31/03/24

El carnicero se echa un cigarro

Las vistas urbanas permanecen inmutables pese a las remodelaciones que de vez en cuando los ayuntamientos emprenden. Llevo viviendo más de treinta años en esta ciudad y puedo asegurar que las inmediaciones de la iglesia de La Asunción siguen igual que las vi la primera vez: las palmeras ya se erguían en su afán por emular la alta torre, en los bancos de metal se sentaban las madres mientras vigilaban los juegos de sus hijos, y los viejos a contemplar el ajetreo comercial de las calles del centro y de las tiendas de alrededor… Hoy la iglesia permanece intacta, y la plaza, con sus arriates verdes y sus bancos ocupados, son los mismos. Lo que ha cambiado es la frecuencia de los ritos religiosos que se celebran en el interior del recinto eclesiástico.

Estas reflexiones me surgieron después de la conversación que mantuve con el dependiente de una carnicería, cuyo establecimiento se ubica en la pequeña plaza situada al lado de la iglesia.

Había entrado en la biblioteca a dejar un libro que tenía en préstamo y a sacar otro. La mañana estaba gris, con una llovizna imperceptible que ensombrecía el cielo. Llevaba prisa y no quería desviarme para ir a la carnicería habitual en la que efectúo la compra, así que decidí entrar en una que había cerca, al lado de la iglesia. Las campanas doblaban y pensé que estaría a punto de celebrarse un funeral. Sin embargo, miré hacia la entrada lateral donde llegan los cortejos fúnebres y se concentran los deudos y amigos para esperar el vehículo que porta el féretro, pero se encontraba vacía.

Antes de entrar en la carnicería, como a veinte metros, vi a un hombre embutido en su bata blanca y con un gorro del mismo color. Con rapidez me percaté de que el carnicero había salido a echarse un cigarro. Por una parte, me alegré de verlo fuera porque eso significaba que me atendería sin esperas, pero, por otra, no me gustó que se estuviera echando un cigarrillo. Me hice a la idea de que el olor a tabaco impregnaría la carne. Al entrar en el local, tiró el pitillo a medio de fumar. El establecimiento no estaba vacío, como había imaginado. Otra dependienta atendía a una señora acompañada de su hija adolescente a la que despachaba productos que eran de la apetencia de la joven, como si fuera mala comedora y su madre solo pudiera ponerle en el plato escasos alimentos que eran elegidos con primor.

El carnicero pasó detrás del mostrador. Estuve atento a ver si se lavaba las manos o se enfundaba unos guantes. No adoptó ninguna de las dos medidas higiénicas, sino que tomó un trozo de carne de novilla que había pedido con la mano que antes sujetaba el cigarrillo. Me preguntó que sí me lo troceaba. Dudé, pero, con rapidez, pensé que, a partir de ese momento, la mano infectada empuñaría el mango del cuchillo y le dije que sí. Comenzó a trocear la pieza con una parsimonia que me pareció impropia de la fuerza de un hombre al que le faltaban pocos centímetros para ser un gigante de dos metros y con un corpachón frecuente en las personas que ejercen esta profesión. Me fijé en que el cuchillo estaba bien afilado y cortaba a la perfección. Sin embargo, se daba poca prisa y los trozos que descuartizaba eran en exceso grandes. Levantó la mirada y se percató de que lo observaba perplejo. Continuó su tarea con calma. Él se sumó a la conversación que la otra dependienta mantenía con la clienta habitual. Esta se interesó por los planes del carnicero, entendí yo, cuando se jubilara en unos meses.

Yo me voy a Benidorm con los del IMSERSO —le respondió alegre sabiendo que le faltaba poco para dejar su vida laboral.

Como dudaba si estaba siguiendo con exactitud el asunto de la charla, realicé un examen más meticuloso del individuo y concluí que era verosímil que el retiro llegara pronto.

Mi observación de su proceder continuó, sin saber el buen hombre cuál era la razón por la que no le quitaba ojo. Al terminar de trocear la pieza que le pedí, me preguntó si quería algo más. En mis planes estaba llevarme también carne picada, pero dudé. Tal vez debido a la atención que prestaba a ese hombre, decidí completar todo el pedido. Mientras me preparaba la carne picada, la cliente habitual y su hija se marcharon.

Estoy de las campanas hasta la coronilla —le dijo el carnicero a su compañera, como si yo no estuviera presente.


Después de la tensión mantenida mientras me servía, cuando finalicé la compra y le dije que pagaría con tarjeta de crédito, creí oportuno abrir la boca y no parecer un bloque de piedra.

¿Se ha muerto alguien? —indagué queriéndome congratular con él.

Que si se ha muerto alguien me pregunta… Aquí todos los días hay tres o cuatro entierros. Esto no hay Dios que lo aguante —me dijo con la cara descompuesta.

No me extraña —le respondí solidarizándome.

No tenía mucho sentido esa aproximación afectiva hacia su persona, una vez que, desde los primeros instantes de mi presencia en la tienda, tomé la decisión de no volver a entrar en ese negocio. No obstante, al conocer sus detalles personales, sentí que merecía un trato amable por parte de los clientes mientras se acercaba el final de sus días detrás del mostrador despachando.

Al salir de la tienda, las campanas continuaban con su toque lastimero y me acompañaron un buen trecho de mi recorrido. En esos momentos, mientras me alejaba caminando, cavilé en las circunstancias en las que bregaba, si era cierto que todos los días morían tres o cuatro personas. Entrar al trabajo o salir a echarte un cigarro para descansar y tomar aire, y estar rodeado de gente enlutada, que suspiraba y escuchaba las incansables y monótonas campanas doblando era deprimente. Este primer atisbo del malestar del carnicero dio paso a una comprensión aún más desoladora. He dicho que las ciudades no cambian. Es cierto en líneas generales. Sin embargo, los que sí nos transformamos somos los que vivimos en ella. Lo digo porque no me imagino que ese hombre hubiera podido resistir tanto tiempo con ese tormento. Con seguridad, hacía muchos años, cuando el buen hombre abriera su carnicería, en la misma plaza reinaría una animación similar, pero en vez de entierros, las ceremonias más frecuentes serían bodas, bautizos y comuniones y misas de doce con la plaza llena de feligreses endomingados y alegres disfrutando del día de descanso.

Sí, el alma de la ciudad, que somos los que en ella moramos, se muere, como se van muriendo sus habitantes, sin que se produzca un relevo generacional.

¡No me extraña el anhelo del carnicero de huir de esa plaza, de esa edad final, en busca de un Benidorm alegre y vivo!






No dejabas de mirar

 

No dejabas de mirar, estabas sola
Completamente bella y sensual
Algo me arrastró hacia ti como una ola
Y fui y te dije "hola, ¿qué tal?"

Gavilán o Paloma”, canción compuesta Rafael Pérez Botija



Estaba sola, apartada un poco adelante de la barra del bar, en las áreas iluminadas que cambiaban sucesivamente conforme giraban los focos de la pista. Aparecía por un momento y luego su zona quedaba en penumbra. Era como una diosa mulata, pequeña, sinuosa, con la cara triste de una niña castigada.

El miedo a que no estuviera allí en el próximo recorrido del haz de luces paralizaba al joven situado al lado contrario de la pista de baile. Parecía hallarse en una hornacina rodeada de botillería. A veces apoyaba una mano en la barandilla que separaba la zona alta de la barra del resto de la discoteca. En su mano mantenía un vaso alto del que sobresalía una pajita con la cual sorbía pequeños tragos. Para ello inclinaba la cabeza hacia la mano. Podía adivinar una raya que separaba las dos partes de su media melena negra. De nuevo el recorrido de luces la iluminaba un instante y podía comprobar que permanecía allí inmóvil, con la mirada perdida en la penumbra indefinida del local. Ese baile de luces y sombras confería al espacio una dimensión alucinatoria en el que la pequeña figura de ella, invariablemente fija, era un faro en el que posar la mirada del navegante perdido en el oleaje vibrante de la gente que llenaban el local. Cada vez que las luces iluminaban su cara y adivinaba su cuerpo, se sumergía en la zozobra de la pasión ciega; sin embargo, permanecía inmóvil e indeciso, con miedo a moverse y perder para siempre el fanal de su rostro melancólico.

Sabía el momento y cómo hacerlo. No era más que apartarme de mis compañeras con la disculpa de saludar a algún conocido. Todas éramos conscientes de que, aunque comenzáramos juntas la noche, al final cada una seguiría sendas diferentes: a veces era yo quien se separaba primero, otras veces, ellas. Elegíamos al chorbo que más nos interesaba, pues habíamos comprobado que era difícil encontrar el chico que más nos gustaba en un mismo grupo. Tan solo era cuestión de elegir, de descubrir quién era el más interesante. A veces, sobre todo antes, nos consultábamos para conocer el juicio que merecía el elegido, pero ya no nos era necesaria la confirmación o beneplácito: era tal la perspicacia que habíamos desarrollado, que pocas veces nos equivocábamos con la elección. En muchas ocasiones, era cuestión de esperar con calma a que en la rueda de pretendientes apareciera aquel en quien ya habíamos puesto nuestros ojos. Siempre era halagador para ellos sentirse conquistadores, pero a nosotras también nos gustaba, en ocasiones, tomar la iniciativa y mostrarnos descaradas, ya sea por el simple placer de cazar a la presa elegida o porque así marcábamos el momento en el que dejábamos de ser solo amigas charlando y comenzábamos la elección del chico más interesante. […]





Había salido con el deseo de ligar, de encontrar a una chica con la que calmar las olas de pasión amorosa que se desbordaban sin poder contenerlas. Finalizaba exhausto la semana y con la inquietud desesperante de los problemas de relación entre el personal de la oficina. Éramos muchos y todos con ganas de sobresalir, de ser mejores que el resto con el afán de promocionar. Por eso nos comportábamos como si estuviéramos en una competición en la que vencía el que más productos financieros colocara entre los clientes. Acababa agotado y con deseo de no sé qué, pero esperaba que la noche del sábado me relajara y me diera ocasión de divertirme para paliar las penurias laborables. Lo único positivo era que no me faltaba el dinero.

Antes de llegar a la sala de fiestas, me había puesto unos vaqueros ajustados y una camiseta que resaltaba mi prominente pecho y mis anchas espaldas, junto con una cazadora azul marino que ya me habían asegurado que me quedaba muy bien. Mi presencia no pasaba desapercibida, ya que mi altura superaba la media de los demás hombres. No me podía quejar de mi físico; sin embargo, casi siempre sentía frustración por no lograr llamar la atención de las chicas que me gustaban. En cambio, más de una vez tuve que rechazar propuestas de otras que se insinuaban. A veces, desesperado, cedía y entonces me sentía un miserable porque siempre me quedaba la amargura ácida de que se habían aprovechado de mí por no decir no.

El propósito de mis amigos cuando salíamos a ligar no era exactamente el mismo que el mío. A ellos no les importaba tanto la personalidad de la chica con la que se relacionaban, sino más bien la idea de «puntuar», como ellos decían. Algunos días la suerte estaba de su lado y la chica era más atractiva, mientras que otros días no tanto, pero eso les daba igual, siempre y cuando pudieran «puntuar». Yo no podía estar, incluso si lo intentaba, con ninguna mujer que no despertara mi interés, y este interés no se limitaba únicamente a su atractivo físico, sino también a su simpatía y naturalidad. [...]


A veces se aproximaba algún chico y le dirigía la palabra. La conversación duraba solo unos instantes, y los sucesivos pretendientes que la abordaban se alejaban, al igual que las olas que chocan contra la enhiesta roca. No dejaba de mirar a la pista y dar pequeños sorbos a su bebida. Ni tan siquiera se movía al ritmo de la música suelta que en aquellos momentos salía de los inmensos bafles. Era una pequeña diosa que aparecía y desaparecía y que poco a poco se empequeñecía y se disolvía en la penumbra oscilante del local. Eso temía el chico que continuaba observándola. Estaba convencido de que no podría mantenerse en su trono mucho tiempo, que alguien se la arrebataría o que ella se marcharía por no haber ningún motivo para continuar allí como divinidad a la que nadie reverenciaba. Era una comunión espiritual entre los dos: ambos se dirigían miradas que no se perdían en el caos lumínico que debían atravesar hasta enlazar con el fuego que ardía en los pebeteros de sus respectivos ojos. Sin embargo, el miedo a su rechazo, a que no atendiera a sus plegarias, paralizaba al chico. […]





Todas las noches eran idénticas. Ya lo había interiorizado y ahuyentaba a los pretendientes con la misma paciencia con la que espantaba las molestas moscas. A veces lo hacía de tal manera que no era consciente del rechazo. Solo aquellos que insistían o que sus proclamas eran más bastas, lograban despertar la conciencia con la que realizaba la operación de cortar sus aspiraciones. Sabía, porque ya lo conocía de sobra, las ventajas de algunas de las propuestas que recibía, pues el trato era más franco y no eran necesarios demasiados rituales para enlazar en un mismo cauce los deseos de esa clase de chicos y los míos, pero ya sabía el recorrido de esa relación. A veces arriesgaba por el simple placer de fracasar, de desilusionarme al creer que podría encontrar un amante diferente. No era fácil hallar a estos y las dificultades para establecer comunicación eran casi siempre insalvables. No se atrevían a insinuarse y a mí cada vez me costaba variar. Estaba cansada. Ya no era la mujer inconsciente llevada por el anhelo de encontrar el hombre ideal. Había perdido esa ilusión con el paso del tiempo, con la fatiga de soportar de pie muchas horas despechando cajas de pastillas, jarabes, cremas…; de estar toda la jornada atada a una bata blanca de la que no lograba apartar el olor a farmacia, a medicinas, a alcohol… Instintivamente me olía las manos y siempre se desprendía esa fragancia tan aséptica que mataba cualquier leve agitación de ternura que quedara adherida a mi piel. […]





Mis amigos ya habían encontrado a las chicas con las que pasarían la noche. Me alegré de que así fuera, pues me permitía vagar sin su presencia. Llegó un momento en el que desapareció la necesidad de ligar. Me sentía a gusto solo, observando a los demás y divagando sin obsesionarme con una idea fija. Esa soledad en medio de la multitud era una isla tranquila en la que contemplaba el ajetreo de un mar agitado en el que todos los demás se desenvolvían en busca de pareja o de una alegría bulliciosa. En esa calma, descubrí a la sirena misteriosa que desde el altillo de la barra contemplaba el mismo mar agitado que yo. Era un ser de una belleza inaudita que permanecía oculta a los navegantes que se afanaban por las aguas turbulentas de la pista o a los mariscadores de las orillas. No me podía creer que existiera tal perfección: su cuerpo menudo, sin embargo, era sinuoso en sus caderas y en su inmovilidad había una gracia irresistible. Solo podía adivinar su melena y un poco sus rasgos acaramelados del rostro, que juzgué como exóticos. Tal era su atracción que me paralizaba, al tiempo que me recreaba con esa imagen que se iluminaba y ensombrecía con un ritmo regular. Mi ánimo despertó de la atonía anterior y mostró el deseo de aproximarse a ella, de conocerla de más cerca, tal vez de atreverme a captar su atención, mas me era imposible mover las piernas para dirigirme a donde la chica aparecía y desaparecía. Con la discreción que proporcionaba la distancia y la multitud que me rodeaba, estimé demasiado pretencioso que ella también se hubiera fijado en mí y que no apartara la vista. Al fin, con una fuerza que no provenía de mí, me abrí paso con disimulo hasta irme aproximando. No tenía nada en las manos y creí que podía aprovechar a pedir algo de beber en la barra para llegar a ese punto estratégico a partir del cual establecer contacto. Por un momento juzgué ridícula la idea que me había formado de que yo despertaba su interés, pues ella seguía mirando la pista, pero, cuando pagaba la consumición, comprobé que se había situado a mi lado en la barra, aunque su mirada continuaba perdida en el centro de la pista de baile. Pude verificar que la beldad imaginada desde la lejanía se conformaba con creces de cerca. Sus ojos negros almendrados, su pequeña nariz de gata melosa y sus afrutados labios eran para desesperar a cualquier amante. Quizá era más baja de lo que había estimado al contemplarla encaramada en el saliente y yo estar en un nivel inferior, pero eso, si cabe, la hacía más tierna. Los dos nos quedamos en silencio, aparentado ser ajenos el uno al otro, esperando el instante y cualquier motivo para que nuestras caras se enfrentaran. [...]





Dos personas que miran juntos la inmensidad de la noche atrapada en una sala de fiestas acaban por decirse algo.

¿Quieres? —le ofreció la caja de Malboro cuando él iba a sacar un cigarro.

Gracias.

Aceptó un cigarrillo y esperó a que le diera fuego con su mechero dorado.

¿Qué tal? ¿Estás sola?

No, estoy con dos amigas.

Yo también ando con unos colegas.

No entraron en los detalles que explicaran las razones por las cuales no se encontraban en compañía de ellos.

¿Eres de aquí? —quiso saber él.

Sí.

Nunca te había visto antes.

Ni yo a ti.

¿Vienes mucho por esta discoteca?

A veces.

¡Qué pena no haberte conocido hasta este momento! —dijo galante él y ella sonrió sin realizar ningún comentario.

A todo esto, ¿cómo te llamas?

Pedro. ¿Y tú?

Paloma.

Los dos echaban caladas al mismo ritmo que se hacían preguntas, dejando pequeñas pausas que les permitían saborear el momento de sentirse juntos los dos, de adivinar las palpitaciones de sus respectivos cuerpos.

¿A qué te dedicas? —quiso saber ella, percatándose de que era una pregunta que diluía la felicidad de percibirse uno al lado del otro, pues suponía renunciar al éxtasis amatorio por miedo a que la pasión estallara demasiado pronto.

Los dos se relajaron al proporcionar información de sus respectivas vidas.

¿Quieres que nos sentemos? —propuso ella. [...]




Me sentía muy bien al lado de Pedro. Enseguida me di cuenta de que no era el lugar adecuado para hablar con él, porque sus palabras se diluían en el barullo, sin embargo, con su simple presencia me hacía muy feliz. Notaba un bienestar que me colmaba y deseaba que se prolongara indefinidamente, sin que pasara nada más. Solo escuchar lo que me decía y contarle cosas de mi vida. Me gustaba su sonrisa franca y sostenida; también, sus ojos comprensivos. A veces, cuando me hablaba de él, me perdía en la cadencia de su entonación serena y me hacía sentir el suave descenso en el tobogán de sus frases. Me gustaba su sinceridad. No percibí que adornara los detalles que me relataba con ínfulas, ni que se quejara de los sinsabores con más inquina que la necesaria para comprender su malestar, que no era diferente al mío o al de cualquier otra persona que trabaje. También me gustó que no necesitara abusar del alcohol para hablar con una chica. Se había pedido una pobre cerveza que se le estaba calentando. La tenía sobre la mesa y allí permanecía hasta que yo sorbía un poco de mi refresco y él también se la acercaba a la boca. Sus manos se movían al compás de sus palabras, sin resaltar en exceso su carga significativa y, cuando yo intervenía, las dejaba caer serenas. Estando con él, me percaté de que no me importaba todo lo que me rodeaba. No supe lo que hacían mis amigas, ni presté atención a los saludos de otros amantes. Solo estaba para Pedro, esperando que esa dicha se prolongara sin que llegara a su fin o que me diera sus manos para juntarlas con las mías. [...]




Supe pronto que Paloma sentía interés por mí. Sin embargo, mi satisfacción crecía en la misma medida en que mi cautela me alertaba de que me podía estar equivocando. Con esta inseguridad, sabía que lo mejor era esperar y no correr más de la cuenta. Por otra parte, ¿qué prisa tenía cuando estaba disfrutando de su conversación? Mis ganas de enrollarme con una chica eran similares a mi curiosidad y el hecho de que Paloma fuera farmacéutica me la había avivado, por lo cual la animaba a que se explayara relatándome los gajes de su oficio. Notaba escuchándola que mi deseo morboso aumentaba al saber que la chica se desenvolvía entre mejunjes que afectaban a los cuerpos y las mentes de las personas. También me regodeaba con la falsa inocencia que mostraba ante ella, al aparentar que no me percataba de su cada vez mayor interés por mí, mientras yo no daba muestras evidentes de que la correspondía. Me limitaba a contarle aspectos intrascendentes de mi vida que ella parecía percibir con un entusiasmo desbordado, que era su forma de decirme sin palabras que podíamos entendernos. Esta conclusión fue más evidente cuando me percaté de que yo no dejaba de soltar pormenores cada vez más personales, mientras ella permanecía con la boca abierta o sonriéndome sin confesarme nuevas interioridades. Fue un momento de excitación nerviosa, pues era consciente de que, si paraba de contar, debería abrazarla o tomarla de la mano y sacarla a bailar. [...]




La pista de baile se quedó en penumbra al tiempo que la caterva de luces encabritadas se escabullía en los filamentos de los focos del techo. Se produjo un silencio expectante en el público al oír la melodía melosa que invitaba a emparejarse a aquellos que se encontraban en el centro de la sala o a levantarse de sus asientos a aquellos habían esperado ese instante para abrazar a su pareja mientras se mecían con las cadencias aterciopeladas de las canciones de amor.

¿Bailamos? —le propuso Paloma.

Le dejó con la palabra en la boca, mientras ella ya de pie le tendía la mano para ayudarlo a incorporarse. Lo condujo hasta un lado del círculo en el que se proyectaban tenues haces de luz roja que caían en línea recta en el pavimento pulido. Le rodeó con sus brazos el cuello entregándose para que la atrajera hasta quedar los dos cuerpos juntos. Por un momento, se miraron a los ojos. Pedro tomó con naturalidad ese acercamiento, no como una invitación a gozar de la unión.

Abrázame —le susurró, cuando ella posó su cara contra su corazón.

Intentó con naturalidad ceñirla con ternura, pero era consciente de que la tensión de sus brazos no estaba vinculada a sus emociones. Mientras calculaba la presión y la extensión del contacto hasta sentirse cómodo, temía que Paloma notara su envaramiento. Fue la música, las voces de los cantantes que expresaban su pasión, y el cálido y tierno contacto de su cara, los que le hicieron entregarse sin ataduras ni miedos al después. Bailaban muy juntos, sin besarse. Los dos necesitaban ese abrazo para notar los estremecimientos que se originaban en las entrañas y recorrían la orografía de su piel. [...]




Notaba sus brazos ciñendo mi cuerpo y con sus manos recorría despacio mi espalda. Su contacto conseguía transportarme a un espacio mental vacío en el que mi pasión oscilaba sin que ningún obstáculo impidiera su desarrollo. Me arrastraba y me entregaba sin ser dueña de mí misma. Anhelaba que me besara y apoyar mis manos en su pecho para percibir su palpitar. Primero juntamos las caras y después nuestros labios se buscaron. Cerré los ojos para sentir el contacto ardiente de su saliva, mientras mi lengua recorría su asombrosa boca. Había besado a muchos chicos, pero en esos momentos los olvidé, como si él fuera el primer hombre al que me entregaba con toda mi inocencia. No me importaba lo que pudiera ocurrir después. Me conformaba con lo que vivía en esos momentos.

¿Quieres que demos un paseo? —le propuse cuando me di cuenta de que necesitábamos estar solos.

No le dije que si me invitaba a su casa o si quería venir a la mía. Al realizar la propuesta pensé en que me gustaría pasear con él por la ciudad, recorrer la alameda, sentarnos en un banco en la plaza a observar la luz de las farolas y contemplar el vagar de los noctámbulos, quizá entrar en cualquier garito de guardia a tomar algo y seguir charlando viéndonos al natural.

Ya fuera caminamos agarrados por la cintura.

¿Dónde vamos? —me preguntó.

Me gustaría que hubiera adivinado mis pensamientos, por eso no le sugerí nada. Los dos seguimos avanzando, con nuestros cuerpos apretados el uno contra el otro, deteniéndonos para besarnos. Había perdido la noción del tiempo mientras seguíamos deambulando por las calles sin rumbo fijo, sin embargo, disfrutaba de la compañía de Pedro y su sensibilidad despertaba mi pasión.

Hubo un momento en el que sentí vergüenza porque mi deseo no contenía las sacudidas que había de notar Paloma. Intentaba separarme para que cesaran, pero ella no parecía ser consciente de mi excitación o, en todo caso, no la molestaba, ya que no cedía su presión a mi cuerpo.

Cuando me propuso dar una vuelta, me sobresalté porque me preocupaba que el encanto de la discoteca que había facilitado nuestro encuentro desapareciera; además, me entró pánico pensando que en la calle, podrían desvanecerse los atractivos que Paloma había encontrado en mí. Sin embargo, no pude exponer mi reticencia porque el convencimiento de ella de que era mejor marcharnos era absoluto. La seguí y fuera, nada más despedirse del portero, me buscó la mano para entrelazarla con la suya. Ese contacto en la noche me hizo perder todos mis temores: supe que la Paloma de dentro seguía siendo la misma fuera. Pronto nos abrazamos y comenzamos a caminar sin un destino concreto. Nos dejábamos llevar por el trayecto hecho de las aceras que conducían a cualquier parte de la ciudad. Al ver un pub abierto le sugerí que si entrábamos. Pero ella, sin negarse, me hizo ver con claridad que prefería disfrutar de la libertad de la noche. Albergaba el temor a que nuestros abrazos acabaran por saciarla y que me tomara por un ser sin iniciativas, pero Paloma no daba la sensación de estar cansada de gozar con mi presencia. A veces, en el recogimiento que proporcionaba la frondosidad de un árbol, nos sentábamos en un banco y nos besábamos una vez más. Después, como si el camino que aúno nos faltaba por recorrer fuera largo, nos incorporábamos para continuar. La desorientación que había presidido nuestro deambular se fue disipando y fui consciente de las calles que recorríamos. [...]




La noche estaba serena. El silencio de la ciudad que duerme es placentero para los noctámbulos que se sumergen en sus calles y plazas vacías. Paloma y Pedro, arrimados a las paredes de los edificios, las recorren buscando inconscientemente distintos decorados en los que vivir su pasión. Su amor, apoyados en un escaparate, sentados en los peldaños de acceso a un portal o en los bancos para ellos solos, se exhibe ante los astros celestes que con su silencio son testigos de su felicidad.

No sabrán si en algún momento se pusieron de acuerdo para subir al apartamento de ella. Pedro se deja llevar. Al abrir la puerta y ver iluminado el interior de la vivienda solo con la luz del rellano, le despierta el mismo temor que adentrarse en una cueva oscura. Incluso, cuando Paloma enciende las luces, el espacio iluminado le infunde miedo. Los muebles que hay en el salón y la cocina, la disposición de los sanitarios en el baño, los colores de las paredes y las cortinas le causan un temor similar al que experimentaría al adentrarse en un paraje desconocido, donde podría surgir un sobresalto en cualquier momento. Se queda parado sin saber qué hacer mientras Paloma acondiciona su apartamento, apagando las luces del techo y encendiendo otras más tenues de lámparas que ocultan el espanto del espacio desconocido.

Ven —le invita tendiéndole la mano.

Pedro se deja arrastrar hipnotizado por la suavidad y ternura que transmiten sus dedos. Paloma le quita la cazadora y le ayuda a desprenderse de su camiseta dejando al descubierto su pecho, que acaricia con la mano subiendo y bajando sus pendientes. Lo besa deteniendo las caricias de él. Lo quiere por entero, desea amarlo, venerar a ese joven con la devoción íntima y egoísta de que es para ella sola. Por eso recorre su propiedad sabiéndose dueña. Lo hace despacio, verificando que cada uno de sus poros de esa piel tersa ocupa su lugar. Lo presiona y lo besa. Le manda dar la vuelta para inspeccionar su espalda. Se aparta un poco para contemplar la simetría de sus anchos hombros y de sus escápulas; deja caer al mismo tiempo sus manos por la cadera hasta que las detiene el cinturón, se lo desabrocha y le baja el pantalón y el calzoncillo. Como si fuera un bolo gigantesco y torpe ayuda a Pedro a que se siente en la cama para que se quite los zapatos y se saque la ropa que arrastra. Mientras él acaba de desnudarse, ella se desviste dejando a la vista las respingonas y descaradas tetillas. Antes de que sus manos las atrapen, Pedro las calma con sus cortos y espasmódicos besos, como si quisiera cumplir con cada milímetro de piel. […]




Una vez que supe que era verdad, que Paloma se entregaba y que los dos nos enlazábamos en una pasión desbocada, cerré los ojos deseando que ese amor transcendiera y se inmortalizara hasta convertirse en eterno. Aspiraba a que no finalizara o que yo muriera en esa experiencia. Los dos estábamos inundados de tanto amor que por nuestros cuerpos manaban fuentes de placer. Consciente, me impuse disfrutar con calma de esa dicha; sabiendo que el instante puede pugnar por convertirse en inmensidad temporal, retenía cada beso y eternizaba el deslizamiento de mis dedos sobre su piel. Le fui bajando muy despacio los pantalones.

Te necesito —no paraba de suspirar—. Abrázame más fuerte.

Es difícil explicar qué sensación me produjo este ruego, que no era la primera vez que me había repetido durante la noche, pero esa corriente transcendental que nos conducía a lo eterno, se detuvo inesperadamente. Nuestras miradas se quedaron fijas y sin que yo pudiera evitarlo le dije:

Estate quieta.

Me desembaracé de sus brazos al notar cómo la calidez se había transformado en frialdad y comencé a vestirme.

Adiós, Paloma —le dije cuando abandonaba su habitación.



29/03/24

Nadie lo esperaba en la estación


Estar sentado en la boca de una cueva observando cómo llueve o en un banco protegido por la cornisa de la estación de Francia de Barcelona es lo mismo. Es la sensación de estar resguardado de las inclemencias, ya sea la lluvia, el viento, el sol abrasador o la fría nieve. Pero, sobre todo, es la complacencia del tiempo muerto, en el que el transcurrir de los minutos, las horas y los días carece de importancia. No importa que no corra el jornal, porque no se necesita dinero para sobrevivir.

No sabía por qué estos pensamientos acudían con frecuencia mientras permanecía sentado en aquel banco que había terminado por pertenecerle. A él, un vagabundo, y a los que podía llamar sus compañeros. Los tres dejaban pasar el tiempo sentados, viendo las caras de los viajeros que llegaban y las espaldas de los que salían. Ese lado de la estación estaba resguardado de las ráfagas inclementes y del sol, que apenas rozaba sus pies con un calor suave en invierno y agradable en verano. Su perspectiva actual no difería mucho de la que alcanzaba a divisar desde la cueva en la que, a veces, buscaba refugio; otras, la soledad placentera que le alejaba de las preocupaciones diarias. Encinas, la vegetación rala, los esquilmados rebaños, la laboriosidad de las canteras que le resultaban molestas, las nubes errantes que unas veces venían de occidente; otras del norte, sin saber nunca qué camino seguir...

Desde la penumbra de la oquedad que las piedras de granito redondas habían formado, contemplaba aquel panorama. Escuchaba la lluvia caer, el ulular del viento, el grito sordo del hielo, el silencio blanco de la nieve. También las voces de los pastores maldiciendo a su ganado y a los perros que, con las orejas gachas, temían a sus amos; y los lamentos de los canteros, que maldecían el frío de las piedras y de los punteros que sostenían en sus manos. Nada de eso lo había olvidado, aunque su vida ahora transcurría en la ciudad. Había decidido no volver a ver las señales del arado en los campos, ni las praderas que alimentaban al ganado, ni los berrocales que destruían los sueños de los canteros.

Llegó a Barcelona porque, sin conocerla, intuía que le gustaría, pero, sobre todo, porque necesitaba alejarse lo más posible de su lugar de origen, para no caer en la tentación de regresar. Sabía que en esas tierras inclementes nunca sería feliz, al igual que sabía que a las personas que se llamaban su familia no les importaba. Cuando su madre murió, aguantó hasta la misa de los siete días. A la mañana siguiente, sin despedirse de nadie, fue a la estación y tomó un tren hacia Madrid. Apenas arrancó el tren, sin haber siquiera ocupado su asiento, abrió la ventanilla mientras cruzaban el túnel y arrojó la llave de la casa que nunca más volvería a habitar. En Madrid, tomó otro tren a Barcelona y llegó a la estación que, desde entonces, se convirtió en su nueva morada. Se sentó en aquel banco en el que, cuarenta años después, aún permanecía, observando el paso de la vida sin pasión, con la despreocupación pueril de la desgana y la certeza de lo absurdo de la ambición. Le resultaba preferible dejarse llevar por el suave transcurrir de las horas, los días, las semanas, los años, los domingos, las fiestas…

La estación era su hogar: en el banco pasaban las horas; dormían en una vieja caseta de guardagujas que nadie se había molestado en derribar cuando dejó de ser útil; los baños públicos servían para asearse, y conseguían el escaso sustento que necesitaban en los alrededores. Nunca sufrió el hambre feroz, ni el látigo del frío, ni el fuego inclemente del sol. La envidia no encontró un resquicio en su alma, y la lujuria, como un fuego sin leña, se extinguió. Podía asegurar que no se sentía solo, aunque las conversaciones con sus compañeros fueran esporádicas, pero con una continuidad que no tenía final.

Mariana fue la primera en ocupar el banco. Cuando él llegó, se sentó a su lado y ambos supieron que esa amistad sería para siempre. Germán fue el último en acercarse. Se acomodó en el medio, mirándolos a los dos como si pidiera permiso para ocupar su lugar. Ninguno respondió, pero al cabo de media hora, los tres sabían que no acogerían a nadie más, y que compartirían sus vidas por mucho tiempo.

Desde aquel primer día en que los tres ocuparon el banco, cada uno se sentaba siempre en el mismo sitio: Germán en el medio, Mariana a su derecha, y él a la izquierda. Rara vez se miraban entre ellos. Mariana se fijaba sobre todo en los zapatos y maletas de quienes entraban y salían; Germán observaba los rostros y los labios de los que hablaban, y luego les contaba fragmentos de las conversaciones que escuchaba. Él, por su parte, se fijaba en el cielo y anunciaba los cambios inminentes del tiempo, complaciéndose cuando acertaba y apesadumbrándose cuando fallaba, porque consideraba la meteorología una ciencia inalcanzable.

Casi nunca durante el día desocupaban el banco. Uno de ellos siempre quedaba de guardia para disuadir a extraños de sentarse. Ninguno sabía cómo los otros conseguían la comida o los andrajos que vestían, pero siempre compartían lo que tenían. Sin embargo, al ir a dormir a la caseta del guardagujas, no llevaban nada consigo, salvo los restos de comida que no hubieran consumido.

Así vivieron aquellos años felices, en los que su vida consistía en contemplar el incesante ir y venir de la estación, hasta que una mañana, después de un sueño más reparador de lo habitual, al dirigirse a su banco, descubrieron que había desaparecido. Solo quedaron las virutas de acero y los tocones de las patas serradas. Entonces comprendieron que su mundo había llegado a su fin.

No se despidieron. Cada uno tomó una dirección distinta. Él no quiso salir de la estación. Tomó el primer tren hacia Madrid y, cuando llegó, cogió el que lo llevaría de vuelta a su pueblo.

Nadie lo esperaba en la estación.


Cerrado hasta nuevo aviso


No llevaba mucho tiempo subido a la escalera apoyada en el poste ni gateando por el suelo en busca de las antiguas cajas del cableado telefónico, pero percibía con claridad que el trabajo era duro y que el oficio que había elegido no era tal como lo había imaginado mientras cursaba Formación Profesional. Nada de montajes industriales ni de cuadros inmensos de oficinas, nada de ferias comerciales en las que poner en marcha todo el sistema eléctrico. Lo único que había encontrado al poco de obtener el título era instalar fibra óptica por la comarca más apartada de la provincia. Con el paso de los años, el cableado estaba llegando a los rincones más recónditos gracias a las subvenciones y al deseo de los ayuntamientos de proporcionar oportunidades a los emprendedores locales y de atraer a jóvenes cuyo trabajo pudiera realizarse a través de una conexión rápida. Poco a poco, la gente sencilla de estas pequeñas localidades se animaba a solicitar esta nueva conexión. Solo hacía falta que uno de ellos lo hiciera para que los demás sintieran envidia y no quisieran quedarse atrás.

Aunque no se había hecho a la idea del esfuerzo físico que se requería ni de las complicadas posturas que debía de adoptar para trabajar, comprendía que era una falta de previsión que solo le atañía a él. Con lo que no contaba era con los conflictos con las personas. De ninguna manera se le había ocurrido que algo tan sencillo y neutro, como extender un cableado y poner los puntos de conexión, fuera motivo de conflictos y que buena parte de su jornada laboral la hubiera de dedicar a resolverlos. La persona a la que había que dar de alta en el servicio se obcecaba en meter el cable por donde quería, casi siempre por la parte de atrás de la vivienda para que el cordón no se viera y no afease la fachada principal, sin tener en cuenta las vueltas y giros que se debían dar hasta llevarlo por el lugar señalado; incluso, en casa, se empeñaba en que no se viera, sin haber instalado previamente una manguera en la pared por donde introducirlo. De nada valían las explicaciones serenas resaltando las dificultades, o la simple imposibilidad de realizar ese recorrido. En alguna ocasión, se había visto obligado a abortar la instalación, pues el cliente se enrocaba en su deseo y no había forma de razonar con él. Si hubiera sido empleado de la empresa encargada de prestar el servicio, este fracaso no habría importado, porque habría cobrado al finalizar el mes. Sin embargo, trabajaba por cuenta propia, y cobraba por cada acometida ejecutada, por lo que se veía obligado a irse sin obtener ninguna ganancia. Esto, el trabajar en balde, le ocurría también en otras ocasiones no a causa del solicitante del servicio de fibra, sino de los vecinos que no daban permiso para que el cable cruzara su propiedad o fuera fijado a la fachada de su casa. Poco podía intervenir en estos roces vecinales, porque era consciente de que asistía la razón a los que se negaban, y delegaba la resolución de los problemas al interesado en la fibra. Muchas veces, mientras ellos discutían, esperaba cruzado de brazos hasta comprobar si había visos de resolución o la negativa a conceder permiso era cada vez más clara y desistía de ejecutar el trazado. Las conversaciones entre los vecinos eran largas y no siempre se centraban en el litigio capital, sino que se perdían en absurdos preámbulos, exégesis que no venían al caso y en relatos no oportunos, hasta que de manera imprevista volvían a caer en el asunto que a él le concernía.

Todas esas adversidades las soportaba con un estoicismo que no era natural en un joven recién incorporado al mundo laboral. Hasta ese momento siempre había caído simpático a los compañeros de pupitre y a sus profesores. Decían estos que mostraba un grado de madurez superior al del resto de los alumnos. Nunca se le había visto discutir ni manifestar opiniones con acritud, como si estas fueran simplemente una de las muchas posibilidades para abordar un tema o resolver una controversia. No le importaba que al final sus ideas no fuesen tenidas en cuenta, aceptando aquellas que, por consenso, resultaban triunfadoras. Quizá, también, no creaba animadversión el hecho de que no fuera en exceso guapo o feo, ni alto ni bajo, ni de constitución fuerte o endeble. Con ligereza se contorsionaba entre la gente sin hallar obstáculos que le permitieran ser feliz. Con seguridad, el contratista con el que trabajaba también creyó que tratar con él no le causaría problemas y que no sería complicado convencerlo de que la razón siempre estaba de su lado. Algo parecido percibieron también las primeras personas a las que dio conexión a la banda ancha. Sin embargo, se percató de que la natural desenvoltura con la que su vida había transcurrido hasta ese momento no fluía entre los barrios y las fincas donde iba tendiendo los hilos marrones. No le importaba que no lo saludaran, que se sintiera vigilado desde que llegaba con la furgoneta por la mañana temprano hasta que se retiraba, ni que oyera, de espaldas y subido a la escalera, los murmullos sobre su persona de quines estaban de caraba, pero, cuando se negaron a orientarlo para llegar a la dirección que buscaba o le proporcionaron indicaciones incorrectas, percibió que su presencia resultaba molesta en la pequeña comunidad. No supo por qué razón se había producido ese rechazo. Por un momento llegó a pensar que no era él el motivo de su enemistad, sino el servicio que ofrecía, como si la ventana que iba a abrirse en el pueblo mostrara un mundo del que querían desentenderse. Sin embargo, no tardó en darse cuenta de que esa hipótesis les atribuía un grado de superioridad intelectual y moral que esos necios no tenían.

No se convenció por completo de que su presencia era molesta hasta que el dueño del único bar del pueblo tardó en servirle el café que había pedido. Al final, le acercó la taza con parte del líquido vertido en el platillo y mojando el azucarillo. No se atrevió a negarse, pero le quedó bien claro que no estaba dispuesto a atenderlo nunca más. No todos los días entraba a consumir algo, y si lo hacía era más para utilizar el servicio, y de alguna manera, confraternizar con los habitantes. Él mismo había explicado al dueño del bar quién era y lo que le llevaba allí, sabiendo que con tal de que se lo dijera a él, todos los demás se enterarían. Tal vez el origen de la animadversión que sentían hacia él se había originado en ese centro cívico abierto a todos los vecinos.

No obstante, el ritmo de las contrataciones de fibra óptica se mantuvo constante, por lo que no le quedaba más remedio que acudir a ejecutar las instalaciones que se solicitaban. Estuvo a punto de buscar alguna excusa para declinar los nuevos trabajos que le encomendaba el contratista, pero nunca se decidió a rechazar ninguno. Es verdad, que no eran fáciles de llevar a cabo y que había ocasiones en las que echaba la jornada en balde, pero, al final, estaba conforme con el sueldo que se sacaba, y albergaba la esperanza de que los encargos futuros fueran en otra localidad más amable y no tan alejada. Cada día que se aproximaba al pueblo albergaba la esperanza de que fueran vanas las sospechas de malquerencia y deseaba percibir detalles amables que confirmaran que se había formado una opinión falsa, pero transcurrían las horas y llegaba el final de la jornada sin haber percibido ninguna señal que le permitiera ser optimista. Más bien, lo que se encontraba eran adversidades que le impedían trabajar de manera eficiente: instalaciones que, aunque acabadas y funcionando a la perfección, dejaban de hacerlo a los pocos días sin causas aparentes, obligándolo a repararlas sin poder cobrar por estar aún en periodo de garantía; aparatos recién desprecintados por él, con olor aún a fábrica, resultaban dañados con inexplicables manchas negruzcas, como si los materiales se hubieran recalentado, que había que sustituir por otros nuevos.

En el trayecto hasta la localidad, mientras conducía, intentaba adivinar los contratiempos que se encontraría y siempre, al final, se hallaba con problemas que no había previsto. Su cuerpo comenzó a reflejar la angustia con la que vivía a través de desórdenes digestivos. A veces era en forma de diarrea; otras, con cortes de digestión que terminaban en vómitos secos.

Procuró que el sufrimiento con el que llevaba a cabo su trabajo no afectara a su rostro amable ni a su tono de voz sereno cuando conversaba con las personas con las que debía tratar. Si bien nadie le dio muestras de apoyo, sí que percibió en algunos síntomas próximos a la compasión, que, más que consolarlo, lo hundieron más anímicamente. Se trataba de un complot de toda una comunidad contra un trabajador, pues así se sentía él: no era fulano, con nombre y apellidos, sino una persona que desempeñaba un oficio con el que sacaba un jornal. No comprendía cómo había individuos que atentaran contra ese derecho sagrado a ganarse el pan con el sudor de la frente. Estas reacciones íntimas de rabia le dieron brío para no desfallecer y seguir llevando a cabo las instalaciones nuevas, aunque ya no pudo mantener la vista serena, sino que elevando la cara un punto más de lo normal, miraba desafiando a unos enemigos invisibles que lo acechaban. Enorgullecido por ese empeño en no ceder ante la opresión anónima, trabajaba con más ahínco y sacaba adelante las tareas con más rapidez y seguridad. Se cercioraba de que quedaran perfectas y de que funcionasen sin ningún fallo. Cuando se alejaba del pueblo al finalizar la jornada, se sentía satisfecho de su capacidad de reacción ante los infortunios.

Fue al salir del coche y cerrar la puerta cuando se dio cuenta de que una línea blanca se extendía ondulante en la chapa amarilla. Antes de que en su mente quedara claro que un malnacido le había rayado el vehículo, repasó mentalmente a ver si él mismo había realizado alguna maniobra arriesgada fruto de la cual la carrocería hubiera sufrido ese rasguño. Cuando llegó a la conclusión de que no había sido él, supo sin duda que el responsable se hallaba en el pueblo de cobardes que lo acometían sin dar la cara.

Estuvo una semana sin regresar al tajo. El contratista le metía prisa para que no se le acumulara el trabajo, ya que nuevas solicitudes de fibra óptica se iban amontonando en la mesa de su oficina. Se excusó diciendo que un lumbago le mantenía postrado en la cama casi sin poder levantarse. No sabía muy bien por qué mentía y por qué no quería de momento regresar al pueblo. Su mente era incapaz de hallar una estrategia diáfana de cómo solventar la parálisis que estaba padeciendo. Es cierto que le rondaba la idea de rendirse y de mandar al garete el compromiso de realizar las instalaciones, pero supo que no era esa la razón de esa atrofia en la toma de decisiones. Algo tenía claro, aunque no se aclarara por qué; sin embargo, intuía que cuantos más días transcurrieran sin prestar el servicio que reclamaban, mucho mejor sería para él. Al mismo tiempo, no pudo por menos que recapacitar a ver quiénes podían estar detrás de los destrozos que estaban sufriendo las instalaciones y su vehículo. El primer sospechoso fue el carnicero. A pesar de sus pocos habitantes, a su establecimiento acudía a abastecerse mucha gente de los alrededores, ya que sus productos cárnicos eran apreciados por su buena calidad. Los daños sufridos en su instalación acabada recientemenre no eran normales. Él fue de los primeros en solicitar el enganche, algo comprensible en una persona con un negocio tan boyante. No consideraba factible que él mismo hubiera estropeado su propia línea, ya que los daños sufridos en el equipo se habían producido en el salón de su vivienda, y resultaba extraño que alguien allanara la propiedad con el propósito de causarle desperfectos. Sin embargo, él estaba convencido de que los daños del aparato no podían achacarse a su escaso uso. Aunque no encontró ninguna pista que le condujera a considerarlo un sospechoso, no pudo dejar de pensar en él.

El tabernero era otro cuya figura arrogante, detrás del mostrador, se le presentaba a juicio, aunque él no lo convocara. Tampoco existía ninguna acusación explícita para considerarlo sospechoso, pero en su mente aparecía y desaparecía como el títere de cachiporra en un guiñol.

Tardó más tiempo en regresar de lo que había previsto y lo hizo aún sin una estrategia clara. Se presentó a media semana. Las peticiones de línea eran seis. Nada más que aparcó en las inmediaciones del bar, alguno de los solicitantes se acercó a él para saber si acudiría a realizar su acometida. Les dijo que de momento no podía asegurarlos cuándo se ocuparía de ellos, que había otros antes a los que atender. Lo cierto es que su intención era dejar postergado ese trabajo. No había motivo ni tenía otras ocupaciones que le impidieran sacar adelante los atrasos. Seguía estancado, sin encontrar una salida al atolladero mental en el que se sentía atrapado. Se movía por las calles con la furgoneta amarilla y se paraba junto a postes donde había cajas de conexión. Bajaba la escalera de la baca del vehículo y con ella ascendía haciendo ver que examinaba las clavijas, como si buscara una avería difícil de detectar. Sin ninguna razón desconectaba alguna de las líneas en funcionamiento sacando la punta del cable de la ranura en la que se hallaba incrustada. Reflexionó que mejor que proceder al albur, era desconectar alguna conocida a propósito. A esas alturas, sabía a quién correspondía cada uno de los hilos que manaban de esas cajas. Sin ninguna razón sacó el que daba conexión al ayuntamiento, dejándolo al aire. Se desplazó a otra caja y procedió como en la anterior. Con el destornillador aparentaba que ajustaba las clavijas, o que pelaba cables para introducir sus hilos en el hueco correspondiente.

No contaba con que el alcalde fuera en su búsqueda. El coche se detuvo detrás de su furgoneta. Lo acompañaba el alguacil. Le pidieron que bajara un momento, pero no descendió de inmediato, sino que tardó unos segundos hasta que finalizó la falsa conexión que aparentaba estar realizando. Sabía a qué se debía la visita, pero fingió sorprenderse por la avería que había dejado sin ningún tipo de comunicación al ayuntamiento. Se ofreció para revisar las instalaciones municipales, sugiriendo que el origen del problema quizá se encontrara allí, en lugar de en el cableado exterior. Demoró la revisión de las dependencias y procuraba transmitir que la solución no era fácil y que, tal vez, tardaría tiempo en dar con el problema. Ante tal eventualidad, el regidor se alarmó y, como forma de encauzar su cólera, comenzó a despotricar. Al principio el instalador no entendía muy bien los improperios, pero consiguió al final sacar algo claro. El alcalde sabía que se producían incidentes no fortuitos en la instalación del cableado. Incluso, estaba convencido de conocer quiénes lo boicoteaban, no obstante, carecía de pruebas para acusarlos. Se había resistido a denunciar los hechos en el cuartel de la guardia civil, pensando que si los más afectados por los daños, la compañía y su trabajador, no los habían aireado, no iba a ser él el primero.

El instalador dejó de mirar las cajas y de comprobar la integridad del cableado para escucharlo. No efectuó preguntas; fijaba los ojos en su cara para darle confianza de que se dirigía a una persona discreta. Hasta entonces no había advertido su rostro abrasado. Se trataba de un ganadero. Pese a que vestía ropa limpia, y seguramente haberse duchado para ir a despachar en el ayuntamiento, su cuerpo aún desprendía un olor intenso a cuadra. En su frente se podía percibir la persistente duda que flotaba en su mente, preguntándose si había sido una buena idea dedicar parte de su tiempo a gestionar los asuntos de todos los vecinos, considerando las numerosas tareas pendientes de su negocio y su familia. En esas horas de servicio público no podía evitar el mal humor, sobre todo si los problemas que se le planteaban era nimiedades, o en sus manos no se hallaba la solución. Parte de ese hastío también se debía a las malquerencias de otros vecinos que se sentían humillados por ser él el representante elegido por el pueblo, y no uno de ellos. El alcalde tuvo la fortaleza suficiente para proclamar el pecado, no así los pecadores. No quiso el instalador apurarlo para saber quiénes eran. No le sería difícil averiguarlo.

A última hora de la mañana, restableció la línea del ayuntamiento.

Pese a los sinsabores que padecía, no había sentido hasta esa mañana la comenzó de la punta del dedo anular de la mano izquierda, infectada con un hongo persistente, que pese al tiempo transcurrido y a los tratamientos aplicados, seguía manifestándose de manera sorpresiva, aunque se había percatado de que cuando se producían las molestias, era porque anunciaban una variación térmica inminente, o porque el nerviosismo se adueñaba de él. Se chupó el dedo para apaciguar el picor, mientras pensaba.

Uno de los que le habían metido prisa para instalar el cable era un joven que acababa de alquilar una casa. Le explicó las razones por las cuales le urgía disponer de conexión. Era un músico, un saxofonista. Le dijo con rapidez que, aparte de tocar en una banda de jazz, daba clases particulares por internet. Después de conocer a qué se dedicaba, lo observó con más detenimiento. Le había dicho que era argentino, un dato que no hubiera sido necesario aportar. Le calculó que sería por lo menos diez años mayor que él. También dedujo de manera intuitiva que no andaba sobrado de dinero y por eso creyó que él merecía ser el primero en instalarle la línea. El muchacho quedó muy agradecido por la diligencia del operario. Al despedirse esa mañana, acordaron que charlarían otro rato los días siguientes.

Se fue contento. No siendo la amistad superficial con el argentino, no había habido ningún otro suceso al que atribuir la razón de su gozo. Dejó que el bienestar que lo inundaba rezumara por todo su cuerpo.

Los días siguientes se dedicó con arrojo a sacar adelante los atrasos, casi olvidando por completo el enojo sufrido con anterioridad. Cuando volvió a encontrarse con el argentino, no fue por casualidad. Apenas lo saludó, le contó que le habían arrancado el cable; no es que lo hubieran cortado, sino que parecía como si lo hubieran enganchado con un gancho, o una soga con contrapeso, y tirado de él hasta arrancarlo de cuajo de sus sujeciones. Lo acompañó a ver los despojos sin decir palabra, dejando que el extranjero se desahogara. No necesitó mucho tiempo para corroborar la hipótesis sobre los destrozos: sin ninguna delicadeza habían tirado del cable, no por la punta, sino por la mitad del tendido. Con aparente calma reparó la instalación sabiendo que quizá no se mantuviera intacta mucho tiempo.

Le sorprendía a sí mismo esa pesada cadena de tranquilidad que le permitía soportar las calamidades con un estoicismo al borde de la claudicación, sin aparentar la preocupación que en realidad sentía. También le asustaba, porque en ese oasis de concentración serena se gestaba una venganza que podría escapársele de las manos. Sabía que la materialización tardaría en llegar; no obstante, estaba seguro de que era inevitable. Lo que más temía era la improvisación, pero asumía que no sería capaz de llevar a cabo una planificación meticulosa que previniera efectos no deseados. Este temor, quizás, le paralizaba hasta hallar la forma precisa de resarcirse de todo el mal que le estaban causando.

Volvió a encontrarse con el argentino al día siguiente. La línea funcionaba, pero le notó en alerta ante un peligro inminente. En la charla que mantuvieron, le explicó que se había empadronado en la localidad y que ya era un vecino más, que tal vez no era bien recibido por todos, pese a que la alarma de despoblación por esa comarca se había encendido desde hacía varios años atrás. No le había hecho falta vivir mucho tiempo en el pueblo para enterarse del enfrentamiento existente. Le confirmó al instalador lo que él ya sospechaba. A una parte de los vecinos, encabezados por los propietarios de negocios —quienes siempre habían ocupado el cargo de alcalde—, no les agradó que en las últimas elecciones un ganadero fuera elegido por amplia mayoría. Lo consideraban un intruso y lo insultaban para resaltar su incapacidad para gestionar la administración municipal, diciendo de él que malamente sabía echar una firma. Conociendo las líneas generales del conflicto, no fue complicado enterarse de más detalles del enfrentamiento, en particular, de lo relativo a lo que a él le concernía. Las ayudas para trazar la nueva línea de fibra óptica habían sido solicitadas por la actual corporación, y el exalcalde y los antiguos concejales no aceptaban que tal logro no hubiera sido cosa suya. Por eso, sin pruebas claras, para muchos era evidente que, tras los desperfectos del nuevo cableado, eran obra de los anteriores gestores municipales, quienes habrían intentado boicotearlo.

Al instalador no le interesaban estas trifulcas personales, pero era él quien pagaba las consecuencias del enfrentamiento y no podía quedarse sin hacer nada. Sin embargo, una voz prudente en su conciencia le avisaba de que faltaban pocos días para completar su tarea en la localidad, y que allá penas se las arreglaran como pudieran. No obstante, un prurito de dignidad personal le empujaba a no aceptar la derrota sin haber asestado algún daño a los causantes de los sinsabores pasados.

Recorrió despacio las solitarias calles con su furgoneta. De algunas puertas o ventanas asomaban cabezas para escrutar el vehículo, pero comprobando que no era un vendedor, regresaban a la oscuridad del portal.

En la carnicería, situada a la entrada del pueblo, había varios coches aparcados y pensó que el carnicero se estaba poniendo las botas a vender. Se detuvo delante del poste en el que se encontraba la caja de la que nacía la conexión que daba línea al establecimiento. Subió con rapidez por los escalones marcados en la viga de hormigón y con un rápido movimiento de llave desbloqueó la portezuela y, sin aflojar el tornillo, tiró del cable. Desapareció de allí dirigiéndose a la carretera para marcharse del pueblo. Mientras conducía se regodeaba e imaginaba la reacción del carnicero cuando se percatase de que su conexión no respondía. Su placer se incrementaba al saber que ya no sería él el que reparase la línea, pues el periodo de garantía había vencido y tendría que ser otro profesional el que acudiera a solucionar la avería. Que sufriera en carne propia las incomodidades que otros habían padecido, se atrevía a articular mostrando con sus labios una sonrisa de venganza consumada.

Pasó un día entre medias antes de regresar. Tenía que realizar la que tal vez fuera la última línea. Como ya hacía con frecuencia, se dio una vuelta por el pueblo observando el tendido del cordón y comprobando que no había anomalías visibles. Al pasar delante de la carnicería, salió el propietario y con un genio de mil demonios se quejó de que tardaran tanto tiempo en arreglar su línea, pensando que era el instalador el encargado de restablecer la conexión. Lo desengañó de manera pacífica. Ya no le incumbía a él y, además, no podía meter mano en las instalaciones de la compañía. Lo que tardaran en venir a solucionar el problema no era asunto suyo, y le animó a que no desistiera de llamar para meterles prisa. Cuando se quedó solo, una vez más se dibujó una leve sonrisa de satisfacción en la cara del joven.

No tardó en tender el cableado de la nueva cometida. La línea salía de la misma caja que daba servicio al bar. Durante el breve tiempo que le llevó finalizar la última conexión, le tentó la manera de escarmentar también al cantinero. Recordaba de una de las veces que había ido a tomar algo al bar, que le oyó quejarse a otros clientes de que arrastraba dolencias persistentes en una de las rodillas y de lo mal que funcionaba la Seguridad Social, pues estaba en espera desde hacía casi un año para operarse. A unos metros se hallaba la caja de conexiones telefónicas. Descendió y sin quitarse la faja de las herramientas, se introdujo en el coche. Calibraba la oportunidad y el riesgo que corría si llevaba a cabo la idea que se le había cruzado en su mente. Lo que más le remordía era aprovecharse de la red telefónica para realizar el plan: era una intromisión que quizá no se perdonaría, no porque albergara temor a que lo descubrieran, sino por una simple cuestión de ética profesional. No quiso prolongar la duda. Sin tomar su escalera, ascendió por los estribos finos de acero clavados a ambos lados del palo hasta llegar a la caja. No tuvo ninguna dificultad en identificar el cable negro que venía de la fachada del bar. Tiró un poco de la punta hasta averiguar cuál era la conexión que buscaba. Conectó el cable del teléfono de obra que portaba y llamó. No lo respondieron hasta que el timbre sonó varias veces. Al final, al otro lado, descolgó el auricular una mujer a la que se dirigió preguntando por el cantinero. Este se puso y le notó en el tono que estaba muy ocupado. Simplemente le comunicó que el lunes de la semana siguiente debería ingresar en traumatología para proceder a la operación programada.

No sabía con qué criterio juzgaría pasado un tiempo lo que acababa de hacer, pero, en esos momentos, se sentía bien. Había conseguido realizar lo que creía que era su obligación. No podía ser que los provocadores se salieran siempre con la suya y que no recibieran el castigo acorde a su fechoría. Incluso, juzgaba que lo que había hecho no dejaba de ser una venganza pueril y que se merecía algo más fuerte, pero se consoló pensando que por lo menos probaría una pizca del sabor del escarmiento.

Como no estaba seguro de que la llamada con el aviso del ingreso hubiera resultado verosímil, el lunes, a primera hora, se presentó en el pueblo con el único propósito de verificar si el engaño había dado sus frutos. Antes de llegar se cruzó con un coche que no era el del tabernero, pero le pareció verlo a él en el asiento del copiloto. Se dirigió al local y sin bajarse pudo leer el cartel que ponía: “Cerrado hasta nuevo aviso”.

Mientras recorría las calles camino de la carretera, respiró con satisfacción y supo que quizá no regresaría nunca más a esa localidad apartada.





Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...