El padre, en alguna medida —aunque él nunca tuvo información fidedigna—, fue un tanto enigmático. Cabe suponer que quien más sabía de todo aquello era la madre. Él apenas pudo comprobar nada durante los pocos años que vivió con su progenitor. Antes de tomar la comunión, desapareció: una noche no volvió a casa y nunca más lo vio. Su madre jamás le explicó las razones que lo llevaron a tomar una decisión así. Hermanos no tuvo.
A partir de ese momento, el tercer piso de la castiza plaza de San Atanasio se volvió más sombrío que nunca. A veces preguntaba a su madre, pero esta no contestaba. Un día respondió, y dejó la situación zanjada para siempre: «Tu padre se ha ido a la mierda».
El niño, cuyo nombre era Pánfilo, tuvo que hacer frente a esta circunstancia ante su único amigo de la infancia, pero no fue una escena embarazosa. Fue una curiosidad extemporánea que duró unos segundos, mientras decidían a qué jugaban: una situación casi ceremonial y falsa, pues la apatía que ambos mostraban por los juegos de los demás niños era evidente. De ahí, tal vez, su afinidad. De no haber sido por sus respectivas madres, que los mandaban a correr un poco y a tomar el aire, no habrían salido nunca.
Su verdadero mundo —donde no lo pasaba ni bien ni mal, pero al menos se encontraba a gusto— estaba en casa, con su madre, cuando esta quería compartir su tiempo y no lo mandaba a su cuarto. Allí, ante su mesa, leyendo cuentos, o en la cama o en el suelo, jugando con su mecano —regalo de su padre y único recuerdo suyo—, pasaba las horas libres o los días enteros en vacaciones.
Según su madre, no tenían familiares cercanos, aunque él se había enterado por otros medios de la existencia de una tía y dos primas madrileñas, pero no mantenían ninguna relación. Su madre procedía del Norte, de una provincia con mar, que evocaba con cierta frecuencia. A sus abuelos maternos no los mentaba nunca. Sin embargo, en alguna ocasión —su madre hablaba en alto sin importar la presencia del niño, al que ignoraba—, entre dientes, le oyó maldecirlos —el encono se dirigía a su propia madre—. Al parecer, la había echado de casa por ponerse de parte de su padre y, sobre todo, porque quería ser cupletista.
Pasaban muchos días sin ver a nadie ni hablar. Entre madre e hijo también transcurrían horas sin que se dirigieran la palabra. Había temporadas en las que la madre parecía estar ausente, como si estuviera sola y no viera al niño. No tardó en distinguir esos momentos en que no podía hablar con ella. Respetaba su intimidad. Tampoco le suponía un gran sacrificio. Sabía que era mejor pasar desapercibido, por lo que procuraba no salir del cuarto, salvo para lo imprescindible. Por el contrario, en otros momentos, la madre era encantadora, simpática y dicharachera. Ambos se sumergían en conversaciones sin límite de tiempo: lo mismo daba que estuviera anocheciendo o amaneciendo. Horas y horas, con algún chocolate exquisito y bizcochos entre medias, compenetrados, sin importar si el brasero se apagaba. En estas ocasiones, madre e hijo mostraban una felicidad exuberante, sin que el cansancio se reflejara en ellos. Pánfilo, en estas ocasiones, esperaba, antojadizo, que su madre lo invitara a acostarse con ella, pero esta nunca se lo propuso, por lo que el niño, al retirarse a su cuarto, después de ese tiempo de dicha, se sentía un poco infeliz, pero él nunca tomó la iniciativa de proponérselo y así no llegó a compartir su lecho.
La
madre trabajaba en el teatro Emperador Ramiro, no muy lejos de donde
vivían. Era la encargada de los camerinos. Llevaba muchos años con
ese empleo, prácticamente desde que vino de su tierra. Cuando empezó
a trabajar lo hizo de actriz, aunque fueron papeles escasos y
secundarios. Eran otros tiempos. El teatro se llenaba. Su padre
también pertenecía al mundo artístico: había oído rumores de que
había sido un gran actor de comedias de éxito; también que había
sido autor de obras. Incluso, que había sido empresario, pero que
huyó a consecuencia de algún fracaso en el que dejó mucho dinero a
deber. En cualquier caso, a partir de la huida, la carrera de su
madre se vio eclipsada. Aunque, en consideración al nombre de su
marido, le ofrecieron trabajar en la empresa para limpiar el local.
Durante este tiempo hizo una gran amistad con la encargada de los
camerinos. Cuando esta mujer se jubiló, el puesto pasó a ella.
Parece que en un principio este cambio la llenó de ilusión,
pensando que tal vez le volverían a dar algún papel, pero a medida
que iba corriendo el tiempo, pronto fue consciente de que eso no
ocurriría. Las compañías eran cada vez menos numerosas y las
representaciones permanecían menos tiempo en cartel, por lo que era
imposible lograr amistad con los actores. En esas circunstancias era
muy difícil demostrar su valía, si ni siquiera se fijaban en ella.
Con
los años, las ilusiones se fueron perdiendo. Llegó un momento en
que el atractivo y la magia que habían supuesto el teatro se fueron
transformando en rechazo y desprecio. Aborrecía todo: las butacas,
los palcos, las luces, el público, pero sobre todo odiaba a los
actores. Vestirlos, peinarlos, recoger sus trapos y tirar su basura
no lo soportaba; pero lo peor era no poder dirigirles la palabra. Le
daban órdenes, pero ni siquiera le miraban a los ojos.
El niño nunca le preguntaba nada que tuviera que ver con su oficio, aunque le gustaba ese mundo. Cuando la madre estaba contenta, le gustaba oír cómo contaba detalles curiosos de las representaciones, de los actores... Sobre todo, le gustaba escuchar la anécdota de la ocasión en la que acudieron los reyes a ver la obra "La tristeza en mi alma", en la que ella realizaba el papel de Germana...
La madre lo llevaba a veces; a él le hubiera gustado acompañarla todos los días. Cuando regresaban a casa, entraban a tomar un chocolate con porras y, mientras la madre dejaba que el niño mostrara la euforia acumulada durante la tarde. Le preguntaba por los nombres de los actores y la madre le contestaba, añadiendo algún detalle de su vida, de su papel, y con ello su curiosidad quedaba satisfecha. Cuando entraban en casa, dejaban de hablar de la obra. Cada uno se dirigía a su cuarto. Al niño le hubiera gustado que su madre le contara sus pasos como actriz y los de su padre, pero ella casi nunca revelaba nada, excepto la anécdota de los reyes.
Cuando
terminó sus estudios elementales dejó de asistir al colegio. No
quiso seguir estudiando: le asustaba el mundo bullicioso de los
jóvenes. La escuela no le había entusiasmado. Su madre nunca le
preguntó si había aprendido a dividir o le pidió sus cuadernos. Él
nunca le contó sus incidencias con el resto de los niños, a pesar
de ser numerosas. A partir de entonces la madre ya no le mandó a
jugar a la calle. Tenía catorce años. La madre tampoco volvió a
llevarlo al teatro: desde entonces el joven iba por su cuenta cuando
quería, gracias al gestor, que le permitía entrar sin abonar
entrada por ser hijo del personal laboral.
El
ritmo de vida era monótono, aunque no aburrido. Su mundo era el
teatro. La mayoría de las ocasiones que salía de casa era para ir
allí o a realizar algunas compras
domésticas,
ya que la madre era muy despistada. Seguía pasando la mayor parte
del tiempo en el hogar. El piso no era muy grande, pero disponía de
una biblioteca. Ese gabinete oscuro había pertenecido a su padre.
Era una estancia ciega, por lo que siempre había que encender la
luz. En las paredes había estanterías con forma de ángulo recto,
repletas de libros desordenados de diferentes tamaños. Su madre rara
vez entraba allí, por lo que supuso que se hallaba tal cual lo había
dejado su padre. Junto a las estanterías había un gran escritorio,
recubierto de hule. Sobre
él había numerosos libros esparcidos y mezclados con hojas de papel
a medio escribir; era como si su padre se dispusiera a volver en
cualquier momento, por lo que nunca se encontró muy a gusto.
De todas formas, con esa impaciencia, fue examinando libros y leyendo
los papeles dispersos.
Sin embargo, nunca perdió la afición a
las historietas ilustradas. En su cuarto tenía dos cajas llenas.
Tras haberlas leído varias veces, solía ir cada cierto tiempo a un
puesto callejero, atendido por una señora ya muy entrada en años,
para
cambiar
sus ejemplares por otros. Le resultaba difícil hallar novedades.
Así, entre los ratos en el gabinete y los de su cuarto, se sucedían
las mañanas, las tardes y las noches, salvo los días que salía al
teatro.
Con el paso del tiempo, perdió a su única amistad de infancia. Menos mal que la madre se aficionó a las cartas y jugaban los dos después de comer. Primero fue al chinchón, luego a la brisca, después a las siete y media y al tute. Eran partidas a veces desabridas, con discusiones y trampas, que terminaban cuando la madre arrojaba la baraja al suelo. El hijo ganaba siempre, pero sin ambición. Muchas veces se aburría, pero no podía privarse de ese momento de ocio y compañía mutua.
Una
noche observó a una actriz joven casi de su edad. Era bajita y
delgada, con el pelo muy corto. El primer día que la vio no prestó
atención a la función; solo estuvo pendiente de sus gestos y de las
pocas palabras que decía. Cuando terminó la obra, fue consciente de
que se había enterado de muy poco. Se asustó. Eso nunca le había
sucedido. Fue repasando las escenas, los diálogos, los actos y no le
resultaban extraños, pero no era capaz de hilar todo ello. ¡Qué
fatalidad! No le quedó más remedio que reconocer que esa muchacha
con pelo corto había sido la causa de su despiste.
No se decidía
entre quedarse a la siguiente función o volver a casa. Miró el
reparto y reconoció a casi todos los actores, salvo a esa actriz.
Se fue por primera vez a tomar solo un chocolate con churros.
Cuando quiso darse cuenta de lo que estaba haciendo, se encontró
delante la taza humeante. Tomó conciencia de que esa semana se iba a
quedar sin su cuento nuevo. Pero no se puso triste; más bien al
contrario: sintió un hormigueo en el estómago que terminó en las
piernas en un espasmo y en la boca con una sonrisa confusa. Saboreó
el chocolate con pequeños sorbos. Reparó en que hacía mucho tiempo
que no le sabía tan bien, seguramente desde la primera vez que su
madre lo llevó al teatro y al regresar entraron en la chocolatería.
Se encontraba tan ensimismado que, cuando quiso darse cuenta, el
reloj de la pared marcaba las nueve menos veinticinco: la
representación habría empezado ya. Definitivamente, terminó
reconociendo que ese día era extraordinario.
Subió
apresuradamente las escaleras; entró sin saludar a los acomodadores
que ya tenían encendidos los cigarrillos. No se atrevió a pasar muy
adelante. No sabía muy bien qué era lo que buscaba. A la chica, tal
vez. Fue consciente de una sensación desconocida hasta esa noche: la
excitación, la alteración del ritmo cardíaco, la ruptura de una
armonía presente hasta esos momentos. Sintió pánico, miedo a que
la vida le sorprendiera a su antojo. Una lágrima solitaria se
deslizó lentamente por su rostro. Su vida —pensó— hasta ese
momento había estado exenta de contrariedades exigentes. Con el paso
del tiempo, adaptarse al talante de su madre no había supuesto una
carga, más bien todo lo contrario, pues reconoció que esa relación
había sido favorable al no exigirle grandes metas en la vida: hacía
lo que quería, sin su control, ya que la mayor parte de las veces
estaba ausente de la realidad cotidiana. Y sonrió, con una mueca
placentera: había tenido suerte. ¿De qué se podría quejar? De
nada, absolutamente de nada. A partir de ahora vendrían los
problemas, si llegaban, pero hasta esta noche había sido feliz.
Al
volver a casa entró en la Peña Taurina Flores. Lo había decidido
antes de acabar la obra; estaba ávido de emociones fuertes. La
taberna se encontraba semivacía: una partida trasnochada de cuatro
albañiles, a quienes se les abría la boca en cada robada, y dos
clientes habituales tomándose la última ronda. Al entrar, los de a
pie volvieron mecánicamente la cabeza, como si buscaran algún
compañero perdido. Estuvo a punto de dar un paso atrás, pero los
parroquianos volvieron a su charla. Se acercó a la barra con un brío
renovado. El camarero, sentado en una pila de cajas, parecía
desganado. Levantó la barbilla y algunos instantes después
dijo:
—¿Qué va a ser?
—Una cerveza —respondió
Pánfilo—. Una cerveza —repitió.
—¿Botellín o de barril?
—requirió el camarero.
La enorme cabeza del toro que presidía
el local se le vino encima. Ante el nerviosismo y tartamudeo, el
camarero tiró una caña y le puso un boquerón con una
aceituna.
—¿Cuánto vale?
Al no sentirse observado, se
tranquilizó. Sin embargo, apuró la consumición rápidamente,
delatando su incomodidad. Salió apresuradamente a la calle, y el
aire, de sopetón, le abofeteó la cara, que empezó a arder. No
tardó en llegar a casa. Su madre veía la televisión. Se acostó y
se durmió enseguida. Antes había tomado una decisión.
Al
día siguiente, por la mañana temprano, acudió a las oficinas del
teatro. Quería pedir trabajo al encargado. Su ilusión era llegar a
debutar como actor. El señor Fermín sonrió cuando el espigado
muchacho le espetó su propósito.
—Está bien, chaval, está bien. Me parece bien —respondió condescendiendo.
Se hizo silencio después.
Antes
de volver a hablar, colocó unos folios y les dio unos golpecitos por
el canto.
—Mira muchacho —continuó— un actor no se hace
porque lo quiera él. Creo que lo podrás comprender perfectamente.
Si no es así, es mejor que alguien te diga las cosas muy claras, y
me extraña que tu madre no te haya advertido. Ser actor es muy
difícil y muy fácil a la vez. Solamente hay uno realmente bueno
entre cien, doscientos... Además, no es ser solo buen actor, sino
conseguir demostrarlo. No sé si me comprendes. Hay que tener valor
y, sobre todo y ante todo, suerte, estrella, o un padrino o una
madrina. ¿Comprendes? Es así de fácil y, si quieres, así de
complicado. Yo llevo muchos años en el teatro, desde que era más
joven que tú. A mí el escenario me llamaba, para que veas que no
eres el único, y qué quieres que te diga... No llegué a nada. La
vida no lo quiso. Ahora soy el regente del teatro. No he tenido, a
pesar de todo, mala suerte: estoy aquí. Es verdad que pinto poco,
pues ahora las cosas funcionan de forma diferente... Con lo que
quiero darte a entender que no soy nadie, que yo no te puedo ayudar.
De
mí
dependen tu madre y otros cuantos acomodadores, taquilleras y
personas de mantenimiento, pero lo que se representa no lo elijo yo.
Lo siento. No te quiero desorientar y menos desanimar. Ahora todo es
oficial, todo depende de un organismo... ¡Es la cultura!
Salió
Pánfilo del despacho, no sin dar antes las gracias y dejar
melancólico al pobre señor Fermín. No sabía si la entrevista con
el encargado le había entristecido o dado ánimos. Alguna lágrima
se le escapó, pero el corazón palpitaba también más de prisa. La
entrevista no había sido alentadora, para
una vez en la vida que estaba decidido a emprender un camino.
Regresó distraídamente al piso, sin reparar en la primavera, que apenas se manifestaba en los escasos muestrarios verdes de la ciudad. Al entrar, su madre cosía. Se había sentado con el cesto de la costura sobre las piernas, cerca de la ventana por donde más luz entraba. Hacía mucho tiempo que no la veía aplicada a esta tarea. No levantó la vista. Pánfilo sintió la necesidad de decirle algo.
—Vengo de hablar con el señor Fermín.
—¡No me digas que vienes del teatro ahora! —dijo incrédula, sin acabar de comprender.
—Sí, he ido a pedirle trabajo.
—Ah, bueno.
—De actor.
—¿Tú estás bien de la cabeza?
—Me gusta, creo que no se me daría mal.
—No me hagas reír.
No esperaba otra reacción de su madre, así que no le afectó su opinión. Simplemente quería que lo supiera. No creía que se enfadara. A esas alturas de su vida, la irritación era permanente: si no era por un motivo era por otro. Lo peor no era su reacción o las escasas expectativas que le había dado el regente, sino cómo seguir adelante. No tenía nada claro, pero esperaba que algo lo fuera encaminando a esa meta.
Cuando, por la noche, el encargado lo vio en el vestíbulo, se detuvo a mirarlo durante unos momentos antes de emprender la marcha. Su presencia habitual en el teatro era asumida por la plantilla como parte del atrezzo del edificio. Pero esa vez Pánfilo sintió que su figura había sido desplazada y que el señor Fermín se percataba en ese mismo instante de la transformación. Ya no era el hijo de Sole con derecho a asistir a las representaciones que le vinieran en gana. Era un aspirante a actor, no un espectador que iba a divertirse o a pasar el rato, sino un alumno aplicado que quería aprender de los maestros. Aquella responsabilidad apabullaba a Pánfilo. Por ese deber, y porque la chicuela que aparecía en escena aún lo aturdía, terminó la representación con la sensación de no haber asistido a ella.
Los días siguientes estuvo inquieto pensando en ella. Su personaje era insignificante; sabía que se movería entre bambalinas mientras esperaba sus salidas a escena. No era un espacio para que entrara nadie ajeno a la obra, pero los trabajadores sabían que era el hijo de Sole y no se atrevieron a darle el alto. La chica se entretenía mirando una revista mientras hacía tiempo. Sobre sus hombros se había echado un chal para no quedarse fría. La observaba a una distancia prudente: allí, casi acurrucada, era más atractiva que sobre las tablas; pero, en esas circunstancias, él no era más que un fisgón, no un espectador fascinado por su actriz favorita. En más ocasiones la espió, pero no se atrevió a dirigirle la palabra. La obra no estuvo mucho tiempo en cartelera y no volvió a saber más de esa chica que le había despertado el deseo amoroso. El teatro era un lugar donde conocer mujeres bonitas, pero eran como maniquíes cuya alma resultaba inalcanzable.
No se entretuvo a ver la segunda sesión de la tarde. A medida que cumplía años, rara vez veía las dos sesiones; incluso tenía que ser muy buena la obra para ir todas las tardes al teatro.
La televisión estaba encendida y, desde el pasillo, vio a su madre echada en el sillón.
—¡Hola!
No hubo respuesta. Entró en el salón.
—Ya estoy aquí —dijo.
Al no responder, se acercó. Parecía dormida, pero su faz tranquila le inquietó. Le acarició la cara y después la zarandeó. Sus manos caídas parecían las de una muñeca exánime.
Avisó a la vecina para que acudiera a auxiliarlo. Era como si necesitara a otra persona que certificara lo que sospechaba.
—Tu mamá está muerta.
Se sentó junto a ella y la tomó de la mano que perdía el calor. Se quedó allí, sin reaccionar.
—Hay que avisar al médico… Ya llamo yo —se ofreció la vecina.
Cuando llegó el facultativo, aún no se había separado de su madre. Apenas la examinó. Le entregó el certificado de defunción: parada cardiorrespiratoria. La vecina continuaba a su lado:
—Debes avisar a la familia.
—No tengo.
—Y a la funeraria...
También fue ella quien se puso en contacto con la compañía. Pánfilo parecía otro muñeco, incapaz de reaccionar.
Se llevaron el cuerpo. Él acompañó a la pareja de empleados de pompas fúnebres en el coche. Asintió a todas las propuestas que le formulaban. Ellos eligieron el féretro, las flores... Su única iniciativa fue rechazar los recordatorios y decidir que su madre no recibiría tierra, sino fuego, pues ese había sido su deseo. Cuando instalaron el pequeño catafalco en una habitación, se sentó frente a él. Continuaba anestesiado. Solo reaccionaba cuando algún empleado le preguntaba si necesitaba algo o le planteaba decisiones aún pendientes. Uno de ellos le recomendó que se fuera a dormir: cerrarían el velatorio y lo volverían a abrir cuando regresara por la mañana. Se negó. No dejaría allí sola a su madre.
La vecina se presentó al rato. Parecía querer asegurarse de que todo estaba en orden. Le había preparado un bocadillo y le animó a que estirara las piernas y se tomara un café: ella se quedaría mientras tanto. No aceptó.
Había estado despejado toda la noche, pero de madrugada lo venció una somnolencia contumaz. Cuando estaba a punto de quedar rendido, le tocaron en el hombro.
—Te acompaño en el sentimiento —oyó que le decían como en sueños.
Eran dos mujeres.
—¿No sabes quiénes somos?
Negó con la cabeza.
—Tu tía y tu prima —afirmó la mayor.
—Hola, primo —saludó la joven—. Me llamo Elvira.
—Nos hemos enterado por la vecina. Me dijo que estabas solo. Con tu madre no manteníamos trato, pero queremos darte el pésame.
—Gracias —fue capaz de responder.
No estuvieron mucho. Antes de despedirse, su tía le aseguró que ya pasarían más despacio un día por casa.
Por la tarde, dos empleados entraron y dijeron que era el momento de comenzar la cremación. Los acompañó mientras trasladaban el féretro hasta unas dependencias a las que le prohibieron entrar.
—Vaya a la sala de espera. Cuando terminemos, le llevaremos allí las cenizas.
La espera se le hizo eterna. Estaba a punto de preguntar qué sucedía, cuando uno de la funeraria le entregó una oscura urna con forma de florero. Se quedó mirando su discreta decoración, como si tuviera que decidir si aquellas flores pintadas eran de su gusto.
Ya en casa, dejó el florero apoyado en el estrecho tresillo de la entrada.. Se sentó en el sillón donde unas horas antes había fallecido su madre y se quedó dormido.
Oyó un timbre estridente. Creyó que era en sueños, pero su persistencia le hizo despertar.
—Ya va —dijo para que dejaran de llamar.
Se recompuso. La luz tenue que entraba por los ventanales del salón no logró sacarlo de la duda de si seguía siendo el mismo día o había pasado la noche. Se contempló en el espejo de la entrada y bajó la mirada hasta la urna para convencerse de que la muerte de su madre era una realidad.
—Muchacho, te acompaño en el sentimiento —delante estaba el encargado del teatro, encabezando una pequeña comitiva de trabajadores—. Hasta hace un rato no nos hemos enterado. Sentimos no haberte acompañado en el funeral.
—Ha sido de repente. Todo ha sucedido de corrido... —articuló como pudo el deudo.
Le estrecharon la mano o le dieron dos besos mientras expresaban su pesar.
—Ya sabes, muchacho, cómo es este mundo. Tenemos representación esta noche y debemos estar en nuestros puestos —se excusó el señor Fermín para despedirse.
Antes de alejarse, le dijo:
—Pásate cuando puedas por la oficina. Quiero hablar contigo.
No fue más explícito.
Antes de que cerrara su puerta, se abrió la de al lado.
—¿Qué tal, hijo?
Era la vecina. Le agradeció la ayuda que le había prestado.
—Así es la vida. Hay que seguir adelante como sea —le exhortó.
El viejo piso de la plazuela de San Atanasio nunca estuvo tan animado como en aquellos dos días. Al segundo, le visitaron su tía y sus dos primas.
—Lo siento muchísimo —le dijo la que no había ido al velatorio mientras le daba dos besos—. Me llamo Marta.
—Y yo, Elvira —añadió esta cuando notó que Pánfilo no se acordaba de su nombre.
Entraron sin esperar a que él las invitara. Miraron el florero con las cenizas sin realizar ningún comentario. La tía conocía la distribución del viejo inmueble. Cuando entró él en el salón, se avergonzó del mal olor. Abrió los postigos para que entrara aire fresco. Cada una se sentó donde mejor le vino.
No se quedaron mucho, pero se enteraron de lo esencial de su vida. Sus primas se interesaron por cuestiones personales. El hecho de que no trabajara les causó perplejidad, como si se tratara de un contratiempo inesperado. Su tía no le preguntó, le dio explicaciones, según sus propias palabras. Ellas nunca se habían apartado de su madre; había sido esta quien había roto la relación. Pánfilo no reaccionó cuando le dijo que su padre también había muerto no hacía mucho. En lo que más insistió fue en que se preocupara por su situación económica. Su hermano —el padre de Pánfilo— no había dejado más que deudas. El piso en el que vivían era alquilado, y no quiso precisar del todo su situación inmobiliaria por parecerle inoportuno entrar en detalles en esos momentos.
—Mira a ver qué ha sido de tus abuelos de Santander —le recomendó, enigmática, como si fueran el único asidero al que pudiera aferrarse.
Se marcharon y le dejaron aturdido.
Se movía con inseguridad por su propio piso. Todas sus idas y venidas terminaban en el tresillo de la entrada. Posaba las manos en la urna y las dejaba allí un instante. En una de esas ocasiones, reaccionó: una idea clara se abrió paso en su mente.
Salió de casa por primera vez. La luz de la primavera, cada vez más descarada, le hirió los ojos. En un almacén compró un saquete de sustrato. De vuelta, trasladó a la bañera los tiestos que su madre tenía repartidos por casa y la urna. Extendió una toalla vieja en el suelo y, sobre ella, posó una de las dos cintas. Se sentó en la taza y sacó la planta del casco. Con un cuchillo redujo el amasijo de raíces; volcó un poco de sustrato en el tiesto y encima parte de las cenizas. Antes de colocar de nuevo la planta, añadió otro poco de esa tierra negra. Añadió más hasta completar el llenado y lo compactó. Del mismo modo procedió con la calathea, con el poto podado y con la lengua de suegra.
Tiró el florero a la basura. Su madre estaría en casa: respiraría y viviría a través de la savia de sus plantas. No creyó que le hubiera reprochado lo que acababa de hacer y se sintió satisfecho de su ocurrencia.
De nuevo volvió a su ser. No había una diferencia abismal: su madre seguía presente en las plantas. Les hablaba y la respuesta materna le resultaba previsible a través de ellas. Cada vez que las cuidaba —si necesitaban agua, si las movía de sitio, si retiraba hojas secas— reproducía el trato que ambos se prodigaban.
El casero pasó a cobrar la mensualidad. También le dio el pésame. No había dedicado tiempo a pensar en esta eventualidad, pero no se arredró ante ello. Del tarro de teja sacó el dinero de la renta y le pagó.
Con su madre tampoco había hablado de cuestiones económicas —eran muchos los temas que se negaba a abordar—, pero Pánfilo no era neófito en este asunto. Desde hacía tiempo era él quien acudía al banco a ingresar y retirar dinero. El tarro de teja era el cofre donde lo depositaban.
No se había olvidado del aviso del señor Fermín de que se pasara por la oficina, pero lo había postergado, porque se encontraba a gusto solo. Suponía que sería para abordar algún asunto de su madre con la empresa.
—¡Hombre, qué alegría verte por aquí! Estaba yo pensando en ir a buscarte a casa. ¿Qué tal?
Le extrañó la efusividad del encargado. Reiteró las condolencias, pero entró pronto en el motivo de la entrevista. Le ofrecía entrar en la plantilla. Antes de que terminara de formular la propuesta, y anticipando por dónde podían ir sus intenciones, se le pasó por la cabeza que le podría ofrecer una oportunidad como actor, pero, en definitiva, le propuso ser un chico para todo: un comodín que sirviera de apoyo en la limpieza, de técnico, de acomodador, de ayudante de camerino, de utilero…
Se desanimó, pero aceptó con templanza, agradeciendo la generosidad de su protector. Así se sentía: alguien que necesitaba ser protegido, y el señor Fermín se asignaba ese papel.
—Aquí vas a estar como en casa; todos nosotros te haremos compañía.
—Gracias, muchas gracias.
—Pues no lo pienses más, y a trabajar...
Le acompañó por las distintas estancias del edificio y lo fue presentando como un nuevo empleado, aunque todos conocían a Pánfilo.
El tiempo antes de comer lo pasó junto a él, en su despacho. Escuchaba con atención a su mentor. De los asuntos del teatro, casi sin percatarse, el señor Fermín pasó a hablarle de todo el papeleo.
—Es un cisco de mucho cuidado, pero te echaré una mano. No te preocupes —le consolaba.
El joven empenzó a inquietarse al oír los trámites que debería gestionar. No se le había ocurrido, pero era lógico que hubiera que hacerlo.
—De todas maneras, estás de suerte —le añadió—: eres hijo único y no hay nada que repartir, que yo sepa.
Tampoco se contrarió por revelarle lo que conocía de sobra.
—De todas maneras, no te preocupes, que mientras yo viva no te faltará de nada.
Al dirigirse a su casa, Pánfilo caviló sobre las últimas palabras del señor Fermín: le resultaban misteriosas o demasiado animosas por su parte. La conclusión fue que no le faltaría trabajo mientras él estuviera de encargado.
Al día siguiente no regresaría a la hora de comer, a pesar de la escasa distancia entre el teatro y la plazuela de san Atanasio. Comería fuera; no merecía la pena cocinar para uno solo. Era uno de los hábitos que cambiaría a partir de entonces. Ya lo hacía desde tiempo atrás, pues a su madre se le olvidaba esta tarea. Lo sentía, porque no cocinaba mal, cuando estaba en sus cabales. Echaría de menos el cocido montañés que algún domingo preparaba, único vestigio de su lugar de nacimiento.
Así su vida acabó encerrada entre cajas. Era de los primeros en entrar a trabajar y de los últimos en irse después de las representaciones. Tan solo recobraba parte de su libertad los días que no había función, pero, aunque no hubiera, su obligación era acudir y ponerse a las órdenes del encargado. No le resultaba desagradable trabajar con él. No era hombre expansivo ni muy hablador, pero, con el paso del tiempo, se sintió a gusto con él. Hasta le invitaba a comer esporádicamente. Con el tiempo, sin que se pusieran de acuerdo, adquirieron la costumbre de compartir mantel siempre los miércoles. En estas ocasiones, el señor Fermín le hablaba de asuntos, a ser posible, diferentes a los profesionales, pero la vida de ambos estaba condicionada por su actividad.
Pánfilo no consiguió entablar amistad con nadie. Con los compañeros de trabajo no resultaba fácil, porque él tenía pocos años y ellos eran de una edad más avanzada y con una situación familiar comprometida. El círculo en el que se movía el joven era igual de reducido que cuando era pequeño. Mantenía sus hábitos de ocio: comer en el restaurante, tomar chocolate con bastante frecuencia después de la última función y entrar en alguna ocasión en la Peña Taurina y pedirse una caña para saborear el boquerón con aceituna que servían de aperitivo. Saludaba a los clientes más asiduos e intercambiaban unas palabras, casi siempre las mismas, referidas al tiempo o a las incidencias laborales; nada de cuestiones personales: todos —se suponía— eran felices y no adolecían de ningún mal.
Durante los primeros tiempos, Pánfilo no perdió la esperanza de saltar de ser un empleado del teatro a convertirse en un actor, pero, a medida que pasaban los meses y se sucedían las puestas en escena, perdió la esperanza. Una desilusión profunda le fue minando y hasta se le pasó por la cabeza cambiar de empleo. En su comunicación más personal con el señor Fermín no se podía abordar esta cuestión. Era un asunto que el encargado había dado por zanjado para siempre al aceptar Pánfilo el trabajo que le ofreció.
Las posibilidades de entrar en contacto con las compañías que pasaban por el teatro eran casi imposibles. A ninguno de aquellos profesionales en su sano juicio se le ocurría imaginar que un simple empleado pudiera dar el salto hasta ponerse delante del público a representar un papel. Eran muchos candidatos de escuelas de teatro que buscaban una oportunidad y estos habían recibido una formación académica y ya tenían una trayectoria, aunque fuera como aficionados. Examinaba esa tropa diversa, pero, en el fondo, similar: actores y actrices ya maduros con un recorrido profesional consolidado, preocupados en seguir buscando papeles de enjundia apropiados a su edad; otros más jóvenes, pletóricos por hallarse en el momento álgido de sus carreras, conscientes de que no debían desaprovechar las oportunidades. Muy pocos satisfechos con el papel que llevaban a escena, pues la mayoría eran secundarios o lo consideraban por debajo de su potencial. Él se habría conformado incluso con los más ínfimos: no se sentiría seguro en los más conspicuos. Pero no había podido ser…
A pesar de estas frustraciones, el teatro era fuente de algunos placeres. No perdió el entusiasmo por disfrutar de las obras representadas; sin embargo, no le resultaba fácil olvidar todo lo que quedaba en el foso y en la chácena, cuando los actores salían a escena: él estaba ahí, rodeado de los cachivaches de utilería, con los decorados como fondo que se sucedían a lo largo de la representación…Esa parte oculta era la armadura, la verdadera esencia del teatro y también de todo ser humano: lo que no vemos en ellos, pero condiciona su comportamiento.
Observaba a las mujeres que, antes de salir a escena, se transformaban en el personaje que representarían en un rato gracias a la intervención de peluqueras y esteticistas. Papeles tan falsos como la tramoya, pero que alcanzaban verosimilitud gracias a la magia de la imaginación del espectador. Él seguía disfrutando como espectador, pese a ser trabajador. Ver lo que sucedía en el escenario desde otro ángulo, desde el alma verdadera del teatro, le permitía descubrir múltiples significados en lo representado. Las obras reproducían fielmente los conflictos de las relaciones humanas: el amor y los celos, la amistad y la traición, el poder y la humillación... En poco más de dos horas asistía a experiencias que él seguramente no viviría, pero, gracias a su inmersión en el drama, padecía o disfrutaba. El teatro era una ventana, y él se asomaba a contemplar las múltiples manifestaciones de la vida. Se enamoraba de esos personajes femeninos y sufría las catástrofes emocionales que casi siempre conllevan esas vivencias. Después, durante el tiempo que la obra permanecía en cartelera, su existencia estaba dominada por las pasiones experimentadas en el escenario.
No siempre era fácil acercarse a las mujeres reales, pero lo intentaba, observándolas cuando era posible: cuando deambulaban al entrar o salir del teatro o entre los camerinos mientras se vestían; en los momentos de concentración antes de salir a escena; cuando realizaban un mutis… No era fácil intercambiar unas palabras con ellas en esos momentos de tensión, pero se aproximaba buscando las vibraciones que emanaban de sus personas.
Aunque intentaba evitarlo, al final, en ese tiempo muerto entre cambios de cartelera, le asaltaba la zozobra de que su existencia era anodina. Lo único valioso era la imaginación, pero no dejaba de ser irreal. No experimentaba las pasiones verdaderas como el resto de los mortales. Aquello lo llenaba de frustración: él nunca sería el protagonista de ningún drama; como mucho, un personaje secundario de una mala comedia, un personaje risible e insustancial, de los que llenan el espacio, o la propia historia, para que no parezca vacía.
El señor Fermín se percataba de estas crisis.
—Muchacho —siempre le llamaba así—, ¿qué mosca te ha picado hoy?
—Nada.
Pánfilo reaccionaba, cuando se abordaba su intimidad, levantando barreras para impedir que alguien escudriñara en su interior.
—Venga, que a mí no me engañas —le continuaba animando el encargado.
Pero el muchacho no se abría, por mucho que le insistieran. ¿Cómo iba a contar a alguien esas congojas pueriles?
El señor Fermín lo atraía hacia sí con el brazo, juntando ambos cuerpos. Era una caricia varonil para disipar las angustias. Aquel hombre de mediana edad era la única persona que se interesaba por él, pero no podía contarle su vida interior.
—No se preocupe, ya se me pasará —le respondía sobreponiéndose a la caricia.
El contacto con el encargado conseguía que se diera cuenta de lo solo que estaba. Sin su madre, pese al tiempo transcurrido, se sentía huérfano por completo, pues la relación con la tía y las primas había sido un espejismo. Ninguna le resultó lo bastante entrañable como para anhelar su trato.
—Tienes que pasarte por mi casa un día —le propuso vagamente el señor Fermín.
No especificó el motivo para sobrepasar los límites de su relación. No se opuso, pero tampoco mostró interés.
Fue un día en que las puertas se cerraron para todos. El señor Fermín le conminó a que lo fuera a buscar para ir a dar un paseo.
Vivía también muy cerca del teatro, en pleno centro metropolitano. Era un piso más bien pequeño. Nada más entrar, Pánfilo se percató del poco espacio disponible para moverse. Incluso, las paredes del distribuidor estaban ocupadas por estanterías, unas cerradas, otras abiertas, donde se mezclaban objetos y libros sin concierto. Le sorprendió el caos reinante en ese espacio existencial en un hombre siempre tan ordenado en el trabajo. Entrar en su vivienda era asomarse al fondo oculto donde el señor Fermín se preparaba para actuar en el exterior, a la vista de quienes dependían de él. Temió que, al conocer ese emplazamiento íntimo, su opinión del hombre cambiara. Por eso le resultaba inquietante que le permitiera explorarlo. La desorganización era patente en cada una de las estancias que le iba enseñando, aunque no percibió suciedad.
—Siéntate donde puedas, que enseguida estoy.
—Gracias, señor Fermín, no se preocupe.
—No hace falta que me trates de señor —le dijo con una clara intención de romper la distancia entre ambos.
Apareció con un álbum bajo del brazo, ya con la chaqueta puesta.
—A la vuelta te voy a regalar algo —le anunció con la intención de crearle expectación.
Pánfilo no dijo nada más que gracias.
Fue un paseo entretenido, más relajado de lo que el joven había imaginado. Dejaron de lado el centro y, caminando, llegaron al inmenso parque del lago. No hablaron de nada en particular, sino comentando lo que les llamaba la atención. Sin embargo, después de la comida en un restaurante diferente del habitual, notó que al señor Fermín le cambiaba el humor. La melancolía tiñó su conversación. Le habló de su vida, sin entrar en detalles que quizá le habría gustado exponer y que si no se atrevía a hacerlo era por pudor o falta de confianza. En algún momento salió a colación el nombre de su madre y le confesó que era una mujer especial, que siempre se había llevado muy bien con ella. No hacía falta que se lo dijera: ya lo sabía; le sonó a ñoñería de un viejo nostálgico.
De regreso al centro, el señor Fermín se empeñó en que pasara un momento por su casa.
—Recuerda que te dije que te iba a regalar algo.
Sin quitarse la chaqueta, para no entretener al joven, abrió el álbum de fotografías y extrajo un sobre.
—He revisado mis recuerdos y he hallado estas fotos de tu madre. Creo que te hará ilusión tenerlas.
Pánfilo las iba a sacar para examinarlas delante de él.
—No. Mejor las miras con calma en tu casa… Ah, se me olvidaba —descolgó dos llaves de un cuadro donde había otras—, quiero que me hagas el favor de que las guardes; son de este piso. Es por si un día se me olvidan las mías.
La jornada había sido agotadora; deseaba llegar a casa y descansar, pero también ver esas fotos. Con la mano en el bolsillo rozó las llaves. Le sorprendió que el encargado confiara en él hasta el extremo de franquearle su puerta. Sin embargo, lo achacó a que el señor Fermín sabía que era un bonachón.
Extrajo las fotos: en todas aparecía su madre. Se enterneció al comprobar lo bonita que era. Se trataba de imágenes anteriores a haber nacido él. En todas lucía el peinado de media melena que llevó durante su vida. Sus ojos grandes desafiaban al fotógrafo, como si estuviera enfadada con él. En una salía acompañada de un joven. Miró detenidamente su cara a ver si le resultaba conocida. Supuso que sería su padre. No guardaba en su memoria el perfil de su rostro. Esta y otra, donde aparecía un grupo con el vestuario propio de una representación, habían sido tomadas sobre el escenario. Mirando con atención, descubrió a ese mismo joven al lado de su madre, desviando levemente los ojos hacia ella, orgulloso de posar juntos. En las demás, el paisaje cambiaba y su madre era más joven, casi una mozuela. En una, tomada en la peana de una gran estatua de un Cristo de piedra, aparecía una muchacha preocupada porque el aire no le levantara la falda; de fondo, ocupando todo el tercio superior, el azul de una costa infinita. La otra la mostraba sentada en el sillín de una Vespa en la puerta de una taberna de pueblo. En ambas lucía el mismo vestido blanco con lunares azules.
Las miró detenidamente varias veces, tratando de imaginar la historia que se escondía trás de cada una. Como su madre se había negado a entrar en detalles de su vida, le sirvió de poco esa información. Lo que más le sugería eran los paisajes: uno verde, el de su infancia y juventud, el de su tierra natal; el otro, el teatro, el mundo fascinante, causa del alejamiento de sus orígenes.
Lo más inexplicable era que el señor Fermín guardara esos recuerdos, en especial las dos de Santander. La única explicación que halló fue que ella le hubiera regalado esas dos instantáneas. Las otras eran más sencillas de comprender. El mismo encargado había reconocido que también le había tentado el mundo de la farándula y es probable que ambos formaran parte de la misma compañía.
La última representación dramática de la temporada antes de verano fue la de una gran compañía. Las funciones se prolongarían bastante. Durante el montaje, pese a su envergadura, Pánfilo pasó más tiempo en la oficina del regente que de un lado a otro. No tardó en percibir que el señor Fermín le introducía en las gestiones que él realizaba como administrador.
—No, esto no se hace así. Antes de encargar los programas de mano, debes esperar a que el director nos envíe la plantilla definitiva con el nombre de todos los intervinientes. Pide a dos imprentas que te den presupuesto y que te manden una muestra antes de decidir...
Había mucho que gestionar, y el instructor guiaba al neófito con paciencia. El joven se dejaba llevar, y realizaba estas tareas con la misma disposición que si le mandaran aspirar las alfombras.
—Tienes que ir aprendiendo —le aconsejaba con cariño el señor Fermín.
—¿Por qué quiere que le ayude, si usted lo hace muy bien? —se atrevió a preguntarle un miércoles, mientras comían juntos en el restaurante.
—Nunca se sabe —respondió, sin ser más explícito.
La programación estival incluyó operetas y zarzuelas. El teatro era diferente. Se habilitaba el foso del escenario para que se colocaran los músicos, y los cantantes tenían otro temperamento. El aire que se respiraba era más fresco y alegre. El hecho de vestir ropa más liviana conseguía desperezar las sensibilidades más placenteras. El único que seguía con su cara circunspecta era el señor Fermín. No parecía que los rigores del verano le sentaran bien. Pánfilo no se atrevió a preguntárselo. Sin embargo, no dejaba de observarlo y acabó convencido de que algo le pasaba. Incluso, un día no se presentó a trabajar. Él fue el que abrió las puertas del Emperador, pues también le había entregado un juego de llaves, por si un día se dormía. Esa era la razón. «¡Cómo se va a quedar dormido el señor Fermín!», pensó el joven, pero se había acostumbrado a obedecerlo ciegamente.
A medida que conocía los entresijos del negocio, Pánfilo ganó confianza en sí mismo. Que el regente confiara en él y le delegara más funciones era prueba de su fe ciega en él. Cada vez lo corregía menos y no era necesario que le recordara las tareas cotidianas. No obstante, comprendió que la falta de observaciones quizá fuera también una muestra del decaimiento de su mecenas. Don Fermín continuaba ocupando el sillón detrás de su mesa de trabajo, pero con frecuencia regresaba a casa. No decía que no se encontraba bien, aunque era obvio que necesitaba retirarse.
La temporada de teatro clásico era la más delicada, ya que aún había una afición selecta y entendida en declamación que hacía gala de sus conocimientos criticando el más mínimo fallo de dicción de los actores y de la puesta de escena. En su boca aparecían juicios en defensa del honor de los escritores del siglo XVII, que a buen seguro habrían sorprendido a aquellos nobles hombres de letras. Sus furibundas miradas no se dirigían a los actores, sino al regente y a los directores.
—No te amilanes ante ellos —le recomendaba su mentor—. Esperan todo el año a que comience la temporada para verse entre ellos y sacar de su cerebro polvoriento las ideas más conservadoras. No aprenderás nada de sus críticas, siempre empeñados en imponer sus criterios… A los que debes tratar bien y ganártelos son a los de la prensa. Es importante que salgamos en las páginas de los periódicos: es propaganda gratis.
Por Navidades, Pánfilo se extrañó de que su protector no apareciera durante dos jornadas seguidas.
—Ando de médicos —le había dicho ya un mes atrás, sin entrar en detalles de sus dolencias.
Cuando el señor Fermín no iba a trabajar, su ayudante acudía a su casa a ver si necesitaba algo y para contarle los pormenores de la actividad. No le pasó por alto que el piso estaba más ordenado, los muebles y las estanterías más vacías. En cambio, el aire era más cargado, propio de un lugar cerrado y sin ventilar. Pronto se acostumbró a aquel ambiente denso, cargado de olor a medicinas y sudor.
Aunque Pánfilo se interesaba por su mal, el encargado lo que quería era que le hablara de sus ocupaciones, de si la marcha del teatro continuaba a pesar de sus ausencias. El joven se henchía de orgullo y le respondía que todo iba bien, aunque le echaban de menos.
Celebraron las fiestas juntos. Pánfilo compraba alguna chuchería que sabía que le gustaba al enfermo y dulces navideños. Hasta se atrevió a llevarle una botella de sidra. Ponían la televisión mientras compartían los alimentos. Estando juntos, la soledad se atenuaba en aquellos momentos entrañables. Cada vez le costaba más hablar a don Fermín.
—Muchacho —le decía después de un rato—, aquí no pintas nada. Vete a dar una vuelta a ver gente, que habrá mucha algazara fuera.
Pánfilo bajaba a la calle. Reinaba el trajín festivo, una alegría pegajosa. No obstante, él no se contagiaba ni se dejaba llevar por el barullo. No se sentía bien por abandonar a ese hombre solo. De nada servía ya su compañía y le costaba admitir que su presencia en el piso le resultaba al convaleciente una evidencia de su deterioro. Buscaba la soledad, como huía de la conversación: malos síntomas.
Las funciones se suspendían desde el día 31 hasta después de Reyes. Las jornadas resultaban tediosas; todos aparentaban ser felices con los villancicos que iban y venían. Pánfilo acudía al Emperador por rutina y siempre, antes de comer, visitaba al señor Fermín. Había tardes que hubiera vuelto, pero no quería atosigar al enfermo. Se sentía responsable de su estado. Al fin y al cabo, desde la muerte de su madre, él era el único que se había preocupado por él y quien le había abierto la posibilidad de trabajar: no era mal empleo y todo se lo debía.
La víspera de Reyes, un poco antes de que comenzara la cabalgata, subió a su piso. No había acudido a la hora habitual; estaba impaciente. Llamó al timbre y golpeó la puerta. Nadie abrió. Su inquietud se desbordó. No esperó más; sacó la llave que el señor Fermín le había proporcionado y entró. Llegó hasta el salón, llamándolo; lo descubrió en el sillón de orejas. Estaba frente a la puerta, como si lo hubiera orientado hacia allí en busca de auxilio. De la calle llegaba el sonido de las explosiones de petardos y la algarabía; ese ruido hacía aún más perturbador el silencio. En la mesa del salón, bien visible, había un sobre a su nombre. Leyó lo que había escrito el señor Fermín y recogió el dinero que le había dejado para gastos.
Lo que vino después ya lo había vivido antes con su madre. No necesitó la guía de una vecina para saber cómo proceder. A las diez de la noche se encontraba delante del féretro, solo en el velatorio. Los empleados le preguntaron si se iba a quedar velando. Afirmó con la cabeza: era mejor estar allí, a su lado, que solo en casa. Le dejaron un termo con café y unas pastas y no lo molestaron. Se sentó en un sillón, frente a la caja donde reposaba el señor Fermín. Siempre que pensaba en él, se refería así: el señor Fermín. Le costaba usar otra denominación y tenía razones suficientes para cambiar, pero en su cabeza no cabía otra alternativa: eran maestro y discípulo. La carta, lo que ponía en ella, le punzaba para que hurgara en su contenido, pero no era capaz de superar el aturdimiento. Ante un muerto no hay más pensamiento que la muerte, el fin de una existencia sin valor para nadie, excepto para la persona que acaba de expirar.
La espera hasta su incineración se prolongó durante toda la jornada siguiente. No le entregaron sus cenizas hasta bien entrada la noche. Regresaba con ellas mientras los transeúntes más rezagados se recogían en casa con la pena que durante unos días habían desterrado a causa de las fiestas. Dejó la urna, en forma de trofeo deportivo, en el tresillo de la entrada y se metió en la cama. En sueños intentaba incorporarse para comenzar a resolver trámites que todavía no era capaz de entrever, pero que le apremiaban. Durmió más tiempo del que quería.
En el sobre con su legado, el señor Fermín había dejado un cartel anunciando su muerte y deseaba que fuera colgado en el panel informativo del teatro: agradecía a todos los empleados, y a los actores y directores, su colaboración. Pánfilo lo colocó allí. Le hubiera gustado no asumir el papel de deudo, pero, a falta de otra persona, recibió el pésame y el homenaje de quienes lo conocían. Tuvo la impresión de que muchos de ellos lo trataban comprendiendo que él era quien más sufriría su ausencia.
De todo lo que sucedió después, lo más inexplicable fue su puesto. En las disposiciones del difunto no figuraba que él asumiera la regencia del Emperador, pero así fue: la dirección del teatro se la encargó a él. El señor Fermín habría gestionado el traspaso con los dueños.
Había releído varias veces esas dos cuartillas en las que se resumían las últimas voluntades de su mentor. Con palabras más evocadoras que precisas, el hombre daba a entender una relación con su madre. Mencionaba las fotografías que hacía tiempo le había entregado como prueba. En su texto solo mencionaba la palabra hijo una vez y no aludía a su padre fugitivo un tiempo y ya muerto. Con estos datos, Pánfilo tendría que reconstruir la historia de su madre con el señor Fermín, que aportaba otro dato de interés: también él era originario de esa tierra marinera.
La aceptación de la herencia no presentó las dificultades administrativas que había imaginado. También el previsor gerente había tramitado ante notario su testamento y había dejado dinero suficiente para costear el cambio de titularidad de la vivienda. Pánfilo abandonó el piso de la plazuela de San Atanasio y se trasladó al nuevo. Tenía pocas cosas: la ropa de su madre la entregó en una residencia de ancianos; vendió la biblioteca a un librero de viejo y su colección de cómics la repartió entre un grupo de niños que jugaban en la calle. Poco se llevó de esa casa alquilada: las plantas y algunos objetos personales de su madre. También el señor Fermín había vaciado su vivienda de las adherencias superfluas para que el nuevo inquilino encontrara un hogar lo más despojado posible de recuerdos y de escenografía que le condicionaran. Él tendría que vivir su vida, no la de él ni la de su madre; con el piso vacío heredado, su vida sería una representación sin escenografía, casi minimalista, como las tendencias más innovadoras que pedían paso.
Una de las primeras decisiones como gestor fue adquirir dos maceteros de copa de mármol blanco para colocar en las esquinas del gran hall del teatro. En una floristería le aconsejaron que pusiera en ellos dracaenas. Realizó el encargo de las plantas y el sustrato y se lo llevaron a primera hora del día siguiente.
—Le ayudo a plantarlas —se ofreció el empleado.
—No es necesario, gracias.
Cuando se marchó el de la floristería, sacó de su despacho una bolsa y la urna metalizada donde reposaban los restos del señor Fermín. En cada macetas echó parte de la turba y, a continuación, antes de asentar la planta, vertió por partes iguales en ambos maceteros las cenizas de él y la tierra de la bolsa procedente de los tiestos de su madre. Afianzó el tronco con más sustrato y regó.
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