26/05/26

El vaso de agua

 

Contemplo el vaso de agua sobre la esquina de la mesa. Es agua clara, pero sospecho que contiene unas gotas de un producto con el que pretenden doblegar mi voluntad. Miro alternativamente el vaso de agua (a veces creo que se produce una vibración en su superficie, a modo de oleaje), sin atreverme a llevarlo a los labios (no tengo sed y, cuanto más lo contemplo, menos me apetece beber), y la pantalla del ordenador conectada a un depósito del que la chica sentada a la mesa me ha servido agua por indicación de mi amigo. La muchacha tiene aspecto de secretaria. Solo veo su media melena rubia, pues no aparta la vista de la pantalla ni las manos del teclado. Sabe que estoy sentado a su lado, pero no la incomoda mi presencia. El tiempo pasa y mi cuerpo se relaja hasta quedar indolente.

Bebe, prueba el agua —me anima mi amigo, mientras deambula por la oficina.

Pide a la secretaria que le sirva agua. Esta abre la pequeña canilla hasta llenar el vaso de plástico transparente. Alejandro bebe hasta dejarlo a medias, como si se tratara de una demostración para vencer mi resistencia. Se va inmediatamente, sin esperar a ver si por fin me animo a probar el agua. Me incorporo sin llegar a echar la mano hacia el vaso. Me giro y lo veo hablando con alguien que supongo será un compañero de la empresa.

En realidad, nadie me detiene y no estoy seguro de por qué permanezco sentado en un extremo de esa mesa alargada. Sé cómo he llegado, pero me siento a disgusto porque no me apetece estar allí. Tampoco estoy enfadado conmigo mismo y, tal vez, debería estarlo por no ser capaz de hacer lo que quiero. En esos momentos no me apetece permanecer allí, sino sentado en otra mesa, esta de madera rústica, frente a mi amigo Ernesto. Los dos estábamos sentados; entre nosotros, el periódico que él leía. Nuestra mesa estaba en la parte más alta de la plaza. A mi izquierda, inhiesta, la gran cruz de granito, el punto emblemático del centro del pueblo. Alrededor, nuestros vecinos se divertían en la romería. Reinaba una alegría sana: la mayoría comía en familia o con amigos, sentados alrededor de mesas plegables que habían llevado de casa. La algarabía de la comunidad conservaba una escala humana: se podían entender las conversaciones. Ernesto y yo también hablábamos comentando la actualidad política de nuestro periódico de izquierdas. Era un diálogo sosegado. Nuestras palabras eran, por su tono, un remedo de nostalgia plagada de ilusiones incumplidas: los ideales continuaban incólumes, pero su brillo se iba apagando pese al empeño por mantenerlos vivos. De vez en cuando, nos callábamos y mirábamos alrededor: quizá pensábamos que más nos convendría estar riendo y bebiendo como nuestros vecinos.

Después de unos instantes ensimismado, Ernesto pasaba la página, buscando con parsimonia un titular interesante para leérmelo en alto. No veía ya bien y, para no perder la línea, apuntaba con su dedo índice cada una de las palabras que leía. Se detuvo en una al acercarse Alejandro. Se quedó de pie, nada más saludar. Ernesto solo lo conocía de vista; yo mantenía más contacto con él.

¿Qué haces aquí? —le pregunté extrañado.

Llevo todo el día por el pueblo; tenemos bastante faena por aquí.

Me sorprendió, pero no le pedí más explicaciones. Nunca pregunto mucho a Alejandro, pues no cuenta nada personal. Sabía que era ingeniero y que trabajaba en proyectos que nunca detallaba; no sé si porque eran secretos o porque dudaba de que yo comprendiera su cometido.

Siéntate con nosotros —le invité. Pese a su habitual compostura pulcra y distante, le noté exhausto e, incluso, sudoroso—; se está bien a la sombra.

No; tengo que regresar. Se ha hecho muy tarde.

Bueno, como quieras.

La verdad es que me daba igual que se sentara o no, simplemente quise ser cortés.

¿No sabréis de alguien que tenga coche para poder regresar? —dijo como si su pregunta la dirigiera a toda la gente de la plaza.

Tardé en responder porque no me sentí interpelado y, cuando me di por aludido, me resistí lo que pude, pero Ernesto me miró esperando que dijera algo.

Yo tengo —reconocí con todo el dolor del alma, pues intuía lo que suponía—. Si quieres te llevo.

En esos instantes me sentí muy mal: renunciaba a la compañía de Ernesto, a la placidez de la fiesta popular, a la deliciosa sombra y a las vistas de toda la plaza desde aquel altozano. Alejandro no se merecía tantas renuncias. Si hubiera sido otra persona, no me habría importado. Más que nada porque sabía que él no habría hecho por mí la mitad de lo que yo iba a hacer por él. Tal vez por eso le entregué con desdén las llaves de mi Citroën ZX para que condujera él. Las tomó con resignación.

Mientras subíamos, me avergoncé de las cicatrices de mi vehículo y, por un momento, temí que Alejandro me reprochara su estado calamitoso, pero montó y arrancó sin decir nada. Al comenzar la marcha, percibí que el coche no tiraba con normalidad. Primero pensé que era debido a alguna anomalía del motor, pero rechacé la idea al instante. La fatiga del conductor era la causante de aquellos traqueteos.

Si quieres conduzco yo —le propuse con tacto para que no se ofendiera.

Paró inmediatamente. Antes de meter la marcha, me percaté de que la marea estaba alta y un brazo de mar invadía la calzada antes de coger la carretera. Alejandro se derrumbó anímicamente, creyendo imposible cruzar. No le respondí nada. Avancé con precaución, calculando si, en el retroceso de la ola, podríamos sortearla sin que nos arrastrase. El agua llegó hasta los bajos del vehículo, pero conseguí cruzar.

Intento recordar la conversación que mantuve durante el recorrido hasta llegar a esta oficina. Tal vez no dijimos nada o, si hablamos, fue tan intrascendental que lo olvidé. Lo que recuerdo, porque ha sido el único asunto del que hemos tratado desde que interrumpió mi charla con Ernesto, es su testarudez por convencerme de que inicie un tratamiento mágico, según sus palabras.

Va y viene. Comprueba que mi vaso de agua continúa intacto. Ya no insiste en que beba, pero no ceja en convencerme de las virtudes de la prescripción.

Mira, te traigo unas pastillas gratis para que las pruebes. Así compruebas sus efectos y decides.

Alejandro me ofrece un revoltijo de papel con las grageas envueltas. Me las deja junto al vaso del agua. La secretaria continúa afanándose en su tarea, ajena a mi presencia y a la de Alejandro. Este me ha dejado de nuevo solo; lo veo deambulando por la oficina. Miro el vaso de agua (sigo convencido de que en la superficie se produce un oleaje minúsculo) y me imagino el puñado de píldoras envueltas en el folio. No me ha especificado ni el orden ni el momento en que debería tomarlas. Pienso en ello por si, llegado el caso, me animo a seguir el tratamiento. En esta cavilación, mientras la rubia continúa aplicada al ordenador, observo que el depósito de agua se va llenando, como si el líquido fuera fruto de una destilación. Hasta ese momento no había apartado la vista de aquel artilugio, mitad ordenador y mitad depósito de agua, mientras el tiempo transcurre y no sucede nada. Aparto la mirada de la espalda de la chica y del aparato y efectúo un barrido visual por la oficina: Alejandro ha desaparecido al igual que los otros empleados. Nadie me retiene y mi amigo tampoco me ha ordenado que no me mueva; sin embargo, me cuesta un esfuerzo ingente incorporarme. No me despido de la secretaria. Tal vez no se entere de que me levanto y dejo el amasijo de papel con las pastillas junto al vaso de agua. Trato de orientarme en busca de la salida.

El aparcamiento se ha vaciado. No soy capaz de calcular la hora que es. Salgo de la ciudad con temor de despertar a sus habitantes, que duermen con un estertor lejano. La carretera se extiende negra ante mí. Las luces del ZX apenas iluminan unos metros de calzada, lo que me impide ir a una velocidad normal, así que voy despacio, oyendo el ruido del motor. No me atrevo a encender la radio. Cuando vislumbro las primeras farolas del pueblo, me relajo, aunque me alarmo pensando si podré sortear esa lengua de mar que cruzamos al ir. Se oye la resaca alejándose de la orilla. Albergo la posibilidad de que la fiesta continúe y de que Ernesto siga sentado en la mesa esperándome, junto a la cruz. Sin embargo, me desilusiono. Un viento culebrero serpentea llevándose envoltorios y vasos de plástico. Un perro olisquea las sobras olvidadas; levanta la cabeza y me mira. Solo es un instante; después continúa a lo suyo. Es entonces cuando me siento más vacío.


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