Es verdad que en este terreno verde llueve, a veces, sin piedad ni misericordia para con sus habitantes; es cierto que la humedad se cala hasta los huesos e impide respirar cuando el calor es anormal; es verosímil que la ráfaga impetuosa tronche el obstáculo poco firme... Todo eso es inevitable, pero los foráneos amantes de esta tierra marítima desconocen el efecto que sobre nosotros ejercen las ráfagas de viento sur, que nos invaden regularmente durante semanas, alejando a las nubes de nuestro entorno y amansando la indomable fuerza de la mar. Cuando llega para desterrar la lluvia y el frío, o cuando se presenta en los días cortos y oscuros de invierno, lo recibimos con entusiasmo; por momentos nos infunde una alegría desbordante y nos engaña al pensar que residimos en un paraíso vedado en esa época del año al resto de nuestros congéneres. Nadie, ni siquiera los que se echan a temblar solo con escuchar su nombre, desprecia un día de aire sur. Sin embargo, si pasan los días y su ulular persistente se prolonga sin tregua, la vitalidad momentánea que irradia acaba transformándose en un malestar inabordable y paralizante, que solo desaparece cuando este soplo moro es vencido por el cristiano astur. Entre los residentes de los bajos prados que bordean la mar, los hay que soportan su presencia igual que si fuera una plaga divina enviada como castigo de un mal ignoto del cual se creen inocentes; otros olvidan la época invernal en la que viven, el enmohecimiento, el frío, del mismo modo que si nunca hubieran existido, y lo reciben eufóricos pensando que son halagados por una naturaleza obsequiosa; a otros les mueve la seguridad en sí mismos a combatir, con las armas de la racionalidad, una acometida emocional que pone a prueba su entereza. Estos episodios siempre conflictivos han logrado infundir la creencia entre la población de que lo mejor es la bruma baja que sistemáticamente nos penetra por el oeste y lentamente nos deja un reguero de agua que nuestro suelo recibe paciente, sabiendo que su capacidad de absorción basta para sumir su caudal. Nos conformamos con la tibia e invariable temperatura que nos transmite la maternal mar. En ocasiones, padecemos las alteraciones anímicas de la masa salada, pero somos conscientes de que sus cambios de humor son previsibles y circunscritos en el tiempo.
Estos regímenes atmosféricos afectan también a los animales que pastan en las praderías que llegan hasta la mar. Siempre voraces, no separan los belfos de la superficie verde si el tiempo es el habitual; sin embargo, si el sur aprieta, el hambre se ausenta y los bebederos se agotan por sus interminables tragos. Se tumban, sin rumiar, a mirar al cielo infinito y al amplio y eterno mar. Son días de observación, meditación y satisfacción de su condición animal. Desvían la mirada, esta vez sí, curiosas, hacia los habituales paseantes de camberas y quebrados. Los caballos no se apartan del límite de los cercados. Esperan algo incierto, miran desconcertados hacia una punta y otra del camino, incapaces de reconocer siquiera la voz humana que intenta conseguir que se dejen acariciar. Los burros, los buches, corretean y saltan, víctimas de un sorprendente ataque de locura que sacude su abúlica existencia.
Con todo, el ganado que peor sobrelleva estas ventoleras locas, secas y ardientes es el de las hogareñas ovejas. Las otras bestias campan a la intemperie; estos animales domésticos, grandes y lanudos, recorren una y otra vez la parcela que circunda la vivienda. Rara vez pasan la noche a raso o salen a pastar si el cielo encapotado derrama con desprecio la lluvia castigante; en esas ocasiones, refugiadas en sus apriscos caseros, asoman su ovejuna cabeza por la portilla de rústica madera esperando la llegada del amo con el puñado de grano que alivie también aquel hambre cautiva. Son rebaños minúsculos y endogámicos, regentados por carneros viejos, siempre enfundados en el mandilón que reprime sus cada vez más menguados impulsos procreadores. Para el caminante, la única alegría de la grey es el nacimiento del albo cordero, que tira de la minúscula y escondida ubre de su madre mientras atiza con su largo rabo tiernos latigazos.
Pocas veces las esquilan, a no ser cuando la lana se transforma en guedejas sucias y pestilentes. No es extraño, por eso, hallar ovejas sepultadas bajo la masa de mechones que las atosigan. ¡Menos mal que no han de caminar y recorrer los baldíos en busca del matojo como los rebaños castellanos! Su cometido es mantener limpios los extensos prados que rodean las casas sin que el amo se vea obligado a meter una ruidosa máquina para ello.
Durante las semanas siguientes, el cordero se convierte en compañero de juegos de los niños o de otros animales, como perros, gatos, gallinas o gansos que comparten terrero. Cuando se contempla una estampa bucólica con estos protagonistas jugando con estrategias desconcertantes, corriendo impulsados por el sencillo placer del movimiento y del brinco vital, el paseante de esta tierra deja vagar la mirada durante unos instantes por la heredad que atraviesa y se contagia de estos primarios placeres pueriles; después, continúa alegre su marcha, agradecido por las escenas que casi siempre encuentra en sus recorridos habituales.
No ha mucho tiempo, en una de estas intensas y desesperantes invasiones ardientes del viento sur, pude comprobar la bochornosa jornada que estos mansos animales soportaban por imprudencia de su dueño. Sueltas en el prado, con los mechones de lana colgando de sus cuerpos casi a ras de suelo y a punto de asfixiarse, las cinco ovejas del rebaño estiraban el pescuezo en busca de una bocanada de aire fresco. Se alineaban, una detrás de otra, a lo largo de la tapia, aproximando la cabeza a la mínima línea de sombra que proyectaba...
Recordé entonces que mi padre castellano contaba el caso contrario: aquella vez que muchas ovejas se arrecieron por San Antonio por estar esquiladas.
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