28/07/26

La inconmensurable soledad de mi vida

 

No tengo noticias de personas foráneas que llegaran a vivir a nuestra localidad antes que nosotros. De hecho, es una casualidad que nosotros mismos hayamos recalado aquí, pues, durante la larga búsqueda de una casa que comprar o de una finca donde construir, este lugar fue descartado al comienzo del proceso. Sin embargo, en un domingo crepuscular, cobró fuerza la idea inicialmente descartada y lo que no nos pareció bien al principio, con el transcurso del tiempo, acabó revelándose como el lugar ideal para vivir. ¡Los vericuetos inescrutables del caprichoso destino! El acierto de aquella elección se fue confirmando poco a poco con la llegada de nuevos moradores que, después de nosotros, acababan recalando en el poblado, como si se hubiera convertido en un imán de la inquietud viajera de muchos viajeros.

Siendo sincero, he de confesar que los primeros días y semanas tras nuestra llegada no fueron fáciles. No buscábamos una acogida calurosa por parte de los habitantes del lugar ni, por otra parte, éramos una pareja especialmente magnética que atrajéramos el interés de los demás. En contraposición, no nos frustramos con nuestra soledad. Sin embargo, nuestra hija —habíamos sido padres hacía unos tres años— requería la presencia de otros seres humanos para saber de la vida aquello que los padres no pueden ofrecer, como son los juegos espontáneos o la comunicación infantil. Pronto nos encontramos con otros progenitores cuyos hijos tenían las mismas necesidades y con ellos, a través de nuestros retoños, entablamos las primeras relaciones de vecindad. Ellos nos iban anunciando la incorporación a la vida municipal de los recién llegados. Unos procedían de la zona insular, venían del sur hacia el norte, dejaban el Mediterráneo para llegar al Cantábrico; otros procedían de Inglaterra para aposentar su familia en la costa que baña el mismo mar. Estos últimos fueron bastante numerosos. Nunca les llegué a comprender; no seguían el patrón migratorio de quienes abandonan los países del Norte para buscar el Sur cálido y luminoso. Era como si no estuvieran dispuestos a llegar tan lejos y se conformaran con la mitad del trayecto, con la mitad de la luz y del calor del mediodía, como si no estuvieran dispuestos a olvidar las recurrentes lluvias, los días nublados y los sempiternos prados verdes de su país de origen. ¡Allá ellos con su vida!, cavilaba, aunque no perdía ocasión de indagar en las razones por las cuales terminaban su peregrinación al comienzo de la tierra prometida, porque —y eso era lo que más me sorprendía—, no llegaban con proyectos cerrados que les permitieran conseguir recursos para vivir. Elucubraba creyendo que se aposentaban aquí gracias a unos ahorros cuyo origen se desconocía, quizá de la venta de sus casas o de las indemnizaciones obtenidas tras despidos cuantiosos. Igual que los demás moradores noveles, con el paso del tiempo, adquirían o construían la que acababa siendo su hogar, si bien es cierto que no todos enraizaron para siempre, pues en algunos casos su modo de ganarse la vida o los ahorros no fueron suficientes para sobrevivir con holgura y, de la misma manera misteriosa con que llegaron, se marcharon a destinos desconocidos y solo nos enterábamos de su marcha cuando sobre la balconada de sus viviendas aparecía el cartel de las agencias inmobiliarias anunciando la venta de la que había sido su momentánea residencia. La alegría inicial por su llegada e integración en nuestro pueblo era reemplazada por una amargura incierta que cada vez hacía más inestable la propia existencia. Lo cierto es que también sabía que el vacío dejado por los que se trasladaban era pasajero, pues de la misma manera que se iban los quizá frustrados, otros llegaban llenos de ilusión con la esperanza de encontrar el paraíso en su incierta existencia. No era cuestión de números. No consistía en restar las personas que abandonaban el poblado ni en sumar las que llegaban atraídas por él. Lo que verdaderamente crecía era la desconfianza y pesimismo que se inoculaban en mi alma al no confiar en las expectativas de una hipotética amistad duradera con los recién llegados.

Mi frustración y despego social no se consolidaban solo con los que desertaban, sino con aquellos que permanecían, pues, a medida que nuestros retoños crecían y tomaban rumbos diferentes, la relación se iba distanciando, como si el único vínculo fueran nuestros vástagos, y, por fin, concluía. De algún modo, cuando rara vez coincidíamos, no en el mismo poblado, sino a la salida de un espectáculo o en los pasillos de un supermercado, nos alegrábamos de saludarnos y de intercambiar información de nuestras vidas, pero siempre con la incomodidad del inapropiado espacio para charlar y la fugacidad del momento por las prisas permanentes impuestas por obligaciones indefinidas. Al final, si se daba la casualidad de vislumbrarlos en la lejanía, optaba por no propiciar el encuentro, no ya solo por la insatisfacción anunciada de la débil comunicación que se produciría, sino para evitar constatar el lastre inevitable que el tiempo deja en nuestras vidas. No era por comprobar el deterioro físico, ni por evitar la vergüenza mutua de la falta de fe en la amistad, sino para no caer en la felicidad de un breve encuentro que ahondaría más la inconmensurable soledad de mi vida.

Pasados los años, cuando los primeros síntomas de la vejez me asustaron, llegaron nuevos vecinos, pero la nota común de la inmensa mayoría de ellos era que se asentaban con una clara intención de pasar tan solo un breve tiempo de sus vidas. Eran parejas jóvenes en busca de su primera oportunidad para convivir, trabajadores con empleos temporales, artistas en busca de la inspiración, recién jubilados con el ímpetu de los primeros años de asueto…; además, también se establecieron compañeros de trabajo con los que, tras años compartiendo vecindario sin saberlo, acababa encontrándomelos en el colegio electoral o descubría, durante una intrascendente charla de café, en el propio centro laboral, que vivían en el mismo barrio o que los padres de su novia residían en el mismo municipio. Lo más perturbador fue descubrir que mi ignorancia acerca de sus vidas no tenía correspondencia con el conocimiento que ellos tenían de la mía. Sabían dónde se hallaba mi casa y pasaban por nuestra calle sin que nunca se dejaran ver ni yo, por casualidad, me los tropezara. Tuvo que ser mi compañera la que un día me avisara, sin tiempo de reaccionar para saludar, que un compañero había pasado por la cambera y le había dado recuerdos para mí. Fue entonces cuando comprendí, con absoluta certeza, que el hado acabaría convirtiendo mi soledad en un aislamiento sinuoso en este apartado retiro entre las montañas y la mar inmensa.

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