Observé un paraguas negro abierto sobre la arena mientras
recorría la playa del Sardinero. Había algunos bañistas tardíos aún en ese
inusual otoño primaveral del que disfrutaban en Santander. Supuse que su dueño
sería uno de los que se bañaban. Recorrí el arenal y regresé. Al llegar de
nuevo a la altura del paraguas, me detuve. Seguía abierto. A su resguardo se
hallaban lo que supuse eran unas pertenencias. En ese instante, miré al agua y
ya no divisé a nadie. La imagen de ese paraguas solitario me inquietó. No
encontraba ninguna explicación relativa a su abandono.
Uno de los nadadores no se hallaba lejos. Se había
enfundado un albornoz color crema y contemplaba los navíos anclados en alta mar
esperando su turno para entrar a puerto. Se trataba de una persona mayor,
aunque su cuerpo bronceado mantenía una apariencia atlética.
—¿Sabe de quién es ese paraguas? —le pregunté.
Me miró un instante antes de responder, como si en ese
breve lapso tratara de adivinar la procedencia del forastero.
—¿No lo sabes?… De La Mujer Delfín.
Dudé si iniciar conversación con un viejo que en ese
momento me pareció molesto por mi pregunta.
Al fin y al cabo, el objeto tenía un dueño y a mí no me
importaban los motivos por los cuales lo había dejado depositado en la arena.
Sin embargo, su nombre me llamó la atención. Inferí que sería el apodo de una
persona conocida en el entorno.
—¿Quién es La Mujer Delfín? —quise saber con descaro.
El hombre metió su ropa en una mochila, se calzó unas
chanclas y se acercó.
—¿De dónde eres?
Le respondí que sevillano. Y antes de que continuara con
su interrogatorio, añadí que me encontraba de vacaciones. Con estas
explicaciones justificó que no conociera a esa mujer. No se detuvo. Yo lo seguí
hasta el paseo que bordea todo El Sardinero. Una vez fuera, se apoyó en la
barandilla y contempló el paraguas, las olas que lo habían zarandeado momentos
antes y su vista se perdió en la lejanía gris del mar.
El tiempo empeoró de repente a media tarde, cuando cambió
el viento que hasta ese momento había soplado del sur. Antes tuve tiempo de
visitar la Península de la Magdalena y de tomar un autobús y dirigirme al faro.
Mi hotel se encontraba a escasos minutos de los jardines de Piquío y había
planificado cenar en el alojamiento y descansar con la intención de dejar la
ciudad al día siguiente. Me encontraba en un momento de mi vida en que era
libre. No tenía que rendir cuentas a nadie y no estaba sometido a ninguna
responsabilidad. Pese a ello, no hallaba alicientes para encontrar una ilusión
que me guiara. Viajaba porque no había lugar donde la sucesión de los días me
proporcionara la calma de emprender un buen proyecto. Lo único seguro eran los
ahorros de unos años de trabajo en los que me habían pagado con generosidad por
realizar lo que yo consideraba tan solo una simple afición.
Con el desdén del que no tiene nada planificado, me
acosté sabiendo que por la mañana elegiría mi rumbo sin titubear. En efecto,
con esa apatía inherente a mi personalidad, me quedé dormido al poco de
arroparme. No obstante, de madrugada, me desperté y mi mente recordó la
historia que el bañista me contó de La Mujer Delfín. La narró de forma sucinta
y con un tono misterioso. No lo interrumpí, pero mi sensación era que me estaba
engañando con una fabulación inverosímil, si bien, la cara del narrador no era
la de un bufón, sino la de alguien que guarda luto por una persona ausente.
Durante mi desvelo no pude dejar de pensar en el buen hombre que tuvo la
delicadeza de contarme la historia y, sobre todo, en esa mujer irreal venida de
la inmensidad del mar.
*
Me levanté temprano. Me presenté el primero en el comedor
del hotel. Elegí una mesa desde la que se contemplaba el mar. ¡Era una vista
magnífica del fondeadero! Entre brumas se distinguía la silueta de barcos
mercantes que abandonaban el puerto, mientras otros se disponían a atracar.
No había cambiado de idea, pero me pareció muy temprano
para dirigirme a la estación a comprar un billete a cualquier destino, así que,
antes de pedir la cuenta, sentí curiosidad por saber si permanecía abierto el
paraguas en la playa. Supuse que a esas horas estaría solitaria, pero no era yo
el único que la transitaba. Otros paseantes, acompañados de sus perros, corrían
o caminaban en las dos direcciones. Incluso, cuando llegué al centro, había
alguien que se bañaba. El paraguas continuaba en el mismo punto donde se
encontraba el día anterior. Me aproximé y pude comprobar que bajo su cobijo se
hallaba una bolsa de plástico blanco que contenía algo de comida. Sin moverla,
se notaban en su interior piezas de fruta, manzanas o naranjas. Otra bolsa
mayor contenía lo que supuse una toalla, aunque bien podía tratarse de una
pequeña manta.
Por temor a que creyeran que iba a coger lo que no era
mío, me alejé un poco. Permanecí por las inmediaciones, esperando poder hablar
con alguien sobre el paraguas olvidado. No tardó en salir del agua una mujer de
mediana edad. Aguardé a que se secara y se vistiera para acercarme a ella. La
saludé y le pregunté por el paraguas. Me sonrió afectuosa. Pude apreciar cómo
el baño le había revitalizado y transmitido una energía que se prolongaría a lo
largo de la jornada.
—El paraguas es para La mujer Delfín —me dijo con la
mayor naturalidad—. Se lo tenemos preparado por si viene, para que encuentre
acomodo y pueda reposar con tranquilidad.
Como si no supiera nada, le pedí que me explicara quién
era y cómo esperaba que viniera hasta allí por el mar.
—Es una mujer que se asemeja a los delfines y nada igual
que ellos, con una ligereza y facilidad que causa espanto. Puede pasarse mucho
tiempo en la alta mar sin fatiga; incluso, es capaz de dormir flotando.
—¿Es de Santander?
—No, aunque pudiera ser. En realidad, nadie sabe de dónde
es ni cuál es su nombre real, ya que dicen que es muda. No habla ni se expresa
por gestos, si bien, no es sorda, porque de continuo presta atención a los
sonidos, sobre todo, a los procedentes del mar.
—¿La conoce usted?
—¡Qué más quisiera yo haber tenido esa suerte! Nadie en
Santander la ha visto, pero estamos preparados por si un día se presenta.
Me quedé alelado con esta confesión. Podía tratarse de
una alucinación general de una población proclive a las creencias fabulosas.
—Y si nadie ha visto a esta mujer pez, ¿cómo saben de su
existencia?
Se me quedó mirando perpleja y, por un momento
desapareció la sonrisa que hasta ese momento había iluminado su cara:
—Porque hay quien sí la ha visto…
Me explicó que no eran pocas las playas del Norte y del
Atlántico en las que había recalado. La costumbre de dejar un paraguas y
algunos víveres en muchas de ellas era porque la primera vez que se dieron
cuenta de su presencia portaba uno. Se había puesto a llover intensamente y
encontró entre los desperdicios que el mar siempre devuelve a tierra un
paraguas y manipulándolo lo abrió y descubrió que servía de parapeto. Lo
mantuvo el tiempo que estuvo en la playa. Además, observaron que, por la noche,
lo extendió y se acurrucó bajo sus alas para evitar el relente nocturno.
—¿En qué lugar la descubrieron por primera vez?
—No se sabe con precisión, pero la mayoría afirma que fue
en La Coruña. Ellos dicen que del mar salió una mujer pequeña enfundada en un
traje de neopreno que no portaba ninguna tabla de surf. Aseguran que esto
sucedió en la playa del Orzán. Los que la vieron se sorprendieron porque no
habían divisado a nadie coger olas momentos antes. Su sorpresa fue mayor al
comprobar que deambulaba sin mucho sentido. Supusieron que buscaba sus
pertenencias, pero no había ninguna bolsa depositada en la arena.
*
Regresé al hotel y dije al recepcionista que alargaría la
estancia una noche más. Después de hablar con la mujer y confirmar la historia
de La Mujer Delfín, una idea se había entronizado en mi mente: conocerla en
persona. Pregunté al empleado dónde podría encontrar una tienda de bicicletas.
Atónito por mi consulta, el portero me orientó hacia el centro de la ciudad.
Allí me dirigí. Compré una bicicleta. Le pedí al dependiente que la proveyera
de alforjas y me dotara del equipamiento necesario para emprender un largo
viaje. Me sacó camisetas, jerséis, chaquetas, chubasqueros, pantalones,
zapatillas… También me hice con un saco de dormir y una tienda de campaña
individual. Pagué con gusto la cuenta y montado en ella, regresé al hotel.
Dediqué la tarde a estudiar la ruta que seguiría y a seleccionar lo que me
quedaría del equipaje con el que partí de mi tierra. Busqué un contenedor en el
que depositar la ropa de la que me desprendía. El resto de mis pertenencias las
dejaría en la recepción cuando me despidiera para que el personal del hotel
tomara para sí las que quisiera y el resto se deshiciera de ellas.
*
Al mencionarme la bañista que quizá el primer lugar donde
descubrieron a La Mujer Delfín fue en La Coruña, decidí partir hacia esa
dirección. El mar aparecía y desaparecía de mi recorrido; a veces, me detenía a
descansar aproximándome a los acantilados que contenían el ímpetu indomable de
las olas. Llegué a la playa de Liencres por carreteras locales. El descenso
hasta el arenal transcurría por un camino que se adentraba en un majestuoso
pinar. Las minúsculas esquirlas de sílice que el aire levantaba se apelmazaban
en las dunas que bordeaban. Había pocas personas ya en ese otoño decadente. Los
que más se prodigaban eran surfistas que se esforzaban por adentrarse hasta el
punto en el que el oleaje rompía. Los divisaba cabalgando sobre sus tablas,
realizando cabriolas, adentrándose en el embudo que se abría a su paso, para
acabar tirándose de cabeza antes de que la montura se estrellara en la orilla.
Allí me quedé sorprendido, hipnotizado por esa continua lucha entre olas y
surfistas.
Cuando el sol declinaba, abandonaron exhaustos su
actividad. Había permanecido no muy lejos de la entrada y, paulatinamente,
desfilaron delante de mí. Una pareja de poco más de veinte años me saludó
sonriendo. Les devolví la sonrisa, agradecido por su simpatía.
—¿Estás recorriendo el camino de Santiago? —se abrieron a
charlar conmigo.
Titubeé sobre la respuesta. No, no era ese mi propósito.
—No, voy… adelante, donde me parece.
—¡Ah, que bien! —se sorprendió la chica.
Era una joven muy bonita, con una melena rubia que sufría
la devastadora corrosión del salitre.
Ambos se fijaron más en mi atuendo, en la bicicleta y mi
equipaje.
—¿Vas a dormir en la playa? —se interesó el compañero, un
desgarbado muchacho.
No había pensado en dónde pasar la noche, pero dije que
sí.
—Es mejor
que te pongas del otro lado de las dunas, allí estarás más protegido… Lo
único…, la bici. Te va a costar moverla.
—Me han contado una historia relativa a una mujer delfín…
—les sondeé.
Se miraron sorprendidos y se aproximaron a la roca donde
me había sentado.
—¿Eres periodista?
—No, qué va, ni mucho menos… Tengo curiosidad. Me han
hablado de ella en Santander.
La joven se apoyó en la piedra, mientras él permaneció de
pie, sujetando con las dos manos las tablas empinadas de ambos.
—¿La habéis visto por aquí en alguna ocasión?
—Ves aquel paraguas —me señaló el lugar extendiendo la
mano.
Hasta ese momento solo me extasiaba con el paisaje, la
puesta de sol y los surfistas.
—¡Aquí también habéis pensado en la posibilidad de que se
presente y le habéis preparado su refugio! —Me alegré de constatar que La Mujer
Delfín también era conocida.
—Si vuelve a aparecer, probablemente sea en esta playa en
la que se presente —afirmó con absoluta seguridad.
—¿Por qué?
*
Nada más despedirme de ellos, recorrí la playa,
arrastrando la bicicleta, hasta llegar al paraguas. No era negro, sino azul, un
azul celeste. También había una bolsa con víveres y lo que parecía un gabán. Lo
contemplé durante un rato, como si buscara respuesta a la desasogante
curiosidad que sentía por esa mítica mujer.
Como me recomendó el desgarbado surfista, me adentré en
las dunas, buscando una pequeña loma que me protegiera del viento. Desplegué la
tienda de campaña y me dispuse a reponer fuerzas comiendo algo. No me preocupé
de la hora que era ni de ningún asunto que no fuera lo que me había contado esa
pareja. Según la chica, La Mujer Delfín se había enamorado de un surfista rubio
muy guapo. Era el mejor cogiendo olas. Su playa de entrenamiento era Liencres,
pero desaparecía durante largas temporadas cuando participaba en las pruebas
que se organizaban por todo el litoral norte y atlántico. Pocos fueron
conscientes del proceso de ese enamoramiento; solo algunas chicas la observaron
y se convencieron de que algo sentía por ese muchacho. No estaban seguras si
era por la destreza con la que surcaba las olas con su tabla o por ser una
belleza. Lucía una media cabellera rubia y era muy simpático. Siempre mantenía
una sonrisa cautivadora y estaba de buen humor. Según mi informadora, era más
bien infantil e irresponsable, pero reconocía que era el mejor y que tenía un
halagüeño futuro como deportista.
—Esperamos la vuelta de los dos —me había dicho—, —pero
es probable que tarden en aparecer. El Niño (ese era el apodo del surfista)
cada vez viene menos por aquí; ha emprendido un sueño de altos vuelos y compite
con la élite, y sospechamos que La Mujer Delfín lo busca desesperada por todas
las playas donde se cogen buenas olas.
Conseguí
dormir arrullado, pese a la atronadora y ronca respiración del mar. Sin recoger
la tienda, ascendí hasta coronar la colina de arena para comprobar si durante
la noche había arribado La Mujer Delfín. El paraguas seguía anclado y no
parecía que nadie se hubiera cobijado con él.
*
Continué avanzando hacia Poniente. Aunque atravesaba
pueblos con un legado histórico abrumador, no había nada que me distrajera de
la estela que perseguía. Me proveía de lo que necesitaba y emprendía mi marcha.
Me defraudé en ocasiones, ya que no hallaba paraguas en
todas las playas. Por qué sí en unas y en otras, no, me resultó difícil
saberlo. Esperaba que estuviera relacionado con las olas más o menos aptas para
surfear, pero no pude comprobarlo fehacientemente. Sin embargo, me llevé una
sorpresa, pues, aunque los paraguas no hacían acto de presencia en los
arenales, sí que conseguí rastrear la pista de La Mujer Delfín. No era conocida
así en todos los lugares, pero, por la descripción o leyenda creada, pude convenir
que esos relatos se referían a mi perseguida. Decían que habían divisado a una
pequeña mujer nadando y saltando entre un grupo de delfines; otros, afirmaban
que era amiga de los socorristas, que se trataba de una misteriosa bañista que
había salvado de morir ahogados a aquellos que la resaca se llevaba. Esas
mismas personas socorridas, hablaban de una mujer que los había devuelto a la
orilla, sin estar convencidos de si la ayuda había sido cierta o era producto
de una ensoñación como consecuencia de la inconsciencia en la que habían caído
al comenzar a zozobrar y a tragar agua…
*
Mis indagaciones me condujeron a más lugares que las
playas. Estimé que los pescadores podrían ser mis informantes. Me interesaban
sobre todo los pequeños puertos no muy alejados de los arenales que
frecuentaban los surfistas. Había recorrido las kilométricas playas de Oyambre
y Gerra y en ambas habían plantado sendos paraguas, cada uno de un color
diferente: amarillo, en la primera; verde, en la segunda. Las referencias que
me ofrecían los surfistas locales no aportaron datos que no conociera ya. Esa zona
era frecuentada por pequeños barcos de los puertos de Comillas y San Vicente de
la Barquera. No tuve dificultad para hablar con los pescadores, algunos ya
retirados de la faena, pero cuya vida seguía unida al puerto y a la lonja, al
pasar buena parte de la jornada en su entorno. Procuré ganarme su confianza
charlando sobre mil asuntos diferentes al que me interesaba. Después de un rato
de palique, les preguntaba si habían visto o, por lo menos, escuchado algo
referente a La Mujer Delfín.
—¡Claro que sí! De la Mujer Delfín, del Hombre Pez de
Liérganes…
Ya conocía esta última historia.
Me desanimé considerando que tomaban a chufla mi
requerimiento. Sin embargo, no me pasó desapercibido el semblante de un
viejecito, con unos ojos muy vivos que parecían comunicarme algo que no se
atrevía a declarar delante del grupo de los reunidos.
No tuve prisa por disolver la asamblea. Cuando se fueron
apartando, a la primera oportunidad, me acerqué a este hombre. Llevaba puesta
una gorra con la visera levantada, como si la hubiera retirado para que el sol
le impactara en los ojos.
—Yo he recorrido muchos mares… He sido pescador, también
marino mercante, y conozco los puertos más importantes del mundo y, sobre todo,
los del mar Cantábrico —me explicó, sintiendo una desazón que se expandía a la
par que desgranaba cada una de sus palabras, pues pensé que comenzaría a
referirme toda clase de anécdotas sin que ninguna me aportara nada interesante.
Al verme que no me entusiasmaba el inicio de su perorata,
se calló.
—Perdone, es que estaba pensando en otro asunto. Continúe
—Le animé.
—En Redes, cerca de Ferrol, oí una historia de una
chiquilla que a lo mejor está relacionada con la mujer esa que usted menciona.
Me dio un pasmo al escuchar esto.
—Parece ser que una niña de corta edad se cayó al agua
mientras faenaban sus padres. No había mucho oleaje, pero cuando se quisieron
dar cuenta de que su criatura no se hallaba en la barca e iniciaron su
búsqueda, no la hallaron y supusieron que se había ahogado, aunque nunca
recuperaron su cuerpo…
Me quedé en silencio, expectante, porque no acababa de
vislumbrar la relación que existía entre esa desgracia y mi protagonista.
—...Transcurridos unos años, los mismos padres creyeron
reconocer la figura de una mujer entre una manada de delfines que se aventuraba
de manera anormal en esa bahía.
No pude contener la alegría ni las incipientes lágrimas
que se deslizaban por mi rostro.
*
Había jornadas en las que no pude avanzar en mi largo
peregrinaje hacia el oeste como consecuencia de las copiosas lluvias que
azotaban la costa. Me desesperaba, ya que poco podía averiguar. Aproveché para
alojarme en algún hotel donde descansar y asearme con deleite. Llamaba la
atención de los empleados. Yo mismo, al mirarme en el espejo, me extrañaba. Me
había dejado barba y mis ojos vagaban perdidos buscando una referencia en los
que descansar. A pesar de mi fatiga, no lograba un sueño profundo. Me
despertaba y mi mente se concentraba en la investigación pendiente.
Harto de que no escampara, emprendí camino. Había
conseguido impermeabilizar bien las alforjas y yo me enfundé el impermeable.
Pedalear resultaba desagradable porque mis piernas encontraban obstáculos de
continuo, pero me propuse seguir adelante hasta que logré llegar a Salinas. El
temporal, obstinado, aún castigaba la costa. La inmensa playa desguarnecida me
pareció inhóspita. Recorriéndola por el paseo, miraba el oleaje, que avanzaba
hasta aproximarse al límite del muro del bulevar. Las gotas de lluvia impactaban
sobre la salobre agua, produciendo pequeñas explosiones acuosas, cuyas
partículas eran arrastradas por las rachas de viento procedentes de la
inmensidad del mar. No alcanzaba a vislumbrar unos pocos metros más allá de mi
persona. De vez en cuando, me detenía y me apoyaba en la barandilla azul,
mirando a derecha y a izquierda. Aunque tardé en dar con lo que buscaba, al
final, lo descubrí. Pegado junto a la pared que detenía el avance de la arena,
plegado para que no lo arrastrara el viento, hallé un paraguas y una gran bolsa
bien cerrada, cuyo contenido adivinaba. Pero no había rastro de La Mujer
Delfín. Tampoco nadie al que preguntar para que me aportara noticias. Mi vista
se perdía por la ensenada, viraba hacia el interior, donde solo aparecían altos
bloques de apartamentos deshabitados, y no hallaba un alma que no fuera yo
mismo.
Me refugié junto a uno de aquellos edificios, al amparo
del viento y resguardado por una cornisa. Me recosté en la pared, mirando el
cielo bajo que amenazaba con derrumbarse. Cuando me quise dar cuenta, un perro
olisqueaba mis zapatillas empapadas, y detrás de él apareció su dueño. .
—¡Vaya tiempo! —se quejó sin reparar detenidamente en mi
persona.
Se trataba de alguien con unos pocos años más que yo.
—¡Mala temporada has elegido para viajar, compañero!
—Sí —afirmé, no fuera a formarse la idea de que era un
misántropo—. ¿Eres de aquí?
—No, pero, para el caso, podría decir que sí, aunque no
soy asturiano.
Intercambiamos algunas palabras más. Sin darle mucha
información de mí, él me contó que su pareja era de la zona, y habían terminado
por regentar un bar cerca de donde nos encontrábamos. Vivía en uno de esos
apartamentos que yo había creído desocupados.
—Ahora es temporada baja. Solo los fines de semana esto
recupera algo de vida, si las condiciones del mar permiten surfear. Cada vez
hay más aficionados. Son gente maja —me respondió al preguntarle sobre el
negocio.
—¿Vienen muchos surfistas?
—Sí. Es una playa con buenas olas y lo suficientemente
grande para convivir con los bañistas sin que se molesten los unos a los otros.
—He visto en la playa un paraguas rojo abandonado, junto
a una bolsa… Me ha extrañado.
—¡No se te ocurra tocarlos! Son una ofrenda que los
surfistas dejan a una muchacha a la que consideran una deidad.
—¿Una deidad?
—Sí, para ellos es como su protectora. Creen que, si en
algún momento se ven apurados, ella los socorrerá.
Intenté mostrarme incrédulo para que mi interlocutor se
esforzara en contarme todo lo que sabía.
Sin referirse a la chica con el nombre por el que la
conocí en Santander, me refirió que se trataba también de una mujer surfista, o
que merodeaba entre las olas como si fuera un delfín. La adivinaban surcando el
oleaje, sumergiéndose y emergiendo con volteretas, imitando a los delfines. Si
intentaban aproximarse a ella, se adentraba más. Mantenía una distancia que
permitía a todos contemplarse. Si algún infeliz, alejado de la costa, era
arrastrado por la corriente o lo notaba muy fatigado, ella lo ayudaba a
regresar a la playa. Pero nadie le ha oído hablar, por lo que suponen que es
sordomuda o extranjera. Muy pocas veces llega hasta la playa, pero en alguna
ocasión se ha atrevido. Por eso le dejan el paraguas y comida. También, un
traje de neopreno, que le compran las chicas aportando cada una un poco de
dinero para la colecta.
—Si quieres, te puedo invitar a un café en mi casa —me
propuso.
—No, gracias, he de continuar.
En efecto, se adivinaban algunos claros en la lejanía
marítima y la lluvia aminoraba.
*
San Cosme de Barreiros, Burela, Barreiros, con sus playas
y surfistas iban quedando atrás. El tiempo había mejorado, pero el mar estaba
enojado y el oleaje era bronco y revoltoso. Las aguas del Cantábrico seguían
vomitando las últimas mareas de algas. En algunos puntos de esas playas,
protegidos por pequeños salientes de terreno, se aventuraban algunos esforzados
nadadores con sus tablas. Se trataba de deportistas de la zona, buenos
conocedores del comportamiento imprevisible de un mar con mucho carácter. No
era fácil establecer conversación con ellos. Entraban con premura en el agua y
se retiraban de igual modo. Se desenfundaban el ajustado traje y lo depositaban
en un cubo para lavarlo más tarde.
Merodeaba entre los vehículos en busca de alguno que se
detuviera unos minutos para intercambiar unas palabras. Por casualidad, hallé a
una chica que contemplaba el panorama desde el interior de un vehículo. Al
verme con la bici y el desarbolado equipaje sujeto en el soporte, creyó que
andaba perdido y salió.
—¿Te puedo ayudar?
—No, gracias.
—Perdona, creí que andabas perdido.
—Bueno, sí, pero no tiene importancia.
Sacó un cigarrillo y rechacé uno que me ofreció. Estaba
esperando a que su novio saliera del agua. A ella no le había apetecido
meterse.
—¿A dónde te diriges? —se atrevió a preguntarme.
—Recorro el Norte, suelo decir, pero la verdad es que voy
tras una persona —le dije dirigiendo mi intervención al tema que quería tratar.
—¿Una mujer?
—La Mujer Delfín.
Esperó un instante para recuperarse del impacto y para
realizar un segundo análisis más detenido de mi persona. Si llegó a la
conclusión de que era un enajenado, no se lo puedo reprochar, porque, después
de dos semanas de viaje, mi aspecto daba pie a pensar que era un trastornado,
pero por completo inofensivo, pues no capté ningún temor en ella.
—Es raro.
—¿Por qué? —quise saber por sentirme ofendido.
—El motivo del viaje, la época elegida…
Me tuve que callar. Tenía toda la razón del mundo.
—¿La conoces?
En efecto, la conocía. Fue de las pocas testigos que me
confirmó que había estado cerca de La Mujer Delfín. Se trataba de una chica
menuda, con el pelo castaño muy largo. No se había aproximado mucho a ella por
respeto. Salía a tierra cuando la presencia humana era muy escasa. Tomaba el
paraguas y la bolsa y se apartaba. Escarbaba un hoyo en la arena y se
acurrucaba. Nadie que la viera intentaba acercarse, por miedo a que saliera
huyendo.
—¿Cuánto hace que la has visto?
—Un mes, un mes y medio, más o menos —me respondió
después de calcular el tiempo—. Me dio mucha pena.
—¿Por qué?
—La vi muy triste, una tristeza de mujer enamorada.
*
Yo también estaba muy triste, tal vez una tristeza de
hombre enamorado, aunque no fuera muy consciente de ello.
A esas alturas, mi viaje tras La mujer Delfín no tenía
sentido. Había conseguido los suficientes testimonios para convencerme de su
existencia real. ¿Por qué continuaba pedaleando? ¿Solo por encontrarme con ella
en persona? No estaba seguro de lo que deseaba. Mi viaje se había transformado
en una obsesión absurda, que me conducía por malas carreteras que se convertían
en un tormento para mis piernas, cada vez más debilitadas. Ascendía repechos con baches y descendía por
toboganes mal asfaltados.
Los faros que lanzaban señales a los navegantes eran
también los hitos blancos que jalonaban mi recorrido. Me detenía en las playas.
Ya no me molestaba en buscar los paraguas. Me quedaba mirando el oleaje sin
darme cuenta del tiempo que transcurría sentado en la arena. Si el lugar era
seco, allí pasaba la noche, durmiendo a ratos, en vigilia mucho tiempo,
inundándome de la oscuridad rugiente que amenazaba con su ciega mirada.
La llegada al Atlántico supuso el renacer de un brío
desconocido, alimentado por el deseo de conocer la bahía de Betanzos. En ese
enorme recodo de mar, se hallaba Redes, un pueblecito de pescadores, donde
aquel marinero me contó que una niña desapareció hacía mucho tiempo.
La carretera en descenso terminaba en el puerto. Las
barcas amarradas al muelle y las que había ancladas en la bahía eran meros
botes con sus remos. En algunas faenaban en sus mansas aguas. Los pescadores
trajinaban desarrollando su oficio, incomprensible para mí. Me senté en una
mesa en la terraza de una taberna. En otra, dos viejos, con sus pequeños vasos
de vino blanco, me contemplaban. El dueño me sirvió un café. No quise preguntar
nada, hasta que los parroquianos se convencieran de que no llevaba prisa y que
no sentía curiosidad por su vida. El sol recorría el cielo; los hombres
permanecían en silencio, vigilando unas veces al mar, y comentaban algo
relacionado con la labor que realizaban los pescadores; otras, depositaban su
mirada en mí, y permanecían en silencio, con los ojos más abiertos de lo que
les permitía su piel apergaminada. Yo los observaba sin curiosidad; también, a
los pescadores, que movían redes y maniobraban con una pértiga. Había sacado un
cuaderno y aparentaba que leía o anotaba algo con un lapicero. Permanecimos
sentados hasta que el tabernero cerró el establecimiento.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras —me dijo
cuando se llevó la taza.
Allí continué, contemplando con serenidad la pequeña
plaza circular, las calles que desembocaban en ella y esa pareja de ancianos, a
los que ya no deseaba preguntar por la niña desaparecida hacía muchos años.
Al final de ese periodo de meditación, determiné pasar la
noche en la playa que divisaba a mi izquierda. Me levanté y me despedí de la
pareja moviendo la mano. Cuando me alejaba, se incorporaron para comprobar la
dirección que tomaba.
Esa noche dormí profundamente: por primera vez el mar
permaneció en silencio, como si velara por la muerte de algún ser querido. Yo
sentí una serenidad que solo otorga el vacío.
*
Pasé como una exhalación por las Rías Altas y Bajas y me
adentré en Portugal con la intención de llegar lo antes posible a Nazaré. Los
surfistas se concentraban allí para contemplar a aquellos que se atrevían a
coger sus olas gigantes. Albergaba una última esperanza. En lo más profundo de
mí, brillaba una luz que me incitaba a no desfallecer. No era seguro que El
Niño, el joven surfista del que se había enamorado La Mujer Delfín, estuviera
allí, y su amante hubiera ido siguiendo sus pasos. Tenía que comprobarlo.
El pueblo era un hervidero de gente del que me alejé.
Todos se admiraban de la valentía de aquellos que se atrevían a surcar esas
monstruosas olas. Supuse que si había alguna oportunidad de encontrarme con
ellos, sería en la playa. El funicular funcionaba constantemente trasladando a
viajeros que se concentraban en ese punto. Me alejé de la multitud. A medida
que avanzaba, tuve la sensación de que me adentraba en un desierto de arena y
agua. Algunos surfistas esforzados surcaban con sus tablas olas más domesticadas.
Me detuve a contemplarlos. No había rastro de paraguas dispuestos a acoger a la
ninfa marina.
Primero uno, después otro, salieron del agua y esperaron
a un tercero. Hablaban español. Entablé conversación con ellos. No mostraban
prisa. Les pregunté si conocían a un cántabro apodado El Niño.
—Es ese que lleva un traje anaranjado —me respondieron
sin extrañarse, como si yo tuviera la certeza de que se hallaba allí.
Desde ese momento, mis ojos no se apartaron de él. Era
bueno, muy bueno, pese a su enorme estatura. Sus movimientos eran gráciles. Su
postura era la estela de un jinete armónico con su montura. Se recogía, se
erguía según la melodía cadenciosa de las olas que tomaba para sí.
Tan absorto me hallaba contemplando tanta belleza y
perfección, que no me percaté de la presencia a poca distancia de una joven con
el pelo castaño chorreando. Cuando lo divisé acercándose, comprobé que la chica
lo esperaba. Al llegar a ella, se sacudió su media melena rubia mojando a su
compañera.
—Imbécil —le insultó, momentáneamente enfadada por la
travesura.
Comprobando que la había molestado, El Niño continuó
arrojándole agua. Ella se fue hacia él para darle una bofetada, pero él echó a
correr, sin que la compañera fuera capaz de alcanzarlo, con lo cual su enfado
aumentó. Regresó a por su tabla y se alejó hacia fuera. Él echó una carrera y
se puso a su altura. Intentó hacer las paces agarrándose a su cintura, pero
ella le dio un manotazo para que no la abrazara.
No quise seguir observando sus carantoñas. Tomé la
determinación de irme de Nazaré. Me alegré de que La Mujer Delfín no hubiera
visto esta escena.
*
Sin querer me enteré, escuchando las conversaciones de
los surfistas, que algunos se trasladarían a Marruecos; otros, a Canarias. El
final detrás de La Mujer Delfín y de estos atrevidos navegantes había llegado a
su término. Deambulé de un lado a otro. No siempre seguí la línea caprichosa
del litoral marino. Sabía que tenía que continuar, pero la meta no era clara.
Malos presentimientos merodeaban por mi mente. Adivinaba que mi camino me
conduciría a una realidad que me embargaría de pena. Se me pasó la idea de
regresar a mi tierra natal y olvidarme de La Mujer Delfín. Si alguna vez
existió, dudaba de que aún continuara nadando entre las manadas de delfines y
que descansara en las playas donde encontraría el acomodo que los surfistas le
habían preparado por si recalaba allí. Pero, perdido y sin saber qué hacer con
mi vida, Sevilla no era el albergue en el que me recuperaría de mis heridas
emocionales. Era consciente de que, si regresaba en ese momento, no saldría
nunca más del hoyo de desilusión donde me encontraba hundido. Por eso pedaleé
sin parar, loco hasta la extenuación, hacia el Sur. Quizá, cuando el mar fuera
una barrera infranqueable, sería el tiempo de tomar una decisión. De momento,
avanzaba, sin fijarme en lo que me encontraba al paso y sin pensar en nada que
no fuera en esa mujer fantástica que me había inducido a emprender un camino,
cuyo fin no parecía claro ni tener fin. Solo quería moverme.
No sé los días que tardé hasta aproximarse al Cabo San
Vicente. Eran muy pocas las fuerzas que me quedaban. Suponía que, cuando no
pudiera más, sería el fin. Una recta larga me condujo hasta la fortaleza. La
prominencia rocosa era azotada por un mar bronco en todos sus acantilados. Miré
a la inmensidad pelágica, donde se terminaban los caminos de tierra y comenzaba
la navegación. No podía continuar. Solo retroceder, o regresar a mi casa.
Acepté como inevitable la vuelta. Me sentía un retornado
fracasado, que no era mejor ni más feliz que cuando comenzó su periplo.
El sol se ocultaba en el ocaso. Descendí a la praia do
Beliche a pasar la noche. Una prominencia dividía la playa en dos. Arrastrando
la bicicleta me dirigí a la parte más alejada de la entrada. En un recodo,
pegado a la pared, me recosté y contemplé el resplandor morado del astro
oculto. Cuando no quedó rastro de su luz, me fijé en un cuerpo inerte en el que
no había reparado. Al aproximarme, mi corazón palpitó aceleradamente antes de
que descubriera a una mujer tendida sobre la arena. Llevaba puesto un traje de
neopreno azul. La incorporé de medio cuerpo y su cabeza no se sostuvo. Le toqué
la cara y las manos y sentí un frío infinito. La levanté y la abracé. Intenté
transmitirle mi poco calor exangüe. Le mesaba los cabellos y le acariciaba las
mejillas, sin sentir nada más que humedad extraña y una suavidad a punto de
extinguirse. Grité, pedí auxilio. Estaba llorando de impotencia.
—¡No hay nadie que pueda ayudarme! Por favor, que venga
alguien…
Solo pude escuchar la sonrisa de un coro de delfines que
movían su cabeza de arriba abajo. Supe que, aunque allí mismo llegara mi fin,
al quedarme sin ella, debía entregar a esa mujer, a mi amada, a esos alegres
peces que deseaban llevarse a su hermana.
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