19/10/26

Última partida

 

Saliste dejando la puerta entreabierta. Estabas entristecido: más enfado contigo mismo que con los demás. En ese momento en el que cruzaste el umbral, disculpabas las voces que te habían dado.
—Fernando, eres una calamidad. No se puede jugar contigo.
—No te enteras de la carta que tienes que echar.
—Es todos los días lo mismo. Pareces alelado. No sé qué coños te pasa.
—¡Que le va a pasar: que es un viejo pellejo!
Estuviste a punto de responder que no tardarían ellos en tener los mismos años, pero te callaste. Siempre te callabas: no eras un hombre de discutir ni de enfadarse por poco. Las palabras, aunque duelan, se soportan; peor son los golpes.
—Hasta mañana, —dijiste, pensando que era un enfado momentáneo y que al otro día ya ninguno se acordaría.
No te respondieron. Tal vez te dijeran adiós, pero no los oíste. Cada vez estoy más sordo, pensaste.
Por la tarde del día siguiente bajaste al hogar del pensionista como venías haciendo desde mucho tiempo atrás. Tú fuiste uno de los fundadores, el más viejo en ese momento, cuando te faltaba muy poco para cumplir noventa. Tuvisteis que realizar mucho papeleo para que os concedieran la ayuda económica con la que comprar el mobiliario y convencer al alcalde de que os cediera una instalación. La sede se estableció en el antiguo local, ubicado en el mismo ayuntamiento, que sirvió durante un tiempo de comedor escolar. No estaba mal. Era un poco pequeño, por eso no había que descuidarse para llegar temprano y sentarse en una mesa. Los que no cabían se salían fuera, si hacía bueno, a echar la partida en las mesas de cemento y, si no, tomaban el sol sentados en los poyos. Era un lugar protegido del aire de abajo, al que le daba el sol hasta que se ponía. A veces ascendía un poco de relente del arroyo; entonces entrabais u os marchabais.
De camino a casa, al cruzar el puente, alzaste el cuello de la pelliza para que no se te enfriara la cabeza sin pelo y espabilaste para llegar cuanto antes. No dejabas de dar vueltas a la jodida partida. Lo de menos era perder; lo importante era pasar el rato, te dijiste intentando convencerte de que a tus compañeros de juego ya se les habría olvidado el enojo. Habíais sido amigos, socios de la Hermandad y colegas de tajo en numerosos frentes. Toda la vida juntos, desde niños. Vuestro mundo era el pueblo, y la humanidad, casi exclusivamente los vecinos. Nadie debía enfrentarse, y menos por cosas del juego.
No te atreviste a contarle nada a la abuela, pero ella barruntó que algo te sucedía. No eras hombre de andar apesadumbrado y siempre mostrabas una sonrisa.

La sonreíste cuando te preguntó, pero no se quedó tranquila. Supo que algo te preocupaba.
—Nada, tonterías —acabaste reconociendo.
Te dejó en paz.
Al día siguiente, te descuidaste un poco. No es que salieras más tarde; como siempre, después del Hombre del tiempo. Puede que caminaras más despacio. Aunque cada vez estabas más encorvado, movías las piernas con agilidad, apoyado siempre en la cachaba que te proporcionaba seguridad.
—Buenas tardes —saludaste con alegría.
Algo llegaron a musitar, pero sin el entusiasmo con que tú los habías saludado.
Colgaste la pelliza y la gancha en el perchero; también guardaste la gorra en un bolsillo. Todos los jubilados os la quitabais en un sitio cubierto, incluso en vuestra propia casa. Buscaste con la mirada a tus compañeros de brisca. Te acercaste y te quedaste de pie. No había silla para ti; la partida había comenzado: otro socio te había suplido. Los contemplaste sin reprocharles nada.
—¿Qué pasa, Fernando? —te dijo uno después de unos segundos.
Los demás ni siquiera te miraron. Estaban pendientes de pillar las señas de los contrarios y de que no les descubrieran las suyas. Aguantaste un poco más sin moverte, intentando mostrar un semblante tranquilo, como si no te sintieras desairado. Al rato, te alejaste. Les dijiste algo, pero, enfrascados en contar los puntos para comprobar quién había ganado, no se percataron de que te marchabas. No hacía para estar mucho tiempo fuera. El sol brillaba, pero la temperatura era baja. Te sentaste un poco en el poyo. Eustaquio se echaba un caldo. No le gustaban las cartas, pero pasaba un rato en el club.
—¿No hay partida hoy, Fernando?
—No.
No quisiste entrar en explicaciones. Eustaquio tampoco las pidió. Era bastante más pequeño que tú; además, no paraba de cascar, de decir cosas que ni te iban ni te venían.
Al final, te marchaste. Como no querías que la abuela te viera de vuelta mucho antes de lo de costumbre, caminaste más despacio de lo que podías y te sentaste a descansar. No ibas enfadado, pero te habría gustado estarlo: echar la culpa de lo que te pasaba a esos compañeros que no eran tales, a esos antiguos amigos, a esos ingratos...
—¿Tan temprano vuelves hoy? —se sorprendió la abuela.
—No ha habido partida —le respondiste.
—¿Qué cosas dices? —insistió la abuela.
—Que no me han esperado. Cuando he llegado ya estaban jugando sin mí.
A la tarde siguiente no querías bajar al club. Te quejaste de algún achaque, pero la abuela fue intransigente.
—¡Bájate un rato! ¿Qué vas a hacer toda la tarde encerrado en casa?
Al final, por no contrariarla, te pusiste la pelliza y bajaste la carretera. El día había estado más templado que el día anterior. Te animaste. Tal vez te estuvieran esperando para comenzar la partida, así que no quisiste retrasarte como la tarde anterior. Una gota de sudor te resbaló lentamente por la frente cuando te descubriste la cabeza. Antes de quitarte la pelliza, advertiste de que todos habían dejado de jugar y te miraban sorprendidos de verte por allí. Tuviste la presencia de ánimo de dirigir la vista hacia la mesa donde tantos años habías jugado a la brisca con aquellos compañeros que ahora te observaban, casi furibundos, por haber interrumpido la partida de todas las tardes. No tuviste valor para quitarte la pelliza. Saliste al patio y te calaste la gorra.
—¡Adiós, Fernando! —te dijo Eustaquio, pero no lo oíste.




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