27/07/26

12. Hotel Continental

 

Recuerdo que, después de viajar unas cuantas veces a Ávila, busqué con impaciencia a mi superior, el comisario Ataúlfo, para transmitirle lo absurda que resultaba la misión. Tras entrar en contacto con los policías locales y conocer con más profundidad los asuntos que les preocupaban, no encontraba justificados mis desplazamientos. Es más, le expliqué a mi jefe que yo, si fuera un agente abulense, también me molestaría si alguien ajeno metiera las narices en hechos delictivos de andar por casa. Por supuesto, le adelanté mis primeras conclusiones sobre la autoría y le dije que para todos los incidentes había candidatos con razones suficientes para llevarlos a cabo y que, por otra parte, no diferían de los que se producían en otras ciudades.

El comisario me escuchó con una atención inusual en él. Me dejó hablar sin interrumpirme, por lo cual tuve la oportunidad de proporcionarle los detalles necesarios relativos a la investigación e, incluso, otros argumentos más personales encaminados a que cambiara de parecer y me apartara de la misión. Mi intuición me aseguraba que iba por buen camino para lograr mi deseo.

¡Joder, Escaleras! ¡Me dejas anonadado!

Sin escuchar una palabra más de su boca, supe que me equivocaba, que cada razón aludida en mi informe era un naipe y que con ellos había erigido una torre de ilusión que el comisario con un simple resoplido estaba a punto de derribar.

¡Tan mal te tratan los paisanos de santa Teresa!

Lo peor no era anticipar que mi misión continuaría, pese a saber que me disponía a perder el tiempo, sino soportar la mofa de mi superior. No me era desconocida, pero he de reconocer que en esa ocasión me cogió de sorpresa y que por eso me dolió más.

El comisario se percató de que se había pasado de raya. Quería a sus hombres. Luchaba por no dejar traslucir el desaliento que a veces sentía cuando se dirigía a ellos. Su ironía le colmaba, pero siendo de un carácter bonachón, por nada del mundo se complacía cuando notaba que hundía el ánimo de sus subalternos.

Mira, Escaleras —me reconfortó como si se tratara de un padre aconsejando a su hijo con cariño—, en esta profesión no es cuestión de estar siempre detrás de malnacidos. ¡Ya tendrás ocasión de enfrentarte a ellos! ¡No sufras!

Agradecí el tono afable con el que se dirigía a mí e intenté detener los consejos que estaba a punto de darme para no parecer más pusilánime de lo que ya me había mostrado, pero esa mañana el comisario Ataúlfo no estaba muy ocupado, o bien dejaba ver una de las facetas en la que menos se prodigaba, la didáctica.

Llevas muy poco en el cuerpo: ten paciencia. Este caso te va a servir para desarrollar más el talento necesario para oler por dónde van los tiros, que descubrir el misterio que hay detrás de un asesinato. Escucha, observa, conoce a las personas, indaga en las razones por las que luchan en la vida o les empujan a realizar actos no habituales. El buen policía es más un psicólogo que un atleta.

Siempre recordaré el consejo que me ofreció mi estimado comisario. ¡Qué perro y sabio es! Aunque no lo comprendo en todas las ocasiones, reconozco que no me gustaría encontrarme a las órdenes de ningún otro superior. Me hace sentir a veces como un muñeco de guiñol. Él me imprime el espíritu con el que suspiro y el que me transmite las pautas con las que me muevo en esta profesión. Espero algún día ser como él, siendo yo mismo el que tome las riendas de mi vida.

A pesar de las recomendaciones y del talante paterno con el que me sentí tratado, no me persuadió de que mi dedicación al caso mereciera la pena, aunque, con un poco más de brío, reanudé mi misión. Lo peor iba a ser convencer a mi mujer de que no me trataban como a un pelele en comisaría. Si había manifestado reticencias a los dos o tres viajes ya efectuados, no sabía cómo se lo tomaría cuando le adelantara la posibilidad de pasar días enteros fuera de casa. De esos desplazamientos iniciales había sacado una impresión no muy positiva de la ciudad. Quiero decir que, aunque me deslumbraron sus monumentos y no podía afirmar que me hubieran tratado mal, no me parecía atrayente pasar varios días allí y dormir en algún hotel. Pensaba, como si fuera un simple turista, que era una ciudad de un día y que me aburriría sin remedio si había de hacer noche, pero llegó un momento en el que las obligaciones se impusieron a todas las consideraciones subjetivas que la ciudad dejaba en mi ánimo. La primera vez que tomé el tren cargado con un bolso con unas cuantas mudas y ropa de repuesto sentí que marchaba desterrado a un lugar inhóspito, frío y muy alejado. Aun no siendo objetivamente verdad, esos eran los sentimientos que teñían mi espíritu. Las jornadas que pasaría allí no podían ser muchas pero, apartado de mi casa y de mi mujer, en los momentos que el tren se alejaba de Madrid, se presentaban como una eternidad. En este aturdimiento angustiado me hallaba, cuando noté que un viejo me observaba con una sonrisilla socarrona.

¡Parece que le ha gustado Ávila!

Esta salutación me dejó desconcertado, pues sabía que aludía a una experiencia pasada que no lograba concretar en mi recuerdo.

¿No le acompaña en esta ocasión el sobrino resalado? —continuaba proporcionándome pistas como si se tratara de una adivinanza.

Tardé unos segundos en reconocerlo y a punto estuve de mandarle a hacer puñetas por su tono burlón, pero me contuve y me engañé a mí mismo diciéndome que tan solo me quería gastar una broma.

¡Vaya sorpresa! —le dije con una alegría falsa, pues lo menos que me apetecía era mantener una conversación banal con un pasajero extraño, por mucho que hubiera coincidido con él en el primer viaje que realicé con mi sobrino. Una vez repuesto del desagradable encuentro, sin embargo, dudé sobre si era conveniente presentarme como policía y aprovechar la oportunidad para charlar con un colega de Reflexionado, pues recordé que me había asegurado que era profesor de la Normal. Con seguridad, porque no me había repuesto del mal talante con el que se dirigió a mí, no tuve el ánimo ni los reflejos para aprovechar la ocasión de ampliar el conocimiento del mundo académico. Aunque, ahora que lo pienso con un poco más de calma, quizá también influyó en mi determinación de seguir como un anónimo viajero, considerar a este hombre ajeno a los trajines del centro. No sé si fue por su atuendo, por su cara chistosa o por el hecho de no haber echado raíces en la tierra donde ejercía. Aunque no intercambiamos nada más que unas breves palabras, percibí que no me quitaba los ojos de encima e, incluso, que no desaparecía de su cara la risilla descarada.

Cuando me apeé y salí de la estación, mi ánimo seguía decaído. Esa languidez vital continuó al encontrarme un día opaco que daba a la ciudad un aire frío y apagado. Incluso, en la avenida moderna que arrancaba desde la parte alta, que en otras ocasiones me pareció una muestra de vitalidad en una población vetusta, percibí que en esa mañana sus altos edificios se habían transformado en inmuebles amortajados con una indecente penumbra. Hasta el granito gris y frío de la fachada de todo el complejo de la sede del Gobierno Civil era más fúnebre que de costumbre.

La razón por la cual se prolongaba mi estancia en la ciudad era llevar a cabo una labor de vigilancia a un grupo de alumnos de la Normal. No eran jóvenes de los que sospecháramos su implicación en el asalto al profesor Reflexionado.

En una reunión que mantuvimos Severino y yo con nuestro superior en Ávila, el comisario Agapito, y otros dos inspectores de la agrupación relacionados con los asuntos políticos, acordamos iniciar una línea de investigación para conocer cuál era el grado de contaminación ideológica del centro universitario. Todos los presentes en esa charla sabíamos que íbamos a emprender una línea de investigación estéril, del mismo modo que ninguno obviaba que lo hacíamos por justificar la presión que los superiores ejercían sobre el cuerpo policial.

Aprovecharemos para meter un poco las narices en el ambiente intelectual de la ciudad —resumió con resignación el comisario, un hombre que luchaba por mantener su humor en un plano superior al de su pesimismo.

Cuando los policías locales se referían a él, casi siempre lo llamaban con su nombre de pila y lo pronunciaban con una mezcla de respeto y de temor. Por lo que lo conocí, no creo que el miedo se debiera a su severidad, sino a la azul mirada de inmensidad marina. Era el pavor al infinito profundo de sus ojos, que unas veces podían transmitir una relajada serenidad y otras las turbulencias de una violenta tormenta. En las ocasiones en que hablé con él he de reconocer que me cautivó su benevolencia hospitalaria, manifestada en una sonrisa esbozada a la sombra de la parra rubia de su bigote.

Fue el propio comisario el encargado de buscarme alojamiento, si bien fue Severino el que me acompañó a dejar mis pertenencias. Se trataba de un hotel decadente situado en las proximidades del patio de entrada de la catedral. No sé por cuenta de quién fue el gasto de mi hospedaje, pero me imagino, viendo la escasa categoría del establecimiento, que los que abonaron las sucesivas facturas fueron los responsables provinciales de la policía. A pesar de su ubicación privilegiada y del esplendor que seguramente mostrara en décadas anteriores, la impresión que noté al entrar en él, en ese día en el que me encontraba tan decaído, fue la de que dormiría como en una pensión corriente. Sin embargo, la habitación que me asignaron era de buenas dimensiones y desde ella, se observaba la fachada, la monumental iglesia y, también, el Valderrábanos, un hotel con más estrellas que el mío, que a todas luces se podía comprobar que se trataba de un antiguo palacio renacentista. Comparados sus nobles elementos con la decoración sobria y degradada del antiguo estilo inglés del hotel en el que me alojaba, se podía justificar la distinta categoría de uno y de otro.

Sin embargo, a pesar de esta primera decepción, siempre que me alojé allí me sentí acogido como si formara parte de una gran familia integrada por la dirección y los empleados; e incluso por alguno de los clientes habituales. Me imagino que el comisario Agapito tendría mucho que ver con el trato que me dispensaron. Esa primera noche, cuando me metí en la cama, noté ya un detalle que me hizo sentirme muy a gusto: los radiadores eran calentados con una caldera de carbón, cuyo olor mineral termina por impregnar los espacios que calienta.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

14. Jesucristo Superestar

  La vida de un policía va más allá de la parte del día que dedica a sus menesteres profesionales. Vive, sufre y se ilusiona con los aconte...