En lo que sí debo dar la razón a mi comisario madrileño es en que la práctica policial de esos días me vino muy bien para mi formación. A veces la idea que la población se hace de los cometidos de los agentes policiales está distorsionada. Se piensan que nuestro trabajo consiste en patearnos las calles y husmear en los sitios más variopintos para sacar informaciones concluyentes de los asuntos que nos encargan. Esa es una parte. La más desconocida son las horas que pasamos documentándonos en nuestros archivos y la más engorrosa es la redacción de informes con las conclusiones a las que llegamos. No me había visto en la necesidad de poner a prueba esta destreza y el encargo abulense fue la ocasión oportuna. En principio no me asustaba la redacción, pero cuando, sentado en la mesa de una dependencia en la que nunca reinaba el silencio, me enfrenté a la tarea, no era capaz de cuajar una oración. Era el ruido y el sentirme vigilado por otros compañeros con más experiencia, pero también la dificultad de expresar con palabras escritas hechos contemplados con dos ojos, escuchados con dos oídos, palpados, olidos… ¿Cómo transmitir todas las sensaciones? Para mí, los hechos descritos, las acciones llevadas a cabo, las frases plasmadas en esos documentos no reflejan mi percepción de lo observado si no añado notas del ambiente, si no explico las motivaciones por las cuales los sujetos hacen lo que hacen o no enfatizo el tono con el que hablan. Todo esto puede ser en razón a mi afición a la escritura.
Delante de mí apareció uno de los informes que redacté. Estaba a punto de pasarlo. Siento pudor al leer lo que ya he escrito. En el diario que de manera irregular garabateo, rara vez me da por revisar qué anoté en fechas anteriores, a no ser por una motivación precisa, como me ocurrió esa tarde en la que, solo en mi despacho, revolví los papeles de los incidentes abulenses. Mucho más reparo me da leer estos documentos oficiales. Cuando no me queda más remedio que ponerme con ellos, siento rubor al descubrir fallos, pero, sobre todo, la falta de chispa de mi redacción. Es un texto muerto. Los hechos narrados están amortajados y no consiguen revivir el espíritu que animaba a las personas que los protagonizaron. Por eso me mentalicé con tiempo para soportar los latigazos de mis propios errores cuando fuera pasando las hojas. El primero que redacté recogía las conclusiones a las que llegué después de seguir a uno de los estudiantes de Magisterio. Estos informes los entregué a mis dos jefes: el más inmediato, el comisario Agapito, y a mi superior directo, el comisario Ataúlfo. Temí la reacción de los dos cuando lo leyeran, aunque por motivos diferentes. El abulense, pensé me podría pillar en errores de bulto por no dominar lo suficiente el contexto social en el que me desenvolvía, por lo cual anticipé que no le serviría de mucho mi labor investigadora. En cambio, ante el segundo me presentaba con la angustia con que se enfrenta el alumno al profesor cuando le entrega un examen y espera la nota. Quisiera o no, de él dependía mi avance en el escalafón y cualquiera de mis actuaciones sería juzgada valorando si era apto o no para aspirar a convertirme en un inspector de pleno derecho en el cuerpo policial.
El informe estaba encabezado con los registros habituales de los formularios en los que figuraban los datos referentes a la jurisdicción fiscal que autorizaba la operación, la dependencia policial y el nombre del efectivo a cargo de la investigación y, por supuesto, los datos de la persona objeto del seguimiento.
El sujeto era un estudiante de segundo de Magisterio, de 18 años, residente en un pueblo próximo a la ciudad. Todavía me acuerdo del joven. Aunque en el informe no realicé un retrato pormenorizado, no me hizo falta leer los pocos rasgos que señalé para imaginármelo tal cual era. Alto y atlético, con una espalda fuerte y ancha, y con una delgadez elegante. Muy desgarbado e inquieto, transmitía alegría y deseos de disfrutar de la vida con las ansias inconmensurables propias de los primeros años de juventud. En su cara con pecas se vislumbraba una inteligencia intuitiva y descarada que se atrevía a dominar cualquier conocimiento con tan solo escuchar las primeras proposiciones de los axiomas en los que se basaba el saber. Daba la sensación de que afrontaba los estudios con la dejadez del que se cree sobrado de facultades y de que el reto que ha de superar es de menor entidad del que podría alcanzar. Su mirada era limpia y sincera. Sus ojos mostraban un trasfondo en el que, como en una fuente clara, podía uno vislumbrar su bondad e inocencia. En cambio, cualquier otro observador que no fuera muy agudo en su análisis, prestando atención a su descuidado y contestatario atuendo, a su provocativa forma de caminar apoyando las punteras de las botas y a la desenvoltura de sus movimientos, con los que parecía despreciar el mundo en el que vivía, podría formarse la idea de que el sujeto fuera proclive a cualquier desmán social.
DILIGENCIA DE INFORME.— Se extiende para hacer constar que a juicio de esta instrucción lo que se puede decir del tal individuo es lo siguiente:
——— Se desplaza desde Fuentelavía, donde reside, hasta la capital en una Mobylete los días que el tiempo acompaña. Si llueve, llega en autostop o concierta con algún vecino el viaje en coche. En ocasiones se desplaza junto a otro joven de la misma localidad con el que pasa mucho tiempo en la capital. El regreso a su pueblo lo hace por idénticos medios.
——— Su conducta en el aula es normal. No molesta ni es un cabecilla entre sus compañeros. Llama la atención su comportamiento en los descansos entre clase y clase cuando se ayudan a pasar los mordiscos del bocadillo con largos tragos de vino de una bota que llevan en un morral caqui, similar a las bolsas de los soldados de reemplazo. Algunos de los que se arriman también beben.
——— Después de las clases, junto al tal referido amigo y un grupo de compañeros de la escuela, se dirigen hacia el centro de la ciudad y a la parte interior de las murallas. Hay ocasiones que entran en La Casa de la Cultura a realizar trabajos en grupo o leen el periódico. Otras, toman algo en un bar llamado Teodorillo, por el que tienen especial querencia, situado en la calle Vallespín.
——— En el grupo de amigos, hay un tal José María muy ligado al mundo sindical, aunque las conversaciones que mantienen en el local no suelen referirse a cuestiones políticas.
——— Los desplazamientos a la capital los días festivos son irregulares. Cuando lo hacen, no se encuentran con estos amigos estudiantes. A veces están solos, aunque otras acuden a un local de una asociación juvenil.
——— En estas ocasiones, no se ha observado que mantenga contactos con personas sospechosas con las cuales pudiera coordinarse, en el supuesto caso de que tramaran algo.
——— Tampoco se ha podido constatar que salga con ninguna chica.
——— El regreso al pueblo, los días festivos que vienen a pasar la noche a la ciudad, es muy accidentado, pues han de buscar a alguien conocido que disponga de vehículo con plaza libre.
——— No se ha podido investigar lo que hacen en Fuentelavía por estar fuera del alcance del agente encargado del caso.
El informe continuaba aportando más detalles, todos ellos irrelevantes. Como es normal, en la plasmación escrita de mis observaciones solo anoté la esencia del comportamiento, pero entonces, y mucho más ahora, era casi imposible inhalar la fragancia que se desprendía de la vida de esos muchachos, en especial, la del joven investigado. Muchos aspectos de su conducta se quedaron en el tintero, si bien los recuerdo con bastante nitidez.
El seguimiento de este estudiante fue una de las razones por la que me vi obligado a pernoctar. Yo lo esperaba en la avenida Madrid, a la altura de la estación de autobuses. Las clases comenzaban a las tres y media, por lo que un poco antes merodeaba por allí. Si llegaba en moto, la aparcaba en el portal amplio y oscuro de un pequeño bloque de viviendas, en una de las cuales vivía un vecino del pueblo. Dejaba el casco colgado del manillar y tomaba de las alforjas el material escolar. Llamaba la atención por una impresionante cazadora de cuero de aviador en la que había bolsillos con cremalleras y un gran cuello que levantaba para protegerse del frío. En el mismo lugar aparcaba su amigo del pueblo, el cual, aparte de sus libros, portaba una bota de vino. En el tiempo que duró mi vigilancia llegaron siempre puntuales y no faltaron a ninguna de las clases.
Mi seguimiento en el recinto universitario fue más sencillo de lo que había imaginado. Una vez que hablé con el conserje y supo la directora lo que me proponía, entraba como si fuera un estudiante, o bien un funcionario de la Delegación Provincial de Educación, cuyas dependencias se hallaban en el mismo gran edificio. De hecho, como muy bien observé en mi primera visita a la ciudad cuando vi este complejo, también era un centro para párvulos y niños de Primaria. Por otra parte, aunque la mayoría del alumnado era joven, me percaté de que algunos de ellos hacía ya tiempo que habían dejado atrás sus estudios de Secundaria. Uno de estos sujetos era un cura que calculé podía rozar los sesenta años. Era fiel acompañante de mi investigado y su colega. Aunque no llegué a entrar en el aula, pude comprobar en más de una ocasión que los tres se sentaban juntos en las últimas filas de pupitres. Y, si bien en mi informe anoté que su comportamiento era ejemplar en clase, no dudo de que, si el grupo molestaba a los compañeros o al profesor de turno, no era a causa de los jóvenes, sino de Diógenes, el cura, por su inclinación a comentar ( o más bien refunfuñar, por el tono zumbón con que lo hacía) cualquier afirmación proveniente del docente, si se hallaban en una explicación, o de los propios alumnos, de los que murmuraba al instante de retirarse. Siempre me pregunté qué nexos anudaban la amistad entre esa pareja de estudiantes y el clérigo. Lo lógico, pensaba, era que se repelieran; sin embargo, en la escuela formaban un bloque monolítico. Los tres hablaban y se reían con un entusiasmo que era admirado por el resto del alumnado. Esa relación se sustentaba, además, en la colaboración: se pasaban apuntes, perfilaban los contenidos más importantes en la preparación de las materias y los tres formaban un grupo de trabajo para realizar las tareas que los profesores les mandaban. En una ocasión, incluso, observé que los dos se dirigían a la residencia del sacerdote, ubicada en el recinto amurallado, cerca del Mercado Chico.
Como anoté en el informe, había tardes en las que, después de finalizar las clases, pasaban unas horas juntos. Seguirlos, a pesar de que continuaba considerando las pernoctaciones a las que me veía obligado un sacrificio baldío, era muy divertido y a veces los envidiaba. Después de cuatro o cinco horas aguantando las explicaciones, salir a la calle en grupo era una liberación que festejaban con risas y comentarios de las ocurrencias de sus profesores. El número de chicos y chicas era similar y aprovechaban ese tiempo también para flirtear, si bien tan solo el sindicalista parecía que se había emparejado. Mi muchacho (así lo puedo llamar porque en algunos momentos me sentía responsable de lo que pudiera hacer, como si yo fuera un hermano mayor) también jugueteaba con alguna de las chicas, aunque me dio la sensación de que no se sentía atraído por ninguna de ellas. Antes he dicho que mi responsabilidad basculaba entre el deber y la curiosidad por conocer al sujeto y las personas que lo rodeaban. En una ocasión estuve a punto de abofetearlo, después de ser testigo de la broma que gastó a una de las compañeras. Creo que esta era la que más le atraía pues era con la que más hablaba y además ella también sonreía con más ilusión cuando los dos marchaban juntos. No se le ocurrió otra cosa que, caminando detrás de ella en los soportales del Mercado Grande, aproximarse a la muchacha y tirar de las gomas elásticas del sujetador, soltándolas, como se fueran las de un tirachinas. La chica se dio media vuelta y a punto estuvo de darle una bofetada, pero al comprobar que había sido él, intentó sonreír aguantando la gracia pesada de su amigo.
Siguiéndolos y viendo que no había nada de particular en su comportamiento ni relevante en sus conversaciones, me olvidaba sin pretenderlo de las características de mi misión. No imaginaba a ninguno de ellos como artífice de los desmanes sufridos por los abulenses atacados. Eran jóvenes y aprovechaban los tiempos muertos de ocio para disfrutar como cualquier otra persona de su edad. Donde mejor me pude formar una idea de todos ellos fue en los ratos que pasaban en un bar que se encontraba en la calle Vallespín, más allá de la Academia Militar de Intendencia. Se sentaban en dos mesas y se pedían una jarra de vino peleón. Allí podía escuchar sus conversaciones y observar con más detalle el rostro de cada uno de los integrantes de la pandilla. Me sentía como otro miembro más, aunque mi papel era escuchar sin poder intervenir. No se estaba mal en el local a esas horas últimas de la tarde, después del trajín de todo el día. Era un alivio, y yo mismo notaba cómo mis piernas y el resto del cuerpo se relajaban sabiendo que, aunque me perdiera algo de su conversación, no era nada de importancia. Estas veces en las que no escuchaba lo que decían era como consecuencia de la música de una gramola que sonaba cuando alguien introducía una moneda de cinco pesetas. En ese bar oí por primera vez una canción que luego he escuchado muchas veces. Se llamaba Oxygene, del músico francés Jean Michel Jarre.
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