Había una vez una lagartija que se
llamaba Martina. Era media lagartija de lo pequeña que era. Había
despertado a la vida un mes de abril, cuando el Sol se despojó de
las nubes y la pradera reverdeció con intensidad. No recordaba su
pasado. Ese día luminoso de primavera sintió correr una fuerza
nueva por su alargado cuerpo y abrió los ojos en una cámara
caliente, saliendo de un agradable sueño del que no recordaba nada.
Comenzó a mover suavemente la cola, como si barriera el suelo de su
casita, mientras alzaba y bajaba su minúscula cabeza triangular. Con
las uñitas de los pies y de las manos arañaba la arcilla. Entonces
fue consciente de que era una lagartija.
Se dio media vuelta y
olisqueó cada rincón de su cueva. No era muy grande, pero resultaba
muy acogedora. Saciada su curiosidad, percibió unos sonidos que le
atrajeron: se trataba de gorriones que no cesaban de piar. Atraída
por los trinos y gorjeos, avanzó por un estrecho pasillo hasta
llegar a la salida. Por un momento cerró los ojos por la intensidad
de la luz que irradiaba el sol; después lo miró hasta quedar
deslumbrada. Retrocedió por el pasillo para que la penumbra aliviara
la ceguera. Recuperada, volvió a sacar la cabeza y se fijó en lo
que tenía más cerca. Ahora se fijó en lo más próximo. Su cueva
se hallaba en alto. Se trataba del último peldaño de la escalera
que daba acceso a una casa de dos plantas de color salmón. A
continuación, Martina prestó atención al prado y al huerto
situados debajo. De frente, más alejado, se alzaba un pretencioso
chalet grande y, en la lejanía, unas montañas que se fundían con
el cielo.
Martina notó de repente que le faltaban energías. Se
le cerraban los ojos; retrocedió a su cámara para descansar.
Estuvo
durmiendo tres días y tres noches enteras. Al despertar, sintió aún
más vitalidad que la primera vez. Hasta le pareció que su cuerpo
era ahora un poco más largo. Se dirigió a la puerta de su cobijo y
comenzó a dar pasitos torpemente por una superficie muy pulida; eran
los escalones y las baldosas de la terraza de la casa. Al principio
avanzó con precaución, pero luego fue corriendo cada vez más. Iba
como loca de un lado a otro: su energía era inagotable. Le encantaba
que el sol le diera de pleno. Cuando el astro rey cesaba de brillar,
Martina buscaba la calidez de su cámara.
En los días siguientes,
salía de su cueva cuando notaba que hacía más calor en la terraza
que en su cueva.
Pronto se percató de que tenía compañía. En
la casa, moraba una mujer. Se llamaba María y estaba sola los días
de diario; los de fiesta la acompañaba su marido. Se dio cuenta de
que a María también le gustaba tomar el sol. Salía con su plato y
comía sentada en el escalón donde residía Martina. Al principio,
cuando la veía, se ocultaba. Sin embargo, la curiosidad y la certeza
de que no le iba a causar ningún mal la llevaron a ir tomando
confianza. Primero asomó la cabeza y, como vio que María le
acercaba la mano y hasta le echaba algún granito de arroz, se animó
a salir y a corretear por la terraza. Como pasaba sola la mayor parte
del día, deseaba que llegara el mediodía para que María saliera a
comer y ella pudiera disfrutar un rato de compañía.
Un día de
principio de verano conoció a la que iba a ser su íntima amiga: una
gatita. Pero la presentación no pudo ser peor. Martina tomaba el sol
medio dormida cuando de repente sintió un enorme zarpazo.
Instintivamente corrió a su guarida. Una vez en ella, se asustó al
comprobar que le faltaba la punta de su cola. No le dolía, pero una
profunda desolación le invadía al no notar el miembro mutilado. No
era dolor: era angustia por no verse completa.
Aunque no se asomó
a la entrada, intuía que el feroz animal permanecía al acecho. A
partir de entonces, sus excursiones no fueron tan felices. Se
aventuraba a salir, pero siempre alerta y sin alejarse de su agujero.
La gatita, cada vez que aparecía por la terraza, se acercaba a la
puerta de la lagartija y olisqueaba adivinando la presencia cohibida
de Martina, pero pronto se retiraba y se marchaba a cazar ratones,
topos, pajarillos y otras alimañas al prado.
La dueña de la casa
se percató de que, cuando se sentaba en el escalón a comer, Martina
ya no salía de su guarida; tan solo se atrevía a sacar la cabeza.
Pronto adivinó la razón del miedo de la lagartija: la Nisina.
-¡Uy,
uy, uy, ¿qué me has hecho a Martina? —le dijo a la gata—.
Debéis ser amiguitas y jugar con ella con cuidado de no lastimarla.
¡Que tú eres una gatita alocada!
Martina no comprendió lo que
decía María, pero vio cómo la Nisina se tumbaba en el suelo con
las patas arriba en señal de sumisión. Se acercó poco a poco hasta
la boca de la cueva de Martina. Metió el hocico e intentó lamerla.
Con la patita, con las uñas guardadas, la acariciaba.
La
lagartija tomó confianza rápidamente y salió de su refugio. Con
curiosidad se subió encima de la gata para perderse en su espeso
pelaje. Jugaba con sus barbas. A Martina le gustaba mucho porque le
producía unas cosquillas muy agradables.
La Nisina pasaba cada
vez más tiempo en la terraza. Cuando se cansaba de cazar, se tumbaba
en una alfombra y se dormía despreocupadamente. Despanzurrada allí,
transcurrían las horas.
Martina también se echaba algún
sueñecito. Si no, recorría toda la escalera. Se subía a los
tiestos y se adentraba por la tupida flora. Allí, camuflada,
apresaba las pequeñas criaturas de las que se alimentaba, aunque la
mayor parte del tiempo la pasaba curioseando.
Un día de mucho
calor, cuando el Sol se situaba en su cénit, la Nisina dormía a
pierna suelta como de costumbre. Martina, perdida entre las matas de
perejil de un tiesto, vio un animal desconocido. Por su aspecto y por
su tamaño supo que era un peligro, no para ella, sino para su amiga.
El feroz animal se fue acercando desde el chalet nuevo en zig-zag. El
hocico lo traía pegado al suelo y no cesaba de husmear. Era
monstruoso. Era el perro Rayo, según le había oído decir a su
dueño; pero la bestia no le hizo caso, aunque se detuvo un momento.
Sin saber muy bien por qué, viendo tan descomunal fiereza en el
perro, gateó escaleras arriba y despertó a la Nisina. Esta no tardó
en reaccionar ante el peligro. Con rapidez bajó unos escalones y, en
mitad de la escalera, con el pelo erizado, el cuerpo arqueado y las
afiladas uñas fuera, se enfrentó al poderoso Rayo lanzando un «fu,
fu, fu, fu». El perro se detuvo. Rayo miraba fijamente, pero no se
animaba a subir más. El desafío no cesaba. La Nisina emitía un
«fu, fu» cada vez que el perro ladraba. Ante tal escándalo, María
salió y al ver al perro le regañó:
-Fuera, perro malandrín. No
te metas con mi gatita.
El animal retrocedió, pero no cesaba de
acometer. Entonces María fue a por la escoba y, en cuanto Rayo la
vio empuñándola, se marchó al chalet nuevo.
Ya en la terraza,
se juntaron los tres: María, la Nisina y la lagartija Martina.
-No
tengáis miedo del perro Rayo —les dijo María—, pero debéis
estar alerta las dos para que cuando lo veáis os pongáis en un
lugar seguro. Y también, Nisina y Martina, debéis ser muy buenas
amigas y protegeros la una a la otra.
Desde aquel día, Martina y
la Nisina se quisieron mucho y estrecharon más su
amistad.
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