En una pantalla mediana se proyectaban imágenes desde un aparato que se manipulaba en la cabina del pinchadiscos. No eran vídeos musicales; se transmitían escenas inverosímiles e inconexas de películas de cine mudo. La música tronaba con desesperación y cada vez que se abría la puerta de la calle huía pavorosamente de ese pandemónium en busca del silencio de los altos tejados. A Ambrosio se le desviaba la mirada hacia ese punto luminoso sin poderlo evitar: resultaban situaciones absurdas, movimientos sin sentido, gesticulación de conversaciones sugerentes de discusiones fuertes… Los actores realizaban guiños a los espectadores que estos no percibían. El policía no pudo reprimir el pensamiento poco juicioso de que a lo mejor esos personajes espiaban a los clientes desperdigados por el bar y se reían de ellos. De vez en cuando, despistaban, dando la sensación de que representaban algo, pero a Escaleras no le engañaban. Advirtió que era una idea irreverentemente fantástica y para olvidarla decidió continuar explorando al confuso estudiante de Psicología, pues le dio la corazonada de que sus informaciones, aunque no muy esclarecedoras a primera vista, eran una pista nada desdeñable.
—Creo ir dilucidando algo de lo que cuentas —se aproximó de nuevo el inspector al tema de conversación—; sin embargo, hay ciertos detalles que no acabo de encajar como es debido. Están claras las razones por las cuales se organizaban esas reuniones festivas; no obstante, no me cabe en la cabeza cómo os manejaban a vosotros, los intermediarios. O, dicho de otra manera, si prefieres: ¿cómo supisteis que se creaban los saraos y por qué os dedicasteis a enrolar a nuevas odaliscas?
El soplón había juzgado la necedad del inspector prematuramente. Por una pregunta así, de sopetón, debió cambiar su idea y reconocer la gran categoría profesional que demostraba como investigador. Era un dardo envenenado, mas, para él, era el trinchante afilado que le iba a sajar la piel para que todo el humor bilioso del quiste de mierda supurara hasta no dejar ni gota de podredumbre. Ya el miedo a la operación, al cirujano, se había extinguido; tan solo anhelaba quedarse limpio, arrojar, aunque fuera con la ayuda de otro, de ese simple policía, todos los malos rollos que habían jalonado su existencia de estudiante en Salamanca.
—Nosotros somos la servidumbre. Yo, al menos —se humilló el triste universitario—. Aunque, es curioso, mi desazón no obedece a que me esté sometiendo a una persona. No me siento explotado, pero sí me veo atado de pies y manos. Tiranizado sin saber a quién o por qué, con lo cual mi rabia, mi desesperación, es mayor, pues no puedo hallar consuelo a mi situación. No pienses que estoy dando rodeos, que exagero mi desgracia… Sé que para ti es difícilmente comprensible. Esto nadie sabe lo que es hasta que no lo pasa en sus propias carnes.
—No sé qué quieres decirme, pero no te preocupes: todo tiene solución en esta vida —trató de consolarlo el sensible Ambrosio.
No es fácil dar aliento a alguien que arrastra su ánimo por los suelos. El que consuela se ve abocado a aconsejar, a atenuar la importancia del sufrimiento, a sacar a relucir sus propias miserias… Todo en aras de cortar la vía de expiación ante el temor de que la confesión finalice en un lloro irreprimible, próximo al paroxismo, que salpique de lágrimas al rostro del interlocutor. Eso temía Ambrosio: que Chus rompiera a lloriquear de un momento a otro y, si Escaleras no soportaba el llanto amargo de una mujer, menos aguantaba el de un hombre. Quizá por eso no enjabonó en exceso los ánimos del muchacho para no dar pie a que siguiera atormentándose con su dolor.
—Lo jodido de este asunto es que todos estamos pillados: unos por una cosa y otros por otra. —Efectivamente, el muchacho se consolaba en el mal generalizado para devaluar la importancia del suyo—. No hay nadie que se salve. Y, puestos a comparar, tal vez yo no salga tan mal parado. Los habrá más inundados en su propia mierda que yo.
—¿Te refieres, por casualidad, a los asistentes a esas fiestas? —dijo el policía logrando meter baza.
—Así es —respondió escuetamente, dejando prolongar el silencio tan solo unos instantes. El policía temió que cerrara el acopio de informaciones—. Sí, yo en el fondo no soy un pringado. No vendo mi libertad por esnifar ni por ningún chute. No obstante, soy un mártir del amor…
—Es decir, que no estás enganchado a nada —lo cortó, mostrando alivio aparentemente por la rectitud de vida sana, cuando, en el fondo, lo que pretendía era no permitir que se adentrara en los terrenos cenagosos del amor incomprendido.
El desconsolado Chus percibió con nitidez que el inspector no estaba dispuesto a escuchar ni a interesarse por cuestiones amorosas. No era un pelma y, resignado, casi humillado y decepcionado, no continuó por esos derroteros. Sabía a la perfección que no era eso lo que buscaba esa noche, pero un desliz lo tiene cualquiera y rectificó imperceptiblemente su discurso.
—Perdona que sea un plasta y me ponga en este plan —dijo amable y cortésmente el estudiante—. Ya se me pasa.
Ambos se contemplaron unos segundos en un armonioso silencio que los aislaba, pero que acabó dejando filtrar algunas de las estridencias que merodeaban por los límites, ansiosas de invadir ese inmaculado espacio. Las bebidas no menguaban. Desviaron la mirada hacia lo más inmediato, mas no fueron capaces de concentrar la atención en ningún estímulo del exterior. La gente hablaba a gritos, la música perforaba los muros transmitiendo una corriente de energía imperceptible que ponía en movimiento a cuerpos que bailaban a impulsos firmes y rabiosos.
A Escaleras, ese intervalo no le sirvió para reflexionar sobre sus contundentes operaciones para extraer el mineral precioso que su interlocutor escondía en ricas vetas. No albergaba ningún temor en los procedimientos de la investigación; incluso, para el bien del chaval, era necesario que soltara todo lo que supiera. Para él supondría una catarsis vital y para él un haz de luz que despejaría las tinieblas densas que cubrían ese misterioso crimen.
—¿Quiénes eran más pringados que tú? —preguntó sin ambages, lanzado.
—Pues, aunque parezca mentira, me dan más pena los profesores que el resto de escoria que los acompañamos. Sí, así de simple —manifestó Chus con la misma muestra de sinceridad—. Ellos, al fin, poseen una posición; son alguien en la vida. Podrían disfrutar de un futuro feliz y ser unas personas decentes, pero, poseyendo tantos dones y tanta suerte, todo lo arrojan por la borda a consecuencia de la coca. No pueden vivir sin esnifar una rayita. Su lucidez, su ritmo de trabajo, su seguridad, la expectación que despiertan entre sus alumnos se pondría en entredicho si no dispusieran de un milimétrico surco de nieve que hiriera dulcemente sus fosas nasales…
—¿Cómo? ¿Cómo dices? ¿Que toda esta historia se relaciona también con la mierda de la droga? —No ganaba para sustos Ambrosio.
—¡Qué te pensabas!
—¡Un momento! —exigió el madrileño—. Creo que me voy aclarando… Entonces, vosotros, Quique y tú, por ejemplo, sois sus camellos, ¿no es así?
El otro pegó un bufido de desesperación. No acababa de entender a ese tío.
—¡Pues claro que no! —«¡Podenco!», hubiera deseado gritarle—. Si ya te he relatado cuál era nuestra misión. ¡Tan solo era esa! Yo no soy un camello. Lo que pasa es que Salamanca es muy pequeña y todos nos conocemos. Pensé que serías capaz de suponer que yo ando en este ajo por el Chomín. Él es quien me ha abierto las puertas de esos círculos.
No era fácil salir indemne de meteduras de pata como esa… ¡cuando más seguro se sentía en el interrogatorio! No existía la facultad de parar la escena, de detener el tiempo en ese preciso momento que se abre la boca y vibran las cuerdas vocales para lanzar el error garrafal. Se cierran los ojos y los labios entreabiertos tiemblan, mientras nuestra capacidad de reaccionar se bloquea. Incapaces de pensar, emergemos a trompicones sin acertar en la salida más idónea, que es reconocer nuestro fallo.
—Entonces, ¿quién coño les pasa la coca? —repuso enseguida de mal humor, como si lo que le interesara más no fuera la pregunta en sí, sino echar tierra sobre el anterior asunto.
Chus no era de los que se regodean en las desgracias ajenas y que, alertas, esperan el momento del fallo para saltar sobre sus oponentes para escarnarlos y humillarlos. El mismo error, tan solo por ser testigo, le suponía tanta vergüenza como al que había cometido. Aceptó las reglas de su juego y continuó igual que si no hubiera pasado nada.
—Eso ya es harina de otro costal.
—¿No sabes quién les pasa la droga? —insistió Escaleras.
—¿Tanta importancia tienen los camellos que les suministran? —articuló el joven, que no veía tan importarte ese dato, considerándolo más bien una cabezonería sin sentido del madrileño.
Escaleras se percató con buenos reflejos de que con procedimientos caprichosos iba a ser muy problemático conseguir que el soplón colaborara y, si lo miraba bien, le asistía más razón que a un santo.
—Chus —por primera vez en toda la noche se dirigió a él por su nombre de pila, como si con ello quisiera poner de manifiesto la simpatía que sentía por él y para recobrar el clima de confidencia y sinceridad—, no me puedo permitir el lujo de despreciar y desechar ningún dato en mis investigaciones. Tal vez para ti sea obvio dilucidar lo que me puede ser apropiado o no, porque tú eres el que controlas la información sobre esta cuestión; pero por favor te pido encarecidamente que te pongas en mi lugar: yo no tengo ni puñetera idea de los ambientes estudiantiles y estoy en Salamanca desde hace poco más de veinticuatro horas. Quizá te resulte que soy un bobalicón y, acaso, que no estoy lo suficientemente preparado para manejarme en estos turbios tugurios tan bien como se mueve Chomín; de hecho, si te hablo sinceramente, ni recuerdo cuál fue la última vez que anduve de juerga por la noche. ¿Qué quieres que te diga? Puestos así, he de reconocer que incluso soy novato en la profesión y supongo que deberé con el paso del tiempo aprender muchas artimañas para moverme igual que un pez dentro de las procelosas aguas de la delincuencia…
A Chus, estas palabras tan sinceras le estaban llegando hasta el alma. Antes que nada, valoraba a la gente que era capaz de contar sus sentimientos. Aquellos que todo se lo tragan y no dejan ni una ranura para dar salida a sus frustraciones no le parecían humanos y huía de ellos temiéndolos, pensando que eran una olla a presión que en cualquier momento podía estallar. Experimentaba una camaradería, una sensación de hermandad de sangre con los que se mostraban como cristal transparente, lo que lo inclinaba inevitablemente a quererlos, pues le inspiraban toda su confianza.
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