Vive al lado de la carretera, cerca del arroyo. Es una casa de dos plantas. Todas las dependencias están muy recogidas y las divide un pasillo amplio que da al corral y la cuadra, donde mi abuelo tenía la borriquilla con la que se desplazaba al huerto o a las tierras que cultivaba. Nada más entrar hay a la derecha un dormitorio amplio, con un espacio destinado a peluquería; mi tía, de soltera, ejercía ese oficio. A la izquierda, la salita y la alcoba, donde duerme mi abuela. En la otra mitad de la planta, dos cocinas. La más pequeña, a la derecha y con hogar, era donde se curaba la matanza, y mi abuelo, sentado en una banquilla, reflexionaba durante largas horas contemplando arder las astillas; la de la izquierda, dotada de una placa bilbaína, la mesa camilla, sillas y sillón de mimbre del abuelo, era donde hacían la vida. Encima de su cabeza, en un pequeño estante, la radio en la que oía el parte, momento en el que toda la familia guardaba un silencio religioso. En la planta superior se encontraban los dormitorios de sus numerosas hijas, donde solían dormir con sus maridos aquellas que se habían marchado del pueblo al casarse.
Mi abuela es un espejismo empequeñecido de lo que fue en su juventud. Se conserva alguna fotografía de ella de esa época y se puede apreciar su sorprendente estatura. No aprendió a leer ni a escribir. Sin embargo, domina los cálculos matemáticos con soltura. Una de las tareas que me encomendaba cuando era niño era que acudiera a su casa a ponerle la muestra: su nombre claro y con letra grande, para que la dibujara en el documento que debía firmar. Siempre fue una mujer con calma, que supo llevar con paciencia los frecuentes ataques de asma que sufría mi abuelo y los berrinches serios que también se cogía por las contrariedades más nimias. Fue una reina del hogar, gracias a la ayuda de la corte de hijas que se dividían las tareas domésticas. Desde que murió mi abuelo y mis tías se casaron, hace mucho tiempo, vive sola.
De pequeño visitaba a mis abuelos con regularidad. Casi todos los días me escapaba del patio escolar durante el recreo para que mi abuela me diera unas galletas. Procuraba entrar sin que me viera mi tía peluquera, porque, si caía en sus manos, me lavaba la cara y los oídos, metiendo sus delgados dedos en los orificios y secándome sin contemplaciones. También acudía los días festivos a que me dieran la propina. No obstante, al crecer, mis visitas fueron cada vez más esporádicas. Cuando me marché del pueblo siempre les escribí alguna carta, que mi abuelo respondía a vuelta de correo.
Pronto me entró cargo de conciencia por no cumplir con este deber de visitar a la familia, sobre todo a partir de la muerte de mi abuelo. Me acordaba de mi abuela cuando andaba con los amigos por los alrededores. Entonces, me apartaba de ellos y aprovechaba la cercanía para realizarle una visita rápida que aliviara mi culpa. No duraban mucho y no intercambiaba demasiadas palabras con ella, pero, por lo menos, me dejaba ver.
Entre visita y visita transcurría mucho tiempo y cuanto más pasaba peor me sentía por olvidarme de mi abuela. Por eso, aunque fueran horas intempestivas, me decidía a ir a su casa.
Una vez más siento ese malestar. Descendemos por la carretera después de contemplar las estrellas desde lo alto del pueblo. Son cerca de las doce de la noche. Me acerco más que nada para comprobar que todo está en orden. Supongo que la puerta ya estará cerrada, pero no es así. Pienso que tal vez mi abuela se ha acostado y se le ha olvidado echar la llave. Abro la hoja superior de la puerta con cuidado de no hacer ruido para no despertarla. El pasillo está a oscuras, aunque cuando quito el cerrojo de la hoja de abajo, descubro un resplandor procedente de la cocina de la placa bilbaína.
—Abuela, soy yo, Luisito… —le anuncio para que no se asuste.
—Pasa —oigo que me dice desde la lejanía—. ¿Qué quieres? —se sorprende de verme a esas horas.
—Nada. Solo quería verla a usted un momento —le miento, pues, en realidad, mi mayor preocupación es que no le haya pasado nada.
Me sorprende verla levantada y no sentada, entretenida, por ejemplo, con la costura. Trajina de un lado para otro sin que yo logre descifrar qué hace exactamente.
Lo que más temo son sus reproches, pero no me echa en cara que no vaya a verla. Tampoco descubro en su rostro una señal de alegría al verme. Me sorprende esta frialdad. Es más, tengo la sensación de que estoy interrumpiendo un momento de intimidad y que desea que mi estancia no se prolongue demasiado, pues no me ofrece una silla ni me saca ningún dulce.
Como casi no hablamos, inspecciono la casa a ver si está todo bien. Es verdad que el orden y la limpieza no son los mismos que cuando aún vivían mis tías, pero no encuentro detalles que me alarmen, teniendo en cuenta que habita una persona mayor. No ha abierto su cama en la alcoba y no hay cacharros olvidados en la cocina. No me explico cómo puede estar despierta tan tarde sin ninguna ocupación, pues ni siquiera se ve el cesto de la costura, ni la plancha, ni la radio, ni la televisión están encendidas. Deduzco, al comprobar que hay algo de lumbre en la cocina pequeña, que estaba sentada al fuego, tal vez pensando, como lo hacía mi abuelo. Aunque me quedo con las ganas de preguntarle en qué se entretiene levantada tan tarde, no me atrevo. No quiero que me confiese que se siente sola y que no le entra el sueño, aunque en su cara no hay indicio de esa soledad.
Una vez allí, no tengo prisa por reunirme con mis amigos. Me gustaría acompañar a mi abuela, pero no sé cómo justificar mi permanencia, pues la conversación es testimonial y obedece a preguntas y respuestas comunes. Aunque no percibo desasosiego por su parte, noto que mi presencia es artificial y forzada, y no deseo que la interprete como señal de que estoy preocupado por ella.
—Bueno, abuela, me voy —termino despidiéndome—. Cierre la puerta, que ya no pinta nada abierta.
—Ahora, cuando salgas —me responde con naturalidad y como si se fuera a acostar de un momento a otro.
Ya en la calle, espero para comprobar que me obedece. Cuando oigo echar la llave, me alejo. Me propongo venir a verla con más frecuencia, pues tengo la impresión de que no soy yo solo el que espacía sus visitas, sino también sus propias hijas y los otros nietos. Y, cuando menos lo espero, cuando estoy a punto de juntarme con mis amigos, me asalta una interrogante inesperada. ¿Cómo es posible que mi abuela siga viviendo en esa casa si la enterramos hace más de treinta años y, después de morir el abuelo, no quiso quedarse sola y se fue a meses con las hijas?
Comentarios
Publicar un comentario