09/06/24

30. Escaleras no liga

 

Regresaron a la calle de los bazares deshaciendo en parte el camino de ida al Formentera. El pequeño bulevar dormía en silencio. La hora invitaba a recogerse entre las suaves y cálidas sábanas. Ambrosio se hallaba desolado y hasta con remordimientos de conciencia. ¿Qué pintaba a medianoche tomando copas?, se preguntaba. Además, tenía mal sabor de boca porque, aunque le costara reconocerlo, por un instante había albergado la ilusión de que ligaría. Sí, se había engañado con unas esperanzas mal fundadas. Su desazón no era debida a que no lo había logrado, sino a que se había enfadado consigo mismo al darse cuenta de su inocencia y de su falta de apreciación de la realidad. Por momentos, admitía con amargura que no era un donjuán del que se colgaban las mujeres nada más verlo; más bien era un hombre mediocre y ramplón que no llamaría la atención ni aunque vistiera falda escocesa. Una cura de humildad, incluso a esas horas, era oportuna, así como plegar velas cuanto antes y retirarse al hotel. Ciertamente, Bárbara estaba como un tren, sin embargo no estaba destinada a ser suya, aunque la inclinación que sentía hacia ella fuera similar a la que demostraba tan perentoriamente el tarabilla de Seve. Pero a él le estaba vedado un comportamiento tan grosero, a él no se le hubiera ocurrido obsequiarla con tantas zalamerías, se moriría de vergüenza… Se imaginaba durmiendo plácida y profundamente en la cama, saciándose de sueño. Con todo, no encontraba la fórmula de despedida ni el momento propicio para marcharse.

Seve y Paloma habían discutido en broma sobre cuál debería ser el próximo bar, mientras que Bárbara, presa del acoso sexual, mostraba un aturdimiento que le impedía mostrar sus preferencias. Paloma, recurriendo a procedimientos infantiles como rabietas, mohines y pataleos, no quería dejar de dar una vuelta por cierto bar de la Rúa, decía que no podría pasar la noche tranquila sin ver a un camarero que de manera platónica le gustaba mucho. Seve era reacio a romper su ancestral ruta nocturna. Plantado en medio de la calle, aunque dirigiendo el primer paso hacia el siguiente garito de todas las noches, dudaba si seguir sus costumbres y desligarse del grupo o ceder en su pretensión. Al final, obsesionado por conseguir algo de Bárbara, no le quedó más opción que dar su brazo a torcer.

Se pusieron en marcha hacia el bar de la Rúa. Caminaban delante Ambrosio y Bárbara, silenciosos, escuchando los retazos de la discusión entre los otros dos. La alegría inicial de la guapa muchacha se había evaporado. No es que estuviera ensimismada, su talante era más bien el de alguien cabreado. Ambrosio llegó a especular con que tal vez no había que achacar las causas de ese enfado al moscarrón de Seve, cuyo comportamiento en otras circunstancias podría haber sido interpretado como cómico, sino que nacían de las desavenencias entre las dos amigas. Bárbara debía de estar pagando como tributo, si quería mantener la amistad con Paloma, soportar esas salidas de tono y esos comportamientos infantiles y celosos.

Al llegar a la altura del bar, Ambrosio y Bárbara tuvieron que esperarlos, pues continuaban discutiendo simplemente con el afán de mostrarse tercos, como si mantenerse en sus trece fuera una trinchera que no querían abandonar, aunque no tuviera interés estratégico para la defensa de las ideas o de las preferencias por que se peleaban. La discusión se parecía a todas luces a esos juegos infantiles en los que se adopta un rol, sabiendo que en el siguiente lance se deberá representar el opuesto y lo que importa no es el papel, sino la dinámica que se crea con la oposición y el contraste.

Era Paloma de esas mujeres que no soportaban el silencio en una reunión. Si, aunque solo fuera durante unos desdibujados segundos, se cernía sobre ellos el vacío, ella intervenía velozmente para que de nuevo reinara el trono de la palabra. A veces sus comentarios no venían a cuento y, siendo consciente de su metedura de pata, reprochaba la falta de sal y chispa a los concurrentes, a quienes echaba en cara su aburrimiento. Hablar y no parar de hablar, como si temiera que la falta de sonidos la llevara a tomar conciencia de la soledad y el temor a la locura.

¿A qué esperáis para entrar? —les preguntó Paloma, de la que no había desaparecido la mala leche.

Lo siento mucho, pero yo os voy a dejar, mañana tengo que madrugar —se disculpó amablemente Ambrosio.

Ni Seve ni Paloma mostraron interés en retenerlo, pero Bárbara lo ciñó cariñosamente por la cadera y lo arrastró escaleras abajo sin que pudiera oponer la más mínima resistencia ni articular reproche para defenderse. Lo mantuvo agarrado mientras se hicieron un hueco en la barra. Ambrosio no acertaba a decir palabra ni a estar relajado. Su cuerpo era un maremoto de corrientes emocionales que le recorrían todos los músculos y que le hacían sentir un desfallecimiento placentero. Tan solo se trataba del roce de sus caderas y de la presión ínfima de su mano. De esa mano, de sus pulseras y de sus múltiples anillos procedía esa energía que lo derretía. No se atrevió a abrazar la cintura de la muchacha por temor a interpretar equivocadamente aquellas efusivas señales de cariño. Carecía de la valentía temeraria para lanzarse y corresponder del mismo modo que estaba siendo tratado. No lo hacía porque le faltaba naturalidad y porque le producía vértigo la posibilidad de que lo rechazaran. Fue prudente y no arriesgó; se conformaba con esos tenues signos que no cabía más remedio que tomar como señal de camaradería. Entonces regresó la espontaneidad y le sonrió. Ella le devolvió otra sonrisa diáfana. Sin haber cruzado palabra, se despejó toda sombra de duda sobre ellos. Ambrosio comprendió que, a pesar de que a él le gustara mucho, Bárbara no sentía ninguna atracción sexual por él, pero le caía simpático y ambos podían disfrutar de su mutua compañía despejando malentendidos. Los dos respiraron aliviados y libres, ella por no verse obligada a pronunciar un no o a frenarle los pies y Ambrosio por liberarse de una pasión que podría haberlo desorbitado. En esos momentos, los perfiles de las cosas y los contornos de las personas se dibujaron con una nitidez cristalina, adquiriendo un resplandor puro y sencillo.

No le parecía posible. Eran demasiadas coincidencias y sobresaltos para un mismo día. En un rincón, sentado en un cojín de cuero, delante de una pipa de agua —el garito, tanto en su estructura de tracería como en su decoración adoptaba una estética árabe—, creyó descubrir el perfil de Chus, el chivato. Aquello no era normal, pero la evidencia era cada vez más palpable. No cabía duda: era él. Casi podía asegurar que el muchacho también se había dado cuenta de su presencia. No se decidió a ir a saludarlo, si bien no le quitó el ojo de encima. Y, de repente, la luz se hizo en su cerebro de chorlito. Tanto Chus como sus dos acompañantes estudiaban Psicología. Pidió a Bárbara que lo identificara y esta, nada más verlo, puso cara de asombro.

¡Ah! ¿También conoces a ese? ¡Pues entonces es como si estuvieses al tanto de lo que le sucede a media Salamanca! Es otro de los habituales de la noche. Por la facultad también se deja caer de vez en cuando, pero sobre todo por la cafetería. Parece que es del otro barrio —le susurró confidencialmente.

Pronto el volumen de la música copó el reducido espacio magrebí y obstaculizó cualquier atisbo de diálogo, a no ser que fuera a voz en grito y se hablara a escasos centímetros de la oreja. Esta circunstancia permitió a Ambrosio gozar de la fresca y brillante belleza de Bárbara y oler la fragancia embriagadora a jazmín que emanaba de su cuello dorado y terso, igual que una caña de trigo. En sus orejas, tiernas como una rosquilla, se insertaba un diminuto pendiente con una perla, semejante al pequeño piñón de un dulce bocado. Permanecía embobado con el temblor de sus labios cuando se modulaban para formar frágiles palabras que él recogía como si fueran delicados obsequios de fino cristal. Habría conversado con ella toda una eternidad. A Bárbara le regresó la risa alegre y contagiosa de colegiala contenta. Con sus convulsiones se mecían palpitando sus senos y sus pezones se erigían como finos asideros de un estuche escolar. Sus ojos refulgían lustrosos y transparentes cual fría agua de lago alpino y la pequeña nariz aleteaba sin parar. Cada uno de sus poros encerraba su propio ritmo vital. Ante tanta hermosura, Ambrosio se quedaba obnubilado. Era incapaz de pensar y sacar temas de conversación. Se consideró un espantapájaros, convencido de que sus cualidades como hombre interesante y atractivo estaban más que menguadas. «Cómo voy a interesar a una chavala así, si, además de no tener un porte varonil, me falta la simpatía mínima para mantener un tema o hacer dicharacheramente un comentario original que la haga reír. Ni tan siquiera soy capaz de contar un chiste que le provoque una carcajada», se atormentaba el corto policía, cuyos pensamientos lo acobardaban aún más.

Casi se había olvidado del ninfo recluido en el nido de almohadones en el fumadero de opio. Allí continuaba el desamparado pajarillo. Impávido y triste, como mustia flor plegada, no se asemejaba al despierto y grácil garzón que era antes de entrevistarse con el inspector Chomín. A Escaleras su ética profesional lo incitaba a aproximarse al efebo y hablar con él del incidente con su colega salmantino. También lo tentaba la concupiscencia de la estudiante de Psicología, aunque supiera que no lograría libar en la colmena de la pasión. Ante el uno y la otra tropezaba con igual torpeza. La trabazón y el pánico a que lo rechazaran confluían en él. Lo de Bárbara lo veía claro, pero idéntico temor lo engullía al pretender entablar conversación con Chus, con el inconveniente de que este, para colmo, estaba enojado. ¿Con qué sutil artimaña se lo ganaría para alcanzar los favores de su afecto y escudriñar los secretos que guardaba con el inspector local? Consideró echar mano de su arrogancia policial e intervenir despóticamente y sin contemplaciones; sin embargo, a esas alturas de la noche, inmerso en una red de relaciones sociales en la que su personalidad no cuadraba con la de un representante de la ley, no osó romper la imagen que había proyectado porque lo podía mandar todo a la mierda. Aunque a esas alturas de la noche y de llevar el decano un rato en su compañía era probable que las mismas muchachas se hubieran enterado por boca de la sabandija de Seve de que era un prosaico policía y no se sorprendieran si lo veían actuar como esbirro. Con todo, si procedía así, sentiría que traicionaría la amistad que le habían ofrecido. A tanto no se atrevía. Sobre todo, no soportaría los reproches de Bárbara, pues los otros le traían al fresco.

No le convencían para nada las estrategias que erigía para aproximarse al dolido Chus sin que este se sintiera soliviantado. Pensó en invitarlo y pagar sus consumiciones y que el camarero se lo comunicara con un discreto recado al oído, e imaginó que le indicaba con un imperceptible gesto de quién era el detalle. Pero le parecía una fórmula tópica de película que no conseguiría el resultado buscado y más bien podría interpretarse como una descarada aproximación de un ligón de discoteca. Entre tanta indecisión, Ambrosio solo encontraba consuelo en los cada vez más frecuentes y prolongados tragos de cerveza. Se desalentaba ante tal cúmulo de inseguridades. Lo mejor era apoyar los codos en la barra y llorar y que fuera lo que Dios quisiese. Tan abatido lo contempló Bárbara que le dio otro achuchón y lo asió por la espalda, lo que hizo que notara estremecedoramente cómo su pecho turgente se aplastaba contra su columna vertebral y cómo una corriente tibia lo atravesaba y se expandía por todas las direcciones hasta evadirse por los temblores de las pantorrillas.


29. El Formentera y reencuentro con Seve


Las cervezas se duplicaban. No era tomar una y pasar a otro bar, sino que la primera que apuraba el vaso, sin consultar, pedía una más. Tenía que ser un jaleo para los chicos de la barra, pues al final alguna se bebía tres y otra una nada más, con lo cual al abonar el total era casi imposible saber el número exacto. No era cuestión transcendental, tanto el cliente como el camarero calculaban a ojo de buen cubero el importe que se debía.

Ambrosio, inconscientemente, se echaba al coleto lo que le servían sin reparar en el hito vital que suponía beber sin medida y que no se le subiera el alcohol a la cabeza. Después de todo, el canuto, pasado el mal trago inicial, lo había relajado. La tensión se esfumó y reía sin percatarse por cualquier nimiedad. Sin embargo, casi sin querer, adoptaba el papel protector encargado al macho cuando a su cargo pululan dos hembras. Procuraba controlar y no pasarse de la raya. Además, subrepticiamente desafiaba la curiosidad de otros machos que curioseaban la disponibilidad de las dos jóvenes, dejando bien patente que él las protegía. No obstante, no tenía todas consigo y no veía muy claro su rol, pues era evidente su menor resistencia física. Permanecían de pie y él aceptaba estoicamente la posición, pero los pies le ardían y no acertaba a elegir la postura más descansada. Se apoyaba en la barra para aliviar parte del peso; hacía recaer el cuerpo en una sola pierna, mientras la otra descansaba en el aire y la movía como si estuviera entumecida… Esas chicas, de todas maneras, cavilaba, eran especiales y no muy representativas del género femenino, que, al llegar a un bar, lo primero que suele buscar es una mesa para sentarse. Tampoco era normal que consumieran droga como si tal cosa ni que bebieran igual que cosacas y no se pusieran bolingas, ¿dónde se ha visto eso? Ambrosio no podía por menos que sorprenderse con ellas. Los sentimientos y las ideas con respecto al alcohol eran encontradas. Si no le cabía ninguna duda de que la gente que bebía era miserable y le producía rechazo por su poco control, también pensaba que era raro que, por las circunstancias que fueran, bebiendo no se embriagaran. Le extrañaba contemplar la conducta de esos personajes que, en las películas, asemejándose a héroes mitológicos perseguidos por la desgracia divina, se hunden en la miseria y solo buscan ingerir con anhelo lo que sea para olvidar su desgracia… No lo veía un comportamiento sensato, no porque bebieran, sino porque no se emborracharan y anduvieran sonámbulos irradiando tristeza y mala sombra en su errático caminar nocturno. «Si perdieran el control —pensaba—, otro gallo les cantaría, pero empiezan con esas bobadas y luego ya no saben comportarse sino como alcohólicos inmunizados a los estragos propios del líquido destilado».

Sin esforzarse mucho, cuando caminaba por las vías escasamente iluminadas por las caducas farolas y oía el resonar de sus pisadas en los adoquines de las aceras, se imaginaba que a través del túnel del tiempo había retrocedido hasta una población medieval o del Siglo de Oro. Esas callejuelas estrechas, desconchadas y vencidas por el peso de los tejados se asemejaban más a un pueblecillo que a una urbe. Los únicos elementos que desentonaban eran las gruesas bardas de automóviles aparcados y la continua presencia de universitarios que, a pesar de lo tarde que era, deambulaban por la calzada de forma natural. Absorto en sus contemplaciones, Ambrosio fijaba la mirada en los letreros de las posadas y pensiones de mala muerte; en los tristes bares ordinarios que, sin clientes y alumbrados con una mínima luz, con la puerta semiabierta, desparramaban a la calle su silencio y el aroma a lejía; en los portales húmedos y renegridos por la oscuridad; en las pequeñas ermitas olvidadas en la vorágine nocturna; en las tiendas encarceladas por la luna; en la solemne y salomónica Pontificia, energúmena en su altivez; en la Casa de las Conchas, olvidada por unos amantes más atraídos por las alucinaciones de diseño que por el romanticismo del beso… Sentía cómo el alma se le salía del cuerpo, cómo se embriagaba con el hechizo de Salamanca, pero le faltó fuerza y le sobró vergüenza para exclamar a los cuatro vientos —o a las dos chicas— lo feliz que era. Se contuvo, no pensaran que se había vuelto majareta o que le duraban los efectos del canuto o que se le habían subido las cervezas. Para ellas, la liricidad y la poesía no se encontraban en la noche, sino en la comunicación. La metrópoli educativa era un marco trivial, aunque cómodo y acogedor de sus vivencias como estudiantes y como jóvenes, pero carecían de la admiración que acompaña al forastero en la exploración de los lugares que visita; hasta era posible que incluso, habiendo pasado multitud de años en ella, la conocieran menos que un concienzudo turista, interesado y enamorado de la ciudad.

Te vamos a llevar a otro sitio que te va a gustar —pronosticó Bárbara.

Las calles próximas a la universidad sí que estaban solitarias, quizá aliviadas del griterío estudiantil y de la farsa docente del periodo lectivo. El jardín, los árboles hieráticos en su profusa vegetación, los bancos fríos y los arriates expectantes habían perdido el halo vital, que no recuperarían hasta que de madrugada los barrenderos con su áspera escoba no los espabilaran con sus arañazos y bastos improperios.

El nuevo bar no tenía ningún cartel anunciador, sino un pequeño letrero en blanco, pegado en semicírculo a la puerta donde ponía Formentera. No pudo darse muchas explicaciones Ambrosio de por qué no le gustó el garito, sin embargo, la primera reacción que le produjo el local, la gente y la música fue negativa. Cuando le pidieron su opinión respondió confirmando los pronósticos bondadosos que habían anticipado sus acompañantes, pero en su yo más íntimo abominaba de todo. El personal que acogía el recóndito bar era estirado y estúpido; la forma de sujetar el vaso de güisqui y de menearlo, con esa ínfula litúrgica y exhalando orgullo por los poros y los dejes de sus conversaciones a plomo y categóricas, le repateaba. Esas miradas fijas y petulantes siempre reflejaban desprecio e inmisericordia con el prójimo y Escaleras los detestaba por ser unos farsantes y ególatras autosuficientes. No le gustaba el bar ni su ubicación. Estaba aislado, no pillaba de paso de ninguna parte; había que ir a propósito. Camuflado en un barrio antiguo, sin pretensiones en su fachada, solo era conocido para los adeptos. Ese aire de exclusividad le daba por culo y le desairaba la música especial que pinchaba el camarero con pinta de campesino impoluto. Excesivamente artificial y bien preparado como para que el alma sencilla del policía no refunfuñara en su fuero interno. Lo que desentonaba en el ritual de modernidad eran los canutos que se prendían continuamente.

Tanto Paloma, la de cabreada jeta, como Bárbara, la de risa de gorgojo, danzaban entusiasmadas con los arpegios de saxofones y trompetas con movimientos rítmicos y femeninos. Ambrosio ensayó moverse del mismo modo, pero al momento cesó, pues se sentía ridículo bailando esos sones que le eran, si no raros, poco inspiradores de ánimo. De hecho, en muchas ocasiones, eso del jazz, por lo menos para quienes no fueran negros, parecía más música para bailar con la cabeza que con los pies.

Cuanto antes se fueran de allí mucho mejor, pese a que las chicas se encontraban a gusto. Además, saludaron y entablaron conversación con el camarero —de lindo peto, estilo primavera en flor— y con algún otro parroquiano. Aunque se aburría, como era educado, esperaba con resignación a que sus compañeras decidieran abandonar el local. Cuando el tedio era más patente, el corazón le dio un vuelco al divisar en el umbral la espigada figura de Seve, el decano de la Facultad de Bellas Artes. Sin tomar conciencia de lo que hacía, se había lanzado a saludarlo como tabla de salvación de su aburrimiento. Se le pasó por la cabeza que no era muy adecuado tanto ímpetu, pero no pudo controlar tanta alegría al encontrar una cara conocida, aunque fuera la del barbudo profesor.

Seve no advirtió la presencia del policía hasta que este le tocó el hombro. Se situó el sempiterno cigarro en la boca para poder saludar con efusividad al conocido y exhaló una satisfecha bocanada de humo en señal de regocijo por el feliz e inesperado encuentro, sobre todo en un sitio de marcha. Antes de decir más palabras, el larguirucho mandatario universitario había hecho un imperceptible signo para que el camarero-labrador les pusiera en el mostrador otras dos cervezas.

Se le pasó por la mente al inspector que, después del saludo, la conversación habría de desembocar en la marcha de sus pesquisas, pero se equivocó de cabo a rabo. En ningún momento demostró el decano el menor interés por esas cuestiones. Pronto se presentó a las dos chicas. A ninguna le resultaba desconocido, no porque lo hubieran visto por las dependencias de la facultad vecina, sino por sus rutinas de sonámbulo empedernido. Invariablemente, cada noche, el decano sentía la urgencia de darse un garbeo por los mismos bares y casi nunca finalizaba el mismo recorrido antes de madrugada. Paloma, a la que se le iluminaron los sombríos ojos cuando se incorporó el recién llegado, se interesó por su resistencia y por las posibles secuelas de esos hábitos tan desordenados, aparentando sufrir en propia carne los estragos de la falta de sueño. Sacudiendo la cabeza y quitando relevancia a estas circunstancias, Seve dijo que durmiendo unas horitas le bastaba.

Venga, tía, cúrrate un canuto —ordenó Paloma con el deseo de celebrar y agasajar la incorporación del eximio decano.

El barbudo profesor no tardó en meter las curiosas narices en el trasiego de papelillos, cigarros y boquillas; no obstante, su genuino interés por esas labores era escaso. Ambrosio se lo olió enseguida: lo que verdaderamente le atraía era Bárbara. También lo vio claro su compañera, que velozmente trató de llamar su atención, interponiéndose entre ambos con el mayor descaro. Cuando el canuto estuvo liado, Paloma se lo ofreció a Seve para que tuviera el honor de encenderlo; sin embargo, se llevó un chasco, pues fue tajante al decir que no fumaba, como si fuera una prescripción facultativa y casi mostrando orgullo por ello, y puso delante el Fortuna, al igual que un cirio pascual que lo guiara en el mundo del vicio y solo él fuera su proclama.

¡Pues vaya rollo, colega! —le soltó con cajas destempladas Paloma, no cortándose en mostrar su contrariedad.

El otro tan solo efectuó un gesto para expresar algo así como «lo tomas o lo dejas». Ambrosio vio que se quedaba apartado. La voz cantante la llevaba el de Bellas Artes, que descaradamente babeaba a Bárbara y a Paloma, que con mil argucias intentaba atraer la disipada atención del profesor. Su enfado no se atenuaba porque, en realidad, avanzaba poco en su propósito; no obstante, su mal humor tenía como blanco a Bárbara, inocente e incapaz de impedir esa dinámica y, al mismo tiempo, incómoda por no interesarle para nada las atenciones con las que la colmaba Seve. Para más inri, el decano cada vez se mostraba más insoportable con sus fruslerías. Testigo de todo ello, Ambrosio tampoco se hallaba muy a gusto. Notaba su zozobra maniatada por ser tarea imposible romper esa situación.


28. Bárbara y Paloma


La música se fue apagando en su conciencia para dejar paso a rumores incomprensibles, procedentes de los corros de clientes próximos. Continuaban sus dos acompañantes sentadas con él y, con la mayor naturalidad, indiferentes a su presencia, seguían hablando, como si se hubieran olvidado de su existencia. Dominando de nuevo su ser, se hizo el remolón y alargó el letargo dulce en el que se había sumido. A hurtadillas exploraba la realidad más inmediata: las charlas en lengua extranjera y la decoración del establecimiento. Se trataba de un café muy amplio, con mesas de mármol y sillas tradicionales; la barra muy larga y alta, con un mostrador de madera noble; en las paredes colgaban enormes espejos que por un efecto de óptica multiplicaban las dimensiones del ilustre bar. Pronto comprobó, no sin cierta perplejidad, que la mayoría de las personas que se desparramaban por el local eran extranjeras, no ya solo por los diálogos apenas inteligibles, sino porque se hablaba un español solemne y relamido, pero con multitud de incorrecciones sintácticas y léxico inadecuado al contexto comunicativo. Las conversaciones no eran naturales y apropiadas a la amena charla de una tertulia, sino artificiales, como si más bien fueran intercambios de conversación entre estudiantes extranjeros y nacionales. El énfasis y la entonación eran malsonantes y los temas, tópicos.

Se acercó titubeando la taza del café humeante y dio un pequeño sorbo. El sabor era desagradable y muy fuerte.

¡Hombre, por fin te vas espabilando! ¡Qué alegría! Parece que vas recobrando el color —lo saludó una voz de conejillo, fina y estridente. Una amplia sonrisa y unas gafas redondas lo miraban con la incertidumbre de si la recuperación del convaleciente era absoluta.

Gracias —fue lo único que se le escapó, avergonzado.

No hay de qué —le respondió una voz áspera y varonil con la misma entonación formal, aunque sin dejar de sonreír desenfadadamente. Ambrosio hubo de contener su sorpresa, al provenir de una mujer.

El atribulado policía no acertaba a encontrar las palabras para romper la distancia con las desconocidas. Cerraba las manos debajo de la mesa sin percatarse de la tensión que se le acumulaba por momentos.

¡Ah, por cierto, qué despiste! Yo me llamo Bárbara y la colega, Paloma —se presentó la primera al tiempo que se incorporó para proporcionarle dos sonoros besos, a los que correspondió torpemente. La otra solo le tendió la mano.

De las dos samaritanas, la que despertó una inmediata simpatía fue Bárbara. Era bajita pero muy guapa. Lo más interesante era su mirada, de grandes ojos negros. Sobresalía también el envidiable color cetrino de su piel. Fue ella quien tomó la iniciativa para romper las distancias de un modo natural. Sus movimientos eran desgarbados y hacía gala de un humor fino, que atenuaba con la perpetua risa de su boca. Lo que más gracia le causaba a Escaleras eran los frecuentes meneos elegantes de su media melena. La de voz varonil y ronca era bastante reservada y su fisonomía menos agraciada que la de su compañera: era mucho más corpulenta y basta; sin embargo, lo repulsivo era su voz dura, que producía la sensación de estar cabreada al hablar. Además, la que llevaba la voz cantante era Bárbara, que observaba, desde una posición en retaguardia, como si fuera la encargada de cubrirle las espaldas, cómo se desarrollaban los acontecimientos con el desconocido. Paloma lo miraba y Ambrosio se sentía de la misma manera que si lo estuvieran desnudando. Ante ella, era imposible no ponerse nervioso.

Yo me llamo Ambrosio —se presentó, temeroso no de su profesión y su cometido, sino de pronunciar con claridad su nombre, poco corriente.

¡Vaya, vaya! Conque Ambrosio. No me acuerdo de nadie que se llame así. Es muy curioso —se extrañó Bárbara.

No deseando adentrarse en esos derroteros, el inspector se llevó la taza a los labios para romper la dinámica de la conversación y evitar entrar demasiado en detalles de su vida. El carajillo no le estaba sentando mal, notaba más asentado el estómago.

¿Sois estudiantes? —indagó tímidamente, percatándose de lo tópico y ridículo de su pregunta.

Bueno, algo parecido debemos de ser, aunque lo que está a la vista es que no muy buenas. Alguna vez nos da por ir a la facultad y estudiamos cuando hay un examen cerca… —salió del paso con una respuesta evasiva Bárbara.

Cuando siguió preguntando y descubrió que eran estudiantes de Psicología se sintió gratamente sorprendido, pues era como si los tres hubieran compartido una experiencia vital que los aunara. Ellas no supieron calibrar esta reacción de sorpresa del desconocido.

Y tú, Ambrosio, ¿qué haces por aquí? —lo interrogó fríamente Paloma.

Sabía que era inevitable la pregunta. La esperaba y mentalmente había ensayado distintas respuestas, si bien a su mente embotada no se le había ocurrido como solución ninguna otra que la de decir que era estudiante. No sería difícil creérselo. Pero en el último momento, Ambrosio no echó mano de esa contestación. Tan claro vio que las dos chicas no se creerían que era un universitario que se hubiera muerto del ridículo si no hubiera improvisado otra respuesta.

No soy de aquí; estoy de paso por motivos laborales —afirmó humildemente.

En muchas ocasiones, las preguntas en conversaciones vanas e intranscendentes no son formuladas para despejar dudas e ignorancias o como reflejo del interés por el que las realiza, sino como meros formulismos para llenar huecos fríos de un proceso comunicativo en el que los interlocutores intervienen no tanto por gusto como obligados por circunstancias diversas. Si la intervención es muy larga o compleja o enrevesada, pronto el que escucha deja de prestar atención, esencialmente porque ya cumplió el propósito inmediato con el que formuló la pregunta. Si Escaleras hubiera contestado que era policía, con seguridad habría logrado copar la curiosidad de las estudiantes; sin embargo, la ambigüedad, la huida por la tangente y los síntomas peligrosos de una respuesta prolija, como la que estaba dispuesto a proporcionar, tuvieron el efecto de inocular a sus acompañantes el desinterés más supino.

En el momento en que se percató de que no lo escuchaban, Ambrosio sintió el aldabonazo apropiado para recapacitar y ponerse en la piel de las dos chicas y comprender que era completamente normal que su vida no les interesara lo más mínimo… Además, era una hora oportuna para recogerse. Ya estaba bien de impresiones fuertes por esa noche. Sin decir nada, oteaba el deambular de los camareros para pagar lo consumido. Y tardaron mucho en dejarse cazar. Le tendió un billete a uno de ellos y esperó la vuelta con paciencia.

¿Conoces la marcha de Salamanca? —le sorprendió Bárbara con esta pregunta que más bien era una invitación a que no se despidiera con tanta urgencia.

Iba a contestar que ya era muy tarde y que al día siguiente debería ser puntual con su cita en las investigaciones, pero no tuvo oportunidad.

¡Venga! ¡Total un par de cervecitas! —continuó animándolo Bárbara, mientras Paloma, sin decir nada, parecía dar su anuencia.

No lo dejaron recapacitar. Cada una lo agarró de un brazo y con la mayor confianza se lo llevaron a los inciertos caminos nocturnos de una ciudad que para él era un monstruo que le producía pavor. Junto a ellas sentía una mezcolanza extraña. El calor y el roce infantil con el cuerpo de las dos jóvenes le producían la soberbia de la lujuria y la protección y seguridad de lo femenino, pero la despreocupación y la naturalidad con la que lo trataban le inducían a ser prudente y a pensar mal por si se equivocaba. «Muy bien pueden ser unas golfas que vete tú a saber qué buscan contigo», le recordaba la parte más negativa de su espíritu instructor. Esta advertencia lo ponía tenso al pensar que, de cualquier rincón, de un oscuro portal, algún compinche saldría de improviso y lo atacaría por la espalda para robarlo. También su mente proverbial le anticipó que quizá recurrirían a echarle en la bebida alguna sustancia que le produjera sueño, para de este modo apropiarse de todas sus pertenencias. Incluso que, tanto una como la otra, fueran dos vulgares meretrices que intentaban cazarlo con las armas invisibles de la seducción para sacarle los cuartos una vez que hubieran hecho el amor con él y le exigieran su remuneración… «Claro, que, pensándolo detenidamente, ellas deberían ser reacias con un desconocido y, además, ¡qué coños!, ¿no soy un policía? No me voy a asustar con estas memeces». Escaleras terminó por convencerse de que no era muy razonable atormentarse por hipotéticas malas pasadas que, en cualquier caso, serían fáciles de solventar mostrando su arma. Se relajó, dispuesto a disfrutar de la compañía de las dos simpáticas estudiantes de Psicología y de la noche salmantina.

Lo llevaron a un bar que ellas llamaron El Arenas. Lo ponderaron sobre todo porque en él pinchaban muy buen rock y con un sonido inmejorable. Condicionado con la descripción, lo primero que hizo al entrar en el garito fue fijarse en esos detalles y confirmar la opinión de sus anfitrionas. Le gustaba la música. Pensaba que a todo el mundo le debería gustar, entendiendo por música algo que sonara más bien bajo, que se pudiera canturrear en castellano o que sirviera para bailar agarrado con la novia. En esos estrechos parámetros, incluía a cantantes como Julio Iglesias, ante el que se quitaba la gorra por su maestría; José Luis Perales, su gran ídolo, porque lograba una identificación casi total con las letras de sus canciones, y alguno más en esa línea. A instancia de la curiosidad de sus dos acompañantes, de los conjuntos pop más recientes del panorama musical español, soltó por compromiso y tratando de congraciarse y aproximarse a las hipotéticas apetencias que él creía serían de su agrado, Hombres G, como si fuera una apuesta por la modernidad de sus gustos. La música extranjera le daba lo mismo que fuera de calidad o no, simplemente la rechazaba, ya que no le llegaba al alma al no entender ni papa. Sin embargo, las vibraciones que transmitían los altavoces en ese bar le resultaban agradables, a pesar de que atronaban y de que la mayoría de las canciones eran en inglés o de grupos españoles de mal gusto, como el gilipollas de Ramoncín, el rey del pollo frito. Allí, en ese local, junto a las dos samaritanas, por la noche, con una cerveza entre manos, podía soportar e incluso disfrutar con agrado esas músicas extrañas. ¡Quién se lo hubiera dicho!

Sus acompañantes no se interesaron por sus cometidos en una ciudad ajena, ni por sus funciones laborales, ni por su edad, ni por su residencia… En cambio, cuando les confesó que estaba casado aunque sin familia, ahí, en este tema, sí que sintieron curiosidad por conocer el nombre de su esposa, cuánto tiempo llevaban juntos, a qué se dedicaba ella, cómo era, qué edad tenía… Sin saber bien por qué, Escaleras sacó la conclusión de que, después de confesar su estado y que tenía mujer, las posibilidades de ligar con ellas habían desaparecido por completo, sin que por ello sus dos amigas dejaran de ser amables con él. También él se alegró en cierta medida de que la nube de la duda que campeaba sobre ellos se despejara. Ninguno de los tres presentaba ningún interés amatorio y, por lo tanto, eran libres de hablar y comportarse sin la artificiosidad que rodea el proceso de acercamiento amoroso en esas situaciones de ligue nocturno. Sin embargo, una pequeña mota de melancolía se impregnó en su alma, pues no dejaba de reconocer que Bárbara le hacía tilín.

27. ¡Un cardiaco!

 

Había apresurado el paso hasta cerciorarse de que era la plaza; sin embargo, habiendo comprobado con satisfacción que había acertado, disminuyó la velocidad, sin saber exactamente por qué, hasta que, cuando ya veía el hotel, supo que no le apetecía entrar en él, aunque, en el mejor de los casos, estuviera Hortensia en la recepción. Continuó andando, siguiendo la estela imprecisa de los pocos paseantes que a esa hora nocturna permanecían todavía con el timón amarrado y fijo en las rutas apacibles del paseo más popular de Salamanca. No le parecía muy lógico deambular solo. Tal vez por eso no sabía qué actitud adoptar: si la del despreocupado y estrambótico caminante nocturno o la de aquel que cruza la plaza con destino allende sus arcos. Esa duda vital no se dilucidaba ni contemplando de vez en cuando los escaparates escasamente visibles a esas horas… «¡Hay que ver cuántas congojas absurdas soportamos por ser tan sociales!». Esa fue la única reflexión que parió de sus meditaciones como paseante solitario. No obstante, una certeza era clara: no deseaba traspasar los umbrales del hotel. Era pronto. El hambre reclamaba desde el estómago y la cena en una mesa solitaria de un concurrido restaurante no le resultaba muy estimulante.

Había recorrido los cuatro lados del cuadrilátero paseando por los soportales, cuando en una calleja angosta y sin salida, al final, observó un bar con pinta más bien de tasca. El callejón estaba en penumbra y de sus paredes se desprendía olor a orín. Estuvo a punto de darse media vuelta. La puerta vieja y frágil dejaba colar una línea de luz amarilla, al mismo tiempo que las vibraciones de una música pop, pero los cristales esmerilados no permitían divisar la calaña de los parroquianos. Un impulso suicida le llevó a agarrar el picaporte y a empujar. El camarero, un chaval vestido de calle, lo miró con curiosidad. La sorpresa inicial se transfiguró al segundo en apatía, como si la conclusión a la que hubiera llegado el trabajador de hostelería fuera que era un cliente no habitual, pero sin motivos para interesarse por él. De todas maneras, aunque Ambrosio percibió cómo el juicio al que era sometido era fútil, no se relajó y dudó al elegir el lugar adecuado para arrimarse a la barra, aun habiendo sitio de sobra.

Había ocasiones en las que Ambrosio se sentía especialmente molesto e incordiado. La primera era cuando de mala gana entraba en cualquier tienda a examinar sus productos y el pesado dependiente se le ofrecía con un «¿le puedo servir de ayuda?» y se pegaba a su espalda para ponderar la calidad de lo examinado sin haber solicitado su opinión. Y la segunda cuando, al meterse en un bar y, sin disfrutar del tiempo necesario para pensar e inspeccionar lo que le ofrecían las bandejas, el camarero se le quedaba mirando como un pasmarote esperando indolentemente su petición…

Por salir del paso, al no encontrar la espita del barril de cerveza en el barrido visual del mostrador, rogó que le sirvieran un botellín. Así dispondría de unos segundos para decidir si requería los servicios del mozo para algo más. En la barra desnuda, solo había una enorme ensaladera con un montón de blancos huevos. Ambrosio dudó de su estado, ¿estarían cocidos o frescos? Un cliente proporcionaba dentadas a un bollo de pan que dejaban señalado el arco pormenorizado de su dentadura. El inspector acabó por fijar la mirada en una pizarra en la que se anunciaban los bocadillos, así como su importe según su tamaño. La vergüenza por los precios tan ridículamente baratos hizo presencia en sus mejillas al solicitar un bocadillo grande de panceta, como si fuera a timar al trabajador propietario. Posiblemente, por hacer gasto y abonar una cantidad superior se pidió otro botellín.

El diputado, Chomín, Hortensia, su esposa y su mismo jefe se podían ir a hacer puñetas a Camerún. Le importaban muy poco a esas horas, cuando con fruición devoraba un bocata grasiento. Sus dedos chorreaban grasa y se los chupaba y gozaba como un enano. Las preocupaciones, la sensación de fracaso en sus investigaciones y la responsabilidad por su incompetencia se habían ido a dormir al hotel y lo esperarían agazapadas al día siguiente, pero, de momento, su mente se concentraba en esos bocados tan sabrosos. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto comiendo. Ambrosio contemplaba a los demás clientes también felices, abstraídos cada uno en un menester. La televisión funcionaba sin volumen. Había música melódica moderna, si bien entendible; se cantaba en español, quizá Radio Futura.

El policía se admiró de encontrar a chicas solas alternando tranquilamente en un día de diario, pero lo que le dejó de piedra es lo que consumían. Delante del mostrador, a su altura, cada una sostenía un pequeño vaso que vaciaron de un trago, como si estuvieran en una película del Oeste. Hicieron una imperceptible señal para que les pusieran otro.

¿Otros dos cardiacos? —se aseguró el camarero antes de servir.

De una botella antigua echó en los vasos un aguardiente rojo, añadiendo una guinda en cada uno y, para rematar, un chorrito de ginebra. ¡Vaya bomba! El inspector se santiguó. Y se volvió a santiguar al observar cómo las chicas, sin dejar de hablar muy serias, extraían de un morral de cuero todos los utensilios para liar un canuto de hachís. Primero, la hoja del librillo; luego, la piedra envuelta en papel de aluminio. Y después de revolver entre la variedad de objetos de su bolso, acabar por pedir un cigarro rubio a Ambrosio. Se lo negó descaradamente, casi recriminándoles el nefasto vicio. El chico del mostrador se lo proporcionó sin que se lo solicitaran. Lo liaron lentamente tan concentradas en su cháchara que se olvidaron con torpeza de las tareas esenciales para su confección. Por un momento, la mano con el papel y el tabaco desparramado se paralizaba durante unos instantes, esperando un halo vital incierto. Al pegarlo se dieron cuenta, despistadas las dos, de que no tenían cartón para enrollar la boquilla, y la operación se interrumpió durante otro rato. Una vez más el propio camarero las socorrió al cortar un trocito de cartón de su paquete de cigarrillos… En el pequeño local se percibió inmediatamente el olor fuerte, denso y mareante del porro. Tan solo con inhalarlo, le vinieron síntomas de mareos y náuseas. Las jóvenes no variaron un ápice su semblante mientras daban chupadas al cigarro. La incógnita de su conversación íntima perturbaba la curiosidad del policía, que no era capaz de cazar una palabra, una frase… Vocalizaban y hablaban con parsimonia, y la expresión de sus rasgos faciales les proporcionaba una sensación de serenidad. Tan absorto se encontraba persiguiendo un comentario que cuando el camarero le presentó el canuto con familiaridad para que fumara él también, por segunda vez en la noche se tiró de cabeza al vacío al sonreír y tratar de dar un par de caladas con la mayor naturalidad. Se lo devolvió tan campante al barman, que le indicó con un gesto que el canuto debía ir a parar a ellas. Una de las chicas lo recogió sin darse la vuelta a mirarlo. Regresó a su sitio. El segundo botellín estaba a medias. No había prisa. Arrimó a la barra un banquillo alto y se sentó tranquilamente. La verdad era que a esas horas agradecía el alivio proporcionado por el asiento. El día había sido largo y se sentía derrotado. Quizá por eso el descanso y la relajación de los músculos eran más placenteros. Por primera vez en su vida —cualquiera lo diría— había fumado droga. ¿Y qué notaba? Nada. Absolutamente nada. Tanto dar vueltas a ese problema cuando ni se enteraba de sus efectos. Es posible, se hacía las cuentas, de que no hubiera aspirado lo suficiente y por eso los síntomas no se apreciaban. No obstante, cuando por segunda vez le pasaron el porro y chupó con ganas y tampoco notó indicios raros, consideró que eso del cannabis era un engaño de tontos; no era como el alcohol, que rápidamente te pones contento cuando te echas un cubata al gaznate.

Un calor hormigueante merodeaba por sus entrañas. El bocata le había sentado de maravilla, sin embargo, un sudor, tan pronto frío como caliente, le recorría todo el cuerpo, especialmente en la frente. ¡La alta temperatura del bar o la falta de aire puro! Cualquiera de las dos razones podía ser el origen de ese malestar, que se arreglaría enseguida marchándose del local. Pagó mecánicamente y se despidió del camarero. No se dio prisa en salir; procuraba moverse con naturalidad, aparentando que no le urgía que la noche lo acariciara y calmara su sofoco. Fue como si lo hubieran abofeteado, exactamente igual. Se paralizó, la mente perdida, y tan solo fue capaz de sentarse en la acera, adoptando una postura próxima a la fetal al situar la cabeza por debajo de las rodillas. ¡Qué mal estaba! Parecía que le rondaba la muerte. Era un placer dejarse ir… y perdió el conocimiento.

Se sintió arropado. Una cazadora o un tabardo le cubría la espalda. En su vida había sentido un vacío tan profundo como el que le embargaba en esos momentos; no obstante, regresó al presente en el momento en que oyó voces. En sueños oía cómo lo llamaban y rescataban del inconsciente. Se asustó al comprobar que había perdido el conocimiento, pero casi al tiempo se alegró de volver a pensar y percatarse de su estado. Miró a los que le hablaban, que estaban en cuclillas. Eran las dos chicas del canuto y el camarero. Le mesaban los cabellos y le aguantaban la prenda de abrigo para que no se enfriara.

¡Ya está! No ha sido nada —sentenció con toda la naturalidad posible una de las samaritanas.

¡Venga! ¡Levántate! Vamos a tomar algo aquí —ordenó la otra, dando a entender al camarero que ya se encargaban ellas del muerto.

Lo agarraron cada una de un brazo y en tan buena compañía lo introdujeron en otro bar. Buscaron una mesa vacía y los tres se sentaron.

A ver, chiquillo, ¿qué te pide ese cuerpo tan serrano? ¿Algo calentito y que te asiente el estómago? Venga, que sí, hombre, que te va a venir fenomenal —lo animaba una de las almas caritativas.

En esos momentos, Ambrosio era el ser más desvalido. Sus ojos se humedecieron, aunque no llegaron a cuajar las lágrimas. Le parecía imposible que él, un policía hecho y derecho, fuera socorrido por dos chicas, dos estudiantes en una circunstancia tan comprometedora. No osaba levantar la vista para mirarlas cara a cara. Ellas lo observaron acongojado, pero tampoco lo sobreprotegieron, sabiendo que tal vez una atención desmesurada fuera contraproducente en la reanimación.

El camarero se presentó. Sin consultarlo, entendiendo que le apetecería algo calentito y que le arreglara el cuerpo, pidieron para él un carajillo y para ellas, dos tubos de cerveza. La música, estando presente, parecía proceder de la lejanía; era una melodía rítmica y comunicativa. Oía las quejas del saxofón, largas y desamparadas en el deambular de su existencia. No eran interpretados sus pesares para oírse, sino para perderse en la noche.

26. Las partidas de Chus

 

En la tibia penumbra del bar Macondo los estudiantes ocupaban al completo las diversas mesas de mimbre. Entre sillones y banquetas era tan difícil moverse como avanzar por la vegetación exuberante de un monte. A la imprevisible vajilla esparcida por el borde de las mesas y aparcada en los recovecos más inexpugnables había que añadir como obstáculo los múltiples cigarrillos encendidos por los jugadores de cartas que, a esas horas de la noche, hartos de estudiar, se premiaban con un rato de esparcimiento antes de dormir —si no se animaban a bajar al centro para iniciar una más de las marchas nocturnas imprevisibles que jalonaban el estricto camino estudiantil—. Entre ellas, Chomín avanzaba no como el meticuloso cirujano que en su operación va apartando con sumo esmero venillas, telas y músculos hasta llegar al órgano que debe extirpar, sino igual que el aventurero inglés de película, tocado de sombrero de explorador, que se abre vía en la tupida selva a base de machetazos. Había descubierto al tal Chus en la mesa del rincón, la más protegida por la tenebrosa vegetación, y antes de arrimarse a la barra había ido raudo a su encuentro.

Vamos a esperar un poco, que dice que no le falta casi nada para terminar la partida —explicó Chomín, incapaz de ocultar sus malas pulgas por echar el viaje en balde.

La barra estaba al completo. A esas horas tempranas de la noche los parroquianos chateaban. La mayoría eran estudiantes, por las pintas y por las carpetas y libros sempiternos que siempre los acompañaban. Una de las ventajas de tener las clases por la tarde, aparte de no madrugar, era que, cuando salían de escuchar el tostón de los profesores, apetecían unos vinos… Escaleras no podía por menos que sorprenderse de la capacidad de los humanos para soportar a sus semejantes. Si no, ¿era comprensible que, en un espacio tan reducido como era el de un bar, pudiera convivir apaciblemente una barahúnda de gente tan dispar? De pie se encontraban los que no habían cenado y se tomaban unas cañas; algún garbanzo negro había también que degustaba su café de después de cenar. En las mesas, partidas de mus, tute y chinchón; además, otros pasaban el rato jugando al parchís o se concentraban en un tablero de ajedrez. No era todo. La televisión gozaba de los suficientes espectadores como para exigir al camarero que el volumen del aparato les permitiera oír por encima del griterío de los jugadores de cartas, siendo este sonido a su vez compatible con la música, que era de ley para vecinos de mesa, que leían un libro u hojeaban trivialmente el manoseado periódico del día.

Reparó en cómo introducía delicadamente la silla debajo de la mesa, se echaba con garbo una cazadora de pana en los hombros y se despedía con una serena y amable sonrisa de los compañeros de partida. Al ir sorteando los obstáculos con gráciles movimientos y aproximarse al lugar donde lo esperaban, pudo contemplar los rasgos finos de su fisonomía celestial. Escaleras era incapaz de imaginarse la escena de ese adonis robando… Fiasco mayor no se podría llevar en su carrera profesional por muy larga y fructífera que fuera. ¡Si era imposible que un ángel así pudiera matar un mosquito! Ambrosio era de los que creían a pie juntillas la sentencia de que la cara es el reflejo del alma, por lo menos cuando ante sus ojos se mostraban rostros que irradiaban santidad y bondad. Premisas como esta eran fundamentales en la ética del agente policial. La conciencia de regirse por unas ideas peculiares a modo de legislación conductual le proporcionaba el necesario sosiego para creer que era relativamente bueno, a pesar de desear el mal a veces, de mentir piadosamente, de no ser siempre un esforzado compañero… Nadie es perfecto, aunque para él la vida fuera un camino largo en el que había planeado ir limando esas impurezas. Su gran meta era la sinceridad. Esta cualidad era problemática, aunque el paso del tiempo le había ido enseñando que, cuanto más trayecto llevaba recorrido, más agallas le nacían para pura y simplemente expresar lo que pensaba. Con todo, cuando se sinceraba era tan sutil, tan educado y tan de ley que sus oyentes no se sentían aludidos, sintiéndose el pobre Ambrosio desconsolado al pensar que los demás no lo tomaban en serio. Así que se proponía un nuevo desafío: no solo decir la verdad, sino expresarla con la suficiente convicción para que fuera considerada.

Chus, el adonis y chivato, tendió la mano a Escaleras sin esperar a que Chomín los presentara. Tampoco le permitió meter baza de inmediato, porque enseguida se interesó por el nombre y la procedencia del madrileño y también por si era la primera vez que visitaba Salamanca y si le gustaba. Al barbudo policía, que fumaba como un descosido, le salía el humo hasta por las orejas ante tanta pamplinería, pero como su colega no se sabía apartar de los efluvios halagadores del simpático estudiante no se atrevió a mostrarse excesivamente basto.

Chominín, y tú, ¡cuánto tiempo sin dejarte ver esos lindos rulitos! —se dirigió a él como si hasta ese momento no se hubiera percatado de su presencia.

¡Lo mismo te digo, guapetona! —le contestó con retintín.

No obstante, pronto se desterraron las cortesías y una mirada profunda y negra interrogaba a Chus. Este, como si fuera alumbrándose en la penumbra del interrogatorio al que lo sometía Chomín, disipaba con una linterna de nombres, fechas, direcciones, personas y bares las dudas y buscaba cuanto antes la salida del acoso verbal.

Escaleras quedó apartado y hasta se apiadó del pobre estudiante. En un momento en el que una lejana estrella brillaba minúscula en la mirada infinita de Chomín, el policía madrileño tendió al interrogado un cabo al que asirse para salir del acoso al que estaba siendo sometido al preguntarle si deseaba tomar algo.

Un descafeinado —articuló maquinalmente el confidente sin llegar a apreciar la cara de compasión de Escaleras.

El inspector se entretuvo en romper el sobre y verter el granulado contenido marrón en la taza. Al estar lista la bebida, se dio media vuelta con cara de suma bondad, pero en el horizonte del interrogatorio habían surgido preñados nubarrones. Apartó el platillo del borde de la barra para protegerlo de los movimientos incontrolados de sus dos acompañantes. Por un momento intentó mantenerse en contacto y escuchar el rosario de preguntas y desvaídas respuestas, sin embargo, el tono con el que se formulaban y se respondían era tan íntimo y confidencial que se sentía como un intruso. Además, el discurso era endiabladamente enigmático: palabras desconocidas, frases sin terminar, referencias a conversaciones anteriores, promesas esbozadas entre dientes… Acabó por desentenderse. Fue consciente de que Chomín se apropiaba cada vez con mayor descaro de las claves para investigar el asesinato y que él no podía evitarlo, con lo cual se afligía mucho más.

Hubo un instante en el que comprobó cómo una lágrima se deslizaba por la mejilla de Chus hasta caer limpiamente sobre una arrugada servilleta de papel tirada en el suelo. Como si Chomín adivinara las intenciones del inspector madrileño, le dirigió una heladora mirada para disuadirlo al momento de que no interviniera. Sumiso y avergonzado, Ambrosio abandonó a su suerte al colaborador policial.

Cuando quiso percatarse, vio solamente a su compañero y cómo Chus salía abatido del bar, sin despedirse y sin haberse tomado el descafeinado. Chomín mostraba todavía un careto de pocos amigos. Ensimismado, mascullando frases ininteligibles y nerviosas, pues no cesaba de llevarse el cigarrillo a la boca, el salmantino se olvidó por completo de dar la información que le había transmitido el chivato. Escaleras, desorientado, buscó el servicio para esfumarse, aunque no necesitaba orinar en ese momento.

Al regresar, al inspector salmantino se le había pasado el cabreo y hablaba animadamente con una chica. No se la presentó, aunque Ambrosio permaneció en alerta ante la eventualidad de que hubiera de saludar a esa desconocida.

Bueno, ¿qué hacemos? —consultó Chomín, una vez que los dos se quedaron solos, como si se hubiera olvidado de la conversación con el confidente.

¿Qué has sacado en limpio de Chus? —inquirió el de Madrid, obviando el objetivo del otro de no informar del asunto.

¡Bah!, nada claro. Es un soplapollas de mucho cuidado… —El charro persistía en dar largas.

Está bien. ¡Tú sabrás! —concluyó Escaleras, cambiando de estrategia al no seguir insistiendo.

Con todo Chomín, enigmático y desconsiderado, permaneció en sus trece de no contar nada. Y así se mantuvieron un rato hasta que el salmantino se despidió sin ofrecerse para acompañarlo de regreso al hotel ni quedar para continuar las investigaciones al día siguiente.


A Ambrosio se le esfumó la capacidad de hablar. Perplejo, casi sin despedirse, observó cómo su colega salía del bar sin abonar la consumición. En esas circunstancias, no del todo desconocidas, la óptica adecuada para no desmenuzar la desconsideración, era olvidar cuanto antes el incidente y al protagonista, si bien un regusto de bilis se le vino a la boca.

No pagó inmediatamente, porque dudaba de si alguien se habría percatado de toda la escena. Si así fuera, se moriría de vergüenza. Al cabo de cinco minutos que calibró como naturales para abonar la consumición y salir, aparentando un comportamiento espontáneo, pidió la cuenta de todo.

Se animó a regresar al hotel sin la ayuda de un taxi. Incluso consideró la posibilidad de ir hasta el centro sin preguntar a nadie. Intuía que la orientación correcta era seguir hacia abajo. Marcó un punto de referencia donde él calculaba se hallaría su meta y callejeando y, con la satisfacción de pensar que no había dado muchas vueltas, descubrió al final de una calle los arcos de la plaza.


25. ¡Qué tripa se le habrá roto!

 

Cuando abrió los ojos escocidos, no sabía dónde se encontraba. En un primer momento, creyó reconocer las cortinas familiares del dormitorio de su casa, pero se equivocaba; eran conocidas, mas no las de su hogar, sino las del hotel donde se hospedaba. No supo calcular si era de día o de noche ni la hora aproximada.

Tenía la boca pastosa y reseca, como si hubiera tragado polvo; el estómago, la tráquea, incluso los intestinos necesitaban urgentemente hidratarse. Se incorporó con delicados movimientos, tratando de apoyarse en los codos, según estaba reclinado; pero hubo de desistir, ya que la cabeza le estallaba y se mareaba. Se dio media vuelta y se recostó de medio lado, mirando la ventana que daba a la calle, indagando una referencia en la que fijar su extraviada mirada. Los ojos se centraron en las aberturas y rendijas para averiguar por la luz exterior el momento del día. No entraba ni una partícula luminosa, por lo que se puso furioso al considerar lo tarde que sería. Efectivamente, se tapó la cara con la ropa de la cama y con la mano hizo distintas tentativas hasta rozar el interruptor de la luz. Atrapó el reloj de pulsera dejado en la mesilla y lo introdujo dentro de las sábanas, y a través de la luz tamizada que se filtraba por el paño pudo comprobar cómo se había pasado la jornada.

La calefacción que caldeaba la habitación hasta formar una atmósfera irrespirable, más la nula ventilación durante las horas de sueño, junto al olor a tabacazo de sus ropas, asqueaban a Ambrosio. Él mismo se daba asco. Consciente de la cadena de hechos que le había llevado a pillar una borrachera como no recordaba, le entró remordimiento de conciencia por su poco control y autonomía a la hora de regirse en los compromisos sociales. Para colmo, estaba la irrealidad del tiempo: no saber el momento del día en el que pensaba y existía.

Se alegró de que no hubieran pasado muchas horas. «Una siesta un poco prolongada», se dijo a sí mismo para justificar su gandulería. Dudó si lo había soñado o si era realidad, pues los sueños profundos se pierden en la memoria y se recobran no se sabe cómo. Fue rememorando las escenas más notorias de esa historia onírica, saboreando esa capacidad asombrosa de recordar, pero sin anticipar ninguna secuencia del sueño… Paseaba por la plaza Mayor. No había mucho movimiento en el lugar, ya que una niebla espesa se ataba a las columnas de los soportales. El suelo rezumaba humedad y los faroles alumbraban muy tenuemente en la oscuridad. A lo lejos se oían las campanadas de la catedral, aunque no pudo precisar exactamente la hora, a pesar de ir contándolas una a una. Supo que el escenario era Salamanca, mas, si no se hubiera encontrado en esa ciudad, habría creído que se trataba de un espacio mágico e irreal, muy próximo a esos ambientes descritos y pintados por los románticos decimonónicos. Se sentía libre, un ser al que no le acucian las responsabilidades y que puede deleitarse sin preocupaciones. Llenándose la boca con esa libertad que le urgía a disfrutar y vivir con prisa, se le vino a la cabeza la posibilidad de darse un garbeo por el barrio chino. Un encuentro sin compromiso. Su cuerpo bullía a consecuencia del deseo urgente de estar con una mujer. Solo con pensar en eso, notó su creciente erección. Sin embargo, como persona cabal, se serenó y planificó mejor la parranda. Sería preferible tomarse una copa para hacer tiempo antes de ir por esos lares, pues el reino de la nocturnidad no cubría por completo las calles. A ese fin, ya que le pillaba a mano, entró en el Novelty. En el bar, los contornos de las pocas personas que había se diluían y deformaban hasta parecer seres fantasmagóricos. Solo el mozo que atendía la barra era real. Se había pedido un güisqui y había adoptado una pose de hombre solitario pero seguro. Concentrado en sí mismo, observaba los movimientos del camarero atendiendo a las distintas comandas que le solicitaban los clientes. Ya mediada la consumición, quizá aburrido de vigilarlo, se dio medio vuelta con desgana para inspeccionar el percal a su alrededor. Rápidamente, volvió a mirar de frente porque creyó descubrir en una mesa a Chomín junto a una mujer, los dos se reían… Hasta ahí llegaba la alucinación. De nuevo sintió vergüenza, como la había sentido en el sueño.

La reseca lo anulaba. Por un momento se le pasó por la mente que desaparecería por arte de birlibirloque al transcurrir cinco minutos de reloj. Deambulaba exactamente igual que un zombi por el cuarto de baño, asomándose miedoso para no comprobar los estragos del alcohol en su rostro, hasta la ventana, donde sin saber por qué oscuras motivaciones se entretenía en mirar hacia la calle a través de las minúsculas ranuras que simétricamente se distribuían por la persiana no del todo bajada. Algo irracional, irreverentemente absurdo en una persona adulta, perteneciente al Cuerpo de Policía del Estado. Niñerías que lo desazonaban porque ni tan siquiera conseguían el fin que perseguía, que era apartar la jaqueca etílica. Sintiéndolo en el alma, no le quedó más remedio que entrar de cabeza en la ducha para que el agua gélida del Tormes lo despejara o le diera un soponcio de muy señor mío. Resoplidos semejantes nos los dio jamelgo en el orbe entero. Soplaba como si ardiera. Se frotaba desesperadamente con las manos. Brincaba y bailaba. Cerraba los ojos para no contemplar la tortura que se imponía por no ser un hombre cabal. Tiritaba.

Estos correctivos, una vez superados, le proporcionaron seguridad y hasta cierto alivio, junto a una buena dosis de euforia. Era la demostración palpable de que, aun siendo el ser más insignificante de la faz de la Tierra y el más imperfecto y el más incongruente, y el de menos fuerza de voluntad, todavía podía confiar en sí mismo. Sobre todo, en la capacidad de regeneración en los fracasos y de superación en los momentos de abatimiento. El malestar persistía; no obstante, otro era el espíritu que regía su determinación. Él estaba en Salamanca para descubrir a un asesino y cuáles eran los móviles que le llevaron a cometer un crimen.

Mientras reflexionaba, había extraído muda y vestimenta limpia y perfumada, así que, cuando sonó el teléfono le dio un sobresalto de muerte. Vaciló. Por una parte, si había de contestar, el tiempo que transcurriera entre sucesivos timbrazos serían segundos preciosos para tranquilizarse después del susto; por otra, esperó a que sonara varias veces para asegurarse de que lo llamaban, extrañado de que se pusieran en contacto con él en el hotel. Todo era simple. Hortensia, la recepcionista, le comunicaba que había un tal Chomín que preguntaba por él.

«¡Qué tripa se le habrá roto!», fue lo primero que se le pasó por la cabeza, mientras controlaba los matices de su voz para aparentar normalidad al agradecer a la chica su amabilidad.

Antes de salir del cubículo del ascensor, Hortensia, que lo miraba fijamente, le hizo un gesto para que se acercara al mostrador.

Perdone usted que le haya molestado. ¿Quizá se encontraba descansando cuando lo he llamado? La culpa —continuó la recepcionista algo acelerada y asumiendo toda responsabilidad por haber perturbado la intimidad del cliente— la ha tenido un señor alto y con barba que lo espera en el bar; aquí, a la vuelta.

Por primera vez, desde que llegó al hotel, Ambrosio fue capaz de mantener la mirada a Hortensia. Desconociendo por qué, cuando no desvió los ojos después de permanecer en silencio los dos, el policía experimentó una inquietud opresiva, dudando de si la recepcionista habría adivinado que era objeto de deseo libidinoso para el cliente. «Las personas somos algo sorprendentes y terribles jueces para con nosotros mismos», pensó Escaleras, al tiempo que buscaba el bar.

En su adolescencia, al notar los primeros efluvios sexuales, en varias ocasiones había incurrido en onanismo pensando y hasta mirando a una vecina de su edad. Ni se acordaba del nombre, pues pronto se trasladaron a vivir a otro lugar. Cuando Ambrosio entraba a su cuarto, lo primero que hacía era escudriñar la vivienda de los vecinos a ver si encontraba a la joven sentada y concentrada en sus estudios. Casi siempre que la divisaba, se acaloraba y un profundo desasosiego lo embargaba mientras esperaba el momento oportuno para que no lo molestaran ni lo sorprendieran con las manos en la masa. Pendiente del menor ruido que delatara la presencia de su madre o de sus hermanos, se masturbaba al tiempo que no perdía de vista a la muchacha a través de los pequeños espacios que no cubrían las cortinas, imaginando un cuerpo femenino que se aproximaba en sus contornos al de esa chica. La satisfacción posterior era leve e, incluso, vergonzante. Pero mucho peor era cuando se cruzaba con ella. Entonces sí que se acumulaba y se dibujaba en su cara todo el apocamiento. Hasta intentaba rehuirla para que no le recordara su postración. Y, si el encontronazo era inevitable, cuando lograba sobreponerse a esa vergüenza, se estiraba adoptando una postura soberbia y provocadora para no dejar aflorar su silenciosa traición.

Chomín lo vio nada más cruzar el umbral del bar y se levantó diligentemente, escrutándolo y sorprendiéndose de que el madrileño estuviera entero.

¡Uff! ¡Menos mal que te veo vivo y coleando! Me dejaste preocupado. No quisiste que te acompañara hasta el hotel y un remordimiento de conciencia me carcomía. ¿No ha sido nada? —concluyó Chomín aliviado y olvidando acto seguido toda su preocupación.

A Ambrosio no le gustó en absoluto que su borrachera hubiera transcendido. Habría preferido que su compañero de juerga no se hubiera percatado, por lo que no le contó nada de lo mal que lo había pasado, procurando echar una losa sobre el asunto.

Pidió un café solo, dispuesto a no dar mucha conversación al salmantino. No sabía quién le había dado vela en ese entierro para ir a buscarlo a esas horas. La verdad es que no lo acompañaba un ánimo muy alegre. Observaba la crema espesa del café. El azúcar vertido sobre el líquido fue absorbido de golpe después de permanecer unos instantes flotando en la masa densa, como si fueran arenas movedizas. Escaleras movía con parsimonia la cucharilla a pesar de que el edulcorante se había diluido.

Escucha —susurró Chomín con el fin de rescatarlo de su mal humor—, sé que no te sientes muy en forma, pero he creído poseer la suficiente confianza para llamarte porque creo que el cantamañanas al que pedí informes tiene noticias muy interesantes. Se pasó por comisaría para hablar conmigo.


24. El Renegao y el Cabezón

 

Al salir de la sede socialista, un sol cegador los deslumbró. Chomín echó mano de unas gafas oscuras. Teniendo en cuenta su estatura, su barba y su cara de pocos amigos, para Ambrosio representaba la viva imagen de un policía, esa imagen que con frecuencia se tergiversa en las películas de detectives. Lo de las gafas le parecía una pasada. Él siempre había pensado que los que encubrían los ojos con gafas oscuras era porque necesitaban ocultar algo: en el caso de los policías, ¿tal vez su profesión? Aparte de esas ideas tan peculiares, Ambrosio era incapaz de dar un paso de manera desenfadada con una montura, de ahí su aversión hacia las gafas. Además, las lentes oscurecidas presentaban otro gran inconveniente: cuando entablaba diálogo con alguien que las llevaba caladas, no acertaba a mirarlo en un lugar preciso. Si se fijaba en los ojos, su mirada se reflejaba en el vidrio oscuro, pero no divisaba la pupila del interlocutor. Si se dirigía a la zona bucal, sin darse cuenta observaba la perfección o los defectos de los labios o el color de los dientes o hasta si en las encías había sarro. O quizá miraba si en la piel había granos o corros de barba mal rasurada, o si los pendientes eran largos, o si le gustaban o le parecían horribles… Su atención se diluía tanto en esos insignificantes detalles que enseguida perdía el rumbo de la conversación. Luego estaban los que ocultaban los ojos para espiar o mirar descaradamente a las personas, sobre todo a las mujeres de merecimiento…

En medio de la acera quedaron parados como dos pasmarotes. Escaleras consultó el reloj, que señalaba las dos y media. Trató de buscar en los ojos de Chomín cuál era su intención, pero se los encontró ocultos por una espiral de humo que cubría hasta los cristales. La capacidad de empatía del inspector matritense era enorme. Se encargaba de velar por los intereses y obligaciones de su compañero y prestaba más atención a los asuntos de los demás que a los suyos propios. Al apreciar al camarada salmantino tan indeciso, pensó que aguardaba a que lo dejara libre, pues la hora de la comida había llegado. Era una situación embarazosa que Ambrosio quería resolver de manera sutil.

Esto… Chomín, mira a ver qué tienes que hacer. Yo no sé cuáles serán tus cometidos ni tus obligaciones. Por mí no te preocupes y, cuando tengas que marcharte, te vas; yo me apaño solo —le comentó, así como de pasada y con la mayor sinceridad y camaradería posibles.

Chomín dudó. Por una parte, era lo que deseaba: quedar libre y marcharse a su aire; mas, por otra, una voz interna, autoritaria y diáfana le recordó que su misión era acompañar las veinticuatro horas del día, si era necesario, al policía madrileño.

No te preocupes por mí. Te acompaño mientras sigas en esta ciudad —replicó alegre, dando un giro de ciento ochenta grados al dictamen de su voluntad, comprendiendo que, ya que no le quedaba más remedio que acometer sus obligaciones, era preferible llevarlas a cabo de buen humor. Y añadió como si solicitara una indulgencia—: Si no te parece mal, podemos ir a tomar unas cañitas. Luego vamos a comer.

A Ambrosio le hubiera gustado librarse de aquel monaguillo larguirucho que parecía una lapa, pero se ponía en su lugar y no le quedaba más remedio que aceptarlo, porque cumplía con su deber; no lo acompañaba por gusto. En cuanto a la propuesta de su colega, hubiera preferido ir a comer directamente, pues la gazuza apretaba con ganas. La paciencia y la condescendencia era otras de las grandes virtudes —¿o defectos?— del sabueso de Madrid.

Desde que Escaleras no dijo que no, el semblante de Chomín se iluminó. Con una precisión insospechada, sacó el vehículo del aparcamiento y en un santiamén lo estacionó de nuevo después de subir por María Auxiliadora y de la avenida de Garrido. En la misma puerta del primer bar lo dejó, invadiendo la calzada descaradamente, como si le urgiera mojar los labios con la espuma de una cerveza.

En el bar, quizá el Chinitas, a esas horas no había mucha concurrencia, pero por la cantidad de desperdicios —servilletas de papel hechas un ovillo, conchas de mejillón, almejas, caracolillos, huesos, trozos de pan, colillas, tenedores…— se llegaba a la conclusión de que poco antes había pasado una barahúnda de gente diversa.

El camarero, cuando vio entrar a Chomín por el umbral, se acercó a la espita del barril para tirar una caña. En la mano mantenía otro vaso vacío, previendo que el desconocido pediría otra, como así fue.

¿En Madrid no acostumbráis a ir de vinos? —le preguntó Chomín a Escaleras, por iniciar la conversación, percatándose al momento de la obviedad de su pregunta.

Ambrosio le iba a contestar con cualquier comentario de compromiso, pero no hubo necesidad, pues en ese instante un desconocido propinó una sonora palmada en la espalda de Chomín, haciendo que este perdiera todo interés en su pregunta.

¡Hombre! Renegao, ¡cuánto tiempo sin saber nada de ti!

Los dos se chocaron la mano con tanta efusión como si hubiera transcurrido un año desde su último encuentro, cuando, en realidad, hacía un día justo, a esa misma hora, se habían saludado con idéntico entusiasmo. El Renegao fijó un instante los ojos en el extraño con la incertidumbre chispeando en ellos por desconocer quién era el fulano con el que chateaba el policía. Antes de las presentaciones, Chomín le guiñó un ojo cómplice a Escaleras, dándole a entender que el menda era un pirado de la vida.

Pronto Chomín se encontró en una situación comprometida, pues, después del intercambio de las primeras palabras, comprendió que un diálogo a tres sería imposible de mantener; por eso, tanto el policía como el paisano apuraban fervorosamente sus vasos y reclamaban la atención del camarero para que les sirviera nuevas rondas. Ambrosio, que no deseaba desentonar y marchar a un ritmo menor que el de sus contertulios, bebía largos tragos para embucharse la cerveza, pero su ímpetu no lograba igualar el nivel de consumo de los otros y ante sus ojos contemplaba otra caña cuando aún mediaba la anterior. Al final, hartos y exasperados por la presencia del Renegao, trataron de darle esquinazo argumentando que era la hora de comer.

Ambrosio creyó textualmente las palabras de Chomín cuando este afirmó que se largaban, así que al comprobar que entraba en otro bar, con su estado de semiebriedad, se le vino el alma a los pies.

¡Venga, hombre, la última! Si no tardamos nada.

Ambrosio, inocente, volvió a confiar en la palabrería de su compañero y otra vez se sintió frustrado, ya que, si hacía un rato había sido el Renagao, ahora con el que se topó se llamaba el Cabezón, según los que se fijaban más en la denodada capacidad de defender sus creencias hasta la extenuación, o la Caballería, según quienes valoraban más la valiosa cualidad de realizar todo tipo de barbaridades, apuestas y desafíos. La misma efusividad se refrendó de nuevo como si la vida solo deparara los mismos sucesos, unos detrás de otros, y no aprendiéramos de la valiosa experiencia que tales acontecimientos nos ofrecen. Y se bebieron las mismas rondas de antaño. El pobre Ambrosio solo encontró una leve salida para paliar el aluvión de alcohol que se estaba echando al gaznate: no era otra que, en vez de pedir cañas, cambiar a cortos. De todas maneras, después de la décima ronda, poco le afectaba ya la espumosa bebida, pues se hallaba en un estado de confortable modorra que le impedía padecer y le ocultaba la vulgar conversación que mantenían los otros sobre el número de birras que el Cabezón se bebía al cabo del día. Mientras el larguirucho inspector aseguraba ufano que pasarían de las cien, el otro se defendía como gato panza arriba, argumentando que no podían sobrepasar las ochenta, pues, según los cálculos que dificultosamente desarrollaba, ayudándose de la inestimable ayuda de ambas manos, las tres mil pesetas de gastos diarios en bares no daban para pagar tantas. Astutamente, el policía le rebatió diciendo que bien pudiera ser que se aproximara a la cantidad que él argüía al no considerar el Cabezón las veces que lo invitaban tanto los compinches como los camareros. Un momento de silencio que aparentaba sometimiento a la tesis contraria fue interrumpido por enésima vez por el Cabezón, que remarcaba su argumentación con la misma fe que la primera.

Cuando desapareció el Cabezón ni se enteró. Las cervezas, una vez pasado el temor a la borrachera, le fueron bajando limpias y ligeras hasta hallar su reposo en la vejiga. Este era, quizá, el órgano corporal que más se estaba resintiendo de aquella juerga, junto a los pies, que no cesaba de cambiar de posición. Se apoyaba en la barra para buscar alivio a la débil inestabilidad de su cuerpo. Su sensación de abatimiento era más visible por el continuo cambio de postura que por los efectos del alcohol.

Cuando apuraban la penúltima consumición, se encontraron por fin solos. El charro le explicó quiénes eran los dos héroes tabernarios con los que se llevaba tan bien. A Escaleras le importaba un rábano esa reseña biográfica, entre otras razones porque se hacía cabal cuenta de ella después de haber permanecido un rato en su compañía. Chomín, en cambio, seguía explicándosela, como si su objetivo fuera contagiarle la admiración que sentía por esos personajes populares o por «los obreros», según decía cuando se refería a ellos.

Antes de iniciar el primer movimiento de retirada, el camarero les había ofrecido una penúltima ronda en nombre de la casa. No pudieron negarse porque habría sido una ofensa para el dueño del bar. El salmantino era de esos que sienten una especial reverencia y admiración por los camareros, con ellos disfrutaba y se granjeaba el cariño y la confianza.

¡Por Dios y la Virgen! No, hombre, déjalo para otro día —prorrumpió Chomín, agradecido por el detalle.

¡Venga! Que me enfado si me hacéis este desprecio —rogó sin excesiva convicción el camarero, como si fuera un diálogo que tuviera que repetir con los mismos personajes a menudo.

Con cara compungida y resignada, Chomín echó un trago en señal de que aceptaban la invitación. A Escaleras le daba igual ya todo.

¿Qué piensas del diputado? —le preguntó el charro, deseando iniciar un tema que agradara al madrileño, consciente de que con probabilidad le había tocado tragar carros y carretas en el transcurso del chateo—. Está difícil el asunto. Con todo, las pistas están bien marcadas y creo que vamos por buen camino; ahora lo que nos hace falta es mucha suerte para sacar algo en limpio. Yo no sé con qué hipótesis juegas, pero, para mí, hay dos hitos fundamentalmente en todo esto: es una cuestión de política o de amores, con lo cual las dos son jodidas de aclarar.

Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...