11/09/25

Los contenedores

 


Es el primero en llegar. Trae un palo debajo de la axila izquierda. Se sienta en el banco a resguardo de una marquesina del aparcamiento que aún está a medio llenar. Se coloca en uno de los extremos, pero no apoya el codo en el reposabrazos. Se echa la visera hacia atrás y guarda las gafas de sol. Es menudo y vivaracho. Sus ojos pequeños se escurren de continuo de la órbita como si fueran dos renacuajos en la copa de la mano. Desde el primer momento está inquieto, quizá temiendo ser sorprendido. Sin embargo, cada cierto tiempo deja la mirada fija en la esquina de atrás del supermercado, la parte correspondiente a los almacenes. Comprueba la hora en el móvil. Se impacienta y rebulle en el asiento. Termina por levantarse y dar un paseo, sin alejarse del banco no más de diez pasos. Regresa y vuelve a sentarse. Se echa hacia delante y apoya los antebrazos en las piernas y baja la cabeza, en actitud de pensar. Ese momento de meditación lo calma por un instante, pero la quietud le dura poco: cruza las piernas de las dos maneras posibles, sin permanecer nada más que unos segundos en cada posición. Cuando uno de los empleados de mantenimiento sale del edificio, intercambia unas palabras con él, pero no es más que una breve salutación de dos personas que se encuentran todos los días en el mismo lugar sin que entre ellas haya afinidades.

Observa de hito en hito a los clientes más madrugadores. Cuando le mantienen la mirada, desvía la cara para no enfrentarse al análisis de esos desconocidos, que se sorprenden de su figura. No saben si se trata de una persona que espera a alguien o que se ha sentado a descansar. Se extrañan, porque se convencen de que no es un comprador. Pero nadie se fija mucho tiempo en él como para sacar una conclusión certera y figurarse de quién se trata. Por demás, esos alrededores del centro comercial son también el refugio neurálgico de los estudiantes que hacen pellas de los institutos cercanos, o el enclave del primer botellón de los jóvenes durante los fines de semana, después de comprar la bebida.

Por la puerta acristalada por la que se sale al aparcamiento aparece un hombretón parsimonioso. Viste de invierno, pese a estar a comienzos de verano. No se quita un grueso y sucio abrigo de cuadros ni el sombrero mugriento que cubre una pelambrera enredada y polvorienta. En su barba enmarañada quedan restos de sustancias pegajosas y de otros detritus alimentarios. Arrastra un carrito de la compra donde porta todas sus pertenencias repartidas en la cesta y en bolsas de plástico de diferentes tamaños sujetas de las barras. En la mano derecha porta un pequeño bolso. Se trata de un caracol humano que va dejando un rastro de suciedad.

Antes de llegar a la altura del banco, El de la Vara se pone en pie y se dirige a él sonriendo afablemente. No se dan la mano ni una palmadita. El Caracol lo saluda con indiferencia. El de la Vara lo acompaña hasta el banco como si lo condujera por las dependencias de su casa hacia el salón para que se ponga cómodo, y le anima a sentarse con él. En presencia de El Caracol, El de la Vara se relaja y sonríe con alegría. La pareja departe amistosamente. Tal vez se relaten lo que han estado haciendo durante las horas del día que han tardado en encontrarse una mañana más.

Son los primeros en llegar. Siempre es así, aunque el más constante es el de la Vara. El Caracol llega después, pero su aparición es impredecible, no solo por la hora y el día, sino también por el lugar por donde surge. Duerme donde puede. A veces, si la noche está serena, en el banco de un parque; si amenaza lluvia, se embosca en cualquier techumbre que encuentre a mano: se echa un plástico opaco por encima para aislarse del agua.

El de la Vara no parecería un indigente, de no ser por esa lanza con un pequeño garfio que no sirve para apoyarse al caminar, sino para atrapar los despojos arrojados a los cubos de basura. Llega al supermercado pronto porque viaja en tren. Se para en el apeadero que no queda muy lejos, como un viajero más, si no fuera por ese palo extraño. Tiene casa en propiedad. La heredó de sus padres. Era hijo único. No se debe apañar mal pese a vivir solo, porque la ropa y su higiene personal no llaman la atención de los demás.

—A ver qué nos traen hoy —dice con ansiedad El de la Vara.

—Lo de todos los días —le responde El Caracol.

—Ya, me refiero a que a ver si hay suerte y hay mucho.

—Psss, siempre hay de sobra. Y si no, nos conformamos con lo que haya.

 

El de la Vara se desespera con la filosofía perezosa de El Caracol. Con sus redes formadas por palabras justas atrapa las ansias insatisfechas del otro.

—Además, si tú comes menos que un pajarito —añade para apaciguar su excitación.

Lejos de conseguirlo, El de la Vara, sin decir nada, se levanta y se dirige a los contenedores. Es imposible que los empleados hayan depositado los desperdicios, pero no confía ni en sí mismo y quiere comprobar que no hay nada en ellos.

—¿Hay alguien más? —le pregunta El Caracol cuando vuelve a sentarse junto a él.

—Nadie… Mejor.

—Pero qué ansioso eres… No te das cuenta de que todos los días nos llevamos algo.

La presencia de otros indigentes en el lugar es normal, pero no son tan asiduos como ellos. Incluso, El Caracol no se presenta todos los días. Por eso, cuando aparece, El de la Vara se alegra. Con los otros no se lleva tan bien. De hecho, el que media en esa pequeña comunidad es El Caracol: trata con todo el mundo y todos admiran su desapego en el reparto. Con su cara de filósofo y ademanes eclesiásticos impone ecuanimidad en el pequeño grupo.

Cuando ha pasado una hora larga, se cambian de banco. Salen a la avenida y se sientan en otro próximo a los contenedores. El sol les ilumina sin piedad. Con esa luz inmisericorde, sus rasgos de pobres se acentúan y quedan a la vista de los viandantes. El de la Vara se cala las gafas de sol, porque le molesta esa luz blanca descarnada. A El Caracol le falta el aire, respira con dificultad, pero no se despoja de sus ropajes. Aguanta estoicamente, como soporta el resto de las horas del día. Es cuestión de paciencia, de dejar que el tiempo resbale.

—Ya vienen —anuncia El de la Vara, que ha entrado un momento en la galería con el fin de escrutar los movimientos de los empleados del supermercado.

Los dos esperan sentados y contemplan cómo vierten en los cubos de basura los productos caducados. Los reparten en varios para que no se agrupen los buscadores. Cuando se retiran los dependientes, hay un revuelo de personas que hasta ese momento habían pasado desapercibidas. Abuelos con su bolsa de la compra se apretujan en uno de los contenedores. Son los primeros en escarbar con sus largos brazos dotados de unas manos con larguísimas uñas. Buscan en silencio, concentrados en palpar. Cuando logran asir algo, sacan el brazo con cuidado, como si la presa fuera un pez que con cualquier brusquedad pudiera soltarse de ese anzuelo de dedos descarnados.

—Vamos —El de la Vara anima a El Caracol, que se ha quedado absorto observando el proceder de los ancianos.

La admonición de El de la Vara es vana, ya que sabe que El Caracol, por su corpulencia e indumentaria, no puede meter los brazos, pero le gusta que esté a su lado, como si le necesitara para cubrir sus espaldas. El Caracol guarda en una bolsa lo que va sacando.

Cuando están en esa faena, llegan dos buceadores más a la misma sima de despojos. Se sitúan por el otro lado del contenedor. Mientras revuelven los desperdicios, no dejan de alborotar, pero apenas agarran nada. Uno de ellos es un joven en los huesos, una pena de persona. Le conocen con el nombre de Cafeína, ya que la base de su alimentación son los cafés con leche que le regalan en un kebab que se encuentra en la misma galería comercial. Su vida transcurre entre el centro, una mercería, donde se le pasan las horas muertas conversando con las mujeres en ropa interior que aparecen en la cartelería de la tienda, y el cajero automático, en cuyo suelo se echa a dormir. Hay días que no se le ve por ninguno de estos sitios y muchos de los que lo conocen se alarman por lo que le haya podido pasar. No se mete con nadie y en todos levanta lástima. Es un joven guapo que despierta la compasión de muchas mujeres que tratan de darle una limosna sin él haberla solicitado. Si se acerca, es por si entre los desperdicios hay algún lote de Petit Suisse, por los que siente una pasión infantil. El otro, sin que esto signifique que sean colegas, es El Deportista. Es un viejo que luce mallas, unas deportivas, una sudadera y una pequeña mochila donde transporta su escogida biblioteca de novelas del Oeste. Se supone que tiene casa, aunque nadie conoce su ubicación. Llega también de los primeros al centro comercial, pero su lugar preferido son los bancos de la avenida. Incluso, en ocasiones, se permite el lujo de sentarse en una de las terrazas y pedirse un botellín de cerveza. Mientras fuma, devora las páginas de la novela. Son libros tan viejos y arrugados como él mismo. Los vértices de las hojas se encuentran doblados, rotos algunos, de tanto señalar el punto en el que se deja la lectura, por lo que se puede suponer que son ejemplares que han pasado de mano en mano, o que él mismo ha efectuado múltiples lecturas. Cuando se levanta, al andar se apoya en un bastón de los utilizados para practicar senderismo. Si se acerca al muladar, es por envidia. Rara vez se lleva nada de lo que se saca. Como mucho, algún periódico deportivo atrasado.

—No alborotéis —les dice El Caracol a los de la otra parte del contenedor, como si fuera el padre prior de esa orden de pordioseros.

Por un momento, todos cesan de buscar y posan sus ojos en esa cara venerable, después desvían la mirada para fijarla en los otros. Se observan como si fueran gatos, extraños unos a otros. Saben que, de no ser por El Caracol, no tardarían en sacar las uñas.

Cuando están seguros de que no queda nada de provecho, cesan su batida.

—No dejéis nada tirado —les ordena El Caracol.

De mala gana devuelven al contenedor lo que no les sirve y ese acto de arrojar les supone un esfuerzo moral grande.

Todos se llevan algo en el reparto. Incluso El Deportista, pese a no haber encontrado ningún periódico, acepta un paquete de cuatro botellines de cerveza. Desencaja las botellas del cartón y las mete en la mochila, donde quedarán amortiguadas entre sus novelas ajadas.

—Tienes que comer cosas de sustancia —le recrimina El Caracol a Cafeína—. No te das cuenta de que el café es malísimo, si no tienes algo en el estómago.

Le da un paquete de ocho yogures de frutas. Cafeína se le queda mirando, como si no entendiera lo que le dice el viejo. Se retira sonriendo sin llevarse nada.

—No te dije que sobraría —termina enfadándose con El de la Vara—. A ver qué hacemos con todo esto.

El de la Vara mete en una bolsa de plástico lo que le parece bien. El Caracol, que le sientan mal los lácteos, se guarda una bandeja de embutido y una cuña de queso de oveja, pese a anticipar que la digestión sería pesada, pero no puede resistirse a ese manjar.

El de la Vara se apresura para tomar el próximo tren que lo devuelva a su casa, El Deportista camina por el bulevar hasta la zona soleada, donde se sentará en un banco a continuar devorando novelas del Oeste, mientras se bebe el primer botellín de cerveza; Cafeína sigue el mismo rumbo que el anterior, pero se da media vuelta y deshace parte de lo recorrido, hasta que se detiene sin saber por qué, como si hubiera olvidado el lugar al que se dirigía; Caracol se levanta con dificultad del banco, tarda en enderezarse y, antes de ponerse en marcha hacia las afueras, observa cómo los abuelos continúan su búsqueda. Les deja en el banco lo que ellos no han querido. Sabe que vendrán inmediatamente a recogerlo. Así es, los que menos han conseguido, se aproximan con cautela a coger sus sobras. Después, los abuelos, como si hubieran pasado por las cajas registradoras del supermercado, se encaminan a su casa con las bolsas repletas de productos de deshecho.

El centro comercial sigue aprovisionando a estos menesterosos y a todos con sus estanterías colmadas. Y la peluquería, poniendo guapas a las mujeres; y el salón de manicura, creando obras de arte en las uñas; y los solarios, torrando las pieles blancas; y el centro de estética, eliminando vello; y la inmobiliaria, vendiendo propiedades; y las boutiques, proporcionando vestidos que resaltan los cuerpos; y la agencia de viajes, llevando a destinos lejanos; y el banco, repartiendo dinero para ser gastado en el centro comercial; y los restaurantes, ofreciendo menús tentadores… Una Arcadia donde se puede sentir la felicidad por un instante, ya que todo está al alcance.

Es por la mañana, ya casi mediodía, cuando todos los buscadores han conseguido el pan de cada día. El resto de la jornada no tiene mucho interés: toman el sol, ven la televisión, echan una partida de cartas, charlan con sus amistades… Un día más para todos. Pronto llegará el domingo y descansarán, porque el centro comercial cesa su actividad. Y el lunes comienza la semana: otra vez lo mismo. El transcurso de la vida es monótono. Solo se altera unos instantes cuando alguno se va al otro barrio, lo cual suelen considerarlo como una suerte para el finado: “Para lo que pintaba ya…” Son solo palabras hueras, que no reflejan la verdad, ya que ninguno quiere morirse. A su manera encuentran un sentido a su vida que les permite luchar por seguir con su existencia.

El otoño se despidió antes de tiempo. Todos los días eran húmedos. El agua rezumaba por el suelo y ascendía por los zócalos; un viento constante se mecía alrededor de El de la Vara. Se protegía con una pelliza amarillenta, cuyo cuello llevaba levantado a modo de barrera. También se había enfundado un sombrero de lluvia, ya que no le gustaban los paraguas. Aunque el asiento del banco estaba seco, permanecía muy poco tiempo sentado. Prefería recostarse en la pared. Miraba todo a su alrededor, pero sus ojos se fijaban en la esquina por donde habían de aparecer los empleados de mantenimiento con los carros de la basura. Los desperdicios seguían siendo los mismos; no así los que los aprovechaban. Continuaban acudiendo los abuelos con buena salud y El Deportista, protegido con un impermeable con el que tapaba la mochila con sus novelas del Oeste. Hacía tiempo que no se veía a Cafeína.

—Lo habrán internado en algún centro —especula El Deportista, hablando por hablar.

Ninguno de ellos se preocupó por El Caracol. Llevaba un tiempo sin dejarse ver, pero no se extrañaron. No era muy habitual que abandonara la ciudad, aunque alguna vez desaparecía.

—Fui a visitar el cementerio donde descansan los restos de mis padres —le oyeron decir en ocasiones cuando le preguntaban por su vida después de estar un tiempo ausente.

El de la Vara era el que más echaba de menos la compañía de El Caracol. No se puede decir que mantuvieran una relación de amistad franca, pero El de la Vara estimaba que, por lo menos, él se podía considerar confidente, porque más de una vez le había confesado que lo que más temía era morir en cualquier parte y que no lo enterraran en la sepultura familiar.

—Una vez muerto, ¡qué más da adonde a uno lo metan! —se extrañaba El de la Vara por este asunto tan pusilánime.

El Caracol no entraba a debatir esta cuestión, pero su deseo era reposar junto a aquellos que le dieron la vida. No contaba nada de particular de sus padres, si bien se le notaba que estaba muy unido sentimentalmente a ellos.

Una mañana, cuando el centro comercial se adornaba con decoración navideña y no paraban de sonar villancicos machaconamente, se presentó El Deportista a la zona de espera de El de la Vara.

—¿No te has enterado? —le dijo casi alegre a El de la Vara.

—¿De qué? —le respondió receloso.

—El Caracol, lo enterraron ayer. Murió en el refugio de transeúntes.

Y El Deportista se dio media vuelta en busca de la zona más cálida del bulevar sin quedarse a ver su reacción.

El de la Vara permaneció inmóvil, observando cómo se alejaba cojeando El Deportista. Cuando fue capaz de moverse, se dirigió al apeadero a esperar el tren sin llevarse nada en su mochila. Tardó mucho tiempo en volver al centro comercial.

26/08/25

EL MAPA DE ESPAÑA

Cada día desconfío más de mí mismo. Me siento mal. No sé por qué este malestar me ha alterado tanto, pero intuyo que tiene que ver con la sacudida del constructo mental que ha regido mi vida hasta el momento. No es la primera vez que un principio que creía incuestionable se viene abajo fruto de mi inocencia. No voy a repasarlos todos para no abrumar al lector con mis miserias. Me imagino que cada uno tiene las suyas y ha de lidiar con ellas.

—¿Me podéis representar el mapa de España? —planteé en la primera ocasión en la que me encontré con dos profesores de Geografía e Historia.

Estábamos sentados tomando algo en la terraza del único bar del pueblo, en una de esas pocas tardes en las que los duendes de los antiguos moradores vuelven a reunirse para tratar de no perder las raíces que les conectan con el lugar donde nacieron.

La pregunta les dejó perplejos. Con seguridad imaginaron que les estaba metiendo en un atolladero de salida incierta. Primero se lo exigí al que se sentaba a mi izquierda; después al que se situaba a mi derecha. Ambos dibujaron con el dedo sobre la mesa el mapa que mentalmente yo tengo de mi país, que, como anticipaba, era la misma que tienen todos los españoles.

—¡Ah, pero ese dibujo no corresponde a España!

—Es cierto, pertenece a la península Ibérica: a España y Portugal —reconoció al instante el primer dibujante y corroboró el segundo.

—También habría que excluir Andorra —añadió este último.

—Lo mismo sucede con el mapa de África, que aparece representado más pequeño de lo que es en realidad —desvió el núcleo inicial de la conversación el de mi izquierda—. Cuanto más al norte o al sur del Ecuador, en el mapamundi de Mercator, mayor es la alteración de ciertos países. Estados Unidos, Rusia y Noruega son ejemplos de esta distorsión…

Era una manera de eludir por qué en la mente de los españoles el mapa de nuestro país incluye a Portugal.

Fue una lástima que esta cuestión la planteara al final de la tertulia, cuando el cierzo despuntó y nos dejó helados a la concurrencia. Sin embargo, apuré mis posibilidades de ahondar en el asunto.

—Pero esto es muy serio. Afecta a la percepción de la realidad. Si algo tan básico, como es el contorno geográfico de nuestro país, es irreal, supone una concepción falsa de la tierra que consideramos nuestra —aduje, intentando que la conversación se extendiera.

—Pues claro, es el relativismo, la percepción individual que cada uno de nosotros tenemos de lo que nos rodea —dijo el profesor de mi derecha, como si fuera un tema claro y menor lo que planteaba.

Al quitar importancia a este asunto que tanto me había afectado, me cohibí y no me atreví a añadir nuevas ideas sobre el tema.

—Y con Guinea sucede lo mismo… —terció mi compañera. Pese a haber sido una colonia y una provincia española durante bastantes años, ha desaparecido de nuestro imaginario colectivo. Incluso no sabemos cómo se produjo la descolonización. Ni se la menciona en los libros de historia.

También les sorprendió este asunto no tan lejano y capital, como es la pérdida de parte del territorio.

—Probablemente no se hayan desclasificado los documentos de la época —intentó justificar que fuera un asunto del que no se habla el de mi izquierda.

No quise entrar en polémica en algo que no era de mi incumbencia. Me traía al pairo la descolonización de las colonias africanas, y también la de las americanas.

La temperatura había descendido bruscamente y ya era hora de sobra de ir a cenar. Los dos profesores de historia se levantaron a la vez, con lo cual la tertulia se suspendió sin llegar a abordar la cuestión que a mí me preocupaba. Fue la última reunión del grupo. Al día siguiente, cuando me encontré con el profesor de mi izquierda, me anunció que adelantaba la vuelta porque quería reunirse con una de sus hijas; el segundo, no apareció a la hora habitual por la tarde en la terraza.

Seguramente son obsesiones personales y las conclusiones a las que llego sean falsas, pero no puedo dejar de pensar en ellas.

El mapa de España, en su lado izquierdo, no es una línea más o menos recta que desciende por la franja costera del Atlántico. Nuestro Atlántico gallego acaba en La Guardia, en la desembocadura del río Miño. A partir de este punto, la linde debe girar hacia la derecha, a tierra interior, recorriendo el perfil de las provincias de Pontevedra y Orense, y descendiendo desde Zamora, hasta llegar a Huelva. No es un mapa tan redondo ni tan grande como la imagen mental que tenemos todos, pero es el verdadero, el que no queremos ver. Si quitamos Portugal, nos queda un país chato, irregular y mucho más feo. Es como si nos hubieran dado una dentellada. Sin embargo, no creo que sea una cuestión estética la que nos lleva a engañarnos a nosotros mismos. Lo importante es la propia concepción de nación, no de entidad geográfica. La idea uniforme, y que mira al ombligo madrileño, negando la inmensa y casi circular periferia, impuesta por el centro político de nuestra nación es falsa. España no es el centro —ni Madrid ni las Castillas—, sino la vitalidad adormilada de sus provincias y regiones circundantes. A todos nos han inoculado una España geográfica y políticamente falsa.

Estas son algunas de las cuestiones que me hubiera gustado debatir con mis colegas de tertulia, pero no quisieron entrar en la discusión.

Tal vez el próximo verano tenga la oportunidad de sacar de nuevo el tema, o quizá ya no me preocupe tanto como ahora, porque haya descubierto otro principio inamovible apócrifo que me atormente en esos momentos.


17/06/25

LEYENDA DE LA MUJER DELFÍN



Observé un paraguas negro abierto sobre la arena mientras recorría la playa del Sardinero. Había algunos bañistas tardíos aún en ese inusual otoño primaveral del que disfrutaban en Santander. Supuse que su dueño sería uno de los que se bañaban. Recorrí el arenal y regresé. Al llegar de nuevo a la altura del paraguas, me detuve. Seguía abierto. A su resguardo se hallaban lo que supuse eran unas pertenencias. En ese instante, miré al agua y ya no divisé a nadie. La imagen de ese paraguas solitario me inquietó. No encontraba ninguna explicación relativa a su abandono.

Uno de los nadadores no se hallaba lejos. Se había enfundado un albornoz color crema y contemplaba los navíos anclados en alta mar esperando su turno para entrar a puerto. Se trataba de una persona mayor, aunque su cuerpo bronceado mantenía una apariencia atlética.

—¿Sabe de quién es ese paraguas? —le pregunté.

Me miró un instante antes de responder, como si en ese breve lapso tratara de adivinar la procedencia del forastero.

—¿No lo sabes?… De La Mujer Delfín.

Dudé si iniciar conversación con un viejo que en ese momento me pareció molesto por mi pregunta.

Al fin y al cabo, el objeto tenía un dueño y a mí no me importaban los motivos por los cuales lo había dejado depositado en la arena. Sin embargo, su nombre me llamó la atención. Inferí que sería el apodo de una persona conocida en el entorno.

—¿Quién es La Mujer Delfín? —quise saber con descaro.

El hombre metió su ropa en una mochila, se calzó unas chanclas y se acercó.

—¿De dónde eres?

Le respondí que sevillano. Y antes de que continuara con su interrogatorio, añadí que me encontraba de vacaciones. Con estas explicaciones justificó que no conociera a esa mujer. No se detuvo. Yo lo seguí hasta el paseo que bordea todo El Sardinero. Una vez fuera, se apoyó en la barandilla y contempló el paraguas, las olas que lo habían zarandeado momentos antes y su vista se perdió en la lejanía gris del mar.

 

 

 

El tiempo empeoró de repente a media tarde, cuando cambió el viento que hasta ese momento había soplado del sur. Antes tuve tiempo de visitar la Península de la Magdalena y de tomar un autobús y dirigirme al faro. Mi hotel se encontraba a escasos minutos de los jardines de Piquío y había planificado cenar en el alojamiento y descansar con la intención de dejar la ciudad al día siguiente. Me encontraba en un momento de mi vida en que era libre. No tenía que rendir cuentas a nadie y no estaba sometido a ninguna responsabilidad. Pese a ello, no hallaba alicientes para encontrar una ilusión que me guiara. Viajaba porque no había lugar donde la sucesión de los días me proporcionara la calma de emprender un buen proyecto. Lo único seguro eran los ahorros de unos años de trabajo en los que me habían pagado con generosidad por realizar lo que yo consideraba tan solo una simple afición.

Con el desdén del que no tiene nada planificado, me acosté sabiendo que por la mañana elegiría mi rumbo sin titubear. En efecto, con esa apatía inherente a mi personalidad, me quedé dormido al poco de arroparme. No obstante, de madrugada, me desperté y mi mente recordó la historia que el bañista me contó de La Mujer Delfín. La narró de forma sucinta y con un tono misterioso. No lo interrumpí, pero mi sensación era que me estaba engañando con una fabulación inverosímil, si bien, la cara del narrador no era la de un bufón, sino la de alguien que guarda luto por una persona ausente. Durante mi desvelo no pude dejar de pensar en el buen hombre que tuvo la delicadeza de contarme la historia y, sobre todo, en esa mujer irreal venida de la inmensidad del mar.

 

*

 

Me levanté temprano. Me presenté el primero en el comedor del hotel. Elegí una mesa desde la que se contemplaba el mar. ¡Era una vista magnífica del fondeadero! Entre brumas se distinguía la silueta de barcos mercantes que abandonaban el puerto, mientras otros se disponían a atracar.

No había cambiado de idea, pero me pareció muy temprano para dirigirme a la estación a comprar un billete a cualquier destino, así que, antes de pedir la cuenta, sentí curiosidad por saber si permanecía abierto el paraguas en la playa. Supuse que a esas horas estaría solitaria, pero no era yo el único que la transitaba. Otros paseantes, acompañados de sus perros, corrían o caminaban en las dos direcciones. Incluso, cuando llegué al centro, había alguien que se bañaba. El paraguas continuaba en el mismo punto donde se encontraba el día anterior. Me aproximé y pude comprobar que bajo su cobijo se hallaba una bolsa de plástico blanco que contenía algo de comida. Sin moverla, se notaban en su interior piezas de fruta, manzanas o naranjas. Otra bolsa mayor contenía lo que supuse una toalla, aunque bien podía tratarse de una pequeña manta.

Por temor a que creyeran que iba a coger lo que no era mío, me alejé un poco. Permanecí por las inmediaciones, esperando poder hablar con alguien sobre el paraguas olvidado. No tardó en salir del agua una mujer de mediana edad. Aguardé a que se secara y se vistiera para acercarme a ella. La saludé y le pregunté por el paraguas. Me sonrió afectuosa. Pude apreciar cómo el baño le había revitalizado y transmitido una energía que se prolongaría a lo largo de la jornada.

—El paraguas es para La mujer Delfín —me dijo con la mayor naturalidad—. Se lo tenemos preparado por si viene, para que encuentre acomodo y pueda reposar con tranquilidad.

Como si no supiera nada, le pedí que me explicara quién era y cómo esperaba que viniera hasta allí por el mar.

—Es una mujer que se asemeja a los delfines y nada igual que ellos, con una ligereza y facilidad que causa espanto. Puede pasarse mucho tiempo en la alta mar sin fatiga; incluso, es capaz de dormir flotando.

—¿Es de Santander?

—No, aunque pudiera ser. En realidad, nadie sabe de dónde es ni cuál es su nombre real, ya que dicen que es muda. No habla ni se expresa por gestos, si bien, no es sorda, porque de continuo presta atención a los sonidos, sobre todo, a los procedentes del mar.

—¿La conoce usted?

—¡Qué más quisiera yo haber tenido esa suerte! Nadie en Santander la ha visto, pero estamos preparados por si un día se presenta.

Me quedé alelado con esta confesión. Podía tratarse de una alucinación general de una población proclive a las creencias fabulosas.

—Y si nadie ha visto a esta mujer pez, ¿cómo saben de su existencia?

Se me quedó mirando perpleja y, por un momento desapareció la sonrisa que hasta ese momento había iluminado su cara:

—Porque hay quien sí la ha visto…

Me explicó que no eran pocas las playas del Norte y del Atlántico en las que había recalado. La costumbre de dejar un paraguas y algunos víveres en muchas de ellas era porque la primera vez que se dieron cuenta de su presencia portaba uno. Se había puesto a llover intensamente y encontró entre los desperdicios que el mar siempre devuelve a tierra un paraguas y manipulándolo lo abrió y descubrió que servía de parapeto. Lo mantuvo el tiempo que estuvo en la playa. Además, observaron que, por la noche, lo extendió y se acurrucó bajo sus alas para evitar el relente nocturno.

—¿En qué lugar la descubrieron por primera vez?

—No se sabe con precisión, pero la mayoría afirma que fue en La Coruña. Ellos dicen que del mar salió una mujer pequeña enfundada en un traje de neopreno que no portaba ninguna tabla de surf. Aseguran que esto sucedió en la playa del Orzán. Los que la vieron se sorprendieron porque no habían divisado a nadie coger olas momentos antes. Su sorpresa fue mayor al comprobar que deambulaba sin mucho sentido. Supusieron que buscaba sus pertenencias, pero no había ninguna bolsa depositada en la arena. 

 

*

 

Regresé al hotel y dije al recepcionista que alargaría la estancia una noche más. Después de hablar con la mujer y confirmar la historia de La Mujer Delfín, una idea se había entronizado en mi mente: conocerla en persona. Pregunté al empleado dónde podría encontrar una tienda de bicicletas. Atónito por mi consulta, el portero me orientó hacia el centro de la ciudad. Allí me dirigí. Compré una bicicleta. Le pedí al dependiente que la proveyera de alforjas y me dotara del equipamiento necesario para emprender un largo viaje. Me sacó camisetas, jerséis, chaquetas, chubasqueros, pantalones, zapatillas… También me hice con un saco de dormir y una tienda de campaña individual. Pagué con gusto la cuenta y montado en ella, regresé al hotel. Dediqué la tarde a estudiar la ruta que seguiría y a seleccionar lo que me quedaría del equipaje con el que partí de mi tierra. Busqué un contenedor en el que depositar la ropa de la que me desprendía. El resto de mis pertenencias las dejaría en la recepción cuando me despidiera para que el personal del hotel tomara para sí las que quisiera y el resto se deshiciera de ellas. 

 

*

 

Al mencionarme la bañista que quizá el primer lugar donde descubrieron a La Mujer Delfín fue en La Coruña, decidí partir hacia esa dirección. El mar aparecía y desaparecía de mi recorrido; a veces, me detenía a descansar aproximándome a los acantilados que contenían el ímpetu indomable de las olas. Llegué a la playa de Liencres por carreteras locales. El descenso hasta el arenal transcurría por un camino que se adentraba en un majestuoso pinar. Las minúsculas esquirlas de sílice que el aire levantaba se apelmazaban en las dunas que bordeaban. Había pocas personas ya en ese otoño decadente. Los que más se prodigaban eran surfistas que se esforzaban por adentrarse hasta el punto en el que el oleaje rompía. Los divisaba cabalgando sobre sus tablas, realizando cabriolas, adentrándose en el embudo que se abría a su paso, para acabar tirándose de cabeza antes de que la montura se estrellara en la orilla. Allí me quedé sorprendido, hipnotizado por esa continua lucha entre olas y surfistas.

Cuando el sol declinaba, abandonaron exhaustos su actividad. Había permanecido no muy lejos de la entrada y, paulatinamente, desfilaron delante de mí. Una pareja de poco más de veinte años me saludó sonriendo. Les devolví la sonrisa, agradecido por su simpatía.

—¿Estás recorriendo el camino de Santiago? —se abrieron a charlar conmigo.

Titubeé sobre la respuesta. No, no era ese mi propósito.

—No, voy… adelante, donde me parece.

—¡Ah, que bien! —se sorprendió la chica.

Era una joven muy bonita, con una melena rubia que sufría la devastadora corrosión del salitre.

Ambos se fijaron más en mi atuendo, en la bicicleta y mi equipaje.

—¿Vas a dormir en la playa? —se interesó el compañero, un desgarbado muchacho.

No había pensado en dónde pasar la noche, pero dije que sí.

—Es mejor que te pongas del otro lado de las dunas, allí estarás más protegido… Lo único…, la bici. Te va a costar moverla.

—Me han contado una historia relativa a una mujer delfín… —les sondeé.

Se miraron sorprendidos y se aproximaron a la roca donde me había sentado.

—¿Eres periodista?

—No, qué va, ni mucho menos… Tengo curiosidad. Me han hablado de ella en Santander.

La joven se apoyó en la piedra, mientras él permaneció de pie, sujetando con las dos manos las tablas empinadas de ambos.

—¿La habéis visto por aquí en alguna ocasión?

—Ves aquel paraguas —me señaló el lugar extendiendo la mano.

Hasta ese momento solo me extasiaba con el paisaje, la puesta de sol y los surfistas.

—¡Aquí también habéis pensado en la posibilidad de que se presente y le habéis preparado su refugio! —Me alegré de constatar que La Mujer Delfín también era conocida.

—Si vuelve a aparecer, probablemente sea en esta playa en la que se presente —afirmó con absoluta seguridad.

—¿Por qué?

 

*   

 

Nada más despedirme de ellos, recorrí la playa, arrastrando la bicicleta, hasta llegar al paraguas. No era negro, sino azul, un azul celeste. También había una bolsa con víveres y lo que parecía un gabán. Lo contemplé durante un rato, como si buscara respuesta a la desasogante curiosidad que sentía por esa mítica mujer.

Como me recomendó el desgarbado surfista, me adentré en las dunas, buscando una pequeña loma que me protegiera del viento. Desplegué la tienda de campaña y me dispuse a reponer fuerzas comiendo algo. No me preocupé de la hora que era ni de ningún asunto que no fuera lo que me había contado esa pareja. Según la chica, La Mujer Delfín se había enamorado de un surfista rubio muy guapo. Era el mejor cogiendo olas. Su playa de entrenamiento era Liencres, pero desaparecía durante largas temporadas cuando participaba en las pruebas que se organizaban por todo el litoral norte y atlántico. Pocos fueron conscientes del proceso de ese enamoramiento; solo algunas chicas la observaron y se convencieron de que algo sentía por ese muchacho. No estaban seguras si era por la destreza con la que surcaba las olas con su tabla o por ser una belleza. Lucía una media cabellera rubia y era muy simpático. Siempre mantenía una sonrisa cautivadora y estaba de buen humor. Según mi informadora, era más bien infantil e irresponsable, pero reconocía que era el mejor y que tenía un halagüeño futuro como deportista.

—Esperamos la vuelta de los dos —me había dicho—, —pero es probable que tarden en aparecer. El Niño (ese era el apodo del surfista) cada vez viene menos por aquí; ha emprendido un sueño de altos vuelos y compite con la élite, y sospechamos que La Mujer Delfín lo busca desesperada por todas las playas donde se cogen buenas olas.

Conseguí dormir arrullado, pese a la atronadora y ronca respiración del mar. Sin recoger la tienda, ascendí hasta coronar la colina de arena para comprobar si durante la noche había arribado La Mujer Delfín. El paraguas seguía anclado y no parecía que nadie se hubiera cobijado con él. 

 

*

 

Continué avanzando hacia Poniente. Aunque atravesaba pueblos con un legado histórico abrumador, no había nada que me distrajera de la estela que perseguía. Me proveía de lo que necesitaba y emprendía mi marcha.

Me defraudé en ocasiones, ya que no hallaba paraguas en todas las playas. Por qué sí en unas y en otras, no, me resultó difícil saberlo. Esperaba que estuviera relacionado con las olas más o menos aptas para surfear, pero no pude comprobarlo fehacientemente. Sin embargo, me llevé una sorpresa, pues, aunque los paraguas no hacían acto de presencia en los arenales, sí que conseguí rastrear la pista de La Mujer Delfín. No era conocida así en todos los lugares, pero, por la descripción o leyenda creada, pude convenir que esos relatos se referían a mi perseguida. Decían que habían divisado a una pequeña mujer nadando y saltando entre un grupo de delfines; otros, afirmaban que era amiga de los socorristas, que se trataba de una misteriosa bañista que había salvado de morir ahogados a aquellos que la resaca se llevaba. Esas mismas personas socorridas, hablaban de una mujer que los había devuelto a la orilla, sin estar convencidos de si la ayuda había sido cierta o era producto de una ensoñación como consecuencia de la inconsciencia en la que habían caído al comenzar a zozobrar y a tragar agua…

 

*

 

Mis indagaciones me condujeron a más lugares que las playas. Estimé que los pescadores podrían ser mis informantes. Me interesaban sobre todo los pequeños puertos no muy alejados de los arenales que frecuentaban los surfistas. Había recorrido las kilométricas playas de Oyambre y Gerra y en ambas habían plantado sendos paraguas, cada uno de un color diferente: amarillo, en la primera; verde, en la segunda. Las referencias que me ofrecían los surfistas locales no aportaron datos que no conociera ya. Esa zona era frecuentada por pequeños barcos de los puertos de Comillas y San Vicente de la Barquera. No tuve dificultad para hablar con los pescadores, algunos ya retirados de la faena, pero cuya vida seguía unida al puerto y a la lonja, al pasar buena parte de la jornada en su entorno. Procuré ganarme su confianza charlando sobre mil asuntos diferentes al que me interesaba. Después de un rato de palique, les preguntaba si habían visto o, por lo menos, escuchado algo referente a La Mujer Delfín.

—¡Claro que sí! De la Mujer Delfín, del Hombre Pez de Liérganes…

Ya conocía esta última historia.

Me desanimé considerando que tomaban a chufla mi requerimiento. Sin embargo, no me pasó desapercibido el semblante de un viejecito, con unos ojos muy vivos que parecían comunicarme algo que no se atrevía a declarar delante del grupo de los reunidos.

No tuve prisa por disolver la asamblea. Cuando se fueron apartando, a la primera oportunidad, me acerqué a este hombre. Llevaba puesta una gorra con la visera levantada, como si la hubiera retirado para que el sol le impactara en los ojos.

—Yo he recorrido muchos mares… He sido pescador, también marino mercante, y conozco los puertos más importantes del mundo y, sobre todo, los del mar Cantábrico —me explicó, sintiendo una desazón que se expandía a la par que desgranaba cada una de sus palabras, pues pensé que comenzaría a referirme toda clase de anécdotas sin que ninguna me aportara nada interesante.

Al verme que no me entusiasmaba el inicio de su perorata, se calló.

—Perdone, es que estaba pensando en otro asunto. Continúe —Le animé.

—En Redes, cerca de Ferrol, oí una historia de una chiquilla que a lo mejor está relacionada con la mujer esa que usted menciona.

Me dio un pasmo al escuchar esto.

—Parece ser que una niña de corta edad se cayó al agua mientras faenaban sus padres. No había mucho oleaje, pero cuando se quisieron dar cuenta de que su criatura no se hallaba en la barca e iniciaron su búsqueda, no la hallaron y supusieron que se había ahogado, aunque nunca recuperaron su cuerpo…

Me quedé en silencio, expectante, porque no acababa de vislumbrar la relación que existía entre esa desgracia y mi protagonista.

—...Transcurridos unos años, los mismos padres creyeron reconocer la figura de una mujer entre una manada de delfines que se aventuraba de manera anormal en esa bahía.

No pude contener la alegría ni las incipientes lágrimas que se deslizaban por mi rostro.

 

*

 

Había jornadas en las que no pude avanzar en mi largo peregrinaje hacia el oeste como consecuencia de las copiosas lluvias que azotaban la costa. Me desesperaba, ya que poco podía averiguar. Aproveché para alojarme en algún hotel donde descansar y asearme con deleite. Llamaba la atención de los empleados. Yo mismo, al mirarme en el espejo, me extrañaba. Me había dejado barba y mis ojos vagaban perdidos buscando una referencia en los que descansar. A pesar de mi fatiga, no lograba un sueño profundo. Me despertaba y mi mente se concentraba en la investigación pendiente.

Harto de que no escampara, emprendí camino. Había conseguido impermeabilizar bien las alforjas y yo me enfundé el impermeable. Pedalear resultaba desagradable porque mis piernas encontraban obstáculos de continuo, pero me propuse seguir adelante hasta que logré llegar a Salinas. El temporal, obstinado, aún castigaba la costa. La inmensa playa desguarnecida me pareció inhóspita. Recorriéndola por el paseo, miraba el oleaje, que avanzaba hasta aproximarse al límite del muro del bulevar. Las gotas de lluvia impactaban sobre la salobre agua, produciendo pequeñas explosiones acuosas, cuyas partículas eran arrastradas por las rachas de viento procedentes de la inmensidad del mar. No alcanzaba a vislumbrar unos pocos metros más allá de mi persona. De vez en cuando, me detenía y me apoyaba en la barandilla azul, mirando a derecha y a izquierda. Aunque tardé en dar con lo que buscaba, al final, lo descubrí. Pegado junto a la pared que detenía el avance de la arena, plegado para que no lo arrastrara el viento, hallé un paraguas y una gran bolsa bien cerrada, cuyo contenido adivinaba. Pero no había rastro de La Mujer Delfín. Tampoco nadie al que preguntar para que me aportara noticias. Mi vista se perdía por la ensenada, viraba hacia el interior, donde solo aparecían altos bloques de apartamentos deshabitados, y no hallaba un alma que no fuera yo mismo.

Me refugié junto a uno de aquellos edificios, al amparo del viento y resguardado por una cornisa. Me recosté en la pared, mirando el cielo bajo que amenazaba con derrumbarse. Cuando me quise dar cuenta, un perro olisqueaba mis zapatillas empapadas, y detrás de él apareció su dueño. .

—¡Vaya tiempo! —se quejó sin reparar detenidamente en mi persona.

Se trataba de alguien con unos pocos años más que yo.

—¡Mala temporada has elegido para viajar, compañero!

—Sí —afirmé, no fuera a formarse la idea de que era un misántropo—. ¿Eres de aquí?

—No, pero, para el caso, podría decir que sí, aunque no soy asturiano.

Intercambiamos algunas palabras más. Sin darle mucha información de mí, él me contó que su pareja era de la zona, y habían terminado por regentar un bar cerca de donde nos encontrábamos. Vivía en uno de esos apartamentos que yo había creído desocupados.

—Ahora es temporada baja. Solo los fines de semana esto recupera algo de vida, si las condiciones del mar permiten surfear. Cada vez hay más aficionados. Son gente maja —me respondió al preguntarle sobre el negocio.

—¿Vienen muchos surfistas?

—Sí. Es una playa con buenas olas y lo suficientemente grande para convivir con los bañistas sin que se molesten los unos a los otros.

—He visto en la playa un paraguas rojo abandonado, junto a una bolsa… Me ha extrañado.

—¡No se te ocurra tocarlos! Son una ofrenda que los surfistas dejan a una muchacha a la que consideran una deidad.

—¿Una deidad?

—Sí, para ellos es como su protectora. Creen que, si en algún momento se ven apurados, ella los socorrerá.

Intenté mostrarme incrédulo para que mi interlocutor se esforzara en contarme todo lo que sabía.

Sin referirse a la chica con el nombre por el que la conocí en Santander, me refirió que se trataba también de una mujer surfista, o que merodeaba entre las olas como si fuera un delfín. La adivinaban surcando el oleaje, sumergiéndose y emergiendo con volteretas, imitando a los delfines. Si intentaban aproximarse a ella, se adentraba más. Mantenía una distancia que permitía a todos contemplarse. Si algún infeliz, alejado de la costa, era arrastrado por la corriente o lo notaba muy fatigado, ella lo ayudaba a regresar a la playa. Pero nadie le ha oído hablar, por lo que suponen que es sordomuda o extranjera. Muy pocas veces llega hasta la playa, pero en alguna ocasión se ha atrevido. Por eso le dejan el paraguas y comida. También, un traje de neopreno, que le compran las chicas aportando cada una un poco de dinero para la colecta.

—Si quieres, te puedo invitar a un café en mi casa —me propuso.

—No, gracias, he de continuar.

En efecto, se adivinaban algunos claros en la lejanía marítima y la lluvia aminoraba. 

 

*

 

San Cosme de Barreiros, Burela, Barreiros, con sus playas y surfistas iban quedando atrás. El tiempo había mejorado, pero el mar estaba enojado y el oleaje era bronco y revoltoso. Las aguas del Cantábrico seguían vomitando las últimas mareas de algas. En algunos puntos de esas playas, protegidos por pequeños salientes de terreno, se aventuraban algunos esforzados nadadores con sus tablas. Se trataba de deportistas de la zona, buenos conocedores del comportamiento imprevisible de un mar con mucho carácter. No era fácil establecer conversación con ellos. Entraban con premura en el agua y se retiraban de igual modo. Se desenfundaban el ajustado traje y lo depositaban en un cubo para lavarlo más tarde.

Merodeaba entre los vehículos en busca de alguno que se detuviera unos minutos para intercambiar unas palabras. Por casualidad, hallé a una chica que contemplaba el panorama desde el interior de un vehículo. Al verme con la bici y el desarbolado equipaje sujeto en el soporte, creyó que andaba perdido y salió.

—¿Te puedo ayudar?

—No, gracias.

—Perdona, creí que andabas perdido.

—Bueno, sí, pero no tiene importancia.

Sacó un cigarrillo y rechacé uno que me ofreció. Estaba esperando a que su novio saliera del agua. A ella no le había apetecido meterse.

—¿A dónde te diriges? —se atrevió a preguntarme.

—Recorro el Norte, suelo decir, pero la verdad es que voy tras una persona —le dije dirigiendo mi intervención al tema que quería tratar.

—¿Una mujer?

—La Mujer Delfín.

Esperó un instante para recuperarse del impacto y para realizar un segundo análisis más detenido de mi persona. Si llegó a la conclusión de que era un enajenado, no se lo puedo reprochar, porque, después de dos semanas de viaje, mi aspecto daba pie a pensar que era un trastornado, pero por completo inofensivo, pues no capté ningún temor en ella.

—Es raro.

—¿Por qué? —quise saber por sentirme ofendido.

—El motivo del viaje, la época elegida…

Me tuve que callar. Tenía toda la razón del mundo.

—¿La conoces?

En efecto, la conocía. Fue de las pocas testigos que me confirmó que había estado cerca de La Mujer Delfín. Se trataba de una chica menuda, con el pelo castaño muy largo. No se había aproximado mucho a ella por respeto. Salía a tierra cuando la presencia humana era muy escasa. Tomaba el paraguas y la bolsa y se apartaba. Escarbaba un hoyo en la arena y se acurrucaba. Nadie que la viera intentaba acercarse, por miedo a que saliera huyendo.

—¿Cuánto hace que la has visto?

—Un mes, un mes y medio, más o menos —me respondió después de calcular el tiempo—. Me dio mucha pena.

—¿Por qué?

—La vi muy triste, una tristeza de mujer enamorada.

 

*

 

Yo también estaba muy triste, tal vez una tristeza de hombre enamorado, aunque no fuera muy consciente de ello.

A esas alturas, mi viaje tras La mujer Delfín no tenía sentido. Había conseguido los suficientes testimonios para convencerme de su existencia real. ¿Por qué continuaba pedaleando? ¿Solo por encontrarme con ella en persona? No estaba seguro de lo que deseaba. Mi viaje se había transformado en una obsesión absurda, que me conducía por malas carreteras que se convertían en un tormento para mis piernas, cada vez más debilitadas.  Ascendía repechos con baches y descendía por toboganes mal asfaltados.

Los faros que lanzaban señales a los navegantes eran también los hitos blancos que jalonaban mi recorrido. Me detenía en las playas. Ya no me molestaba en buscar los paraguas. Me quedaba mirando el oleaje sin darme cuenta del tiempo que transcurría sentado en la arena. Si el lugar era seco, allí pasaba la noche, durmiendo a ratos, en vigilia mucho tiempo, inundándome de la oscuridad rugiente que amenazaba con su ciega mirada.

La llegada al Atlántico supuso el renacer de un brío desconocido, alimentado por el deseo de conocer la bahía de Betanzos. En ese enorme recodo de mar, se hallaba Redes, un pueblecito de pescadores, donde aquel marinero me contó que una niña desapareció hacía mucho tiempo.

La carretera en descenso terminaba en el puerto. Las barcas amarradas al muelle y las que había ancladas en la bahía eran meros botes con sus remos. En algunas faenaban en sus mansas aguas. Los pescadores trajinaban desarrollando su oficio, incomprensible para mí. Me senté en una mesa en la terraza de una taberna. En otra, dos viejos, con sus pequeños vasos de vino blanco, me contemplaban. El dueño me sirvió un café. No quise preguntar nada, hasta que los parroquianos se convencieran de que no llevaba prisa y que no sentía curiosidad por su vida. El sol recorría el cielo; los hombres permanecían en silencio, vigilando unas veces al mar, y comentaban algo relacionado con la labor que realizaban los pescadores; otras, depositaban su mirada en mí, y permanecían en silencio, con los ojos más abiertos de lo que les permitía su piel apergaminada. Yo los observaba sin curiosidad; también, a los pescadores, que movían redes y maniobraban con una pértiga. Había sacado un cuaderno y aparentaba que leía o anotaba algo con un lapicero. Permanecimos sentados hasta que el tabernero cerró el establecimiento.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras —me dijo cuando se llevó la taza.

Allí continué, contemplando con serenidad la pequeña plaza circular, las calles que desembocaban en ella y esa pareja de ancianos, a los que ya no deseaba preguntar por la niña desaparecida hacía muchos años.

Al final de ese periodo de meditación, determiné pasar la noche en la playa que divisaba a mi izquierda. Me levanté y me despedí de la pareja moviendo la mano. Cuando me alejaba, se incorporaron para comprobar la dirección que tomaba.

Esa noche dormí profundamente: por primera vez el mar permaneció en silencio, como si velara por la muerte de algún ser querido. Yo sentí una serenidad que solo otorga el vacío.

 

*

 

Pasé como una exhalación por las Rías Altas y Bajas y me adentré en Portugal con la intención de llegar lo antes posible a Nazaré. Los surfistas se concentraban allí para contemplar a aquellos que se atrevían a coger sus olas gigantes. Albergaba una última esperanza. En lo más profundo de mí, brillaba una luz que me incitaba a no desfallecer. No era seguro que El Niño, el joven surfista del que se había enamorado La Mujer Delfín, estuviera allí, y su amante hubiera ido siguiendo sus pasos. Tenía que comprobarlo.

El pueblo era un hervidero de gente del que me alejé. Todos se admiraban de la valentía de aquellos que se atrevían a surcar esas monstruosas olas. Supuse que si había alguna oportunidad de encontrarme con ellos, sería en la playa. El funicular funcionaba constantemente trasladando a viajeros que se concentraban en ese punto. Me alejé de la multitud. A medida que avanzaba, tuve la sensación de que me adentraba en un desierto de arena y agua. Algunos surfistas esforzados surcaban con sus tablas olas más domesticadas. Me detuve a contemplarlos. No había rastro de paraguas dispuestos a acoger a la ninfa marina.

Primero uno, después otro, salieron del agua y esperaron a un tercero. Hablaban español. Entablé conversación con ellos. No mostraban prisa. Les pregunté si conocían a un cántabro apodado El Niño.

—Es ese que lleva un traje anaranjado —me respondieron sin extrañarse, como si yo tuviera la certeza de que se hallaba allí.

Desde ese momento, mis ojos no se apartaron de él. Era bueno, muy bueno, pese a su enorme estatura. Sus movimientos eran gráciles. Su postura era la estela de un jinete armónico con su montura. Se recogía, se erguía según la melodía cadenciosa de las olas que tomaba para sí.

Tan absorto me hallaba contemplando tanta belleza y perfección, que no me percaté de la presencia a poca distancia de una joven con el pelo castaño chorreando. Cuando lo divisé acercándose, comprobé que la chica lo esperaba. Al llegar a ella, se sacudió su media melena rubia mojando a su compañera.

—Imbécil —le insultó, momentáneamente enfadada por la travesura.

Comprobando que la había molestado, El Niño continuó arrojándole agua. Ella se fue hacia él para darle una bofetada, pero él echó a correr, sin que la compañera fuera capaz de alcanzarlo, con lo cual su enfado aumentó. Regresó a por su tabla y se alejó hacia fuera. Él echó una carrera y se puso a su altura. Intentó hacer las paces agarrándose a su cintura, pero ella le dio un manotazo para que no la abrazara.

No quise seguir observando sus carantoñas. Tomé la determinación de irme de Nazaré. Me alegré de que La Mujer Delfín no hubiera visto esta escena.

 

*

 

Sin querer me enteré, escuchando las conversaciones de los surfistas, que algunos se trasladarían a Marruecos; otros, a Canarias. El final detrás de La Mujer Delfín y de estos atrevidos navegantes había llegado a su término. Deambulé de un lado a otro. No siempre seguí la línea caprichosa del litoral marino. Sabía que tenía que continuar, pero la meta no era clara. Malos presentimientos merodeaban por mi mente. Adivinaba que mi camino me conduciría a una realidad que me embargaría de pena. Se me pasó la idea de regresar a mi tierra natal y olvidarme de La Mujer Delfín. Si alguna vez existió, dudaba de que aún continuara nadando entre las manadas de delfines y que descansara en las playas donde encontraría el acomodo que los surfistas le habían preparado por si recalaba allí. Pero, perdido y sin saber qué hacer con mi vida, Sevilla no era el albergue en el que me recuperaría de mis heridas emocionales. Era consciente de que, si regresaba en ese momento, no saldría nunca más del hoyo de desilusión donde me encontraba hundido. Por eso pedaleé sin parar, loco hasta la extenuación, hacia el Sur. Quizá, cuando el mar fuera una barrera infranqueable, sería el tiempo de tomar una decisión. De momento, avanzaba, sin fijarme en lo que me encontraba al paso y sin pensar en nada que no fuera en esa mujer fantástica que me había inducido a emprender un camino, cuyo fin no parecía claro ni tener fin. Solo quería moverme.

No sé los días que tardé hasta aproximarse al Cabo San Vicente. Eran muy pocas las fuerzas que me quedaban. Suponía que, cuando no pudiera más, sería el fin. Una recta larga me condujo hasta la fortaleza. La prominencia rocosa era azotada por un mar bronco en todos sus acantilados. Miré a la inmensidad pelágica, donde se terminaban los caminos de tierra y comenzaba la navegación. No podía continuar. Solo retroceder, o regresar a mi casa.

Acepté como inevitable la vuelta. Me sentía un retornado fracasado, que no era mejor ni más feliz que cuando comenzó su periplo.

El sol se ocultaba en el ocaso. Descendí a la praia do Beliche a pasar la noche. Una prominencia dividía la playa en dos. Arrastrando la bicicleta me dirigí a la parte más alejada de la entrada. En un recodo, pegado a la pared, me recosté y contemplé el resplandor morado del astro oculto. Cuando no quedó rastro de su luz, me fijé en un cuerpo inerte en el que no había reparado. Al aproximarme, mi corazón palpitó aceleradamente antes de que descubriera a una mujer tendida sobre la arena. Llevaba puesto un traje de neopreno azul. La incorporé de medio cuerpo y su cabeza no se sostuvo. Le toqué la cara y las manos y sentí un frío infinito. La levanté y la abracé. Intenté transmitirle mi poco calor exangüe. Le mesaba los cabellos y le acariciaba las mejillas, sin sentir nada más que humedad extraña y una suavidad a punto de extinguirse. Grité, pedí auxilio. Estaba llorando de impotencia.

—¡No hay nadie que pueda ayudarme! Por favor, que venga alguien…

Solo pude escuchar la sonrisa de un coro de delfines que movían su cabeza de arriba abajo. Supe que, aunque allí mismo llegara mi fin, al quedarme sin ella, debía entregar a esa mujer, a mi amada, a esos alegres peces que deseaban llevarse a su hermana.

Enánagos

  La llegada a un lugar nuevo conlleva el descubrimiento de realidades desconocidas. Ya son muchos los años transcurridos desde que llegamo...