I.
Cuando nos mudamos de casa, el único obsequio que recibimos de los nuevos vecinos fue un clavel del aire que nos regaló la tía María. Nunca había oído hablar de esta planta y me pareció fantástica y mágica, al explicarnos cómo habíamos de cultivarla:
—Na, esta la atas con una cuerda y la cuelgas de una rama del limonero —nos dijo la vecina.
—Pero ¿no hay que regarla?
Ni mucho menos hacía falta echarle agua. Vivía sola, sin necesidad de prodigarle cuidados especiales.
Procedimos tal y como nos había dicho la tía María. Los primeros días la mirábamos con cargo de conciencia, pensando, a pesar de las claras indicaciones sobre su cuidado, que éramos unas malas personas por no rociar con un poco de agua a la pobre planta. Nos consolábamos viendo que no se secaba, aunque el polvo y las telas de araña se prendían de cada una de sus puntas. El clavel era muy pequeño: apenas un tallo del que nacían unas fibras marrones.
La planta se fue camuflando entre las ramas del limonero. Cuando por casualidad nuestra mirada la descubría, nos admirábamos de que allí continuara colgada. No moría, pero tampoco crecía; por lo menos, eso nos parecía. Lo único que nos animó en su evolución fue descubrir una mañana de mayo que se estaba formando un capullo y que, claramente, en pocos días, florecería. Nos llevamos una inmensa alegría al verla florecer. Realmente parecía un clavel y, para mayor sorpresa, desprendía una ligera fragancia. Mientras duró la floración, todos los días me acercaba a contemplarlo extasiado. Sin embargo, me decepcioné al comprobar la decadencia notoria de la flor; en cuestión de una semana, se secó, mas sirvió para ilusionarme y volver a tener esperanza en la supervivencia del prodigio vegetal.
II.
No sé cuántos años pasaron, pero un día descubrí que el pequeño clavel se había convertido en una gran esfera, mayor que un globo terráqueo. Seguía mostrando el mismo color polvoriento y aparecía arropada por invisibles telas de araña; sin embargo, ya era una planta que imponía. Su peso era tremendo y, al poco tiempo, el cordón que lo sujetaba a la rama del limonero cedió y la planta cayó al suelo. Observar su interior, formado por tallos casi secos, fue un espectáculo desagradable, como si se abriera el abdomen de un animal para escudriñar sus intestinos. Con una cuerda más resistente até varios talluelos para que sujetaran firmemente la mata a la rama del árbol. Durante la operación se desprendió una ramita: un hijuelo que comenzó una vida independiente. Lo até con otro cordel a otra rama, contento porque no solo comprobaba el crecimiento del mayor, sino que además había logrado descendencia.
III.
Con el paso del tiempo, el clavel primigenio siguió aumentando de volumen, cayéndose por su propio peso del árbol y desprendiéndose de él nuevos hijuelos que fui colgando al lado del clavel madre. Asimismo, el primer brote independiente se fue redondeando y dando otros brotes, que iba prendiendo no ya del limonero, sino del ciruelo, del manzano, del peral… Ya no solo pendían de árboles, sino también de las vigas del porche, de la barandilla de la terraza o de las paredes, de tal modo que no sabía dónde colgar las plantas. También las planté en arriates para comprobar si eran capaces de arraigar. Sobrevivían de cualquier modo y se multiplicaban por doquier. La sensación de ahogo y hostigamiento, después de veinte años de cultivo, fue en aumento. Regalaba plantas a las visitas que mostraban algún interés por ellas; no obstante, era muy pequeño el número que lograba colocar, como suele suceder con las camadas de perros y gatos. Pronto encontré una solución. En el pueblo turístico próximo a nuestra casa, en cuyas calles también los claveles del aire ondeaban en las balconadas, los vendían a un precio desorbitado. ¿Por qué no venderlos yo? La primera idea fue ofrecer a los comercios de recuerdos turísticos las plantas, pero deseché la iniciativa porque pensé que seguramente tendrían en sus jardines la misma ingente colonia que yo. La siguiente idea fue anunciarlos por Internet. Redacté el anuncio y fotografié varias plantas para que los interesados vieran el género, con poca esperanza de que un comprador se interesara, pero, de perdidos al río, alguna decisión tenía que tomar, si no quería que el agobio fuera cada vez mayor.
IV
Javi fue mi primer cliente. Contactó a través de un mensaje de texto. Era de un pueblo cercano. Quedamos un sábado para realizar la transacción. Hasta entonces nos habíamos comunicado únicamente por mensajes. Me dijo que vendría en motocicleta. Yo le proporcioné la dirección para llegar a casa. Esperé, impaciente, a verlo aparecer por la carretera. Efectivamente, vi descender una moto en el tiempo que había calculado para recorrer la distancia que separaba las dos localidades. Lo vi sobrepasar el punto donde le había orientado para aparcar. Estuve tentado de salir corriendo detrás de él cuando comprobé que se pasaba, pero no era cuestión de perseguir a una moto voceando para llamar la atención del piloto, porque, además, ¿quién me decía a mí que fuera Javi, el comprador de claveles, y no cualquier otro motorista de excursión? Sin entrar en casa, paseé intranquilo por el jardín, sin perder de vista la carretera ni las camberas cercanas. Prestaba atención al ruido del motor y también al teléfono, por si me escribía algún mensaje, mientras esperaba que ocurriera alguna de aquellas cosas. Al cabo, volví a ver al motociclista recorrer el trayecto en sentido inverso. Me convencí de que era Javi. Sin embargo, tardó en escribirme de nuevo; seguro que estuvo un buen rato buscando el lugar. Por fin se rindió y otra vez se puso en contacto. Le repetí las indicaciones y le dije, para tranquilizarlo, que lo había visto bajar y subir por la carretera. Esta vez llegó sin ninguna complicación más.
Aparcó la motocicleta, se quitó el casco y pude poner cara a Javi: era un hombretón barbudo, de barriga prominente y de una edad parecida a la mía. No parecía ofuscado ni contrariado por las vueltas que le había tocado dar. Yo, en cambio, me sentía perturbado y no sabía cómo proceder: ¿era conveniente platicar un poco o simplemente ofrecer la mercancía? Opté por lo segundo al mostrarle los claveles más pequeños, una vez que me dijo que solo estaba interesado en los de tamaño menor. Entre los cinco o seis claveles que colgaban del árbol, eligió el más frondoso. Lo desaté, mientras él buscaba dinero en un desusado monedero. Le acompañé hasta la motocicleta y vi cómo guardaba la planta en una de sus grandes alforjas. Se enfundó el casco y arrancó la moto. Lo vi desaparecer sin que llegáramos siquiera a estrecharnos la mano. Eran tan solo unas monedas: apenas lo suficiente para invitar a alguien a un café.
V.
Javi me compró el primer clavel en agosto. Cuando el verano finalizó, pensé que ya nadie más se interesaría por mis plantas. Sin embargo, me equivoqué. Entrado el otoño recibí otro mensaje: Miguel me preguntaba si podía enviarle la compra por paquetería. La idea de empaquetar la planta y enviarla me parecía descabellada y ruinosa si el pedido era un clavel pequeño; pero el comprador me aseguró que él correría con los gastos del envío y, además, su encargo era de mayor enjundia, pues quería un clavel de tamaño grande y otro mediano. Me asusté y me inquieté: primero, porque no sabía cómo empaquetarlos; segundo, porque me entró cargo de conciencia al creer que unas plantas tan desarrolladas no sobrevivirían lejos de la húmeda región donde vivo. Indagué desde dónde me escribía y descubrí que era desde una localidad marítima catalana. Sentí cierto alivio al contemplar la posibilidad de que el grado de humedad del litoral mediterráneo permitiera sobrevivir a los claveles. Con todo, me creí obligado a recordarle a Miguel, como quien no quiere la cosa, que aquí, en el Norte las plantas se la apañan ellas solas con la lluvia que cae o con el casi permanente rocío matinal, dándole a entender que era responsabilidad suya si los seres vivos que iba a adquirir veían truncado su desarrollo vital. Él pasó por alto estas advertencias y su conversación posterior se dirigió a cuestiones más concretas y prácticas. Las fotografías del anuncio constituían un rudimentario catálogo en el que era difícil hacerse una idea del tamaño de las plantas teniendo en cuenta que había en la imagen varios claveles: ¿cuál era la grande? ¿cuál la pequeña? La primera ocurrencia fue numerar las plantas —por ejemplo, «la segunda por la izquierda» o «la cuarta de derecha a izquierda»—, pero no me pareció un sistema serio por dos razones: los claveles no estaban colgados en línea, sino unos más arriba y otros más abajo, y pensé que aquello podía dar lugar a equívocos que, por todos los medios, había que evitar; la segunda razón es que la correspondencia entre la imagen fotográfica y el tamaño real de la planta no era tampoco fiable: lo que en la fotografía podía parecer de enorme tamaño, en la realidad era menor de lo imaginado. La solución fue pesar las plantas. Así dispondría de un parámetro fehaciente para cuando a Miguel le llegara el encargo. Dicho y hecho, las pesé. Con todo, mientras realizaba el pesaje, volví a inquietarme. Llevaba varios días sin llover y el sol había dado de lleno a las plantas, por lo que estas se encontraban bien secas, pero se me pasó por la cabeza que bien podría falsear el peso regándolas o o pesándolas después de una de esas rachas húmedas del oeste. Deseché esas malas ideas y, como vendedor honrado, pesé varias y decidí llamar plantas grandes a las de alrededor de un kilo; medianas, a las de quinientos gramos y pequeñas, a las de cien. Concretamos el pedido tomando como referencia el peso y, cuando Miguel especificó la remesa, me sobresalté y a punto estuve de pregonar a los cuatro vientos la venta que acababa de cerrar; mas, prudentemente, esperé a que fraguara todo el proceso comercial. Con sumo cuidado busqué una caja en la que cupiera el pedido y, además, de regalo, una planta extra. A continuación rocié con la manguera las plantas seleccionadas para desprender las telas de araña y los minúsculos restos vegetales que se adherían. Las colgué en el limonero para que se airearan y escurriera bien el agua. Por fin empaqueté los claveles y me despedí de ellos con cierta aprensión por la vida que llevarían lejos de casa. También temía que no lograran satisfacer a su nuevo dueño y no se desarrollaran como lo habían hecho hasta entonces.
No quise ser yo mismo el que se encargara de depositar el bulto en la oficina de expedición, sino que delegué esa tarea en mi compañera. Le escribí un mensaje a Miguel para decirle que el paquete ya había sido enviado y pedirle que me avisara en cuanto las plantas le llegaran. Pasó un día, pasaron dos, pasaron tres, hasta que, por fin, me respondió que los claveles habían llegado perfectamente y quedaba conforme con la compraventa.
Han pasado varias semanas desde que recibí el último mensaje de Miguel y aún no he decidido en qué emplearé el dinero de la venta. No he querido comprobar tan siquiera si me ha ingresado el importe de la operación. Tan lejos se han ido a vivir y son tantas las incertidumbres sobre su futuro que no me apetece invitar a nadie a un café con el dinero de Miguel.
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