Saliste dejando la puerta entreabierta. Estabas
entristecido: más enfado contigo mismo que con los demás. En ese
momento en el que cruzaste el umbral, disculpabas las voces que te
habían dado.
—Fernando, eres una calamidad. No se puede jugar
contigo.
—No te enteras de la carta que tienes que echar.
—Es
todos los días lo mismo. Pareces alelado. No sé qué coños te
pasa.
—¡Que le va a pasar: que es un viejo pellejo!
Estuviste
a punto de responder que no tardarían ellos en tener los mismos
años, pero te callaste. Siempre te callabas: no eras un hombre de
discutir ni de enfadarse por poco. Las palabras, aunque duelan, se
soportan; peor son los golpes.
—Hasta mañana, —dijiste,
pensando que era un enfado momentáneo y que al otro día ya ninguno
se acordaría.
No te respondieron. Tal vez te dijeran adiós, pero
no los oíste. Cada vez estoy más sordo, pensaste.
Por la tarde
del día siguiente bajaste al hogar del pensionista como venías
haciendo desde mucho tiempo atrás. Tú fuiste uno de los fundadores,
el más viejo en ese momento, cuando te faltaba muy poco para cumplir
noventa. Tuvisteis que realizar mucho papeleo para que os concedieran
la ayuda económica con la que comprar el mobiliario y convencer al
alcalde de que os cediera una instalación. La sede se estableció en
el antiguo local, ubicado en el mismo ayuntamiento, que sirvió
durante un tiempo de comedor escolar. No estaba mal. Era un poco
pequeño, por eso no había que descuidarse para llegar temprano y
sentarse en una mesa. Los que no cabían se salían fuera, si hacía
bueno, a echar la partida en las mesas de cemento y, si no, tomaban
el sol sentados en los poyos. Era un lugar protegido del aire de
abajo, al que le daba el sol hasta que se ponía. A veces ascendía
un poco de relente del arroyo; entonces entrabais u os marchabais.
De
camino a casa, al cruzar el puente, alzaste el cuello de la pelliza
para que no se te enfriara la cabeza sin pelo y espabilaste para
llegar cuanto antes. No dejabas de dar vueltas a la jodida partida.
Lo de menos era perder; lo importante era pasar el rato, te dijiste
intentando convencerte de que a tus compañeros de juego ya se les
habría olvidado el enojo. Habíais sido amigos, socios de la
Hermandad y colegas de tajo en numerosos frentes. Toda la vida
juntos, desde niños. Vuestro mundo era el pueblo, y la humanidad,
casi exclusivamente los vecinos. Nadie debía enfrentarse, y menos
por cosas del juego.
No te atreviste a contarle nada a la abuela,
pero ella barruntó que algo te sucedía. No eras hombre de andar
apesadumbrado y siempre mostrabas una sonrisa.
La
sonreíste cuando te preguntó, pero no se quedó tranquila. Supo que
algo te preocupaba.
—Nada, tonterías —acabaste
reconociendo.
Te dejó en paz.
Al día siguiente, te
descuidaste un poco. No es que salieras más tarde; como siempre,
después del Hombre del tiempo. Puede que caminaras más despacio.
Aunque cada vez estabas más encorvado, movías las piernas con
agilidad, apoyado siempre en la cachaba que te proporcionaba
seguridad.
—Buenas tardes —saludaste con alegría.
Algo
llegaron a musitar, pero sin el entusiasmo con que tú los habías
saludado.
Colgaste la pelliza y la gancha en el perchero; también
guardaste la gorra en un bolsillo. Todos los jubilados os la
quitabais en un sitio cubierto, incluso en vuestra propia casa.
Buscaste con la mirada a tus compañeros de brisca. Te acercaste y te
quedaste de pie. No había silla para ti; la partida había
comenzado: otro socio te había suplido. Los contemplaste sin
reprocharles nada.
—¿Qué pasa, Fernando? —te dijo uno
después de unos segundos.
Los demás ni siquiera te miraron.
Estaban pendientes de pillar las señas de los contrarios y de que no
les descubrieran las suyas. Aguantaste un poco más sin moverte,
intentando mostrar un semblante tranquilo, como si no te sintieras
desairado. Al rato, te alejaste. Les dijiste algo, pero, enfrascados
en contar los puntos para comprobar quién había ganado, no se
percataron de que te marchabas. No hacía para estar mucho tiempo
fuera. El sol brillaba, pero la temperatura era baja. Te sentaste un
poco en el poyo. Eustaquio se echaba un caldo. No le gustaban las
cartas, pero pasaba un rato en el club.
—¿No hay partida hoy,
Fernando?
—No.
No quisiste entrar en explicaciones. Eustaquio
tampoco las pidió. Era bastante más pequeño que tú; además, no
paraba de cascar, de decir cosas que ni te iban ni te venían.
Al
final, te marchaste. Como no querías que la abuela te viera de
vuelta mucho antes de lo de costumbre, caminaste más despacio de lo
que podías y te sentaste a descansar. No ibas enfadado, pero te
habría gustado estarlo: echar la culpa de lo que te pasaba a esos
compañeros que no eran tales, a esos antiguos amigos, a esos
ingratos...
—¿Tan temprano vuelves hoy? —se sorprendió la
abuela.
—No ha habido partida —le respondiste.
—¿Qué
cosas dices? —insistió la abuela.
—Que no me han esperado.
Cuando he llegado ya estaban jugando sin mí.
A la tarde siguiente
no querías bajar al club. Te quejaste de algún achaque, pero la
abuela fue intransigente.
—¡Bájate un rato! ¿Qué vas a hacer
toda la tarde encerrado en casa?
Al final, por no contrariarla, te
pusiste la pelliza y bajaste la carretera. El día había estado más
templado que el día anterior. Te animaste. Tal vez te estuvieran
esperando para comenzar la partida, así que no quisiste retrasarte
como la tarde anterior. Una gota de sudor te resbaló lentamente por
la frente cuando te descubriste la cabeza. Antes de quitarte la
pelliza, advertiste de que todos habían dejado de jugar y te miraban
sorprendidos de verte por allí. Tuviste la presencia de ánimo de
dirigir la vista hacia la mesa donde tantos años habías jugado a la
brisca con aquellos compañeros que ahora te observaban, casi
furibundos, por haber interrumpido la partida de todas las tardes. No
tuviste valor para quitarte la pelliza. Saliste al patio y te calaste
la gorra.
—¡Adiós, Fernando! —te dijo Eustaquio, pero no lo
oíste.
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