27/07/26

14. Jesucristo Superestar

 

La vida de un policía va más allá de la parte del día que dedica a sus menesteres profesionales. Vive, sufre y se ilusiona con los acontecimientos que lo rodean. A veces esas experiencias se producen en el mismo transcurso de sus actividades profesionales. Es más, en mi caso, diría que muchas han estado ligadas a las investigaciones a ciertas personas. Mi estancia en Ávila, aunque fue un fracaso desde el punto de vista laboral, fue pródiga en acontecimientos relevantes que quedaron incorporados como vivencias indelebles, aunque no fueran en sí mismas nada importantes.

Aparte del anterior estudiante, también me interesé por otros alumnos de Magisterio. Nuestra pretensión era realizar un cribado de los sujetos que, por sus características, pudieran haberse visto involucrados en alguno de los casos, en especial en el del profesor Reflexionado. He de reconocer que los elegidos se escogían más a voleo que por sospechas estrictas. No es de extrañar que no obtuviéramos resultados esclarecedores. Uno de los individuos seleccionados era un estudiante del último año de carrera. Se llamaba Carmelo. Era un muchachote corpulento. Caminaba como si esto le supusiera un esfuerzo mayor de lo normal. La cara era agradable, al igual que su pelo negro sedoso, tal vez un poco grasiento en ocasiones. Sonreía con afabilidad y todo en la vida se lo tomaba con calma. Sin embargo, su ironía y su forma de hablar creaban inquietud en sus interlocutores, a no ser que fueran amigos muy próximos. Procedía de un pueblo de la Moraña llamado Madrigal de las Altas Torres, por lo cual se hospedaba en una residencia de estudiantes en el monasterio de Santo Tomás, situada al sur de la ciudad. El seguimiento a este chico me permitió conocer a otro grupo de jóvenes con costumbres diferentes. Estos pasaban más tiempo en el internado que en bares. A los tres o cuatro que andaban juntos los unían unas aficiones similares. Les gustaba la música ye-ye, como los Beatles (alguno, incluso, lucía una larga melena, mucho más rara entonces de lo que es hoy en día), seguramente porque estudiaban también en la Escuela de Idiomas y entendían las letras en inglés de las canciones que tarareaban. Estando detrás de este chico y sus amigos, entré a ver una película que me sorprendió muchísimo. No era mi intención seguirlos hasta llegar al mismo salón de butacas, pero viendo el cartel y los cartones con secuencias de la película, sentí curiosidad por ver de qué iba. Sabía que el protagonista iba a ser Jesucristo, cuyo actor, con la túnica blanca, no difería de la imagen que yo mismo me había formado del personaje evangélico, pero otros presentaban una estética que chirriaba con la época en la que se desarrollaba la historia. Los soldados aparecían con cascos plateados, camisetas azules de tirantes y desgastados pantalones vaqueros. Me pareció una estética muy atrevida, pero me tranquilicé pensando que, si la exhibían, era porque la censura había dado el nihil obstat. La sala se llenó. No pude sentarme muy próximo a mis perseguidos porque en los minutos que tardé en decidirme, ellos encontraron acomodo en una parte del salón donde ya no quedaban butacas libres. El no estar cerca me permitió ver la película como un espectador más, olvidando el motivo por el que me encontraba allí. El asombro fue a más cuando en las primeras secuencias apareció un autobús en el que llegan a Tierra Santa los actores, unos jipis americanos, que van a representar la historia y comienzan a bailar y cantar. A partir de ese instante, todo lo que se proyectó no me dejaba de sorprender. Supe que España sería otra muy distinta desde ese momento. El espejo de la pantalla nos devolvió la imagen de la sociedad a la que deberíamos acomodar nuestra vida. La figura tan deificada de Jesucristo se diluía en la historia proyectada, presentándolo como un hombre corriente que, ante la misión que ha de cumplir por deseo de su Padre, duda de su valor. Se plantea si merece la pena el sacrificio al que se va a someter. Convive con unos apóstoles tan humanos como él mismo, en los que halla la deslealtad y la traición. Lucha por anteponer su misión redentora al placer del amor correspondido. En su corta existencia, también sufre la violencia de los poderosos y el desprecio de los sacerdotes. La crueldad con la que lo atormentan y le quitan la vida es más viva que la narrada en los propios evangelios. A pesar de su casi completa ortodoxia y de presentar la figura central de la Biblia con un aspecto más real y digno de admiración que el que aparece en las Sagradas Escrituras, durante la proyección estuve en vilo por si en cualquier momento era interrumpida por mis compañeros del cuerpo policial. Me sorprendía estar viviendo lo que podría ser una atenuada herejía en la católica Ávila. Por otra parte, sentía, junto a los espectadores que se encontraban a mi lado, que todos formábamos una comunidad de privilegiados y que el hecho mismo de estar viendo la película constituía un nexo entre nosotros que no desaparecería con el paso del tiempo. Esa noche, en mi cálida habitación del hotel Continental, no pude pegar ojo reviviendo las escenas más significativas. Yo mismo me introducía en la acción del filme y participaba en ella. Incluso, me atrevía a cantar. La impresión me duró bastante tiempo. De vez en cuando, ya no por la noche, sino a cualquier hora del día, rememoraba una parte de la historia o canturreaba las melodías más pegadizas.


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