Trabajabas en la cantera. La habilidad que demostrabas en los juegos infantiles no se confirmó al comenzar a trabajar la piedra. Quizá fuese por tu menguada corpulencia o tu insuficiente fuerza para mantener el ritmo de trabajo que la cantera exigía. Tal vez fuera el miedo a sufrir un accidente el que se apoderó de ti y te impulsara a alejarte. Mal que bien, aguantaste algunos años, aunque al final emprendiste una retirada paulatina. ¿Qué sentido tenía trabajar y sacar unos cuartos? ¿Para quién sería ese dinero? Pronto te convenciste de que vivirías solo, de que nadie, salvo tu propia familia, se preocuparía de ti; es decir, que nadie te querría. ¿Con qué ilusión se trabaja y se puede vivir, sabiendo que estás solo en el mundo?
Hasta que tu madre murió, fuiste un mozo más. No eras de tabernas ni de actos religiosos, aunque te gustaba alternar. Te preparaba la ropa de domingo: una camisa blanca que hacía más negra tu cara y oscuro tu pelo azabache, unos incómodos pantalones de tergal y los zapatos lustrosos. Entrabas en el bar con las manos en los bolsillos. Siempre había alguien que te invitaba a que te unieras a su grupo. Sonreías a lo que te decían o contaban, casi sin hablar tú. Te tomabas tu mosto, pues nunca probaste bebidas alcohólicas y compartías dos o tres rondas hasta que abonabas la que te correspondía pagar a ti y, después, regresabas serio otra vez a tu casa deseando quitarte esas prendas con las que te sentías comprimido. Tu madre las doblaba y dejaba en una silla, preparadas para la tarde, cuando saldrías a echar la partida de cartas. Te sentabas con el primer grupo a jugar a la brisca. Verte en esas reuniones tediosas era deprimente. Tú que habías sido el campeón de toda clase de juegos infantiles, obedecías al que dirigía sin rechistar, como un simple peón: corta con un triunfo, echa unos tantos, mala, mala…, el caballo, la puta… Pronto se reflejaba en tu rostro contraído el cansancio y el desinterés por los avatares del juego y lo mismo te daba perder que ganar. Obedecías sin mostrar tu pasado orgullo, cuando con una facilidad asombrosa lograbas triunfar en todo juego en que participabas. ¿Has olvidado la cara de pillo que se te ponía y cómo disfrutabas picaronamente con el desconsuelo de tus amigos? ¿Quién te arrebató tu alma limpia y te dejó ese poso fúnebre que emana de cada uno de tus poros?
Cuando menos lo esperes aparecerá desde dentro con una copa de coñac y un paquete de Celtas.
—Sinojales, ¿ya no me saludas?
Tardarás en reaccionar, porque tus ojos no se posarán en quien te habla, sino en el maná llegado inesperadamente. Primero tomarás el tabaco y lo meterás en el bolsillo de la chaqueta. Luego, irás a por la bebida, pero, cuando tu mano esté a punto de agarrarla, tendrás la suficiente decencia para fijarte en la persona que te obsequia.
—Aaaqu… —intentarás pronunciar su nombre, porque lo has reconocido, pero la emoción te impedirá superar el tartamudeo.
—Aquilino, tu primo —te ayudará el familiar—. ¡No pasan por ti los años!
Te hablará y tú con tu risa estúpida confirmarás las conjeturas que él formula.
—¿Y… tus… hijos? —lograrás preguntar a tu benefactor con el deseo oculto de que perciba que eres agradecido y considerado.
Te ofrecerá información sucinta de ellos, percatándose de que tu interés es más profesional que emotivo.
Tu primo, como el cura, pronto te dejará tranquilo, porque no sabrás mantener una conversación y se sentirán incómodos. A ti no te importaría que se sentaran junto a ti y te hablaran. No querrás conocer nada de su vida, pero agradecerás la compañía.
—Te dejo, primo. Estoy tomando algo con unos amigos.
Cuando se meta, aproximarás con sumo tacto la diminuta copa a tus belfos mulares, procurando acertar en el vertido de la bebida. Darás un primer sorbo que solo mojará un poco las encías y la punta de la lengua. Y sin haber bajado la mano, abrirás la boca para derramar de una vez todo el contenido. Lo sentirás caer con la misma rapidez con la que el caldero desciende en busca de un agua profunda en el pozo medio seco.
Después, el familiar madrileño saldrá del bar con sus amigos.
—Hasta otro rato, Sinojales —se despedirá.
—Taaa, taaab… —Tardará en comprenderte, porque no serás capaz de pronunciar la palabra.
Te ofrecerá un cigarro, pero moverás la cabeza para hacerle comprender que no es eso lo que quieres. Sacarás el paquete que antes te había regalado y se lo ofrecerás.
—No, gracias. Yo de ese no fumo…
Te pondrás muy serio y estarás a punto de enfadarte porque no hay manera de que adivine lo que deseas.
—Quiere que se lo abras… —por fin acertará con el deseo de Sinojales uno de sus amigos.
Afirmarás moviendo la cabeza y sonriendo. Te pondrán un cigarro sin boquilla en la boca y te darán fuego. Fumando volverá a ti la seriedad y recogimiento del gran sabio que eres.
Como una exhalación correrás el camino que separa la almunia donde viven retirados tus padres y tu hermana de la población. Llegarás exhausto a los aledaños, pero con la vitalidad necesaria para recorrer todos los barrios y saludar con enardecimiento a los vecinos. Sin embargo, tú sabrás quiénes te reciben con cariño y a quiénes tu presencia importuna. Igual que un chucho listo, te detendrás con quienes puedes hablar y, como mucho, saludarás a aquellos que te evitan.
—¿Qué tal por el paraje de Las Castañuelas? —querrán saber por fisgonear.
—Bien… —responderás evitando aportar detalles de la vida de tu familia—. Ha parido la oveja Remera.
—¿Cuántos? ¿Uno o dos?
—No sé. Dos…
No se podrán echar cuentas contigo. Los números bailarán en tu mente. Para ti solo existirá la unidad, el uno; todas las demás cifras te marearán y confundirán.
Hace mucho que no sabrás qué es el dinero. No te darán propina ni tú la pedirás. Te gustarán las baratijas que tu hermana te entrega cada vez que sales de casa. Con ellas serás feliz y te sentirás el ser más opulento y orgulloso del reino de los mortales.
Aunque visitarás todos los lugares concurridos, nunca acudirás a los actos religiosos, ni a convites de remate ni de cofradía. Tan solo te atraerán los bautizos en los que te gustaría participar con los niños para recibir el cucurucho de confites y pelear por la granizada de monedas de perras gordas y chicas que el rumboso padrino arroja entre los remolinos de muchachos que, ansiosamente, esperan reunir unas monedas más para redondear la propina materna, siempre menor de la que desearían. La calderilla será lo de menos: lo que te incitará será la pugna a empujones en el polvoriento suelo donde se revuelcan en busca de las perras y los escasos medios reales y las testimoniales pesetas. Pero tu vida estará controlada por los tuyos, por tu madre y tu hermana, que regularán tu conducta sin que te percates.
—¡Vaya rumboso que ha sido Catalino! —repetirás con quien hables para ponderar el desprendimiento del padrino del bautizo al que no has ido.
—¡No me digas!
—Sí, por lo menos ha tirado quinientas pesetas…
—¡Tantas!
—Sí, o más…
—Pues sí que ha estado espléndido.
—Sí…
Lo que Catalino repartió variará a lo largo del recorrido. Unas veces el capital será de quinientas, otras, la consideración de Bautistín habrá menguado a quince pesetas y, cuando esa misma tarde vuelva a visitar al que dijo que el padrino tiró quinientas, la aumentará a mil.
Llevarás el cigarro posado en tu palma, como si se tratara de un objeto sagrado al que se venera. Cuando se lo entregues, te apartarás sin perder de vista al hombre que lo encenderá. Te quedarás mirando absorto y admirado de la facilidad con que aspira el humo y lo arroja entre nariz y boca.
—¿Quieres? —El cortador te ofrecerá un cigarro una vez más con el propósito de provocar el temor que sientes al fuego y al humo.
Negarás con la cabeza y te separarás unos metros para alejarte del peligro.
—¡Si no pasa nada! ¡No me quemo!
Todo lo que rodea a las llamas te atemorizará: las ascuas, incluso las cenizas traicioneras en las que nunca se sabe cuándo el calor se ha extinguido; así como la badila y las tenazas y las trébedes, siempre al lado del hogar, contagiadas de una calentura imprevisible… Tu temor no será vano, sino consecuencia del accidente que sufriste cuando todavía eras un niño. Tú no recordarás lo sucedido, sin embargo, ha quedado como testigo del percance ese miedo primitivo que te acompañará toda la vida y, también, aunque menos importante, una quemadura íntima que solo tú descubrirás cuando la zozobra te sumerja en el remolino de la angustia. La cicatriz se asemejará a unos finos labios rosáceos que desean besar. Cada vez que gires el antebrazo para que aparezca, comprobarás que tu sufrimiento es único, al igual que tu herida secreta; que nadie se acuerda de que existes; que llevas muchos años viviendo y que sientes incertidumbre, igual que los demás…
Siempre quisiste conocer la historia de cómo te quemaste.
—Ya no me acuerdo —eludirá tu madre contar nada.
Te quedarás sin aliento ni palabras. Se lo preguntarás de vez en cuando el resto de tu vida.
—No recuerdo… Ha pasado mucho tiempo —te repetirá tu madre, cada vez más anciana.
A tu padre nunca le plantearás la cuestión, porque para él el pasado será recordar la infelicidad de su vida. Él solo hablará por medio de la violencia y los exabruptos.
Procurarás olvidar la herida, del mismo modo que tus padres lucharán vanamente para desterrar el recuerdo persistente de tu existencia.
Añorarás a tu padre, cuando seas el único de la prole que siga cumpliendo la pena bíblica de que, con el sudor de tu frente y el polvo de las piedras, comerás el pan, cuando él uncía la pareja de mulas y las enganchaba en vuestro engalanado carro. Puntuales acudíais a su llamada y, después de sorber el negro café que había cocido vuestra madre, montabais con lo que os correspondía preparar: uno se encargaba de la colección de punteros, uñetas, cuñas, mazas que precisaríais para picar la piedra; otro disponía del botijo y de los dos cántaros de agua con los que saciaríais la sed; tú, bajabas a la bodega en busca de una cántara de vino con la que aliviar la fatiga y encender el ánimo para vivir alegres otra jornada más; otro recogía de la cocina la cesta y el capacho colmado de comida, incluidas dos medianas de pan, para cuatro titanes y un padre con los primeros síntomas de postración.
Los dos mayores iban sentados en la parte de atrás del carruaje, con las piernas colgando; tú y tu hermano mellizo, tirados a lo largo del suelo, prolongando un sueño siempre escaso. Tu padre caminaba llevando del ramal a los animales. Después de muchos años cabalgando, había renunciado a montar nunca más. Os acompañaba, pero, desde ese día que se negó a dirigir la yunta de mulas encaramado en su lomo, no le permitisteis que sus manos volvieran a tocar una piedra. Se merecía el descanso del que ha entregado todas sus fuerzas a transmitir un oficio y una filosofía de vida que había calado en vosotros, sus hijos. Al llegar, cada uno retomaba la tarea en el punto en el que la había dejado el día anterior y él, con la parsimonia del que sabe que no se recuperará de la fatiga acumulada, se entretenía con menudencias que para vosotros eran muy importantes. Desenganchaba las bestias del carro y las dirigía a pastar en las proximidades y les trababa las patas delanteras con una lía para que no se alejaran del lugar; ponía la merienda a buen recaudo de los perros y otras alimañas y el cántaro lo sumergía en la charca profunda en la que se depositaba el agua que emanaba del impresionante frente que generación tras generación vuestra familia había abierto; os arreglaba los toldos con los que os resguardabais de los rayos solares o levantaba paredes que cortaban las rachas frías del viento; o no dejaba que la lumbre se extinguiera. Cuando llegaba la hora del almuerzo a media mañana o de la comida a mediodía, extendía un trapo en la mesa de piedra de la gran caseta en la que os refugiabais cuando el frío apretaba o el calor enturbiaba vuestra vista. Os avisaba y cada uno se sentaba en una piedra a modo de asiento. Al acabar, sin recoger, os dejaba que fumarais y que os tendierais un rato para cerrar los ojos y reponeros del esfuerzo. Mientras dormíais, se paseaba por vuestros talleres y, si habíais dejado la herramienta de cualquier manera tirada en el suelo, la recogía y la depositaba encima de la pieza a la que dabais forma. Siempre os regañaba por el poco cuidado con el que tratabais los punteros y lo despistados que erais por perder muchos de ellos envueltos entre los rajos… Pronto añorarás su compañía, al igual que la de tus hermanos, y los berrinches inevitables que padecía a consecuencia de la abulia con la que afrontabais vuestra existencia.
Deberías recorrer los límites de las parcelas antes de que anochezca del todo para comprobar que no se ha producido ninguna calamidad, pues estás seguro de que tu padre no se habrá movido de la entrada y habrá pasado el día echando un cigarro detrás de otro hasta acabar las dos cajetillas que gasta, pero no tienes el ánimo suficiente para emprender esa excursión. Por eso te sentarás sobre un saco de arpillera, colocado a modo de alfombra a la puerta de la cabaña de ramas. Eres incapaz de ingerir la merienda que habrás de condurar hasta que tu hermana Misieriña te auxilie con nuevas viandas. Dirigirás la vista al norte, a la extensa pradera de cereal que adivinas que oscila como habrán de bambolearse las olas del mar. Tu mirada se perderá en esa lejanía desconocida. Luces más potentes que las que alumbran tu barrio te harán pensar en la existencia de otros mundos más livianos y confortables que tú nunca conocerás. Tú serás un animal montaraz y solitario que se pasa los días vagando entre vaguadas revestidas de vegetación áspera y seca, o ascendiendo cotas de piedra detrás de alimañas, o siguiendo el rastro de polvo y miseria que detrás de sí dejan las manadas de ovejas, vacas o cabras que apacientas. Siempre animales ajenos, primero, siendo zagal, después como pastor pobre al que se paga su mensualidad con cuatro duros y una merienda indigerible para tu delicado estómago. Te hubiera gustado ser cantero, como los niños de tu edad, pero tu constitución quebradiza nunca te ha permitido tocar esas herramientas de hierro negro y frío con las que ellos abren en canal los bloques grises y azulados de granito. Les envidiarás los días de descanso, cuando, dejando sus ropajes de trabajo, se engalanen con sus camisas blancas luciendo coloridas corbatas. Tú no tienes ropa de domingo, porque nunca has descansado y porque tu vida es puro trabajo y olvidados retiros en la cocina o en el corral, oyendo el trajín ajeno del que no puedes participar. Tu vida se difuminará absorbida por la lóbrega alcoba donde a duras penas alivias la sempiterna fatiga, o camuflada entre encinas, piornos, escobas, turras, espliegos, por los que te deslizas como culebra repudiada. Las estrellas te sorprenderán en esa reflexión aterradora que, sin embargo, no te dará el suficiente impulso para acabar siendo dueño de ti mismo.
El pequeño de los cinco estará tentado de abrir la empresa al hermano que desee sumarse, pero una reflexión, más propia del mayor que de él, relacionada con la prudencia, le hará abortar el acto de generosidad. Callará dejando que el decano de la familia pondere la Máquina, aunque su discurso solo verse sobre la facilidad con la que trocea los troncos y no sea capaz de vislumbrar las posibilidades mercantiles que se les presentan. Ya tendrás ocasión de convencerlos, ya que, aparte de las ventajas obvias que presenta el adelanto, el cielo te otorgó el don de la elocuencia y cuando tú hablas —cuando deberías ser un simple mocoso por tu menor edad—, los otros te escuchan con admiración, en especial el más viejo, el que ha suplantado al padre que tú no recuerdas, pues cuando falleció, no habías cumplido los dos años.
—No llenamos ni el depósito de gasolina una segunda vez y ya habíamos hecho una carga…
—¡No jodas!
—O más, si me apuras…
Los dejarás que despierten su admiración, mientras tu mente, adelantando el tiempo, discurrirá sobre cómo extraer esa madera del monte de manera más abundante y rápida, pues no convendrá continuar utilizando animales de carga para transportar ese inagotable botín.
—Estás muy callado, Socio —te recriminará el que hace de padre, observando sin comprender tu mutismo, tú, el verdadero protagonista del descubrimiento que él celebra—. ¿No estarás preparando otra parecida?
Callarás, saboreando el momento y demorando la exposición de los planes, que se irán perfilando con más claridad.
Cuando la mujer recupere el control del hogar, saldrás otra vez a la calle, donde esperarás que una luz imprecisa te guíe a tu siguiente destino. Llegarán en un instante dos comadres enlutadas.
—¿No vas a misa, Dosia?
—¿Para quién es?
—Es la misa de año de Servando, el Marinero.
Dudarás si las acompañas o continúas merodeando por el barrio. Las cosas de la Iglesia no te gustan, aunque cumples a rajatabla con los ritos obligados. Sin embargo, las ceremonias fúnebres te dan miedo. Apaciguada el hambre matutina y calculando que tus piernas responderán al esfuerzo que has de realizar hasta llegar a la iglesia, aceptarás por la llana razón de curiosear.
—Esperad, que me echo el mantón.
Sacarás esa prenda más parda y desvaída que la que portan las otras mujeres, pero con ella sobre los hombros, notarás más confianza y seguridad en ti misma. Lo único que te diferenciará de las otras es la edad, ellas un poco más jóvenes, y sus mantones, con menos años de uso.
Te costará aguantar el ritmo de sus andares, pese a que tú eres un espárrago retorcido y ellas unas morcillas grasientas, pero tus muchos años y las atrofias que desfiguran tus piernas no te permitirán igualarte a ellas.
—¡Que te dejamos atrás!
Apoyarás con más ahínco el bastón para nivelar la posición y no perder la conversación que entre sí mantienen.
—¿Habrá venido toda la familia? —preguntarás para tomar parte del diálogo.
—Dicen que ha venido la hija.
—¡A ver, están tan lejos!
—Cuando no se puede, no se puede.
—Y menos mal que en el pueblo está su hermana, que, si no, ni misa le encargan.
—Anda, a ver, si no es por la pobre Orosia, nadie se acuerda de él.
—Lo que son las cosas, fíjate que ir a parar tan lejos y terminar trabajando en el mar…
—A otros los ha ido peor.
—Ya, sí…
—Este, cumpliendo el servicio militar en El Ferrol, encontró donde ganarse el pan.
—Ya lo creo, y bien que se lo ganó, que a los hijos les ha dado carrera.
—Sí, pero, luego, cuando mueren, bien que los traen a enterrar aquí.
—A cada uno, donde le conviene.
—Así es.
En el atrio esperaréis a que llegue el cura. Las mujeres y los viejos retirados formarán el público concentrado en la explanada. El murmullo apagado y la masa de seres que te rodean te sumergirán en un mareo difícil de definir. Te sentirás más viva entre ellos, pero también más sola, pues pocos son los que se acercarán a interesarse por ti, como mucho, unas frases de compromiso. Pero tú no te arredrarás y te juntarás a esas vecinas con las que llegaste, aunque ninguna de ellas aparente darse cuenta de que te has sumado al corro.
Cuando entres en la iglesia, te sentarás en los bancos delanteros, junto a otras viudas solitarias que se correrán para dejarte asiento a su lado. Con ellas podrías hablar, pero estáis en la casa de Dios en la que el silencio es norma. Por otra parte, el motivo de su presencia no será únicamente honrar la memoria del Marinero, sino también interceder por sus esposos o hermanos muertos. En cambio, tú no añorarás a Balbino, tu hombre, en la iglesia ni en las letanías de los rezos. Lo echarás de menos en esa cama eterna sin su presencia, en la cocina silenciosa, en esa fresquera vacía, en esa cuadra donde no hay ni ratones, en ese pajar y leñera tan solo ocupados por inmensas telarañas negras…
Lo que soportarás peor es no haber tenido hermanos. Solos tú y tu madre, ya que de tu padre no recordarás nada más que lo que ella ha repetido múltiples veces: que murió, aunque no se sabe con certeza si fue por un accidente o por una enfermedad incurable.
En casa no quedarán vestigios específicos del oficio que desempeñaba. Sabrás que habéis heredado unas fincas que nadie te ha aclarado si se cultivan o se encuentran en barbecho, pero en el corral no hay vestigios propios del oficio de agricultor. Tal vez los aperos se hallen en otro lugar, quizá en la casa de los abuelos. Sin embargo, ellos también fallecieron y, aunque sabes cuál fue su vivienda, nunca entraste en ella. En tu imaginación lo recrearás como un cantero más de los muchos que hay, pero no podrás estar seguro de ello, porque la presencia de un porrillo y unos maltrechos punteros en la entradilla que comunica el corral con la casa no basta como indicio del trabajo en una cantera, pues muy bien los podría haber utilizado para sacar astillas de los tarugos más duros. No te atreverás a preguntar a tu madre si se dedicó a la piedra, para no desilusionarte con una respuesta que no corrobore la quimera que desde siempre has albergado de que tu progenitor fue un experimentado trabajador capaz de labrar bordillos, losas y adoquines; también procurarás no saciar tu curiosidad, sabiendo que siempre que habláis de tu padre, ella se alterará y te ordenará no pronunciar jamás su nombre. Tampoco le podrás plantear las razones por las cuales tú solo eres el fruto de esa relación denostada. A pesar de tu perspicacia, nunca te atreverás a preguntar por la hermana mayor que tuviste, muerta a los pocos días de nacer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario