—Uñas, a por agua.
Te recordarán que seas cuidadoso y que no metas briznas de hierba. Es la tarea que más te gustará. Tomarás el botijo y alegre descenderás la ladera hasta llegar a la fuente. Al aproximarte al manantial, verás el vuelo de los asustadizos jilgueros sorprendidos en su baño. Esperarás a la primavera para disfrutar con los saltos de las ranas; mientras tanto, te conformarás con intentar atrapar a los renacuajos que se deslizarán entre tus dedos… Llenarás el recipiente con la lata que a tal efecto tienes guardada en un recoveco del pequeño berrocal por el que mana la fuente. Apartarás las ovas y otras diminutas impurezas flotantes con el firme propósito de que no te regañen, si al levantar la vasija para que surja el chorro, encuentran algo que no sea líquido. Después, de bruces, beberás hasta saciarte. El contacto con el agua helada te reconfortará y beberás grandes tragos con deleite. Luego esperarás a que la pequeña balsa vuelva a su reposo y contemplarás la fealdad de tu rostro. Apartarás la cara que no quieres mirar, pero la mágica aparición te incitará a encontrar en tu reflejo pequeños detalles que mejoren la primera impresión. Verás que tu risa beatífica no es desagradable y que tus ojos bullen de animación. Con esos dos detalles te reconfortarás e intentarás no desazonarte contigo mismo. De nada vale lamentarse y despreciarte. Eres tú, Sinuñas. Eres como eres y te toca apechugar con tu suerte.
—Espabila, que es para hoy —te reclamará el cortador para que llegues cuanto antes, porque los canteros habrán dejado de trabajar y estarán comiendo el bocadillo.
Los verás sentados al sol. En silencio, masticarán, mientras se entretendrán viéndote subir ladera arriba sorteando los pedruscos y los chaparros que impedirán que avances en línea recta. Tendrás que darte prisa, sí, porque cuanto antes llegues, más posibilidades habrá de que recibas alguna golosina de las que se desprenderán para compartir contigo la merienda.
—Toma —te ofrecerá un trozo de pan de la gran rebanada que él, el capataz, no podrá comer, porque no le aprieta tanto el hambre; más adelante, te cederá las cortezas, ya que sus dientes no las podrán roer.
—Coge un torrezno —te presentará otro la fiambrera para que elijas.
Así, con lo que den, comerás ahora y, después, a mediodía. Tú llegarás a la cantera y regresarás a casa con las manos en los bolsillos.
—Padre, yo voy con usted —te ofrecerás al verlo a punto de sacar las ovejas de la cija.
Eres muy listo y aprovecharás la oportunidad de ofrecerte cuando tu madre esté presente; sabes que él no se negará delante de ella.
—Ya he echado merienda para los dos —dirá la mujer antes de que su marido oponga alguna objeción.
Alegre te situarás al lado de tu padre, a su vera, como un perro más que acompaña al rebaño. Arrearás a las que se quedan detrás con voces que le pondrán de los nervios.
—Déjalas, que vayan a su paso —te corregirá sin que comprendas lo que estás realizando mal.
Recorrerás con la mirada cómo la piara se extiende y te preocuparás de que alguna no se descarríe. Advertirás que se rezagan, que las perdéis de vista.
—Deja tranquilos a los perros —te mandará, después de que te hayas despreocupado de las reses.
No será necesario que obedezcas. Los canes, estando el amo, no querrán saber nada de ti, como si solo reconocieran su voluntad y tú fueras un desconocido por el que no sienten ningún aprecio.
Pasarán las horas sin que tu padre te dirija la palabra. Te aburrirás, aunque no te alejarás de él ni pondrás mala cara.
—Quédate un poco con ellas —te ofrecerá al ver el rebaño tranquilo, esperando que la misión que te encarga sea asumible por ti, mientras se aleja a reparar los portillos de una pared caída de la majada donde podrá dejar a descansar a los animales.
Te sentirás abrumado por la responsabilidad, pero será tu oportunidad con la que podrás demostrar que vales para algo. Los perros se habrán quedado contigo, cada uno en el lugar asignado por el pastor, pero, pronto, los llamarás para que se acerquen y así sentir el dominio sobre ellos. Los fieles canes obedecerán al vicario siendo conscientes de los palos que recibirán después. Las ovejas, de repente, levantarán sus hocicos del suelo y se moverán sin sentido, igual que seres idiotizados. Como ejército en desbandada, azuzadas por perros sin órdenes claras, el rebaño se extenderá o se juntará levantando una polvareda visible desde el corral donde el pastor mueve piedras. Al oír los balidos y distinguir la nube de polvo, regresará en auxilio de su hato de queridos animales.
—Pero ¿estás tonto o qué? Anda para casa.
En conversación, el tiempo correrá sin que os enteréis. Echaréis más leña recién cortada y os tendréis que apartar para no ahumaros. El espectáculo de la humareda intensa y las ensoñaciones en las que os envolveréis os retendrá al amor de la lumbre. La motosierra se enfriará y la olvidaréis cuando estéis construyendo un mundo futuro en el que vuestra vida cambiará gracias al adelanto que acabáis de descubrir. Os conformaréis con la carga que en poco más de una hora habéis logrado reunir. ¡Eso es vivir! Trabajar un poco y el resto del tiempo saborear las delicias del relajamiento mientras se departe y se bebe. La bota no parará de mano en mano. Ese vino tibio prolonga el calor que recibís del fuego vivo y se agradece en la boca pegajosa y en el áspero gaznate reseco de aspirar la humareda.
—¿Sabes qué te digo?
—¿Qué? —le preguntará el hermano mayor.
—Que lo próximo va a ser un remolque.
—Querrás decir un tractor… y un remolque.
—Claro…
—Con un tractor, podremos llevar mucha leña donde queramos.
—Nos ganaremos bien el jornal.
—Anda, ya lo creo que lo ganaremos… De sobra…
Hablarán sin parar y las horas irán cayendo mientras especulen con las posibilidades de sus proyectos.
—Vamos a echar un cigarro y que se joda el amo —le sugerirá el pequeño cuando vea al hermano incorporarse como si quisiera reemprender la tarea.
Llegará un momento en el que nos preguntemos qué falta ha cometido o si nosotros somos responsables de su destino. Siempre encontraremos respuestas que nos eximan de ser los responsables de un temperamento fuera de lo común. Creeremos que la situación familiar fue determinante, que la personalidad llegó marcada con deficiencias desde su origen, que no le ayudaron las personas que lo rodearon, y nosotros nos quedaremos tranquilos convencidos de que nuestra conducta ha resultado inocua. ¡Mentira! ¡Nos mentiremos a conciencia! ¡Con gusto! Nos sobrará compasión. Justificaremos sus desmanes. Pensaremos en él y sus recuerdos nos revivirán su desconsuelo, pero su vida nos resultará ajena pasados esos momentos de reflexión. Nos quedará la sospecha de que quizá lo necesitemos, de que, si no existiera, a la vida le faltaría justificación. Su presencia será el aviso oportuno para el comedimiento en nuestra conducta. Nos permitirá conocer la generosidad, el sentido de la justicia, el merecimiento de una existencia muy limitada que, sin embargo, nos concede una felicidad suficiente para ir soportando un devenir sin demasiados alicientes. Y acabaremos agradeciendo al destino que nos haya alejado de la demencia.
—¿Qué pasa, Juararo? —te saludará con cariño el quinto tuyo, que, cada vez que te ve, se dirige a ti buscando un eco que quizá solo él recuerde de la niñez.
Le sonreirás con esa cara contrahecha en la que desde hace mucho tiempo faltan las piezas esenciales para masticar y, en consecuencia, dejan marcados hoyos profundos en tus carrillos. Por unos momentos tus ojos brillarán con una mirada revuelta, llena del polvo acumulado después de transitar por muchos caminos y de aporrear piedras toda tu vida.
—Hola —responderás con alegría, retrotrayéndote a bastantes años.
Tú, Juararo, no percibirás nada más que la satisfacción de ese instante; quizá, afloren recuerdos de tu niñez, de los recreos en el patio de la escuela, en las calles polvorientas o llenas de barro, cuando eras un muchacho espabilado y diestro en los juegos. Olvidarás que tus manos están engarrotadas y sentirás que recobran la ligereza y flexibilidad de cuando agarrabas una bola de acero para atinar y hacer gua en el hoyo excavado con el talón, o sacabas del triángulo las canicas de los demás niños. Tu sonrisa tímidamente pícara de cuando espolichabas a todos aún se reflejará en las distintas muecas que se sucederán en tu rostro. En alguna de ellas, tu amigo vislumbrará el liderazgo antiguo y daría mucho porque a ti regresaran esas glorias y dejases esa soledad retraída. Pero la vida es puñetera y degrada a quien le viene bien, sin considerar el daño que se ha de sufrir.
¿Por qué han de sufrir? ¿Qué pena están cumpliendo?
El amigo sentirá rabia, mucha rabia y desconfiará del mundo, de la existencia de un Dios justo que debería ser lo suficientemente listo para discernir quién merece un tormento perpetuo y quién una vida digna. De nada servirá buscar culpables ni responsabilizar a la pusilanimidad de un destino escrito. El suyo será más dramático, pues era de los espabilados, de aquellos que se creía que se desenvolverían bien en la vida. Pero en su camino no hubo asueto ni persona de la que fiarse. Tampoco nadie que lo enseñara a creer en sí mismo. Había de confiar solo en los suyos, sin que los que lo protegían fueran conscientes de que sus días estaban contados y no siempre estarían a su lado para pensar por él ni quererlo como lo querían.
Esperarás como perro adulón a que llegue alguno de tus patrocinadores. No podrás situar la mirada en la lejanía, porque tus ojos perdieron la vista, como tu entendimiento olvidó las raíces del juicio social. Tú eres tú. Los demás solo existen si te son de provecho, aunque te escarnezcan. Preferirás sufrir sus desmanes si sabes que recibirás una recompensa. Aquellos que sientan misericordia por ti, si no son desprendidos, los despreciarás. Tu piel es demasiado negra y dura como para que te hieran los insultos y el desaire de quienes te consideran un miserable. Los que te molestarán sobremanera son los muchachos que quieren reírse a tu costa. Con ellos sí que te enfadarás y rabiarás. Si te fuera posible, los despellejarías vivos, pero son escurridizos para tus atrofiadas zarpas. Antes de que se acerquen, te enfurecerás y fruncirás el morro, exhalando gruñidos como bestia acorralada. Más que miedo infundido será un acicate que instigue a los mozalbetes a hacerte rabiar. No adivinarás sus intenciones y, aunque tu espalda esté a resguardo apoyada en la pared, no podrás evitar que alguno de ellos, a traición, te tire la gorra al suelo, te dé un manotazo en el cigarro encendido, te quite una de las cachavas o te cante coplas hirientes.
—Dejad en paz a Sinojales —regañará alguna buena mujer a los niños para que se vayan a jugar a otra parte.
Tardarás en recobrar la calma perdida. Deberías agradecer a tu protectora que desalojara de tu vera ese corro de moscardones molestos, pero no podrás reaccionar, porque solo sabes de agradecimientos para aquellos que dejan algo en tu mano o te convidan a un vaso.
—¡Demonios de muchachos! ¡Son el mismo Diablo! —exclamará la mujer observando cómo los chicos se alejan molestos por haberles frustrado su diversión.
No será necesario que cuentes nada a tu madre. No recordarás, con todo, las razones por las cuales habrás vuelto solo a casa. Habrás cruzado los rastrojos y saltado zanjas hasta llegar a las bardas del corral. La perra vieja se incorporará y se adelantará a olerte. No sabrás el origen de tu desazón. En el regazo de tu madre encontrarás la paz que te consuele y te haga olvidar un poco más las razones de tu existencia. Te dejará tranquilo acurrucado en una banqueta al lado de la lumbre mientras ella sigue con las hazanas de la casa. Pronto te animará a que salgas, a que te acerques al pueblo. Esa soledad es dura, en especial para ti que quieres estar en contacto con la gente. Tus padres se han acostumbrado al silencio y a no verse más que entre ellos, pero tú necesitarás ver otras caras y oír voces nuevas.
—Venga, si te espabilas un poco, te da tiempo a dar una vuelta —te animará tu madre, cuando esté segura de que una vez más has olvidado el desplante paterno.
No sabrás que caes en una sima sin remedio, una sima profunda. Ella intentará sujetarte para que no caigas con brusquedad. Será consciente de que sus fuerzas son pocas y cada vez le cuesta más mantenerte en la superficie, pero lo hará hasta que se quede sin aliento, porque tú eres lo único que le ha dado la vida. Te ha amarrado y ella también ha luchado para no dejarse arrastrar por esa ladera inclinada que se pierde en el abismo, pero presentirá que sus fuerzas desaparecen a medida que transcurren los días.
—No salgas sin moquero… Ven que te doy uno limpio —te hará retroceder para entregarte un pañuelo y besarte en la cara.
El porrillo será la única herramienta que has recibido de tu padre. ¡Qué ibas a heredar si no! Una maza desgastada y resbaladiza que esquiva el puntero para ir a machacar el pulgar del que pica la piedra. Su mango agrietado muestra un interior leñoso y oscuro. La cabeza no ajusta bien en el rebaje de la madera y sale volando a menudo.
—¡Pero cálzalo, mendrugo! —te regañará el cortador.
Los punteros no los habrás comprado. Te los dejarán los compañeros, cuando estén botos. Con estos pertrechos habrás de morder la piedra. Es como si a tu padre, sin dientes, le pidieran que royera la corteza dura del tocino. El puntero rebotará como el galope trotón del potro indómito.
—Déjame que te diga cómo —se ofrecerá el cortador.
Te corregirá otra vez, al igual que los otros canteros, pero sus enseñanzas, aunque sencillas, resultarán ininteligibles para ti.
—Inclina el puntero, que baile. No lo agarres de tan arriba…
No podrás hacer lo que te dicen. Tu cuerpo será el árbol viejo domado por los vientos de la violencia que has soportado desde muchacho. Te habrás quedado ladeado de los golpes. Eres una contorsión deforme y tus brazos, las ramas sacudidas a manotazos a causa de tu torpeza.
—Mira que eres burro, ¡no hay quien pueda contigo!
Sonreirás mostrando la dentadura graciosa por su deformidad. Ante esa mirada infantil y esa sonrisa estúpida, desistirán.
—Anda, vete a pedir un cigarro y me lo traes.
No lo sorprenderá el sol en su breve sueño. Se levantará cuando sienta a su padre trajinar por el corral.
—Otra noche que no te has metido en la cama —amenazará con regañarlo, pero desistirá convencido de que su enfado no servirá de nada.
Tus hermanos se espabilarán lavándose la cara en la palangana. Tú no sentirás necesidad de desterrar el sueño, porque no ha tomado aposento en tu inquieta mente. Esos breves momentos de pérdida de conciencia serán un tiempo neutro en el que no encontrarás compensación al espíritu atrabiliario que maneja tu voluntad. Sin embargo, te dejará una serenidad concentrada que respetarán. Es tu vida, Ojosvivos. Es tu lucha.
El trabajo no será una desdicha: acudirás a la cantera junto a tus hermanos. Formáis una cuadrilla alegre… Para tu desgracia, la fatiga huirá de ti, al igual que el hambre, la sed… Sobrellevarás las molestias sin que se te note la resignación. Tu discurso será sereno y acertado, incluso, cuando bromees. No perderás el aplomo ni en las parrandas. Tu cuerpo es el álamo duro y firme que nace en el berrocal donde se nutren tus raíces. Soportarás todo y te entregarás sin reservas. Pero tu mente es un negro manantial de aguas frías donde tu conciencia se sumerge para salir a duras penas a flote. Sentirás la humedad oscura de tu mente calando cada una de tus moléculas hasta que te entre una tiritona incontrolable. Entonces, todos se asustarán.
Hubieras preferido regresar al anochecer, cuando nadie contemplara tu vuelta, pero debías ponerte en camino a una hora prudencial para que tu padre pudiera llegar a casa desde las viñas antes de que oscureciera. Menos mal que tu cuerpo escuálido y el diminuto pollino se deslizan por las callejuelas sin que nadie se fije en vuestra estampa. Tú, en cambio, oirás las discusiones de los jugadores de cartas en las distintas tabernas por las que pasas; también, el sonido seco del impacto del canto en la madera reseca de encina de la calva; o las animadas tertulias de aquellos que sentados en los grandes poyos de la fachada observan el pasar de las mozas cogidas del brazo. Cuando salgas del casco urbano, quedará tan solo el eco de esos sones apagados de aquellos que disfrutan de un día de descanso, mientras tú retornas al eremitorio por otra semana de soledad, de aburrimiento, de ardor inaguantable por el día y de húmeda marea que cala en lo más profundo de ti en las madrugadas lentas y desamparadas.
Tu padre te estará esperando en la peña más alta a la que haya podido subirse para otear tu vuelta. Lo verás desde lejos. Su escasa estatura parecerá aún más menguada al verlo encaramado en la roca. A medida que te aproximes, verás sus inconfundibles rasgos que configuran su persona única: su gran boina negra sobre su diminuta cabeza, sus grandes orejas de elefante, su tiznado rostro ratonil…
Las fórmulas de contacto entre vosotros no existirán. Te apearás del asno y él lo conducirá a una piedra que realice las funciones de muelle para montar sobre el lomo del animal. Sin despedirse, lo verás espolear a la pobre bestia para que avive el trote.
Aunque no habrá almorzado, el regalo caído del cielo templará su ánimo, si bien, después de recoger el haz, sentirá recelo de que no fuera para ella y de que un vecino le reclame la leña. Sin embargo, nadie ha llamado a tu puerta a demandarte nada. Por eso, saldrás y mirarás hacia cada lado de la larga calle, rumiando dónde te dirigirás, eligiendo al vecino que no te despachará con cajas destempladas. En tu casa no habrá nadie que te acompañe; tampoco, hazana con la que entretener el tiempo. Las cuatro paredes de tu estrecha vivienda te oprimirán y te incitarán a merodear por el barrio. Muchas veces te meterás donde no te llaman, pero no por eso te arredrarás y, por tu experiencia, no errarás tus pasos.
—Buenos días nos dé Dios —saludarás a la madre de cuatro niños de corta edad.
—Buenos días, Dosia.
La verás desesperada cuidando a los hijos.
—¿Quieres que te eche una mano?
No esperarás la respuesta de la madre. Sabrás que su incapacidad para atender a sus vástagos es un deshonor con el que no está dispuesta a cargar. Por eso entrarás sin que te responda ni te encargue nada. Al niño de cuatro años que se está vistiendo, lo ayudarás poniendo el jersey del derecho; se lo meterás por la cabeza y lo guiarás para que el brazo acierte en la manga. Lo acompañarás a la pequeña mesita en la que le espera el tazón de sopas y lo animarás con envidia a que se lo tome lo antes posible para que le dé tiempo de llegar puntual a la escuela. Con tu presencia, el alboroto se apaciguará y los críos obedecerán las órdenes de su madre. Cuando esta haya acabado de atender al niño de teta, te lo entregará para que lo tengas en brazos, mientras retira el ropón empapado en orines y lo sustituye por uno seco. Cuando la cuna quede lista, se lo devolverás para que lo recueste. Observarás la cocina sucia y tomarás la escoba. El agua de la palangana de lavarse los dos mocosos que ya han marchado a la escuela la arrojarás a la cuneta; la toalla la tenderás en el respaldo de la silla arrimada a la lumbre. Colocarás la pastilla de jabón en su cajita de latón y limpiarás de pelos el peine arrojándolos a las llamas. El que no está en edad escolar esperará en la cama a que le preparen la ropa.
No te preguntará si has metido algo en el cuerpo, pues para ti responder que no es tan humillante como para ella reconocer que no es capaz de atender a sus vástagos.
—Venga, Dosia, acaba las sopas que ha dejado ese mocoso… Siempre igual, no es capaz de apurar lo que se le sirve…
Con esos restos del tazón, te sentirás satisfecha y darás gracias a Dios por haberse acordado de ti esa mañana.
Pocos se acordarán del padre de Hombrecito. Él mismo no lo recordará y, con el tiempo, también olvidará a su madre. Mientras tanto, ella será la dueña de su vida, bien porque lo siente así, bien porque él no se hace cargo. Él heredará de la línea materna la delgadez y la escasa estatura. En cambio, no se parecerá a su madre en la imperiosa necesidad de estar en movimiento (entrando, saliendo, yendo de un lado para otro, realizando varias tareas a la vez). Hombrecito será un niño tranquilo que desquiciará a su progenitora. Con paciencia soportará los continuos mandatos que ella le da; no importa que sean contradictorios, pues sufrirá con estoicismo sus inconsistencias. Si lo manda a jugar para quedarse sola, el niño saldrá a la calle o se sentará en el poyo; si le ordena entrar, se acurrucará en el pequeño escaño corrido de la cocina. Si le dice que no vale para nada, se lo creerá; si lo compara con el padre por su cobardía, no le replicará, ya que no sabe lo que es la valentía y no tiene recuerdos de él. Si se lamenta de su mala suerte al casarse, la compadecerá al compartir con ella las necesidades que sufren. Si la oye decir que más le valdría estar muerta, entonces, no se atreverá a llorar y su corazón se contraerá casi sin permitirle respirar… Solo el maestro lo mimará por su inteligencia y porque no es como los demás. Fuera de la escuela, habrá de sobrellevar la opinión de todos sobre su apocamiento y resistir sin rechistar la risa que provoca en los demás niños. Será en estos momentos de acoso cuando su madre se transforme en su protectora. Al verla como adalid de la honra familiar, Hombrecito será feliz por unos momentos.
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