22/05/26

EL SAPO PACO

 

Martina, la lagartija que vivía en la ranura formada entre dos escalones, estaba más que harta. ¡Vaya verano! No parecía verano ni nada que se lo pareciera. Ya era julio y no se veían sombras por ninguna parte. Claro está, ni el sol. El cielo se cubría con una manta de nubes blancas y grises que impedía el paso de sus rayos. Todas las mañanas asomaba la cabecita para ver si aquel día el astro amarillo se había desperezado, pero siempre se encontraba el mismo panorama triste: el cielo cubierto. Casi no le entraban ganas de salir de su cámara calentita, más seca que la terraza. Tan solo se atrevía a abandonarla para desentumecer sus patas o por si coincidía con la gatita Nisina. Tampoco se encontraba con el ama, que ya no salía a comer allí debido al mal tiempo. ¡Era un aburrimiento total! Sin embargo, determinó que no podía seguir alimentándose de melancolía, aunque estuviera nublado o, incluso, lloviera. Se estaba poniendo fofa de tanto comer y no realizar ejercicio, pues a decir verdad, aunque la humedad era mucha y la temperatura templada, no le faltaban insectos que llevarse a la boca.

En medio de la pradera había un huerto por el que siempre había sentido curiosidad. En él crecían plantas muy atractivas: judías verdes, repollos, cebollas, zanahorias, lechugas, acelgas, puerros… Desde la terraza observaba a veces a la Nisina moverse sigilosamente por esa selva para cazar pajarillos despistados, aunque casi nunca los atrapaba, pues se posaban en unos palos y desde allí la veían llegar y, dando un saltito, echaban a volar sin ninguna dificultad. El ama también se entretenía arrancando hierbas, regando, sembrando o recolectando. Así, Martina, harta de tanto tedio, una tarde en la que el sol había asomado un poquito la cabeza de entre las sábanas de algodón de las nubes, se aventuró a conocer ese recinto tan atractivo. Llegó hasta allí caminando por las paredes de la casa y se acercó a la huerta.

No iba asustada, pero más valía ser cauta. Se llevó muchas sorpresas al entrar. Allí no solo había plantas; toda una variedad de animales vivía allí y se alimentaba de ellas. En las acelgas, unas hortalizas de hojas inmensas, y en las judías, que trepaban por los palos donde se posaban los pájaros, descubrió unos bichitos casi invisibles que formaban grandes colonias: eran pulgones. Por la tierra y por todas las plantas se encontró con viejos conocidos: las hormigas, si bien las de por allí eran rojizas y muy vivarachas. Se sorprendió muchísimo al ver tantos caracoles, pues creía que no abundaban tanto y que apenas se movían. Entre las plantas, no corrían mucho, pero se arrastraban con prisa y daban unos bocados a las hojas que para qué te cuento. También conoció por primera vez a unos parientes suyos con los que no congenió muy bien. Se untó sin querer con las babas que dejaban y sintió que no podía despegar sus patitas del suelo. Se trataba de las babosas. Comían aún más hojas que los caracoles. También halló lombrices que removían la tierra por debajo y otros gusanos con muchas patitas que avanzaban por las hojas de los repollos: eran orugas. Todos estos animales se dedicaban a lo suyo y la presencia de Martina les traía sin cuidado.

De regreso a su cobijo, pasó al lado de unas calabazas gigantescas que se expandían por la pradera. Debajo de una de sus inmensas hojas parpadeó un ojo, como si le hiciera un guiño. Se acercó para curiosear bajo la hoja cuando, de repente, notó que el suelo que pisaba comenzaba a moverse. Retrocedió asustada y se percató de que no era solo un ojo, sino dos; después descubrió una cara mofletuda y un cuerpo inflado. El bicho parecía enfadarse y se contraía. Se dio cuenta de que se había subido sobre él. Le dio más asco que las babosas.

Estando así, se aproximó Nisina. Martina le mostró la asquerosa criatura, y la gatita se acercó a olfatear aquellos ojos saltones. También pisó al sapo y retrocedió asustada. Con sigilo volvió a aproximarse al cuerpo rechoncho. Este no se inmutó con la presencia de la gata. Acurrucado en su cama húmeda, tan solo movía su piel de aspecto verrugoso para respirar. Nisina perdió enseguida el interés. Pensó que un animal tan parado no serviría para jugar, y mucho menos para cazarlo o comerlo.

Antes de que se despidiera de la lagartija, bajó el ama al huerto y se juntaron los tres. La gatita, que era muy cariñosa y zalamera, comenzó a dar vueltas alrededor de sus piernas, acariciándolas con su cola de zorra.

A ver qué estáis tramando, que os he visto que miráis con mucho interés la calabaza. Nisina, ¿no será algún topito? —dijo el ama apartando las inmensas hojas de la planta— ¡Ah! Pero si es un sapo. ¡Qué interesante!

La gata y la lagartija retrocedieron sin poder evitar el asco.

¿Dónde vais? Pero si el sapito es un animal muy bueno y sabio. Aunque no sea muy guapo, merece nuestro cariño y es muy beneficioso, porque elimina insectos perjudiciales de las hortalizas.

Tanto la Nisina como la lagartija Martina se fueron aproximando hasta donde se encontraba el ama, sin dejar de mirar al sapo.

Le pondremos de nombre Paco, el sapo Paco —así lo bautizó el ama—. ¿Queréis saber por qué es un animal muy especial? Es muy interesante —les explicó— porque de pequeño el sapo Paco vivió en el agua, pues tenía branquias. Y ahora, que ya es grande, puede habitar en la tierra porque ha adquirido pulmones, esos órganos que también nosotros tenemos y que nos permiten a los cuatro respirar.

Con mucho cariño y delicadeza, Nisina y la lagartija se acercaron a olerlo y a darle un beso casi imperceptible.

Así me gusta —les dijo el ama—. Y, de ahora en adelante, cuando lo veáis, lo saludáis para que sea vuestro amiguito.

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