Será una tarde de domingo después del rosario. El sol impactará en vuestras caras de niños. Miraréis hacia ese punto luminoso en busca del terraplén, una barrera imperturbable que se extenderá atravesando todo el paraje. Su altura con respecto al camino por el que vais os proporcionará pronto sombra. Avanzaréis evitando el barro y las zonas encharcadas de esa parte húmeda del término. Habréis salido de vuestras casas antes de la hora prevista para recoger las vacas con la intención de pasar un rato jugando. Llegaréis hasta el puente por el que más tarde os dirigiréis al prado. Os quedaréis un rato en esa parte sombreada. Echaréis a suertes quién se queda con la maya. Le tocará a Muchacho Barriguitas, quien no se quejará de su mala suerte, porque siempre está de buen humor. Cantará del uno al cuarenta, diez por cada uno de vosotros. Abrirá los ojos cuando finalice. Mirará hacia los huertos, hacia los zarzales, hacia las paredes de piedras que circundan los cercados y, al no ver ningún movimiento, ascenderá hasta la vía. Se asomará al otro lado del terraplén para comprobar que los animales no se han escapado. Los verá cerca de la portera esperando que los suelten, pues ya no les queda hierba que comer. No les dirá nada, pero pensará: «Que se aguanten, aún no es hora de salir». Antes de descender en busca de sus amigos, mirará más allá del contorno próximo y divisará un hombre dirigiéndose hacia donde ellos se encuentran. Cuando se acerque reconocerá a Hombrecito Sindientes.
—¡Que viene Hombrecito! ¡Que viene Hombrecito! —les gritará a sus amigos para suspender el juego y reclamar su presencia.
—¿Por dónde? —le preguntarán incrédulos pensando en la posibilidad de que sea una treta de su amigo bromista.
Pero no será una chanza: todos contemplaréis la figura menuda de Hombrecito. Vendrá hablando solo, murmurando para sí frases incomprensibles, avanzando sin importarle dónde pisa, bamboleándose de un lado al otro del camino.
—¿Nos cachondeamos? —propondrá Barriguitas creyendo que la diversión estará asegurada.
Los otros no se opondrán.
—¡Viene Hombrecito!
Llega frito, frito,
como el gurripato
que se comió su gato.
Me cagüen, me cagüen
en tus narices
que nunca olieron
escabechadas perdices.
¡Viene Hombrecito!
Hombrecito.
Entonaréis la canción con la que todos los niños se dirigen a él para hacerlo enfadar.
—¡Me cagüen en las narices! Como os coja, os mato —les gritará cuando oiga la canción, y estas amenazas las repetirá muchas veces a lo largo de la tarde.
Hombrecito, te apresurarás trotando como caballo desvencijado hacia el terraplén. Cuando estés próximo a ellos, les lanzarás terrones y piedras; algunas las llevarás en los bolsillos de la chaqueta de pana.
Al comprobar su reacción, vosotros, los niños, comenzaréis una desbandada repentina, por lo cual cada uno tomará un rumbo diferente, arrastrándose precipitadamente sin tener en cuenta los cardos, las zarzas, los rajos afilados…Correréis mientras oigáis las amenazas. El eco de su voz, rebotando en la pared de piedras y tierra compacta o en el túnel abovedado, resonará en la tarde brillante y calurosa. Cuando os reunáis, permaneceréis escondidos en silencio en la masa de encinas situadas en la parte alta del prado, mientras su voz se acaba perdiendo en las cárcavas desnudas que conducen a la llanura. Entonces recuperaréis el aliento y vuestro pulso volverá a su ritmo normal. El arrojo desaparecido mientras corríais regresará.
—No dejaba de decir palabrotas y que nos mataría, si nos agarraba —dirá el más miedoso.
—He visto que nos amenazaba con una navaja…
—Subió por el terraplén y se cayó de culo —explicará el que iba más rezagado.
Entonces, después de comentar la retirada, os percataréis de que os habéis ensuciado la ropa, que las piernas están llenas de arañazos y tenéis en las manos espinas clavadas… Por último, anticiparéis la regañina de vuestra madre al contemplar el estado en el que regresáis a casa.
Hombrecito desaparecerá. Sus gritos atormentados perdurarán aún, pero ya no tendréis miedo, porque se habrán alejado hacia el abismo del fin de la tarde dominical.
Los días siguientes sentiréis temor a cruzaros con él por si os reconoce. Lo observaréis cautelosos, pero comprobaréis que esa aventura nunca ha existido porque Hombrecito no la recordará.
Recorrerás a media mañana el trayecto desde casa al bar. Avanzarás despacio, con un equilibrio inestable, a pesar de apoyarte en dos garrotas. La gorra parda te caerá hasta los párpados y te dejará los ojos entornados. Tendrás que levantar la cara para ver con quién hablas, si no reconoces su voz. Mostrarás una sonrisa complaciente, se trate de quien se trate. No dirás nada y oirás los saludos y las preguntas que te efectúen. Tus respuestas, para las cuales cambiarás el semblante alegre por la gravedad de un ilustre pensador que intenta resolver una trascendental cuestión, serán un gruñido inarticulado, difícil de interpretar en sentido positivo o negativo. Mirarás a tu interlocutor sin medir el tiempo, mostrando otra vez tu cara feliz, como la de un dios Pan… Seguirás tu camino y te sentarás en un poyo donde te alcance la luz templada. Siempre tendrás frío. La única prenda nueva en tu atuendo será el grueso abrigo abierto que llevarás puesto los meses invernales. El resto del año lucirás la misma ropa de pana. Debajo de la chaqueta, un jersey, aunque sea julio.
De una petaca negra echarás en una hoja minúscula de librillo un pellizco de briznas de tabaco. Con una destreza impensable, liarás tu primer cigarrillo del día. Dejarás en la punta una parte del papel sin nada, que arrugarás y después cortarás, dejando a la vista las hebras asustadizas que choscarrarás con el mechero de piedra, cuando consigas acertar con los golpes de la mano derecha sobre la minúscula ruedecita y la punta quemada de la manguera amarilla arda. La primera bocanada de humo expulsada te proporcionará un placer momentáneo, porque un ataque de tos te dejará lívido después de expectorar, con arcadas secas, flemas que escupes al lado de los zapatos sin cordones.
Hay días que tarda en amanecer. La madrugada se pone llorosa de humedad, de nieblas que devoran la escasa luz virgen que emana de las profundidades lejanas de mares desconocidos. Las piedras, las berceas y los chaparros están recubiertos por un inmenso manto blanco de estrellas de hielo. La tierra se ha endurecido encarcelando los minerales que rodaban libres en la superficie. Sinuñas, tú llegarás a la cantera antes que el cortador de la cuadrilla. Buena parte del camino habrás venido corriendo para sortear las ráfagas traidoras de gélido hielo, pero las manos las tendrás amoratadas de frío, porque no llevarás puestas manoplas. Por eso te las frotarás y las cobijarás debajo de las axilas y las sacudirás para conseguir que el riego sanguíneo alcance la punta de los dedos.
—¿Qué haces parado? —te regañará el cortador cuando te contemple pasmado en medio de la cantera por ser incapaz de tomar la iniciativa de emprender la primera tarea del día.
—¿No ves que no hay leña?
Tu cara hosca, Sinuñas, vibrará cuando te dé una patada en el culo para que vayas a la primera chaparrera que encuentres. Pisarás con garra los múltiples brotes ásperos hasta descuartizarlos. Con las manazas llenas de heridas moradas desmenuzarás las ramas y las colocarás en un haz. Con la navaja cortarás unos manojos de berceas que dejarás apoyadas en una piedra. Abrazarás la carga de leña y la colocarás en la cadera izquierda. Con la mano libre llevarás la hierba seca.
Mientras tú busques algo para prender, los otros integrantes de la cuadrilla llegarán al corte. Como saludo, te darán una colleja, te quitarán la gorra de fieltro y se la colocarán con la visera hacia atrás. El cortador deshará el haz y lo ahuecará, colocando la paja en el fondo. Sacará el mechero de gasolina y al abrir la tapa y frotar la piedra, lucirá una viva llama con la que lo prenderá. Antes de que arda, el intenso aunque breve olor a petróleo llegará a cada uno de vosotros, y os dejará dudando si os agrada o no.
Muchos no podréis dormir esa noche. No osaréis levantaros a averiguar lo que sucede. ¡De sobra lo sabéis! Oiréis los ladridos de los perros más alejados de vuestras casas que cumplen su cometido de desentrañar al desconocido que no se ha acostado. Los que acompañasteis a Ojosvivos lo habréis dejado solo. Llega un momento en que nadie está seguro a su lado. Es cuando exhibe el hacha que lleva colgada del grueso cinturón. Cuando empuñe el hacha, no coincidirá necesariamente con el momento en que esté más ebrio. No será fácil distinguir entre su sobriedad y su borrachera, porque nunca pierde el equilibrio ni la palabra oportuna en su discurso, siempre mesurado y ocurrente. Le gusta caminar por medio de las calles y deambulará por buena parte de los barrios. De vez en cuando, sin una razón determinada, comenzará a dar hachazos en las puertas traseras. Puede que solo dé uno o varios. No pretenderá destrozarlas. Nadie, mucho menos él, sabe por qué lo hace. No es ni siquiera una manera de desfogarse. Porque no grita, no ofende, no muestra odio… Tal vez eche de menos o rememore su mundo particular: Dinamarca y sus vikingos. Hay momentos en la vida de Ojosvivos en que piensa que es un guerrero nórdico. Sus ojos azules, de expresión fresca y profunda, son el único rasgo que podría identificarlo con esa raza, porque es un hombre más bien bajo y con una calvicie vergonzosa para cualquier soldado.
Hombrecito tiene un pasado, pero nunca lo recordará. Su ilusión será el mañana, el después. El ayer, o el antes, solo tendrá sentido cuando implique el presente, el hoy.
—El otro lunes fui a la ciudad —contará a todos los vecinos—. Entré en una zapatería y la dueña me preguntó si me quería casar.
—¿Cómo es eso? —Sentirán curiosidad—. ¿Has encontrado novia?
—No. La mujer me dijo que conocía a una que, si le daban un millón, se casaba.
Después de conocer la condición para contraer matrimonio, comenzará una retahíla de lamentaciones por no poder reunirlo y alentará a todos los vecinos para que se unan, como si se tratara de una cruzada religiosa cuyo propósito fuera conseguir una novia para cada uno de ellos, sin importar que ya estuvieran casados o fueran mujeres. Para conquistar la Tierra Santa repleta de mujeres núbiles no será necesario embarcarse ni enfrentarse a un mar tumultuoso, sino seguir el declive del terreno hasta llegar a la llanura donde las mozas serán tan obedientes y abundantes como las espigas de sus campos de cereal.
La escuela de párvulos cuenta con un corral en el que los niños salen a jugar al recreo o esperan a que la maestra abra la puerta al comenzar la jornada escolar.
Entre la mesa grande de la profesora y los pupitres diminutos de los alumnos hay una estufa de metal con un largo tubo de hojalata maltratada que asciende hasta atravesar el techo raso y se pierde en un espacio desconocido. Nadie sabe por dónde expulsa el humo, o quizá simplemente apenas se enciende, porque tira mal.
Los niños visten pantalones largos y las chicas, unos calcetines que les cubren las pantorrillas. La mayoría lleva un grueso jersey de lana áspera; pocos tienen abrigos.
La maestra, aunque no sea la hora del recreo, al ver lo ateridos que están y sospechar que el frío y la humedad son más intensos dentro que fuera, los animará a salir y echar unas carreras para entrar en calor.
Los hermanos Sociedades se hallarán cortando leña en una de las hondonadas de la dehesa más occidental, donde el clima se suaviza al estar protegida de los malos vientos que azotan la zona. De los cinco, solo estarán el mayor y el menor; los otros tres, por una tontería, se han enojado y han dejado de ir por unos días. El montón de troncos que han logrado reunir no es muy grande para cualquier leñador normal, pero ellos consideran que es un milagro producto de la técnica moderna. Ese día han bebido más vino que de ordinario, mas la ocasión lo valía. Primero con el fin de animarse e insuflarse la valentía correspondiente para poner en funcionamiento la Máquina, como la llama el mayor. No se atreve a tocarla y deja al delfín que la manipule con una suavidad y unos modos que despiertan la admiración del más viejo por la maestría y buenas maneras del más listo de la familia.
—La motosierra…, la motosierra…, la motosierra —repite para que su hermano se asombre con la palabra cada vez que le explica lo que hay que hacer con ella.
Pese a que los dos son fumadores empedernidos desde los diez años, no han sacado un pitillo por miedo a que explote la gasolina desde que trajeron la Máquina. Esas horas en compañía de la nueva herramienta han sido de una ansiedad difícil de soportar, pero no echarán mano del paquete de cigarrillos, como si les les fuera la vida en ello.
Habrán llegado a la dehesa caminando. Se habrán levantado muy temprano, porque no habrán podido dormir por los nervios del estreno. El menor ha echado la motosierra en la caja del carretillo y el mayor, con sumo cuidado, ha tomado del asa de metal el bidón de cinco litros con la gasolina, separándolo de su cuerpo lo más posible y caminando detrás de su hermano con el propósito de alejar el combustible del motor.
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