Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en la cantera, sino de camino a ella. Resbaló y su cabeza impactó contra una piedra. En realidad, no debería haberle dejado secuelas porque el golpe, en apariencia, no fue brutal. Pero, con el paso de los días, su carácter cambió. De ser alegre, natural y buen cantero, un modelo a seguir para ti, se transformó en poco tiempo en un ser desganado y apático. Aunque salía en dirección a la cantera porque tus padres lo levantaban temprano, aparecía más tarde en el corte, y su disposición a trabajar había desaparecido. El cortador pronto se percató de que el muchacho se había trastornado. Cuando se lo comunicó a tu padre, este no pudo por menos que confirmar que en casa tampoco era el mismo. No le había quedado ninguna cicatriz a consecuencia del accidente, pero su cabeza no regía su comportamiento como antes. Aunque se consultó con el médico y acudió al especialista y le recetaron las medicinas correspondientes, tu hermano Ángel no recuperó la cordura y el talante campechano y abierto de antes del siniestro. Dejarlo en la cocina o sentado al sol, bien en el corral, bien en la puerta de la casa, mientras tú te dirigías a la cantera te resultó cada vez más difícil de llevar. Tú y los amigos luchasteis por conseguir que no se apagara en la solana, animándolo a que os acompañara a la taberna. Por momentos, acodados en la barra y recordando andanzas pasadas, parecía posible la recuperación. Sin embargo, la llama del buen ánimo se extinguía cuando entrabais en el portal. Cada vez os costó más convencerlo de que le convenía alternar, hasta que llegó el momento en el que fue imposible sacarlo de casa… No se sabe muy bien, además, qué sucedió, pero a partir de una mañana, una pierna se le quedó casi inmóvil. Luchó para vencer esta última contrariedad, esforzándose en recuperar el movimiento. Apoyándose en los lados de la mesa de la sala, intentaba bordearla; pero, pese a su empeño en ejercitarse, la parálisis se impuso. La mayor parte del tiempo la pasaba postrado en la cama que colocasteis delante de la ventana para que se distrajera mirando lo que sucedía en la calle. En ese lecho, acabó muriendo de repente.
Golpearás con la cachaba la ventana con el propósito de que el tabernero se percate de que te despides y, de paso, para que salga a por la copa dejada en el banco de piedra. Regresarás a casa despacio, parando en el trayecto las veces que sientas que la fatiga te impide avanzar más. De paso, si te cruzas con alguien y te saluda, aprovecharás para sonreír. Contemplarás el trajín de las amas de casa barriendo las puertas, sacudiendo las alfombras, limpiando las ventanas o charlando entre ellas sobre sus cosas. Seguirás avanzando en tu recorrido. En medio de la calle, serás la figura diminuta de un anciano que camina con dificultad apoyándose en sus dos garrotas. Echarás tu cuerpo hacia adelante, separando tus pobres báculos de las piernas. Si te detienes de pie, adelantarás un poco estas, para poder erguir la cabeza y mirar a quien se dirige a ti. Otro trecho más; ya te falta menos, pero habrás de sentarte de nuevo. Esta vez será porque tienes que sacar el pañuelo para enjugarte las lágrimas que se empeñan en brotar sin que las provoque emoción alguna. Todos los días necesitarás un moquero limpio para este menester que te atormenta, pues el escozor será una molestia crónica, una más de las que soportas a estas alturas de tu vida.
Te hubiera gustado llegar a tu cuadra, donde poder hacer en intimidad tus necesidades, pero tu indómito organismo se empeñará en regirse por unos horarios y hábitos desconocidos que te obligan a apartarte en busca del muladar. Te has acostumbrado a que en esos menesteres te sorprendan las mujeres o los niños que allí van a tirar los cubos de ceniza. Procederás de manera natural y no tendrás reparo en reclamar auxilio. Muchas veces, si no hay nadie por los alrededores, esperarás a que alguien aparezca para que te ayude a abrochar los botones de la bragueta y apretarte el cinto. No necesitarás explicar cuál es el problema, pues todos conocen tus costumbres y las limitaciones que te impiden una autonomía que perdiste hace ya años en los caminos que recorrías buscando una vida diferente.
No sabrás por qué te atraen tanto las fruslerías con las que te encandila tu hermana. Tal vez sea culpa suya, pues desde siempre te las ofreció ganándose tu voluntad; o quizá tú eras el antojadizo que, cada cierto tiempo, necesitaba tener algo nuevo para exhibirlo ante los demás. Como urraca, sentirás predilección por los objetos brillantes, pero en vez de atesorarlos, estos te incitarán a salir y mostrarlos a los demás. Aunque no necesitas un tema de conversación para dirigirte a tus vecinos, cuando estrenes algo lo mostrarás, serio y orgulloso, a cada uno de ellos.
—¡Eh, mira!
—¿Qué?
Como no se habrán percatado del detalle que luces, lo enseñarás.
—¿Quién te ha regalado esa insignia tan bonita?
—Mi hermana, mi hermana…
—Vaya, vaya… ¡Qué bien te queda!
—Sí…
No tardarás en perderla u olvidarla después de haberla mostrado.
—Pero, bueno, ¡qué guapo estás!
—Sí…
Todos alabarán tu salero al verte atusarte el pelo con un peine pequeño.
—Me lo ha comprado mi hermana.
—¡Te queda muy bien ese peinado!
—Sí…
Serán insignias, peines, monederos, relojes de mentirijillas, cinturones, tirantes, llaveros, gafas o cantimploras de plástico…, pero nunca te regalará una navaja. Se la solicitarás de vez en cuando.
—Ya te compraré una la próxima vez que vaya a la ciudad, que el cacharrero no las traía —te engañará cada vez con una excusa diferente.
—Mira qué sombrero más bonito te he comprado para protegerte del sol.
—Sí.
Y volverás a olvidar el arma blanca por un tiempo indefinido. La lista de objetos que te regalen será numerosa, pero en ella nunca aparecerá la navaja con la que los niños, en los últimos juegos de su infancia, fingen ser aplicados carpinteros que afilan flechas o forjan pequeñas espadas de madera.
Trabajar era un privilegio. No importaban las condiciones del contrato, la dureza de las tareas ni el sueldo a percibir. Por eso, tú, Hombrecito, al igual que el resto de los niños, colaboraste, en la medida de tus escasas fuerzas, para auxiliar las necesidades de alimentación y abrigo. A unos antes, a otros después, la miseria os sacó de la escuela sin haber cumplido los doce años: unos para ser zagales de los numerosos rebaños de ovejas y, tras un tiempo de aprendizaje, pastores; otros para convertiros en criados de las casas de más postín; y otros para colaborar en las tareas agrícolas —segar, agavillar, acarrear, pisar paja en carros y pajares, trozar leña, cortar hierba y buscar berzas para los famélicos asnos. Si el trabajo infantil era inhumano, a ti te resultaba especialmente insufrible debido a tu constitución endeble. Sin embargo, encontraste en la rabia la energía necesaria para no desmerecer ante los demás niños. Aprendiste a resignarte y a digerir el sufrimiento sin que los otros se percataran de que el dolor te corroía el alma, todo para no quedarte atrás ni ser señalado. Solo cuando entrabas en casa manifestabas los sentimientos que habías mantenido enjaulados, a pesar de que nadie te aliviara la fatiga, pues tu madre consideraba que la vida era trabajo y sufrimiento. Te echabas en el escaño y te arropabas a descansar. Al poco tiempo el sueño te vencía y era cuando por fin aliviabas la pena que sentías por existir.
—Lleva estas losas al montón —te ordenará el capataz, después de haber apuntado el número de ellas en una libreta pequeña, donde sujetará el lapicero en el aro metálico.
Meterá el cuadernillo en el bolsillo de la camisa y se aproximará al taller del siguiente cantero de la cuadrilla para proceder de igual modo en el recuento de la labor que cada uno ha hecho desde la última vez que cargaron.
No será necesario que nadie te advierta que, a lo largo del día, el camión llegará a la cantera para sacar la producción. Hasta ese momento, tu tarea será la de juntar todas las piezas. El encargado te ha enseñado el modo menos fatigoso para trasladarlas.
—¡Sinuñas! ¡Cuántas veces te he dicho que así no se mueven! ¡Báilalas!
Se refiere a que levantes las losas de un lado solo y lo adelantes, al mismo tiempo que elevas el otro y lo meneas. Lo has intentado muchas veces, pero te es imposible coordinar esos dos movimientos que te ahorrarían tanto esfuerzo. Lo más simple te resultará inalcanzable.
A veces te piden que aplaudas. No te importa que se rían de ti y se sorprendan de tu torpeza, con tal de que se distraigan por un rato de la repetitiva labor de aporrillar. Con mucho esfuerzo, conseguirás juntar las dos palmas, aunque sin la fuerza necesaria para que el sonido se produzca. Ellos chocarán sus manos para demostrarte lo sencillo que es, y la resonancia se extenderá por todo el paraje de Las Cubas hasta perderse en las encinas de las dehesas impenetrables. Cuando creas estar solo, sin que nadie te incite a ello, estrellarás las manos con la idea de dominar tal destreza y conseguir extraer un sonido.
—¡Ale, como te dé la gana!
El encargado terminará por perder toda esperanza de que cambies de hábitos. Tal vez, por demostrarle que a tu manera consigues realizar lo que te ordena, removerás las losas con una ligereza impensable. La rapidez que logras es un acicate para impulsarte a ir aún más deprisa.
—¡No tan de prisa, animal, que te vas a machucar!
Será en vano la advertencia, porque apenas termine de pronunciarla perderás el control de la losa, que retrocederá cayendo justo en los dedos del pie derecho. Notarás un ligero dolor amortiguado por las botas de Segarra y, por un momento, te ilusionarás estimando que el accidente no ha sido nada.
—¡No te lo decía, cabestro! ¿Te queda alguna uña en los pies?
Por la noche, arrimado a la lumbre, verás con la fantasmal luz de la llama los dedos amoratados y, justo en la carne de la que nace la uña, la notarás inflamada. Pensarás que las heridas no son tan graves, sin embargo, como te adelantó el cortador, con el paso de los días, la uña se desprenderá. Cuando la excrecencia baile en el dedo, del mismo modo que tú deberías haber bailado la losa para trasladarla al montón, pensarás que el patrón no se había equivocado.
Tú habías pintado los tablones de la caja del carro. Te creían extravagante por los temas representados y por los colores vivos con los que los adornaste, aunque todos reconocían tu maestría con el lápiz y los pinceles. Pintar vikingos desafiando en la proa de su barco a las olas y a los timoratos pescadores que faenaban ajenos a la ferocidad del atacante, era una incongruencia difícil de asumir para personas de tierra adentro. Tu fascinación por el mar se reflejaba también en las manadas de delfines saltando y sumergiéndose entre los pequeños recuadros azules de los tablones del carro. También pintaste una gran ballena con un surtidor de agua que sobrepasaba el límite del madero para proyectarse, con ayuda de la imaginación, sobre el paisaje pardo y cárdeno por donde avanzaba el carruaje. La aventura marina quedaba reflejada en el otro lateral, donde representaste la expedición de Colón dirigiéndose al Nuevo Mundo, una imagen que se alejaba en el camino a medida que el carruaje avanzaba por las veredas polvorientas hacia la cantera.
Como ocurría con otras de tus numerosas manías, te dejaban en paz cuando sentías la llamada de la inspiración. A veces, cuando los demás dormitaban en siesta, movías el carro a la sombra de la techumbre y sacabas los pinceles y los botes de pintura para recrear ese mundo marino que ahora todos los vecinos podían admirar y al que tú cuidabas con esmero repasando los colores que se desvanecían como consecuencia de la exposición solar y la humedad. Esa necesidad de imaginar mundos y de representarlos continuó a lo largo de buena parte de tu juventud, y tus lienzos fueron las paredes verticales de la inmensa cantera familiar. Al principio dibujabas escenas a la altura de tus ojos, pero pronto la ambición de tu arte se hizo gigantesca y necesitaste subirte a andamios para representar la gran batalla naval de Lepanto. Cuando trabajabas en tus proyectos pictóricos, la familia respetaba tus tiempos de inspiración. Ninguno de tus hermanos ni tu padre te recriminó que dejaras de picar piedra para pintar. Tampoco tenían prisa si había que esperarte, cuando la luz vespertina declinaba y era hora de regresar a casa después de una extenuante jornada de trabajo. Se sentaban alejados y observaban en silencio los avances conseguidos en la tela pétrea, admirando tanto la genialidad, como la concentración con la que te afanabas manejando la brocha. Cuando se percataban de que prendías un cigarro y te quedabas contemplando tu propia creación, se levantaban y se acercaban a ti con el propósito de observar con más detalle la obra.
—Cuando queráis, nos vamos —decías, como si ellos hubieran estado trabajando en sus talleres picando piedra hasta ese momento en el que tú decidías dejar de pintar porque la oscuridad te lo impedía.
Antes de que la oscuridad cubra la imagen de cualquier arbusto o de las vides próximas, sentirás los primeros síntomas de tu malestar digestivo. Pensarás en tu desgracia constante, relacionando las molestias con tus horas de descanso. Quizá sea la legumbre que has ingerido o el frío de la alcoba donde te has quedado profundamente dormido durante la siesta; sea lo que sea, notarás cómo el vientre se ha puesto duro igual que el pellejo de un tambor. Interpretarás los eructos iniciales como señal inequívoca de que habrás de pasar horas de una temible agonía hasta expulsar todo lo que tu estómago no ha conseguido digerir. Te revolcarás en el suelo buscando la posición menos incómoda en ese interminable proceso doloroso y pensarás que, si fuera de día, podrías caminar y olvidar por un rato tu malestar. Beberás agua no para aliviar, sino con la esperanza de que el líquido acelere el desenlace. Sin embargo, tan solo cuando percibas la primera claridad del alba, tu cuerpo convulsionará para devolver lo que no ha podido asimilar. Tu nerviosismo y la tensión acumulada serán un obstáculo que impedirá que todo lo retenido sea expulsado, y volverás a sentir de nuevo los dolores del parto de vómitos. Exhausto y rendido a una agonía que no pueds detener, te quedarás dormido al lado del charco de bilis. Cuando el sol te golpee con sus luminosos juncos de calor en tu chupada cara, serás consciente de que, una vez más, has triunfado sobre la muerte, aunque ponderarás que no merece la pena luchar por la lamentable vida que llevas.
Te hubiese gustado engatusar a tus cuatro hermanos. Con el mayor, no hay complicaciones, pues los dos estáis unidos por vínculos que ni vosotros mismos identificáis, que os obligan a permanecer juntos, sintiendo vuestra presencia como si fuera sombra inseparable. Sin embargo, los del medio son un mundo aparte. Con ellos os entendéis de maravilla, excepto cuando el asunto que tratáis es el dinero o el trabajo. En estas ocasiones se desentienden y, sin llegar a plantear una negativa rotunda, levantan una muralla de escepticismo que es insuperable, incluso, para ti, hombre con un poder de seducción envidiable. Cada uno ha trazado una vereda por la que su vida discurre y de la que es difícil sacarlos, aunque el proyecto presentado les facilitase el camino por amplios cordeles. Tu inmediato hermano, un año mayor que tú, sueña con la oportunidad de abandonar el pueblo y trabajar en la ciudad de lo que sea. Aunque llegará un día en que se vaya, lleva viviendo fuera de vuestro entorno desde hace muchos años, pues, con su imaginación, se comporta como si ya viviera allí.
—Seguro que en la ciudad las tabernas son más modernas y limpias…
—No te digo que no, pero lo importante es si el vino será de mejor catadura o no —le replicará el patriarca.
—Aunque no sea tan bueno, el jornal correrá mejor que aquí y no habrá preocupación por tomarse los chatos que hagan falta…
—Sí, anda allá, que en la ciudad atan a los perros con longaniza —manifestará con una ironía no acostumbrada el más responsable.
—¡Qué atrasados estáis!
El del medio, Trinos, no dirá nada, pues su manera habitual de comunicarse es con silbidos. Siempre estará modulando melodías que a veces sirven para enmarcar ambientalmente vuestras interesantes conversaciones de hermanos. Solo cuando lo que oye no concuerde con su constante apatía por las cuestiones materiales, cambiará bruscamente la línea tonal para emitir un pitido distorsionador que suele finalizar con un epifonema no siempre concluyente ni del todo comprensible.
—¡Toma allá! —exclamará y vosotros le miraréis la cara a ver si en ella se refleja el significado prístino de lo que ha querido decir.
Sentís por él un cariño inmune a sus desplantes e inescrutables deseos. No sabéis cómo logra sobrevivir, pues tan solo lo veis beber vino. A veces os acompaña en los jornales que os proponen ganar, pero no como un trabajador más que recibirá la paga correspondiente, sino como peón sujeto al pláceme arbitrario del patrón que, según la estimación que efectúe, le dará de comer, beber y poco más. Aunque sus facultades físicas son ilusorias, su buen talante y las constantes melodías —algunas muy repetitivas—, transmiten una alegría en el tajo que es suficiente a ojos del patrón para justificar la poca producción total de la cuadrilla de hermanos. Como lo de uno es de todos, cuando el contratista os pague con un solo fajo de billetes, sentiréis que el monto os pertenece a cada uno de vosotros, aunque, en realidad, lo recoja el tesorero, el más responsable, el más veterano.
El que queda, segundo en el escalafón, es un bastardo imaginario. Así lo pensará él sin motivo que sustente esa suposición. Por esta razón, sentirá que debe quedar al margen de las discusiones más transcendentales de la familia. Se saldrá del círculo manteniéndose un paso por detrás. Escuchará lo que se diga, pero nunca se pronunciará ni a favor ni en contra. Con su inseguridad a cuestas, será incapaz de sumarse a las iniciativas del menor; si bien, a ojos de este, al menos no le planteará objeciones que lo desgasten en su empeño por jalear los proyectos de los que es promotor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario