, no está mal.

—¡Qué desaborido eres, hijo! —Cati amaga con enfadarse.

Sabes provocar y adelantas que su reacción inmediata será repetirlo con más pasión. Ahora la vas a rodear con tus brazos y ella palpita pegada a tu pecho de lobo. Te da pequeños pellizcos en tu cara barbuda y te pasa la mano por la cabeza, acariciando tu pelo rasurado al mínimo. Le permites que recorra disimuladamente tus brazos titánicos y que sus dedos cabalguen en tu abdomen musculoso. Ese reconocimiento te inquieta, porque cada una de sus leves caricias y roces te recuerdan dolorosamente tu cuerpo deformado de niño. Donde antes había grasa e incontinencia de humores, ahora solo hay músculo que ha terminado moldeando tu cuerpo atlético presente, digno de admiración de muchas mujeres. Sientes casi el mismo desprecio por las que se mofaban de tu obesidad, como las que se sienten atraídas por tu apostura. Estás harto de que dejen perdida su mirada recreándose con tu cuerpo y con tu atractiva cara, como estabas cansado en el pasado de que se mofaran de ti por tu gordura. De niño, tu inteligencia era otro motivo más para meterse contigo; ahora, hecho adulto, es un regalo extraordinario que las deja extasiadas.

—Ay, Cati, Cati…

—¿Qué quieres decir?

—Nada, no quiero decir nada.

Está desconcertada, pero sabes que tu distante actitud no le va a impedir cumplir su determinada voluntad de continuar contigo, y contienes esa risa tuya durante unos segundos hasta que la presa de tus labios la deja salir sin estruendo y lentamente.

 

 

 

 —¿Te lo has pasado bien en el parque?

—Sí.

—¿Has jugado con otros niños?

—Sí. —Mientes, cuando regresas a casa.

No quieres hacer sufrir a su tu madre, por eso engañarás o harás lo que sea para que ella no esté preocupada por ti. La mentira será tu compañera toda la vida, por una u otra causa. Una amiga mala que te produce tribulación por no tener nadie que te comprenda y que te eche una mano. De todos modos, aprendes a soportar el dolor, el aislamiento y el desprecio lejano que te acorrala como un fuego incontrolado del que has de huir para no acabar noqueado. Tú sabes salir de los continuos embates que la vida te plantea: con valentía y orgullo, no dejándote pisar por nadie, pero a costa de no ser feliz. Sin embargo, vives y luchas para que tu madre se olvide de ti y te vea como un niño normal, como los hijos normales de las demás madres. Es triste que un niño se sepa solo, que los adultos no sean conscientes de la maldad que hay en la infancia. Es un mundo en el que debes aprender a sobrevivir sin la ayuda de padres ni maestros. Suerte si tienes un amigo que haga piña contigo y alivie la carga de la mofa que has de soportar, pero la fortuna no te ha acompañado en este sentido. Tu único consuelo en la rutina de tus días de soledad y oprobio son los tebeos, sobre todo, Tintín. Él te introduce en historias en las que el protagonista se rige por la sed de justicia, y te conduce a países donde surgen misterios que nunca se presentan en tu cotidiana existencia. Pero, incluso, esta afición es motivo de escarnio para tus enemigos, que no comprenden que un niño ahorre para comprarse cómics que ellos no entienden, en vez de gastar las propinas en chucherías.

 

 

 

No has querido que saliera de tu casa sola. Los dos bajáis por las anchas escaleras que os conducen a la calle.

—Jo, Ramón, ¡qué caserón tienes en pleno Madrid! —te dice cuando estáis a punto de despediros.

—Ya ves…

No le has enseñado el piso que heredaste, tan solo ha visto el salón y tu habitación, y ahora, ya de día, la noble escalera por la que descendéis. Habéis pasado juntos la noche y, por la mañana, antes de que se despertara, le has preparado un desayuno opíparo, un desayuno como el que nunca había disfrutado. Se ha sorprendido y has visto cómo se ruborizaba. ¿Por qué? ¿Por sentirse extraña en un palacio en tu principesca presencia? La acogiste con naturalidad. ¡No podías dejar sin homenajear a la muchacha que acababa de compartir tu lecho contigo! Desayunasteis despacio, saboreando cada uno de los distintos bocados de todo lo que habías preparado, sabiendo que sería el primer y el último desayuno que compartiríais. Procuraste hablar más que las horas anteriores y le fuiste prodigando detalles de las delicias que estabais degustando.

—Pero ¿fumas, Ramón? —se sorprendió cuando acabasteis de comer al verte que prendías un Malboro.

—Solo después del desayuno.

—¿Y desayunas siempre así?

—Sí, y siempre, después, me fumo un cigarro.

Poca más información sacó de ti, aunque se interesó por tu vida y quiso saber a qué te dedicabas.

—Vivo el presente —le dijiste dejando claro que el pasado no te importaba y no mostrabas incertidumbre por el futuro.

Ahora, cuando estáis a punto de separaros, sigues tranquilo.

—Aquí me quedo, Cati. Ya no te acompaño más —le anuncias.

—¿No quieres conocer mi piso?

—No, Cati. Quizá en otra ocasión.

—¿No quieres que nos veamos otro día? —te ruega Cati, próxima al llanto, anticipando un adiós para siempre.

—Es mejor para los dos. Tal vez, si el destino es generoso, nos encontremos de nuevo y podamos charlar —le consuelas sabiendo que esa posibilidad en Madrid es muy remota.

La abrazas tiernamente para despediros y la obligas a que te dé la espalda y comience a andar. Tú rehaces el camino sin comprobar si ella se ha dado la vuelta para mirarte. Es posible que sea así, pero no quieres enfrentarte de nuevo a sus ojos llenos de lágrimas.

Nada más introducir la llave en la cerradura y de abrir la puerta, Milú, el foxterrier con el que compartes la soledad de tu vida, da un salto y lo coges en brazos.

20/10/25

El pelo corto te queda mejor


Había un crepúsculo amarillento cuando salí a dar una vuelta por la ciudad. En esa parte alejada del centro abundaban las casas de una planta de piedras no calizas, un material que no predominaba en el resto. Por eso me extrañaba ese color amarillo reflejado sobre las piedras sucias y enmohecidas. La calle era muy amplia. Me parecía una gran majada por la cual antaño pasaban rebaños de ovejas en la trashumancia. Gruesas y redondeadas piedras formaban el pavimento. Se tenía que caminar con sumo cuidado para no dar un traspié. La vía finalizaba en una plaza amplia, cuyos edificios seguían manteniendo la misma arquitectura de las casas situadas a ambos lados de la gran avenida. Ese sitio era peligroso. Otras veces me había encontrado pedigüeños molestos que me amenazaban con navajas si no les daba un cigarro o les entregaba algo de dinero. No me gustaba hacer ni una ni otra cosa; no les dejaba acercarse ni los perdía de vista para, en caso de que me atacaran, salir corriendo, por eso examinaba los espacios libres por donde huir. Sin embargo, esa tarde no tuve que enfrentarme a delincuentes, sino a dos perros hambrientos que no se apartaban de mí reclamando algo de comer. Iba comiendo una naranja y no tenía nada más con lo que aplacar su ansiedad. Se me acercaban cada vez más amenazantes. No estaba muy seguro de que, si emprendía una carrera, no me agarraran, así que los mantenía a raya lanzándoles las mondas que iba sacando de la naranja. No conseguía amedrentarlos, pero, por lo menos, los detenía unos instantes hasta que olisqueaban la cáscara y se convencían de que no era comestible. Me esforzaba por apuntar bien para que mi tiro impactara sobre su cuerpo, pero lo esquivaban con facilidad. Uno de los trozos que lancé contenía albedo, la parte blanca que rodea los gajos, y comprobé que, después de olfatearlo con detenimiento, se lo zampaba. En ese breve instante me alejé corriendo hasta sentirme seguro.

Pronto olvidé este lance. Era consciente de que de una manera u otra siempre me enfrentaría a estas situaciones peligrosas. Hasta ahora había logrado escapar con éxito, aunque me dejaba un tenue temor.

Continuaba mi paseo ya con tranquilidad. El ocaso había emborronado de oscuridad esa parte baja de la ciudad. Para salir de esa hondonada había que subir una escalera muy ancha que permitía ascender a la vez a muchas personas. Estaba construida de la manera más simple: con cabrios cruzados unos sobre otros. El tramo a salvar era el correspondiente a la planta de un edificio. La escalera se apoyaba en la terraza a medio construir de un bloque en obras. Se podían ver las viguetas y parte de la ferralla con la que se había armado el encofrado. No me resultaba desconocido el acceso. Se había integrado en la ciudad y la gente lo usaba igual que si cruzara un paso de peatones o se introdujera en un subterráneo para ir a la acera del otro lado de la calle, por donde transcurría una carretera atestada de coches.

Delante de mí subían dos chicas. La que era más baja marchaba por un tramo más alto que la que era alta y delgada. Me sedujo esta última. Me gustaba. Lucía una melena lisa que enmarcaba una cara de rasgos muy bonitos. Su cuerpo era proporcionado. Lo único que me resultó extraño fue la carencia de pecho. Su busto era el propio de una niña en el inicio de la pubertad. Tan solo se le notaba la protuberancia de los pezones sobre el jersey de rayas que llevaba. Ella volvió la vista. Seguramente fue consciente de que la observaba y quiso saber quién era el fisgón que no le quitaba ojo. Para mi sorpresa no la vi enojada, sino con curiosidad.

—Hola —le dije intentando ser simpático.

Me sonrió también, como si estuviera habituada a ser amable con sus admiradores.

—Córtate el pelo, te quedaría mejor —me recomendó, después de unos segundos.

No habíamos terminado de subir. Ella se detuvo y yo también. Me quedé pensando en lo que me había dicho. No evaluando la orden (no era la primera vez que me recomendaban lo mismo, que no me dejara crecer demasiado el pelo, que estaba más guapo con él corto), sino calibrando la audacia de la muchacha. Terminé interpretándola como una invitación a establecer comunicación. Cuando ya nos encontrábamos en la terraza, arrimados al tabique para no caer al vacío, se volvió a mí para ver mi reacción a su propuesta. Disfrutaba observando mi cara de perplejidad.

—¿Eres estilista o peluquera? —me atreví a preguntarle.

De nuevo me sonrió y sus ojos brillaron sobre la luz del atardecer, recuperada al ascender a un plano superior de la ciudad. Pero no me lo confirmó. Si bien, examinando otra vez su vestuario y el cutis cuidado que lucía, deduje que su preocupación por la estética era incuestionable.

—¿No tienes publicado nada en internet de tu trabajo? —otra vez me lancé sin miedo a averiguar algo más de ella.

Después de recorrer la desprotegida balconada y de torcer a la derecha, por donde continuaba, saltamos sobre un estrecho abismo, hasta situarnos en esa parte elevada. Delante de nosotros teníamos un jardín frondoso. Se oía el revuelo de los pájaros buscando el asiento sobre las ramas donde dormir. Nos detuvimos los tres. Hasta ese momento no pude fijarme en la amiga: percibí su cara de disgusto por hablar conmigo su compañera, no porque fuera un desconocido, sino porque le caía mal. Actué como si no me hubiera dado cuenta. Me interesaba la peluquera o la estilista o lo que fuera, pese a percibir sin ninguna duda que carecía de pecho o este era tan pequeño como el de una niña.

—Sí, un blog que se llama miniminium, pero tengo publicado muy poco y hace mucho que no escribo nada.

No entendí el nombre. Le rogué que fuera ella misma la que realizara la búsqueda en Google directamente en mi teléfono. Me fijé en sus largas manos y en la agilidad de sus dedos al escribir en el teclado.

Casi sin darme tiempo a reaccionar, mientras miraba su blog, me dijo adiós. Se alejaba rodeando el frondoso parque.

Mi decepción fue pasajera. Se trataba de un encuentro fugaz y anecdótico. Continué el recorrido que me propuse al salir de casa a dar una vuelta. Bordeé el parque por el lado paralelo a la ciudad. Antes de llegar al puente sobre el río, dudé si cruzarlo o subir por el laberinto de casas del arrabal. Mi sentido de la orientación (súbitamente me entraron ganas de regresar lo antes posible) me decía que subiría en línea recta y tardaría menos. Pero últimamente me había jugado malas pasadas y mis cálculos en el espacio habían sido erróneos. No me apetecía terminar dando vueltas y no saber en qué parte me hallaba. Así que, prudente, crucé el puente y me dirigí a la Gran Vía. Desde allí no me perdería. De hecho, ese era el plan original: rodear el casco urbano, disfrutando del bullicio de la gente. Sin embargo, mi ánimo cambió después de que la chica sin pecho se alejara. Ya no me interesaban otras personas. Tampoco me interesaba ella, pero había cortocircuitado mis emociones y había desaparecido la curiosidad por la gente.

Recuerdo que llegué a casa con una fatiga desproporcionada con respecto al esfuerzo físico realizado. Me vino bien para meterme en la cama y conciliar un sueño que perduró hasta que sonó la alarma del teléfono al día siguiente. Creo que también contribuyó a que me durmiera tan pronto la desilusión que me llevé al fisgonear el blog de la chica. Lo único positivo del análisis había sido que alguna de las fotografías publicadas estaba firmada por Viki. No le pegaba nada el nombre, o el pseudónimo, con la personalidad que yo le atribuía. Me chirriaba, pero ella me parecía interesante; era un detalle desagradable, mas no por ello mi admiración disminuyó.

La primera impresión de las imágenes también me decepcionó. Me costó identificar el motivo fotografiado. Pensé que la pantalla pequeña de mi terminal no era el mejor soporte para poder contemplarlas; esa fue la excusa para no descartar un análisis en otro momento.

Si no hubiera sido por el blog, no me hubiera acordado más de Viki. ¡Parece inconcebible que algo tan simple sea el nudo que nos une a una persona con la que tan solo hemos compartido unos minutos! Mi vida de estudiante continuó con normalidad. Tan solo de vez en cuando entraba en el blog de Viki. ¿Por qué lo hacía? Ni yo mismo era capaz de responder a esa pregunta. Tal vez buscar algún detalle de su vida que enriqueciera la imagen idealizada que me había formado de ella; quizá una falla que la derrumbara. No lo sé, porque, si soy sincero, la chica tampoco era una belleza incuestionable, simplemente me atraía. Eso sí, su cuerpo me seguía gustando.

Al observar con detenimiento las fotografías de su blog, me convencí de que la primera idea que me había formado de ella era falsa. No creo que fuera estilista ni, por supuesto, peluquera. Tal vez se tratara de una estudiante de Bellas Artes, porque me pareció que sus creaciones eran imaginativas y buscaban la originalidad. No es que fueran pretenciosas ni persiguieran el reconocimiento de los demás, sino que eran la expresión de una mirada distinta sobre los elementos y sus detalles… Eran imágenes de la fragmentación de los objetos o de las personas, o de enfoques imposibles sobre las mismas. No era la mirada del fotógrafo que coloca al fotografiado a la altura de los ojos, sino la de aquel que sitúa el objetivo en el punto menos esperado. Por eso no se sabía muy bien lo que eran ciertas imágenes. Viki tampoco se molestaba en explicar con un breve texto lo que significaban o por qué mostraba esa perspectiva. Era su mirada particular, su mundo, y no necesitaba compartirlo con nadie. ¿Con nadie? Tal vez sí estaba abierta a ciertas personas. A mí me había introducido en su mundo al descubrirme el blog. Y lo hizo a propósito de una simple alusión mía totalmente equivocada sobre la actividad que desarrollaba. De todas maneras, mis elucubraciones eran estériles. Daba por sentadas conclusiones que forzosamente debían ser ilusorias. Viki hacía mucho que no publicaba. Tal vez fuera un proyecto que tuvo su periodo de vigencia y que en la actualidad ya no le interesara a la artista. Pudo ser hasta un trabajo escolar encargado por uno de sus profesores. Así que mi análisis de lo publicado no se alargó en el tiempo, no así su recuerdo, ya que, aun sabiendo las pocas posibilidades de que hubiera alguna novedad, entraba en su blog.

Cuando a las pocas semanas descubrí una entrada reciente, me alegré bastante. La nueva fotografía prolongaba la serie anterior, e iba acompañada de una breve anotación: La luz penetra hasta el último espacio abierto; jueves, a las tres. Sin embargo, no estaba firmada, pero no dudé de que era obra suya. Me costó identificar el punto exacto donde había tomado la imagen, pero con paciencia lo logré. Aparecía una intrincada selva de patas de sillas de una terraza, al final de la cual identifiqué uno de los lados de la Plaza Mayor. No me cupo ninguna duda al cerciorarme de que arriba del único arco que se vislumbraba aparecía uno de los medallones que adornan las fachadas de los edificios que forman el espacio. Este análisis detectivesco no me produjo mayor satisfacción. Era original, y la luz reflejada en el metal plateado producía un juego de rayos único, aunque, aparte del valor estético, poco más me transmitía. Lo que me costó interpretar fue la parte del mensaje que se refería al día y la hora. Viki había publicado la entrada el sábado; la había descubierto el domingo. Quedaban cuatro días hasta el jueves, y llegué a la conclusión de que podría ser una cita. No tenía nada que perder. Era curiosidad y no estuve ansioso durante esos días. Era un juego que a lo mejor no era divertido, pero en ningún caso sería peligroso.

Me presenté en la Plaza Mayor un poco antes de las tres. Sobre el terreno comprobé si mis suposiciones eran correctas. No dudé de que la instantánea se había tomado desde la terraza donde me senté en una de las mesas próximas a los soportales. Pedí un carajillo al camarero. Poco a poco se fue ocupando la terraza. La mayoría de clientes tomaban café y se marchaban a continuar su jornada laboral. Mis clases no comenzaban hasta las cuatro y la facultad me quedaba cerca, así que no tenía prisa. Me di cuenta de lo absurdas que resultaban mis especulaciones y me olvidé de Viki y de las fotografías de su blog. Me puse a leer el periódico. Cuando estaba leyendo la contraportada, la vi acompañada de un chico. Los dos se sentaron en una de las últimas mesas de la terraza: a ella, el sol le daba de lleno; a él, en la espalda. Me quedé perplejo, pero más que la aparición súbita de Viki, me perturbó que apareciera acompañada de un chico. Di por sentado que eran pareja, aunque no observé caricias o detalles cariñosos; era la manera en la que charlaban y se miraban. Pensé que ella no se había percatado de mi presencia, pero pronto deseché esta suposición. Claro que me había visto, y era probable que lo hubiera hecho antes de sentarse (ella había elegido la mesa y la silla orientadas hacia donde yo estaba). Estuve a punto de levantarme. No me resultaba agradable tenerla delante junto a otro chico, pero no fui capaz. Una fuerza gravitatoria irresistible me retenía en la silla. A veces me daba la sensación de que me miraba como si le sonara mi cara sin recordar de qué; otras, estaba convencido de que me reconocía perfectamente. Se levantaron antes que yo. Anhelé que me saludara, mas tan solo me dedicó una mirada que no supe interpretar. Supuse que se dirigirían a su facultad. Estuve tentado de seguirlos, pero no me atreví.

Mientras me alejaba de la Plaza Mayor, intentaba convencerme de que había sido una casualidad y que Viki no se había percatado de mi presencia. Se trataba de imaginaciones mías y, por tanto, la conclusión que debía sacar no podía ser otra que olvidar el blog y a Viki. No lo conseguí. Su recuerdo no me resultaba molesto, aunque me había quedado frustrado. Era una frustración soportable, si bien acrecentaba mi inseguridad.

Tardé en entrar en el blog otra vez. Desde la primera publicación de esta última serie de fotografías había insertado tres más. Las imágenes eran del estilo de las anteriores —minúsculos seres, como una diminuta hormiga roja; los pétalos gigantescos de una florecilla y un ojo—. Sin embargo, en todas había una fecha imprecisa en el pie de página, ya que solo marcaba el día de la semana y la hora. A saber por qué se acompañaban de esa leyenda. Aunque en el caso de la fotografía de la selva de patas de silla la interpretación que efectué había sido válida… Cerré el blog. No deseaba adentrarme en el mundo fabuloso de las intrigas y alucinaciones. No cometería el mismo error. No podía ser que el intercambio de unas palabras vacuas entre dos seres desconocidos fuera la semilla de una relación rocambolesca.

Al cabo de unas horas, me dejé llevar por el aspecto divertido del misterio y me convencí de que tal vez era un juego. Aunque no sacara provecho, el mal tampoco podría ser mucho. Abrí el blog y examiné la última publicación, la del ojo. Era de un hombre; seguramente de su chico. La pupila era la boca negra de un túnel sin salida, donde la luz se extinguía. En cambio, el iris era la caprichosa imagen de un calidoscopio. Pero había quedado reflejado un edificio majestuoso. En la parte superior, había una especie de nube blanca en la que adiviné lo que parecía una de las torres de la catedral. Al principio del análisis, no resultó fácil convencerme de que mis especulaciones eran ciertas, pero, al final, no me cupo ninguna duda. La entrada en el blog había sido publicada el lunes y en el pie de foto ponía: Somos espejo que hiere la luz, jueves, a las tres. No me paré a pensar en la leyenda, sino en la fecha. Coincidía el día y la hora con el encuentro acaecido en la Plaza Mayor. Se me ocurrió mirar las anotaciones de las anteriores entradas: la fecha era siempre la misma. Solo quedaba deducir el lugar del encuentro. No resultaba complicado, conociendo la ciudad. La última toma estaba localizada en la escalinata de acceso a la facultad de Filología. Podía fijar la hora exacta en que se realizó la fotografía por el impacto del sol sobre el modelo: enfrente se situaba la catedral.

Cuando me dirigía al lugar, tenía el convencimiento de que todo era una paranoia. No obstante, me dejé arrastrar sin voluntad a mi destino. Si allí encontraba a Viky, sucedería lo mismo que en la Plaza Mayor: formaría parte de una masa indiferente para ella. Si no la veía, sería la prueba definitiva para convencerme de que se trataba de una obsesión absurda.

No tuve que esperar: Viky y una amiga se encontraban en el último peldaño de la amplia escalera para acceder a la facultad. En esta ocasión era yo el que la había descubierto primero. Además, pude moverme con libertad, porque en ese momento se tumbaron en el suelo a tomar el sol —ambas vestían unos pantalones cortos y unas camisetas de tirantes blanca. Yo me senté en un banco de piedra, bajo la sombra de un tenebroso cedro. Me puse a leer el libro que llevaba. No creo que le resultara posible divisarme si se incorporaba: el contraste era demasiado grande entre la luz brillante que refulgía sobre ellas, y la penumbra que me protegía. Además, esos rayos incandescentes dificultarían su visión. Desde la protectora oscuridad escrutaba cada uno de sus movimientos y adivinaba las palabras que se intercambiaban. Antes de que decidieran irse, sopesé la posibilidad de exponerme a la luz, incluso de acercarme y sentarme a su lado, procediendo con naturalidad y aparentando un encuentro casual. Solo fueron unos instantes de indecisión, los suficientes para perderla de vista. Nervioso e irascible entré en la facultad y en un edificio anexo destinado a aulas. No hallé rastro de Viki.

Cuando me serené, pensé que acababa de perder una oportunidad que solo se presenta una vez en la vida. Esta era la segunda vez que se exponía y no me había visto. Probablemente se olvidaría de mí. Lo pude comprobar con mis propios ojos al verla en la escalinata: no mostró interés en buscarme entre la gente.

No era un juego; y si lo era, las consecuencias de participar no eran inocuas, como me había figurado. Sufría y vivía en un estado alterado. Con frenesí visitaba el blog de Viki, buscando indicios de un nuevo encuentro. Transcurrieron muchos días sin saber nada de ella, ni encontrármela por las calles. Desesperado, la había buscado: recorrí la periferia, esos barrios pedregosos y crepusculares, con la esperanza de que la dicha me acompañara y la volviera a ver; visité la Plaza Mayor, jardín cuidado de almas expuestas a la curiosidad de los viandantes, y la escalinata de la universidad, donde forzosamente me la habría de encontrar si estudiaba allí. Vagaba por las calles vivas de una ciudad siempre despierta: ni de noche ni de día pude hallar a esa chica risueña de cuerpo plano.

Las clases habían finalizado y esperaba con ansiedad las notas de los exámenes. Durante esos días últimos me sentía confusamente fatigado. Suponía que era el cansancio de muchas horas de estudio y pocas de sueño. Sin embargo, notaba en mi cerebro un légamo pegajoso que inundaba cada uno de sus recovecos: me encontraba postrado, sin saber cómo aprovechar esas últimas jornadas en las que mis compañeros se divertían. Me levantaba de vez en cuando de la cama a tomar un café y conseguía durante un rato centrarme en preparar el equipaje para regresar a casa. Sobre la mesa descansaba el portátil. Busqué mecánicamente el blog de Viki, y apareció una publicación que no esperaba. Hacía unas horas que la había colgado. Me defraudó su simpleza: la fotografía era la ventanilla de un coche en la que se reflejaba la palabra BUSES, rodeada de ladrillos de cara vista. Era la estación de autobuses, la misma a la que me tendría que dirigir en unos días cuando decidiera partir de vacaciones. Hay momentos de luz y de oscuridad; tu ambivalencia oscila con la inseguridad de una llama de un cabo de vela en la desnuda realidad de la vida, jueves, a las tres.

En ese instante me espabilé. No dudé en ningún momento de que era la última oportunidad de ver a Viki. Sin pensar bien lo que hacía, metí en una mochila ropa como si fuera a emprender un viaje. Y salí de casa para estar en la estación de autobuses antes de que ella llegara.

Me senté en un banco desde el que controlaba la entrada de viajeros. Esa media hora que esperé a que apareciera se hizo eterna. Durante ese rato, me dio tiempo a pensar lo que había sido mi vida. Eran pocas las decisiones que había tenido que tomar, ya que el propio influjo de las circunstancias u otras personas se arrogaron la obligación de decidir por mí. Ya no había vuelta de hoja, pero en esos momentos me sentía un pelele bamboleado al antojo de otros. Aunque parezca mentira, Viky no ocupó mi mente en esos minutos. Por eso, cuando la vi entrar por la puerta arrastrando una maleta, me sorprendió realmente, como si el momento fuera fruto de la casualidad. Como siempre que algo así me sucede, me quedé sin aliento y sumido en una parálisis incapacitante. Creo que tampoco ella fue consciente de mi presencia. Mis ojos siguieron su estela por los recovecos de la estación hasta que la vi colocar la maleta en el portaequipajes y subir al autocar. En un momento, percibí que se daba la vuelta y buscaba a alguien entre los viajeros; o tal vez, era una mirada para contemplar por última vez lo que dejaba atrás.

Salí de la estación anestesiado contra cualquier tipo de emoción o pensamiento. Lo único que se me ocurrió, mientras caminaba a mi piso de estudiante, fue entrar en la primera peluquería que encontré al paso y ordenar que me raparan. Desde entonces, no me he vuelto a dejar crecer el pelo y cada vez que alguien mete unas tijeras en mi cabello pelirrojo, me acuerdo durante unos instantes de esa chica de pecho plano que se llamaba Viki, que consiguió imprimir un halo en mi titubeante fuego existencial y quedarse conmigo para siempre.







01/10/25

FOSO DE LAVADO

 


Las atracciones de feria se sucedían unas detrás de otras en una gran avenida de cachivaches luminosos que llenaban el espacio de sonidos fragmentados, algunos chirriantes. Con todo, se soportaban los ruidos porque las caras alegres de la gente compensaban las molestias. El gentío se repartía entre las tómbolas, las pistas de coches de choque, las tabernas, las norias, los carruseles… En cada una de las atracciones había gente, pero a todas se podía entrar sin necesidad de esperar colas. Probablemente, se estaba llegando al final de las fiestas patronales y todo el mundo estaba agotado.

El paseante se desplazaba sin prisa, observando a cámara lenta todo lo que sucedía a su alrededor. Avanzaba y la avenida no acababa. Se asombraba de la extensión infinita de tantas atracciones, dispuestas en dos filas que se prolongaban sin fin. En ese recorrido sintió la ambivalencia que siempre le asaltaba ante el reto de subir a la torre en ruinas, que quedaba a un lado no muy alejado de esa rúa. Era consciente de los peligros que asumía al adentrarse en esa construcción inestable, pero no deseaba rendirse al miedo. Cada vez que subía, los derrumbes eran mayores, la senda más reducida, casi inapreciable porque se iba borrando en la penumbra que envolvía la ascensión.

Los tramos que quedaban al aire hacían inevitable que el abismo se hiciera presente y la única manera de seguir avanzando era no mirar abajo, sino arriba, a los peldaños inestables de madera carcomida. Incluso, a veces, la secuencia de los escalones no era continua, sino que había que avanzar de dos en dos, al haberse desprendido alguno. Se llegaba a plataformas donde terminaba un tramo de escaleras y el siguiente no existía, por lo que había que agarrarse a los hierros incrustados en la pared que habían servido para anclar la estructura de madera.

Finalmente llegaba a la cumbre, pero no era el campanario lo que encontraba, sino una pequeña puerta que comunicaba con los dormitorios del colegio donde estuvo internado de niño. No merecía la pena el peligro al que se había expuesto para llegar a ese destino inesperado. Sin embargo, en esta ocasión, aunque albergó las dudas habituales sobre si subir o no, y pese a estar de fiesta, también se decidió a adentrarse en la torre en ruinas. Las dudas y el temor al peligro no lo sorprendieron, porque eran los ya experimentados en otras ocasiones. Por eso subió anticipando los obstáculos habituales, con el convencimiento de que debía afrontar ese reto.

Las telarañas y el polvo creaban una pátina que desfiguraba los bloques de piedra y los peldaños desgastados. Al llegar a una altura intermedia, se topó con unos andamios cuya estructura metálica era una tela de araña que impedía avanzar por el trazado de siempre. No se amilanó; en ese enredo férreo, camuflada, descubrió una escalera por la que se ascendía. Se encaramó hasta plantarse en los tablones que coronaban el andamiaje.

¿Dónde vas? —le paró un obrero al que no había visto.
—Quiero subir a la torre.
—No puede ser, los dos pisos superiores han sido privatizados —puso de excusa el albañil para impedir el paso.

Se quedó en silencio, como si necesitara un tiempo para entender lo que le decía el operario y examinar el sitio invadido por ese amasijo de hierros amarillos. En esa observación, efectivamente, contempló que en el piso superior se habían efectuado una serie de reformas e, incluso, se vislumbraba que estaban muy adelantadas, pues se estaba rematando un alicatado en las paredes. Las plantas superiores ya no producían esa sensación de derrumbe inmediato gracias a la consolidación de la obra que se estaba realizando.

No creo que tarden en ser vendidas —terminó de decir el obrero, al mirar hacia abajo y contemplar las plantas en ruinas que quedaban más abajo.

Descendió sabiendo que sería la última vez que visitaba la torre. ¿Fue un alivio? No se puede afirmar que el paseante creyera que ya no correría más peligros al no tener posibilidad de subir al edificio. Sin embargo, se alejó de mal humor, al pensar que el dinero de unos pocos conseguía arrebatar los bienes que eran de todos, aunque fuera una torre a punto de derrumbarse en la que cualquiera que se adentrara podría precipitarse al vacío.

Tal vez por esta razón continuó pasando de atracción en atracción, con una pesadumbre que no había sentido al comienzo del recorrido. Llegó a lo que parecía el final. Le sorprendió encontrarse con un inmenso foso y dudó de que también fuera un espectáculo más de los feriantes, pero no cabía ninguna otra posibilidad, ya que no recordaba que formara parte del paisaje urbano. Lo inédito era que no comprendía su sentido ni en qué medida podía servir de diversión al público. Tal vez por esto recorrió con curiosidad el gran cubo gris. Todo él era de un hormigón pulido. En el fondo había una pileta. Se enteró de que se trataba de un servicio de lavandería donde se podía lavar a la vez la ropa de muchísimas personas. Las dimensiones de la caja eran descomunales para tal fin: cabría una colada de muchas toneladas.

Se quedó perplejo mirando con detalle las paredes suaves donde adivinaba ovas finísimas. Se sentó con el deseo de observar lo que sucedía. Había algún espectador más. Se le arrimó una chica morena. Le extrañó que se aproximara tanto. En esos momentos lo que le llamaba la atención también era la salida, por una pequeña puerta ubicada en la esquina del cubículo, de personas que descargaban montones de ropa en la pileta central. Desde el borde estrecho en el que se había sentado tan solo vislumbraba figuras empequeñecidas, ya que la altura era considerable desde su punto de observación. Entraban a por más ropa y la volcaban. El montón que se iba originando era inmenso, pero insignificante en proporción a las dimensiones del cuadrado. No tenía sentido llenar con agua, aunque solo fuera la mitad, ese receptáculo para lavar tan poca ropa. No lo podía entender.

En esas cavilaciones se encontraba, cuando por la misma puerta aparecieron unos niños de ocho a diez años. Calculó que podían ser doce o quince. Todos vestían igual: una sola pieza azul, cuya pernera quedaba por encima de las rodillas. Eran un grupo alegre y divertido. Al poco, formando una coreografía perfecta, comenzaron a saltar sobre la ropa y a tirarla por los aires, pero con una armonía sincronizada. Le sorprendió su destreza, aunque se convenció de que el espectáculo no le aportaría ninguna novedad más, así que, mientras los muchachos seguían con la colada, se levantó. Y junto a él, la chica que había permanecido a su lado. El borde del foso era muy estrecho y la posibilidad de caer a él le hizo avanzar arrimado a la pared, en la que se apoyaba la cubierta de esa lavadora gigantesca.

Sintió alivio al salir. Andaba junto a la chica. Los dos en silencio. Mientras deshacían el camino, miraba de soslayo su cara. Era guapa, no escandalosamente bonita. Le resultaba agradable, una belleza tranquilizadora. La única duda que le asaltaba era si entablaba conversación con ella. Era consciente de que debía decir algo, lo mínimo: preguntarle su nombre. Sin embargo, le inundaba una pereza invencible. Se sentía dichoso estando a su lado en silencio, sabiendo que la muchacha no se separaría. No obstante, estaba seguro de que ella no abriría la boca, por lo que se convenció de que debía ser él quien iniciara la conversación. Avanzaban, decía adiós a conocidos, pero no se dirigía a ella.

En la mitad de la avenida se encontró con un grupo de amigos. Se paró a saludarlos. En ese momento, uno de ellos se puso a hablar con la chica. La vio tan despierta y risueña que le sorprendió su cambio de actitud, ya que con él había permanecido seria y concentrada, aunque no retraída. En ese momento sintió celos. Era probable que ella terminara liándose. Cuatro palabras y dos gracias iban a ser suficientes para conquistarla. Sintió una rabia incontenible, aunque continuó departiendo con el colega como si no le importara nada de lo que sucedía. Al poco, la chica se puso a charlar con el mismo entusiasmo con otro de sus amigos, mientras él continuaba hablando con ese amigote pesado, al que hacía un tiempo que no veía. Estuvo tentado de alejarse del grupo, pero tuvo miedo de que, al irse, ella no lo siguiera. Finalmente, de manera discreta, se apartó de ellos y se fue a acostar.

Caminó despacio hasta llegar a su casa. Durante el trayecto siguió pensando en esa muchacha y culpándose por ser tan idiota por no haber aprovechado la ocasión que se le había presentado de entablar conversación. Le molestaba que, después de haber estado sus cuerpos rozándose, sin que ninguno de los dos se apartara, ella se pusiera a hablar con cualquiera y no le prestara atención. Pero merecido lo tenía, terminaba reconociendo, porque no solo habían sido los roces, sino también su mirada suplicante, que le había invitado a abrazarla.

Era tal su malestar que en el último momento, delante de su casa, con la mano en el pomo de la puerta, dudó si entrar o dar media vuelta en busca de la muchacha.

Entró sin hacer ruido para no despertar a sus padres. El rumor del amanecer se podía percibir en la penumbra del pasillo. Se metió en la cama, pensando que no tardaría en quedarse dormido. Sin embargo, la inquietud continuó azuzándolo. No podía descansar con esa carga de culpabilidad. Era verdad que, por miedo, por pereza, por inseguridad —a saber por qué—, no había dicho nada a la chica, pero, reflexionando, lo achacó a que, aunque era guapa, era baja y le hubiera gustado que fuera más alta… También estuvo ponderando que sus posibilidades de ligar con ella no eran tantas como él se había imaginado y que, si le hubiera hablado, lo más probable es que le hubiera dado calabazas. Así que se convenció de que había procedido correctamente. Incluso, si ella hubiera estado interesada, la relación hubiera fracasado, porque él no estaba seguro de estar plenamente enamorado… Se acabó durmiendo.

Al despertarse, hubo de apresurarse para no llegar tarde a clase. Aunque sentía mucho sueño, agradeció que volviera la monotonía de los días de entre semana: llenaría las horas con el tedio y el esfuerzo exigente del estudio y la paciencia para oír las lecciones de los profesores. No tuvo tiempo más que para sorber una taza de café con leche y colgarse la mochila con su material escolar. Salió corriendo de casa; el coche del vecino, que lo acercaba al instituto, lo estaba esperando.

Al pasar delante de la parada de autobuses, la vio otra vez: sus miradas se cruzaron con claridad. La chica portaba una abultada maleta y de su hombro colgaba un bolso grande. Volvió la cara para continuar mirándola; ella también mantenía firmes sus ojos sobre él. Antes de perderla de vista, llegó el autobús y pudo ver cómo introducía su equipaje en el maletero.

No contaba con esta broma del destino. ¡No había sido suficiente con la desolación de la noche anterior, que ahora, cuando creía que comenzaba ilusionado la jornada, le abofeteaba una vez más con la aparición fugaz de esa misteriosa muchacha! De nuevo sintió atribulación y cómo su ánimo decaía.

Se bajó del coche a las puertas del instituto, pero no tuvo fuerzas para soportar a los profesores todas las horas de la mañana, que se prolongarían sin fin. Era siempre el vértigo. El vértigo a la eternidad, a caer desde una torre cuya ascensión no tenía ningún sentido, a resbalar hacia un abismo tenebroso donde expiar las culpas, a unirse a una persona cuyo amor aventuraba ser un misterio insondable...

Se alejó hasta llegar al promontorio ajardinado donde se sentó en un banco mirando el horizonte abierto y lleno de una luz cegadora, esperando que la claridad del cielo le borrara la pesadumbre.

6


11/09/25

Los contenedores

 


Es el primero en llegar. Trae un palo debajo de la axila izquierda. Se sienta en el banco a resguardo de una marquesina del aparcamiento que aún está a medio llenar. Se coloca en uno de los extremos, pero no apoya el codo en el reposabrazos. Se echa la visera hacia atrás y guarda las gafas de sol. Es menudo y vivaracho. Sus ojos pequeños se escurren de continuo de la órbita como si fueran dos renacuajos en la copa de la mano. Desde el primer momento está inquieto, quizá temiendo ser sorprendido. Sin embargo, cada cierto tiempo deja la mirada fija en la esquina de atrás del supermercado, la parte correspondiente a los almacenes. Comprueba la hora en el móvil. Se impacienta y rebulle en el asiento. Termina por levantarse y dar un paseo, sin alejarse del banco no más de diez pasos. Regresa y vuelve a sentarse. Se echa hacia delante y apoya los antebrazos en las piernas y baja la cabeza, en actitud de pensar. Ese momento de meditación lo calma por un instante, pero la quietud le dura poco: cruza las piernas de las dos maneras posibles, sin permanecer nada más que unos segundos en cada posición. Cuando uno de los empleados de mantenimiento sale del edificio, intercambia unas palabras con él, pero no es más que una breve salutación de dos personas que se encuentran todos los días en el mismo lugar sin que entre ellas haya afinidades.

Observa de hito en hito a los clientes más madrugadores. Cuando le mantienen la mirada, desvía la cara para no enfrentarse al análisis de esos desconocidos, que se sorprenden de su figura. No saben si se trata de una persona que espera a alguien o que se ha sentado a descansar. Se extrañan, porque se convencen de que no es un comprador. Pero nadie se fija mucho tiempo en él como para sacar una conclusión certera y figurarse de quién se trata. Por demás, esos alrededores del centro comercial son también el refugio neurálgico de los estudiantes que hacen pellas de los institutos cercanos, o el enclave del primer botellón de los jóvenes durante los fines de semana, después de comprar la bebida.

Por la puerta acristalada por la que se sale al aparcamiento aparece un hombretón parsimonioso. Viste de invierno, pese a estar a comienzos de verano. No se quita un grueso y sucio abrigo de cuadros ni el sombrero mugriento que cubre una pelambrera enredada y polvorienta. En su barba enmarañada quedan restos de sustancias pegajosas y de otros detritus alimentarios. Arrastra un carrito de la compra donde porta todas sus pertenencias repartidas en la cesta y en bolsas de plástico de diferentes tamaños sujetas de las barras. En la mano derecha porta un pequeño bolso. Se trata de un caracol humano que va dejando un rastro de suciedad.

Antes de llegar a la altura del banco, El de la Vara se pone en pie y se dirige a él sonriendo afablemente. No se dan la mano ni una palmadita. El Caracol lo saluda con indiferencia. El de la Vara lo acompaña hasta el banco como si lo condujera por las dependencias de su casa hacia el salón para que se ponga cómodo, y le anima a sentarse con él. En presencia de El Caracol, El de la Vara se relaja y sonríe con alegría. La pareja departe amistosamente. Tal vez se relaten lo que han estado haciendo durante las horas del día que han tardado en encontrarse una mañana más.

Son los primeros en llegar. Siempre es así, aunque el más constante es el de la Vara. El Caracol llega después, pero su aparición es impredecible, no solo por la hora y el día, sino también por el lugar por donde surge. Duerme donde puede. A veces, si la noche está serena, en el banco de un parque; si amenaza lluvia, se embosca en cualquier techumbre que encuentre a mano: se echa un plástico opaco por encima para aislarse del agua.

El de la Vara no parecería un indigente, de no ser por esa lanza con un pequeño garfio que no sirve para apoyarse al caminar, sino para atrapar los despojos arrojados a los cubos de basura. Llega al supermercado pronto porque viaja en tren. Se para en el apeadero que no queda muy lejos, como un viajero más, si no fuera por ese palo extraño. Tiene casa en propiedad. La heredó de sus padres. Era hijo único. No se debe apañar mal pese a vivir solo, porque la ropa y su higiene personal no llaman la atención de los demás.

—A ver qué nos traen hoy —dice con ansiedad El de la Vara.

—Lo de todos los días —le responde El Caracol.

—Ya, me refiero a que a ver si hay suerte y hay mucho.

—Psss, siempre hay de sobra. Y si no, nos conformamos con lo que haya.

 

El de la Vara se desespera con la filosofía perezosa de El Caracol. Con sus redes formadas por palabras justas atrapa las ansias insatisfechas del otro.

—Además, si tú comes menos que un pajarito —añade para apaciguar su excitación.

Lejos de conseguirlo, El de la Vara, sin decir nada, se levanta y se dirige a los contenedores. Es imposible que los empleados hayan depositado los desperdicios, pero no confía ni en sí mismo y quiere comprobar que no hay nada en ellos.

—¿Hay alguien más? —le pregunta El Caracol cuando vuelve a sentarse junto a él.

—Nadie… Mejor.

—Pero qué ansioso eres… No te das cuenta de que todos los días nos llevamos algo.

La presencia de otros indigentes en el lugar es normal, pero no son tan asiduos como ellos. Incluso, El Caracol no se presenta todos los días. Por eso, cuando aparece, El de la Vara se alegra. Con los otros no se lleva tan bien. De hecho, el que media en esa pequeña comunidad es El Caracol: trata con todo el mundo y todos admiran su desapego en el reparto. Con su cara de filósofo y ademanes eclesiásticos impone ecuanimidad en el pequeño grupo.

Cuando ha pasado una hora larga, se cambian de banco. Salen a la avenida y se sientan en otro próximo a los contenedores. El sol les ilumina sin piedad. Con esa luz inmisericorde, sus rasgos de pobres se acentúan y quedan a la vista de los viandantes. El de la Vara se cala las gafas de sol, porque le molesta esa luz blanca descarnada. A El Caracol le falta el aire, respira con dificultad, pero no se despoja de sus ropajes. Aguanta estoicamente, como soporta el resto de las horas del día. Es cuestión de paciencia, de dejar que el tiempo resbale.

—Ya vienen —anuncia El de la Vara, que ha entrado un momento en la galería con el fin de escrutar los movimientos de los empleados del supermercado.

Los dos esperan sentados y contemplan cómo vierten en los cubos de basura los productos caducados. Los reparten en varios para que no se agrupen los buscadores. Cuando se retiran los dependientes, hay un revuelo de personas que hasta ese momento habían pasado desapercibidas. Abuelos con su bolsa de la compra se apretujan en uno de los contenedores. Son los primeros en escarbar con sus largos brazos dotados de unas manos con larguísimas uñas. Buscan en silencio, concentrados en palpar. Cuando logran asir algo, sacan el brazo con cuidado, como si la presa fuera un pez que con cualquier brusquedad pudiera soltarse de ese anzuelo de dedos descarnados.

—Vamos —El de la Vara anima a El Caracol, que se ha quedado absorto observando el proceder de los ancianos.

La admonición de El de la Vara es vana, ya que sabe que El Caracol, por su corpulencia e indumentaria, no puede meter los brazos, pero le gusta que esté a su lado, como si le necesitara para cubrir sus espaldas. El Caracol guarda en una bolsa lo que va sacando.

Cuando están en esa faena, llegan dos buceadores más a la misma sima de despojos. Se sitúan por el otro lado del contenedor. Mientras revuelven los desperdicios, no dejan de alborotar, pero apenas agarran nada. Uno de ellos es un joven en los huesos, una pena de persona. Le conocen con el nombre de Cafeína, ya que la base de su alimentación son los cafés con leche que le regalan en un kebab que se encuentra en la misma galería comercial. Su vida transcurre entre el centro, una mercería, donde se le pasan las horas muertas conversando con las mujeres en ropa interior que aparecen en la cartelería de la tienda, y el cajero automático, en cuyo suelo se echa a dormir. Hay días que no se le ve por ninguno de estos sitios y muchos de los que lo conocen se alarman por lo que le haya podido pasar. No se mete con nadie y en todos levanta lástima. Es un joven guapo que despierta la compasión de muchas mujeres que tratan de darle una limosna sin él haberla solicitado. Si se acerca, es por si entre los desperdicios hay algún lote de Petit Suisse, por los que siente una pasión infantil. El otro, sin que esto signifique que sean colegas, es El Deportista. Es un viejo que luce mallas, unas deportivas, una sudadera y una pequeña mochila donde transporta su escogida biblioteca de novelas del Oeste. Se supone que tiene casa, aunque nadie conoce su ubicación. Llega también de los primeros al centro comercial, pero su lugar preferido son los bancos de la avenida. Incluso, en ocasiones, se permite el lujo de sentarse en una de las terrazas y pedirse un botellín de cerveza. Mientras fuma, devora las páginas de la novela. Son libros tan viejos y arrugados como él mismo. Los vértices de las hojas se encuentran doblados, rotos algunos, de tanto señalar el punto en el que se deja la lectura, por lo que se puede suponer que son ejemplares que han pasado de mano en mano, o que él mismo ha efectuado múltiples lecturas. Cuando se levanta, al andar se apoya en un bastón de los utilizados para practicar senderismo. Si se acerca al muladar, es por envidia. Rara vez se lleva nada de lo que se saca. Como mucho, algún periódico deportivo atrasado.

—No alborotéis —les dice El Caracol a los de la otra parte del contenedor, como si fuera el padre prior de esa orden de pordioseros.

Por un momento, todos cesan de buscar y posan sus ojos en esa cara venerable, después desvían la mirada para fijarla en los otros. Se observan como si fueran gatos, extraños unos a otros. Saben que, de no ser por El Caracol, no tardarían en sacar las uñas.

Cuando están seguros de que no queda nada de provecho, cesan su batida.

—No dejéis nada tirado —les ordena El Caracol.

De mala gana devuelven al contenedor lo que no les sirve y ese acto de arrojar les supone un esfuerzo moral grande.

Todos se llevan algo en el reparto. Incluso El Deportista, pese a no haber encontrado ningún periódico, acepta un paquete de cuatro botellines de cerveza. Desencaja las botellas del cartón y las mete en la mochila, donde quedarán amortiguadas entre sus novelas ajadas.

—Tienes que comer cosas de sustancia —le recrimina El Caracol a Cafeína—. No te das cuenta de que el café es malísimo, si no tienes algo en el estómago.

Le da un paquete de ocho yogures de frutas. Cafeína se le queda mirando, como si no entendiera lo que le dice el viejo. Se retira sonriendo sin llevarse nada.

—No te dije que sobraría —termina enfadándose con El de la Vara—. A ver qué hacemos con todo esto.

El de la Vara mete en una bolsa de plástico lo que le parece bien. El Caracol, que le sientan mal los lácteos, se guarda una bandeja de embutido y una cuña de queso de oveja, pese a anticipar que la digestión sería pesada, pero no puede resistirse a ese manjar.

El de la Vara se apresura para tomar el próximo tren que lo devuelva a su casa, El Deportista camina por el bulevar hasta la zona soleada, donde se sentará en un banco a continuar devorando novelas del Oeste, mientras se bebe el primer botellín de cerveza; Cafeína sigue el mismo rumbo que el anterior, pero se da media vuelta y deshace parte de lo recorrido, hasta que se detiene sin saber por qué, como si hubiera olvidado el lugar al que se dirigía; Caracol se levanta con dificultad del banco, tarda en enderezarse y, antes de ponerse en marcha hacia las afueras, observa cómo los abuelos continúan su búsqueda. Les deja en el banco lo que ellos no han querido. Sabe que vendrán inmediatamente a recogerlo. Así es, los que menos han conseguido, se aproximan con cautela a coger sus sobras. Después, los abuelos, como si hubieran pasado por las cajas registradoras del supermercado, se encaminan a su casa con las bolsas repletas de productos de deshecho.

El centro comercial sigue aprovisionando a estos menesterosos y a todos con sus estanterías colmadas. Y la peluquería, poniendo guapas a las mujeres; y el salón de manicura, creando obras de arte en las uñas; y los solarios, torrando las pieles blancas; y el centro de estética, eliminando vello; y la inmobiliaria, vendiendo propiedades; y las boutiques, proporcionando vestidos que resaltan los cuerpos; y la agencia de viajes, llevando a destinos lejanos; y el banco, repartiendo dinero para ser gastado en el centro comercial; y los restaurantes, ofreciendo menús tentadores… Una Arcadia donde se puede sentir la felicidad por un instante, ya que todo está al alcance.

Es por la mañana, ya casi mediodía, cuando todos los buscadores han conseguido el pan de cada día. El resto de la jornada no tiene mucho interés: toman el sol, ven la televisión, echan una partida de cartas, charlan con sus amistades… Un día más para todos. Pronto llegará el domingo y descansarán, porque el centro comercial cesa su actividad. Y el lunes comienza la semana: otra vez lo mismo. El transcurso de la vida es monótono. Solo se altera unos instantes cuando alguno se va al otro barrio, lo cual suelen considerarlo como una suerte para el finado: “Para lo que pintaba ya…” Son solo palabras hueras, que no reflejan la verdad, ya que ninguno quiere morirse. A su manera encuentran un sentido a su vida que les permite luchar por seguir con su existencia.

El otoño se despidió antes de tiempo. Todos los días eran húmedos. El agua rezumaba por el suelo y ascendía por los zócalos; un viento constante se mecía alrededor de El de la Vara. Se protegía con una pelliza amarillenta, cuyo cuello llevaba levantado a modo de barrera. También se había enfundado un sombrero de lluvia, ya que no le gustaban los paraguas. Aunque el asiento del banco estaba seco, permanecía muy poco tiempo sentado. Prefería recostarse en la pared. Miraba todo a su alrededor, pero sus ojos se fijaban en la esquina por donde habían de aparecer los empleados de mantenimiento con los carros de la basura. Los desperdicios seguían siendo los mismos; no así los que los aprovechaban. Continuaban acudiendo los abuelos con buena salud y El Deportista, protegido con un impermeable con el que tapaba la mochila con sus novelas del Oeste. Hacía tiempo que no se veía a Cafeína.

—Lo habrán internado en algún centro —especula El Deportista, hablando por hablar.

Ninguno de ellos se preocupó por El Caracol. Llevaba un tiempo sin dejarse ver, pero no se extrañaron. No era muy habitual que abandonara la ciudad, aunque alguna vez desaparecía.

—Fui a visitar el cementerio donde descansan los restos de mis padres —le oyeron decir en ocasiones cuando le preguntaban por su vida después de estar un tiempo ausente.

El de la Vara era el que más echaba de menos la compañía de El Caracol. No se puede decir que mantuvieran una relación de amistad franca, pero El de la Vara estimaba que, por lo menos, él se podía considerar confidente, porque más de una vez le había confesado que lo que más temía era morir en cualquier parte y que no lo enterraran en la sepultura familiar.

—Una vez muerto, ¡qué más da adonde a uno lo metan! —se extrañaba El de la Vara por este asunto tan pusilánime.

El Caracol no entraba a debatir esta cuestión, pero su deseo era reposar junto a aquellos que le dieron la vida. No contaba nada de particular de sus padres, si bien se le notaba que estaba muy unido sentimentalmente a ellos.

Una mañana, cuando el centro comercial se adornaba con decoración navideña y no paraban de sonar villancicos machaconamente, se presentó El Deportista a la zona de espera de El de la Vara.

—¿No te has enterado? —le dijo casi alegre a El de la Vara.

—¿De qué? —le respondió receloso.

—El Caracol, lo enterraron ayer. Murió en el refugio de transeúntes.

Y El Deportista se dio media vuelta en busca de la zona más cálida del bulevar sin quedarse a ver su reacción.

El de la Vara permaneció inmóvil, observando cómo se alejaba cojeando El Deportista. Cuando fue capaz de moverse, se dirigió al apeadero a esperar el tren sin llevarse nada en su mochila. Tardó mucho tiempo en volver al centro comercial.

Mis propiedades

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