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Pelotón 2

 

Cuando su padre o su hermano lo dejen libre, Bautistín saldrá como una exhalación desde Las Casas Colgadas y bajará hasta la carretera, que recorrerá de punta a punta, pasando por todos los bares y por aquellas casas donde le prestan atención y conversan con él.

Mira mis ovejas —dice sin señalarlas.

¿Dónde? —preguntaréis.

Allí —extenderá el brazo sin precisar un punto exacto.

Si no las veis e insistís para que se esfuerce en dar más detalles de la ubicación, os dirá que se encuentran en tal ladera, junto a la tierra de Honorio o de Francisco. Ni con estas indicaciones seréis capaces de localizarlas. Dudaréis de vuestra agudeza visual y quizá penséis que estáis en franco declive por la edad. No os preocupéis. Las ovejas pueden encontrarse en cualquier lugar del término, menos en el que Bautistín os ha indicado.

Mi padre se ha caído —os continuará diciendo.

¿Cómo fue? —le seguiréis la conversación.

Se cayó…

¿Y ha sido mucho?

Le han llevado al médico.

Proseguirá la ronda. Si pasa alguien en bicicleta, lo reconocerá de inmediato.

Adiós, Vicente —saludará sonriendo.

Cada día llevará puesto algo nuevo.

¡Ricardo! Mira, mira... ¿No ves? —le preguntará desconcertado.

¿Qué?

¡Mira!

Sujetándola de la visera de plástico, se quitará una gorra verde en la que está impreso UFAC, la marca de piensos que consumen sus animales. Se la calará de nuevo sin importarle que Ricardo sea tan despistado.

Verá a lo lejos a Bonifacio y echará a correr con el fin de que no se le escape.

¡Bonifacio!

¿Qué hay, Bautistín?

Mi padre se cayó.

¿Qué le ha pasado para caerse?

No sé, le han llevado al médico.

¡Pues a ver si no ha sido nada!

Sí…

Sin despedirse de Bonifacio, después de mirar por un instante a su alrededor para fijar un punto al que encaminarse con rapidez, como si el tiempo del que dispusiera fuera escaso, avanzará en su recorrido.

Unos niños jugarán con los jinches en una plazuela.

¡Felipín!, ¡Macario!, ¡Antolín!

Los chavales se quedarán observándolo.

¡Mirad mis ovejas!

Los chicos no sentirán curiosidad por mirar el rebaño en la lejanía.

— …junto a la tierra de Honorio.




Te habrás arrimado a la lumbre para calentarte y con gusto no te separarías de ella en todo el día…

¡Uñas!, ven aquí con la pala —te ordenará el cortador.

Cogerás la herramienta reluciente y trotarás hasta escalar el frente de piedra.

Limpia todo esto.

Te quedarás mirando sin saber por dónde comenzar.

¡Andando!, que es gerundio —te dará una patada en el culo y empezarás a manipular la herramienta.

El capataz regresará al fuego y, después de repartir la tarea a cada uno de los canteros, se quedará solo por un momento en la lumbre. Antes de irse, arrimará un tronco para que se vaya quemando poco a poco.

Abandonar el fuego rojo para enfrentarse al viento gélido que baja por la ladera es un sopapo peor que los muchos que recibes a lo largo del día. Para que el frío no se apodere de ti, trabajarás con ahínco creyendo que cuanto antes acabes, antes podrás regresar al calor de la madera ardiendo. Pero no será fácil dejar despejada la superficie de la gran masa de granito. El hielo apelmazará la capa de tierra correosa adherida a la piedra. Incluso, pequeños corros de chaparros han logrado enraizar y atarse a las bolas graníticas. También habrás de retirar rajos que los mismos canteros han arrojado para despejar otros avances del corte. Tendrás que dedicar muchas horas hasta dejar limpia esa área en la que el picador piensa hincar sus cuñas con la intención de fragmentar el gran bloque.




Después de echar unas carreras sin sentido de un lado a otro, los niños buscarán a sus amigos y cada grupo comenzará a jugar a lo que más les apetezca. El patio es un corral rodeado de gruesas y altas paredes de un granito azul imberbe. Sus aristas cortan como navajas traicioneras y su contacto es igual de desagradable que el frío congelado que todos respiráis. En las zonas más alejadas, donde hacéis vuestras necesidades, hay varios zarzales que sobresalen por encima de la pared y dificultan el paso entre los bloques de granito que afloran en ese rincón de la finca. En el lado izquierdo van los chicos; en el derecho, las niñas. No os podéis ver, pero os oís.

Una niña desgreñada, vestida con ropa más fina y desgastada que la del resto, deambulará por el patio mixto. Mirará alrededor sin esperanzas de que alguno de sus compañeros la invite a que se junte con ellos. Estará igual de aturdida que helada; sus manos se ocultarán en sus brazos cruzados y pegados al cuerpo.

Enséñanos la jeta, Misieriña —le mandarán varios compañeros que la han sitiado.

No será la primera vez que la rodean. Aunque la han pillado de improviso, no se asustará porque ya sabe que el espectáculo cuyo centro es ella y el público, sus compañeros de pupitre, es breve y la humillación es otra más de las muchas de su miserable vida.

Venga, Misieriña, súbete la falda —la incitará el coro de voces infantiles, como si no supiera lo que tenía que hacer.

Túmbate —te sugerirán cuando ya hayas mostrado tu cuerpo sin bragas.

No soportarás el roce del gélido berrocal. Los niños, tanto chicos como chicas, se quedarán con la boca abierta y les gustaría que permanecieras por mucho tiempo así, abriendo tus piernas para mostrar tus partes más íntimas.

¡Ese frío no lo conseguirás sacar ya nunca de tus carnes!




Esa noche blandirá el hacha sin llegar a herir la madera de ninguna puerta. La manejará moviéndola en círculo, hacia delante; después, atrás. La tirará al aire y, dando vueltas, la herramienta caerá justo en la palma de su mano. La lanzará de nuevo para recogerla en esta ocasión con la izquierda. Estos malabarismos los realizará como si llevara una venda en los ojos, porque la oscuridad de las calles es casi completa.

No voceará; musitará letanías de las que ni él mismo será consciente. Avanzará con lentitud, dirigiendo la vista a cada una de las puertas. Adivinará quién vive, pero no sabremos qué pensamientos le cruzarán la mente en relación con las almas que, bajo unas mantas pesadas y ásperas (como la tierra que habrán de soportar cuando los sepulten), estarán en vilo. Aunque pudiéramos contemplarlo gesticulando y creyéramos que se dirige a alguien, nos equivocaríamos, ya que siempre emite fragmentos aislados, moviendo levemente los labios.

Habrá decidido introducir el hacha en la gruesa argolla suelta sujeta del cinto. La cabeza del arma la habrá colocado hacia atrás para no cortarse en un descuido. Del bolsillo del pantalón azul mahón sacará el paquete de tabaco. Tan solo le quedarán dos muy retorcidos. Prenderá el penúltimo y seguirá avanzando sin prisas. No sabremos cómo se siente. ¿El señor del lugar contemplado su heredad? ¿El filósofo pensando en la eternidad y en el sentido de esta miserable vida? ¿O quizá esté echando cuentas de las buenas mozas que velan solas y con las que le gustaría compartir lecho?




Todos os hablarán de la infancia de Hombrecito, porque los vecinos la conocen. Él no la recordará; de hecho, la habrá olvidado hace mucho tiempo. Os contarán detalles sueltos, pero no podréis haceros una idea de lo que vivió, porque él mismo desterró las experiencias y el escaso afecto que le prodigaron… Incluso, los testigos más fidedignos tan solo aportarán anécdotas que envuelven su niñez en las tinieblas de lo desconocido. Los que fueron compañeros en la escuela elogiarán su inteligencia y contarán cómo el maestro lo protegía bajo las alas de la sabiduría, para que no se contaminara con la manifiesta torpeza del resto de los alumnos. Él no necesitaba el recreo ni compartir los juegos brutales con los que se entretenían sus compañeros; tampoco había de soportar las miradas críticas y las sonrisas maliciosas de las niñas del patio de al lado. Con él sentado en la gran mesa compartiendo el mísero calor de un brasero de cisco, aplicado sobre su cuaderno o concentrado leyendo la enciclopedia, el maestro lo preservará de la contaminación ambiental en la que desdichadamente había nacido. En especial, con mucha admiración, os dirán que era extraordinario con los números, que su facilidad para el cálculo era asombrosa, teniendo en cuenta que el ábaco de todos los niños era los dedos con sabañones o los palotes para apuntar las que se llevaban, que ocultaban en los rincones más recónditos del papel.

Cuando los interminables recreos acabaran, los alumnos entrarían en la escuela con las trazas y la fatiga propias de una gran batalla librada en un campo blanco, cuyos proyectiles habían sido bolas de nieve y cantos, comprobando que su compañero ya se encontraba sentado en el pupitre más cercano a la mesa del maestro.




En las lomas resguardadas de las cárcavas se cobijaban unos majuelos de los aires fríos del norte y del oeste. Era la zona en la que con más prontitud impactaban los tibios rayos matutinos. Las parras despertaban con el suave aliento de la luz solar, dispuestas a vivificar. También se encontraban otras viñas perdidas en los recodos más alejados, estas al abrigo del gran berrocal que se erigía en fortaleza granítica. En este caso, el ambiente se atemperaba con la escasa pero agradecida humedad del río que descendía entre cañones de fulgurantes bloques de granito. En estas parcelas en las que el clima era menos riguroso, cultivaban vides para producir el suficiente vino que bebían antes de que se avinagrase. De escasa importancia material, eran sin embargo apreciadas por su valor afectivo. En ningún otro lugar hubieran puesto un vigilante para preservar de la mano ajena o de alimañas carroñeras tan escaso tesoro. Pero contaban contigo, desde que el anterior guarda los dejó. Te propondrán a ti, Erpio, hermano de Misieriña, que te encargues tú. Tan seguros están de que no te opondrás, que no se dirigirán a ti, sino a tu progenitor para exponerle en pocas palabras las ganancias que el cargo supone. Lo aceptará no por los pingües beneficios, sino por el placer de platicar con los hombres más respetables de la comunidad.




Te sujetarán la puerta de la taberna para que puedas pasar. Mirarás con cara compungida al que te abre la puerta, porque no lo reconocerás por la voz. Amagarás con unas palabras de gratitud, pero no te saldrá ningún sonido, por lo que le mostrarás una mueca de alegría por su solicitud. Recorrerás la barra entera, deteniéndote en cada parroquiano. Unos te saludarán; otros no dejarán la conversación que mantienen, como si tu presencia fuera una contingencia previsible a la que no merece la pena prestar atención.

Te sentarás en un taburete bajo y colocarás el juego de cachavas delante, juntando las dos para agarrarlas de la curvatura y apoyar tu peso sobre ellas. Estarás pendiente de los de dentro a ver si se dignan ofrecerte un cigarro que no tengas que liar o, llegado el momento, por si se acuerdan de invitarte en las nuevas rondas. Si no, solo te quedará el recurso de que otro cliente más rumboso entre en el establecimiento. Siempre hay algún potentado dispuesto a hacer gala de su generosidad, aunque los que tú conoces exigen como tributo que participes en sus chanzas durante un tiempo.

Venga, convida a Sinojales —ordena al tabernero el que invita.

Esta vez no se encuentra acompañado y tan solo departirá contigo para preguntarte por lo de siempre.




Será de las primeras puertas abiertas por la mañana. En esa casa no habitará un hombre con bestias que salga a labrar, ni un cantero que cargue con la herramienta camino al corte, ni un niño en edad escolar. La antigua cama de matrimonio será demasiado amplia para el esmirriado cuerpo de nervios y articulaciones que será Dosia. La luz —colándose por las goteras del tejado, los butrones abiertos por los roedores en el techo de tablas mal cortadas, o los huecos de las desajustadas ventanas y puertas— será el acicate para incorporarse, tras una noche en la que el sueño huyó de su cuerpo atormentado por dolores y fríos. Se pondrá la mantilla sobre el vestido de luto perpetuo con el que se acostó la noche anterior. Tomará la escoba de poleo y la pasará por el pasillo, de la puerta a la cocina, y las escasas briznas de la barredura irán al hogar. De la antigua cuadra del burro —hoy improvisado almacén— tomará un cesto lleno de los despojos que ha reunido: restos buscados en rincones y huecos donde la paja y otras hierbas secas hallaron refugio, o recolectados al azar, rebañando los almiares solitarios. Con ese combustible insustancial prenderá la lumbre, que se consumirá lentamente hasta mediodía, el tiempo justo para calentar el puchero con agua destinada a preparar sopas de ajo o, si hay suerte, unas patatas cocidas, ambos platos con una pizca de grasa obtenida quién sabe de dónde. Será la primera comida del día, tal vez la única, si no hay un mendrugo ablandándose en un tazón de agua. Así, entre el frío que la atenaza y un hambre ya domesticada, vivirá una jornada más. Su rutina tan solo se alterará si recibe la visita de un nieto o la del hijo, quien le llevará media azumbre de recio vino que, por una noche, aliviará la carga de su insomnio.





Llegarán al cercado donde cortarán la leña. En otras circunstancias, habrían examinado las encinas que se podían mochar o entresacar, evaluando cuáles eran las más idóneas para desmenuzarlas con el esfuerzo justo y obtener buenas cargas de troncos. En cambio, en compañía de la Máquina, lo primero que buscarán será localizar una piedra a modo de ara donde ensalzar y rendir culto a su nueva deidad. Reverenciada, rodearán el pedrusco observando desde todas las perspectivas posibles los detalles de la configuración de la mágica herramienta que había llegado para desterrar las antiguas hojas dentadas y las hachas rudimentarias. El mayor se acomodará en una piedra, dejando al menor que asuma la responsabilidad de su primera puesta en marcha.

¡Cuidado, Socio! —le rogará— ¡Que todas las precauciones son pocas!

¡No me pongas más nervioso de lo que estoy! —le recordará para que sea consciente de los riesgos que asume por ser el que se enfrenta a la Máquina.

Después de llenar el depósito y asegurarse de que no puede apretar más el tapón, rodeará la motosierra para inspeccionarla por última vez.

¡Santíguate, Socio! —le ordenará el más viejo, al percatarse de que se disponía sin más a tirar de la correa.

¡Apártate! —le sugerirá a su vez el más joven, como si temiera una explosión, un fuego, o que la Máquina comenzara a correr como una peligrosa bestia y pudiera atacarlo.

Tendrá que realizar bastantes intentos en los que el ánimo desfallecerá hasta que el motor comience a rugir. Lo tomará con la mano izquierda y, con la derecha, la empuñadura donde se encuentra el magno gatillo con el que la cadena comenzará a girar como una minúscula noria con diminutos cangilones cortantes.

¡Aparta! —le ordenará con una tensión incontenible al ir a posar la espada en el primer tronco.

¡Se la come, igual que si fuera manteca! —exclamará el espectador viendo la rapidez del corte.



El resultado de limpiar el lanchar no será del agrado del cortador. Casi todas las tareas que te confiarán tendrán que ser supervisadas. No será que no te esmeres, pero se te irá la cabeza olvidando las órdenes de cualquiera de los integrantes de la cuadrilla. Te mandarán demasiado.

¡Uñas, baja aquí echando leches!

Otra vez el cortador.

Reparte material.

Ese material que habrás de repartir serán los trozos cuarteados que los canteros han de labrar para tallar bordillos, rulas, peldaños…

Una pieza a cada uno —te recordará, como si se tratara de la primera vez que realizas el reparto.

Vale, eso está hecho —responderás convencido de que la tarea no será complicada.

Manejarás las piedras como si fueran troncos de madera. Las agarrarás de cualquier manera y las trasladarás al trote. No es de extrañar que se te caigan sobre los pies y que, como consecuencia, te hayas quedado sin uñas.

No, a mí no, que ya me has dejado un trozo —pronto te corregirán cuando hayas repartido varios.

Tráeme a mí uno —te reclamará el que aún no ha recibido.

Estarás deseando que te dejen tranquilo un rato; querrás tomar tu porrillo y puntero boto y golpear la pieza que el cortador te sujetó en tu taller. Buscarás sacar ratos muertos para conseguir un metro de bordillo. Tendrás las líneas señaladas con la pluma y procurarás tan solo devastar las partes que sobresalen de la marca. Esas escasas piezas, que el maestro o alguno de tus compañeros expertos te rematarán, constituirán tu jornal, que entregarás orgulloso a tu padre, al que pedirás unos duros para tomar una naranjada en el bar los domingos después de los oficios religiosos, y del que recibirás una galleta como recompensa.

Ya te daré la paga antes de misa —te replicará.



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