La luz de la tarde se alejaba por occidente creando una cálida penumbra en mi despacho. Me costaba leer y las fotografías se desdibujaban en la oscuridad, dejando en mí una imagen similar a los recuerdos confusos de aquellos días de investigación en la capital abulense.
Alguien había incluido en el dosier, que al final quedó en mis manos, unas fotocopias de las denuncias presentadas en comisaría. Mi compañero Severino quiso centrar solo en ellas nuestro trabajo. Revisándolas comprendí cómo transformamos el sufrimiento de las víctimas en meros trámites burocráticos a través de formularios encorsetados y de una sintaxis absurda. Solo recogemos los hechos, no los sentimientos y el dolor que sale por los poros de los que sufren el ataque de otro. Entre la experiencia vivida y la declaración hay tal distancia, que no me extraña que la propia petición de justicia sea onerosa y muchos desistan de ponerse en nuestras manos.
Encendí el flexo y alargué el brazo articulado hasta centrar el haz de luz en ese desvaído documento. Un profesor de la Escuela de Magisterio había denunciado el robo de una cartera. Me imagino la angustia, después de la sorpresa que se llevaría cuando, sin ser capaz de reaccionar, se encontrara paralizado sin tomar ninguna iniciativa, salvo la de ir a las dependencias policiales a notificar la sustracción. ¿Qué se le pasaría por la cabeza? Tal vez llevara en el maletín los únicos apuntes con los que impartía sus clases; o exámenes que acababan de hacer sus alumnos para corregirlos con tranquilidad en su casa; o las cartillas del banco; o cartas privadas; o su mismo diario personal… Esas preocupaciones, con total seguridad, no quedaban reflejadas en el parte policial. Habría que sumarlas al sentimiento de ineptitud que albergaría por sentirse despreciado vilmente por otro ser humano. En cambio, ¿qué datos figuraban en el formulario?
En Ávila de los Caballeros, siendo las 20 horas y 45 minutos del día 24 de marzo de 1982, ante el agente arriba mencionado.
COMPARECE: En calidad de DENUNCIANTE, mediante DNI n.º 93867001, acredita ser AQUILINO REFLEXIONADO DE SALAMANCA, país de nacionalidad, ESPAÑA, varón, nacido en Valladolid el día 31 de agosto de 1929, hijo de Ventura y Justina, con domicilio en la calle Arturo Duperier, nº 312 de Ávila, tf 9209130812, y:
MANIFIESTA:
Que denuncia la sustracción de un maletín marrón de unos 50 por 30 centímetros en el día de hoy sobre las 20 horas y 15 minutos en las inmediaciones del Jardín del Recreo.
Que mientras caminaba de la Escuela Normal de Magisterio hacia su domicilio, dos individuos, sin que se percatara, le han arrebatado la cartera sin mediar palabra.
Que acababa de terminar su jornada laboral y se dirigía a su casa.
Que no ha sufrido daños personales ni ha sido agredido.
Que el maletín sustraído contenía documentos relacionados con su profesión.
Que no ha habido testigos del robo.
Que los atacantes fueron dos varones de complexión fuerte y de una estatura mayor a la de la víctima, por lo que supone podría ser de 180 o 190 centímetros.
Que no reconoció a los asaltantes y que no puede afirmar que fueran alumnos a los que imparte clase.
El asunto se arregló porque el profesor recuperó su maletín sin que le faltara nada. Fue él mismo el que acudió a quitar la denuncia a la mañana siguiente cuando, al salir de casa, en el portal de su vivienda, lo encontró y comprobó que no había desaparecido de su interior ningún documento. Los compañeros trataron de convencerlo de que no la retirara para indagar y detener a los asaltantes, pero el profesor se mantuvo firme en su decisión de no querer continuar con la denuncia.
Una vez más mi compañero Severino y yo molestamos al profesor para rememorar un dolor que con bastante probabilidad ya se habría atenuado lo necesario como para permitir a la víctima recuperar su ritmo habitual y situar en la giba de los agravios de su vida otra afrenta más que debería recordar posteriormente, pero ya disuelta en el magma existencial de cualquier persona.
Severino se puso primero en contacto con él por teléfono para que nuestra presencia no le cogiera de sorpresa. Quedamos una tarde sobre la cinco en la cafetería Copacabana, ubicada en una de las calles que desembocan en El Grande. Se trataba de un local amplio con extensas cristaleras que permitía ver el trasiego de los viandantes que se dirigían o salían del foro más concurrido de la ciudad. Llegó poco después de haber entrado nosotros. Nos sentamos en una mesa apartada que nos permitía hablar en intimidad y sin que nadie nos molestara. A esas alturas ya no nos presentábamos como policías interesados en profundizar en el ataque concreto que había sufrido nuestro interlocutor, sino como investigadores que indagaban en un conjunto de incidentes significativos que comenzaba a inquietar a los vecinos de la ciudad. Por aquellos días el periódico y los programas de radio locales se hacían eco de estos disturbios y clamaban a las autoridades para que los delincuentes fueran puestos a buen recaudo en la cárcel. Con seguridad acudió a nuestra cita con la sensación de cumplir con un deber ciudadano más que por convicción personal. Intuíamos cuál iba a ser su actitud y preveíamos que el resultado de la entrevista no sería relevante, pero nos pagaban por obedecer a nuestros superiores y realizar los cometidos que nos asignaran y, aunque esta conversación con el profesor la programamos por iniciativa propia, lo hacíamos más por seguir la cadena lógica de los pasos de una investigación que con la esperanza de que tal sujeto nos aportara datos concluyentes. Sin embargo, nos proporcionó un detalle novedoso. Se trataba de que los ladrones no solo le devolvieron el maletín, sino que en su interior habían dejado un mensaje escrito en una cartilla. No nos la enseñó. Aludía a la relación que mantenía como profesor con sus alumnos, sin precisar los términos de la redacción ni detalles más explícitos sobre su contenido.
—¿No sospecha de alguien en concreto? —le pregunté con la certeza de que ya habría repasado la lista de personas dispuestas a atacarlo por haberlas tratado injustamente.
Nos observó a los dos y por su mirada supuse que sí que había procedido tal y cómo yo pensaba, pero no se animaba a decir quiénes podían estar involucrados. Lo que no acertaba a intuir era por qué razones ocultaba los nombres: si era por carecer de pruebas, o por tramar una venganza personal contra ellos sin contar con el auxilio de la justicia. Le creí capaz de envalentonarse y de satisfacer el ansia de reparación del agravio sufrido. Su desmesurada altura, su frágil cara, su pequeña cabeza con cuatro pelos, su chepa de anciano, no podían encubrir una mirada determinada a conseguir lo que se proponía. Me pareció una persona obstinada y con condicionantes muy estrictos a la hora de examinar la realidad. No consideré que nadie de su entorno, menos nosotros, pudiera disuadirlo de la opción elegida para reparar el ultraje.
—Piense y recapacite. Si nos proporciona algún nombre, es fácil averiguar si está involucrado —seguí insistiendo con la pretensión de que se olvidara del ojo por ojo y el diente por diente.
Desvió los ojos hasta posarlos en Severino manteniendo su mutismo, como si lo que yo dijera a partir de ese momento ya no lo fuera a escuchar.
—¿Cree que los que le robaron el maletín eran estudiantes? —le planteó Severino aceptando el protagonismo que el entrevistado le concedía con su mirada.
—No. Rotundamente, no —respondió sin titubear.
Acepté sin rechistar su certeza de que no había sido ninguno de sus alumnos. Estaba convencido de que con la breve imagen formada de los ladrones había repasado a todos los alumnos y ninguno de ellos coincidía con el perfil de los que lo sorprendieron en el parque. Esto no quería decir que, aunque directamente ningún estudiante fuera el responsable de su humillación, no hubieran sido los instigadores de la misma. En este sentido, su venganza no se podría personificar y el conjunto de sus discípulos serían las víctimas de su severidad.
Se incorporó y se despidió con un leve movimiento del brazo, dando por supuesto que lo invitaríamos. Por el ventanal lo vimos encaminarse a la calle solitaria y oscura que se dirigía a la izquierda, en dirección a su casa. A pesar de marchar encorvado y mirando al suelo, su altura era llamativa. Sin abrochar el abrigo descompuesto y meneando las manos como una marioneta liberada, aparentaba un abandono que podría despertar la compasión de cualquiera que se fijara en él. Sin embargo, después de vislumbrarr brevemente la infelicidad y el fracaso de su existencia, a través de su laconismo y su mirada miserable, en ese instante tan solo me acordé de sus pobres alumnos.
No nos fue complicado averiguar la aureola de severidad que rodeaba al catedrático y del sufrimiento que infligía a los desgraciados estudiantes. Su materia era de las más complejas de la carrera, pero él la complicaba mucho más. Nadie dudaba de sus inconmensurables conocimientos, plasmados en manuales y trabajos de reconocido prestigio; en cambio, como docente era una calamidad. Su dicción era incomprensible. Hablaba para sus hombros o en dirección a las paredes laterales. Cuando había de mirar con fijeza a una persona se ladeaba y sus ojos se cruzaban. Además de su tono bajo, hablaba con una rapidez inusitada, como si le urgiera abarcar todos los conocimientos plasmados en sus libros de texto. Muy pocos eran capaces de tomar apuntes, por lo que, a medida que avanzaba el curso, los estudiantes que asistían a sus clases se convertían en testimoniales y su presencia no se justificaba por lo que aprendían, sino por miedo a las consecuencias que tendrían sus novillos en el expediente académico. Sentados en las primeras filas para poder oír lo que decía, aguantaban no solo las explicaciones con un semblante sonriente, sino las retahílas de descalificaciones del docente que, a la menor oportunidad, olvidando la difusión del conocimiento, se desahogaba abroncando a los que no aparecían por sus clases por despreciar el gasto público que el Estado hacía para procurarles una formación. Clamaba contra ellos advirtiendo cuál sería el resultado en su rendimiento y en sus notas, y advertía a aquellos incautos que pensaban que yendo las últimas semanas del curso a sus clases conseguirían limpiar las faltas de su ausencia. Se reía entonces con una malicia que lograba contraer la sonrisa de aquellos que estaban aguantando el chaparrón de quejas sin ser ellos de ninguna manera culpables de la no asistencia de sus compañeros.
Lo peor, con todo, era el bajo índice de aprobados de su materia. Lo normal era superarla en la cuarta o quinta convocatoria, cuando ya sus alumnos creían que no podrían titular a consecuencia de la severidad de Reflexionado. Solo los escasos estudiantes que acudían a sus clases aprobaban a la primera. Poco a poco, si el encono del profesor no se había plasmado en ellos, los demás lo conseguían en las siguientes. Los más desgraciados eran aquellos en los que singularizaba su frustración, a los que atormentaba en el cruel purgatorio de sus clases. A pesar de las horas dedicadas a la asignatura, ninguno de los repetidores aprendía mucho más de los conocimientos adquiridos durante el año correspondiente a su estudio y la sensación con la que salían de sus exámenes no difería de la que tuvieron al examinarse con él la primera vez. Cuando los puntuaba con un cinco raspado era frustrante pensar que las respuestas a sus preguntas no habían mejorado en las sucesivas pruebas de los años extra de estudio, por lo cual el único deleite que lograban con el aprobado era el fin del suplicio, no la satisfacción que proporciona el conocimiento.
A lo largo de la investigación comprobamos de casualidad que el descontento de algunos estudiantes no se dirigía solo a Reflexionado. Merodeando por la gran rotonda del edificio universitario que lindaba con la avenida de Madrid, pudimos leer un letrero, ya apresuradamente borrado, dirigido contra otro profesor de la Escuela Normal. Es más, yo mismo, habiendo ya efectuado varios viajes en tren desde Madrid a Ávila, leí otra inscripción en la fachada de una casa en ruinas cercana a la estación. En ella se calificaba de borrachín a un tal Gorgojo. Tardé en saber qué la persona a la que se aludía era también docente.
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