19/12/25

Tres veces en el mismo sitio

 

El pub disponía de una pista de baile donde la multitud se abarrotaba. Todo el local se hallaba repleto de gente alegre por las fiestas que se celebraban. El apogeo de las mismas se encontraba en un punto en el que pensábamos que no terminaría y que esa felicidad que nos desbordaba se quedaría con nosotros para siempre.

En el garito reinaba una penumbra que solo permitía distinguir a los más cercanos. Caras alegres y sonrientes y cuerpos que vibraban con el ritmo de canciones conocidas. El círculo central, en el que los más desinhibidos bailaban, era el altar iluminado donde contemplábamos los contoneos de los danzantes. Entre ellos distinguí a mi sobrino Gero. Destacaba inconfundiblemente por su altura, delgadez, blancura y su pelo rubio más bien largo. Lo saludé desde la lejanía, moviendo los brazos y, en ese mismo impulso, agitando mi cuerpo siguiendo el compás de la música. Él me devolvió sonriente el saludo de manera idéntica. Me alegré de su efusividad a la vez que me sorprendió, pues no era habitual una reacción suya tan espontánea. La justifiqué pensando que se había contagiado de la animación general, o tal vez fuera cargado de alcohol. De nuevo, pasados unos minutos, entré en contacto visual con él y agitamos los brazos en señal de mutuo reconocimiento.

Lo terminé de perder de vista. No quise ser pesado, creyendo que lo conveniente era dejarlo en paz disfrutando de la compañía de sus amigos. Quizás yo fuera consciente de que era hora de retirarme y dejar que la efusiva juventud agotara las últimas brasas de la juerga. Me recosté en un banco de obra alto, corrido a la pared. Al reposar, noté el agobio de la fatiga. Mi hermana, al verme sentado, me entregó a Lonos, otro de mis sobrinos, para que lo tuviera un rato en brazos. El pequeño era una semilla que se desarrollaría según los patrones de crecimiento que había seguido el que se hallaba bailando en la pista. Lonos, de momento, era vivaracho y muy divertido, y estar con él era siempre ocasión de disfrutar de su alegría. Así pues, una vez en mis brazos, nos pusimos a jugar, liberando a mi hermana para que pudiera participar mejor de la fiesta.

El cansancio desapareció mientras jugaba con Lonos. Su madre nos controlaba para comprobar que todo marchaba bien. Con mi mirada la intentaba tranquilizar y creo que se olvidó de nosotros durante un rato. Cuando quise darme cuenta, me percaté de la presencia de aquel que yo pensaba que era mi otro sobrino. No se trataba de Gero, sino de una chica rodeada por unos amigos. Fue ella la que fijó en mí la mirada sonriendo.

Perdona, te he confundido con otra persona —me disculpé avergonzado de mi error. No le expliqué que en la penumbra me había parecido mi sobrino.

Le hizo gracia mi explicación. Me sorprendió su disposición a charlar; más bien esperaba que se diera la vuelta y me tomara por un imbécil.

Es mi sobrino —le aclaré después de que ella le hiciera una carantoña.

Me pareció una chica fuera de lo común. Se trataba de una versión femenina, idealizada de la figura de mi sobrino mayor. Era alta, sin que su altura llegara a amedrentar, gracias a su elegante delgadez. Rubia, media melena, con pelo fino que no me desagradaba; sus rasgos faciales eran delicados y proporcionados, tal vez demasiado diminutos para su espigada figura. Me gustó que no llevara maquillaje y que su cutis mostrara las pequeñas cicatrices y manchas que le proporcionaban una personalidad consolidada y sincera.

¿Me lo dejas coger?

No se me ocurrió que a mi hermana no le gustara que una extraña tomara a su hijo en brazos. En ese momento, el niño era mío.

Desde luego —le respondí, mientras se lo ponía en los brazos.

No, en brazos no, a caballito —me pidió.

Me sorprendió la ocurrencia, pero no le di la mayor importancia. Además, Lonos reía entusiasmado con la idea, pues echaba sus bracines para que ella los tomara.

Se sentó a mi lado, apartándose de su grupo. Se estiró la blusa y dejó el bolso en el asiento. Cuando estaba a punto de depositar el cuerpo del niño en su cuello, el brazo de mi hermana detuvo la maniobra. No me dijo nada, pero su mirada era un mensaje reprobatorio serio, como si me reprochara si era tonto o algo parecido.

Se alejó con Lonos, dejándome al lado de esa chica. En ese breve espacio de tiempo había podido fijarme en su escote y contemplar, excitado, la base ondulada de su pecho. A su lado me sentía en la gloria. Su cercanía era un fuego acogedor. Me gustaba cómo no apartaba de mí los ojos y cómo escudriñaba a través de ellos mi personalidad. Me sentí avergonzado porque buscaba en mi interior un manantial de sentimientos puros y yo sabía que no podía sino rezumar un agua turbia. Con todo, me quedé a su lado, buscando un cobijo íntimo, aunque solo fuera durante unos minutos más. No era capaz de separarme, sabiendo que ya nunca más disfrutaría del deleite de esa palmera tierna en la travesía de mi vida. Era duro afrontar la aridez de caminar solo. Estaba seguro de que en el momento en que me incorporara sufriría un desaliento prolongado. Por eso la miraba idolatrándola, sin abrir la boca. Sin embargo, fui lo suficientemente osado como para rodear con mi brazo su cuerpo y atraerla hacia mí. La besé en ese cutis fresco, erosionado por sus experiencias sentimentales.

Se incorporó a su pandilla. Interpreté su alejamiento como una oportunidad para que yo reflexionara. Ella entendía que no podía tomar una decisión si no me dejaba solo. No me pareció bien esta separación, pues su ausencia ya me hería. Con algo similar a un ataque de celos observé cómo interactuaba. Su magia se desvanecía en compañía de sus amigos. La pandilla la formaban una pareja y dos chicos, uno de los cuales era de una obesidad llamativa.

Desde el momento en que conocí a Ambrosía, lo demás pasó a un segundo plano. La música y la animación habían decaído y mi familia se había marchado casi sin despedirse, contando con que no tardaría en recogerme.

Transcurridos unos minutos, desperté. No era un sueño lo que me acababa de ocurrir, pero tuve la impresión de que me había adormecido. Ambrosía y sus amigos continuaban allí, a corta distancia; noté que el jolgorio se reavivaba y la música animaba con mucho entusiasmo. Desde la pista, alguien me llamó. Me acerqué a ver quién era. Se trataba de mi amigo Miguel Ángel. Estaba bailando y me animaba a que me sumara. Me puse a mover el cuerpo, pero fui consciente de mis limitaciones. Desde hacía tiempo arrastraba una lesión de menisco que me impedía saltar, por lo que solo me contoneaba, dejando que las olas de la música me mecieran en mínimos giros. Era consciente de que Ambrosía seguía mis movimientos en la pista de baile y me esforzaba por no parecer un paralítico, pero mis músculos eran incapaces de responder a mis deseos de impresionar a la muchacha. De repente la música cesó. Nos miramos unos a otros cuando los segundos se sucedieron sin que volviera a sonar. Todos depositamos nuestra incertidumbre en el disyóquey que manipulaba el aparato de música. Confiábamos en que solucionaría la avería de un momento a otro, pero no sucedió esto.

No lo penséis más y pasaros al local de al lado —animó a la concurrencia alguien desde la entrada.

Vete de aquí, cabronazo. No te metas donde no te llaman —le respondió enfadado el que manipulaba el tocadiscos.

Seguíamos inquietos la evolución de la situación. Nadie se había movido del sitio y creíamos que el dueño del pub sería lo suficientemente diestro como para ponerlo de nuevo en marcha. Sin embargo, cuando comprobamos que comenzaba a desenroscar una de las piezas más voluminosas del equipo, nos convencimos de que la avería era seria. Poco a poco, el personal apuró sus bebidas y salió para pasarse al otro local.

Tardé más tiempo en reaccionar que los demás. No me moví hasta que contemplé a Ambrosía sola, sentada en el mismo banco. Ahora ya no me sonreía. La noté contrariada, como si esperara una respuesta. No tomé en serio su actitud. Antes de sentarme a su lado, creí que sería posible recobrar la intimidad de la que había gozado hacía poco. Sin embargo, cuando otra vez la atraje a mí, supe que no era viable acariciarla si no respondía a la pregunta que no adivinaba y no deseaba que me formulara.

¿Qué has pensado? —me planteó de sopetón.

En lo más profundo de mi ser sabía a qué se refería, pero no quería ser consciente.

Al notar mi parálisis se impacientó.

Mira, ya he sido herida tres veces en el mismo sitio —dijo señalando muy levemente su corazón— y no estoy dispuesta…

No quiso continuar, pero entendí que me exigía una decisión sincera. Me asusté y entré en pánico.

...prefiero aunque sea estar con ese gordo baboso el mes que me queda de estar aquí, que…

Tampoco acabó la frase.

No sé de dónde mis piernas sacaron fuerzas para cruzar la pista ya desierta e iluminada para abandonar el pub, dejando a Ambrosía sentada. No tuve el valor de buscar unas palabras de desagravio o generosas para desearle buena suerte.

En el umbral me crucé con el gordinflón y me dio un empujón. Le oí cómo la llamaba. No me atreví a verla salir acompañada por ese tipo adiposo.


05/12/25

Sosa cáustica

 

Me faltaba el aire en esa noche de larga oscuridad. Me sentía solo en esa constante agonía de huidas de un prófugo natural. Nadie me podía conocer; no ya mis inquietudes, sino mi verdadero nombre y origen. Soy un hombre que no deja de saltar de un lado a otro. No estoy seguro en ningún lugar. Me hubiera gustado no tener que tomar de nuevo la decisión de huir, pero esa fábrica en la que estaba empleado y esa ciudad resultaron igual de amenazantes que otras anteriores. No me encontraba mal. El paisaje siempre verde de esa zona enclavada entre montañas y los muchos complejos industriales en los que trabajaban obreros procedentes de tierras lejanas me recordaban el lugar en el que viví hasta emprender esta huida sin fin. Tal vez debería haberme marchado antes, pero cada vez me costaba más tomar la decisión de abandonar un lugar. Me adaptaba a cualquier sitio, con tal de no vagar de estación en estación. En ese momento lamenté mi pereza. El cerco policial estaba a punto de atraparme en el lugar donde menos esperaría encontrarme, junto a los depósitos de fuego de esa fábrica de lácteos. El momento idóneo fue cuando el conflicto derivó en una lucha sindical sin cuartel. No eran problemas que me atañeran. Me pagaban lo suficiente y no podía hacerme la vana ilusión de que me jubilaría en esa empresa. Me habían dado trabajo y el sueldo era generoso. Las reivindicaciones de los otros —no los puedo llamar compañeros, porque no mantenía relación con nadie— no eran de mi incumbencia. Ellos hacían su trabajo, yo el mío. Pero temía que su lucha terminara afectándome, como acababa de comprobar. La policía antidisturbios cercaba el reducto fabril y se desplegaba con la intención de asaltar la fábrica. Llevábamos varios días encerrados —ellos se habían recluido; yo no había podido escapar porque me lo impedía la barrera de distintos piquetes, repartidos por las instalaciones, que impedían el paso de personas o vehículos—. Ese almacén lleno de sosa era mi cárcel; solo porque no compartía el encierro en las salas de producción. Sin embargo, no me habían dejado en paz y acababa de comprobar que me habían involucrado de lleno en su lucha y debía asumir responsabilidades que me eran ajenas.

Desde el espacio neutro, entre las tapias del perímetro y los edificios del complejo, como centinela obligado, había observado el avance de la policía. Se movían protegidos por las sombras donde no llegaba el haz luminoso de las altas farolas. Lo hacían agrupados en pequeños comandos. Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad y a vislumbrar la más mínima amenaza, escrutaban cada uno de sus movimientos. No albergaba la menor duda de que conseguirían sorprender a todos los obreros y hacerse con el control de las instalaciones. Por un momento, se me pasó por la cabeza alertar a los operarios de lo que les esperaba, pero, mientras me decidía, se produjo una explosión a los pies del jefe policial que comandaba la compañía. No dudé de que era una deflagración ocasionada por sosa cáustica. Conocía de sobra sus caprichos. La había visto hervir al contacto con el agua y devorar filtros enteros como si fueran azúcar. Pero lo más peligroso era cuando se mezclaba con el aluminio… Pude ver que no había causado ninguna desgracia, ya que el mando retrocedió milagrosamente una milésima de segundo antes del fogonazo. Tal vez su experiencia profesional le previno para alejarse de ese paquete perdido. En ese momento el avance se detuvo. Les había cogido de sorpresa el estallido y quizá pensaron que podía haber más artefactos difíciles de detectar. El propio mando abortó la operación, después de asegurarse él mismo de que no había sufrido ninguna herida de consideración.

Durante el silencio que sucedió, mientras miraba al exterior y al interior, recapacité en las consecuencias que podría tener para mí lo que acababa de ocurrir. Ya no era solo que había pasado a formar parte del colectivo obrero en huelga, sino que, con seguridad, me obligarían a dar cuenta del uso de la sosa en la preparación de la sustancia explosiva. Algo que ni en mis obsesivas preocupaciones se me había ocurrido jamás. Mis antecedentes penales por defender el honor familiar no eran nada ante la indudable acusación de estar implicado en el uso de la sustancia química contra agentes de Seguridad del Estado. No estaba dispuesto a afrontar una investigación en la que no podría defenderme, sobre todo cuando comprobaran mi pasado y la orden de detención contra mi persona. No me creerían cuando les confesara que yo no había participado en la fabricación, ni siquiera conocía a quién se había hecho con la sustancia. No serviría de nada que jurara y jurara que era inocente. Tampoco era probable que los verdaderos responsables de la sustracción dieran la cara por mí y me exculparan. Lo tenía claro, pero no podía huir en esas circunstancias.

Regresé al almacén donde estaba mi vestuario y los utensilios que manejaba en mi trabajo. Era consciente de que tenía que tomar una decisión. Pero era incapaz de concentrarme; mi cuerpo se negaba a someterse al destino ineludible que debía afrontar. Miré mis manos abultadas y de piel descolorida. Mis dedos estaban despellejados y en la punta casi no me quedaban uñas con las que calmar la picazón constante en mi cuerpo. No era nada, me aseguraban los capataces. Todos los que están en contacto con la sosa lo sufren; son efectos secundarios a los que no hay que prestar atención. Me echaban a mí la culpa por no trabajar con guantes. Se creían que la ropa de seguridad, las gafas o los gorros nos salvaban de las desgarraduras de esa sustancia maldita. Respirar es lo más importante y cada bocanada de aire que llegaba a mis pulmones era una ola seca de polvo caliente que me abrasaba. También me aseguraban que era porque no me tapaba siempre con esa mascarilla de protección nuclear que me obligaban a llevar. Hubiera querido verlos limpiando los depósitos, las tuberías, los filtros, incrustados de agrias capas de nata fermentada. Ellos, con sus buzos y batas blancas, no se imaginaban lo que era estar conviviendo con este veneno, que, sin embargo, limpiaba toda la porquería que quedaba después de transformar los camiones de leche que entraban por la puerta en cualquier producto lácteo de consumo diario. Desde entonces soy incapaz de llevar a mi boca una cucharada de yogur o un sorbo de leche. Me dan asco…

Esa era mi situación laboral. Sin embargo, no me quejaba, porque me sentía bien remunerado. Era un buen trabajo. Pasaba desapercibido entre la multitud de hombres y mujeres que se iban sucediendo cada veinticuatro horas, según los turnos. A mí no me importaba no coincidir con ellos. Mi horario era más prolongado, pero no me preocupaba. En ese recinto estaba bien. Cuanto menos tiempo anduviera en la calle, mejor. De la fábrica a la pensión; de la pensión, a la fábrica. Solo de vez en cuando me dejaba caer por el bar Los Caracoles a ver los partidos de fútbol. Soy un apasionado empedernido de este deporte. Me gusta y como espectador, me considero un aficionado con formación, porque yo mismo fui jugador. No me dejo llevar en exceso por la pasión. Solo cuando veo un equipo de mi país, me pierden los ímpetus de los colores propios. Pero estas ocasiones son muy pocas, ya que mi país no tiene muchos equipos que compitan internacionalmente y la selección rara vez pasa la criba de las eliminaciones previas de los campeonatos.

Evitaba reunirme con los compatriotas. Desde lejos los descubría para no juntarme con ellos; no me solía equivocar sobre su región de origen. Realizaba un gran esfuerzo para alejarme antes de que ellos me reconocieran también como uno de los suyos. Me hubiera gustado hablar en mi idioma e intercambiar impresiones personales, pero no podía darme ese placer por miedo a que me reconocieran, para evitar dejar rastro sobre mi persona.

Se había puesto a llover, a llover con ganas, como solía ser habitual en esa tierra verde cargada de nubes bajas. Desde mi cubículo oía chapotear sin piedad sobre el tejado metálico de la nave. El tiempo corría veloz y no acababa de decidirme, pero la presencia policial, aunque no la advirtiera en ese momento, me oprimía. No me cabía la menor duda de que otra vez había de huir, pero temía levantarme e iniciar mi marcha. No era mal momento cayendo ese aguacero que celaba más que la noche. Nadie merodearía fuera. No era la humedad ni la mojadura, sino la pereza propia de tanta fatiga acumulada durante muchos años. Había tenido suerte de ir esquivando a la justicia y a su mano ejecutora, las distintas policías de las que había escapado. A esas alturas sabía cómo pasar desapercibido, pero sentía mis miembros más rígidos y pesados y, lo peor, mi mente más obtusa y acomodaticia. Necesitaba un lugar donde echar raíces y comenzaba a sentir apego por esa ciudad manufacturera y fea, sin edificios que atestiguaran un pasado glorioso, llena de gente desubicada… En ella solo tenía un aposento en una pensión, pero allí había logrado dormir apaciblemente después de muchas noches en vela o descansando a intervalos cortos. La señora que la regentaba era comedida y muy limpia. Cocinaba como lo hacía mi madre, y cuando se sentaba en la mesa camilla delante del plato, mientras ella trajinaba alrededor, escuchaba rumores idénticos a los de su hogar, al que ya no volvería.

Con resignación, aceptando una obligación ineludible, me quité la ropa de trabajo. Eché un último vistazo a ese maloliente trastero y salí. Los puntos de luz de las farolas repartidas por el recinto vibraban difuminando un brillo opalescente. Los regueros de agua rebotaban violentamente contra el suelo. De vez en cuando ráfagas de viento y lluvia me azotaban. Una vez puesto en marcha, ya no me importaban. Podía avanzar sin que nada ni nadie me detuviera. Salté la verja del muro hacia la carretera. Pude ver la flota de vehículos policiales concentrados en la puerta de la fábrica. Sabía que todos estaban dentro de los furgones, esperando órdenes. Me hubiera gustado pasar por la pensión y despedirme de la patrona y respirar una última vez la fragancia de ese hogar que era igual al que en mi infancia disfruté, pero supe que lo mejor era salir de la ciudad inmediatamente. Ascendí por un monte enfrentándome a la lluvia. Conseguí llegar a la cima. Me di media vuelta con la esperanza de saborear la luz de esa ciudad, pero el océano de agua que inundaba el valle me lo impidió. Continué triste, huyendo. No eran muchas las etapas que me faltaban para llegar al límite donde mi huida tendría fin. Entonces lo presentía; ahora, lo sé con certeza.

 

 

11/11/25

Último tren


La sala de espera estaba iluminada con varias lámparas que, colgadas del techo, se acercaban a los viajeros. Era una luz intensa y cálida comparada con la escasa luz de los andenes. Éramos muchos los que allí nos hallábamos. En mi caso, esperaba la conexión del nocturno de Santander para llegar a Ávila; la intención de los otros me era desconocida: no sé si aguardaban a que se abriera el despacho de billetes o familiares que los recogieran. Mi mirada se dirigía alternativamente a la taquilla acristalada y al andén, donde en cualquier momento había de tomar el tren. En la estación se habían juntado muchos nocturnos que se dirigían al norte: allí, detenido, estaba el que tenía como destino Irún y La Coruña; también el Rías Bajas, el Rías Altas y el mío, El Cantábrico. Los maquinistas habían descendido de la cabina y departían entre ellos. De vez en cuando miraban hacia la oficina del jefe de estación, esperando la orden de reanudar la marcha. Como la parada se alargaba, también habían bajado algunos viajeros que estiraban las piernas.

A lo lejos la noche era negra y nerviosa. Se oía ulular el viento húmedo de un temporal que se había anunciado con tiempo. La estación protegía de la inclemencia exterior. Estaba en la falda de una sierra de granito. Sin embargo, nada más salir, los trenes se enfrentaban a una serranía alta, con su paisaje pelado y atravesado de profundos cañones por donde se enfilaba el viento en su loca carrera.

Nadie sabía las causas por las cuales se había producido esa retención. Yo cavilaba que era a consecuencia del temporal; tal vez el trazado férreo hubiera sufrido un desperfecto, pero era nada más que una especulación.

Durante la espera observé, entre los pasajeros, una presencia inusual de empleados del ferrocarril, pero por la edad deduje que se trataba de jubilados. Unos estaban sentados, otros se atrevían a entrar en las dependencias administrativas, aunque regresaban al poco tiempo a la sala o salían al andén de la vía primera, donde se paseaban mirando también a los convoyes detenidos. Tal vez buscaban la cara conocida de algún maquinista al que saludar. Estos ferroviarios mantenían una calma inquietante. Sus rostros reflejaban las contrariedades intrínsecas al funcionamiento de la red. Seguramente, en su larga trayectoria de trabajadores, se habían hallado en circunstancias parecidas muchas veces. Era cuestión de tener fe en el propio sistema, en su capacidad para regenerarse.

La espera en una estación, sin saber cuánto tiempo habrá de permanecer uno detenido, resulta desesperante, porque no se hace uno a la idea de cuándo se partirá ni los motivos por los que el tráfico se ha interrumpido o un tren tarda en aparecer en su destino a la hora prevista. Los empleados no aportan ninguna información: «viene con retraso», dicen como mucho...

No era la primera vez que me encontraba perdido y solo en la noche en una estación, pero no recordaba ninguna anterior en la que mi situación fuera peor. El viaje había sido un suicidio; lo supe nada más decidirme a pasar el fin de semana en el pueblo. Estaba cumpliendo el servicio militar y esa noche, sobre las nueve, habíamos regresado al cuartel después de una semana terrorífica de maniobras en una zona apartada de la provincia de Guadalajara. Uno de los motivos para huir del regimiento era olvidar las experiencias inhumanas que habíamos tenido que padecer bajo las órdenes de unos mandos incompetentes y borrachos. El regreso se había complicado por las lluvias y el denso tráfico para entrar en Madrid y por unos conductores inexpertos que se habían perdido en la complicada periferia. Durante todo el trayecto en la caja del camión, aterido de frío y bamboleado como un pelele por las maniobras bruscas, no dejé de pensarlo. No podía aguantar dos días más en el cuartel. Así que cuando llegamos, comprobé si me habían asignado algún servicio durante el fin de semana. Estaba libre, aunque no me habían puesto en la lista de los que disfrutaban rebaje. Me maldije, aunque no me di por vencido. Busqué al suboficial al mando de la compañía y le pedí permiso para ausentarme. Tuve que insistir, pero al final me autorizó. El primer objetivo lo había cumplido; faltaba el segundo: conseguir llegar a coger el último tren que salía de Madrid. El tiempo del que disponía era muy justo. Tomé un cercanías que me llevó hasta esa estación. Allí debía realizar transbordo y coger el correos que se dirigía a Santander, el último en partir de la capital. Me apeé apresuradamente para sacar billete y me encontré con el despacho cerrado.

Había pasado media hora desde que llegué. Mi temor era que en cualquier momento la circulación se reanudara y no me diera tiempo a tomar mi tren. Calculaba si podría subirme, aunque fuera sin billete. Era difícil, si observaba movimiento, que pudiera cruzar las vías por el pasadizo subterráneo y alcanzar el tren. Tal vez lograría poner un pie en el estribo del último vagón, con el peligro de caer a causa de la velocidad que ya habría alcanzado. Probablemente, quienes allí se hallaban también zozobraban en ese mar de dudas al igual que yo.

Entre los viajeros —sentados o moviendo sus maletas por el vestíbulo— y los empleados de ferrocarriles, activos o jubilados, que observaban el panorama, destacaba en el centro un círculo de niños. Me pareció extraña su presencia a esas horas, durante el tráfico nocturno de trenes. Jugaban entre ellos con desidia, como si esa excursión se estuviera alargando más de la cuenta y ya hiciera mella el aturdimiento de una larga jornada. Los empleados que se dejaban ver entre los viajeros soportaban la situación con estoicismo. Su cara reflejaba una fatiga sempiterna, como si su oficio no se rigiera por un horario determinado y siempre tuvieran que estar a disposición de esa deidad viaria que requería el servicio continuo de quienes forman parte de su particular mundo. Se movían sin que se pudiera adivinar el cometido que llevaban a cabo, imperturbables ante el olor a gasóleo quemado que inundaba ya la sala de espera donde nos hallábamos.

Algo que me incomodaba sobremanera era que vestía aún el traje militar. En el petate había metido la ropa de calle. No había querido perder tiempo en cambiarme; además, anticipaba que para llegar desde Ávila a mi pueblo debería realizar autostop y los soldados despertaban mejor la solidaridad de los conductores. A esas horas se unían a la incomodidad del traje la fatiga del regreso y el sueño acumulado tras las maratonianas jornadas de maniobras. Los bancos estaban ocupados; tampoco los perdía de vista para poder sentarme si quedaban libres. Deseaba descansar unos minutos para aliviar la presión que notaba en la planta de los pies.

De repente la taquilla se abrió. Un montón de gente se arremolinó, aunque se formó una cola espontánea. Yo me encontraba el séptimo. No era una posición tan mala teniendo en cuenta los viajeros que estaban esperando un billete. Consideré que en unos minutos tendría el mío y podría abandonar la estación y ocupar mi sitio en el tren. Sin embargo, mis ilusiones fueron vanas. La cola no avanzaba y pronto nos dimos cuenta de que nadie despachaba. Muchos se sintieron frustrados y abandonaron la fila. Me quedé paralizado, incapaz de ocupar los puestos libres que se abrían delante de mí. Fueron unos momentos de angustia. En ese instante pensé que todo el esfuerzo realizado por coger ese tren para huir del cuartel no había servido para nada. Me hacía la idea de que debería pasar la noche allí, tirado en el suelo, esperando el amanecer, sin decidir si continuar el viaje o regresar a Madrid.

Avancé instintivamente para comprobar que era cierto que nadie despachaba. A mi lado permanecía otro viajero tan desconcertado como yo. Los dos nos miramos sin que pudiéramos emitir una palabra. Ambos escudriñábamos a través de la cristalera. Un dependiente envejecido iba y venía sin ponerse delante de la ventanilla a atender. Antes de retirarme, esta se abrió. El empleado que despachaba era el mismo que no paraba quieto momentos antes. Me adelanté sin que los que esperaban se percataran del cambio de situación, de manera que quedé detrás del otro viajero que como yo no se había retirado. Pidió un billete y se lo dieron. En cambio, cuando dije mi destino, el empleado me echó una mirada furiosa, afirmando que El Cantábrico no paraba en Ávila. Tardé en reaccionar: me quedé contemplando la techumbre metálica de la estación, como si esta se estuviera desprendiendo, no como consecuencia de la fuerza del viento, sino como si una enorme grúa la levantara lentamente. Cerré los ojos, intentando sacar fuerzas para afrontar este nuevo contratiempo. Respiré con calma el aire impregnado de gasóleo quemado.

Será desde hace poco, porque siempre ha efectuado parada —Intenté no perder la calma para no complicar más el trato con el empleado.

No puedo despachar un billete a un destino que no existe.

Me detuve a escudriñar al viejo. No parecía inexperto, pero no me convenció. No me retiré de la taquilla, pese al nerviosismo de quienes esperaban detrás de mí.

Si quiere, suba al tren y hablé con el revisor —me aconsejó como última posibilidad.

No me quedó más remedio que irme sin billete, porque los trenes se estaban poniendo en movimiento.

Había comprobado previamente que El Cantábrico se encontraba en la cuarta vía. En ese momento mi preocupación era cogerlo a tiempo. Corrí desesperado para no perderlo, pues me pareció que se ponía en marcha. Con las prisas, antes de lanzarme a uno de los estribos, intenté verificar si me hallaba en el andén correcto, pero no encontré indicio que me lo confirmara. Tampoco pude asegurarme de que el tren que avanzaba despacio era mío. No me quedó más remedio que subirme sin saber si iba a llegar a mi destino.

Deambulé por el convoy en busca del revisor y no lo encontré. En cada momento se me presentaba un problema insoluble: no era posible que no hubiera nadie que controlara el pasaje. Otra posibilidad, pensé, era que el revisor se hubiera escondido y no desease afrontar las quejas de los viajeros por el retraso.

Me acomodé en un compartimento vacío. Al caer sobre el mullido asiento, se manifestó toda la fatiga que hasta ese momento había estado latente. También me resultó imposible abrir los ojos para que el sueño no se apoderara de mí. Era consciente del riesgo que corría si me dormía y no despertaba a tiempo de apearme. No obstante, aunque solo fueran unos minutos, sí que me quedé traspuesto.

El billete —oí al mismo tiempo que la puerta del compartimento se desplazaba con un estruendo seco.

No sabía por dónde empezar para explicar mi situación: si decirle que nada más subir al tren lo había buscado para que me emitiera un billete y no lo había visto, o directamente decirle que viajaba sin él.

¿Para este tren en Ávila? —le pregunté lo primero, sin embargo.

Afirmó con un leve movimiento de cabeza y me dio la impresión de que desconfiaba de mí. Se trataba de un empleado más bien joven, con cara lampiña. No me gustó nada su mirada imperturbable y sus ojos separados por un estrecho entrecejo. De sus labios pocas sonrisas se escaparían, por lo menos en su jornada laboral.

Me pareció oportuno explicarle mi situación antes de terminar reconociendo que viajaba sin billete.

¿Y el billete? —No me dejó que hablara.

¿No me puede emitir uno?

No me respondió, pero vi que sacaba de un bolso de cuero sujeto al cinto un talonario para rellenar el formulario. Mientras lo hacía percibí que sus rasgos faciales se relajaban y me tranquilicé pensando que todo se arreglaría.

Son 150.

Me quedé pasmado. Tenía la certeza de que era un precio excesivo. Los trenes correos eran más caros, pero ni mucho menos podía valer eso.

¿Cómo van a ser 150? —le reproché sin contenerme.

Es el importe del billete más la multa por viajar sin él.

Antes de responderle, quise que reparara en mí, pues dudé de que tratara así a un soldado que cumplía el servicio militar obligatorio, cuyo sueldo mensual era precisamente esa cantidad. Me parecía increíble que hablara en serio.

He intentado sacar billete, pero no han querido despachármelo, porque me decían que no paraba en Ávila y, en todo caso, me recomendaron que subiera y hablara con usted —Trataba de demostrarle que no había ápice de malicia en mi proceder.

El revisor continuaba con el talonario y con el bolígrafo en la mano, sin cambiar los rasgos adustos de su rostro y sin decir nada.

Son 150.

Lo que el cuerpo me pedía era zarandear a ese pelele con uniforme azul a ver si dejaba su tozudez. Lo miré desafiándolo, pero en sus ojos no asomó ni una pizca de miedo, ni el menor atisbo de compasión.

Me di por vencido. Era consciente de que no tenía esa cantidad, pero no se lo reconocí al instante. Saqué el dinero que llevaba en la cartera y lo comencé a contar con parsimonia, dándole tiempo a que contemplando mi penuria se compadeciera. No daba señales de tener prisa. Estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario hasta que reuniera las 150. Le ofrecí todas las monedas.

Son 150.

No tengo nada más.

Aparentemente se fue cerrando la puerta corredera sin enfadarse ni despedirse. Me quedé sin saber qué pensar. A lo mejor, aunque no me lo expresara, me perdonaba y me dejaba viajar en paz. Sin embargo, estuve con una zozobra continua. Intentaba olvidarme de mi situación. Miraba por el cristal por el que chorreaba agua y temblaba como consecuencia de las rachas de viento que regularmente azotaban a los vagones. Pese a notar el calor del radiador, estaba aterido. Tampoco perdía de vista el corredor levemente iluminado por el que se marchó el revisor, esperando que regresara en cualquier momento.

Los kilómetros pasaban. Vislumbraba el cartel de alguna estación que rápidamente sobrepasábamos, por lo cual podía calcular el tiempo que quedaba para llegar. Me fui tranquilizando. Era cuestión de minutos que el tren se detuviera en Ávila. Me asomé inquieto a la ventanilla. En el cielo había aún espesas y negras nubes, pero también titilaban estrellas. Incluso, me atreví a pronosticar que el viento no soplaba con tanta intensidad como lo había hecho en la sierra. Me animé al considerar que, por lo menos, el tiempo era mejor.

Antes de sentarme, bajé mi petate. En unos minutos llegaría. En ese momento, me entró de nuevo el sueño. Involuntariamente me dejé caer en el asiento y cerré los ojos, pero nada más que por placer, anticipando que podría dormir dentro de un rato en mi cama. Por esa razón no vi al revisor hasta que abrió la puerta del compartimento.

Me acompaña…

No me dijo a dónde nos dirigíamos, pero lo intuí. Los dos nos situamos en el espacio de entrada al vagón. Durante el tiempo que permanecimos de pie, guardando difícilmente el equilibrio, no intercambiamos palabra alguna. Yo me había encomendado a lo que el destino me reservara. Antes de que el convoy se detuviera por completo, el revisor abrió la puerta para buscar al jefe de estación y le hizo una señal de que quería hablar con él.

Este joven ha viajado sin billete —le dijo sin el menor sentimiento hacia mi persona.

Me coloqué la boina negra reglamentaria con la intención por segunda vez de dejar claro que era un quinto. Creo que es de las pocas veces que me he sentido más orgulloso de mi etapa militar. El revisor subió al vagón y me dejó en manos del jefe de estación.

¿De dónde eres? —me preguntó cuando nos quedamos solos en el andén.

Le respondí y comencé a contar lo que me había pasado. Percibí que me escucharía con gusto, pero quería dirigirme lo antes posible a mi pueblo.

Tengo que buscar a alguien que me lleve —le dije en cuanto pude meter en mi discurso la preocupación principal.

Bueno, por esta vez, que pase. No voy a dar aviso a la Guardia Civil —intentó mantener la formalidad inherente a su cargo, aunque era claro que se trataba de un buen hombre que se ponía en mi lugar.

Le di las gracias con todo mi corazón. Era el reverso del estirado revisor. Su comprensión era lo primero positivo que me sucedía en esa aciaga jornada. Intenté convencerme de que era una señal positiva de que mi suerte había cambiado y que no tendría dificultades para llegar a casa.

Atravesé de punta a punta la ciudad hasta llegar a la salida. No se veía a nadie y los coches que circulaban eran escasos, si bien me atrevía a extender el brazo con el puño recogido, señalando con el pulgar la dirección a la que me dirigía. No quería desperdiciar ninguna oportunidad. Era posible que, si el conductor era del pueblo, me reconociera y parara. Era un viernes noche y di por sentado que habría gente de fiesta. En mis cálculos contaba con que algún paisano se hubiera desplazado a la capital a tomar algo y regresara a esas horas.

El hielo paralizaba la ciudad y, bajo las farolas, el aire gélido vibraba. No me importaba el frío: estaba acostumbrado. Me preocupaba no ver movimiento. No era tan tarde. En una ciudad, aunque sea pequeña, siempre hay alguien desvelado. Casi me avergonzaba por deambular yo solo, no respetando las leyes de la noche.

Me supuso media hora llegar a las afueras. Me situé a la altura de una gasolinera, cuyas luces eran el límite de la iluminación y la oscuridad absoluta. No era la primera vez que realizaba autostop en ese mismo lugar y siempre me habían parado. Sin embargo, era consciente de que las circunstancias eran diferentes. De noche, era más improbable que los conductores se arriesgaran a detenerse, pero lo peor era que no había circulación. En el intervalo de un cuarto de hora solo pasaron delante de mí dos coches; en el siguiente, uno. Tres coches en total. Estaba perdiendo el tiempo. En ese espacio habría recorrido andando tres kilómetros. Me puse a caminar, siempre pendiente del ruido de un motor.

La noche y la absoluta oscuridad ocupaban el espacio a medida que el resplandor de la ciudad quedaba atrás. Era demasiado consciente de mi soledad. Sin embargo, no reinaba el silencio. Oía multitud de sonidos, unos conocidos, otros, imprecisos. Un mundo vivo secreto desarrollaba sus hábitos cuando los demás dormíamos. Esa orquesta desconocida me envolvía en un miedo sordo. Temía ser asaltado por los perros que ladraban o enfrentarme a una piara de jabalíes. Llegaba a percibir el aleteo de pájaros que se agitaban en la oscuridad. Con esa sensación de peligro avanzaba y a veces me salía de la calzada. Hasta mis propios pasos y mi jadeo al respirar me resultaban inquietantes. Me sentía desfallecer. Los pies, hechos trizas, se movían por los impulsos del miedo. Tenía que recorrer esa distancia; no me cabía otra posibilidad, ya que no pasaba ningún coche.

Cuando me encontraba a un kilómetro del pueblo y ya había divisado las tenues luces del alumbrado público, sentí el ruido de un motor. Me aparté todo lo que pude por miedo a que el conductor no me viera y me atropellara. Para mi sorpresa se detuvo. Me acerqué a hablar con él. No lo reconocí.

¿Quieres que te lleve?

No, gracias. Estoy ya llegando y no merece la pena.

El caritativo hombre puso cara de incomprensión y se fue. A esas alturas no podía rendirme. Después de doce kilómetros caminando era una cuestión de pundonor recorrer los dos que me quedaban para llegar a casa.

La bajada final fue grata. Poco a poco sentí la familiaridad de lo conocido gracias a la titubeante iluminación de las farolas. No me importó que los canes locales ladraran; sus aullidos eran vítores con los que me recibían después de la caminata desde la capital.

Cuando mi madre me abrió la puerta, no le di muchas explicaciones. Le dije que se acostara. No me sentía con fuerzas para contar mi desgracia y mi mala suerte. Era tanto mi malestar que no era capaz de soportar la compasión. Callé estoicamente, como he callado durante mucho tiempo, porque no encontré las palabras redentoras que me permitieran olvidar ese viaje ni el año, tres meses y un día que estuve bajo la disciplina militar. El cuartel y aquel tren nocturno eran el trasunto de mi vida en los mejores años de mi juventud: incomprensión de una realidad que se regía por la anarquía del sinsentido y unos mandos inhumanos, transfigurados en seres iracundos, cuyo objetivo era amargarme.

Aunque me gustaría, no puedo olvidar a ese revisor cejijunto y envarado que me pedía mi sueldo por escapar durante unas horas de los muros del cuartel. Tampoco lo perdono: ojalá siga condenado a viajar siempre en esos convoyes y sea tragado por el abismo de la oscuridad.

Me tomé un vaso de leche antes de acostarme. Con el estado de excitación no pude conciliar el sueño hasta el amanecer. 

02/11/25

Milú


Te deleitas sabiendo que te sientes observado. Ahora estás de pie delante de la barra de un pub. Te acompañan dos amigos, pero es en ti en quien posa los ojos esa pareja de chicas que está sentada detrás de ti. Lo sabes de sobra, tan solo con haberte dado cuenta de su presencia. No dejarán de contemplar tus anchas espaldas ni las piernas robustas del atleta en el que te has convertido. Las miradas de las mujeres son directas, para bien o para mal. Te comen con los ojos o, si llega el caso, te despachan sin contemplaciones. Ahora, muchas te devorarían si tú consintieras. De momento, las dejas que sufran, que maquinen la manera de entrarte. Puede ser que te vengan a pedir fuego, o a por otra consumición junto a vosotros y os sonrían para que las digáis algo. No tardarán demasiado en intentarlo. Mientras se decidan, sigues ignorándolas. No te importa si te gusta alguna o no. Te es indiferente, tú a lo tuyo. Ahora te encuentras con estos colegas y disfrutas con su charla. Si se acercan, ya no será lo mismo, porque se van a mostrar complacientes con ellas pensando que sienten interés por ellos, ¡pobres tontos!

Aunque no las mires, sabes que están allí y llega a molestarte que continúen deleitándose contigo. Por eso, te darás la vuelta y te apoyarás en la barra para desafiarlas descaradamente. Tu semblante será risueño, intentando contactar con ellas con esa mirada tierna que no necesitas forzar, porque tus ojos siempre cuestionan cualquier verdad que todos estemos dispuestos a aceptar, o la sinceridad del alma más cándida. No es conmiseración, es la mirada de la certidumbre de la inconsistencia humana, tu única fe. Nunca la cuestionarás directamente, pero tu leve sonrisa socarrona y tus chispeantes ojos de distanciamiento no dejarán duda de tus creencias. Y eres de los acólitos que nunca renuncia a sus creencias. Todas para ti son iguales. Hace tiempo que perdiste la ilusión por un alma femenina pura, no contaminada por la maldad y el desprecio que sentiste durante muchos años por su parte. Es tu tiempo de venganza. Ahora eres tú el que las dominas y haces lo que te da la gana, sin ningún remordimiento. 

 

 

 

Antes, mucho antes, saliste de casa. Tienes trece años. En la mano llevas la cartera camino de la escuela. Vas solo. Tu madre ya no te acompaña. Te sientes aseado con ternura. Hueles a colonia, un perfume agradable que te gusta. Caminas por la ancha acera. El sol de la mañana te da en la cara, pero sus rayos no te molestan. Crees que iluminan tu pelo rubio aún humedecido para poder peinarlo. Te gusta mirarte en los escaparates y comprobar que todo está en orden: tu pelo sin crestas, tu piel hidratada, tus dientes blancos limpios, tu ropa elegante, tus zapatos bien lustrados… Caminas con pasos seguros, balanceando la cartera hacia delante, hacia atrás.

Detrás de ti se oyen las risitas hirientes de tres niñas que también se dirigen a la misma escuela que tú. Las conoces de vista, no son compañeras de clase. Ya sabes de qué se ríen; no es la primera vez que te conviertes en el motivo de su risa tonta. No oyes lo que dicen, porque cuchichean. Sin embargo, sabes la letra de sus musitaciones. Y, cuando eres consciente de que se burlan de ti, dejas de pensar en tu impecable atuendo y en lo feliz que eras mientras el sol de la mañana te recibía nada más salir de casa. No cambiarás el ritmo de tu paso, para no dar indicio de que te molestan esas tres mocosas que van detrás, pero, con su presencia, te obsesionas con tu inmenso cuerpo. Te sobra carne y sebo por todas partes, sobre todo, en la descomunal barriga impropia de un niño. No te culpabilizas por ser obeso, ya que no haces nada a propósito que sea su causa. Comes lo que te sirven en la mesa y no compras más chucherías que otros niños, pero tú tienes una barriga prominente y unas piernas y brazos con más volumen. No te lo dicen a la cara, no obstante, sabes que eres gordo. Si los demás niños no se meten contigo por esta causa es porque temen tu reacción, pues tu fuerza es descomunal; además, eres mucho más inteligente. Pero es tu gordura la que corre de voz en voz sin que nadie pueda reprimir sus ansias de proclamarla. Eres gordo sin remedio y tu fisionomía llama la atención de todos.

Podrías detenerte y dejar que te adelantaran esas niñas imbéciles, incluso amedrentarlas, pero sería contraproducente porque a tu defecto físico se sumaría una conducta feroz. Mejor sufrir con resignación sus burlas.  

 

 

 

Como habías previsto, las dos chicas se levantan y piden al camarero otra consumición. Mientras esperan a ser servidas, una, la más atrevida, se da media vuelta con un cigarrillo en los labios.

—¿Me das fuego? —se dirige a ti.

Sin responder, la miras con tus grandes ojos clavados en su máscara, que representa despreocupación.

—Yo tengo —Uno de tus amigos le enciende el mechero en la punta del cigarrillo.

—Gracias.

—De nada…

Continúas mirándola y sonríes.

—¿De qué te ríes? —te dice sin comprender tu actitud.

—De ti, de vosotras…

—No le hagas caso a Ramón —interviene el que le ha dado fuego—. Es un tipo extraño.

—¡Extraño! —se sorprende.

—No es fácil saber lo que piensa —le sigue largando mientras tú continúas hablando con los ojos y la sonrisa contenida.

—¡Qué misterioso! ¿No?

—No le hagas caso, que no sabe lo que dice —formulas por primera vez algo que ellas entienden.

El camarero ha terminado de servirlas y el otro amigo, antes de que paguen, se adelanta y las invita.

—Gracias —dice la otra con el dinero en las manos.

Nadie les pide que se queden con vosotros, pero, de momento, no se van. En la mesa donde antes estaban sentadas se encuentran sus bolsos y sus respectivos abrigos. De vez en cuando, desvían la mirada hacia sus pertenencias.

—¿Sois del barrio? —pregunta la no fumadora.

—Nosotros, no, pero Ramón ha vivido aquí siempre.

Las dos chicas lo miran sorprendidas, como si no fuera cierto.

Tú asientes misteriosamente.

—¿Vosotras?

—También vivimos aquí, en un piso de estudiantes.

—¿Qué estudiáis?

 

 

 

La maestra se empeña en sentarte en la mesa según el orden de tu apellido y te lo recuerda cuando se fija que te has sentado en la última fila. Te ha castigado por desobediente, pero tu empeño por estar detrás es más fuerte. No le dices la causa por la que defiendes tu derecho a elegir el lugar que ocupas. Está tan cegata que no es capaz de descubrirlo. Tu obesidad al fondo se diluye en el firmamento del aula: eres un barquichuelo diminuto que zozobra en ese mar de chiquillos burlones y salvajes. Detrás de ti, solo las mesas junto a la pared donde dejáis apilados los abrigos. Desde tu sitio contemplas el panorama de cabezas que fijan su mirada en la pizarra o en la mesa de la maestra. Puedes ver con detalle a cada uno de tus compañeros. Ninguno de ellos tiene tu misma fisonomía desbordada. Son muchachos desgarbados e, incluso, alguno raquítico. Todos creen tener derecho a juzgarte y despreciarte por tu gordura. No eres un gordo simpático, dispuesto a seguir imperturbable cualquier broma a propósito de tu cuerpo. Te quedas callado y tu mirada es lo suficientemente expresiva como para abortar cualquier continuada chacota. Se podrán reír de ti, pero no estando tú delante, o aireando tú mismo las ocurrencias, según ellos, divertidas a propósito de tu físico. No, que se rían de lo que quieran, menos de ti. No buscas su comprensión ni haces nada por ganarte su confianza, primer paso para que te acepten como eres. Te importa un pepino su amistad, ¡cómo si pudieran compensarte en algo! Son un puñado de imbéciles intrascendentes. Los sacas una cabeza a todos y tu inteligencia sobresale a la suya. ¿Qué te pueden aportar? Nada, solo escarnio cuando se apartan de ti.

 

 

 

No te equivocaste en tus previsiones. Ahora estáis en otro garito y lleváis ya varias consumiciones. Parece imposible que, por la amena conversación que mantenéis, os hayáis conocido hace tan solo unas horas. Ya sabes mucho de su vida, en especial de la chica no fumadora, que se llama Cati, con ese apelativo quiere que se dirijan a ella. La fumadora, Yolanda, habla de manera intermitente con tus amigos. Tú estás sentado al lado de Cati y, de vez en cuando, te echas hacia atrás sorprendiéndote de lo que cuenta, como si pusieras una pizca de incredulidad a su relato. ¡Es tan alegre y expansiva! Debes mantenerte frío para no contagiarte de su entusiasmo. Pero prefieres que sea ella la que largue, a que te pida que le cuentes tú. No te apetece que sepa nada de ti, ni de lo malo, ni de lo bueno. Que sea ella la que se recree contándote intríngulis de su carrera universitaria, de los profesores tan singulares que le dan clase y de sus compañeros de Psicología; o que alabe las bondades de su tierra natal, que tú conoces seguramente mejor que ella, pero no le dices que te la has pateado de un lado a otro; le dejas que hable del mar, de los acantilados, del paisaje verde, de la añoranza de la lluvia… ¡Le gusta la lluvia! Levantas levemente los hombros y contienes una risa que no llega a manifestarse, ya que tus labios no la dejan salir. Cati parece feliz porque la escuchas. A veces desvía los ojos de ti y su mirada vaga como ciega por el universo de ese antro donde ellas os han llevado para que lo conocierais.

—Bueno, Ramón, y tú, ¿qué me cuentas?

Pones la espalda recta y echas hacia atrás la cabeza antes de responder.

—Nada, no te puedo contar nada.

—¡Qué raro! Algo podrás decirme…

—¿Sí?

Y te ríes sin ser descarado, y tus ojos brillan creando un mundo de ilusiones que solo Cati es capaz de observar.  

 

 

 

 —Ramón, ¿por qué no sales a jugar? —te sugiere tu madre.

Te vas porque no puedes aguantar a tu madre angustiada. Sabes que te quiere y que le resulta muy doloroso verte solo en casa, sobre todo cuando el tiempo es bueno.

—Seguramente en el parque hay otros chicos con los que puedes jugar…

Bajas despacio. Tu madre se asoma al balcón para seguir tus pasos, por eso te diriges al parque, pero, cuando te pierde de vista, cambias la dirección. Deambulas por las calles próximas sin hablar con nadie. Al final, acabas yendo al parque. Está muy animado. Hay grupos que juegan al balón o a la maya, otros dan vueltas con la bici, otros trapichean con cromos; las niñas juegan a la goma, o parlotean contándose conversaciones interesantes que han mantenido con amigas que no se encuentran presentes en ese momento. Te sientas en un banco y sacas de debajo del jersey el tebeo que te has traído para entretenerte. Cuando estás leyendo, un grupito de niñas de esas que no paran de reír y hablar se calla y te mira. Al poco, las chicas se carcajean otra vez. Se detienen sin saber por qué, mientras una de ellas les musita. Al terminar, otra vez te observan y comienzan a reírse. Supones que les habrá contado que te conoce y les habrá referido lo gordo y antipático que eres. Otra vez el corro niñas se queda en silencio escuchando sus ocurrencias. Cuando una de ellas se te acerca, entiendes lo que ha pasado.

—¿Cómo te llamas? —te pregunta una niña a la que parece que le han retado para que se dirija a tu banco y te hable.

Compruebas que es la más pequeña y la más inocente. Esta es la razón por la cual no te enfadas.

—Me llamo Ramón y ¿tú?

—Rosalía.

—Rosalía… ¡Qué nombre más bonito!

—¿Quieres ser mi novio? —te pregunta y te sonríe ingenua porque ya ha cumplido el encargo de las mayores.

—Me encantaría, Rosalía, pero es que ya tengo novia.

—¿Cómo se llama?

—Es una amiga tuya.

—¿Cuál?

—Es esa pelirroja con pecas en la cara… Vete y dile que me venga a ver, que le quiero dar un beso.

Rosalía trota de vuelta a donde se hallan sus amigas. Las ves que escuchan atentas el mensaje que les has mandado y cómo la pelirroja se enfada y todas se alejan dejándote en paz.

 

 

 

Te quedas solo con Cati. Su amiga y los tuyos continúan por ahí. Cuando te quieres dar cuenta se echa hacia ti y te besa. Tardas en abrazarla, pero terminas atrayéndola hacia ti. Cuando el beso finaliza, te quedas mirándola, sonriendo. No esperabas que el deseo amoroso se manifestara tan pronto, aunque estabas convencido de que se produciría. Ya está. Ahora dudas cómo reaccionar. No quieres tomar la iniciativa; tampoco tienes prisa por nada. Solo la miras y esperas que sea Cati la que diga algo.

—¿Te ha gustado?

—¿El beso…? Psss, no está mal.

—¡Qué desaborido eres, hijo! —Cati amaga con enfadarse.

Sabes provocar y adelantas que su reacción inmediata será repetirlo con más pasión. Ahora la vas a rodear con tus brazos y ella palpita pegada a tu pecho de lobo. Te da pequeños pellizcos en tu cara barbuda y te pasa la mano por la cabeza, acariciando tu pelo rasurado al mínimo. Le permites que recorra disimuladamente tus brazos titánicos y que sus dedos cabalguen en tu abdomen musculoso. Ese reconocimiento te inquieta, porque cada una de sus leves caricias y roces te recuerdan dolorosamente tu cuerpo deformado de niño. Donde antes había grasa e incontinencia de humores, ahora solo hay músculo que ha terminado moldeando tu cuerpo atlético presente, digno de admiración de muchas mujeres. Sientes casi el mismo desprecio por las que se mofaban de tu obesidad, como las que se sienten atraídas por tu apostura. Estás harto de que dejen perdida su mirada recreándose con tu cuerpo y con tu atractiva cara, como estabas cansado en el pasado de que se mofaran de ti por tu gordura. De niño, tu inteligencia era otro motivo más para meterse contigo; ahora, hecho adulto, es un regalo extraordinario que las deja extasiadas.

—Ay, Cati, Cati…

—¿Qué quieres decir?

—Nada, no quiero decir nada.

Está desconcertada, pero sabes que tu distante actitud no le va a impedir cumplir su determinada voluntad de continuar contigo, y contienes esa risa tuya durante unos segundos hasta que la presa de tus labios la deja salir sin estruendo y lentamente.

 

 

 

 —¿Te lo has pasado bien en el parque?

—Sí.

—¿Has jugado con otros niños?

—Sí. —Mientes, cuando regresas a casa.

No quieres hacer sufrir a su tu madre, por eso engañarás o harás lo que sea para que ella no esté preocupada por ti. La mentira será tu compañera toda la vida, por una u otra causa. Una amiga mala que te produce tribulación por no tener nadie que te comprenda y que te eche una mano. De todos modos, aprendes a soportar el dolor, el aislamiento y el desprecio lejano que te acorrala como un fuego incontrolado del que has de huir para no acabar noqueado. Tú sabes salir de los continuos embates que la vida te plantea: con valentía y orgullo, no dejándote pisar por nadie, pero a costa de no ser feliz. Sin embargo, vives y luchas para que tu madre se olvide de ti y te vea como un niño normal, como los hijos normales de las demás madres. Es triste que un niño se sepa solo, que los adultos no sean conscientes de la maldad que hay en la infancia. Es un mundo en el que debes aprender a sobrevivir sin la ayuda de padres ni maestros. Suerte si tienes un amigo que haga piña contigo y alivie la carga de la mofa que has de soportar, pero la fortuna no te ha acompañado en este sentido. Tu único consuelo en la rutina de tus días de soledad y oprobio son los tebeos, sobre todo, Tintín. Él te introduce en historias en las que el protagonista se rige por la sed de justicia, y te conduce a países donde surgen misterios que nunca se presentan en tu cotidiana existencia. Pero, incluso, esta afición es motivo de escarnio para tus enemigos, que no comprenden que un niño ahorre para comprarse cómics que ellos no entienden, en vez de gastar las propinas en chucherías.

 

 

 

No has querido que saliera de tu casa sola. Los dos bajáis por las anchas escaleras que os conducen a la calle.

—Jo, Ramón, ¡qué caserón tienes en pleno Madrid! —te dice cuando estáis a punto de despediros.

—Ya ves…

No le has enseñado el piso que heredaste, tan solo ha visto el salón y tu habitación, y ahora, ya de día, la noble escalera por la que descendéis. Habéis pasado juntos la noche y, por la mañana, antes de que se despertara, le has preparado un desayuno opíparo, un desayuno como el que nunca había disfrutado. Se ha sorprendido y has visto cómo se ruborizaba. ¿Por qué? ¿Por sentirse extraña en un palacio en tu principesca presencia? La acogiste con naturalidad. ¡No podías dejar sin homenajear a la muchacha que acababa de compartir tu lecho contigo! Desayunasteis despacio, saboreando cada uno de los distintos bocados de todo lo que habías preparado, sabiendo que sería el primer y el último desayuno que compartiríais. Procuraste hablar más que las horas anteriores y le fuiste prodigando detalles de las delicias que estabais degustando.

—Pero ¿fumas, Ramón? —se sorprendió cuando acabasteis de comer al verte que prendías un Malboro.

—Solo después del desayuno.

—¿Y desayunas siempre así?

—Sí, y siempre, después, me fumo un cigarro.

Poca más información sacó de ti, aunque se interesó por tu vida y quiso saber a qué te dedicabas.

—Vivo el presente —le dijiste dejando claro que el pasado no te importaba y no mostrabas incertidumbre por el futuro.

Ahora, cuando estáis a punto de separaros, sigues tranquilo.

—Aquí me quedo, Cati. Ya no te acompaño más —le anuncias.

—¿No quieres conocer mi piso?

—No, Cati. Quizá en otra ocasión.

—¿No quieres que nos veamos otro día? —te ruega Cati, próxima al llanto, anticipando un adiós para siempre.

—Es mejor para los dos. Tal vez, si el destino es generoso, nos encontremos de nuevo y podamos charlar —le consuelas sabiendo que esa posibilidad en Madrid es muy remota.

La abrazas tiernamente para despediros y la obligas a que te dé la espalda y comience a andar. Tú rehaces el camino sin comprobar si ella se ha dado la vuelta para mirarte. Es posible que sea así, pero no quieres enfrentarte de nuevo a sus ojos llenos de lágrimas.

Nada más introducir la llave en la cerradura y de abrir la puerta, Milú, el foxterrier con el que compartes la soledad de tu vida, da un salto y lo coges en brazos.

Enánagos

  La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamo...