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Mostrando entradas de enero, 2026

Mi abuela ha cumplido 120 años

  Vive al lado de la carretera, cerca del arroyo. Es una casa de dos plantas. Todas las dependencias están muy recogidas y las divide un pasillo amplio que da al corral y la cuadra, donde mi abuelo tenía la borriquilla con la que se desplazaba al huerto o a las tierras que cultivaba. Nada más entrar hay a la derecha un dormitorio amplio, con un espacio destinado a peluquería; mi tía, de soltera, ejercía ese oficio. A la izquierda, la salita y la alcoba, donde duerme mi abuela. En la otra mitad, dos cocinas. La más pequeña, a la derecha y con hogar, era donde se curaba la matanza, y mi abuelo, sentado en una banquilla, reflexionaba durante largas horas contemplando arder las astillas; la de la izquierda, dotada de una placa bilbaína, la mesa camilla, sillas y sillón de mimbre del abuelo, era donde hacían la vida. Encima de su cabeza, en un pequeño estante, la radio en la que oía el parte, momento en el que toda la familia guardaba un silencio religioso. En la planta superior se encu...

9 Editorial

Disturbio o destrozos Los diversos incidentes que ocurren en nuestra ciudad son inadmisibles. Lejos de atenuarse, se repiten sin que las autoridades logren restablecer la paz social deteniendo a los responsables. La población observa atónita cómo los ataques a comercios, empresas y edificios se repiten sin comprender cuál es la motivación que mueve a los alborotadores. Es probable que detrás de estos incidentes se hallen miembros de partidos o agrupaciones radicales que con sus actos intentan alterar el orden y buscan enrolar a nuevos adeptos para conseguir sus ideales utópicos. La reciente instauración del sistema democrático en nuestro país da la oportunidad a todos de expresar sus ideas y perseguir sus objetivos mediante los cauces establecidos, pero nunca con la violencia. Por otra parte, los responsables del mantenimiento del orden deben investigar con más ahínco estos sucesos hasta lograr aclararlos y poner a los culpables ante la ley para que juzgue sus desmanes. Es deber de t...

8. Vivir como un cura

  No sé por qué motivos a Severino no le interesaban estos sucesos que, aunque no denunciados, me parecían muy significativos, cuando me daba por considerar la posibilidad de que hubiera un nexo común entre todos ellos. En cambio, aunque no llegó a formular una hipótesis firme, él intuía que era un conjunto de hechos que se habían producido en un momento dado, producto de un azar enloquecido, y que cada uno de ellos tenía unos protagonistas diferentes. Lo cierto es que pasó bastante tiempo hasta que los dos abordamos esta cuestión. Me atreví a sugerir que detrás de los acontecimientos que investigábamos podía haber una motivación política, pues eran años convulsos en la recién estrenada democracia. Él no la contradijo, del mismo modo que tampoco defendió una tesis diferente. Los dos, no muy proclives a discusiones especulativas, pospusimos el dilema, esperando que la investigación de los hechos nos aclarara la incógnita. Le pregunté por Carapico. No aprecié ninguna reacción adversa...

7. Carapico

  O bservé esta octavilla que se resbaló entre los papeles cayéndose al suelo. Enseguida me acordé de Carapico, un canónigo doctoral de la catedral. ¡Menudo personaje!… En el transcurso de mis investigaciones entablé amistad con un fotógrafo de El Día Abulense llamado Hermógenes. Creí que las posibilidades de avanzar en el esclarecimiento de los hechos solo se producirían si sobrepasaban los estrictos límites que marcaba Severino. Tuve la suerte de encontrarme con este tipo cuando me interesé por alguno de los sucesos que no se habían denunciado. El más preocupante fue el del cura. Se llamaba Honorio, aunque, si no estaba delante, todos se referían a él con el mote de Carapico. A Hermógenes lo conocí de casualidad. Fue el propio Severino el que me lo presentó refiriéndose a él como un periodista. Tuvimos la oportunidad de entablar conversación mientras tomábamos un café. Dio la casualidad de que, aunque en años distintos, pues él era mayor, habíamos cump...

6. Es Paradis

  El club se hallaba en una de las calles altas de la ciudad. Era un lugar discreto y podía ser confundido con uno más de los muchos pubs que se abrieron por esos años. El nombre resultaba enigmático, tanto para la mayoría del público que acudía con regularidad, como para los vecinos o transeúntes. El local era un prostíbulo de mucha solera, tanta que la decoración, las chicas y los clientes eran solo un vestigio de sus años de más éxito; sin embargo, aún conservaba una cartera de usuarios considerable, muchos de ellos mozos viejos de los pueblos próximos a la capital. El local les quedaba muy cerca de la estación de ferrocarril, por lo cual aprovechaban el intervalo entre el tren de llegada y el de salida, para realizar las compras necesarias y, de paso, entrar en el «club», palabra que pronunciaban bien, aunque con engolamiento. Los desperfectos sufridos en el local eran semejantes a los perpetrados por los gamberros en la oficina de la empresa constructora, daños menores e...

5. El mercado de ganados

  No me sentó bien que me encargaran esta misión. Lo primero, porque a mi mente vinieron los inconvenientes del desplazamiento, un recorrido de dos horas en trenes de cercanías o de casi el mismo tiempo si optaba por ir en automóvil. Sin embargo, pronto asumí que esas exigencias forman parte de nuestro cometido. Pero el caso no me gustaba porque lo consideraba de escasa transcendencia. No se habían producido desgracias personales y eran sucesos locales de poca enjundia, asuntos de periódicos de provincia sin demasiados hechos a los que agarrarse para llenar las hojas de información. — Nada, nada…—Sin llegar a formular un pero por mi parte, el comisario me despachó abortando desde el inicio una discusión que, en todo caso, se habría dado en planos jerárquicos muy distintos. Frustrado por su desdén, me levanté de la silla. Además, esperaba algo más: datos, directrices a seguir… o, por lo menos, unas palabras de ánimo que alentaran a mi espíritu desfallecido. — Mañana mismo te ...