No era habitual que la caldera estuviera encendida a las nueve de la mañana. El hermano Francisco, mi superior en esta ocupación de fogonero, echaba las últimas paletadas de carbón antes de retirarse a dormir a su celda. No era la primera vez que me encontraba fuego en la gran estufa de metal, ya que el hermano Claudio, el despensero, era muy friolero, y dormía en un pequeño habitáculo en el mismo almacén que administraba, que no estaba lejos del cuarto de calefacción. Si no conciliaba el sueño o se despertaba, no le daba pereza y se acercaba a echar una carga de combustible. Sin embargo, incluso en estas ocasiones, el fuego estaba extinguido o solo alguna escoria desprendía calor. Por eso me sorprendió que la estufa estuviera caldeada al llegar después de desayunar. Podía ser que alguien la hubiera alimentado al levantarse, pero era raro porque el hermano Francisco había prohibido esto, no sé si por iniciativa propia o por orden del director, para levantarnos todos ateridos de frío y que no nos quedara más remedio que espabilarnos y darnos prisa en estar listos para comenzar la jornada.
Cuando aún había fuego, extraía el cajón con las cenizas depositadas en él y las vertía con cuidado en cubos de estaño que después volcaba en un carretillo. Esos días las tareas eran menos, pues no tenía que prender, sino echar más carbón para avivar el fuego. Dependiendo del estado de ánimo, en esas ocasiones de menor trabajo, aprovechaba para transportar sacos de hulla desde la granja hasta el cuarto de calderas. De este modo la carga de trabajo era similar durante la semana.
Era una ocupación que solo podía realizar alguien con fuerza. A mis catorce años, pocos compañeros de colegio eran más fuertes que yo. Aunque me quejaba en ocasiones, en el fondo prefería ese empleo a pelar patatas hasta llenar una inmensa cazuela o fregar los larguísimos pasillos del colegio. Lo único desagradable era que el cuarto de la caldera se encontraba al lado de unos servicios que también tenía que limpiar. Solo los utilizaba el cocinero seglar y calvo, pues el mal olor impedía que nadie más entrara. No había manera de erradicar la vaharada a orín por mucha lejía que echara. Llegó un momento en que casi ni me ocupaba de ellos, pues los limpiara o no, siempre olían igual de mal.
Al día siguiente, la chapa estaba fría. Seguramente al hermano Francisco se le olvidó alimentarla antes de acostarse y el hermano Claudio no se destempló esa noche. Procedí como siempre. Primero arrastré los restos sin quemar con una badila; esas sobras las aprovecharía cuando hubiera prendido. El cajón con la ceniza estaba a rebosar. Barrí lo que se había quedado dentro y en los bordes con un cepillo. A continuación metí leña menuda y algún tronco más grueso para avivar el fuego. Al volcar los restos, algo me llamó la atención. Entre los trozos a medio quemar de carbón me pareció distinguir restos óseos. No estaba muy seguro, porque eran muy chicos y no lo suficientemente claros para identificarlos. Podían ser despojos en todo caso de un animal pequeño. Se me ocurrió que el cocinero hubiera echado al fuego un pollo enfermo de la granja. Lo que más me llamó la atención era un hueso con forma cóncava, que asocié a la tapa de un pequeño cráneo. Permanecí un rato sin saber qué hacer. Pensé que lo más sensato era arrojar esas inmundicias al fuego para que terminaran de deshacerse. Si se lo comunicaba al hermano Francisco, seguramente me ordenaría que hiciera lo mismo. En ese impás, cuando menos lo esperaba, apareció este a ver qué hacía. No era habitual su presencia, pues confiaba en mi desenvoltura.
—¡No has encendido todavía! —se sorprendió como si me hubiera despistado más tiempo del que creía.
—Mire lo que había dentro —le dije lo primero que se me ocurrió a modo de excusa.
—¿Qué es?
—Parecen huesos.
Desvió los ojos del cubo y realizó una inspección rápida del cuarto. Todo lo tenía en orden.
—No te olvides de barrer cuando termines.
Siempre me decía lo mismo. Estaba obsesionado con la limpieza del suelo. Lo tenía que barrer y fregar antes de irme.
—...y no tires los huesos. Apártalos y envuélvelos en papel de periódico.
Así lo hice sin dar más importancia al descubrimiento. Sin embargo, al manipularlos, intuí que esos huesos no eran los de un animal. Sentía un respeto que solo se manifiesta ante los restos de un semejante.
Dejé el envoltorio de papel encima de los sacos apilados de carbón. Antes de incorporarme a las clases que comenzaban a las diez, me dio tiempo a arrepentirme de haber enseñado los huesos al hermano Francisco. Me dio por pensar que quizá regañara al cocinero por haber arrojado esos desperdicios a la caldera y este, a su vez, se encarara conmigo por ser un metomeentodo. No le tenía miedo, más bien me daba asco, pero era consciente de que tal vez me arreara un soplamocos, o ensuciara aún más los urinarios para molestarme. Sin embargo, no sucedió nada de lo anterior.
La vida en un internado religioso está planificada para que los estudiantes nunca estén ociosos. Se practica mucho deporte para que el cuerpo esté físicamente al límite y evite las tentaciones de los tiempos muertos de ocio. El único momento en el que los internos recuperan parte de su libertad es cuando les permiten salir de paseo alrededor del propio colegio, ya que el centro no está cerca de poblaciones donde puedan ver a otras personas. Se sale por la puerta y se sube a un monte para desde la cumbre otear esos pueblos alejados e imaginar allende la cadena montañosa sus localidades de origen. Unas veces salía de excursión con unos, otras con otros, dependiendo de los lazos más o menos intensos de amistad que mantenía con los compañeros. Con unos era divertido ir ya que no parábamos de decir tonterías y de reírnos; con otros la camaradería era más arriesgada porque eran sujetos peligrosos, ya que fumaban y claramente no aceptaban las normas por las que nos regíamos: siempre estaban en la mira del hermano Valeriano, el director, que en cualquier momento podía dictaminar su expulsión.
Por entonces, sabiendo lo duros que serían esos años en el internado y que no sentía ninguna vocación religiosa, había apostado por continuar en el colegio con el objetivo de acabar el bachillerato. Eso suponía que permanentemente tenía que estar alerta para saber lo que más me convenía en cada momento para que el director no me expulsara. La compañía de los descontentos no era recomendable. Entre estos había algún compañero que era del mismo pueblo, y este vínculo me obligaba a mantener, aunque solo fueran atisbos de amistad. De entre los rebeldes destacaba Félix, paisano y para más señales, primo segundo mío. Mi relación con él se había reducido a contactos esporádicos iniciados por él mismo, aunque he de reconocer que al principio de nuestra estancia en el internado quise ser amigo suyo y él no aceptó. Solo hablábamos o salíamos juntos cuando a él le apetecía.
Félix era un tipo interesante, querido por unos y odiado por otros, tanto entre los compañeros como entre los mismos frailes. A mí me parecía inquietante y demasiado adulto para su edad. Era muy serio hablando y rara vez sonreía. Una característica de su personalidad era que siempre decía la verdad. No significaba que fuera un bocazas, pues era reservado, pero, puesto en conversación, no tenía pelos en la lengua. Lo que más me llamaba la atención no era lo que decía, siempre sorprendente e inaudito, sino el aplomo de sus palabras. Con él me enteraba de muchos entresijos del funcionamiento del centro y de secretos que muy pocos conocían de otros compañeros o de los mismos profesores que nos impartían clase. Cómo era capaz Félix de enterarse de eso era un misterio. Nunca le oí mencionar sus fuentes, por lo que supuse que, o bien su discreción era absoluta, o sus confidentes eran los propios protagonistas. La verdad es que cuando los dos manteníamos una conversación de este tipo me despistaba, porque no comprendía cómo podía confiar en mí si solo nos juntábamos de vez en cuando.
Una de las revelaciones estaba relacionada con el vecino convento de las clarisas, cuya finca, llena de pinos, colindaba con la nuestra. Después del descubrimiento de huesos en la caldera, salí de paseo un día con él y otro compañero que se llamaba Anselmo, natural de la misma localidad donde se hallaba el colegio, y merodeamos por el internado de las chicas. No era el paraje que más frecuentábamos, pese a la vecindad femenina. Era un centro hermético en su totalidad. Supuse que entre las internas habría chicas de nuestra edad, pero nunca las había visto: ni en el pueblo ni en su residencia. La intención de Félix y Anselmo era acercarnos a las tapias y escalarlas para ver si podían descubrir a alguna muchacha. Salimos por una pequeña portilla metálica que nunca se cerraba. Oír los chirridos del eje al desplazarla me alarmó, y sentí que estaba haciendo algo malo. Anselmo la manipuló con seguridad para dejarla de nuevo cerrada. El del pueblo era el más decidido en nuestro avance. Los tres permanecíamos en silencio, como si estuviéramos en alerta por si alguien nos sorprendía. Al llegar a la tapia de las monjas, Anselmo la escaló con una soltura impropia de su cuerpo cheposo.
—No se ve a ninguna —anunció cuando descendió—. La pared está muy lejos del colegio y por aquí solo hay pinos.
—Vamos hasta la cancela —propuso Félix, con la intención de acometer la iniciativa más sencilla.
Las dos hojas de la puerta estaban cerradas con una gruesa cadena enrollada en los barrotes y bloqueada por un aparatoso candado. Metimos las caras por las barras y examinamos todo lo que ante nuestros ojos se mostraba. Era un jardín sombrío y descuidado, al que el sol no le daba demasiadas horas. Tal vez en verano fuera un sitio fresco en las tardes calurosas. Por allí no hallamos indicio alguno que nos hiciera pensar que hubiera alguien.
La excursión estaba resultando aburrida y estuve a punto de proponer adentrarnos en el monte y desde cierta altura comprobar si se vislumbraba algo en el interior. Lo hice después de realizar más intentos de observación desde la cumbre de otros tramos del muro. A Félix no le gustaban mucho los terrenos abruptos, pero acabó aceptando la propuesta. Nada más descubrir una piedra en la que nos podíamos sentar los tres, nos detuvimos.
—¿Quieres? —me ofreció un cigarro después de ponerse uno en la boca y dar a otro a Anselmo.
—No, gracias, no me gusta.
Rechacé fumar. Sabía que no podíamos hacerlo y era uno de los riesgos mayores por el olor que quedaba adherido a las ropas y al aliento. Pero mi negativa no obedecía a esos motivos, sino a que me desagradaba fumar.
Los tres posamos la vista en el colegio. Las cortinas y visillos impedían contemplar a nadie. Si no fuera porque alguno de los vanos estaba iluminado, se podía suponer que era un edificio deshabitado.
Después de unas bocanadas de humo y de permanecer en silencio, Félix habló:
—¿Sabes quiénes están es este colegio?
Se dirigía a mí. Me sentí fuera de juego, porque Anselmo sí que lo sabía. Incluso, es probable que fuera él quien le informó de lo que estaba a punto de revelarme.
—Chicas de nuestra edad —dije pensando que no había otra posible respuesta, pues esa era la idea que toda la comunidad tenía del personal del citado colegio.
—Ya, pero algunas son mayores que nosotros —realizó esta observación Anselmo.
—Estas muchachas no se encuentran en el colegio para ser monjas —me aclaró Félix.
—¿No estudian como nosotros? —me sorprendí.
—Seguramente, sí, pero no estudian para monjas, como nosotros estudiamos para frailes —explicó Anselmo.
—A estas chicas las han encerrado aquí en contra de su voluntad —dictaminó Félix.
Estuve tentado de replicarle que muchos de nosotros también nos sentíamos así.
—A estas pobres no se les ve el pelo por ninguna parte. No es como nosotros, que poco o mucho podemos salir de vez en cuando del colegio —intentó precisar Anselmo.
—¿Quién las ha encerrado aquí y por qué? —planteé.
—Por putas —aclaró Anselmo, que era bastante bruto.
No me atreví a repetir la palabra, que me parecía de mal gusto.
—Son muchachas a las que atraen mucho los hombres. Además, son rebeldes y sus padres no pueden con ellas. Algunas se han escapado de sus casas y se han quedado embarazadas —se explayó con más naturalidad Félix.
No daba crédito a lo que estaba oyendo y quería saber más de esas desgraciadas allí encarceladas, pero, para evitar la morbosidad del tema, me callé y esperé con expectación a que mis compañeros aportaran más información.
—Si pillamos a una de estas, nos damos el lote los tres —aseguró Anselmo.
Me pareció la afirmación de un simple bocazas, pero la sola posibilidad de que fuera verdad me excitó.
—¿No te lo crees, Sanchi? Que te lo diga Félix...
Mi cara enrojeció de vergüenza. Me parecía imposible que sucediera lo que estaba ocurriendo.
Félix lo miró como si acabara de decir algo que no tenía que haber mencionado y no abrió la boca.
—Que te cuente cómo le fue con una que se escapó…
No mostré ningún interés en saberlo, siendo consciente de que Anselmo estaba metiendo la pata hasta los corvejones y que ponía en un brete evidente a Félix.
—¡Menudo lote se dio con ella!
—No le hagas caso —terminó diciendo Félix.
Tardé tiempo en volver a tener otra conversación con el pariente. Recapacitando en lo que habían dicho y en la actitud de Félix, no solo creí que no habían mentido, sino que no me habían contado ni la mitad. Félix era así. Dosificaba la comunicación y casi siempre me resultaba imposible discernir por qué me la proporcionaba. En ningún caso era por amistad o por los lazos difusos de la familiaridad. Como en otras ocasiones, transcurridos unos días mi interés en el asunto disminuyó, como había desaparecido la preocupación por el misterio de los huesos recobrados de la caldera. La verdad es que sentí alivio porque el asunto no transcendiera, ya que no percibí ningún cambio en el comportamiento del cocinero. Su presencia en los servicios, cada vez que iba a hacer sus necesidades, dejaba un rastro a verduras cocidas, la mayoría con sabor agrio, pero no me reprochó que me hubiera ido de la lengua. Abría la ventana para que se renovara el aire, mas era imposible erradicar la podredumbre inserta en las paredes y maderas de puertas y ventanas. De todos modos, a partir del hallazgo de los huesos, me fijé con más atención en las cenizas por si junto a las escorias descubría restos sospechosos, pero esto no volvió a ocurrir en el tiempo que estuve de encargado de la calefacción.
Los meses de ese largo invierno se sucedían y el hermano Francisco no me relevaba del oficio, algo que era casi obligatorio cada mes. Me imagino que estaba conforme con mi trabajo y sabía con certeza que controlaba a la perfección la caldera, y le daría pereza adiestrar a otro que me sustituyera. Tuve que aguantar algún comentario relativo al enchufe que tenía con él. No acertaba a comprender esas comidillas de mis compañeros. Por una parte, en el caso de que fuera cierto, me henchía de vanagloria porque alguien reconociera mis cualidades; por otra, me fastidiaba porque lo que ellos consideraban una bicoca no lo era tanto. No sabían que todos los días tenía que recorrer un largo camino con un carretillo cargado de cenizas hasta vaciarlo en un muladar al confín de la finca y que había veces que la nieve me sobrepasaba los tobillos. A esas horas tempranas el frío seco de la sierra era intenso y las manos se me quedaban heladas. Ni que cada vez que me acercaba al almacén a buscar un saco de carbón tenía que sortear un perro encadenado que ya había mordido a tres hermanos, entre ellos al propio hermano Francisco y al hermano Manuel.
No sé si el estar protegido por el hermano Francisco fue la causa de la enemistad con el hermano Manuel. Los dos miembros de la comunidad no se podían ver, aunque tardé en enterarme y esto no sucedió porque me lo contara Félix, sino fruto de mi propia observación. Se cruzaban por los pasillos sin dirigirse la palabra. También, cuando alguno de nosotros hacíamos referencia a uno de los dos, no podían evitar la cara de fastidio al oír el nombre de su rival. No sé cuáles eran los motivos de sus desavenencias. Quizá fuera sus propias personalidades, incompatibles entre sí. El hermano Francisco, con sus casi cincuenta años, era una persona estable y con criterios sólidos de lo que era la vida en el internado; en cambio, el hermano Manuel era un joven inestable, con poco más de veinticinco años: había días que estaba muy alegre, pero otros, —no se sabe qué mosca le picaba— era mejor no acercarse a él.
No me extrañaba sufrir las consecuencias de esa enemistad al encontrarme en medio del campo de batalla de los dos. Yo, el protegido del hermano Francisco, recibía desplantes por parte de su rival que quizá estuvieran destinados a él. Como no fuera este el motivo, no encontraba otro.
Me sorprendió porque el cambio fue muy brusco. De hecho, siempre consideré al hermano Manuel uno de mis favoritos. Era alto, con el pelo ensortijado, risueño y con un sentido del humor muy desarrollado y digno de admiración por su ingenio. Creo que me gustaba porque notaba que mi chispa de gracia y mis ocurrencias eran fruto también de una inteligencia desarrollada. Mantenía buena relación y podía hablar con él de casi todo con naturalidad, a veces, tal vez, con exceso de camaradería. Teníamos nuestros piques, pero siempre respetando la amistad. No obstante, con el paso del tiempo, percibí que la relación ya no era así, hasta el punto de que sufrí por su parte amonestaciones severas totalmente injustas. Una de las más humillantes fue mandarme cortar el pelo porque consideraba que ya lo tenía demasiado largo. Llegó un momento en el que dejamos de dirigirnos la palabra ni para saludarnos.
No fue fácil sobrellevar esta relación, porque el hermano Manuel nos daba Historia (a veces, nos dejaba copiar con descaro), pero, sobre todo, era el encargado de las actividades deportivas. Siempre andaba dando vueltas por los campos de fútbol, las canchas de baloncesto y los frontones. Él era el que controlaba todo el material para gimnasia y la práctica de los distintos deportes. Era muy bueno. Sin quitarse la sotana, regateaba con el balón, encestaba a baloncesto o llegaba el primero a los veintiún puntos en las paredes altísimas de los frontones. Siempre estaba con ánimo de sumarse a cualquier juego y de proponernos caminatas por los montes próximos las ocasiones en las que nos dejaban salir de paseo.
En uno de los paseos por el monte ocurrió algo sorprendente. Mis ojos no se creían lo que estaban viendo. Muchos de mis compañeros fumaban sin que el hermano Manuel se lo prohibiera. Tanto los habituales como otros que se animaron esa tarde tenían en la mano un cigarrillo que alguien les había dado. A mí también me ofrecieron, pero lo rechacé. Ya he mencionado que me da asco el tabaco. Además, intuía que eso iba a traer consecuencias desagradables. Me decía alguno con el que hablaba que era improbable que tomaran represalias contra tantos. Era verdad que no se atreverían a expulsarlos, pero intuía que no se olvidarían del asunto. Con todo, lo más sorprendente era la permisividad del encargado. No estoy seguro de que el hermano Manuel fumara; es probable que no, razón de más para no explicarme cómo se le había escapado de las manos ese desorden.
Permanecimos en la pequeña meseta de la cumbre un buen rato. Lo pasé mal porque mis compañeros se sorprendían de que no fumara como ellos. Tuve que justificarme ante varios y eso que me había apartado lo más posible para pasar desapercibido. Por una parte quería que regresáramos para que concluyera ese desmadre del club de los fumadores, pero, por otra, temía llegar al internado, porque no quería ser testigo de la reacción del director y del claustro de hermanos. Sabíamos a ciencia cierta que ninguno fumaba, ni en público ni en privado.
Sorprendentemente transcurrieron unos días sin que hubiera reacción. Tal vez nadie hubiera dado cuenta al superior del incidente o, como aseguraban todos la tarde de los hechos, no se atrevieran a tomar medidas para castigarlos.
Cuando ya casi habíamos olvidado el asunto, se corrió la voz de que el hermano Eleuterio y el hermano Manuel estaban registrando los armarios y las mesillas. Se armó un revuelo general, pues muchos, confiados por no habernos mencionado el asunto después de esa tarde, tenían guardadas cajetillas de tabaco para fumar cuando pudieran salir del colegio. En el primer momento en que quedamos libres, muchos subieron a los dormitorios a comprobar si les habían descubierto el escondite donde guardaban los cigarros y la caja de cerillas. La palidez, el apocamiento y el llanto delataron ante todos a los que les habían pillado. Muchos de los compañeros se hicieron a la idea de que en pocos días los expulsarían. Así lo pensé yo también, aunque no sucedió de manera inmediata y nunca la razón de la expulsión fue el haber fumado, sino un motivo general que servía para todos los que nos dejaban: no tenían vocación religiosa.
Me enteré de que en el armario ropero, dentro de un par de calcetines enrollados, habían descubierto a Félix una cajetilla. No lo busqué a propósito, pero creí oportuno cuando me encontrara con él, decirle algo para expresar que sentía lo que le había pasado. La primera ocasión que lo vi, me dirigí a él, pero se dio media vuelta sin que pudiera hablarle. Me quedé desconcertado. En ese momento, no fui capaz de hallar una explicación a su reacción. Después de dar muchas vueltas a su comportamiento, deduje que tal vez considerara que yo podía ser uno de los que había ido con el cuento al director. Me ofendió que llegara tan solo a pensar eso y determiné romper la poca relación que mantenía con él.
Fueron días raros, con un ambiente cargado. Nos mirábamos y una sospecha se despertaba en cada uno de nosotros. No confiábamos en nadie, pues podía ser un enemigo que te delatara, por lo que fuera. La situación se normalizó con la visita de El Provincial, la autoridad más alta en la demarcación religiosa. Durante su estancia nos cambió la cara a todos. Los hermanos nos instruyeron para causar buena impresión en su superior. Durante el curso eran normales dos o tres visitas. En esta ocasión nos llamó a su presencia a los alumnos de tercero. Todos temíamos las entrevistas personales, en especial las que realizábamos con el director, pues, cuando nos llamaba a su despacho, no era para nada bueno. La sensación que sacamos todos los compañeros de la conversación con el hermano Provincial fue extraordinaria. No se interesó por si sentíamos la llamada de El Señor para ser un buen hermano, sino por la vida diaria que llevábamos en el internado. Los hermanos que formaban la comunidad se relajaron y mostraron la mejor de sus sonrisas. El colegio parecía estar en una completa armonía. El Provincial prometió que regresaría antes de finalizar el curso, ya que nuestra compañía le había resultado muy enriquecedora. Con esas palabras se despidió de nosotros en el salón de actos.
Las secuelas de su visita se prolongaron durante un breve espacio de tiempo. Anhelaba la rutina de la que muchas veces me había quejado: las misas y oraciones, las horas de estudio, los recreos y las charlas con los amigos, el rato de televisión esporádico que nos permitía el director… Nos fuimos relajando. Sin embargo, aunque no con la misma virulencia, la desconfianza de unos con otros tuvo un nuevo brote. Un lunes, cuando nos levantamos y creímos que la semana que comenzábamos iba a ser normal, corrió como la pólvora un runrún inhabitual a esas horas tempranas. No sabíamos con precisión de qué se trataba. Alguien había escuchado antes de levantarnos a las siete una discusión acalorada entre varios hermanos. Habían identificado al director y a los hermanos Francisco y Manuel. No se precisaba en los comentarios que nos íbamos pasando el motivo de la bronca. Yo sabía, me imagino que al igual que otros muchos, que había rencillas entre los hermanos Francisco y Manuel, y pensé que el conflicto había estallado y el director tuvo que intervenir. Los que no se habían enterado antes lo hicieron mientras desayunábamos. Las conversaciones eran apagadas y los murmullos iban de un lado a otro sin que se pudieran detener.
Ese día, después de desayunar, nos costó comenzar la hora de servicios en la que cada uno se ocupaba de una tarea. Yo me dirigí al cuarto de la calefacción con el temor de encontrarme con el hermano Francisco, pero no apareció durante todo el tiempo en que me ocupé del mantenimiento de la caldera. Poco a poco, se originó una hipótesis aceptada por la mayoría de los motivos de la confrontación entre hermanos. Según esta, el hermano Francisco y el Director habrían reprochado al hermano Manuel su poca responsabilidad por el asunto de la excursión en la que los internos fumaron, y las consecuencias derivadas, como la de descubrir a bastantes que mantuvieran guardados paquetes de tabaco en sus armarios. Yo me callé y no aumenté con ningún chisme la bola, creyendo que lo se afirmaba no era del todo cierto, pues los roces entre los dos hermanos eran anteriores a este incidente.
La vida en el internado se desarrolló más lenta a partir de estos episodios conflictivos. El temor personal a que nos expulsaran en cualquier momento del colegio, que era el pan nuestro de cada día, aumentó durante este periodo convulso, teniendo en cuenta que Semana Santa estaba próxima y siempre, después de cualquier vacación, no todos los alumnos regresaban. En esa tesitura lo mejor era pasar desapercibido y no cometer ninguna falta que descubrieran los hermanos.
Antes de que llegaran las vacaciones de Semana Santa viví unos días muy convulsos. El hermano Manuel continuó hostigándome sin compasión. Me dio dos faltas por hablar, según él. No protesté, porque estaba seguro de que este hombre me la tenía jurada. No había ocasión que no aprovechara para mortificarme castigándome sin compasión. Es verdad que estaba hablando, pero como yo, la mayoría de mis compañeros. ¿Por qué se fijó en mí y no en otros? No me cabe la menor duda de que lo hizo porque me había cogido manía. Además, llegué a convencerme de que no era a mí solo, sino a mi clase. El hermano Manuel siempre estaba en contra de los de 3º B, mi grupo. Eran ya muchos los detalles, y su actitud despectiva evidente cuando trataba con nosotros. Intentaba comprender su predisposición contraria a nuestros intereses y no lo lograba. Era mucho más severo con nosotros que con otros. A los de 3º B nos ponía a jugar en los peores campos o no nos permitía practicar el deporte que nos apetecía, o se negaba a aplazar un examen cuando se lo proponíamos. Aunque le protestábamos, no nos hacía caso. Además, percibía que disfrutaba con nuestras rabietas.
El otro suceso insólito que ocurrió unos días antes de ir a ver a nuestros padres fue la segunda visita del hermano Provincial en un lapso de tiempo tan breve. De hecho, su presencia pasó desapercibida para los internos. Ni lo presentaron como en otras ocasiones en el salón de actos ni visitó ninguna instalación. El director tampoco nos previno de su presencia. Si bien fue un hecho insólito, yo no le di ninguna importancia. Su nueva estancia tendría que ver con la resolución de problemas internos de la comunidad religiosa o, tal vez, con la planificación de algún proyecto para el curso siguiente. Su marcha se realizó también de forma discreta.
Como preveíamos todos, la tarde antes del día de la partida, el director llamó a su despacho a bastantes internos para comunicarles el consabido diagnóstico de que no eran llamados por Dios para la vida religiosa. Fueron unas horas eléctricas por el nerviosismo y la tensión reinantes. Los que nos abandonaban se despedían de los amigos más íntimos mientras metían todas sus pertenencias en la maleta. Antes de acostarnos sabíamos la lista de los expulsados. La primera reacción era de alivio por no ser uno de estos; la segunda, lástima por algunos a los que no volveríamos a ver más. Ninguno de mis amigos ni paisanos formaba parte de esa lista. Me alegré por Félix, aunque ya no mantuviera contacto con él.
Las vacaciones transcurrieron muy rápido y a los diez días regresamos al colegio. Venía sin fuerza y con la sensación de injusticia por lo deprisa que se habían pasado. Además, albergaba un temor que hacía que mi ánimo estuviera por los suelos. Tenía que afrontar la última parte del curso, la más dura. El alivio era que, una vez que finalizara el tercer trimestre, disfrutaría de un largo verano en el pueblo.
Nada más comenzar las clases se esfumaron todas mis tribulaciones, pues una preocupación diferente ocupó mi mente. Fue otra vez Félix la fuente de mi desasosiego. Las pocas veces que hablaba con él me creaba un estado de excitación que se prolongaba durante un buen periodo de tiempo. No me hubiera importado mantener una conversación banal con él, pero siempre me venía con alguna historia que me alteraba.
—¿Te has enterado de lo que le ha pasado al hermano Manuel? —me planteó.
Me había abordado mientras yo iba de camino al muladar con el carretillo de cenizas. Él estaba ese mes encargado de la limpieza de los servicios que se encontraban cerca de los campos de deporte.
—Te acompaño —me propuso.
Me sorprendió que abandonara su obligación de permanecer en el lugar que le habían asignado, pero como a mí su falta no me incumbía, no le quité la idea. Durante unos metros hablamos de lo que habíamos hecho en vacaciones, sin entrar a desarrollar la pregunta clave que a mí me parecía redundante, porque, por boca del director, todos nos habíamos enterado de que se había marchado de misionero al Congo. No nos sorprendió. Los hermanos envidiaban a los propios compañeros que trabajaban en las misiones de África y, en muchas ocasiones, encomendábamos nuestras oraciones por ellos, al mismo tiempo que nos desprendíamos de parte de nuestro dinero en colectas para recaudar fondos o cuando llegaba el Domund.
—Eso de que se ha ido de misionero es una trola —afirmó con el aplomo que le caracterizaba.
—¿Cómo lo sabes? —me atreví a preguntarle.
—Porque lo sé a ciencia cierta —me aseguró sin citar, como era habitual, sus fuentes de información.
—¿Y a dónde se ha ido?
—A su casa.
Aunque seguimos caminando, yo llevando el carretillo, me quedé sin palabras. Podía ser verdad, pues el hermano Manuel solo tenía órdenes menores y aún no se había consagrado definitivamente.
—¿Lo han expulsado o se ha ido porque ha querido?
—Lo han expulsado —afirmó con serenidad—. ¿No te acuerdas de que el hermano Provincial vino unos días antes de irnos de vacaciones? Pues fue para tratar este asunto.
—¿Qué ha hecho para echarlo?
A Félix le costó hablar, como si buscara las palabras precisas para no contarme más detalles de los que él consideraba oportunos.
—Mantenía una relación con una monja de las clarisas y lo han descubierto.
No terminaba de creérmelo, pero estaba seguro de que Félix no era de los que fabulaban.
—¿Cómo se han dado cuenta? —casi objeté a lo que me decía como muestra de mi incredulidad.
—Alguien lo delató metiendo por debajo de la puerta del despacho del director un papel con un texto mecanografiado.
Estoy seguro de que en esa nota acusatoria no había tantos detalles como los que me aportó Félix. Se habían conocido cuando la superior de las clarisas se puso en contacto con nuestro director para solicitar un préstamo de material deportivo. Este delegó en el hermano Manuel, como encargado de deportes. Los dos se conocieron y se cayeron bien, y se liaron. Pero no era algo que hubiera sucedido hacía poco: la relación venía de tiempo atrás. Con cierta frecuencia el hermano Manuel salía del colegio por la puerta por la que se accedía a los patios. Él tenía esa llave por ser el responsable del vestuario. Saltaba el muro justo por los servicios pegados a la pared que limpiaba Félix. Las visitas del hermano Manuel a su querida monja eran nocturnas...
A partir del momento en que dejé a Félix en los servicios que debería haber estado limpiando, y durante todo el día, estuve pensando en lo que me contó. Ningún compañero más sacó a relucir la marcha del hermano; parecía que la comunidad asumía su ausencia con normalidad. En su lugar vino un fraile aún más joven y llamativamente bajo. No se parecía en nada a su predecesor. Muchos agradecimos el cambio. La forma en la que desapareció el hermano Manuel me dejó mal sabor de boca, porque me hubiera gustado disponer de la oportunidad de reconciliarme con él.
La historia referida por Félix era creíble. Deduje algunos detalles que no me aportó. Seguramente la persona que coló el papel debajo de la puerta del despacho del director fue él. Fue lo suficientemente espabilado para no relatar lo que denunciaba escribiendo a bolígrafo, porque hubiera sido una pista fácil de seguir al estudiar su caligrafía. Al hacerlo a máquina ocultaba su autoría.
Más dudas me planteaban las siguientes cuestiones, aunque ordené la secuencia de acontecimientos de una manera lógica. Si era cierto que Félix había conocido a una de las internas reclusas que se escapó del convento de las Clarisas, no era descartable que la chica supiera la relación que mantenía una de las monjas con el hermano Manuel y que se lo contara a Félix.
En cuanto a los motivos para que este delatara al hermano Manuel me eran indescifrables. La única razón para la venganza que hallé es por haberle descubierto este en el armario ropero el paquete de tabaco camuflado en un par de calcetines enrollados.
Me asusté ante la sola posibilidad de que estas deducciones fueran fehacientes. Félix me dio miedo si había sido el denunciante. Fue una razón más para huir de él. Temía que me acometiera con su presencia. Por nada del mundo quería su amistad. No obstante, aunque nos saludábamos cuando nos cruzábamos, la relación no fue a más.
También me preocupaba la reacción de los hermanos, especialmente la del director y la del hermano Francisco. Consideré que la marcha del hermano Manuel y la expulsión de los alumnos más conflictivos no eran suficientes para olvidar este asunto. Me imaginé que no cesarían de buscar al delator, y mientras no lo descubrieran, no volvería a reinar la paz en el colegio. Me vi en peligro, al ser poseedor de alguna clave que podría ser determinante para despejar la incógnita. Sentía pavor de que los más involucrados en el asunto me acometieran. Félix, si se veía acorralado, era factible que declarara que lo revelado en el papel anónimo me lo había contado a mí, y yo había guardado el secreto. Tampoco tenía todas conmigo con respecto a los hermanos. En este caso, podía ser el hermano Francisco el que intentara sonsacarme si mi nombre lo sacaba a relucir alguien.
Cómo será que el paso del tiempo erosiona la acritud de cualquier preocupación. El esfuerzo que requería los estudios y el cuidado de que los hermanos no observaran nada negativo en mi comportamiento me hicieron relegar este asunto. Me sumé a la bola del olvido con el resto de compañeros y pronto el hermano Juan José, con su leve sonrisa y su carácter apacible, consiguió que nadie mencionara al hermano Manuel, como si no hubiera sido un miembro de la congregación.
Con este ambiente apaciguado podríamos haber llegado a fin de curso, pero la expulsión de Félix, un mes y medio antes de las vacaciones, alteró la paz. Para la mayoría su marcha no se diferenció de otras; ya estábamos acostumbrados. Para mí, no. Era de mi pueblo y medio familia. Ese era ya un motivo para hacerme pensar y lamentar que nos dejara. No tuve tiempo de despedirme. Solo lo vi de refilón cuando estaba a punto de bajar las escaleras con la maleta en una de las manos y la chaqueta en la otra. Me miró, pero no era mirada de despedida. Sus ojos grandes eran una inmensa puerta abierta que conducía al abismo. Me sentí mal por no intercambiar unas palabras. Era otra partida parecida a la del hermano Manuel. Además, noté el bochorno de ser contemplado por otros compañeros, que quizá esperaban que yo reaccionara. Pero me quedé parado, sin ser capaz de pronunciar una palabra.
Pasada esa angustia, miré a mi alrededor, a ver si alguno de los que también habían contemplado la partida me podía decir el motivo por el que lo expulsaban. A todos se nos había quedado cara de pánfilos. Supe que ese camastro vacío de Félix no lo ocuparía ya nadie el resto del curso. Cada vez que me dirigiera a los lavabos y lo contemplara me acordaría de él. Asimilé que sería un conflicto sin resolver con el que cargaría a mi espalda siempre.
La caldera estuvo funcionando hasta bien entrado mayo, ya que el frío de la sierra nevada no dio muestras de debilitamiento hasta rondar el verano. Cada vez que transportaba un saco de carbón desde el almacén de la granja hasta el colegio, pensaba que podía ser el último de la temporada. La pila que habitualmente acumulaba había ido poco a poco descendiendo y calculaba lo que se consumiría para que luego no me tocara retornar lo que ya no se iba a quemar.
—Cuando se gaste lo que hay en el cuarto, no traigas más, Sanchi —me ordenó el hermano Francisco.
Para mí fue una orden y un despido. A partir de entonces me tocaría pelar patatas o barrer y fregar pasillos, escaleras, aulas… No sé por qué me dio pena.
Al poner de pie el último saco, me llevé una sorpresa tremenda. Entre este y la pared negra apareció el envoltorio de los restos óseos que yo pensé que se había llevado el hermano Francisco. Por nada del mundo se me ocurrió volver a comunicárselo a mi encargado. Eché leña menuda para hacer un fuego potente y después cargué la caldera con buenas paletadas de carbón. Volqué la bolsa en el suelo para recoger con el badil los desperdicios. Allí estaban los huesecillos y la diminuta concha ósea, y también un pequeño objeto que no había observado la primera vez. Me costó identificarlo, pero no me cupo la menor duda de que ese amasijo de metal había sido un silbato.
Lo sostuve en la mano, cavilando. Sin saber por qué, me lo guardé en el bolsillo. No fui capaz de arrojarlo a las llamas.
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