22/01/24

Aprender lo que es la vida

El sol de la tarde inundaba de luz la sala y la alcoba anexa de la casa de sus abuelos. Le fascinaban esos rayos que escudriñaban los rincones interiores de aquella habitación ciega. Entraban por la puerta iluminando el suelo, donde se adivinaban algunas pelusillas, y lentamente su claridad ascendía por la pared hasta encender las casi invisibles telas de araña. La tía se enfurecía al descubrir esa suciedad que se escapaba a su tesón, que la impulsaba desde la mañana a dejar las distintas habitaciones de la casa impolutas.

La estancia era amplia. Por todo el perímetro se repartían sillas de madera barnizada, siempre relucientes, porque rara vez se usaban, si no era para festejar un bautizo, una comunión o un enlace matrimonial, o durante los largos velatorios. La tía cuidaba que no hubiera una mota de polvo en ellas; con un paño, las sobaba de arriba abajo. Había también una cómoda, y sobre su repisa algunas fotos familiares de niños en traje de comunión, o de los tíos recién casados, o de los solteros con uniforme de cuando cumplieron el servicio militar. También, en una caja de madera noble, los recordatorios de los fallecidos. La abuela se entretenía muchas tardes en repasar la leyenda que acompañaba a cada uno de esos pequeños panfletos funerarios en los que se desgranaban los descendientes que se quedaban cuando al finado le daban tierra en el camposanto. Antes de devolverlos a su sitio, leía la oración del final y se santiguaba igual que si hubiera acabado un acto litúrgico.

En los cajones se guardaba la mantelería reservada para las grandes ocasiones. A mano, apartando un poco las telas, también, las medallas de las distintas cofradías a las que pertenecían el abuelo y los tíos y los escapularios de la Virgen del Carmen de la abuela y el de las Hijas de María de la tía. Muchas veces también dejaba la abuela el monedero; en otras ocasiones lo escondía en el cesto de la costura, o en el vasar de la despensa, o en el cajón de la máquina de coser… No era raro que mientras lo encontraba, el nieto que todos los domingos subía en busca de la propina se desesperase. Al final aparecía después de que la abuela se encomendara a San Antonio rezándole un responso. Era mágico. Al poco daba con él. «Lo que no se llevan los ladrones, aparece a los rincones», le decía el abuelo.

Había también un baúl en el fondo que raras veces se abría. La abuela aseguraba que en su interior se encontraba el uniforme del abuelo de cuando sirvió en África. Pero lo poco que se vislumbraba al abrirlo parecían más bien mantas y ropa de abrigo, pero era posible que en el fondo se hallara el traje y quién sabe si otros secretos de la familia.

La estancia siempre olía como si la tía acabara de aviarla. De la alcoba contigua en la que dormían los abuelos no emanaba ningún mal olor propio de un espacio cerrado.

El nieto sentía una atracción irresistible a entrar y curiosear lo que allí había, pero rara vez pasaba del umbral y siempre en presencia de la abuela que se adentraba en busca de algo. Cuando se quedaba solo, no se atrevía a avanzar más allá del marco de la puerta, por miedo a que la abuela lo sorprendiera. La habitación siempre se encontraba abierta y desde el pasillo podía ver el gran salón y la cortina recogida de la puerta de la alcoba, pero no era ese dormitorio lo que le despertaba la curiosidad, sino la gran sala impoluta, repleta de sillas con respaldo alto y una mesa cuadrada con un pequeño tapete blanco bordado, con forma romboidal, sobre el que había un jarrón de cristal con flores secas.

El nieto recorría el pasillo desde la entrada y se dirigía a la cocina donde siempre se reunía la familia. Esa era la parte de la casa que mejor conocía. A veces entraba en la despensa en busca de lo que la abuela le mandaba que le acercase y allí descubría un sinfín de latas y botes, muchos más que los que encontraba en su casa. Los abuelos siempre habían vivido bien. Los tíos habían sido muy trabajadores, y la tía cosía guantes de cuero, contribuyendo a aumentar el dinero que entraba en casa. No faltaban galletas, bizcochos, tabletas de chocolate ni cacahuetes que compraban los tíos en el bar; tampoco, el avío de matanza ni pollos que la abuela criaba.

Cada vez que visitaba a sus abuelos, el nieto se percataba de las necesidades de sus padres y hermanos, pero no por ello se rebelaba contra el destino por la escasez, porque tampoco su familia era de las más pobres. Su casa era más lóbrega y la despensa con menos alimentos, pero su cocina era más amplia y allí se juntaban todos en torno a la lumbre y jugaban y se iban a la cama contentos, y antes de dormirse aún se divertía con sus hermanos saltando y revolcándose unos sobre otros, hasta que se cansaban y se metían entre las sábanas.

Mientras la tía permaneció soltera, el salón, toda la casa, se mantuvo como el crisol. Antes de su boda, pese a los nervios propios del enlace y de que debería preocuparse más de su nuevo hogar que del que abandonaba, redobló su empeño en dejar aún más limpia toda la casa, no pensando tanto en los invitados que llegarían, sino apenada creyendo que cuanto más se esforzara en la limpieza, más tiempo se alejarían la suciedad y el abandono que estaban por llegar. Ella era la última en irse y sabía que, solos los padres, la decadencia era inevitable.

No se marchaba para trasladarse a otro barrio de la localidad, sino a muchos kilómetros y estaba segura de que su regreso inopinado se retrasaría bastante y que, cada vez que volviera, la decrepitud de sus padres se manifestaría escandalosamente.

El envejecimiento de las personas es parejo al de la vivienda en la que moran y al de los muebles que sirven a sus necesidades. Mientras acompaña la vitalidad y la sangre corre con brío por las venas, los años parecen detenerse; mientras hay unas manos que limpian el polvo y sacuden las telarañas y voltean los colchones, las paredes blancas del hogar se iluminan con la claridad del amanecer. Pero llega un día en que las ventanas no se abren y se abarquillan, en que las puertas se vencen y se arrastran en sus giros, en que los cajones de la cómoda no se pueden sacar del vano que ocupan, en que las ropas blancas se convierten en sudarios deshilachados, en que los muebles no se mueven de su sitio y ese lugar se transforma en yacimiento inexplorado de materia sucia. La despensa, antaño rebosante, se desocupa porque ya no hay bocas que pidan manjares, sino unas sopas miserables que se preparen con facilidad. La vida se detiene. Ya no es necesario realizar coladas, gastar jabones. Los cuerpos y los vestidos son mojama negra arrugada. No se levanta un trapo que se cae. La geometría de las esquinas se borra bajo la acumulación de suciedad.

Mientras la vegetación parásita se adhiere a las paredes y se aferra al tejado, y en el corral se enseñorean las malas hierbas, los abuelos se van recogiendo en la alcoba, último habitáculo en el que se refugian incapaces de dominar el resto de las dependencias. Muchas horas de cama y unas pocas sopas, de ajo o de leche. El que puede se levanta y prepara la miaja de comida y, apoyado en la garrota, sale a comprar al tendero ambulante, sin querer mirar nada más que la vereda despejada por la que transitan. No les importan las zarzas que cubren las tapias, ni las techumbres hundidas del pajar, el gallinero y la cuadra, ni los cardos que mandan en las antiguas tablas de verdura del huerto. Sordos, con la vista nublada, se sienten solos y comparten el dolor y la soledad y el abandono y la muerte que merodea lobuna.

La luz rebota en los cristales sucios y en los cuarterones desvencijados y en los tresillos amarillentos. Las sillas cojean de repente; del respaldo se ha desencajado un travesaño o un barrote. Sobre los asientos hay almohadas de una lana basta y sobre ellas se acumulan montones de ropa olvidada hace tiempo.

En la mesa del centro, hay edificios desvencijados de cajas de medicamentos y botes sin tapón. La bombilla de la sala lleva fundida desde hace mucho tiempo.

La cómoda tiene abierta sus fauces mostrando entretelas desordenadas. El suelo está sin barrer. Sobre una cama, hay más ropa acumulada erigiéndose en montaña informe de trapos. En una de las alfombras, también hay depositados vestidos y pantalones. Hay orinales sin vaciar. Las zapatillas, separadas.

El abuelo bordea el perímetro de la cama, apoyando sus manos temblorosas en el colchón, mientras la abuela lo observa con miedo de que pierda el equilibrio.

Cuando, tras mucho tiempo sin visitarlos, el nieto fue a visitar a los abuelos, hubo de cruzar el umbral de la sala y adentrarse en la alcoba para aprender de golpe lo que es la vida.

17/01/24

20. Los chivatos


20. Los chivatos


El chico que atendía en la barra se entretenía consultando la pila de discos y cintas de una estantería. Miraba sus carátulas buscando quizá alguna canción en particular. Se agachaba y recorría la colección de vinilos como si acariciara el fuelle de un acordeón. Entre tanto, Ambrosio Escaleras lo vigilaba atento, para que, cuando se diera la vuelta, lo descubriera, pero el larguirucho muchacho continuaba absorto en su misteriosa búsqueda musical. El policía sentía cómo iba desazonándose. No era de esos que inmediatamente arman bulla en los bares cuando no sirven como es debido; sin embargo, le sacaba de quicio que el camarero no lo atendiera rápido y que, a la hora de pagar, no le cobraran al pedir la cuenta. Ahora bien, una cuestión la tenía muy clara: no había peor solución en esas situaciones que enfrentarse al barman. Lo único que lograba era un enfado que le enturbiaba la sangre y que el café no le sentara bien. Por eso, armado de toda la paciencia que Dios le había dado, se recostó en la barra, esperando con resignación a que el chaval acabara de poner la música deseada.

Su mirada vagaba de mesa en mesa, entreteniéndose con la actividad de cada una de ellas, hasta que alguien se acercó y le tocó en el brazo, seguramente para rescatarlo de las nubes lejanas del ensimismamiento. Ambrosio volvió la cara hacia el lado donde se había producido el estímulo y se azoró —algo que le habría dejado en evidencia si hubiera habido más luz— al contemplar a un palmo de sus narices a una guapísima chica que, con un cigarro en la boca, hacía gestos de chiscar con las manos. Fruto de su aturdimiento, se palpó los bolsillos de los pantalones e hizo un gesto con los brazos abiertos para indicarle que lo sentía. La fumadora anónima le sonrió y se marchó. Mientras se alejaba observó con disimulo la gentil y tallada figura de la estudiante, que se fue a sentar a una mesa en la que había un libro abierto.

Estaba leyendo en la penumbra del local el periódico provincial cuando regresó Chomín. Este buscó infructuosamente su café e interrogó con la mirada a Escaleras.

No, si todavía no me ha servido. Lleva ahí media hora liado con el aparato de música y no se ha dado la vuelta a ver qué sucede con los clientes.

La figura espigada del policía barbudo se hizo más insólita en el establecimiento y consiguió llamar la atención del camarero.

Dos con leche —le ordenó tajantemente.

Encendió un Fortuna y depositó el paquete y el encendedor encima de la tarima de madera. Derrumbó su cuerpo sobre esta, se apoyó en un codo y dio una bocanada de humo, exhalándolo con gran alivio y placer.

Pues ya está. Ahora solo falta que este memo se entere un poco del asunto. Creo que no tardará, porque lo que tiene de bueno es que es un eficaz gazpachero, como buen pueblano.

Escaleras no se atrevía a intervenir y solicitar que fuera un poco más claro en sus explicaciones, porque le atemorizaba parecer un idiota que no se enteraba de nada. Sin embargo, Chomín se dignó a pormenorizar los trámites que había llevado a cabo en su pequeña ausencia.

Chus está matriculado aquí, en Filosofía y Letras. Sí, hombre; si acabamos de venir de su casa… Este muchacho nos puede proporcionar información de las andanzas del catedrático. Aunque no estudia allá arriba, este se conoce a todo quisque. Me ha dicho que esta noche me dará algún dato y los nombres de las chicas con las que el diputado se ha relacionado.

Escaleras procuró mantener la expresión más aséptica posible, como si estas explicaciones estuvieran de sobra o fueran obvias. Ahora era él quien mantenía una actitud retraída y escéptica.

Para que lo entiendas de una vez: es un chivato, un chivato que trabaja para nosotros.

El dominio facial que con sumo esfuerzo trataba de controlar el policía madrileño se derrumbó sin remedio. Se sentía como un aficionado o como un investigador de agencia matrimonial ante un maestro en las artes detectivescas.

¡Ah! ¿Pero aún tenéis a gente como esta trabajando para vosotros?

Ahora la sorpresa se la llevó el salmantino.

¡Pues claro! Y más que antes, si me apuras. Los conflictos políticos y sociales desaparecieron hace años, pero la Universidad siempre es un foco que no podemos abandonar por muchas razones. No es que haya demasiados problemas ni delitos de relumbre, pero es un lugar de donde salen grandes eminencias y personajes ilustres a los que es preciso mimar y observar, entre comillas. Y la información es esencial para controlar y mantener el poder. Esto lo ha traído la política. La policía hoy día está destinada más a vigilar y proteger a la clase dirigente que a combatir a los malhechores.

Ambrosio se admiró de las opiniones de Chomín. No se creía a pies juntillas todo lo que aseguraba, pero tampoco le extrañaba. Él era un policía cabal; de esos de porra y pistola, más que de los de micrófonos ocultos y escuchas ilegales. Para él la misión de la policía era muy clara y sencilla: perseguir a aquellos cuya profesión era el mal. Los otros servicios prestados por el cuerpo no le interesaban bajo ningún concepto; incluso, aun siendo muy respetuoso, no los consideraba honrosos. Su función era diáfana: alguien había matado a una persona, a un diputado en esa ocasión, pues bien, él buscaba al asesino para encarcelarlo. En el fondo, eso era con lo que disfrutaba y lo que le había gustado toda su vida: jugar a policías y ladrones, como enredaba de niño. Y su vocación por representar el papel de gendarme le seguía gustando. Prefería correr detrás a correr delante.

¿Dónde reclutáis a los chivatos? —preguntó inocentemente.

Chomín no sabía muy bien de qué iba el inspector al que le habían ordenado acompañar. ¿Cómo podía ser que un policía formulara semejante pregunta? Le producía idéntica impresión y sorpresa que las cuestiones que planteaban los escolares en las visitas a las instalaciones policiales, en las jornadas de puertas abiertas que la institución celebraba anualmente.

Es muy sencillo. Si abundan a mogollón… Por ejemplo, este, el tal Chus, es un ladronzuelo de librerías, mejor dicho, lo era; ahora se ha corregido. Entras en su habitación y las paredes están repletas de estanterías de libros. ¡Pues no creas que ha comprado ni uno! ¡Todos los ha mangado! Especialmente, en la librería Cervantes, una muy grande que está al lado de la plaza. Hasta que un día lo pillaron los dependientes y lo denunciaron. Por supuesto, desde entonces no ha vuelto a chorizar. Aparte de corregirlo de esa fea manía, lo hemos ganado para la causa policial. Este buen Chus es hijo de un conocido dentista de Toledo. El chaval, cuando se le iba a fichar en el departamento de identificación, se vino abajo porque comprobó que todo aquello iba muy en serio. Se imaginaría que iba a entrar en chirona o vete tú a saber qué. De todas las maneras, lo que más miedo le daba era que se enterara su familia, su padre, especialmente; le debe de tener pánico… Nosotros lo observamos, vimos a un chico majo, despierto y vivaz y creímos que nos podía servir de soplón. Le comimos el tarro en dos minutos. Y ahí lo tienes: trabaja bien. De vez en cuando le damos alguna prebenda para agradecer sus servicios; nada, una piltrafa; nos sale gratis.

Escaleras procuraba ofrecer una expresión tranquila y despejada, sin embargo, sus músculos faciales se contraían dibujando una mueca de fastidio y de asco ante los métodos de sus compañeros salmantinos.

A otros los pescamos por gamberros o borrachos… Por aquí la marcha es descomunal y los chavales, que hasta hace dos días no se separaban de la falda de su madre, cuando llegan a Salamanca se desmadran de manera bastante incontrolada. Mucha priva y muchos canutos andan corriendo por todos los lados y, luego, las consecuencias se pagan. La verdad es que no suelen ser sucesos significativos, pero a algunos de estos pardillos los cazamos y les damos un susto por si nos pueden servir en algún momento… El último fue un zamorano que estudia Derecho. Por lo visto tuvo un examen de esos monstruosos, que llevan cinco mil folios de materia, y para celebrar o desahogarse de lo mal que lo había pasado los días previos se agarró una moña de muy señor mío. Estuvo de juerga desde el mediodía que salió de la prueba hasta la madrugada. Yo no sé qué coños haría para romper la puerta y los cristales del portal del bloque donde vivía, pero no terminó ahí la hazaña del borrachín. En vez de subir a su piso, se equivocó y se bajó del ascensor dos plantas antes. Intentó abrir la puerta que consideraba suya con la llave y no pudo, claro. Llamó al timbre durante media hora porque pensó que sus compañeros estaban de broma y no le querían abrir. En esa vivienda vivían una madre y una hija de catorce años que no sé qué rollos de intimidación habían sufrido hacía poco… Se asustaron porque creían que iba a derribar la puerta y a violarlas y nos llamaron. Bueno, imagínate el jaleo que se formó… —Chomín, con una veloz y viva mirada, se dio la vuelta para comprobar que no hubiera nadie demasiado cerca de su posición y luego, bajando el tono de voz, como si fuera a revelar un secreto, continuó—: Y quizá te sorprendas más si te digo que hasta muchos profesores están a nuestro servicio, aunque esté mal comentarlo en este lugar.

Escaleras se acercó todo lo que pudo a la boca del confesor y trató de expresar con su mirada la confianza oportuna para que el otro soltara el secreto sin ningún temor.

Salamanca, aunque parezca mentira, es una ciudad donde existe mucho vicio y corrupción y este ambiente llega hasta la misma médula de la universidad. Si yo te contara con detenimiento, te quedarías alucinado. Por ahora, con decirte que alguno de los profesores está inmerso en el mundo de la droga te será suficiente. Una vez que están dentro, con tal de ofrecerles una pizca de polvo, son capaces de todo. Claro que también se los puede conminar mediante otros medios más severos, aunque casi nunca es necesario llegar a tales extremos, porque en el fondo son personas muy razonables y tienen miedo de perder su reputación…

Hacía rato que habían acabado los cafés y Chomín apagó el cigarro en un cenicero, como señal de que no le apetecía continuar hablando de ese tema y de que la visita al bar de la facultad había concluido.

Te será fácil comprender que, teniendo a toda esta gente controlada, tanto estudiantes como profesores, la Universidad sea un coto en orden que no ofrece quebraderos de cabeza a nadie —dijo a modo de conclusión.

19. Las caballerizas

 


19. Las caballerizas

Al personal que se sentaba en las mesas situadas estratégicamente en el lateral de los grandes ventanales —a través de los cuales se controlaba el deambular de los transeúntes por la rúa— no le importaban para nada los clientes que permanecían de pie. Los que estaban sentados sentían más curiosidad e interés en sus pláticas o en el movimiento de peatones que en lo que se murmuraba a su lado. El grupo de los que se encontraban sentados estaba formado principalmente por dos variedades de clientes: estudiantes patrios, cuyo principal objetivo era, más que ir aprobando los cursos, ligar con cuantas más extranjeras mejor; y americanas que deseaban conocer a españoles para disfrutar del año de libertad y placer que les proporcionaba su estancia en España y, además, realizar intercambio de conversación. Sabían ambas agrupaciones que aún no era la ocasión oportuna para esos flirteos, pero su impaciencia, disimulada con ardides banales como leer La Gaceta Regional o El Adelanto o repasar unos menesterosos apuntes, les hacía adelantarse nerviosamente a la hora a partir de la cual se daban cita los asiduos de la alocada noche salmantina, cuyo primer rito en la nueva jornada consistía en tomar sobre las doce de la mañana el vermut o la primera copa en la terraza del Novelty.

El servicio del café había sido retirado con discreción por el diligente camarero y ellos permanecían invariablemente callados, observando el local y a las gentes que se movían a su alrededor, sin adoptar una resolución que los moviera a iniciar la jornada de trabajo.

Volviendo a los pocos datos que le había facilitado, una vez que salió del torbellino de su ensimismamiento, Escaleras regresó al asunto que traían entre manos.

No te he comentado algo que quizá carezca de importancia. Yo, por lo menos, no se la di ayer, pero pensando, y como tampoco tenemos otro cabo al que agarrarnos, podíamos comenzar por ahí.

A ver, cuenta —lo animó Chomín, que se interesó en las palabras de su colega, no tanto porque tuvieran su importancia, sino porque se alegró de volver a tener delante a una persona comunicativa.

Tal vez poseas tú más información sobre esto que te voy a contar; con todo, me imagino que puede ser un rastro por explorar. Me refiero a que, según me dijeron dos de sus compañeros a los que interrogué, al diputado le gustaban en demasía las faldas. Me llegaron a afirmar que, si continuaba impartiendo clases en la facultad a pesar de su apretada agenda era porque por allí ligaba mucho con sus alumnas.

Escaleras observó que Chomín se impacientaba mientras él hablaba, deseando que terminara su intervención o como si lo que le relataba fuera algo de sobra conocido para él.

No me extraña lo más mínimo que por ahí haya sustancia interesante. Es un filón que hay que explotar. Y, si me lo permites, tampoco estaría de más tocar algo su actividad política. Nunca se sabe por dónde puede saltar la liebre.

Sí, me parece genial —contestó Escaleras, que también había planeado buscar alguna pista por esa faceta del finado.

Los ojos de ambos policías mostraron un rayo de luz y en sus rostros se reflejó una mueca de alegría, no en sí porque confiaran mucho en sus líneas de investigación, sino porque, por lo menos, se señalaban nítidamente los pasos que debían comenzar a dar esa mañana.

No nos será muy difícil saber los nombres de las chicas con las que ha estado liado últimamente —afirmó con resolución el inspector local.

Abonó Escaleras la consumición, que le pareció bastante cara, y preguntó cómo podían unos míseros estudiantes frecuentar un local tan selecto. Chomín le respondió que la vida de muchos universitarios era milagrosa, en cuanto que era inexplicable de dónde sacaban la guita suficiente para el sustento diario y el consumo permanente de cervezas en los bares.

Mira, si no te importa vamos a ir a visitar a un colega, un chivato, a ver qué nos puede contar del asunto —le propuso Chomín cuando iniciaban la retirada de la barra.

Montaron en un Peugeot 205 camuflado, blanco, casi nuevo, que estaba aparcado en las inmediaciones de la plaza Mayor, pero Escaleras no se acababa de situar en esa ciudad. Buscaba con anhelo alguna referencia que le permitiera orientarse para el futuro, mas las callejuelas, las tiendas y los bares le parecían iguales.

El salmantino callejeaba como si conducir fuera un juego. Por la forma de mover el volante con alegría, por las miradas de pillo que lanzaba a otros conductores, por las triquiñuelas que se inventaba para superar a los demás vehículos o colarse en un hueco imprevisible y por los comentarios continuos de sus maniobras se podía comprobar que le encantaba manejar un coche.

Creo que esto me suena. ¿No se va por esta calle a la estación de autobuses? —Escaleras abrió la boca para no dar la impresión de una actitud llamativamente silenciosa.

No, esa es la paralela; queda a la izquierda. Subimos por la calle Villamayor —le aclaró el fitipaldi con la misma velocidad de vértigo con la que conducía.

Aparcó como una exhalación. Casi sin darse cuenta Escaleras, el coche se colocó paralelo a otro ya estacionado, y con una maniobra precisa y rauda las ruedas quedaron acariciando el bordillo. Al cerrar la puerta, se le notó la nítida satisfacción del que está contento porque le ha salido bien una tarea.

No sé si estará este julandrón en casa —insinuó el barbudo policía, mientras bajaba sin esperar al otro las escaleras que daban a una calle, en un nivel inferior de donde habían aparcado.

Se trataba de unos pisos elegantes y espaciosos, con una limpia fachada de piedra color marrón amarillento, como la arcilla, procedente de las canteras de Villamayor. Presionó en un nido de teclas marcadas por las etiquetas con la numeración de cada una de las viviendas; inmediatamente se oyó el ruido que aflojaba el pestillo y permitía franquear la catedralicia puerta del lujoso portal. En él abundaba el mármol reluciente, los espejos inmaculados y las alfombras imperiales. Parapetado en un mostrador de madera noble, coronado con una gorra de plato y ataviado con un uniforme gris ceñido hasta el cuello con botones dorados, un conserje amenazador, cual perro taciturno, los miraba calibrando la calaña de los intrusos. Se levantó y se estiró el levitón, saliendo al paso de los visitantes con afán de oler sus intenciones y juzgar si eran de fiar o no.

¿A qué piso van ustedes? —se dirigió a ellos, situándose en mitad de su camino.

Al 5º D —respondió Chomín secamente y sin interrumpir su marcha hasta el ascensor.

Ante la decisión y la seguridad de los visitantes, el portero reaccionó servilmente y con muchos reflejos al adelantarse con una agilidad sorprendente para la envergadura de su cuerpo a abrir la puerta del elevador y marcar él mismo el destino y despedirlos con la leve deferencia de intentar retirar la gorra de su cabeza.

Los abrió un joven en pijama. Antes de mirarlos, se restregó varias veces los ojos para borrar las imágenes nebulosas y confusas de las dos personas que se apoyaban en el marco de la puerta. Se caló unas gafas y se mesó el pelo hacia atrás, igual que si se atusara o como si en ese momento de mayor claridad mental se acordara de que usualmente, nada más levantarse de la cama, sus cabellos estaban alborotados.

¿No está Chus? —le preguntó Chomín cuando consideró que se había despejado algo.

Ambrosio no sabía muy bien qué tipo de relación mantenía el otro policía con los inquilinos de esa vivienda, pero lo que sí le quedó muy claro es que se conocían y que no se mostraban mucha simpatía. El otro se dio media vuelta sin invitarlos a pasar, desapareciendo de la vista de los policías al formar el pasillo un ángulo recto. Oyeron golpes suaves en una puerta. Luego llamó por el nombre a su compañero de piso y, como tampoco contestaba, se oyó el chirrido de unos goznes desengrasados.

No está —anunció cuando regresó arrastrando los pies por el parqué—. Creo recordar que hoy tenía un examen a las diez.

No importa. Le comentas que he venido y que me llame por teléfono lo antes posible.

Chomín se dio media vuelta sin pronunciar ninguna fórmula de despedida. Escaleras, por cortesía, aunque con mucha timidez, levantó de lado la mejilla para despedirse.

El charro se introdujo en silencio en el Peugeot, demostrando que no le había sentado muy bien que su amigo no se hallara en casa. Condujo de nuevo de forma violenta, aunque alardeando de seguridad y control. El madrileño, no obstante, era incapaz de relajarse en el asiento y se sobresaltaba cada vez que el coche giraba con demasiada velocidad o cuando frenaba bruscamente. Al apagar el motor, respiró con alivio, no pudiendo disimular el miedo congestionado en sus ojos.

Vamos a ver si encontramos a este julandrón por aquí —exclamó Chomín como exabrupto, más que para explicar al madrileño su conducta.

Escaleras no conocía esa parte antigua de la ciudad; había viajado más atento a su seguridad que fijándose en las calles por las que circulaban. Por el trasiego de carpetas, libros y mochilas, supuso que allí se ubicaría alguna facultad. Desembocaron de inmediato en la plaza donde se levantaba la majestuosa catedral: allí sí que había un hervidero de estudiantes.

Vamos a tomar algo a un bar que es muy típico, el bar de la Facultad de Letras, al que llaman «las caballerizas» porque sirvió de establo para los caballos de los catedráticos de la universidad.

Al entrar, Escaleras no vio nada, pues lo que predominaba era la oscuridad más absoluta. Tuvieron que pasar unos instantes para que su vista descubriera unas pequeñas luces que le mostraron al instante el lugar abovedado. Y el comentario sincero que le soltó a su anfitrión fue que más le parecía una bodega que un establo. El bar, se asemejara a una o a lo otro, era pintoresco y visita obligada de los estudiantes extranjeros que buscaban el tipismo de las universidades europeas.

Pídeme un café —le ordenó Chomín, mostrando cierto nerviosismo—. Voy a dar una vuelta por arriba a ver si encuentro a este. Ya te aclararé todo esto ahora cuando baje.

Y sin dar más explicaciones, desapareció. Ambrosio se quedó perplejo: las personas que tan pronto eran simpáticas y dicharacheras como taciturnas y ensimismadas le sacaban de sus casillas. Resulta que él, que era el que se suponía que había de dar las órdenes, se veía arrastrado por las decisiones de su lazarillo, que debía limitarse a ser su conductor, como mero taxista. Además, era tan engreído que no era capaz de consultarlo o comentarle sus intenciones. Lo llevaba a un sitio desconocido, lo dejaba allí en el bar y el caradura desaparecía a buscar a un tipo que vete a saber quién era.



18. La cotorra


18. La cotorra

Desde que había llegado a Salamanca, Escaleras había advertido que era manejado como un muñeco de guiñol. Los acontecimientos se encadenaban en una rueda que giraba independiente de los impulsos o frenazos, ambos escasos, que se atrevía a aportar al devenir. Sin querer se vio arrastrado —eso sí, de manera cortés—, agarrado cariñosamente del brazo por el colega desconocido hasta la barra de otro nuevo bar.

¡Tienes suerte de que te haya liberado pronto de las garras de «la cotorra»! Si hubieras permanecido, aunque solo hubieran sido diez minutos más, el dolor de coco que habrías pillado habría sido cojonudo —le dijo su interlocutor a manera de descargo para explicar la actitud tan firme con la que lo había apartado del parlanchín.

El bar de la comisaría era una estancia pequeña, a todas luces habilitada para ese menester de manera improvisada y con una atmósfera densa y cargante. A esas horas apenas si se podía respirar. La camarera, que afanosamente se agitaba al otro lado del mostrador, preparaba los bocadillos del almuerzo. De sus sartenes emergía un humo negro que el rudimentario extractor era incapaz de absorber y que hacía que se esparciera por todo el recinto. A ese olor a fritanga se añadía la humareda de los empedernidos fumadores que empuñaban un manojo de cartas. La mujer, a pesar del frenesí de sus movimientos y de la prisa, encontraba hueco para dar caladas de un Camel que depositaba en un platillo de café a modo de cenicero colocado en una esquina de la barra. Cuando advertía que necesitaba introducirse una bocanada de humo, corría hacia el improvisado recipiente con la cara desencajada, como si se regañara a sí misma por ser tan despistada al permitir que el cigarrillo se consumiera solo. Para contribuir a esa febril operación, se marcaba un ritmo trepidante con la música estruendosa y chirriante de un radiocasete que emitía a todo volumen música bakalao.

¡Perdona, chico, que no me haya presentado, pero como nuestro encuentro ha sido así tan…, no sé cómo decirte, tan… de sopetón!

Se trataba de alguien al que le calculaba una edad muy parecida a la suya. Su cara estaba cubierta con una frondosa barba negra. Se notaba que era un ser chispeante y alegre. Su mirada era fija y sincera, con una sinceridad quizá provocativa. De estatura alta —superaba con creces a la suya—, era, en cambio, de constitución más bien endeble, por lo menos aparentemente, aunque daba la sensación de que era un manojo de nervios. Hubo un detalle inquietante en su fisonomía que el inspector no logró aceptar de manera natural. Consistía en un bulto enorme, como si fuera un quiste sebáceo, que se situaba de forma prominente en medio de la frente. Cuando lo miraba fijamente a la cara se sentía arrastrado de forma irrefrenable a observar el tótem seboso y no atender a lo que le decía. Incluso se ruborizaba porque pensaba que su interlocutor se estaría dando cuenta de la contemplación irremisible causada por su protuberancia. No lo podía remediar y le sucedía con mucha frecuencia cuando veía algo anómalo o extraño en el rostro de la gente. Los bizcos lo hipnotizaban; a los peludos, les observaba los pelos demasiado largos que sobresalían de sus fosas nasales; con los que tenían berretes, su mirada se concentraba en las comisuras de los labios sucios… Por más noble y caritativa intención que adoptara para no posar su vista en esos pequeños defectos tan llamativos, no lograba cumplir su propósito. Menos mal que el policía salmantino no aparentaba molestarse por su actitud insolente.

No te he dicho mi nombre, ¿no? Todo el mundo me llama Chomín. Y tú has venido de la capital para indagar en el asunto del diputado, ¿no es así? Bueno, pues para que lo sepas me han encargado que te acompañe mientras duren tus pesquisas en la ciudad y me ponga a tu servicio para lo que desees. No pienses mal. No hay, en absoluto, resquemores ni desconfianzas hacia Madrid. Más bien lo contrario, nos parece cojonudo que vosotros arriméis el hombro. Sinceramente, creemos que os podemos echar una mano en esta investigación, aunque solo sea, como es mi caso, para servir de cicerone y acompañarte.

Ambrosio no sabía qué pensar del sujeto. Le extrañaba la punzante sinceridad con la que se expresaba el tal Chomín, su tono descarado y hasta casi insolente de ofrecerse. Quizá no era más que un tío de esos echados para adelante que afrontan la vida sin apartar ni bajar la vista un instante. Sin embargo, no se sentía muy confiado. Ante él, Escaleras temía que su timidez, su desconcierto y su falta de iniciativa irían en aumento. Como tampoco dependía de él aceptar o rechazar su compañía, poco más se pudo plantear.

No sé si quieres hablar con el comisario… Si no tienes nada que decirle, no es necesario que te entrevistes con él. Y yo, por mi parte, estoy a tu completa disposición para lo que gustes.

Ambrosio no juzgaba muy adecuado comenzar a trabajar con alguien sin haber entablado una conversación cordial y no meramente profesional; necesitaba marcar unas coordenadas más o menos esenciales sobre la idiosincrasia de su acompañante y colega. Así, iniciaron un trivial coloquio sobre aspectos relacionados con los servicios prestados por ambos y la antigüedad en el Cuerpo. Pronto Chomín ocultó su poblada barba tras la humareda más o menos continua de los sucesivos Fortunas que se fumó mientras degustaban el café. En esa faceta de su personalidad, Escaleras observó que la sinceridad y la firmeza de su interlocutor se veía truncada en una serie de evasivas y de respuestas inconcretas que reafirmaron al madrileño en la idea de que el salmantino se plegaba y guardaba sus asuntos íntimos en un caparazón inexpugnable. El detective se sentía grotesco en esa situación. Él, que era habitualmente comedido al mostrar alguna información de su esfera privada, se hallaba ante ese personaje exponiendo con claridad y sin titubeos sus antecedentes personales, que rara vez aireaba. No lo conseguía comprender. Cuanto más hablaba él, el otro, callando como un zorro y mostrando un interés inaudito, no soltaba prenda. Hasta que llegó un punto en que el ridículo lo inundó por completo y paró de hablar. Repuesto de la sordidez, recapituló los escuetos datos aportados por Chomín: aunque parecía joven, llevaba más tiempo de servicio que él y hacía tan solo dos años que lo habían destinado a la ciudad charra. Y nada más.

Por mí cuando quieras nos vamos. Por cierto, ¿qué planes tenías para hoy? —le preguntó, deseando fijar un programa para evitar el tedio de una conversación vana.

No había planeado nada en concreto. Ayer acabé rendido de la jornada y esta mañana me he venido directamente aquí y no me ha dado tiempo a pensar; incluso esperaba con la visita a la comisaría alguna aclaración de la investigación y de mi misión en Salamanca, pero veo que todo sigue igual y que no ha variado un ápice el asunto —dijo Ambrosio Escaleras con dolor al comprobar la impotencia y la desorientación de su investigación.

Mira, si quieres ponemos las cosas en orden y tratamos de clarificar en lo posible la cuestión, pero a poder ser fuera de aquí. Este olor, esta música y este aire no hay quién lo aguante. ¿Por qué no vamos a un sitio más tranquilo donde podamos hablar a gusto?

El bar más tranquilo al que se refería era una soberbia cafetería o pub que se encontraba en la misma plaza Mayor. No recordaba con exactitud cómo la había denominado, mas era un término italiano: Novelti o Noventi. Le pareció un vocablo cursi, como un lugar de reunión de maricas, pero, siendo del gusto del guía, no puso ningún reparo.

En esos momentos, aquel lugar parecía una encrucijada. Los viandantes la cruzaban azorados, tapándose hasta el cuello con las prendas de abrigo. El bar disponía de una terraza que se extendía sobre la enlosada plaza, en una esquina de esta. En ese instante, no había ningún cliente, si bien Chomín le aseguró que, a eso de mediodía, cuando recibía los rayos de sol, el sitio se ponía de bote en bote de guiris. En cambio, en el interior había una heterogénea fauna de especímenes que se repartían a lo largo de su acolchada barra y en las mesas de té alineadas junto a las ventanas que daban a la calle. Ambrosio se quedó admirado de la gran afluencia de personal a esas horas intempestivas. Observó con detalle a los individuos, mientras el barman, agobiado por las demandas de los consumidores, se acercaba hasta ellos. De pie, ocupando el mostrador y formando pequeños corrillos, aunque también había algún solitario, se observaban hombres trajeados que el inspector no tuvo dificultad en identificar como abogados jóvenes, obligados a alternar a cualquier hora para captar futuros clientes o consultar las dudas más insalvables de los casos que llevaban a compañeros más avezados. Se mostraban sonrientes con su cara limpia y recién afeitada, enfundados en unos trajes pulcros y excesivamente elegantes para alguien tan joven como ellos. Estaban pendientes de cualquier movimiento o estrategia que se produjera a su alrededor, como si temieran una emboscada a su espalda en el momento menos oportuno. No reparaban en invitaciones con tal de enseñar billetes de cinco mil pesetas para abonar las consumiciones que iba sirviendo el camarero, porque sabían que eso era una factura que debían soportar para darse prestigio y sobre todo mostrar solvencia entre su clientela. Saludaban a los que llegaban con tal afectuosidad que parecería a los ojos de un extraño que no se veían hacía mil mundos, y a los que se marchaban los despedían con el dolor propio de quienes se van para no volver en mucho tiempo.

El diligente y trabajador mozo les ofreció rápidamente dos cafés, a pesar del jaleo. Por un momento, Escaleras se vio obligado a suspender su observación del personal. El policía salmantino lo exhortaba para que le contara en qué punto se encontraban sus investigaciones. Ambrosio no mostraba el menor deseo de comunicarse con nadie. Desde lo más profundo de su ser emergía semejante apatía y falta de fe en sus palabras que no pudo por menos que lanzar unos mensajes incoherentes e inconclusos. Probablemente la dejadez de su comunicación verbal provenía de la inseguridad de los datos recopilados en el poco tiempo pasado en la ciudad, aunque también influía el ambiente del local en el que se hallaban y el prurito de contemplar con suma curiosidad a los clientes que se situaban a su alrededor. Sin embargo, el atribulado agente de la ley sabía que esas eran unas circunstancias concretas y superficiales; sin embargo, esos momentos de imprecisión, de divagar, de no ser capaz de concentrarse en lo que llevaba entre manos se repetían con demasiada frecuencia. Su interés se diluía, se expandía como si se derramara un vaso de agua en una superficie. A veces, intentaba recoger y reunir otra vez esa pequeña masa líquida, pero se le escurría entre los dedos.

Por su parte, Chomín no se preocupó en demasía de los escasos datos ofrecidos por el madrileño, quizá porque él mismo era de idéntico proceder en situaciones similares. No puso mala cara. Simplemente pensó que en otra ocasión ya se lo contaría con más detalle, aunque tampoco se hizo muchas ilusiones; tal vez fuera verdad que sus investigaciones habían avanzado muy poco.

El barbudo policía agarró el paquete de tabaco para prender un nuevo cigarrillo y, a partir de ese momento, ambos se tomaron el café sin hablar ni prestarse atención el uno al otro.

17. Los asesinatos del amor

17. Los asesinatos del amor

Cuando al día siguiente abrió los ojos, lo primero que le llamó la atención fue distinguir una luz limpia que se adentraba en la habitación. El sol había despertado esa mañana sin las legañas nebulosas de los días de humedad. Corrió los visillos y su alegría atmosférica se enturbió enseguida al descubrir un gélido manto blanco sobre los tejados. El sol lucía, pero a esas horas la reina climatológica era la omnipresente escarcha. En la calle los coches aparcados a la intemperie estaban rebozados en rocío en espera del baño de luz y calor del sol.

Un tanto desanimado por la falsa impresión, Ambrosio se sentó en el lecho. Apoyó los brazos en la rodilla y se sujetó con las dos manos la mamola. Por un momento echó en falta su cama, su casa, su trabajo y a su esposa. ¿Para qué coños le tenían que haber enviado a él a esa ciudad?

El caso no le interesaba lo más mínimo, no porque la trama y los móviles no le atrajeran profesionalmente, sino porque le sucedía lo mismo que al comisario jefe, que no encontraba el hilo del que tirar para orientarse. La noche anterior, al quedarse solo, le había entrado un ataque de desolación, ya que se sentía impotente para llevar las riendas de la investigación. Llegó a pensar que las pesquisas lo superaban y que, aunque estuviera toda su vida buscando, no llegaría a descubrir las claves del crimen del diputado. En un primer momento se ilusionó porque los dos profesores podían haber levantado la liebre; era como una intuición, una corazonada de que por ahí había sustancia, pero, en realidad, ¿qué le habían revelado? Nada, que el tal Eustaquio era un poco calavera y que le gustaban en demasía las faldas… Aunque así fuera, aunque realmente tuviera su importancia, las investigaciones en las que se mezclaban asuntos de mujeres le ponían malo porque adquirían tintes sibilinos e irracionales. Al ladrón que roba no se lo perdona, si bien se lo comprende y se ve claramente cuáles fueron sus intenciones; al que, fruto del mono, pincha a otro, se le pega un par de leches para despejarlo, mas, al final, se saca la conclusión de que es un pobre hombre; el que mata a alguien es un criminal, sin embargo, en el fondo, se piensa «¡qué cojones más grandes tiene, se lo ha llevado por delante! Algo le habría hecho». Pero ¿quién puede comprender racionalmente los delitos del amor? Si fuera el caso por esos derroteros, se podía preparar.

Abrumado por la incertidumbre y fatigado como solo se está cuando se visita una ciudad desconocida para realizar una serie de gestiones que se salen de la rutina, el policía se encerró en su cuarto sin ganas de nada. Cuando la noche anterior se derrumbó en la cama, toda la fatiga acumulada del largo día se aposentó en sus piernas, que se volvieron pesadas y perezosas. Su voluntad flojeaba y no tuvo la suficiente fuerza para darse una ducha. «Un poquito más, solo otro rato mientras me sale el cansancio», se dijo y cuando se quiso dar cuenta era tan tarde que casi se le pasa la hora de cenar. Bajó no porque tuviera hambre, sino por temor a que a medianoche se despertara con apetito. Y sin ducharse, engañándose al posponerla hasta antes de meterse en la cama, se dirigió al comedor como si fuera una obligación que debía cumplir puntualmente todos los días. Sentado solo en una mesa, sin fijarse en el resto de los comensales, despachó aceleradamente los platos para regresar cuanto antes a sus aposentos. Nada más abrir la puerta de su habitación contempló la cama con la colcha arrugada e, imantado por el mullido colchón, se dejó caer como si fuera un árbol tronchado. Con un supremo arresto descolgó el auricular para comunicarse con su esposa. Poco le pudo contar de su aventura salmantina, pues aún permanecía enfadada y no cesó de lanzarle improperios por ser el hazmerreír de la comisaría. Aguantó de nuevo estoicamente aquel chaparrón, procurando cobijarse con escuetos monosílabos que por la distancia y las dificultades de transmisión parecían provenir de las profundidades sinuosas del más misterioso océano. Se desnudó sabiendo que sería la última tarea de la jornada y se adentró en el mundo blanco de los sueños hasta que la luminosidad del amanecer lo despertó.

Comprendía que debía espabilarse, pero las fuerzas le flaqueaban. Habiendo dormido de un tirón, aún tenía la sensación de no haber desterrado el cansancio de su cuerpo. La suciedad y el olor corporal formaban parte de su pereza mental. Se encontraba en el dulce limbo de la desgana y la apatía y estuvo luchando entre el sí y el no a desnudarse e introducirse debajo del chorro ardiente de la ducha. Al final, una voz recóndita, casi apagada, de su más clara conciencia le recordó sus obligaciones profesionales, la conveniencia de clausurarlas prontamente y, para ello, nada mejor que una ducha que despejara la modorra antes de meterse de lleno en ellas.

En el vestíbulo, al volver la mirada hacia la plaza porticada de la recepción donde esperaba encontrar a su azafata favorita, se topó con la cabina telefónica y recordó que debía ponerse en contacto con su jefe. Primero desayunó, esperando que el efecto estimulante del café acabara de desterrar la somnolencia, y luego llamó a su jefe:

Diga. Al habla el comisario Ataúlfo.

Ambrosio no esperaba que directamente sonara el vozarrón de su superior y lo pilló desprevenido.

Soooy Escaleras, jefe, desde Salamanca.

¡Vaya! ¡Ya era hora, Escaleras! ¿Dónde coños te metes, que nos tienes dejados de la mano de Dios? ¿Qué tal de titis hay por Salamanca? Venga, joder, no te cortes, cuenta algo. Oye, antes de que se me olvide, que te pases lo antes posible por la comisaría de allí… Sí, ya sé que te dije que te movieras a tu aire, pero olvídate, no sé qué coños te querrán, pero algo tendrán que decirte. Bueno, ¿no te cuentas nada? ¡Joder! ¡Ah! Otra cosa, ¿qué tal el hotel? ¿Estás a gusto? Si ves que tal… te cambias a otro. Tú, Escaleras, a lo grande; no te cortes para nada. Y no tengas prisa; el tiempo que necesites. Remueve bien la mierda por allí, porque por aquí, chico, nada; pero nada de nada. Bueno, pues lo dicho, si no necesitas de mí, te dejo, porque por aquí ya sabes que no falta que hacer. A propósito, si te surge algo, tengo un conocido que vive en Salamanca del que no me acordaba; es un teniente coronel destinado en Caballería. Así que, si te encuentras en algún apuro, ponte en contacto con él con toda confianza, le dices que vas de parte de Marrano Colorao. ¡Ya verás qué sorpresa le das! ¡Ale!, si no te cuentas más, te dejo. ¡Hasta pronto!

Cuando se quiso percatar, del auricular provenía un pitido continuo y estridente. Colgó y salió desconcertado. Aunque, bien mirado, el comisario le había dado una orden que despejaba los momentos de vacilación. Por otra parte, recapacitando sobre cómo se presentaba el caso, parecía inevitable ponerse en contacto con Salamanca más pronto o más tarde y contar con su colaboración. Y lo que es más importante, según veía el asunto y comprobando que su superior continuaba escurriendo el bulto, lo más prudente era no tomar muchas iniciativas particulares y adaptarse al lento aparato de la investigación oficial, colectiva y anónima. Nada de protagonismo en una historia en la que llevaba todas de perder. No iba a ser tan tonto como para cargarse con el muerto. ¿Qué querían, que se pusiera a las órdenes de Salamanca? Fenomenal. Así él sería una pequeña ruedecita de la maquinaria pesada de la Policía. Total, por mucho que trabajase y se desviviese por el caso, al final los honores irían a recaer en otros.

Al abrirse la doble puerta automática del hotel y avanzar a la plataforma de las escaleras, fue abofeteado por el viento gélido y cortante, mensajero del hielo. Dudó si trasladarse a la comisaría en taxi, pero inmediatamente se sobrepuso al miedo al frío y optó por dar un paseo. Además, le informaron de que las dependencias policiales se encontraban a dos pasos de allí. Se dirigió al primer lugar de referencia, la Gran Vía, la arteria central de la ciudad. El inspector se admiraba de que la gente, aun haciendo tan malo y la hora temprana, pululara por las calles con el afán y las prisas propias de las hormigas en el estío. En los aledaños de la plaza Mayor se concentraba el comercio de alimentos: la plaza de abastos, los pequeños puestos ambulantes de hortalizas situados en el perímetro del edificio y los mercados de frutas en las recónditas plazas. Los comercios todavía no habían abierto, pero el trasiego era considerable. De los bares repletos de parroquianos salía la humareda propia de un ambiente cargado de humo de tabaco y de los vapores de los ardientes cafés que los clientes consumían para ahuyentar la humedad de las entrañas. Escaleras se deleitaba con el espectáculo sorprendente del gentío, al que veía alegre y sonriente, frotándose las manos para que estas reaccionaran, abrigándose, dando saltos para desentumecer los pies, hablar con energía y derramar vaho. Esa gente, con sus sencillas ocupaciones, le fascinaba hasta el punto de sentir envidia.

La Gran Vía, en cambio, era el símbolo de la laboriosidad ajada, estéril y anónima. La circulación era densa e interrumpida por frecuentes semáforos que regulaban el tráfico de manera anárquica. En esa calle se concentraba el mundo oficial de los ministerios, del Gobierno Civil, de Correos, de los juzgados, de los bancos… y, por supuesto, allí, de espaldas al edificio postal, se hallaba la comisaría.

Al entrar se llevó una sorpresa morrocotuda. Sin saber muy bien por qué, esperaba encontrar unas dependencias semejantes a las de Madrid, de tal forma que, cuando contempló las paredes descoloridas con desollones, los muebles ancianos, los suelos marrones y rodapiés caídos, en la penumbra creada por una solitaria bombilla de 60 vatios, se pasmó de las condiciones tan deprimentes en las que trabajaban otros colegas. Ese aire de decrepitud se podía también sentir en los mismos compañeros. Eran mayores y en su cara se reflejaba el deseo de la pronta jubilación. La gallardía de ánimo y la pulcritud del atuendo habían ido poco a poco desapareciendo a medida que sumaban años de antigüedad. A su edad, no se inmutaban por nada ni aparentaban modales educados en su servicio al público. En tanto que Escaleras se presentaba al que estaba de guardia, este no hizo ademán de sacar la mano del bolsillo ni de tirar el cigarro que insolentemente fumaba mientras la metralleta le colgaba del cuello como si fuera la guitarra de un músico de la tuna.

¡Vaya! ¡Vaya! Así que vienes de Madrid. Seguro que te mandan por lo del diputado. ¿A qué sí? Ves. Ya lo decía yo. Bueno, ¿y qué tal por la capital del Estado?

Hasta entonces Escaleras nunca había visto plasmado el aburrimiento y las ganas de plática en una cara como la de ese buen hombre. Algo en su interior lo previno. Si no cortaba rápidamente esa conversación, lo enredaría hasta que concluyera su turno. Menos mal que la fortuna se alió con él y fue rescatado del precipicio de un coloquio eterno.

¿No serás tú Escaleras? ¿Ambrosio Escaleras Arriba?

16. Unamuno

16. Unamuno

El camarero, haciendo gala de una cortesía inesperada, les rogó que, si eran tan amables, abandonaran el bar, porque el comedor cerraba sus puertas a las cinco. Los tres miraron su reloj de pulsera y comprobaron con sorpresa y fastidio cómo se había pasado el tiempo.

El día se había ido despejando y el sol había borrado imperceptiblemente la húmeda niebla de la mañana con tiernas caricias y cosquillas alegres. En ese momento el astro ardoroso doraba las edificaciones en un intento baldío de dejar suficiente luz y vida hasta la jornada siguiente. Los campanarios de las dos catedrales y de las iglesias y las fachadas de los colegios mayores y de los bloques de pisos refulgían como calabazas, oreándose de la marea con la que eran castigadas por una climatología opaca, propiciada por el abrazo profundo del río Tormes. En el limpio firmamento volaban las cigüeñas en su trajín divertido de tomar y llevar objetos insólitos al nido, situado en el crudo vértice de los escuálidos tejadillos de las torres, como si fuera una fresquera que debía estar bien refrigerada. La contemplación de la ciudad desde las terrazas del comedor universitario, inundados los ojos al salir de la luz mediocre de los fluorescentes del bar, produjo en el ánimo de los tres la sensación de pereza y la necesidad de pasear disfrutando del sol. Era una impresión hartas veces sufrida por los estudiantes a la hora de cumplir el horario escolar, cuando en esas tardes tibias y luminosas la tentación de hacer novillos rondaba con más insistencia a medida que el caminar desganado conducía inexorablemente a las aulas.

Inmovilizados por la premura con la que los habían despachado, permanecieron de pie mientras alguno de los tres encontraba la fórmula adecuada de despedida sin que la separación fuera violenta. Tal vez por sentirse halagado por su compañía y por la amabilidad con la que había sido aceptado, el policía inició los lances protocolarios, agradeciendo la colaboración que le habían prestado y lamentado al mismo tiempo las molestias o incomodidades que les hubiera podido ocasionar. No se atrevía a decir llanamente que se había visto sorprendido de manera grata por las muestras de sinceridad y espontaneidad en el trato recibido, como si hubiera sido más bien un invitado que un policía…

Arturo, para que la partida no fuera demasiado traumática, comentó que a lo mejor se volvían a encontrar en la ciudad si permanecía algún día más, pues esta era muy pequeña.

O, si no, quién sabe, igual nos encontramos en los pasillos de la facultad —dijo, casi arrepintiéndose tan solo de mencionarlo, como si previera que sería inevitable volver a indagar por allí. Y miró a Celestino, esperando una determinación por su parte.

Vete tú, si quieres. Yo me voy a dar un paseo hasta la plaza Mayor y así acompaño un trecho a Ambrosio.

Sin más preámbulos, moviendo nerviosamente las llaves del coche, Arturo tendió la mano al policía y se disculpó por no poder acompañarlos, ya que tenía que dar una vuelta por la facultad.

No recordaba el detective la marca de frialdad al tender la mano a alguien como la que sintió al estrechar la de Arturo. Esa impresión aséptica, fría, falta de afecto y de energía al tomar su mano lo deprimió. No podía por menos de pensar casi inconscientemente que no le había caído bien el mofletudo profesor. Sí, muy simpático, muy sonriente, muy tranquilo, muy…, pero reservado y distante también. Las tribulaciones no finalizaron ahí, porque Ambrosio se creía desgraciado al notar el rechazo por parte del docente universitario. Emoción rara y contradictoria que no lograba perfilar y situar dentro de la lógica ordenación de las ideas y sucesos que le ocurrían.

Desganados y andando perezosamente se alejaron del comedor. Un camino descarnado y polvoriento, con hierbajos y cardos, los condujo al barrio chino. Tan pronto pasaban unas casuchas como se topaban con enormes bloques de pisos de reciente construcción. Pese a estar a tan solo a metros unos y otros, entre los dos mundos, el de la ciudad vieja y la nueva, se erigía una barrera infranqueable para los vecinos. Los allegados defendían su residencia con un alto muro con barandillas, que constituía la planta baja en la que estaban los escasos negocios que con valentía se atrevían a abrir sus puertas en un barrio donde la delincuencia tenía su cuna. La calle sin asfaltar era un río de polvo y lodo. En la otra vera, el mundo de la prostitución, que estaba en franco retroceso. Con todo, seguían funcionando la farmacia o dispensario para las putas, los bares de alterne, las tienduchas de ultramarinos y hasta una peluquería. El andar por esos andurriales sobresaltaba a Celestino. Sentía una mezcla de delirio febril y de miedo trabado en la garganta que le impedía tragar saliva, como si sufriera hidrofobia. A pesar de todo, su excitación se expandía. A esas horas comenzaba a despertar el movimiento en la zona. En los umbrales de los bares, de las tiendas y de los portales, las meretrices se asomaban. Las contemplaba alegres y frescas. Recién perfumadas y vestidas con provocativos y coloridos vestidos para el inicio de la jornada nocturna. Parecían niñas que lucían su lozanía y sus trajes recién estrenados antes de realizar la entrada triunfal en la iglesia para oír la misa dominical de doce. Charlaban animosas entre ellas y sonreían las alabanzas que mutuamente se lanzaban al ponderar la hermosura de sus caras y la elegancia de los vestidos en sus contoneados cuerpos. No prestaban atención a los transeúntes; la caza del cliente aún no había comenzado.

Celestino habría deseado avanzar por esa galería más despacio para poder contemplar con fruición a esas mujeres que despertaban en él la fascinación sexual de lo prohibido: de lo que tenía al alcance de la mano y nunca probaría. En cambio, Ambrosio no vislumbraba ni captaba ninguna vibración especial. Al instante, antes de que le dijeran nada, supo por dónde se hallaba. Sin embargo, un experto en combatir el delito más perverso no se amilanaba por esos ambientes; incluso se sorprendió porque se había hecho una idea más grandiosa del famoso barrio chino de Salamanca.

¿Qué te parece? —le preguntó Celestino una vez que se alejaban.

¡Qué me va a parecer! La verdad es que no es gran cosa.

El inspector se dejaba conducir por el profesor. Pronto desembocaron en una populosa calle, que Escaleras reconoció rápidamente, al tratarse de una de las partes por donde había andado antes de subir a la facultad esa mañana. La animación seguía igual o incluso había aumentado. Aquel mundo comercial de aceras llenas de viandantes, de coches aparcados en doble fila y circulación ruidosa le encantaba. No se trababa del bullicio de una gran urbe como Madrid. El ruido, los empujones y, en general, las molestias se atenuaban en el trajín provinciano de Salamanca.

Celestino, al llegar a esas calles, se contagió de la animación. Hablaba sin parar y no cesaba de contemplar tanto los escaparates como a las chavalas que veía agraciadas. De vez en cuando se topaba con algún conocido y lo saludaba con un rotundo «¡hasta luego!». Andando por calles peatonales, por las que el avance era tan difícil como en las avenidas más atestadas de coches, desembocaron en la plaza Mayor. Celestino se detuvo en seco.

Bueno, aquí me separo. ¿Te sitúas?

Ambrosio dijo que sí, aunque en realidad estaba despistado. El profesor se debió de percatar, porque le indicó la puerta por la que habría de salir para dirigirse a su hotel.

Si sigues mi consejo, para que te sitúes en la plaza oriéntate por el reloj del Ayuntamiento, así no tendrás pérdida ninguna.

La despedida fue más escueta. Le ofreció nueva ayuda si le era de utilidad, diciéndole dónde lo podía hallar si surgía esa necesidad. Se separaron y tomaron dirección contraria. Ambrosio se detuvo un momento para contemplar la pequeña figura de aquel hombre, que caminaba decidido balanceando la cartera con movimientos marciales. Al instante fue devorado por la masa de viandantes y se confundió en una amalgama de cuerpos, brazos, cabezas y piernas.

Al pasar por el vestíbulo del hotel casi se olvidó de Hortensia. Estaba en la recepción atendiendo efusivamente a un grupo de japoneses en pantalones cortos a pesar de su avanzada edad. El único azafato que había le tendió la llave, junto a una esquela con el mensaje de que había recibido una llamada a la una y media y un imperioso «póngase en contacto con su superior». Inmediatamente se dirigió al locutorio telefónico, pero no se decidió a descolgar. La llamada era del comisario, que rara vez acudía a las oficinas por la tarde, pues siempre decía que esas horas eran las de labor de campo, las de contacto con la realidad, como si despreciara las interminables horas burocráticas de la mañana, encerrado en su despacho atendiendo a las llamadas por él «relaciones políticas». Además, no le apetecía lo más mínimo hablar con nadie. Le embargaba una sensación rarísima. Se encontraba de mal talante, pero sin adivinar las causas del malestar. Muy probablemente se trataba de desasosiego por no haberse entregado con mayor contundencia a las investigaciones, por no haberse esforzado, por no haber rendido en sus pesquisas. Aunque tampoco era una cuestión de reproches, en ese sentido se animaba diciéndose que, fuera por lo que fuera, esa habilidad suya de caer simpático a los testigos no la poseían otros compañeros y esa cualidad le había proporcionado buenos resultados en ocasiones. Con seguridad, esa percepción inusual procedía de la incertidumbre de los datos obtenidos en la conversación con los dos profesores. ¿Le habían dicho algo de interés o simplemente eran cotilleos de peluquería?



07/01/24

CANTERO, CAPÍTULO VIII (PRIMERA PARTE)

 


La vuelta a la cantera y al trabajo cotidiano no fueron un bálsamo que calmara la inquietud de Cantero después de las no acostumbradas vacaciones impuestas por una climatología exigente y unas fiestas que le habían dejado un poso de amargura que iría creciendo de modo gradual impulsado por esa levadura nefasta que envenenaba todo su pensamiento. La cantera le parecía extraña; hasta la herramienta, al agarrarla para comenzar a picar, le resultaba más fría que de costumbre. Las piedras que lo rodeaban lo miraban con animadversión, como a un ser despiadado que se proponía desentrañar su núcleo compacto y esparcirlo por lugares alejados de su nicho. El cielo ceniciento, testigo opaco de su quehacer, impregnaba cada uno de los rajos esparcidos y de las losas y bordillos ya muertos preparados en el cargadero en espera del camión que los sacaría de aquellos parajes para servir de suelo firme en las grandes ciudades. Los chaparros, las berceas, las matas de hierbas parecían a punto de languidecer. Presentía que la jornada no resultaría fácil. Tenuemente llegaban los golpes de otros canteros que con pereza ya habían dado los primeros porrillazos sobre los punteros. A otros, la resaca los impediría la incorporación al trabajo hasta después de comer. ¡Cómo envidiaba a estos compañeros que se entregaban con absoluta dedicación al alcohol! Su alma se encontraba anestesiada frente a un destino sin esperanza. Su sufrimiento se limitaría a sobrellevar la mañana del lunes como pudieran, aunque fuera a rastras; puede que, incluso, aprovecharan para dormir acurrucados al abrigo de una gran piedra y recuperar el sueño perdido las noches pasadas. Para no agobiarse y deprimirse todavía más, dejó la herramienta esparcida y marchó a buscar leña para encender un poco de lumbre con la que disipar la frialdad del entorno. El humo alejaría por unos momentos la pesadumbre y el calor aliviaría con su calidez la tensión gélida de su cuerpo. En cuclillas recogió la hoguera. Metió las manos entre las llamas sintiendo cómo el vello se le quemaba. Contemplando el juego vivaz del fuego, su tensión se fue apaciguando. Intentaba poner en orden su cabeza, aunque sabía que el río de la fatalidad que rodeaba su existencia lo arrastraría a la desesperanza. Si bien no deseaba achacar su desgracia a Andrea, los hilos de su pensamiento lo enredaban en una acusación irracional contra ella. De sobra conocía lo que implicaba el luto. No hacía ni dos semanas que había enterrado a su madre y no era necesario que nadie le recordara cómo habría de regirse durante un año. Ella no podía proceder de otra manera. El hermano no había pisado la taberna ni el baile, pero no tardaría en volver a la rutina anterior; sin embargo, ella debería alargar los rigores durante un año, aunque de manera paulatina se fueran aliviando. Esto lo entendía Cantero y, si no hubiera procedido así, él mismo lo habría juzgado inadecuado. No obstante, no comprendía cómo ella no había sido capaz de dirigirle una señal inequívoca de que la unión entre ellos seguía viva: quizá, que Andrea se hubiera ruborizado al comprobar su proximidad; o, incluso, que, de manera discreta, hubiera arriesgado su decoro para saludarlo. Lo más perturbador, con todo, había sido comprobar la naturalidad de su comportamiento. O, tal vez, no fuera naturalidad, sino indiferencia. Como si el encuentro de los dos nunca se hubiera producido. Si ella había optado por borrar ese momento, lo mejor era proceder del mismo modo. Pero eso era imposible. Esa primera vez no la podría olvidar, aunque fuera el origen de su sufrimiento actual y del venidero.

A medida que avanzaba la mañana, se fue serenando. A veces se percataba de que Andrea, por unos instantes, había desaparecido de su mente y entonces se alegraba por haberla desterrado de sí; no obstante, al momento regresaba la incisiva obsesión. Repasaba su experiencia con ella para encontrar algún comportamiento o alguna palabra suya que hubiera dado qué pensar a la muchacha, mas no hallaba nada más que ternura y pasión. Se imaginaba hipótesis inverosímiles que explicaran su indiferencia. Contempló la posibilidad de que su hermano la hubiera regañado, en el caso de que alguien los hubiera visto sin que se dieran cuenta y de que lo hubiera contado, pero no lo consideraba probable por su carácter afable. El padre era también una persona pacífica y no juzgaba que fuera capaz de recriminar nada a su hija. En todo caso, de haber sido presionada, su semblante hubiera sido de temor o angustia o de súplica, pero estaba seguro de que su rostro reflejaba un desapego neutro.

Comió las tajadas que su madre le había echado de merienda. Se tumbó sobre un saco arrimado a la lumbre. Aunque no llegó a dormir, acurrucado se encontraba a gusto, sin ganas de abandonar esa postura. La perra también estaba echada junto a él. Fijaba sus ojos en el rostro del amo, como si intentara explicarse su abotargamiento. Cantero la llamó.

—Ya vamos, no te preocupes.

El animal se incorporó para darle ejemplo.

—Pero, qué maja eres.

La atusó pasándole la mano por la cabeza y el lomo.

El sol se mantenía oculto tras la opaca nubosidad. Los días habían comenzado a crecer y por la tarde se ganaba aún medio jornal. Comenzó a labrar con más entusiasmo para recuperar la producción que no había sacado por la mañana. Ese acicate alejó por momentos sus malos pensamientos, aunque con el paso de las horas, cuando la jornada finalizaba, regresaron con una insistente idea. La evaluó con detenimiento y la juzgó oportuna. También para Andrea habría sido lunes y entre sus tareas domésticas estaría la de lavar. Discurrió que quizá se podía volver a encontrarse con ella en la Fuenteabajo. Esa ocurrencia le encandiló el cuerpo y avivó su deseo pensando en la repetición de la experiencia. ¿Y si a ella se le había ocurrido la misma idea y se hacía la encontradiza? Contemplando esa posibilidad, empezó a ponerse nervioso. Intentó calcular el momento oportuno de cruzar por los lavaderos. Contaba con la ventaja de que en esta ocasión lo haría con la moto, aunque para ello tuviera que apartarse de su camino habitual de la cantera a casa. Pensó que, si ella se proponía acudir a las pozas, lo haría a última hora, como la vez anterior, cuando ya no quedara nadie en el paraje para que la comunicación fuera secreta.

Lobete, compañero de toda la vida y con cantera contigua a la suya, apareció por el cargadero. Sin acercarse a su posición, le preguntó si no recogía la herramienta y dejaba de trabajar. No se extendió en explicaciones.

—Me quedo un rato más.

Observó alejarse a Lobete en busca de su bicicleta. Caminaba derrotado. La espalda caída, cabizbajo, como si en vez de ganarse el jornal en una cantera, acabara de participar en una cruenta batalla. No hablaba mucho con él, a pesar de haber pasado juntos por varias cuadrillas hasta que los dos se acomodaron en esa zona en la que se apañaban medianamente bien. Era soltero, como él. Las pocas mozas que buscaban novio encontraban mejor partido donde elegir entre los numerosos canteros casaderos. Los dos eran reservados, poco divertidos y ocurrentes. La percepción falsa de que no eran muy agraciados de cara, les infundía una cobardía paralizante, a pesar de ser unos hombres robustos. A esa altura de la vida se habían dicho ya numerosas veces lo poco que podían comunicar. Se pasaban las jornadas sin que apenas se dirigieran la palabra, aunque, a veces, los dos se calentaran en una sola hoguera y comieran a la misma hora. En esos momentos de camaradería escuchaban un transistor y su sonido alejaba el silencio.

Entre dos luces arrancó la moto. El ruido de su motor se expandía por la zona de Las Cubas. Era el último en retirarse. A pesar de lo tarde que era, apuró el tiempo avanzando con lentitud con el fin de que la oscuridad aumentara. Se acercó despacio a las pozas, en ralentí, para comprobar si ella se encontraba allí o había algún cubo o barreño con ropa. Al no ver nada, se acercó hasta la puerta del camposanto, que se encontraba cerrada. Asomándose entre los barrotes inspeccionó las hileras de sepulturas en busca de la muchacha, pero no la descubrió. Contrariado y hundido, aceleró alejándose de ese lugar.

Otra desilusión, otro fracaso que desacreditaba a su intuición. Incapaz de encontrar otra justificación del proceder de Andrea, llegó a casa apesadumbrado.

—Parece que traes mala cara, ¿te pasa algo?

Su madre siempre averiguaba sus estados de ánimo mirándole el semblante. Le daba mucha rabia. En esos momentos en los que sus preocupaciones se mostraban sin tapujos a la observación materna, se hubiera sacado los ojos.

—¿Para qué te entretienes tanto en la cantera? ¡Un día vas a tener un accidente con la moto por llegar de noche!

Tomó agua de la cobra y se lavó sin responder a su madre. Mientras el influjo de su presencia perduró, procuró mantener la calma y proceder cómo si nada le hubiera pasado. Soportó con estoicismo la retahíla de reproches.

Esperaron un rato a que su hermano regresara de la fragua y de la taberna para cenar, pero, como de costumbre, al final comieron sin que él apareciera.

Le habría gustado meterse en la cama y que un profundo e interminable sueño le sumiera en el olvido, pero se sentía tan despreciado e insignificante que no alcanzaba la serenidad suficiente para lograr el descanso después tan largo y penoso día. En el remolino de sus pensamientos, bien se recreaba en las caricias y los besos de Andrea, bien le reconvenía su lejanía y frialdad sin conseguir ahuyentar su presencia. En este estado de desvelo, una nueva propuesta de acercamiento se fue abriendo en su mente. Era muy simple y no garantizaba ni tan siquiera el intercambio de unas frases con ella, pero la sola aproximación a su casa conseguía poner en movimiento las más sensibles fibras de su cuerpo. Al día siguiente, aunque no necesitaba afilar los punteros en la fragua, los llevaría con el propósito de pasar delante de su puerta.

Con la idea clara de cómo iba a proceder, la jornada transcurrió con más tranquilidad. Lobete observó que su compañero cesaba de trabajar y él también dejó la labor para el día siguiente.

—¿Vas a la fragua?

Movió afirmativamente la cabeza mientras apilaba los punteros botos y los sujetaba con una tira elástica. El bulto lo afianzó en el soporte trasero de la moto con un cable extensible. Seguro de que no se caería, emprendió la marcha dejando atrás a su compañero, que ascendía el repecho caminando con la bicicleta agarrada con una mano en el manillar.

Al alcanzar la casa de Andrea divisó al hermano que llegaba también de trabajar. Apoyaba la Mobylette en la pared. Sin ser muy consciente de cómo procedía, aminoró la marcha hasta detenerse a su altura, sin apearse del sillín.

—Te acompaño en el sentimiento.

El hermano, sorprendido, no por el pésame, sino por ser Cantero el que se lo daba, le agradeció el detalle. Se vio obligado a justificar y a aceptar el fallecimiento de su progenitora con palabras gastadas de tan repetidas en los últimos días. No se podía hacer nada por ella y en ese estado, Dios había hecho mil mercedes llevándosela consigo. Aunque le prestaba atención, con discreción desviaba la mirada para comprobar si Andrea asomaba por la puerta. Sin embargo, el que apareció en el umbral fue el padre, al que también dirigió el pésame. Este no dijo nada más que gracias y se metió de nuevo en el portal.

Se alejó en dirección a la fragua, pero no se detuvo en ella. Carecía de la presencia de ánimo necesaria para hablar con nadie. Avergonzado de su llamativo proceder, como percibió con claridad al notar la perplejidad del hermano cuando le estrechó la mano mientras formulaba el pésame, llegó a su casa. Su frustración no le permitía analizar la repercusión de la insensatez que acababa de cometer, aunque recreaba la secuencia que a su vez habría sucedido cuando el hermano y el padre se reunieran con Andrea. Comentarían la extrañeza de que una persona tan hosca se hubiera detenido para intercambiar unas palabras de afecto. No quería representarse la cara de ella al oír su relato porque con seguridad, a partir de ese momento, lo detestaría mucho más.

Los días, las noches, las fiestas transcurrieron sin que encontrara una ocasión en la que poder coincidir con Andrea. No por ello se olvidó de lo que había sucedido entre ellos. Acudía con más asiduidad a la fragua con el exclusivo propósito de pasar delante de su casa, sin que lograra verla; en las misas de los domingos estaba pendiente de sus entradas y salidas, sin que ella mostrara detalle alguno hacia su persona que él identificara con claridad. Aunque era absurdo, pensaba que hubiera sido mejor no haber vivido esa experiencia amorosa, pues el sufrimiento que padecía desde aquella tarde no compensaba el placer momentáneo que había disfrutado. Luchaba por desterrar ese pasado, mas, pertinaz, invadía todo su mundo interior. Solo Andrea ocupaba ese espacio íntimo. Ni los sinsabores laborales, ni los roces domésticos conseguían desplazar la obsesión por la chica. El único consuelo era que la propia vivencia afectiva y el sufrimiento personal eran exclusivos suyos. Estaba seguro de que no había ningún testigo de la tierna unión que los dos disfrutaron esa noche. Él no se lo había contado a nadie y ella, con el paso de los días había llegado a esta conclusión, tampoco había encontrado confidente con el que confesarse.

Algo que le causaba más dolor que la propia frustración era pensar en las veleidades del destino. No lograba explicarse cómo una mujer que nunca antes había despertado su interés, tras ese encuentro casual, se hubiera apoderado por completo de su persona. Le había robado su voluntad, lo había anonadado, lo había embrujado… Sin ella, el futuro no existía. Los días serían tristes y sin alicientes para continuar trabajando. ¿De qué serviría el dinero que ganaba? No para emborracharse, como hacían otros canteros… Sin ella, ni el oficio ni el dinero, ni los placeres que la vida proporcionaba, lo empujarían a seguir adelante. No es que la idea de quitarse la vida fuese recurrente por el momento, pero temía que un día llegara a ser un procedimiento inevitable. No obstante, no se dejaba arrastrar por esa ola suave del suicidio, si bien era un seguro propio que era necesario renovar de vez en cuando para que el miedo a la frustración permanente no le abocara al tedio y al disparate de no embestir el destino mientras brillara un punto de esperanza. 

Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...