07/01/26

Pelotón 3


El sol o la lluvia no importarán; en el momento en que se pueda escapar vendrá de ronda merodeando por los establecimientos públicos y por los barrios. A todos saludará por su nombre de pila. No sabrá sumar ni recordará el día en que vive, pero conoce a los vecinos y se dirige a ellos con un entusiasmo que no hallarán en nadie más.

Servencio, ¿nevará? —preguntará hoy al primero que se encuentre.

Aunque ya conoce a Bautistín, no dejará de sorprenderse y oteará el horizonte para escrutarlo.

¡No fastidies! ¡Cómo va a nevar!

Proseguirá.

Perico, ¿nevará?

No creo, no está el tiempo de ello —le dirá este sin mirar el cielo, sabiendo las preguntas frecuentes de Bautistín.

Sentirás pavor por la nieve. Cuando comiencen a caer los primeros copos blancos, correrás a casa como si un perro te persiguiera.

Madre, madre, ¡nevusquea mucho! ¡Vaya nevazo que va a caer! —le anunciarás excitado al tiempo que trancas la puerta, como si el perro blanco pudiera entrar en vuestra casa.

No cierres, que tiene que venir tu padre.

¡Que llame cuando venga!, madre.

Te pondrás el tabardo que nunca llevas al salir de casa, porque el frío se alejará de ti, como te rehuirá el sol, pues ni tu propia sombra te acompañará, pero la lluvia blanca despertará en ti el frío inmenso de la existencia sin límites. Necesitarás acercarte a las llamas de la lumbre para que iluminen el vacío en el que habitas, cuando sientas que la blancura te difumina en la faz de la tierra. Mientras la nieve no se transforme en ríos de barro, y el sol y el hielo no consuman los restos de la ceniza blancuzca adherida a los recovecos más apartados, no saldrás de casa. Te asomarás a la puerta, apoyado en la hoja inferior, y contemplarás la masa de encinas que ya se ha sacudido las glaciales sábanas blancas, pero no te fiarás de los traicioneros rayos que se cuelan a través de las nubes. Esperarás a que la lluvia fina enjuague la inmundicia de los rastros sangrantes de la nieve esparcida para atreverte a salir a las lanchas de la entrada y sentarte en el poyo, esperando a que el aliento vivificador del sol te devuelva la alegría acostumbrada.




Os podéis imaginar al niño… Rubicundo, con una cara pequeña de mártir de tanto sufrimiento, con unos ojos polvorientos, como si las pupilas estuvieran veladas por unas finas telarañas; unos labios finos, consumidos de tanto presionarlos para que no huyera el escaso aliento que salía de la profundidad de su espíritu; las orejas grandes, muy grandes y con probabilidad movibles, como antenas capaces de oír las amenazas imprevisibles que podrían venir de cualquiera de sus compañeros, de los chavales mayores o de su propia madre. Cuando termine la escuela habrá reunido todo el calor con el que resistirá el resto de la jornada. Lo veréis sentado en los poyos de la minúscula casa en la que habita. Lo encontraréis apretado sobre sí mismo, con las manos juntas resguardadas entre las piernas, mirando a un lado y otro de la calle. No habrá crecido lo correspondiente a su edad, sin embargo, los pantalones le quedarán cortos y podréis observar por momentos las escuálidas piernas blancas, donde los huesos parecen sobresalir bajo una fina capa de piel. Aunque solo sea por este detalle, os haréis idea de la delgadez de su cuerpo, del escaso abrigo de sus órganos vitales, y podréis casi percibir el temblor de su pulso, el miedo contenido de un niño timorato que recela de cualquier otro ser vivo.

Si cruzarais la calle embarrada, quizá se asome su madre para comprobar que no asustáis al hijo que desde hace años cría sola. Su presencia permitirá que, por un instante, seáis testigos de la fina inteligencia que asoma en su mirada, si se siente protegido.




¿Te vas ya, Sinojales?

Serio, muy serio, negarás moviendo la cara.

Con un esfuerzo inmenso, tomarás el pequeño vaso en el que te sirvieron el chato de vino blanco y se lo acercarás al tabernero, en el borde de la barra, esperando que te agradezca tu colaboración.

Dirán de ti que eres un zorro, que tus zalamerías no son inocuas, que sabes ganarte a la gente, en especial a los foráneos, que no das puntada sin hilo… Así es, con esa astucia de bestia acometida has sobrevivido más bien mal, pero aquí estás en tu declive reivindicando lo que te pertenece y por eso, aunque crean que das las gracias por los dones que recibes, tu descaro no será más que el orgullo firme de que tienes derecho a existir. No te dará vergüenza ser huésped de la caridad. No recibirás menos de lo que ellos consiguen con su esfuerzo; en el fondo de tu alma sentirás compasión de su esclavitud…

Espera, que te sujeto la puerta —te ofrecerá el dueño del bar para que puedas salir.

Te sentarás en el poyo a ver los trajines de los demás. De vuelta de la labor regresará la yunta de ciclópeas vacas negras dejando el surco de la rastra en el polvoriento suelo de la calle. El panadero recorrerá las casas repartiendo con su mula. El molinero arreará a su recua de pollinos cargados con dos costales cruzados a entregar la molienda. El alguacil hará de portavoz de las órdenes municipales con sus pregones cantarines. La gigantesca silueta del párroco llegará a comprar los mismos cigarros que fumas tú.

Buenos días, Dionisio —te saludará con el nombre de pila, que cada vez te resultará más ajeno.

Te quitarás la gorra en señal de respeto, y el sacerdote podrá ver los largos y escasos pelos que, como nido de culebrillas alborotadas, se agitan bajo la luz del mediodía.

Cuando el sacerdote salga con el cuarterón de tabaco y los librillos correspondientes, se detendrá para liarte un cigarro. Te lo pondrás en los labios y él te lo prenderá con el mechero.

Hasta otro día, Dionisio —se despedirá con la desazón de no encontrar fórmulas que le permitan alargar la conversación.

Serás ya un perro, un gato, un asno, una gallina; un ser al que se habla con ternura o desgana, sabiendo todos que tu entendimiento se quebró hace ya muchísimos años.




Ojosvivos se alejará por la callejuela que lo conduce a los encinares más próximos por donde transcurren las vías. Entrará en el cercado en el que más frondosos estén los árboles y sacará el hacha para preparar un gran haz de leña en el que habrá troncos medianos y ramas menudas que permitirán prender la chimenea durante unos días. Lo agavillará con esmero, colocando equidistantes las distintas piezas, de modo que el conjunto quede armonioso y apretado. Lo rodeará con la lía y lo pisará con contundencia para poder atarlo. Se lo echará sobre sus fornidos hombros, alternando el fardo en ambos. Lo sujetará con una de las manos y tomará el camino de regreso. Cantará contento al terminar la tarea y, con garbo, avanzará sabiendo que su alma, al menos por unas horas, descansará en paz. Si alguien lo hubiera visto tan ufano caminar en esos momentos en los que solo los perros husmean a los seres vivos, echaría cuentas de que Ojosvivos se dirigía a dejar su presente a una de las posibles mozas por las cuales el cíclope enano bebe los vientos de la pasión. Seguro que el hombre se sintió tentado de obsequiar a una de esas mujeres, pero esa noche reinará en él la generosidad más pura. Llegará a la casa más humilde, donde su única moradora estará revolcándose de un lado a otro de la solitaria cama matrimonial, y colocará con esmero la gavilla de leña a los pies de esa puerta. La mujer escuchará unos arañazos en la madera y pensará que es uno de sus gatos afilándose las uñas.

Cuando los primeros albores despunten entre los peñascales de Oriente, el solitario nocturno sacará el hacha y asestará un seco hachazo en la vara de un carro de vacas situado junto a unas puertas traseras. Saltará las bardas del corral y, en el establo, sobre el lecho de paja, se echará a dormir los breves instantes en los que su cuerpo hallará descanso de sus afanes.




Misieriña te llevará la comida un día a la semana. Una hogaza, torreznos y cocido de garbanzos, pero ni una miserable botella de vino que alivie los ásperos y secos mordiscos que te añusgarán, formando un nudo en la garganta hasta hacerte perder el sentido. Beberás de bruces en la pequeña charca compartiendo el abrevadero con las alimañas y aves que gozan de más libertad y viven mejor que tú. Pensarás que las uvas no tardarán en estar hechas y que entonces comerás igual que el vecino más opulento, pero antes, llevado por tus inclinaciones golosas de catarlas a ver si ya están en su punto, soportarás diarreas que te dejarán sumido en un estado de semiinconciencia, mientras gimes retorciéndote de dolor en la choza que has construido con ramas de piorno sobre tres cabrios que tu padre te acercó en la borriquilla. Nadie será testigo de esos retortijones, ni siquiera un perro fiel que te acompañe en las interminables horas de sol, pues tendrías que alimentarlo con aquello que tampoco a ti te sobra. No sabrás si morirás o, después de un suplicio infinito, lograrás restablecerte milagrosamente una vez más. Tal vez consigas superar la agonía, pero a costa de que queden en tu cuerpo cicatrices indelebles que, con creciente y perentoria exigencia, demandarán de ti más dolor y humillación. No hablamos de tu alma desaparecida, de la conciencia de ti mismo, porque preferirías no existir, diluirte, evaporado, en las corrientes de fuego que se cuelan en todos los recovecos donde buscas la frescura.



Socio, voy a poner un poco de lumbre —le dirá el mayor.

No es hora de comer, pero estarán tan exultantes por la tarea conseguida con la Máquina, que adelantarán ese momento de asueto y descanso.

Una vez prendida la hoguera, arrimarán dos piedras a modo de asiento.

La motosierra…, la motosierra… —continuará el menor nombrando la sobrecogedora herramienta que le hace tan feliz y que despierta en él los deseos de conquistar el mundo—. Con la motosierra, Socio, es otro cantar… Con ella se puede ganar uno el jornal.

El mayor permitirá que, por unos instantes, el hermano disfrute con el avance técnico y construya castillos en el aire.

La motosierra saca la tarea de cinco hombres… ¿Qué digo cinco hombres? De más…

El mayor extraerá la fiambrera del morral en la que vienen las tajadas; también, del talego, un trozo de queso añejo de oveja que le gusta a él. Al saborearlo, siente añoranza del rebaño que cuidó durante toda su vida, hasta que sus pies reventaron de fatiga y no pudo seguir el trasiego constante de los animales… De la media hogaza le cortará una rebanada y le pasará el recipiente con las tajadas para que elija. El pequeño, con la imaginación en el futuro en el que se ve un magnate de la madera, la tomará y se servirá un torrezno. No sentirá las uñas del hambre, sino el tacto amable de las ensoñaciones que lo llenan por completo.

Come, Socio, que el que mucho abarca, poco aprieta… —le recordará el antiguo pastor al percatarse de que su hermano se pierde en las nubes.

Le tirará la bota para que el reguero de vino aéreo le devuelva a la realidad.

Bebe y déjate de monsergas… Ya tendrás tiempo para pensar…

Con la motosierra podemos cortar un carro de leña en un día… ¿Qué digo un carro? ¡Si me apuras, un remolque!

Pero ¿para qué quieres un remolque?

¡Anda, tú! ¡Para qué lo voy a querer!

No habrá forma de que meta bocado de lo alelado que está con sus fantasías.

¡Cómete las cortezas, por lo menos! —le sugerirá el hermano comprobando que no se ha metido nada en la boca.

El mayor habrá perdido los dientes hace ya muchos años: unos por desgaste, otros por las hostias que le propinó su difunto padre, a quien tanto seguirá admirando. Por eso, aunque le hubiera gustado, no podrá roer las crujientes cortezas del tocino.




La fina inteligencia, que se pudo descubrir en su mirada en la niñez, desaparecerá un día y solo la recuperará en contadas ocasiones. Los retazos de sus destrezas intelectuales serán la prueba para cercioraros de que, donde hubo, aún hay. No sentiréis respeto. Necesitaréis comprobar que sois afortunados por no haber caído en la desgracia de la idiotez, como si Hombrecito fuera un ejemplo vivo de los vaivenes a los que vuestra vida puede estar sometida. O —lo peor de todo— aún esperaréis un milagro que redima su estado calamitoso. Lo someteréis a pruebas sin necesidad, pues estáis seguros de que saldrá airoso, como si fuera una bestia amaestrada que cada cierto tiempo debe demostrar que las habilidades aprendidas no se han perdido. Con una impostada inocencia, aprovecharéis la ocasión para mostrar las hojas descabaladas de un atrasado periódico y, con la excusa más absurda, le solicitaréis que lea una noticia. Hombrecito se lo acercará a los ojos y leerá, musitando para sí mismo, el texto. Admiraréis su entonación y el bisbiseo rítmico de su pronunciación. Se introducirá el papel en el bolsillo de la chaqueta. Creerás que la información le ha interesado y que tal vez la guarde durante un tiempo en esa biblioteca desnuda de los recuerdos quemados en el devenir de los días… También vosotros mismos, o cualquier otro maestrucho, con una ingenuidad forzada, le pediréis que calcule los litros que hay en varias cántaras de vino y comprobaréis que sabe multiplicar y que su capacidad matemática es mayor que la vuestra. Entonces os preguntaréis por los misterios insondables de la existencia humana: cómo un ser tan inteligente puede destacar tanto en algunas facetas de los conocimientos y en lo práctico, en el gobierno de su vida, puede haber acabado en una postración tan miserable.




Cuando abra la hoja inferior de la puerta y descubra el haz de leña, lo meterá en el portal, sacando una energía para arrastrar la carga que solo se manifiesta cuando el hambre o el frío la acucian. No habrá mirado siquiera a los lados de la calle para asegurarse de que ningún vecino la observaba. Ya dentro, con la escoba y la badila recogerá la hojarasca, y los lanchares de su puerta quedarán sin brizna de matojo ni arena de cuneta. Cuando haya recuperado el aliento, se preguntará por un instante por el milagro, pero no perderá el tiempo con elucubraciones vanas. Lo mismo da que sea una intervención divina, un equívoco o un alma caritativa compadecida de una pobre vieja. Lo que importará es que ya está dentro, y que de allí no va a salir.




Tu padre vendrá los domingos. Cuando oigas su aflautada y apagada voz sabrás que es el día de descanso. Lo verás descabalgar del asno con sumo cuidado, pues cuando dé el salto para poner los pies en tierra, comprobarás el miedo de tu progenitor a atrevesar en el abismo que supone el metro que sus botas de goma deben recorrer hasta tocar el suelo. Meneando la cabeza de un lado a otro, inspeccionará las viñas como si él fuera el propietario. No te preguntará nada, porque los sucesos que le cuentes han de ser contingencias propias del oficio que desempeñas.

Te montarás en el borriquillo en el que ha llegado tu padre y aparecerás por el pueblo en el momento en el que la gente endomingada entre en misa. No te quedará más remedio que contemplar sus vestidos de fiesta y sus zapatos lustrosos. Sobre todo, tendrás que soportar el cutis bien afeitado de los mozos de tu edad. Cuando llegues a tu casa, echarás agua templada de la cobra en la palangana y te lavarás la cabeza y la cara. Librarte del polvo acumulado te proporcionará uno de los escasos placeres que te estarán permitidos. Te cambiarás de muda. Después de la higiene, tu madre te pondrá en la pequeña mesa de la cocina la sopa de fideos y, a continuación, el plato de garbanzos.

No creáis que comerá con ansia; tan solo agradecerá usar la cuchara en vez de la navaja con la que se apaña cada día. No acabará todo, pues una somnolencia irresistible le conducirá a la fresca alcoba. Se echará sobre el jergón de lana y permanecerá en el frío aposento hasta que su madre le despierte a media tarde para que emprenda el camino de vuelta y su padre pueda regresar con las últimas luces del día.




Deambularás como gato enloquecido en las dependencias de la casa que ahora es solo tuya. No sabrás por qué subes las escaleras al primer piso ni por qué las bajas para ir a la cocina. Saldrás al corral, pero en él no habrá ya ningún animal al que cuidar. Hace tiempo que desaparecieron las gallinas, los últimos vestigios de lo que un día fueron asnos, cerdos, conejos y cabras… Te quedaste solo, el último, y, sin ilusión por la que vivir, te abandonaste y te deshiciste de todo ser viviente. ¡Hasta la gata paridora se marchó para que nunca más vieras su pelaje negro! En esa congoja permanente existirás porque por ti corre la sangre, porque el corazón se empeña en latir, pero tú estarás muerto. Si no fuera por los vecinos que te recuerdan que aún vives, tu existencia sería cuestión de días, hasta que, de inanición, te recostaras en cualquier rincón a buscar un sueño que desapareció cuando por primera vez te metiste en la cama sabiendo que ya nadie te acompañaría, que el último de tus seres queridos lo habías dejado en el camposanto. Los muertos tienen más suerte: sus despojos se juntan y reposan unidos. Tú serás el último en entrar en esa fosa descomunal en la que cabréis todos.

Te animarán con la mejor voluntad con el fin de que salgas por lo menos a la puerta, para que saludes y veas a tus semejantes afanarse en los pequeños quehaceres que jalonan su jornada. Obedecerás porque te cuidan y te estiman, porque eres un bendito. Te quedarás unas veces erguido, apoyando tan solo unos instantes el pie en la pared, para comenzar de inmediato a andar hacia cualquier destino; otras, sentado en el poyo, mirarás el suelo donde las hormigas recorren senderos inescrutables en su camino a las galerías subterráneas. Dirás adiós, vislumbrando con cara de pánfilo a quien te salude. Lo seguirás con la mirada durante unos minutos recorrer la larga calle hasta que lo pierdas de vista. Entonces volverás a mirar al suelo, o te levantarás para apoyar de nuevo el pie —y esta vez también la espalda— en el muro de piedra de la casa que es solo tuya.

Pelotón 2

 

Cuando su padre o su hermano lo dejen libre, Bautistín saldrá como una exhalación desde Las Casas Colgadas y bajará hasta la carretera, que recorrerá de punta a punta, pasando por todos los bares y por aquellas casas donde le prestan atención y conversan con él.

Mira mis ovejas —dice sin señalarlas.

¿Dónde? —preguntaréis.

Allí —extenderá el brazo sin precisar un punto exacto.

Si no las veis e insistís para que se esfuerce en dar más detalles de la ubicación, os dirá que se encuentran en tal ladera, junto a la tierra de Honorio o de Francisco. Ni con estas indicaciones seréis capaces de localizarlas. Dudaréis de vuestra agudeza visual y quizá penséis que estáis en franco declive por la edad. No os preocupéis. Las ovejas pueden encontrarse en cualquier lugar del término, menos en el que Bautistín os ha indicado.

Mi padre se ha caído —os continuará diciendo.

¿Cómo fue? —le seguiréis la conversación.

Se cayó…

¿Y ha sido mucho?

Le han llevado al médico.

Proseguirá la ronda. Si pasa alguien en bicicleta, lo reconocerá de inmediato.

Adiós, Vicente —saludará sonriendo.

Cada día llevará puesto algo nuevo.

¡Ricardo! Mira, mira... ¿No ves? —le preguntará desconcertado.

¿Qué?

¡Mira!

Sujetándola de la visera de plástico, se quitará una gorra verde en la que está impreso UFAC, la marca de piensos que consumen sus animales. Se la calará de nuevo sin importarle que Ricardo sea tan despistado.

Verá a lo lejos a Bonifacio y echará a correr con el fin de que no se le escape.

¡Bonifacio!

¿Qué hay, Bautistín?

Mi padre se cayó.

¿Qué le ha pasado para caerse?

No sé, le han llevado al médico.

¡Pues a ver si no ha sido nada!

Sí…

Sin despedirse de Bonifacio, después de mirar por un instante a su alrededor para fijar un punto al que encaminarse con rapidez, como si el tiempo del que dispusiera fuera escaso, avanzará en su recorrido.

Unos niños jugarán con los jinches en una plazuela.

¡Felipín!, ¡Macario!, ¡Antolín!

Los chavales se quedarán observándolo.

¡Mirad mis ovejas!

Los chicos no sentirán curiosidad por mirar el rebaño en la lejanía.

— …junto a la tierra de Honorio.




Te habrás arrimado a la lumbre para calentarte y con gusto no te separarías de ella en todo el día…

¡Uñas!, ven aquí con la pala —te ordenará el cortador.

Cogerás la herramienta reluciente y trotarás hasta escalar el frente de piedra.

Limpia todo esto.

Te quedarás mirando sin saber por dónde comenzar.

¡Andando!, que es gerundio —te dará una patada en el culo y empezarás a manipular la herramienta.

El capataz regresará al fuego y, después de repartir la tarea a cada uno de los canteros, se quedará solo por un momento en la lumbre. Antes de irse, arrimará un tronco para que se vaya quemando poco a poco.

Abandonar el fuego rojo para enfrentarse al viento gélido que baja por la ladera es un sopapo peor que los muchos que recibes a lo largo del día. Para que el frío no se apodere de ti, trabajarás con ahínco creyendo que cuanto antes acabes, antes podrás regresar al calor de la madera ardiendo. Pero no será fácil dejar despejada la superficie de la gran masa de granito. El hielo apelmazará la capa de tierra correosa adherida a la piedra. Incluso, pequeños corros de chaparros han logrado enraizar y atarse a las bolas graníticas. También habrás de retirar rajos que los mismos canteros han arrojado para despejar otros avances del corte. Tendrás que dedicar muchas horas hasta dejar limpia esa área en la que el picador piensa hincar sus cuñas con la intención de fragmentar el gran bloque.




Después de echar unas carreras sin sentido de un lado a otro, los niños buscarán a sus amigos y cada grupo comenzará a jugar a lo que más les apetezca. El patio es un corral rodeado de gruesas y altas paredes de un granito azul imberbe. Sus aristas cortan como navajas traicioneras y su contacto es igual de desagradable que el frío congelado que todos respiráis. En las zonas más alejadas, donde hacéis vuestras necesidades, hay varios zarzales que sobresalen por encima de la pared y dificultan el paso entre los bloques de granito que afloran en ese rincón de la finca. En el lado izquierdo van los chicos; en el derecho, las niñas. No os podéis ver, pero os oís.

Una niña desgreñada, vestida con ropa más fina y desgastada que la del resto, deambulará por el patio mixto. Mirará alrededor sin esperanzas de que alguno de sus compañeros la invite a que se junte con ellos. Estará igual de aturdida que helada; sus manos se ocultarán en sus brazos cruzados y pegados al cuerpo.

Enséñanos la jeta, Misieriña —le mandarán varios compañeros que la han sitiado.

No será la primera vez que la rodean. Aunque la han pillado de improviso, no se asustará porque ya sabe que el espectáculo cuyo centro es ella y el público, sus compañeros de pupitre, es breve y la humillación es otra más de las muchas de su miserable vida.

Venga, Misieriña, súbete la falda —la incitará el coro de voces infantiles, como si no supiera lo que tenía que hacer.

Túmbate —te sugerirán cuando ya hayas mostrado tu cuerpo sin bragas.

No soportarás el roce del gélido berrocal. Los niños, tanto chicos como chicas, se quedarán con la boca abierta y les gustaría que permanecieras por mucho tiempo así, abriendo tus piernas para mostrar tus partes más íntimas.

¡Ese frío no lo conseguirás sacar ya nunca de tus carnes!




Esa noche blandirá el hacha sin llegar a herir la madera de ninguna puerta. La manejará moviéndola en círculo, hacia delante; después, atrás. La tirará al aire y, dando vueltas, la herramienta caerá justo en la palma de su mano. La lanzará de nuevo para recogerla en esta ocasión con la izquierda. Estos malabarismos los realizará como si llevara una venda en los ojos, porque la oscuridad de las calles es casi completa.

No voceará; musitará letanías de las que ni él mismo será consciente. Avanzará con lentitud, dirigiendo la vista a cada una de las puertas. Adivinará quién vive, pero no sabremos qué pensamientos le cruzarán la mente en relación con las almas que, bajo unas mantas pesadas y ásperas (como la tierra que habrán de soportar cuando los sepulten), estarán en vilo. Aunque pudiéramos contemplarlo gesticulando y creyéramos que se dirige a alguien, nos equivocaríamos, ya que siempre emite fragmentos aislados, moviendo levemente los labios.

Habrá decidido introducir el hacha en la gruesa argolla suelta sujeta del cinto. La cabeza del arma la habrá colocado hacia atrás para no cortarse en un descuido. Del bolsillo del pantalón azul mahón sacará el paquete de tabaco. Tan solo le quedarán dos muy retorcidos. Prenderá el penúltimo y seguirá avanzando sin prisas. No sabremos cómo se siente. ¿El señor del lugar contemplado su heredad? ¿El filósofo pensando en la eternidad y en el sentido de esta miserable vida? ¿O quizá esté echando cuentas de las buenas mozas que velan solas y con las que le gustaría compartir lecho?




Todos os hablarán de la infancia de Hombrecito, porque los vecinos la conocen. Él no la recordará; de hecho, la habrá olvidado hace mucho tiempo. Os contarán detalles sueltos, pero no podréis haceros una idea de lo que vivió, porque él mismo desterró las experiencias y el escaso afecto que le prodigaron… Incluso, los testigos más fidedignos tan solo aportarán anécdotas que envuelven su niñez en las tinieblas de lo desconocido. Los que fueron compañeros en la escuela elogiarán su inteligencia y contarán cómo el maestro lo protegía bajo las alas de la sabiduría, para que no se contaminara con la manifiesta torpeza del resto de los alumnos. Él no necesitaba el recreo ni compartir los juegos brutales con los que se entretenían sus compañeros; tampoco había de soportar las miradas críticas y las sonrisas maliciosas de las niñas del patio de al lado. Con él sentado en la gran mesa compartiendo el mísero calor de un brasero de cisco, aplicado sobre su cuaderno o concentrado leyendo la enciclopedia, el maestro lo preservará de la contaminación ambiental en la que desdichadamente había nacido. En especial, con mucha admiración, os dirán que era extraordinario con los números, que su facilidad para el cálculo era asombrosa, teniendo en cuenta que el ábaco de todos los niños era los dedos con sabañones o los palotes para apuntar las que se llevaban, que ocultaban en los rincones más recónditos del papel.

Cuando los interminables recreos acabaran, los alumnos entrarían en la escuela con las trazas y la fatiga propias de una gran batalla librada en un campo blanco, cuyos proyectiles habían sido bolas de nieve y cantos, comprobando que su compañero ya se encontraba sentado en el pupitre más cercano a la mesa del maestro.




En las lomas resguardadas de las cárcavas se cobijaban unos majuelos de los aires fríos del norte y del oeste. Era la zona en la que con más prontitud impactaban los tibios rayos matutinos. Las parras despertaban con el suave aliento de la luz solar, dispuestas a vivificar. También se encontraban otras viñas perdidas en los recodos más alejados, estas al abrigo del gran berrocal que se erigía en fortaleza granítica. En este caso, el ambiente se atemperaba con la escasa pero agradecida humedad del río que descendía entre cañones de fulgurantes bloques de granito. En estas parcelas en las que el clima era menos riguroso, cultivaban vides para producir el suficiente vino que bebían antes de que se avinagrase. De escasa importancia material, eran sin embargo apreciadas por su valor afectivo. En ningún otro lugar hubieran puesto un vigilante para preservar de la mano ajena o de alimañas carroñeras tan escaso tesoro. Pero contaban contigo, desde que el anterior guarda los dejó. Te propondrán a ti, Erpio, hermano de Misieriña, que te encargues tú. Tan seguros están de que no te opondrás, que no se dirigirán a ti, sino a tu progenitor para exponerle en pocas palabras las ganancias que el cargo supone. Lo aceptará no por los pingües beneficios, sino por el placer de platicar con los hombres más respetables de la comunidad.




Te sujetarán la puerta de la taberna para que puedas pasar. Mirarás con cara compungida al que te abre la puerta, porque no lo reconocerás por la voz. Amagarás con unas palabras de gratitud, pero no te saldrá ningún sonido, por lo que le mostrarás una mueca de alegría por su solicitud. Recorrerás la barra entera, deteniéndote en cada parroquiano. Unos te saludarán; otros no dejarán la conversación que mantienen, como si tu presencia fuera una contingencia previsible a la que no merece la pena prestar atención.

Te sentarás en un taburete bajo y colocarás el juego de cachavas delante, juntando las dos para agarrarlas de la curvatura y apoyar tu peso sobre ellas. Estarás pendiente de los de dentro a ver si se dignan ofrecerte un cigarro que no tengas que liar o, llegado el momento, por si se acuerdan de invitarte en las nuevas rondas. Si no, solo te quedará el recurso de que otro cliente más rumboso entre en el establecimiento. Siempre hay algún potentado dispuesto a hacer gala de su generosidad, aunque los que tú conoces exigen como tributo que participes en sus chanzas durante un tiempo.

Venga, convida a Sinojales —ordena al tabernero el que invita.

Esta vez no se encuentra acompañado y tan solo departirá contigo para preguntarte por lo de siempre.




Será de las primeras puertas abiertas por la mañana. En esa casa no habitará un hombre con bestias que salga a labrar, ni un cantero que cargue con la herramienta camino al corte, ni un niño en edad escolar. La antigua cama de matrimonio será demasiado amplia para el esmirriado cuerpo de nervios y articulaciones que será Dosia. La luz —colándose por las goteras del tejado, los butrones abiertos por los roedores en el techo de tablas mal cortadas, o los huecos de las desajustadas ventanas y puertas— será el acicate para incorporarse, tras una noche en la que el sueño huyó de su cuerpo atormentado por dolores y fríos. Se pondrá la mantilla sobre el vestido de luto perpetuo con el que se acostó la noche anterior. Tomará la escoba de poleo y la pasará por el pasillo, de la puerta a la cocina, y las escasas briznas de la barredura irán al hogar. De la antigua cuadra del burro —hoy improvisado almacén— tomará un cesto lleno de los despojos que ha reunido: restos buscados en rincones y huecos donde la paja y otras hierbas secas hallaron refugio, o recolectados al azar, rebañando los almiares solitarios. Con ese combustible insustancial prenderá la lumbre, que se consumirá lentamente hasta mediodía, el tiempo justo para calentar el puchero con agua destinada a preparar sopas de ajo o, si hay suerte, unas patatas cocidas, ambos platos con una pizca de grasa obtenida quién sabe de dónde. Será la primera comida del día, tal vez la única, si no hay un mendrugo ablandándose en un tazón de agua. Así, entre el frío que la atenaza y un hambre ya domesticada, vivirá una jornada más. Su rutina tan solo se alterará si recibe la visita de un nieto o la del hijo, quien le llevará media azumbre de recio vino que, por una noche, aliviará la carga de su insomnio.





Llegarán al cercado donde cortarán la leña. En otras circunstancias, habrían examinado las encinas que se podían mochar o entresacar, evaluando cuáles eran las más idóneas para desmenuzarlas con el esfuerzo justo y obtener buenas cargas de troncos. En cambio, en compañía de la Máquina, lo primero que buscarán será localizar una piedra a modo de ara donde ensalzar y rendir culto a su nueva deidad. Reverenciada, rodearán el pedrusco observando desde todas las perspectivas posibles los detalles de la configuración de la mágica herramienta que había llegado para desterrar las antiguas hojas dentadas y las hachas rudimentarias. El mayor se acomodará en una piedra, dejando al menor que asuma la responsabilidad de su primera puesta en marcha.

¡Cuidado, Socio! —le rogará— ¡Que todas las precauciones son pocas!

¡No me pongas más nervioso de lo que estoy! —le recordará para que sea consciente de los riesgos que asume por ser el que se enfrenta a la Máquina.

Después de llenar el depósito y asegurarse de que no puede apretar más el tapón, rodeará la motosierra para inspeccionarla por última vez.

¡Santíguate, Socio! —le ordenará el más viejo, al percatarse de que se disponía sin más a tirar de la correa.

¡Apártate! —le sugerirá a su vez el más joven, como si temiera una explosión, un fuego, o que la Máquina comenzara a correr como una peligrosa bestia y pudiera atacarlo.

Tendrá que realizar bastantes intentos en los que el ánimo desfallecerá hasta que el motor comience a rugir. Lo tomará con la mano izquierda y, con la derecha, la empuñadura donde se encuentra el magno gatillo con el que la cadena comenzará a girar como una minúscula noria con diminutos cangilones cortantes.

¡Aparta! —le ordenará con una tensión incontenible al ir a posar la espada en el primer tronco.

¡Se la come, igual que si fuera manteca! —exclamará el espectador viendo la rapidez del corte.



El resultado de limpiar el lanchar no será del agrado del cortador. Casi todas las tareas que te confiarán tendrán que ser supervisadas. No será que no te esmeres, pero se te irá la cabeza olvidando las órdenes de cualquiera de los integrantes de la cuadrilla. Te mandarán demasiado.

¡Uñas, baja aquí echando leches!

Otra vez el cortador.

Reparte material.

Ese material que habrás de repartir serán los trozos cuarteados que los canteros han de labrar para tallar bordillos, rulas, peldaños…

Una pieza a cada uno —te recordará, como si se tratara de la primera vez que realizas el reparto.

Vale, eso está hecho —responderás convencido de que la tarea no será complicada.

Manejarás las piedras como si fueran troncos de madera. Las agarrarás de cualquier manera y las trasladarás al trote. No es de extrañar que se te caigan sobre los pies y que, como consecuencia, te hayas quedado sin uñas.

No, a mí no, que ya me has dejado un trozo —pronto te corregirán cuando hayas repartido varios.

Tráeme a mí uno —te reclamará el que aún no ha recibido.

Estarás deseando que te dejen tranquilo un rato; querrás tomar tu porrillo y puntero boto y golpear la pieza que el cortador te sujetó en tu taller. Buscarás sacar ratos muertos para conseguir un metro de bordillo. Tendrás las líneas señaladas con la pluma y procurarás tan solo devastar las partes que sobresalen de la marca. Esas escasas piezas, que el maestro o alguno de tus compañeros expertos te rematarán, constituirán tu jornal, que entregarás orgulloso a tu padre, al que pedirás unos duros para tomar una naranjada en el bar los domingos después de los oficios religiosos, y del que recibirás una galleta como recompensa.

Ya te daré la paga antes de misa —te replicará.



Pelotón 1


Será una tarde de domingo después del rosario. El sol impactará en vuestras caras de niños. Miraréis hacia ese punto luminoso en busca del terraplén, una barrera imperturbable que se extenderá atravesando todo el paraje. Su altura con respecto al camino por el que vais os proporcionará pronto sombra. Avanzaréis evitando el barro y las zonas encharcadas de esa parte húmeda del término. Habréis salido de vuestras casas antes de la hora prevista para recoger las vacas con la intención de pasar un rato jugando. Llegaréis hasta el puente por el que más tarde os dirigiréis al prado. Os quedaréis un rato en esa parte sombreada. Echaréis a suertes quién se queda con la maya. Le tocará a Muchacho Barriguitas, quien no se quejará de su mala suerte, porque siempre está de buen humor. Cantará del uno al cuarenta, diez por cada uno de vosotros. Abrirá los ojos cuando finalice. Mirará hacia los huertos, hacia los zarzales, hacia las paredes de piedras que circundan los cercados y, al no ver ningún movimiento, ascenderá hasta la vía. Se asomará al otro lado del terraplén para comprobar que los animales no se han escapado. Los verá cerca de la portera esperando que los suelten, pues ya no les queda hierba que comer. No les dirá nada, pero pensará: «Que se aguanten, aún no es hora de salir». Antes de descender en busca de sus amigos, mirará más allá del contorno próximo y divisará un hombre dirigiéndose hacia donde ellos se encuentran. Cuando se acerque reconocerá a Hombrecito Sindientes.

¡Que viene Hombrecito! ¡Que viene Hombrecito! —les gritará a sus amigos para suspender el juego y reclamar su presencia.

¿Por dónde? —le preguntarán incrédulos pensando en la posibilidad de que sea una treta de su amigo bromista.

Pero no será una chanza: todos contemplaréis la figura menuda de Hombrecito. Vendrá hablando solo, murmurando para sí frases incomprensibles, avanzando sin importarle dónde pisa, bamboleándose de un lado al otro del camino.

¿Nos cachondeamos? —propondrá Barriguitas creyendo que la diversión estará asegurada.

Los otros no se opondrán.

¡Viene Hombrecito!

Llega frito, frito,

como el gurripato

que se comió su gato.

Me cagüen, me cagüen

en tus narices

que nunca olieron

escabechadas perdices.

¡Viene Hombrecito!

Hombrecito.

Entonaréis la canción con la que todos los niños se dirigen a él para hacerlo enfadar.

¡Me cagüen en las narices! Como os coja, os mato —les gritará cuando oiga la canción, y estas amenazas las repetirá muchas veces a lo largo de la tarde.

Hombrecito, te apresurarás trotando como caballo desvencijado hacia el terraplén. Cuando estés próximo a ellos, les lanzarás terrones y piedras; algunas las llevarás en los bolsillos de la chaqueta de pana.

Al comprobar su reacción, vosotros, los niños, comenzaréis una desbandada repentina, por lo cual cada uno tomará un rumbo diferente, arrastrándose precipitadamente sin tener en cuenta los cardos, las zarzas, los rajos afilados…Correréis mientras oigáis las amenazas. El eco de su voz, rebotando en la pared de piedras y tierra compacta o en el túnel abovedado, resonará en la tarde brillante y calurosa. Cuando os reunáis, permaneceréis escondidos en silencio en la masa de encinas situadas en la parte alta del prado, mientras su voz se acaba perdiendo en las cárcavas desnudas que conducen a la llanura. Entonces recuperaréis el aliento y vuestro pulso volverá a su ritmo normal. El arrojo desaparecido mientras corríais regresará.

No dejaba de decir palabrotas y que nos mataría, si nos agarraba —dirá el más miedoso.

He visto que nos amenazaba con una navaja…

Subió por el terraplén y se cayó de culo —explicará el que iba más rezagado.

Entonces, después de comentar la retirada, os percataréis de que os habéis ensuciado la ropa, que las piernas están llenas de arañazos y tenéis en las manos espinas clavadas… Por último, anticiparéis la regañina de vuestra madre al contemplar el estado en el que regresáis a casa.

Hombrecito desaparecerá. Sus gritos atormentados perdurarán aún, pero ya no tendréis miedo, porque se habrán alejado hacia el abismo del fin de la tarde dominical.

Los días siguientes sentiréis temor a cruzaros con él por si os reconoce. Lo observaréis cautelosos, pero comprobaréis que esa aventura nunca ha existido porque Hombrecito no la recordará.




Recorrerás a media mañana el trayecto desde casa al bar. Avanzarás despacio, con un equilibrio inestable, a pesar de apoyarte en dos garrotas. La gorra parda te caerá hasta los párpados y te dejará los ojos entornados. Tendrás que levantar la cara para ver con quién hablas, si no reconoces su voz. Mostrarás una sonrisa complaciente, se trate de quien se trate. No dirás nada y oirás los saludos y las preguntas que te efectúen. Tus respuestas, para las cuales cambiarás el semblante alegre por la gravedad de un ilustre pensador que intenta resolver una trascendental cuestión, serán un gruñido inarticulado, difícil de interpretar en sentido positivo o negativo. Mirarás a tu interlocutor sin medir el tiempo, mostrando otra vez tu cara feliz, como la de un dios Pan… Seguirás tu camino y te sentarás en un poyo donde te alcance la luz templada. Siempre tendrás frío. La única prenda nueva en tu atuendo será el grueso abrigo abierto que llevarás puesto los meses invernales. El resto del año lucirás la misma ropa de pana. Debajo de la chaqueta, un jersey, aunque sea julio.

De una petaca negra echarás en una hoja minúscula de librillo un pellizco de briznas de tabaco. Con una destreza impensable, liarás tu primer cigarrillo del día. Dejarás en la punta una parte del papel sin nada, que arrugarás y después cortarás, dejando a la vista las hebras asustadizas que choscarrarás con el mechero de piedra, cuando consigas acertar con los golpes de la mano derecha sobre la minúscula ruedecita y la punta quemada de la manguera amarilla arda. La primera bocanada de humo expulsada te proporcionará un placer momentáneo, porque un ataque de tos te dejará lívido después de expectorar, con arcadas secas, flemas que escupes al lado de los zapatos sin cordones.




Hay días que tarda en amanecer. La madrugada se pone llorosa de humedad, de nieblas que devoran la escasa luz virgen que emana de las profundidades lejanas de mares desconocidos. Las piedras, las berceas y los chaparros están recubiertos por un inmenso manto blanco de estrellas de hielo. La tierra se ha endurecido encarcelando los minerales que rodaban libres en la superficie. Sinuñas, tú llegarás a la cantera antes que el cortador de la cuadrilla. Buena parte del camino habrás venido corriendo para sortear las ráfagas traidoras de gélido hielo, pero las manos las tendrás amoratadas de frío, porque no llevarás puestas manoplas. Por eso te las frotarás y las cobijarás debajo de las axilas y las sacudirás para conseguir que el riego sanguíneo alcance la punta de los dedos.

¿Qué haces parado? —te regañará el cortador cuando te contemple pasmado en medio de la cantera por ser incapaz de tomar la iniciativa de emprender la primera tarea del día.

¿No ves que no hay leña?

Tu cara hosca, Sinuñas, vibrará cuando te dé una patada en el culo para que vayas a la primera chaparrera que encuentres. Pisarás con garra los múltiples brotes ásperos hasta descuartizarlos. Con las manazas llenas de heridas moradas desmenuzarás las ramas y las colocarás en un haz. Con la navaja cortarás unos manojos de berceas que dejarás apoyadas en una piedra. Abrazarás la carga de leña y la colocarás en la cadera izquierda. Con la mano libre llevarás la hierba seca.

Mientras tú busques algo para prender, los otros integrantes de la cuadrilla llegarán al corte. Como saludo, te darán una colleja, te quitarán la gorra de fieltro y se la colocarán con la visera hacia atrás. El cortador deshará el haz y lo ahuecará, colocando la paja en el fondo. Sacará el mechero de gasolina y al abrir la tapa y frotar la piedra, lucirá una viva llama con la que lo prenderá. Antes de que arda, el intenso aunque breve olor a petróleo llegará a cada uno de vosotros, y os dejará dudando si os agrada o no.




Muchos no podréis dormir esa noche. No osaréis levantaros a averiguar lo que sucede. ¡De sobra lo sabéis! Oiréis los ladridos de los perros más alejados de vuestras casas que cumplen su cometido de desentrañar al desconocido que no se ha acostado. Los que acompañasteis a Ojosvivos lo habréis dejado solo. Llega un momento en que nadie está seguro a su lado. Es cuando exhibe el hacha que lleva colgada del grueso cinturón. Cuando empuñe el hacha, no coincidirá necesariamente con el momento en que esté más ebrio. No será fácil distinguir entre su sobriedad y su borrachera, porque nunca pierde el equilibrio ni la palabra oportuna en su discurso, siempre mesurado y ocurrente. Le gusta caminar por medio de las calles y deambulará por buena parte de los barrios. De vez en cuando, sin una razón determinada, comenzará a dar hachazos en las puertas traseras. Puede que solo dé uno o varios. No pretenderá destrozarlas. Nadie, mucho menos él, sabe por qué lo hace. No es ni siquiera una manera de desfogarse. Porque no grita, no ofende, no muestra odio… Tal vez eche de menos o rememore su mundo particular: Dinamarca y sus vikingos. Hay momentos en la vida de Ojosvivos en que piensa que es un guerrero nórdico. Sus ojos azules, de expresión fresca y profunda, son el único rasgo que podría identificarlo con esa raza, porque es un hombre más bien bajo y con una calvicie vergonzosa para cualquier soldado.




Hombrecito tiene un pasado, pero nunca lo recordará. Su ilusión será el mañana, el después. El ayer, o el antes, solo tendrá sentido cuando implique el presente, el hoy.

El otro lunes fui a la ciudad —contará a todos los vecinos—. Entré en una zapatería y la dueña me preguntó si me quería casar.

¿Cómo es eso? —Sentirán curiosidad—. ¿Has encontrado novia?

No. La mujer me dijo que conocía a una que, si le daban un millón, se casaba.

Después de conocer la condición para contraer matrimonio, comenzará una retahíla de lamentaciones por no poder reunirlo y alentará a todos los vecinos para que se unan, como si se tratara de una cruzada religiosa cuyo propósito fuera conseguir una novia para cada uno de ellos, sin importar que ya estuvieran casados o fueran mujeres. Para conquistar la Tierra Santa repleta de mujeres núbiles no será necesario embarcarse ni enfrentarse a un mar tumultuoso, sino seguir el declive del terreno hasta llegar a la llanura donde las mozas serán tan obedientes y abundantes como las espigas de sus campos de cereal.




La escuela de párvulos cuenta con un corral en el que los niños salen a jugar al recreo o esperan a que la maestra abra la puerta al comenzar la jornada escolar.

Entre la mesa grande de la profesora y los pupitres diminutos de los alumnos hay una estufa de metal con un largo tubo de hojalata maltratada que asciende hasta atravesar el techo raso y se pierde en un espacio desconocido. Nadie sabe por dónde expulsa el humo, o quizá simplemente apenas se enciende, porque tira mal.

Los niños visten pantalones largos y las chicas, unos calcetines que les cubren las pantorrillas. La mayoría lleva un grueso jersey de lana áspera; pocos tienen abrigos.

La maestra, aunque no sea la hora del recreo, al ver lo ateridos que están y sospechar que el frío y la humedad son más intensos dentro que fuera, los animará a salir y echar unas carreras para entrar en calor.




Los hermanos Sociedades se hallarán cortando leña en una de las hondonadas de la dehesa más occidental, donde el clima se suaviza al estar protegida de los malos vientos que azotan la zona. De los cinco, solo estarán el mayor y el menor; los otros tres, por una tontería, se han enojado y han dejado de ir por unos días. El montón de troncos que han logrado reunir no es muy grande para cualquier leñador normal, pero ellos consideran que es un milagro producto de la técnica moderna. Ese día han bebido más vino que de ordinario, mas la ocasión lo valía. Primero con el fin de animarse e insuflarse la valentía correspondiente para poner en funcionamiento la Máquina, como la llama el mayor. No se atreve a tocarla y deja al delfín que la manipule con una suavidad y unos modos que despiertan la admiración del más viejo por la maestría y buenas maneras del más listo de la familia.

La motosierra…, la motosierra…, la motosierra —repite para que su hermano se asombre con la palabra cada vez que le explica lo que hay que hacer con ella.

Pese a que los dos son fumadores empedernidos desde los diez años, no han sacado un pitillo por miedo a que explote la gasolina desde que trajeron la Máquina. Esas horas en compañía de la nueva herramienta han sido de una ansiedad difícil de soportar, pero no echarán mano del paquete de cigarrillos, como si les les fuera la vida en ello.

Habrán llegado a la dehesa caminando. Se habrán levantado muy temprano, porque no habrán podido dormir por los nervios del estreno. El menor ha echado la motosierra en la caja del carretillo y el mayor, con sumo cuidado, ha tomado del asa de metal el bidón de cinco litros con la gasolina, separándolo de su cuerpo lo más posible y caminando detrás de su hermano con el propósito de alejar el combustible del motor.

05/01/26

Mi abuela ha cumplido 120 años

 

Vive al lado de la carretera, cerca del arroyo. Es una casa de dos plantas. Todas las dependencias están muy recogidas y las divide un pasillo amplio que da al corral y la cuadra, donde mi abuelo tenía la borriquilla con la que se desplazaba al huerto o a las tierras que cultivaba. Nada más entrar hay a la derecha un dormitorio amplio, con un espacio destinado a peluquería; mi tía, de soltera, ejercía ese oficio. A la izquierda, la salita y la alcoba, donde duerme mi abuela. En la otra mitad de la planta, dos cocinas. La más pequeña, a la derecha y con hogar, era donde se curaba la matanza, y mi abuelo, sentado en una banquilla, reflexionaba durante largas horas contemplando arder las astillas; la de la izquierda, dotada de una placa bilbaína, la mesa camilla, sillas y sillón de mimbre del abuelo, era donde hacían la vida. Encima de su cabeza, en un pequeño estante, la radio en la que oía el parte, momento en el que toda la familia guardaba un silencio religioso. En la planta superior se encontraban los dormitorios de sus numerosas hijas, donde solían dormir con sus maridos aquellas que se habían marchado del pueblo al casarse.

Mi abuela es un espejismo empequeñecido de lo que fue en su juventud. Se conserva alguna fotografía de ella de esa época y se puede apreciar su sorprendente estatura. No aprendió a leer ni a escribir. Sin embargo, domina los cálculos matemáticos con soltura. Una de las tareas que me encomendaba cuando era niño era que acudiera a su casa a ponerle la muestra: su nombre claro y con letra grande, para que la dibujara en el documento que debía firmar. Siempre fue una mujer con calma, que supo llevar con paciencia los frecuentes ataques de asma que sufría mi abuelo y los berrinches serios que también se cogía por las contrariedades más nimias. Fue una reina del hogar, gracias a la ayuda de la corte de hijas que se dividían las tareas domésticas. Desde que murió mi abuelo y mis tías se casaron, hace mucho tiempo, vive sola.

De pequeño visitaba a mis abuelos con regularidad. Casi todos los días me escapaba del patio escolar durante el recreo para que mi abuela me diera unas galletas. Procuraba entrar sin que me viera mi tía peluquera, porque, si caía en sus manos, me lavaba la cara y los oídos, metiendo sus delgados dedos en los orificios y secándome sin contemplaciones. También acudía los días festivos a que me dieran la propina. No obstante, al crecer, mis visitas fueron cada vez más esporádicas. Cuando me marché del pueblo siempre les escribí alguna carta, que mi abuelo respondía a vuelta de correo.

Pronto me entró cargo de conciencia por no cumplir con este deber de visitar a la familia, sobre todo a partir de la muerte de mi abuelo. Me acordaba de mi abuela cuando andaba con los amigos por los alrededores. Entonces, me apartaba de ellos y aprovechaba la cercanía para realizarle una visita rápida que aliviara mi culpa. No duraban mucho y no intercambiaba demasiadas palabras con ella, pero, por lo menos, me dejaba ver.

Entre visita y visita transcurría mucho tiempo y cuanto más pasaba peor me sentía por olvidarme de mi abuela. Por eso, aunque fueran horas intempestivas, me decidía a ir a su casa.

Una vez más siento ese malestar. Descendemos por la carretera después de contemplar las estrellas desde lo alto del pueblo. Son cerca de las doce de la noche. Me acerco más que nada para comprobar que todo está en orden. Supongo que la puerta ya estará cerrada, pero no es así. Pienso que tal vez mi abuela se ha acostado y se le ha olvidado echar la llave. Abro la hoja superior de la puerta con cuidado de no hacer ruido para no despertarla. El pasillo está a oscuras, aunque cuando quito el cerrojo de la hoja de abajo, descubro un resplandor procedente de la cocina de la placa bilbaína.

Abuela, soy yo, Luisito… —le anuncio para que no se asuste.

Pasa —oigo que me dice desde la lejanía—. ¿Qué quieres? —se sorprende de verme a esas horas.

Nada. Solo quería verla a usted un momento —le miento, pues, en realidad, mi mayor preocupación es que no le haya pasado nada.

Me sorprende verla levantada y no sentada, entretenida, por ejemplo, con la costura. Trajina de un lado para otro sin que yo logre descifrar qué hace exactamente.

Lo que más temo son sus reproches, pero no me echa en cara que no vaya a verla. Tampoco descubro en su rostro una señal de alegría al verme. Me sorprende esta frialdad. Es más, tengo la sensación de que estoy interrumpiendo un momento de intimidad y que desea que mi estancia no se prolongue demasiado, pues no me ofrece una silla ni me saca ningún dulce.

Como casi no hablamos, inspecciono la casa a ver si está todo bien. Es verdad que el orden y la limpieza no son los mismos que cuando aún vivían mis tías, pero no encuentro detalles que me alarmen, teniendo en cuenta que habita una persona mayor. No ha abierto su cama en la alcoba y no hay cacharros olvidados en la cocina. No me explico cómo puede estar despierta tan tarde sin ninguna ocupación, pues ni siquiera se ve el cesto de la costura, ni la plancha, ni la radio, ni la televisión están encendidas. Deduzco, al comprobar que hay algo de lumbre en la cocina pequeña, que estaba sentada al fuego, tal vez pensando, como lo hacía mi abuelo. Aunque me quedo con las ganas de preguntarle en qué se entretiene levantada tan tarde, no me atrevo. No quiero que me confiese que se siente sola y que no le entra el sueño, aunque en su cara no hay indicio de esa soledad.

Una vez allí, no tengo prisa por reunirme con mis amigos. Me gustaría acompañar a mi abuela, pero no sé cómo justificar mi permanencia, pues la conversación es testimonial y obedece a preguntas y respuestas comunes. Aunque no percibo desasosiego por su parte, noto que mi presencia es artificial y forzada, y no deseo que la interprete como señal de que estoy preocupado por ella.

Bueno, abuela, me voy —termino despidiéndome—. Cierre la puerta, que ya no pinta nada abierta.

Ahora, cuando salgas —me responde con naturalidad y como si se fuera a acostar de un momento a otro.

Ya en la calle, espero para comprobar que me obedece. Cuando oigo echar la llave, me alejo. Me propongo venir a verla con más frecuencia, pues tengo la impresión de que no soy yo solo el que espacía sus visitas, sino también sus propias hijas y los otros nietos. Y, cuando menos lo espero, cuando estoy a punto de juntarme con mis amigos, me asalta una interrogante inesperada. ¿Cómo es posible que mi abuela siga viviendo en esa casa si la enterramos hace más de treinta años y, después de morir el abuelo, no quiso quedarse sola y se fue a meses con las hijas?






Pelotón de cola 6

  Tú sufriste las desgracias que acaecieron a los demás. Primero el accidente de moto de tu hermano. ¡Mala suerte! Se le topó él. No fue en...