El vestigio más original de la propiedad que compramos cuando nos afincamos en este paisaje verde próximo a la costa es el limonero que plantó el propietario anterior al acabar de construir la casa que después nosotros reformamos. El árbol se encuentra justo delante de la puerta, protegido por la fachada de los vientos más fríos de la región. Sus ramas retorcidas se extienden a lo largo del lienzo y pugnan con la propia pared, mientras que las que ascienden alcanzan las ventanas de las habitaciones de nuestros hijos. Es señal y guía para identificar nuestra casa blanca cuando recibimos visitas.
Su generosidad nos permite tener al alcance de la mano su fruto durante todo el año, aunque la cosecha más abundante se produce entre las Navidades y los primeros meses del año. En las ramas podemos encontrar al mismo tiempo limones amarillos enormes, otros verdes pequeños en pleno crecimiento y flores. Todas las fases de su ciclo productivo están presentes en él. Es tanta su vitalidad, a pesar de rondar los ochenta y cinco años, que no puedo descuidarme en la poda de los chupones que ascienden ni en las ramas laterales que se expanden hacia fuera en su afán de abarcar más espacio. También he de meter la tijera en los brotes interiores, pues, de lo contrario, se formaría una masa vegetal compacta que impediría la circulación del aire, con el consiguiente riesgo de proliferación de hongos perjudiciales. Por lo demás, pocos cuidados más necesita. Lo abono con compost dos veces al año y no pide nada más. Incluso cuando sufre alguna plaga, no le aplico ningún remedio para paliarla. pues confío en la propia energía vital del árbol.
Su fecundidad nos permite compartir generosamente casi todos sus frutos. Los vecinos entran con confianza en nuestro jardín y cogen los limones que necesitan para preparar dulces con la gruesa piel del cítrico. Si recibimos la visita de alguien, al irse la obsequiamos cortando el fruto delante de ella, sorprendida de la opulencia del árbol y la fragancia de sus hojas. Cuando nos desplazamos a nuestros lugares de origen, llevamos multitud de kilos para nuestros padres, que después los reparten entre familiares, vecinos y amistades. Incluso, cuando quieren corresponder con algún detalle por un favor recibido, ofrecen limones, ponderando el lugar de origen.
Desde mi mesa, situada en el porche donde trabajo buena parte del tiempo, observo cómo los pájaros se posan en el limonero. Casi siempre hay alguno que salta de rama en rama. Los más visibles y ruidosos son los gorriones que revolotean en grupo. Otros pasan desapercibidos, como el colorín, que siempre está solo, medio oculto entre las inmensas hojas. A pesar de su minúsculo tamaño, me percato de su presencia por los leves gorjeos que emite, que me permiten descubrirlo con un poco de paciencia. No siempre me acompaña esta especie, pues hay momentos del día en que los pajarillos desaparecen y regresan más tarde. Tampoco permanecen todo el año con nosotros, por lo que imagino que emigran a algún lugar indeterminado. Alguno de ellos ha hecho el nido en el mismo árbol, en la parte más alta, por lo que no lo descubro durante la crianza, sino cuando me encaramo en una escalera para cortar las ramas superiores y el nido ya ha sido abandonado. Con alguno mi grado de confianza fue intenso. Se acercaba a la mesa de trabajo, entraba en casa si la puerta estaba abierta o me seguía por la huerta, haciéndose notar con su insistente trino hasta que se aseguraba de que lo había visto.
Como una gran gallina clueca, el limonero cobija multitud de plantas redondeadas de claveles del aire que penden de sus ramas. Sujetos a ellas con leves cordeles, se balancean con la brisa, ofreciendo todos sus tallos a los rayos solares y recibiendo por igual las gotas de lluvia y rocío. El movimiento de los claveles recuerda al de unos móviles que dan vida a la solemne estructura de los gruesos troncos hieráticos. Con paciencia, soporta los leves retozos circulares de sus protegidos, que alegran su monótona existencia.
A su vera, mis hijos y los niños del barrio también han pasado horas eternas. En una de las ramas más gruesas até un columpio en el que han jugado todos ellos, incluso algún adulto. Mientras se balanceaban, observaban, al igual que yo desde mi puesto en el porche, el discurrir diario del pueblo. A su sombra, bajo sus ramas, se han tumbado o se han entretenido con máquinas excavadoras, palas, rastrillos, piezas de mecano, muñecas, casitas…, según fueran niños o niñas. Aún recuerdo con nostalgia las horas que se pasaba mi sobrino cuando venía unas semanas con nosotros en verano. Alrededor del tronco formaba una hondonada, a modo de explotación minera, en la que se afanaba en extraer la tierra roja y transportarla en los minúsculos camiones hasta las inmediaciones. Se levantaba y, sin quitarse el pijama ni desayunar, empezaba la tarea del día alrededor del árbol, como si fuera un obrero. Todos los veranos esperaba su llegada a ver cómo reaccionaba. Mientras fue niño, pedía las máquinas y rápidamente se ponía manos a la obra. Pero llegó un momento en que, aunque miró con nostalgia el tronco donde se le pasaban las horas muertas jugando, desistió de continuar con los trajines de la temporada anterior: había comenzado la pubertad y otros ocios habían sucedido a los infantiles esparcimientos.
El limonero parecía eterno. Su vitalidad y solidez auguraban una larga vida que sobrepasaría a la nuestra; sin embargo, ya no estamos seguros de que vaya a ser así. Después de vencer plagas y sufrir la acción destructora de los hongos en algunas de sus ramas, ahora se enfrenta a un insecto foráneo que nadie sabe cómo ha llegado a nuestra región, confinada en el extremo de la tierra que limita con el bravío mar. Igual que malvado enemigo, busca la fragilidad de las hojas más tiernas de las puntas de las ramas para depositar sus huevos. Las ninfas que emergen se fijan al envés de las hojas, donde se alimentan y provocan la aparición de abultamientos o agallas. Transcurridas unas semanas, evolucionan a adultos, realizando nuevas puestas.
Siempre había confiado en la fortaleza de nuestro compañero, pero en esta ocasión me he alarmado al comprobar que el mal puede aparecer de la manera más sorprendente. Sin dudarlo, lo he rociado con un insecticida, he cortado las hojas y los tallos dañados y los he quemado. Sin embargo, la plaga es tan desmedida que los remedios resultan ineficaces, pues nuestro limonero es atacado de nuevo por otras moscas procedentes de otros árboles no tratados.
Mi esperanza está puesta en que, en el transcurso de los pocos años que aún le queden de vida, llegue un invierno gélido que nos castigue con unas cuantas noches de heladas rigurosas e inmisericordes, capaces de aniquilar a este enemigo venido de las tierras tórridas del desierto.
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