—Esa ha sido una constante en su vida: las mujeres arrasaban con él, se lo rifaban, se peleaban unas con otras aun sabiendo que su pugna era fútil; solo se podrían acostar con él una o pocas veces más —proseguía Chus desarrollando la personalidad y las vicisitudes del glosado—. Muchas chicas que lo tuvieron por amante lo consideraban un capricho y, tras permanecer con él una sola noche, salían hastiadas; lo peor era para las micas, como esa incauta alemana, las que albergaron la ilusión de que Quique se convertiría en su novio formal. Esas eran las que sufrían indeciblemente con las inconstancias de su hermoso adonis. Con todo, las examantes suelen guardar buen recuerdo de él, tanto las del encuentro esporádico como las enamoradas, que continuarían dispuestas a perdonarlo con tal de recuperarlo. Pero lo que son las cosas, en pocos años regresó a su patria salmantina y se echó una novia formal. Formal en el sentido de que era estable, pues la joven era una punki. Él mismo adoptó los atuendos de esta tribu, si bien de manera atenuada.
Chus le contó que, durante un tiempo, lo perdió de vista, hasta que se topó con él en ese bar, trabajando de camarero. Más adelante, junto a su pareja y otro socio, se hicieron con el negocio. Había cambiado bastante: estaba más delgado, hasta parecía más alto. Vestía de negro y sus ojos sobresalían más en su cara chupada, aunque seguía siendo irresistiblemente atractivo. De Lucía, la chica con la que salía, no tenía muchas referencias; tampoco sabía en qué base se afianzaba esa relación. Lo que era evidente para ella y para todo el mundo era que continuaba con otras amantes. Y no solo del sexo femenino, sino que se rumoreaba que era bisexual, ante lo cual, algunas amigas íntimas, al enterarse, se apresuraron a realizarse la prueba del sida.
A hurtadillas, mientras Chus chismorreaba, Ambrosio miraba al camarero, que se movía ágilmente detrás del mostrador en discordancia con esa imagen de vago y gandul que acababa de referir su interlocutor. De vez en cuando salía de la barra para ir a recoger de las mesas y del suelo los vasos y las botellas vacías. Hablaba con numerosa gente y a todos sonreía con esa dejadez condescendiente.
—¿Te enteras de qué va el asunto? —lo interpeló melindroso Chus.
A decir verdad, Escaleras no veía muy clara la cuestión. Se había enterado más o menos de las aventuras del camarero, pero no hallaba el lazo de unión con sus pesquisas.
—¡Está muy claro, hombre! —exclamó un poco desesperado Chus—. Taqui y Quique mantenían una estrecha amistad.
El inspector continuaba sin comerse un rosco de la historia. Seguramente Chus pensaba que él sabía más de lo que sabía y por eso se desesperaba al observar la cara a cuadros que se le quedaba al investigador. Este trataba de sosegar al muchacho para que hablara moderadamente y proporcionara todos los datos y hasta las pertinentes conjeturas, pero todo ello despacio para que él lo asimilara bien. En este sentido, experimentaba la misma desazón que cuando iba al cine y no acababa de comprender los entresijos argumentales de la película. Su mujer se hartaba de llamarlo fatuto y lo increpaba diciéndole que si estaba en las musarañas durante la proyección. Solo si ella le contaba los lances y le aclaraba las dudas se sentía satisfecho y podía decir que había visto el film.
—Y esa amistad no nacía del hecho de que uno fuera alumno y otro profesor —continuó Chus—. Era una dependencia muy especial; ¿cómo decirte? Una relación profesional.
—¿Una relación profesional? —se sorprendió el policía, pensando sin poder evitarlo que los dos mantenían relaciones homosexuales.
—Bueno, sí y no. Vamos a ver —trataba de hacerse entender Chus—. Quique es como un relaciones públicas. Él se encarga de reclutar chicas atractivas para fiestas particulares. Hasta yo, en ocasiones, he captado alguna.
—¿Chicas para fiestecitas? —No salía de su asombro Escaleras.
—No son prostitutas ni nada por el estilo… Son chicas normales.
—¿Y qué se celebra en esas reuniones lúdicas, si puede saberse? —preguntó Ambrosio imaginándose ya la respuesta.
—Hay de todo. Yo no he ido a muchas, pero la gente se lo suele pasar bien, muy bien.
—¡Oye! ¿Y esas chavalas asisten por su gusto o son obligadas o reciben alguna recompensa? —le picó la curiosidad a Escaleras.
—Casi todas van porque quieren; no hay ninguna que vaya obligada. Tampoco reciben nada de dinero por ello. Aunque, claro, hay casos y casos. Generalmente, muchas se apuntan por que en esas reuniones se codean con gente selecta y prominente. Imperan el lujo y el gusto exquisito, la coca corre por doquier y pueden pillar algún buen chollo; a estas les va la marcha, esta juerga elitista. Aprovechan la vida a tope y se apuntan con los mejores. Hay otras chiquillas, tan inocentes o tan atrevidas, que se prestan a favores a cambio de cierta benevolencia en la corrección de sus ejercicios escolares y lo pagan correspondiendo a los profesores con su amistad.
Escaleras se quedó con la boca abierta escuchando esas revelaciones. No podía creerse que fueran ciertos esos rumores que a veces corrían por ahí de que los profesores vendían aprobados a cambio de acostarse con sus alumnas; o al revés, de chicas que los sobornaban para no hincar los codos, sobre todo en asignaturas que eran un hueso duro de roer. Debía realizar un gran esfuerzo para creérselo y, si lo hacía, era porque el chivato le inspiraba bastante confianza.
—De todas maneras, no te apures porque, como te he dicho, nadie se siente explotado, y en el fondo a todos nos va la misma marcha. Nos lo pasamos estupendamente y cada uno trata de sacar tajada de lo que puede: unos creándose un círculo de influencias que le pueden venir bien en cualquier momento, otros hacen negocio y sacan sus pelas, otros simplemente disfrutan de lo lindo y otras obtienen notas altas con comodidad. Y los carcamales saborean piel y carne fresca como nunca lo han hecho en sus miserables carreras dedicadas al estudio rancio de ciencias improductivas. ¿Qué le vamos a hacer si la vida es así? —concluyó resignado Chus.
—Vamos a ver, que no me aclaro todavía. —Escaleras pedía paciencia para ir rumiando todo aquello—. ¿Tanto el diputado como Quique como tú mismo habéis asistido a alguna reunión de esas?
—¡Coño! ¡Cuántas veces quieres que te lo repita! ¡Si está más claro que el agua! —se expresó Chus, pero no enfadado, sino aliviado de haber dicho algo que pensaba que le iba a costar demasiado soltar.
—¿Y quiénes eran los otros invitados? —continuó aguijoneando el policía.
—Creo que lo puedes deducir tú mismo. Sobre todo, profesores universitarios, gente ligada de una u otra manera a la universidad —aclaró, sin embargo, el estudiante.
«Pero, bueno, qué es esto; no me lo puede creer —pensaba Escaleras—. Adónde vamos a ir a parar en este mundo». No concebía que una institución tan prestigiosa y con tanta solera se viera arrastrada por las fuerzas telúricas de la corrupción y el vicio más rastrero. Por eso, seguía manteniendo ciertas reservas acerca de todo lo que le estaba contado el muchacho. Era preferible que fuera una invención, siempre comprensible y perdonable, que no una verdad como un templo.
—Entonces, si no he entendido mal yo —trataba de recapitular—, a esas fiestecitas iban profesores y chicas, alumnas que asistían bien porque les apetecía, bien por pagar favores… ¡Vaya, vaya…! ¡Qué interesante! Y a vosotros ¿quién os daba vela en ese entierro, si puede saberse?
—¿A mí o a Quique? No me apetece entrar a explicarte mi vida, porque no te interesa. No te lo tomes a mal —trató de apaciguar el muchacho—, pero no te va a servir de nada conocer esos detalles. Ya te he dicho que yo solo he ido a algunas; es decir, que no sé cómo funcionan exactamente, aunque tampoco es muy arduo averiguarlo. He convencido a alguna chica para que fuera de invitada porque me lo habían pedido amistades. Sin embargo, te repito que a ninguna se la obliga a realizar nada que ella no quiera y, por tanto, no tengo el menor remordimiento. ¡Allá cada uno con su conciencia! Hay otras que se han prestado voluntariamente para introducirse en esos ámbitos; así que hay de todo… Quique tiene otras movidas más raras que no creo que vengan al caso, pero te las podrás imaginar.
No era tan fácil, como presumía Chus, imaginarse qué clase de amistad mantendría un venerable diputado y catedrático con un pelagatos de tres al cuarto. Como no fuera que ambos mantuvieran relaciones amorosas entre ellos, no se imaginaba otro asunto que los ocupara. No obstante, no era fiable guiarse por especulaciones en las investigaciones. Era preferible seguir preguntando hasta que al confidente se le soltara la lengua sin ambages.
—Perdona, no comprendo muy bien la relación de Quique y el diputado —insistió sin importarle demostrar cierta cabezonería.
El chivato no llegaba a comprender cómo podía haber personas que se dedicaran a menesteres policiales siendo tan cerrados de mollera. «Cualquiera un poco espabilado, no como este mequetrefe, se habría enterado con solo escuchar la mitad de lo que le he contado, pero este no se aclarará ni aunque se lo ponga en verso y se lo recite», reflexionó el mozalbete.
—Vamos a ver —comenzó con más paciencia que un santo y procurando poner todo su interés en realizar una exposición lo más pedagógica posible—. Quique, Quique, queda claro, es un cazador de talentos, de chicas. Se conocen y mantienen relaciones porque los dos coinciden en esas fiestas. Puedes suponer que, aparte de sus inclinaciones sexuales promiscuas, dos personas de tal condición se entiendan a las mil maravillas…
Ambrosio desistió de seguir preguntando, aunque no acababa de comprender el asunto. En cambio, cayó en la cuenta y entendió como lógica la base espiritual de esa amistad; es decir, no se extrañaba de que esas dos personas fueran uña y carne. Eran dos almas gemelas, con el desfase propio de la edad: el más joven en pleno auge de su esplendor y el más viejo, ya caduco en su tronío. No obstante, los dos se respetarían y admirarían mutuamente sus respectivas conquistas amorosas. Las conversaciones entre dos donjuanes debían de ser muy interesantes al reafirmar su condición de calaveras lujuriosos. Parecería la conversación de dos carniceros en confesión íntima y sincera de las formas más ventajosas para lograr mayor rentabilidad a sus respectivos negocios.
Escaleras estuvo tentado de preguntarle al estudiante si, aparte de la camaradería propia de calaveras, la amistad que mantenía con la otra trapisonda era de tipo amoroso, pero se aguantó y no se arriesgó al temer que se molestara y se negara a continuar colaborando.
—Está bien. ¿Y dónde se juntan para celebrar estas reuniones? —se interesó el policía, dando un paso más.
—Cada vez en un sitio. A veces en casa de profesores solteros; otras, hasta en algún piso de estudiantes de mucha confianza y discretos o en chalés de las muchas urbanizaciones cercanas… —respondió aséptica pero profusamente el soplón—. En general, impera la discreción. No son escandalosas y, no siendo los adeptos, nadie sabe que se celebran. Existe una segunda tapadera para que los docentes se aprovechen de sus prebendas: consiste en hacerse acompañar por estas jóvenes en viajes a congresos, como si fueran ayudantes de la misma cátedra. Se pasan unas vacaciones de placer en lujosos hoteles con todos los gastos pagados. Estas muchachas siempre son del círculo próximo al catedrático: alumnas con un brillante expediente y trabajadoras que desde sus más tiernos años de facultad sueñan con pasar a ser una más del elenco de profesores del centro donde estudian. Para ello saben que no solo es necesario obtener unas buenas notas y soportar las tareas más abyectas del departamento tan solo con la mísera recompensa de una beca mal dotada económicamente, sino complacer los deseos del catedrático titular en alguna ocasión.
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