22/12/23

15. OTRA COPA MÁS

 

15. Otra copa más

 

—Danos otro licor de manzana —ordenó seriamente Celestino al vago camarero. No consultó a sus compañeros si les apetecía, cargando a sus espaldas la responsabilidad no solo del posible efecto del alcohol en su cuerpo, sino asumiendo el compromiso de relatar los secretos mejor guardados de la facultad.

El barman, ante la perentoriedad de la exhortación, reaccionó de modo más raudo que la primera vez. En un acto de suprema generosidad, vertió el licor en una segunda copa limpia, retirando discretamente el servicio del café para que no se les acumulara la vajilla en la porción de barra que ocupaban. Las partidas de mus habían finalizado y únicamente permanecían en el local ellos y un grupo de jugadores que, aun habiendo concluido, seguían debatiendo los lances de las jugadas claves. Hasta que no hubo servido y pagado la nueva ronda, no se reinició la conversación. Celestino consultó su reloj de pulsera casi sin mirar, sacando la conclusión de que, por la hora que era y porque la relación con el inspector no debía prolongarse ya mucho más, era necesario ir directamente al grano. Y no solo porque se estaba haciendo tarde sino porque se había percatado de la lentitud y parsimonia con la que el policía iba planteando los temas. Ese Escaleras Arriba le resultaba afable, pero lo poco y lo mucho desagrada y, con los pies en la tierra, era consciente de que la incipiente simpatía y trato con ellos no podía ir más allá de lo que había ido.

Arturo, en cambio, dejaba hacer a su compañero. Aquel hombre inmutable no se alteraba. No se opuso a tomar otra copa ni su gesto varió un ápice cuando el otro les ofreció un rostro adusto y fruncido ante la seriedad que prometía la conversación. Incluso se recostó apaciblemente en el mostrador esperando a que su colega iniciara la transcendental confesión, adoptando una actitud un tanto escéptica y reservada, como si de antemano supiera lo que iba a soltar su vehemente amigo.

 —Antes de nada, me interesa dejarte claro —comenzó el profesor, dirigiéndose al inspector— que lo que diga aquí no debe saberse oficialmente. Es decir, no deseo actuar como testigo en el hipotético caso de que esta declaración sea oportuna en un proceso judicial. Y esto me lo debes prometer con todas de la ley. No creo, en cualquier caso, que lo que te vaya a contar esté relacionado con las causas por las cuales se lo han cargado, pero, si por casualidad sí lo estuvieran, a mí no me metas en este berenjenal y tú busca la forma de justificar la información. ¿Está claro?

El inspector no fue demasiado explícito a la hora de prometer las seguridades que requería el universitario; no obstante, sus gestos indicaron que ¡por Dios, faltaría más, eso ni se plantea!, otorgando la confianza suficiente para que el otro cantara.

—Como habrás adivinado por lo que se ha comentado de Eustaquio, se encaprichaba de muchas alumnas con suma rapidez. No había muchacha que asistiera a su clase que estuviera buena a la que no le tirara los tejos. Eso sí, era muy discreto y fino en su acoso. Aprovechando sus cualidades en las relaciones sociales, en su derroche de simpatía, en su facilidad de palabra y en la sencillez de su plática, poco a poco, iba envolviendo en sus redes a las más guapas. A veces, incluso, se acercaba simultáneamente a varias estudiantes, llegándose a establecer una lucha velada para ver quiénes de ellas lograban captar más su atención. Como le aseguraba uno de nuestros colegas a Eustaquio, medio en broma medio en serio, «si es que te acosan por los pasillos como si fueras un playboy». Y era verdad. Eustaquio, cuando no impartía sus escasas clases, estaba rodeado de una multitud de seguidoras, ávidas de hablar y reírse con él. Era capaz de mantener una conversación coherente al mismo tiempo con cuatro mujeres, hablando cada una de un tema; para todas ellas tenía el dicho ocurrente, la afirmación incuestionable, el chiste que despertaba la sonrisa admiradora. Dejaba a unas y otras lo rodeaban. Él, imperturbable, sin mostrar desánimo, se detenía e iniciaba un nuevo diálogo, alardeando de una memoria encomiable al recordar a pie juntillas otras charlas anteriores que salían a colación de nuevo. Siempre preguntaba por los asuntos que adivinaba eran preocupación para cada una de ellas. Las animaba con palabras sinceras y las piropeaba con un detalle distinto cada día…

Celestino dejó de hablar y bebió de la copa. Los otros dos realizaron el mismo gesto y esperaron, sin despegar los labios pringosos del licor, a que continuara su discurso. Antes de hacerlo, el pequeño profesor examinó lo que había a su alrededor, como si temiera que algún extraño se hubiera colado de rondón y pudiera escuchar la confidencia. Dedicó otra mirada al camarero y, al verlo subido en su atalaya oteando atento la televisión, se concentró para retomar el hilo de su disertación.

—Te hemos comentado que Eustaquio era un hombre simpático dentro de los ambientes un tanto claustrales de la facultad. ¿Cómo eran juzgadas estas relaciones licenciosas de Eustaquio con sus alumnas? Es difícil valorar la opinión de los demás. Desde un punto de vista meramente ético, incluso penal, no había ningún aspecto ilegal, porque casi todos los estudiantes superan con creces la mayoría de edad. Probablemente, por eso en público nadie sostenía una crítica, aunque tan solo fuera irónica y distante. ¡Allá cada uno con su vida! Y, hoy día, cuando no se perturba el orden penal, el ético se soslaya con facilidad, reduciéndose a algo personal e íntimo. Sin embargo, nadie puede cerrar o, mejor dicho, debería hacer cerrado sus ojos ante un asunto referente a la ética profesional, según la cual no es aceptable una relación amorosa entre profesores y alumnos, de manera general, si bien siempre puede haber casos particulares. Por cierto, yo afirmo que no son tan escasos, pues cada vez se conocen más parejas de profesores y alumnas, no al revés; es decir, alumnos con profesoras. En el caso de Eustaquio no se trataba de una relación esporádica y única, sino que mantenía varias al mismo tiempo y a lo largo de todo el año…

Arturo lo miraba un poco sorprendido, como si expresara extrañeza ante algunas afirmaciones exageradas. Con todo, no se atrevió a corregir a su colega o a manifestar su particular valoración.

—Otra cosa era lo que se opinaba en privado o los escuetos comentarios que de vez en cuando se dejaban caer en las pequeñas reuniones con gente de más confianza. Ahí, la cuestión variaba sensiblemente. Pero ninguno nos atrevíamos a no tratar con Eustaquio, sabiendo que era un cabroncete. Reíamos sus chascarrillos y charlábamos con él amigablemente, porque en el fondo su trato era muy agradable. Sin embargo, yo sé por alguien que conoce no pocas de sus travesuras donjuanescas que Eustaquio en este tipo de asuntos se aprovechó de su posición ventajosa como profesor para conquistar a alguna alumna. Y de una manera bastante poco elegante, diría yo, aprovechándose de las debilidades e inseguridades de sus víctimas…

Cuando soltó esto, aspiró hondamente una bocanada de aire, como si hubiera sentido un profundo alivio y, acto seguido, bebió el almibarado licor. El inspector Escaleras lo miraba sin pestañear, dando tiempo a que continuara hablando. Le parecía muy interesante esa información, pero se trataba del principio. Muchos pormenores descritos de los anales diarios de la vida docente le podrían aportar una clave con la que poder mover su investigación. Los tres permanecían inmóviles, esperando a que acabara de revelar algo capital. Aun así, Celestino, atusándose los escasos pelos rebeldes de su crecida calvicie, no mostraba interés en abrir la llave del grifo con el propósito de que el chorro verborreico fluyera libre y cantarín.

Cuando menos lo esperaba el inspector, intervino Arturo.

—¿Te refieres al caso de Zulema? —le preguntó al mismo tiempo que su mirada se fijaba en la de Celestino, que esbozó una diminuta sonrisa. Sus finos labios se apretaron formando una presa o una línea de contención del aire.

—Zulema y otras que no son Zulemas. ¡A ver qué te crees tú!

—Yo no me creo nada; solo lo que se comenta —le replicó Arturo, reconociendo que a él esos gazpacheos le traían al fresco.

 El inspector, cuando notaba que la conversación lo excluía, se sentía acongojado. Y quizá no solo porque la información que recibía era borrosa y oscura como nube negra preñada de agua, sino por la sensación de desprecio y respeto con que era tratado, relegándolo a un segundo plano.

 Celestino, con excelentes dotes psicológicas, se percató del malestar y el retraimiento del policía y procuró ser condescendiente con él.

—Zulema fue una de las conquistas más sonadas y celebradas por Eustaquio en la universidad desde que lo conozco. Esta jovencita era muy buena. Cuando eso sucedió estaba en cuarto de carrera y en los cursos anteriores había sacado unas notas excelentes. La muchacha tenía un talento reconocido por todos sus profesores. Además de estas cualidades académicas, era muy agradable y simpática con todo el mundo, tanto con sus educadores como con sus compañeros… No era el caso típico de alumna de Bellas Artes. Era modosita, con un alma cándida, a pesar de llevar cuatro años estudiando; no hacía ostentación de una forma de vivir estrafalaria y bohemia, como suelen mostrar nuestro alumnado y alguno de los enseñantes. Vestía con cierta elegancia y estilo. A la hora de pintar era ordenada y limpia, su bata impoluta se asemejaba a la de una farmacéutica más que a la de una pintora. Hablaba sin esos dejes pasotas y coloquiales de sus camaradas de aulas. En la cafetería, como mucho se atrevía a tomar algún café con leche, si bien su bebida habitual eran los zumos. No fumaba y en sus labios siempre había dibujada la flor de una sonrisa. Su pintura no se aproximaba a las producciones desgarradoras y terroristas de la generalidad, no obstante, tampoco se podría afirmar que fuera clásica: en ella primaba el efecto colorista y la luz sobre la composición misma. En fin, era un primor de muchacha. Digo «era» porque este año ya no está matriculada. Sin embargo, me he encontrado con ella en la calle y hasta he visitado alguna exposición colectiva en la que exponía algún cuadro… —Celestino hizo una breve parada y continuó—: Pues de esta chicuela tan estupenda se encaprichó el bueno de Eustaquio. Cómo se produjo la conquista no viene al caso, a pesar de que algún detalle o jugada me han comentado. Pero, para que te hagas una idea exacta de la situación, te diré que esta moza mantenía una relación formal con un novio casi desde que era pequeñita; no solo formaban una pareja sentimental, sino que lo eran para la danza, pues los dos eran bailarines… El baboso, porque no se le puede llamar de otra manera, después de ganarse su confianza, de mantener charlas innumerables en los pasillos, en la cafetería, de bajarla en coche hasta la ciudad, acabó por confesarle que se había enamorado irremediablemente y que no podía vivir pensando siempre en ella. La otra, comprensiva, no lo rechazó al conocer sus intenciones; más bien, se interesó por él, lo trató de consolar, le permitió que se desahogara y le contara todas las penas… Al final, acabó liándose con él. Dejó a ese novio formal; las notas y sus trabajos fueron perdiendo calidad, no dibujaba… Lo más triste del caso es que, cuando acabó por entregarse, Eustaquio pasó olímpicamente de ella. Tuvo otro romance con otra alumna y procuraba evitarla al cruzarse en los pasillos… ¡Si hubiera sido yo! ¡Con lo guapa que era esa criatura!

14. LOS LAMPARANES DE CAFÉ

 

14. Los lamparones de café

           

La cafetería se ubicaba en el mismo edificio del complejo universitario. Era un lugar muy amplio, pero bastante desangelado. La barra se situaba al fondo del vasto salón y las pocas mesas existentes se encontraban al lado del mostrador. En el resto del espacio no había nada, salvo dos futbolines que a esas horas estaban sin jugadores.

—Se ve que los chicos ya se han marchado —dijo Celestino mirando un gran reloj de cocina que presidía el frente donde se levantaban las estanterías que soportaban las botellas.

Era cierto; faltaba poco para las cuatro, hora a la que comenzaban las clases del turno de tarde. En la barra no había nadie. El público que se repartía en el local eran jóvenes que se hallaban enfrascados en discutidas partidas de mus. El camarero los vio entrar nada más cruzar el umbral de la puerta, pero permaneció sentado encima del arcón frigorífico. No se incorporó hasta que calculó que los tres se habían puesto de acuerdo en lo que consumirían y lo hizo con desgana, realizando un enorme esfuerzo con el que no había contado de antemano. Con cara de fastidio y reflejando en su rostro fatiga e indolencia, casi sin despegar los labios murmuró:

—¿Qué va a ser?

Antes de que ninguno de los intrusos contestara, adelantó tres platillos con cucharillas y sobres de azúcar anticipando lo que habrían de pedir.

—Un café solo, uno con leche y un descafeinado para mí… ¿Y no os apetece una copita? —les preguntó Celestino, dando a entender que se enfadaría si no aceptaban la ronda—. Venga, ponnos unos chupitos de licor de manzana.

Al tabernero, que había iniciado la maniobra de tirar los cafés, no le sentó bien lo de las copas, temiendo que le dieran las uvas con esos tres con pintas de ser unos pelmas. Por ganar tiempo, mientras acababa de salir el café de la máquina, sirvió el licor. Echó tan poco que Arturo le reprendió para que no fuera tan rácano. Con esto, cuando se quiso dar cuenta, el café que salía de la cafetera rebosaba en las tazas. No se molestó en repetirlos, sino que se dirigió a la pila de fregar y desocupó una pizca. Luego vertió tanta leche que también se derramó, yendo a parar al platillo y mojando el azúcar. Arturo, a pesar de la precaución de tomar los primeros sorbos con una cucharilla para vaciar un poco el recipiente, al menor despiste que tuvo se llevó la taza chorreando a los labios dejando en su jersey unos lamparones que no se notaron mucho por ser aquel de color oscuro.

Después de ese delicado servicio, el camarero regresó a su asiento predilecto, la tapa de la cámara frigorífica y, para entretenerse, previendo que no llevarían prisa, encendió la televisión con el mando a distancia, pero le salió el tiro por la culata porque, no bien se había aposentado, el inspector, temiendo que alguno de los profesores se adelantara a pagar, extrajo un billete de mil pesetas y le pidió por favor que se cobrara. Ni para eso el buen mozo mostraba ímpetu. No obstante, una pequeña lucecita brilló en sus ojos al descubrir que solo necesitaría realizar un trayecto si llevaba el cambio directamente.

—Hay que ver qué rápido eres —le comentó Celestino al inspector, dejando entrever que agradecía esos detalles de desprendimiento. Arturo, del mismo modo que si estuviera a la cuarta pregunta, corroboró la admiración de su compañero, pero con una leve mueca de sorna, como si quisiera decir que por él esa generosidad se podía repetir muchas veces.

A Escaleras se le subieron los colores en el momento que oyó esos comentarios. No sabía muy bien por qué, pero, de vez en cuando, su vergüenza se manifestaba ruborizándose. No le agradaba en absoluto que los demás observaran esa debilidad, que él suponía que era una muestra de irresolución. Se enfadaba consigo mismo, mucho más si le sucedía por motivos nimios, como el que le acababa de ocurrir. «¡Si es que en el fondo soy un papanatas!», se atormentaba, pensando que esas reacciones perturbaban la eficacia de su trabajo. Algo similar le ocurría si alguien lo felicitaba por la circunstancia que fuera; inmediatamente un arrebol sin freno recorría su rostro para aposentarse en las mejillas y no desaparecer hasta pasados unos instantes eternos. Ambrosio Escaleras Arriba casi llegó a preferir que no lo alabaran ni le hicieran cumplidos, tan solo por evitar la sensación de sonrojo que le asaltaba igual que al niño al que descubren haciendo una picia.

Se produjo un forzado silencio tras los cumplidos por su generosidad. Para él fueron unos momentos de tensión, no así para Arturo, que se entretuvo en mover con un afanado interés la pizca de café con leche que le restaba en la taza, como si le hubiera molestado horriblemente descubrir que la mitad de la masa de azúcar se hallara sin desleír. Celestino sonreía y sus ojos glaucos brillaban echando chispas de malicia. El policía miraba a uno y a otro, sin poder averiguar el porqué de su euforia. Se hacía a la cuenta de que la risilla del profesor era producto del espectáculo que él les ofrecía con su vergüenza infantil. Y, por supuesto, Arturo no se percató ni mucho menos de que su delicada tarea de disolver el azúcar pudiera ser el motivo de esa sonrisa sardónica.

—No sé cómo formular la cuestión —Ambrosio era incapaz de apartar la mano izquierda de su mamola, que acariciaba en esos momentos, alternando con el rascado que se efectuaba en la nuca—, me refiero a que antes, no sé quién de vosotros ha dicho algo así como que el diputado Eustaquio si mantenía su cátedra era porque le permitía estar en contacto con los alumnos; bueno, mucho más concretamente, con las alumnas…

Celestino no se pudo contener más y soltó una carcajada que trató de frenar en la punta de sus escuálidos labios con la mano, como si hubiera regurgitado una flema y la tratara de sujetar en un pañuelo moquero. Los otros dos interlocutores se quedaron de piedra al observar tal desmesurada reacción, sobre todo Arturo, que aún continuaba inmerso en su afán de deshacer el azúcar y no se había percatado de la exaltación de su compañero. Sin embargo, no fueron capaces de convencer a Celestino de que soltara prenda de lo que le hacía tanta gracia.

—… venga, tú continúa, que esto no es nada. No tiene en absoluto que ver con lo que estamos hablando.

 Sin embargo, al inspector le costaba más que nunca precisar los términos de su discurso, pues la certidumbre de que el canijo profesor se reía de él era obvia. No obstante, intentó superar su inseguridad y no tomar muy en cuenta esos imprecisos temores que, a medida que pasaban los segundos, se desvanecían.

—En realidad, no tiene mucha importancia…

—No te cortes. Pregunta lo que quieras. Perdona estos… estos incisos —lo animó el profesor viendo al policía apocado.

—Estaba diciendo… —retomó una bocanada de aliento con la que imprimirse la valentía necesaria para expresarse con claridad— que antes habéis dicho que a Eustaquio le gustaban mucho las alumnas. ¿Qué me podéis decir de este asunto?

—¡Hombre! ¿A quién no? —Al rostro ovalado de Celestino regresó de nuevo esa sonrisilla picarona y sus ojos desprendían chiribitas de gusto. El inspector se temió que otra vez el canijo docente se pusiera en plan cuchufleta—. Si es que no puede uno por menos. ¡Cómo se va a quedar uno impávido observando esos turgentes pechos cuando te quedas mirando cómo suben una escalera o cómo la curva que se inicia en la tripa trazando una ondulada línea se pierde en la entrepierna! ¡Por Dios! ¡Si con eso no hay nadie que no se extasíe! —Y casi arrugaba el entrecejo enfadándose solo con la posibilidad de que alguien no fuera capaz de admirarse. Así lo entendieron dócilmente los otros dos, ante el temor a una contundente reprimenda del casi enojado profesor si se atrevían a formular una opinión contraria—. Hay que reconocer que algunas alumnas están de requetechupete. Se encuentran en una edad en la que la vida y la fuerza de la naturaleza hacen virguerías con ellas. Están plenas, a rebosar de vitalidad y de feminidad: esos culos redondos, prietos como morcillones, esas caderas delicadas y los senos firmes… ¡Mejor dejarlo aquí!

Los tres callaron un momento reflexionando en la rotunda verdad que el profesor había emitido.

—Sin embargo —tomó la palabra Arturo, relamiéndose los labios con los gránulos de azúcar empapada y mal disuelta antes de proseguir—, aunque es verdad que ahora las chicas se encuentran en una edad en la que todas son hermosas y jóvenes, eso no implica que se nos vaya cayendo la baba tras el rastro de su perfume por los pasillos o nos acerquemos hasta sus asientos en las aulas para aspirar el aroma embriagador que se desprende de su delicado cutis. Pienso que hemos de ser bastante más discretos. Que no somos de piedra es obvio y a nadie le amarga un dulce, y estas chicas son un bombón. Sin embargo, insisto, creo que es muy arriesgado dejarse liar en las redes acarameladas que alguna de ellas tiende en torno a ciertos profesores, sabiendo que muchos se ponen como la seda cuando se les acercan. Pero lo peligroso no es solo esto, sino que se puede perder el control y ofrecer una confianza que sobrepasa los límites respetuosos que son dados entre alumno y profesor. Otro asunto es lo que pasa a veces entre unos y otros. Eso entra ya dentro del terreno de la intimidad, pero, desde un punto de vista personal, para mí no es ético. Qué queréis que os diga…, pero algunas licencias, ciertos comportamientos que están en la mente de todos no es que no sean legítimos, es que me resultan hasta vergonzantes. Será que soy de otra generación y que mi apreciación de la realidad es sensiblemente diferente a la que impera en estos días, pero a mí, sinceramente, no me caben en la cabeza.

—¡Ay, Arturo! Tú y yo ya no pintamos nada en este berenjenal. Lo nuestro ha pasado a la historia. No te digo que apruebe ciertas actitudes, pero, a mí, en general, me dan envidia y te lo expreso sinceramente. ¡Quién pudiera tener unos años menos! O, más simple aún, ¡quién no tuviera compromisos! —Y en el rostro del pequeño Celestino se dibujaron unas arrugas de tristeza.

Habían apurado casi del todo las copas de licor de manzana. El inspector callaba y dejaba hablar a los dos profesores, que continuaron perorando acerca de la conveniencia o no de mantener unas relaciones espontáneas, directas y amistosas con sus alumnos. Cuando Escaleras Arriba sintió que la discusión bajaba enteros, de rondón, inquirió:

—Y Eustaquio, ¿qué relaciones en concreto mantenía con sus alumnas?

Aunque la pregunta era inevitable, los enseñantes no la esperaban tan de sopetón. Los dos fijaron su mirada en la del otro, interrogándose sobre el aprieto en el que los situaba al abordar una cuestión tan delicada y que, incluso en el propio ámbito universitario y entre compañeros, se soslayaba, como si nadie deseara meterse en asuntos del prójimo. Los dos bajaron la cabeza en señal de abatimiento, expresando cierto malestar. El inspector, adivinando el retraimiento de sus interlocutores, de la misma manera que si estos se hubieran dicho a sí mismos «hasta ahí ya no podemos llegar», creyó oportuno recordarles veladamente que se encontraba investigando un asesinato y que cualquier detalle le sería de mucha utilidad, pero dijo esta advertencia sin la pomposidad de lo oficial, sino como si él mismo fuera un compañero de facultad que compartía con ellos el comedimiento, respeto y defensa que todos los miembros de una institución se debían. La información que a él le proporcionaran solo la utilizaría para resolver el caso y, por supuesto, sería secreta y confidencial.

13. LA COLECCIÓN DE DEDALES

13. La colección de dedales

 

—… Todo comenzó hace ya muchos años. No recuerdo exactamente cuándo, pero aún no nos habíamos casado Cristina y yo. Fue muy sencillo y la colección la iniciamos casi sin querer. Un buen día, pensando qué podía regalarle, se me ocurrió comprar un dedal de plata. Y ahí se inició nuestro hobby. Cuando tenía un detalle con ella, buscaba en tiendas dedales originales y distintos a los que ya habíamos conseguido con anterioridad. También, cuando viajábamos a otras ciudades o a otros países, adquiríamos dedales característicos. Poco a poco, la recopilación se ha ido agrandando hasta formar una muestra bien representativa de este objeto de costura; ahora hay ejemplares de todas partes del mundo, de todas las épocas históricas, desde la Edad de Piedra, pasando por la Edad Media, hasta de la época romántica, así como fabricados con todo tipo de metales y decorados de múltiples maneras o representando objetos variopintos, pero todos ellos elaborados con el fin de ayudar a introducir la aguja en una tela o en una pieza de cuero. La verdad es que es interesante y nos ilusionamos mucho cada vez que logramos uno nuevo. Para ello contamos con la colaboración de los amigos, que, conociendo nuestra pasión, cuando se encuentran con un ejemplar curioso, nos lo regalan. —Arturo acabó su intervención con una amplia y satisfactoria sonrisa.

—Muy interesante —reconoció el inspector, alabando la originalidad de la iniciativa.

Los tres comensales emprendieron simultáneamente la peladura de las manzanas que les habían puesto de postre. Mientras realizaban esta operación permanecieron en silencio y concentrados, ¡hasta se regodeaban con su habilidad para que no se rompiera la tira de piel de la pieza!

El inspector, que había optado por trocear la manzana en cuartos simétricos para facilitar el pelado, los miraba y le costaba creerse que se hallara en presencia de dos eminencias intelectuales cuando los veía afanarse con el cuchillo sobre la fruta.

—Una cuestión que no me ha quedado muy clara en el análisis de las relaciones que mantenéis en la universidad es si hay grupos afines que se constituyen alrededor de intereses comunes. Es decir, si se organizan grupitos que se llevan muy bien, pero que se enfrentan con otros contrarios.

El inspector trataba de indagar de cualquier forma en los conflictos, en los problemas que pudieran afectar al catedrático muerto, para buscar indicios que marcaran pistas por donde conducir la titubeante investigación que hasta el momento se hallaba en fondeadero, esperando la marea propicia que hiciera levar el ancla para poner ruta al puerto de la solución del caso. Sin embargo, la presencia de los dos profesores le causaba un cierto respeto que no conseguía disipar a pesar del trato campechano con que lo mimaban, sumisión que le hacía retraerse a posiciones mojigatas cuando formulaba las preguntas, como buscando no ser demasiado grosero con ellos, después de su desinteresada colaboración.

—En efecto, aquí sucede lo que en todos los sitios. Si bien es verdad que hay épocas en las que los enfrentamientos son más numerosos y evidentes —sentenció Celestino.

Arturo coincidió de inmediato con esta afirmación.

 —En todos sitios se cuecen habas —apostilló, como para dar más validez a la perogrullada.

—Lo que no se puede negar de ninguna manera es que siempre hay grupos dentro de un colectivo tan amplio de personas, que se reúnen por simpatía o porque congenian entre ellos. Ocasionalmente, se originan otros grupillos de naturaleza bien distinta, aunque no tienen por qué ser incompatibles con los anteriores, organizados en torno a intereses comunes, como es el caso de la presión que ejercen en ocasiones los seminarios o las candidaturas que se forman para participar en los procesos electorales de la facultad y de la universidad.

—A eso me refería con la pregunta —intervino el inspector para abreviar el discurso del vivaz profesor.

—Pues bien —el canijo informador inspiró una profunda bocanada de aire—, cuando se originan grupos dentro de un colectivo, surgen problemas de manera irremediable: tanto para los que pretenden mover los hilos de la política universitaria como para aquellos que pasan de estos entresijos del poder y lo único que desean es dar sus clases con la mayor eficiencia posible y no meterse en camisas de once varas. Claro está, hay que ser realista, los cargos hay que desempeñarlos, ya sean unos u otros, pero siempre debe haber alguien que mande y asuma las responsabilidades correspondientes. Eso es indudable y no creo que nadie lo niegue.

—¡Claro está! —intervino Arturo ante la mirada ecuménica de Celestino, sonriendo y dejando escapar las palabras a través de sus pequeños dientes, al mismo tiempo que expulsaba un rocío tamizado de partículas invisibles de salivilla—. Ji, ji, ji… Tienes más razón que un santo. Lo que sabemos todos es que, cuando hay intereses en juego, las reglas de camaradería se dejan olvidadas en el escritorio y comienzan enfrentamientos que llegan hasta el escarnio y el insulto. Eso ya no es agradable, por lo menos para los que no desean verse salpicados con el lodo que remueven los contrincantes.

—Y Eustaquio, ¿en qué grupo se encontraba? Es decir, cuando se originaban estas luchas internas, ¿qué papel desempeñaba? —preguntó el inspector yendo al grano.

El que primero contestó, como si su lengua estuviera sujeta con un sensible resorte que a la más mínima presión saltara, fue Celestino.

—Ya te lo hemos dejado claro antes: a Eustaquio lo de la facultad le importaba menos que un pito. De estas menudencias pasaba olímpicamente. A él, yo creo, que lo de la enseñanza le atraía porque le daba la oportunidad de estar en contacto con los jóvenes; y, para ser concretos, le permitía establecer amistad, charlar, reírse y hasta tirar los tejos a las alumnas guapas. Es así y no hay que dar más vueltas. Seguramente, si no fuera por eso, lo de subir por el centro lo habría abandonado hace tiempo. Bueno, es lo que yo opino. —Y de nuevo echó la pelota al tejado de Arturo, quien, ya no tan circunspecto, no mostró inconveniente en dar su parecer.

—Efectivamente, no se sabe muy bien por qué este hombre dedicaba una parte de su escaso tiempo a la enseñanza. Yo no aseguraría que fuera por las causas que tú has comentado y esto sin negar que dices la verdad cuando afirmas que la relación con los alumnos era su fuerte.

—¡Ya ves tú! ¡Eso lo saben hasta los negritos de África! Tú me dirás a mí, si no. No tienes más que comprobar que, cuando andaba por la facultad, se pasaba más tiempo de comidillas con alguna alumna que con sus compañeros. Prefería charlar a la vista de todos, en los pasillos, incluso tomar algo con ellas en la cafetería, antes que venirse con nosotros —afirmó Celestino, dejando traslucir en su intervención una sombra de envidia hacia su excolega.

—Lo que no me cabe la más mínima duda —retomó su discurso Arturo, con un pergenio ensombrecido por la bravata de su colega— es que lo más importante en su vida no era la facultad. Sé que algunos le propusieron que engrosara las filas de sus bandos. Hasta en una ocasión le llegaron a ofrecer la candidatura al rectorado, pero él, muy educadamente, siempre rechazó tales propuestas… Creo poder afirmar que estas negativas a incorporarse a alguno de los grupillos le acarrearon disgustos o, por lo menos, enemistades. Gente que creía que Eustaquio se aproximaba a sus intereses y a su forma de entender la enseñanza universitaria se decepcionó cuando él no se comprometió con ellos… A pesar de todo, opino que las pequeñas trifulcas domésticas no le importunaban mucho, por estar habituado a fregados de mayor envergadura dentro de su partido y en el Parlamento.

—Eso, cómo te lo sabes tú —le remachó su intervención Celestino.

Escaleras Arriba se perdía en las informaciones que le proporcionaban los dos docentes universitarios. Se esforzaba por no extraviarse en el torrente de palabras que espetaban estrepitosamente; más se asemejaban a los chismorreos raudos de una reunión de amigos que a una confesión policial. Y en ese sentido había ocasiones en las que su interés se centraba más en la curiosidad morbosa que en los intríngulis de la investigación. La sensación experimentada en otros momentos de la conversación de que les había afectado muy poco la muerte de su colega se repetía cada vez con mayor insistencia. Hablaban de él como si no hubiera sido vilmente asesinado, como si el finado hubiera pedido un tiempo de excedencia en su cátedra y dicho periodo se fuera a alargar de manera indefinida. Por otra parte, no lograba encauzar el interrogatorio de manera profesional; se parecía a un pobre periodista interesándose por cotilleos insignificantes y no al sagaz inspector del Cuerpo Superior de Policía que siempre lograba sacar información.

Cuando lo invitaron a tomar un café en la cafetería del comedor, dudó aceptar porque claramente veía que no iba a sacar mucha más sustancia, mas, por no parecer descortés, los acompañó. El refectorio se hallaba ya desocupado. Se incorporaron con pereza, sintiendo la plena pesadez de una digestión que sería larga. Al que parecía que no había hecho mella la indigesta comida era al ratonil Celestino, cuyos aspavientos no se habían visto afectados por la somnolencia. Pronto captó el policía las causas por las que el enano profesor se mostraba tan despejado, que no eran otras que la observación de las maniobras eróticas de las empleadas de la limpieza, que habían comenzado a recoger y adecentar el salón. Entre risillas, mirando disimuladamente e imitando los cadenciosos movimientos de caderas y traseros de las jóvenes que pasaban un trapo húmedo por los fríos tableros de mármol y fregoteaban el suelo dejando al descubierto por la escueta bata de rayas unos muslos blandos y blancos, animaba a los otros a que observaran los contoneos de las alegres comadres que, inmersas en sus hazanas, no se sentían observadas.

—Mirad qué culón más rico. ¡Cómo lo menea! A un lado y a otro. Y cómo se roza con la mesa. Anda que esas pantorrillas y esos incipientes muslazos. ¡Qué ricura! 

12. EL COMEDOR UNIVERSITARIO

 

12. El comedor universitario

           

Arturo, una vez que agarró la cuchara para comer las lentejas, cesó de reír y casi de hablar; se concentró en el estofado, ingiriendo legumbres sin descansar hasta que rebañó el plato con esmero. Entonces, delicadamente, colocó el cubierto en la bandeja y esperó con paciencia a que acabaran los otros comensales. No obstante, no debió de satisfacer por completo las necesidades más urgentes del hambre, pues, del pedazo de pan, que hasta el momento se encontraba intacto, pellizcaba de tanto en tanto.

Celestino comía despacio y mirando cada una de las cucharadas que se llevaba a la boca, temiendo quizá encontrar chinarros que le pudieran romper alguna muela al masticarlos. Se erigía casi verticalmente. El recorrido que realizaba la cuchara era largo y se aproximaba a su destino con maniobras de ligero equilibrio. Al tragar no podía ocultar unas facciones de asco por la comida.

Hasta que no iniciaron el segundo plato, reinó silencio entre ellos, excepto para ponderar el gusto exquisito del guiso.

—Del primer plato se puede repetir las veces que quieras; por lo menos antes era así. La gente se levantaba y ponía el plato en aquel hueco y a los pocos instantes te devolvían otro lleno hasta los topes. La verdad es que, por el precio que cobran, no dan mal de comer. Quizá, la pega que se oye comentar a los alumnos es que se repiten demasiado los menús y los que vienen con frecuencia acaban por hastiarse. De todas maneras, los chavales lo suelen frecuentar el primer año que llegan a Salamanca, después se acomodan en pisos y aprenden a cocinar como pueden. Y luego si vuelven a pisar por aquí es de guindas a brevas; a no ser algún domingo o en días muy contados. Pasa casi lo mismo con lo del hospedaje. En el primer curso, los padres buscan pupilaje a los hijos en los colegios mayores, en las pensiones o en pisos con pensión completa y se quedan más tranquilos; sin embargo, para el siguiente curso, con los amigos que han hecho en la clase alquilan un piso con cuatro muebles y a los padres no les queda más remedio que aceptarlo, porque es lo que hace la mayoría de los estudiantes y porque les resulta más rentable económicamente. Y en cuanto al miedo a la libertad y a las malas compañías, los progenitores se convencen de que la vida que lleven sus hijos no va a depender sino de ellos.

A Celestino le encantaba realizar estas divagaciones sobre la realidad universitaria y se preciaba de conocer las inquietudes y la forma de vida de sus alumnos.

—¡Bien! Vamos al grano que si no nosotros nos enrollamos y a ti lo que te interesa es aclarar el asunto por el que te has trasladado a Salamanca —concluyó Celestino, percatándose de que el inspector no se atrevía a meter baza en el espinoso tema del asesinato.

—La verdad es que me interesa mucho lo que cuentas y despierta mi curiosidad por el vivir cotidiano de los estudiantes y de la ciudad. Pero… sí que nos conviene hablar cuanto antes, porque no querría entretenerlos más de lo que sea preciso…

—No nos llames de usted, nos haces sentir muy viejos. ¡Si casi somos de tu tiempo! ¿Verdad que sí, Arturo?

El otro no dijo ni sí ni no y simplemente se sonrió, dándole lo mismo que se dirigieran a él de tú o de usted, como perfecto camastrón en lides sociales.

—Está bien. Aunque ya hemos comentado algo de su faceta de profesor, me gustaría, en la medida de lo posible, ahondar más en esta cuestión. ¿Qué tal enseñante era? ¿Cómo era su relación con el resto de los colegas y con los estudiantes? No sé, mil aspectos de su vida que posiblemente sean superfluos o demasiado privados, pero obligatorios a la hora de realizar una investigación en toda regla con el fin de averiguar qué movió al asesino a matarlo. Nunca se sabe lo que es relevante o accesorio. Cualquier detalle por nimio que parezca puede ser el inicio de una pista que nos lleve a la solución de este espinoso asunto. Por cierto, que no observo mucha pesadumbre entre los profesores, ni entre los alumnos, ni, en general, en el ambiente. Otras veces, cuando se produce una muerte en un barrio, en un bar o en una calle, llegamos allí y enseguida se respira ese aire pesado que inunda la atmósfera del crimen. Aquí, en cambio, y me sorprende mucho, no aprecio pesadumbre ni rastro de lágrimas ni pesares.

Casi sin querer, como por osmosis, el discurso del inspector Escaleras se había aproximado al del profesor. ¡Qué placer se siente cuando la disertación se hilvana sola! Los profesores, sobre todo Celestino, porque Arturo continuaba explayándose con su filete con patatas, se sorprendieron y una mueca de escepticismo se dibujó en su rostro, no se sabe con visos de certeza si por la oratoria del policía o por el reproche que indiscretamente les había dejado caer. No siendo cuestión de análisis del metalenguaje de la conversación, el pequeño docente se centró en la ausencia de duelo en la facultad.

—¡Hombre! No sé qué decirte. Tampoco nos ibas a encontrar llorando. Creo que toda la comunidad universitaria siente la desgracia que ha sufrido Eustaquio. Era una buena persona, como ya te hemos dicho esta mañana. Y una muerte así, tan violenta, ha sorprendido mucho. No obstante, las cosas vienen como vienen. Nada más suceder esto, al día siguiente, se presentaron muchos policías o inspectores. Preguntaron a todo el mundo. Y la gente vuelve a la normalidad con rapidez. Quizá sorprenda un poco el que no se sepa de manera clara quién fue el asesino y eso preocupa a todos, pero el que más o el que el menos se está haciendo a la idea de que la vida continúa y ya se sabrá lo que ha sucedido. Posiblemente, lo que extraña es que se lo hayan cargado en Madrid y en un sitio tan concurrido como un museo…

—No lo creas, la sala se encontraba vacía. ¿Por qué llama la atención que lo hayan matado en Madrid?

Continuó respondiendo Celestino, pero Arturo se incorporó a la conversación, por lo menos, manteniendo contacto visual. Escaleras se percató de que, a pesar de lo risueño del opulento docente y de su carácter abierto y festivo, era muy comedido y controlaba más las indiscreciones que su colega.

—La verdad es que lo podían haber asesinado en cualquiera de los dos sitios. Quizá a nosotros nos sorprende que lo hayan matado en Madrid, puesto que vivimos en Salamanca y lo que sabemos de Eustaquio está relacionado con la ciudad. Y, además, porque esto es muy pequeño y aquí es sencillo controlar los movimientos de una persona. No sé; a lo mejor es una impertinencia por mi parte realizar esos comentarios.

—No, ni mucho menos; me parecen muy constructivos —le dijo el policía temiendo que interrumpiera con la presa de la prudencia el torrente de palabras que cantarinamente saltaban de su boca.

—Resulta muy difícil y me da reparo hablar de alguien que no está aquí y mucho más en este caso, en el que la persona de la que se comenta ya no vive. Me parece como si cualquier aspecto de su vida o de su carácter del que realizara una observación careciera de validez y al mismo tiempo diera a entender cierta animadversión contra él. Quiero dejar patente que no ha habido ningún roce entre nosotros, que dentro de lo que era la convivencia diaria de la facultad no he tenido el más mínimo encontronazo con él. Incluso, si me detengo a reflexionar ahora, no encuentro el más pequeño motivo por el que no me acabara de caer bien. Con todo ello, hablando sinceramente, no era santo de mi devoción.

Quizá el más sorprendido por esta declaración no fuera el extrañado policía, sino el colega. Por un momento ambos mantuvieron la mirada seriamente, pero enseguida, casi al mismo tiempo, estallaron en una amplia sonrisa, como si se hubieran hecho un guiño de complicidad.

Arturo, con ánimo de suavizar la incipiente tensión del grupo por la sincera afirmación de su compañero, afirmó con una leve sonrisa cargada de una chispa de ironía y distanciamiento:

—Es posible que tengas razón. Es probable que a mucha gente no le cayera simpático y, como tú mismo reconoces, no hay motivos suficientes para afirmar que te caía mal. Simplemente no congeniabais y no creo que merezca la pena dar más vueltas al asunto. Eustaquio era en algunos aspectos muy suyo, como pienso que somos los demás. Y, de la misma forma que para ti era insoportable, a mí me resultaba agradable.

—¡Nos ha jodido! ¡Porque erais almas gemelas! Por lo menos compartíais algunas aficiones.

—Siempre estás igual y sacando a relucir lo mismo —le replicó Arturo sin que apareciera una brizna de enfado en su perpetua sonrisa.

El inspector sentía que por momentos se le escapaba la conversación de los otros dos y temía que se enzarzaran y no poder separar el grano de la paja de los detalles que poco a poco iban desgranando.

—Si no os importa vamos más despacio porque me pierdo. Habéis comentado que Eustaquio compartía contigo, Arturo, algún hobby, ¿cuál?

El profesor se percató de que le era inevitable entrar directamente en la conversación. Procuró intervenir de manera tranquila y sin perder el color de sus sonrojados carrillos ni su eterna sonrisa.

—A lo que se refiere Celestino es que a ambos nos gustaban (bueno a mí de momento me siguen gustando) las antigüedades; a veces hablábamos de lo que encontrábamos en las tiendas, de lo que comprábamos. Nos informábamos de lo que nos interesaba en particular e incluso viajamos juntos por este motivo a Madrid o íbamos a diversas ferias donde se venden reliquias de otros tiempos y nos hicimos encargos cuando uno de los dos no se podía desplazar. Pero nada más. Por otra parte, no compartíamos ningún otro interés. Yo me llevaba bien con él y me era agradable. Sin embargo, mi relación se circunscribía a este aspecto común. Como la ciudad es muy pequeña, a veces coincidíamos en el cine, en el Rastro o en la plaza Mayor y, cuando teníamos oportunidad, nos tomábamos un café. En alguna ocasión hasta me invitó a entrar en su casa.

—¡Coño! ¡Y te parece poco! ¿Qué más quieres? —le espetó Celestino, como si acabara de confirmar la hipótesis lanzada con anterioridad.

—Has comentado que los dos comprabais objetos antiguos… En concreto, ¿qué cosas?

Como si tuviera ganas de meterse con su pingüe compañero, Celestino, que creyó encontrar el punto flaco, apostilló:

—Cualquier cosa. Compra de todo. Si su casa parece de por sí la tienda de un mercader de obras de arte…

—No le hagas caso, que este es un exagerado… La verdad es que compro lo que me llama la atención y me gusta, cachivaches curiosos… En cambio, Eustaquio solo se dedicaba al arte: bocetos, tallas, adornos sacros…, pero su inclinación mayor era la pintura barroca. Curiosamente, aunque lo que más interés artístico y crematístico poseía eran estas obras de arte, lo que le apasionaba de su colección eran las plumas de escribir y cualquier utensilio que hubiera servido para trazar garabatos.

—¡Pues anda que tu colección no es rara…! ¡Más que las sopas de ajo!

Nuevamente los dos enseñantes se echaron una mirada a degüello. Celestino se reclinó hacia atrás y apretando los finos labios le sonrió amortiguando la tensión provocada por la indirecta. Otra vez, el inspector les solicitó que aclararan las referencias tácitas que se intercambiaban.

—No es nada del otro mundo, es que poseo una colección muy numerosa de dedales…

11. EL BARRIO CHINO

 

11. El barrio chino

 

El inspector se sorprendió de los problemas de circulación de la ciudad. Jamás se habría imaginado que una población tan exigua pudiera llegar a estar tan colapsada. Pensaba que ese problema era solo patrimonio de las grandes urbes, como Madrid.

Arturo conducía el coche de una manera un tanto irregular y anárquica: volvía la vista hacia Escaleras constantemente; agarraba el volante con una mano o simplemente no lo sujetaba —¡sin manos!, como se decía cuando de pequeño se quería demostrar la pericia en el arte de montar en bicicleta—; aceleraba y frenaba bruscamente sin alterar su calma, no así la del policía ni la de Celestino, que, aunque no hizo ningún comentario, no dejaba de supervisar las maniobras del conductor. A todo eso, había que añadir la poca confianza que proporcionaba el vehículo, no por sus muchos años o por su nulo pedigrí, sino porque le hacía falta una buena puesta a punto: la suciedad de todos los cristales impedía casi adivinar lo que se situaba enfrente, el espejo retrovisor era minúsculo y, para aminorar aún más la visibilidad del cristal trasero, colgaban muñecos que se balanceaban al compás de los acelerones y frenazos.

No le gustaba a Ambrosio viajar en los coches de nadie y, cuando lo hacía porque no disponía de otro medio, muy pocas personas lograban infundirle la confianza suficiente como para despreocuparse de los aconteceres de la conducción. Pero el mayor temor e inseguridad se lo provocaba el montarse en los asientos traseros; desde allí no controlaba las maniobras del conductor y se sentía perdido. En aquella ocasión, a esas sensaciones había que añadir la claustrofobia y el hallarse desorientado debido al desconocimiento de la ciudad y de las calles por las que circulaban.

—¿Conoces Salamanca o es la primera vez que vienes?

—Vengo por primera vez. Me habían dicho que era muy bonita y también que había mucha marcha por la noche con los estudiantes.

—Y a todas las horas. En esta ciudad, a cualquier hora del día te encuentras a gente de juerga. Lo mismo da un lunes que un martes. ¿No ves que los alumnos no tienen ningún control de los padres? Pues hacen lo que les viene en gana. Cuando llegan a casa no hay ni madre ni padre que les pida responsabilidad —comentó Celestino, no sin un deje de amargura, posiblemente originado en cierta envidia infantil por verse él privado de tales libertades.

Abandonaron la avenida de Alemania, una gran calle con doble carril de circulación, una de esas arterias con edificios altos, sin personalidad, tan del gusto del régimen franquista, empeñado en proporcionar en los años sesenta un aire de modernidad a las capitales de provincia, y se adentraron en las callejuelas de la ciudad antigua. En las aceras, el trasiego de las gentes era denso y los transeúntes invadían el asfalto, por lo cual se debía circular con mucha precaución. No lo entendía así Arturo, que no aminoró en absoluto la velocidad. Incluso, no se sabe bien si por mostrar su habilidad o por gastar alguna broma, le dio por asustar a peatones que atravesaban la calzada o que paseaban invadiendo el arcén. Si veía a alguno no muy atento a las vicisitudes del tráfico, se lanzaba acelerando hasta él y en el último metro frenaba en seco. El pobre peatón dirigía una mirada de cordero degollado hacia el conductor, mostrándole agradecimiento por sus reflejos y pidiendo disculpas. El piloto, para aumentar la gracia, se llevaba las manos a la cabeza y gesticulaba con cara de horror ante la desgracia que podía haber causado. Esas chiquillerías le hacían gracia a su colega, no al policía, aunque pretendía aparentar normalidad exhibiendo una sonrisa de compromiso.

—Bueno, llegamos al famoso barrio chino.

En realidad, ese célebre conjunto urbanístico, centro del comercio carnal y nido de delincuentes y gitanos, ya no existía. Todavía se veían pequeños bares con las puertas abiertas para que se secaran los pisos recién fregados. Desde la calle solo se vislumbraba en ellos alguna bombilla de color rojo dentro de un panorama general de penumbra, que parecía mucho más densa contemplada a la luz del mediodía; incluso se podía dudar de la decencia y pureza de algunas mujeres que merodeaban cerca de portales con escaleras tortuosas y empinadas, pero lo que quedaba no era más que un pequeño retazo de lo que fue en épocas pasadas. El barrio, casi sin darse cuenta una población —que antiguamente deseaba con fruición que pasara el tiempo de Cuaresma para, atravesando el Tormes, ir a buscar a las meretrices a la otra orilla— había ido perdiendo su personalidad. Como muestra de distrito marginal que fue en otros tiempos, aún perduraba en una de las lomas una serie heteróclita de casetas y chabolas.

Si bien las construcciones modernas habían borrado el aire paupérrimo de esa zona centro de la ciudad, no se había conseguido apartar a individuos malencarados que merodeaban por los alrededores. Dos mundos diferentes se entremezclaban por sus despejadas calles: vecinos decentemente vestidos y otros con harapos, o mujeres con faldas de colores chillones o de riguroso negro, y con boina oscura los hombres. En la misma acera se podía observar caminando a una universitaria con fular al cuello y a una mujer con una pañoleta sujetando el pelo, sacudiendo el polvo de un trapo después de haberlo quitado de los muebles; o a un gitano con sombrero de ala al lado de un joven con un pañuelo rojo cubriendo su cabeza a semejanza de ciertos piratas peliculeros… Sin embargo, lo que más abundaba eran los niños, como si el índice de natalidad fuera superior en ese barrio que en el resto de la ciudad. Jugaban a pillarse alrededor de una fogata que habían prendido en los solares pelados de lo que fueron quizá viviendas de amigos o primos…

Aunque el coche no merecía tantos miramientos, Arturo se cercioró repetidamente de que lo aparcaba bien y sobre todo de que no dejaba ninguna puerta sin cerrar con llave. Y, antes de separarse de él, miró en las cercanías por si había algún mocoso merodeando.

Eran casi las tres de la tarde y a esas horas la afluencia de público era muy escasa. Celestino se acercó a una ventanilla estrecha situada a una altura bastante considerable para el enano profesor, el cual hubo de alzar las manos para depositar las monedas. Arturo se sacó un monedero del bolsillo con ademán de pagar su comida. Lo mismo pretendía realizar el policía, que desconocía el sistema de acceso a esos locales universitarios.

—¡Venga ya! —dijo Celestino, despreciando el ofrecimiento de los otros—. Otra vez será al revés.

El policía, con todo, cuando le entregó un cartón a modo de entrada, le dio unas agradecidas y sinceras gracias por su amabilidad y generosidad.

Como si fuera un self-service, los tres pasaron delante de pilas y enormes bandejas y de ellas les fueron sirviendo las viandas que ofrecía el menú del día. Escaleras se situó el último con el deseo de observar cómo era el funcionamiento de la repartición. Cuando estuvieron listos, decidieron en qué parte del comedor se iban a aposentar. Mientras se dirigían cuidadosamente hacia los grandes ventanales para no verter la comida, el policía se percató de que algunos alumnos reconocían a los profesores y cuchicheaban al mismo tiempo que se reían.

Se acomodaron los dos docentes uno al lado del otro, dejando el sitio de enfrente para el invitado, que, por un momento, se perdió los dichos y las ocurrencias que no cesaban de proferir sus dos amigos, mientras contemplaba el panorama que se le ofrecía a través del inmenso cristal. A esas horas un tibio sol proyectaba de lleno sus rayos luminosos sobre los cristales y la temperatura ascendía rápidamente como si a su lado hubiera una invisible hoguera. En lontananza, destacaba un apéndice urbanístico, feo y vulgar, erigido en una colina. En medio, el Tormes, con lento avance, se extendía en un cauce tan ancho que sorprendió al inspector, que nunca había imaginado que ese río poseyera tal caudal. En la ribera, se levantaban filas de majestuosos árboles que, a trechos, ocultaban el agua; una iglesia o ermita cobijaba un embarcadero con las barquichuelas amarradas a un destartalado muelle. Desde allí, sentado plácidamente, vislumbraba el ocioso vivir de la ciudad universitaria: en unos campos de arena se disputaba un partido de fútbol o de rugby; siguiendo la corriente, dos piragüistas competían por alcanzar una meta imaginaria y los coches circulaban con pereza por las carreteras de circunvalación. Junto a la alameda se distinguían las figuras de dos burros que pastaban sin levantar sus belfos de la hierba.

Los profesores se percataron de que el invitado se hallaba abstraído contemplando la panorámica del río. Se echaron una mirada de complicidad sin que el inspector los viera. Les costaba admitirlo, pero el policía les caía bien; era simpático con ese aire desgarbado a pesar de su robustez corporal y del gran cabezón que sostenían los anchos hombros.

Era cierto. La bondad —o la, según otros, estupidez— de Ambrosio era proverbial. El inspector era alto y robusto, pero para nada daba la sensación de rigidez o envaramiento. La cabeza era una gran masa redondeada, sin embargo, esa esférica mole pelirroja proporcionaba placidez a la expresión que se desprendía de su persona. No era agraciado en las líneas faciales: la nariz judía, idéntica a la de un mochuelo; los ojos anodinos, de color verde, como los de los gatos, mas la mirada limpia y transparente. La frente, al igual que un páramo, surcado por dos profundas cuencas; los labios rosados y frescos eran la puerta de una boca coronada con dientes separados y mellados. No era fácil para Ambrosio, con ese semblante, con esa fisonomía, con la amenaza de ese cuerpo, dar confianza a los demás. Aun así, bastaba una breve conversación para que todos los reparos y miedos iniciales desaparecieran de inmediato. Era afable y cortés; educado sin llegar a ser remilgado. A veces, con una cara demasiado seria cuando escuchaba; ahora bien, al instante se suavizaban las estrías de su rostro y un espíritu risueño iluminaba la mirada sincera y tranquila de sus ojos de búho.


 

10. LA PROCESIÓN


10. La procesión

 

Mientras esperaba la llegada de los dos profesores en el vestíbulo, Ambrosio no sabía qué pensar de la mañana. No había conseguido datos importantes, pero se consolaba creyendo que se hallaba en el buen camino. «Estos dos cantarán lo que saben y, por lo menos, obtendré información fidedigna de una de sus facetas u ocupaciones».

Comenzó a desfilar una masa incalculable de jóvenes que salían hambrientos de sus clases, casi sin aliento, para llegar a sus alojamientos y reponer las fuerzas desgastadas en su carrera por despejar las tinieblas de la ignorancia. De pie y bien recto al lado de la máquina expendedora de refrescos, como un centinela en alerta, trataba de fijar la mirada en los rostros y en los cuerpos que, unos detrás de otros, se alejaban desordenadamente. Los más se apresuraban en salir, pero algunos más parsimoniosos charlaban o intercambiaban apuntes u ordenaban fotocopias hechas en el último instante. Escaleras se regocijaba con el espectáculo de la juventud, de la belleza y de la vida. ¡Cómo los envidiaba!

Al poco tiempo, y mezclados con los alumnos, desfilaron también grupos de profesores que con sus carteras o maletines seguían el mismo camino. También charlaban entre ellos, aunque su cara denotaba fatiga y hastío o quizá satisfacción por la lección bien enseñada. Eso difícilmente lo podría adivinar el policía por muy buen detective que fuera. Los sentimientos de gozo o de sufrimiento a veces son caras de la misma moneda. Probablemente, aquellos dos profesores le podrían sacar de dudas si les planteaba la cuestión.

Se dio cuenta de que la afluencia de personas disminuía y ellos no daban señales de vida. Pensó que la investigación no se desarrollaría siguiendo los cauces habituales. No era frecuente que sus testigos se ofrecieran a acompañarlo a comer. No hubiera sido muy cómodo ni para ellos ni para él, que siempre anhelaba acabar el servicio y olvidarse del trabajo. Sin embargo, cuando se lo propusieron con toda la naturalidad del mundo, aceptó como si mantuviera cierta amistad con ellos.

Estar parado delante de la máquina de Coca-Cola empezó a resultar extraño a los bedeles, que lo miraban de vez en cuando con curiosidad, por eso, casi sin querer, comenzó a pasearse avanzando en pequeños pasos, midiendo cada uno de ellos y sumando las baldosas que pisaba, dando a entender a los conserjes que su actitud era la de quien aguarda impaciente la llegada de alguien. No hubo lugar para la desesperación porque inmediatamente oyó las carcajadas de Arturo y las broncas de Celestino, que fue quien primero asomó por las escaleras. Antes de iniciar la bajada de los peldaños, se detuvo en el borde como si temiera que el otro desapareciera al perderlo de vista. Y en algo hubo de entretenerse Arturo porque Celestino volvió para regresar con él y agarrarlo del brazo.

—¡Vaya rollo que tienes! ¡Te entretienes con las musarañas! ¿No ves que nos van a cerrar las puertas? —Y dirigiéndose al policía, a manera de disculpa—: ¡Este es más pesado que…!

Arturo continuaba con su sonrisa, ahora desequilibrada hacia medio lado, sin prestar oído a lo que de él decía su compañero y con la sensación de ser el hombre más feliz de la Tierra. Cargaba un abultado maletín, que aparentaba más edad que la suya. El policía se enteraría después de que dicho maletín era famoso, pues en él se podían encontrar sapos y culebras anidadas desde épocas inmemorables acompañando a exámenes de alumnos, hojas informativas, prospectos, actas de su comunidad de vecinos, facturas, entradas de museos, libros perdidos por él mismo hacía décadas… Enfundado en un viejo gabán que no lograba abrochar al no abarcar el perímetro de la barriga, su corpulencia se multiplicaba. Mostraba gran aprecio por ese maletín y no lo hubiera cambiado por otra cartera de más calidad, aunque se la hubieran regalado, algo que jamás osaron los colegas ante la desagradable experiencia que sufrieron cuando unas Navidades decidieron obsequiarle un nuevo maletín. Con la mejor intención del mundo, las compañeras dedicaron una tarde de su tiempo libre a comprar un portafolio sobrio, aunque dentro de una línea actual y moderna. Con ilusión, adquirieron uno que fue de su agrado y del resto de profesores. Pero no se lo entregaron directamente, sino que, aprovechando una ausencia, se introdujeron en su habitáculo y traspasaron el montón de documentos y objetos al nuevo y lo dejaron allí, retirando el jubilado. Arturo tornó de impartir su clase. Se había establecido un sistema de aviso para que, en el momento que llegara, los demás estuvieran preparados para observar cómo reaccionaba ante la sorpresa. Salió del aula, pero, antes de dirigirse al despacho, se entretuvo una hora hablando con los compañeros. Cuando por fin entró, anduvo dando vueltas a la mesa, corrigiendo ejercicios, pero sin reparar en el regalo. Solo cuando ya se iba a marchar, echó mano de él y se percató de que no estaba. Dio mil vueltas por la mesa, por la habitación, detrás de la puerta, en el perchero, en las estanterías… Al comprobar que no lo hallaba, fue a preguntar y a mirar en el resto de los despachos. Todos le respondían que no lo habían visto. Volvió de nuevo al suyo y observó la presencia de un maletín extraño. Regresó agarrando la nueva valija con dos dedos, levantándola y separándola lo más posible de su cuerpo, como si le diera asco. «Y esto, ¿de quién es?», preguntaba y preguntaba. Después de múltiples insinuaciones, lo convencieron de que lo abriera a ver si dentro se encontraban sus posesiones. Los allí reunidos desaparecieron por arte de birlibirloque ante la cara de disgusto que puso Arturo al percatarse del trasvase de sus pertenencias al maletín regalado. Ese fue el único enfado que se le conoció en la facultad al simpático profesor.

—¿Tienes hambre? —preguntó con una medio risa Arturo al mismo tiempo que apretaba los dientes.

Se montaron en su Renault 6. Se trataba de un vehículo caduco y con solera; para el profesor era como un baúl, también de los recuerdos, no solo por los kilómetros recorridos y por haber pasado con él mil aventuras en la mayoría de los países comunitarios, sino porque su maletero era un arca en el que se hallaban, junto a la rueda de repuesto, montones de folios, libros, revistas, lapiceros, botellas, cuerdas, paños, prendas de abrigo, jerséis, bolsas de plástico, un termo…

Escaleras cedió el asiento delantero a Celestino y él, retirando más carpetas, libros y hojas diversas, se aposentó en el hueco que consiguió despejar. La impaciencia y nerviosismo del pequeño profesor iba en aumento al comprobar la parsimonia con que se manejaba el conductor. Cualquier comentario trivial le impedía avanzar en los preparativos del arranque del motor: si se estaba abrochando el cinturón, se detenía a la altura de la barriga y no acababa de abrocharlo hasta dejar zanjado el asunto; si Escaleras abría la boca, Arturo miraba atrás y expectante lo escuchaba…

—¡Puñetas! —exclamó Celestino, que ya no se pudo contener un instante más—. ¡Que es para hoy! ¡Eres más tranquilo que el Bombas!

—¿Quién era el Bombas? ¿Y por qué se decía que era tranquilo? —le inquirió Arturo con una sonrisa picarona para colmar la impaciencia de Celestino.

—¡Y yo qué coños voy a saber quién era el Bombas y por qué era tranquilo! Me imagino que… el nombre de Bombas era un apodo de alguien de profesión dinamitero, barrenero o artillero. Y a lo mejor era demasiado calmoso a la hora de montar las cargas que se disponía a explosionar. Quizá las prendía y en vez de apresurarse en la retirada, buscaba refugio tranquilamente y la gente se admiraba de la serenidad de ese buen hombre. ¡Yo qué sé! ¡Si es que tienes unas ocurrencias…!

—¡Muy bien! ¡Muy aguda tu explicación!

 Quizá sorprendido por su misma disquisición, Celestino se había sosegado un poco, olvidando por momentos la rabieta que estaba presto a iniciar.

—¿Qué tal si nos acercamos a un comedor universitario, que hace mucho que no voy por allí? ¿Quizá le pueda resultar interesante? —sugirió Arturo mirando primero al colega para acabar fijando los ojos en el policía.

A Escaleras no le pareció buena idea, pero no se atrevió a formular ningún reparo. Lo que lo inhibía era que pasaría mucha vergüenza comiendo con los estudiantes y, además, rodeado de dos profesores.

—¡Venga! ¡Vamos a allá! —remató Celestino con el entusiasmo y alborozo propios de escolares que suben al autobús al iniciar un día de excursión—. ¿Cuál elegimos? ¿El de las Salesas o el del barrio chino?

—Si quieres vamos al del barrio chino, que hace un siglo que no voy por aquellos parajes.

 

Cuando salieron de la finca a la carretera de Toro, no quedaba casi nadie en la facultad. Una procesión de estudiantes presurosos descendía por ambos lados de la calzada. El viejo vehículo avanzaba despacio para que los dos profesores pudieran avistar el contoneo de las alumnas de Psicología. El mismo Escaleras contemplaba furtivamente y con temor a que lo descubrieran en una de las miradas hacia atrás que echaba el conductor. Siempre le había gustado contemplar a las mujeres por la espalda. A veces caminaba por las calles y se entretenía con un juego apasionante. Observando la constitución del cuerpo de las chicas, el perfil de su talle, su estatura, la redondez de su trasero, la esbeltez de sus pantorrillas y, sobre todo, el color y corte de su pelo, trataba de aventurar, sin mirarlas de frente, si serían guapas y si le gustarían. En muchos casos se llevaba unas desilusiones formidables. Quizá veía a una joven que de espaldas se asemejaba a una cariátide, con unos sensuales andares; observaba su culo con los ojos desorbitados y se imaginaba el tibio contacto de su mano sobre sus piernas desnudas: la boca se le hacía agua. Después de la meticulosa observación, decidía apretar el paso para adelantarla y comprobar cómo era de frente. ¡Cuántas pésimas sorpresas se había llevado! Se encontraba con rostros feos, o con gafas, o con expresión estúpida, o con aparatos correctores en la dentadura, o con unos labios insípidos, o con otros mil detalles que convertían la imagen tan sensual de la espalda en una impresión amorfa y poco sugerente. También se había encontrado casos contrarios. Espaldas demasiado escuálidas u hombrunas, o culos invisibles o enormes, o piernas gruesas o consumidas que no le resultaban atractivas; luego, al verlas por delante, esas mujeres mejoraban notablemente: caras simpáticas, amables, con sonrisas frescas y joviales, miradas luminosas, expresión serena, con un pecho con personalidad y unas caderas voluptuosas… Todo eso y la experiencia habían hecho a Escaleras muy prudente a la hora de emitir un juicio sobre la belleza. Sobre todo, era precavido con las primeras impresiones. El paso del tiempo le había enseñado que las hembras de gran belleza que habían despertado inicialmente sus sentidos, en el transcurso de unos pocos días conviviendo con ellas en distintas circunstancias, habían ido socavando la poderosa y erótica imagen de la primera vez.


 

Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...