El sol o la lluvia no importarán; en el momento en que se pueda escapar vendrá de ronda merodeando por los establecimientos públicos y por los barrios. A todos saludará por su nombre de pila. No sabrá sumar ni recordará el día en que vive, pero conoce a los vecinos y se dirige a ellos con un entusiasmo que no hallarán en nadie más.
—Servencio, ¿nevará? —preguntará hoy al primero que se encuentre.
Aunque ya conoce a Bautistín, no dejará de sorprenderse y oteará el horizonte para escrutarlo.
—¡No fastidies! ¡Cómo va a nevar!
Proseguirá.
—Perico, ¿nevará?
—No creo, no está el tiempo de ello —le dirá este sin mirar el cielo, sabiendo las preguntas frecuentes de Bautistín.
Sentirás pavor por la nieve. Cuando comiencen a caer los primeros copos blancos, correrás a casa como si un perro te persiguiera.
—Madre, madre, ¡nevusquea mucho! ¡Vaya nevazo que va a caer! —le anunciarás excitado al tiempo que trancas la puerta, como si el perro blanco pudiera entrar en vuestra casa.
—No cierres, que tiene que venir tu padre.
—¡Que llame cuando venga!, madre.
Te pondrás el tabardo que nunca llevas al salir de casa, porque el frío se alejará de ti, como te rehuirá el sol, pues ni tu propia sombra te acompañará, pero la lluvia blanca despertará en ti el frío inmenso de la existencia sin límites. Necesitarás acercarte a las llamas de la lumbre para que iluminen el vacío en el que habitas, cuando sientas que la blancura te difumina en la faz de la tierra. Mientras la nieve no se transforme en ríos de barro, y el sol y el hielo no consuman los restos de la ceniza blancuzca adherida a los recovecos más apartados, no saldrás de casa. Te asomarás a la puerta, apoyado en la hoja inferior, y contemplarás la masa de encinas que ya se ha sacudido las glaciales sábanas blancas, pero no te fiarás de los traicioneros rayos que se cuelan a través de las nubes. Esperarás a que la lluvia fina enjuague la inmundicia de los rastros sangrantes de la nieve esparcida para atreverte a salir a las lanchas de la entrada y sentarte en el poyo, esperando a que el aliento vivificador del sol te devuelva la alegría acostumbrada.
Os podéis imaginar al niño… Rubicundo, con una cara pequeña de mártir de tanto sufrimiento, con unos ojos polvorientos, como si las pupilas estuvieran veladas por unas finas telarañas; unos labios finos, consumidos de tanto presionarlos para que no huyera el escaso aliento que salía de la profundidad de su espíritu; las orejas grandes, muy grandes y con probabilidad movibles, como antenas capaces de oír las amenazas imprevisibles que podrían venir de cualquiera de sus compañeros, de los chavales mayores o de su propia madre. Cuando termine la escuela habrá reunido todo el calor con el que resistirá el resto de la jornada. Lo veréis sentado en los poyos de la minúscula casa en la que habita. Lo encontraréis apretado sobre sí mismo, con las manos juntas resguardadas entre las piernas, mirando a un lado y otro de la calle. No habrá crecido lo correspondiente a su edad, sin embargo, los pantalones le quedarán cortos y podréis observar por momentos las escuálidas piernas blancas, donde los huesos parecen sobresalir bajo una fina capa de piel. Aunque solo sea por este detalle, os haréis idea de la delgadez de su cuerpo, del escaso abrigo de sus órganos vitales, y podréis casi percibir el temblor de su pulso, el miedo contenido de un niño timorato que recela de cualquier otro ser vivo.
Si cruzarais la calle embarrada, quizá se asome su madre para comprobar que no asustáis al hijo que desde hace años cría sola. Su presencia permitirá que, por un instante, seáis testigos de la fina inteligencia que asoma en su mirada, si se siente protegido.
—¿Te vas ya, Sinojales?
Serio, muy serio, negarás moviendo la cara.
Con un esfuerzo inmenso, tomarás el pequeño vaso en el que te sirvieron el chato de vino blanco y se lo acercarás al tabernero, en el borde de la barra, esperando que te agradezca tu colaboración.
Dirán de ti que eres un zorro, que tus zalamerías no son inocuas, que sabes ganarte a la gente, en especial a los foráneos, que no das puntada sin hilo… Así es, con esa astucia de bestia acometida has sobrevivido más bien mal, pero aquí estás en tu declive reivindicando lo que te pertenece y por eso, aunque crean que das las gracias por los dones que recibes, tu descaro no será más que el orgullo firme de que tienes derecho a existir. No te dará vergüenza ser huésped de la caridad. No recibirás menos de lo que ellos consiguen con su esfuerzo; en el fondo de tu alma sentirás compasión de su esclavitud…
—Espera, que te sujeto la puerta —te ofrecerá el dueño del bar para que puedas salir.
Te sentarás en el poyo a ver los trajines de los demás. De vuelta de la labor regresará la yunta de ciclópeas vacas negras dejando el surco de la rastra en el polvoriento suelo de la calle. El panadero recorrerá las casas repartiendo con su mula. El molinero arreará a su recua de pollinos cargados con dos costales cruzados a entregar la molienda. El alguacil hará de portavoz de las órdenes municipales con sus pregones cantarines. La gigantesca silueta del párroco llegará a comprar los mismos cigarros que fumas tú.
—Buenos días, Dionisio —te saludará con el nombre de pila, que cada vez te resultará más ajeno.
Te quitarás la gorra en señal de respeto, y el sacerdote podrá ver los largos y escasos pelos que, como nido de culebrillas alborotadas, se agitan bajo la luz del mediodía.
Cuando el sacerdote salga con el cuarterón de tabaco y los librillos correspondientes, se detendrá para liarte un cigarro. Te lo pondrás en los labios y él te lo prenderá con el mechero.
—Hasta otro día, Dionisio —se despedirá con la desazón de no encontrar fórmulas que le permitan alargar la conversación.
Serás ya un perro, un gato, un asno, una gallina; un ser al que se habla con ternura o desgana, sabiendo todos que tu entendimiento se quebró hace ya muchísimos años.
Ojosvivos se alejará por la callejuela que lo conduce a los encinares más próximos por donde transcurren las vías. Entrará en el cercado en el que más frondosos estén los árboles y sacará el hacha para preparar un gran haz de leña en el que habrá troncos medianos y ramas menudas que permitirán prender la chimenea durante unos días. Lo agavillará con esmero, colocando equidistantes las distintas piezas, de modo que el conjunto quede armonioso y apretado. Lo rodeará con la lía y lo pisará con contundencia para poder atarlo. Se lo echará sobre sus fornidos hombros, alternando el fardo en ambos. Lo sujetará con una de las manos y tomará el camino de regreso. Cantará contento al terminar la tarea y, con garbo, avanzará sabiendo que su alma, al menos por unas horas, descansará en paz. Si alguien lo hubiera visto tan ufano caminar en esos momentos en los que solo los perros husmean a los seres vivos, echaría cuentas de que Ojosvivos se dirigía a dejar su presente a una de las posibles mozas por las cuales el cíclope enano bebe los vientos de la pasión. Seguro que el hombre se sintió tentado de obsequiar a una de esas mujeres, pero esa noche reinará en él la generosidad más pura. Llegará a la casa más humilde, donde su única moradora estará revolcándose de un lado a otro de la solitaria cama matrimonial, y colocará con esmero la gavilla de leña a los pies de esa puerta. La mujer escuchará unos arañazos en la madera y pensará que es uno de sus gatos afilándose las uñas.
Cuando los primeros albores despunten entre los peñascales de Oriente, el solitario nocturno sacará el hacha y asestará un seco hachazo en la vara de un carro de vacas situado junto a unas puertas traseras. Saltará las bardas del corral y, en el establo, sobre el lecho de paja, se echará a dormir los breves instantes en los que su cuerpo hallará descanso de sus afanes.
Misieriña te llevará la comida un día a la semana. Una hogaza, torreznos y cocido de garbanzos, pero ni una miserable botella de vino que alivie los ásperos y secos mordiscos que te añusgarán, formando un nudo en la garganta hasta hacerte perder el sentido. Beberás de bruces en la pequeña charca compartiendo el abrevadero con las alimañas y aves que gozan de más libertad y viven mejor que tú. Pensarás que las uvas no tardarán en estar hechas y que entonces comerás igual que el vecino más opulento, pero antes, llevado por tus inclinaciones golosas de catarlas a ver si ya están en su punto, soportarás diarreas que te dejarán sumido en un estado de semiinconciencia, mientras gimes retorciéndote de dolor en la choza que has construido con ramas de piorno sobre tres cabrios que tu padre te acercó en la borriquilla. Nadie será testigo de esos retortijones, ni siquiera un perro fiel que te acompañe en las interminables horas de sol, pues tendrías que alimentarlo con aquello que tampoco a ti te sobra. No sabrás si morirás o, después de un suplicio infinito, lograrás restablecerte milagrosamente una vez más. Tal vez consigas superar la agonía, pero a costa de que queden en tu cuerpo cicatrices indelebles que, con creciente y perentoria exigencia, demandarán de ti más dolor y humillación. No hablamos de tu alma desaparecida, de la conciencia de ti mismo, porque preferirías no existir, diluirte, evaporado, en las corrientes de fuego que se cuelan en todos los recovecos donde buscas la frescura.
—Socio, voy a poner un poco de lumbre —le dirá el mayor.
No es hora de comer, pero estarán tan exultantes por la tarea conseguida con la Máquina, que adelantarán ese momento de asueto y descanso.
Una vez prendida la hoguera, arrimarán dos piedras a modo de asiento.
—La motosierra…, la motosierra… —continuará el menor nombrando la sobrecogedora herramienta que le hace tan feliz y que despierta en él los deseos de conquistar el mundo—. Con la motosierra, Socio, es otro cantar… Con ella se puede ganar uno el jornal.
El mayor permitirá que, por unos instantes, el hermano disfrute con el avance técnico y construya castillos en el aire.
—La motosierra saca la tarea de cinco hombres… ¿Qué digo cinco hombres? De más…
El mayor extraerá la fiambrera del morral en la que vienen las tajadas; también, del talego, un trozo de queso añejo de oveja que le gusta a él. Al saborearlo, siente añoranza del rebaño que cuidó durante toda su vida, hasta que sus pies reventaron de fatiga y no pudo seguir el trasiego constante de los animales… De la media hogaza le cortará una rebanada y le pasará el recipiente con las tajadas para que elija. El pequeño, con la imaginación en el futuro en el que se ve un magnate de la madera, la tomará y se servirá un torrezno. No sentirá las uñas del hambre, sino el tacto amable de las ensoñaciones que lo llenan por completo.
—Come, Socio, que el que mucho abarca, poco aprieta… —le recordará el antiguo pastor al percatarse de que su hermano se pierde en las nubes.
Le tirará la bota para que el reguero de vino aéreo le devuelva a la realidad.
—Bebe y déjate de monsergas… Ya tendrás tiempo para pensar…
—Con la motosierra podemos cortar un carro de leña en un día… ¿Qué digo un carro? ¡Si me apuras, un remolque!
—Pero ¿para qué quieres un remolque?
—¡Anda, tú! ¡Para qué lo voy a querer!
No habrá forma de que meta bocado de lo alelado que está con sus fantasías.
—¡Cómete las cortezas, por lo menos! —le sugerirá el hermano comprobando que no se ha metido nada en la boca.
El mayor habrá perdido los dientes hace ya muchos años: unos por desgaste, otros por las hostias que le propinó su difunto padre, a quien tanto seguirá admirando. Por eso, aunque le hubiera gustado, no podrá roer las crujientes cortezas del tocino.
La fina inteligencia, que se pudo descubrir en su mirada en la niñez, desaparecerá un día y solo la recuperará en contadas ocasiones. Los retazos de sus destrezas intelectuales serán la prueba para cercioraros de que, donde hubo, aún hay. No sentiréis respeto. Necesitaréis comprobar que sois afortunados por no haber caído en la desgracia de la idiotez, como si Hombrecito fuera un ejemplo vivo de los vaivenes a los que vuestra vida puede estar sometida. O —lo peor de todo— aún esperaréis un milagro que redima su estado calamitoso. Lo someteréis a pruebas sin necesidad, pues estáis seguros de que saldrá airoso, como si fuera una bestia amaestrada que cada cierto tiempo debe demostrar que las habilidades aprendidas no se han perdido. Con una impostada inocencia, aprovecharéis la ocasión para mostrar las hojas descabaladas de un atrasado periódico y, con la excusa más absurda, le solicitaréis que lea una noticia. Hombrecito se lo acercará a los ojos y leerá, musitando para sí mismo, el texto. Admiraréis su entonación y el bisbiseo rítmico de su pronunciación. Se introducirá el papel en el bolsillo de la chaqueta. Creerás que la información le ha interesado y que tal vez la guarde durante un tiempo en esa biblioteca desnuda de los recuerdos quemados en el devenir de los días… También vosotros mismos, o cualquier otro maestrucho, con una ingenuidad forzada, le pediréis que calcule los litros que hay en varias cántaras de vino y comprobaréis que sabe multiplicar y que su capacidad matemática es mayor que la vuestra. Entonces os preguntaréis por los misterios insondables de la existencia humana: cómo un ser tan inteligente puede destacar tanto en algunas facetas de los conocimientos y en lo práctico, en el gobierno de su vida, puede haber acabado en una postración tan miserable.
Cuando abra la hoja inferior de la puerta y descubra el haz de leña, lo meterá en el portal, sacando una energía para arrastrar la carga que solo se manifiesta cuando el hambre o el frío la acucian. No habrá mirado siquiera a los lados de la calle para asegurarse de que ningún vecino la observaba. Ya dentro, con la escoba y la badila recogerá la hojarasca, y los lanchares de su puerta quedarán sin brizna de matojo ni arena de cuneta. Cuando haya recuperado el aliento, se preguntará por un instante por el milagro, pero no perderá el tiempo con elucubraciones vanas. Lo mismo da que sea una intervención divina, un equívoco o un alma caritativa compadecida de una pobre vieja. Lo que importará es que ya está dentro, y que de allí no va a salir.
Tu padre vendrá los domingos. Cuando oigas su aflautada y apagada voz sabrás que es el día de descanso. Lo verás descabalgar del asno con sumo cuidado, pues cuando dé el salto para poner los pies en tierra, comprobarás el miedo de tu progenitor a atrevesar en el abismo que supone el metro que sus botas de goma deben recorrer hasta tocar el suelo. Meneando la cabeza de un lado a otro, inspeccionará las viñas como si él fuera el propietario. No te preguntará nada, porque los sucesos que le cuentes han de ser contingencias propias del oficio que desempeñas.
Te montarás en el borriquillo en el que ha llegado tu padre y aparecerás por el pueblo en el momento en el que la gente endomingada entre en misa. No te quedará más remedio que contemplar sus vestidos de fiesta y sus zapatos lustrosos. Sobre todo, tendrás que soportar el cutis bien afeitado de los mozos de tu edad. Cuando llegues a tu casa, echarás agua templada de la cobra en la palangana y te lavarás la cabeza y la cara. Librarte del polvo acumulado te proporcionará uno de los escasos placeres que te estarán permitidos. Te cambiarás de muda. Después de la higiene, tu madre te pondrá en la pequeña mesa de la cocina la sopa de fideos y, a continuación, el plato de garbanzos.
No creáis que comerá con ansia; tan solo agradecerá usar la cuchara en vez de la navaja con la que se apaña cada día. No acabará todo, pues una somnolencia irresistible le conducirá a la fresca alcoba. Se echará sobre el jergón de lana y permanecerá en el frío aposento hasta que su madre le despierte a media tarde para que emprenda el camino de vuelta y su padre pueda regresar con las últimas luces del día.
Deambularás como gato enloquecido en las dependencias de la casa que ahora es solo tuya. No sabrás por qué subes las escaleras al primer piso ni por qué las bajas para ir a la cocina. Saldrás al corral, pero en él no habrá ya ningún animal al que cuidar. Hace tiempo que desaparecieron las gallinas, los últimos vestigios de lo que un día fueron asnos, cerdos, conejos y cabras… Te quedaste solo, el último, y, sin ilusión por la que vivir, te abandonaste y te deshiciste de todo ser viviente. ¡Hasta la gata paridora se marchó para que nunca más vieras su pelaje negro! En esa congoja permanente existirás porque por ti corre la sangre, porque el corazón se empeña en latir, pero tú estarás muerto. Si no fuera por los vecinos que te recuerdan que aún vives, tu existencia sería cuestión de días, hasta que, de inanición, te recostaras en cualquier rincón a buscar un sueño que desapareció cuando por primera vez te metiste en la cama sabiendo que ya nadie te acompañaría, que el último de tus seres queridos lo habías dejado en el camposanto. Los muertos tienen más suerte: sus despojos se juntan y reposan unidos. Tú serás el último en entrar en esa fosa descomunal en la que cabréis todos.
Te animarán con la mejor voluntad con el fin de que salgas por lo menos a la puerta, para que saludes y veas a tus semejantes afanarse en los pequeños quehaceres que jalonan su jornada. Obedecerás porque te cuidan y te estiman, porque eres un bendito. Te quedarás unas veces erguido, apoyando tan solo unos instantes el pie en la pared, para comenzar de inmediato a andar hacia cualquier destino; otras, sentado en el poyo, mirarás el suelo donde las hormigas recorren senderos inescrutables en su camino a las galerías subterráneas. Dirás adiós, vislumbrando con cara de pánfilo a quien te salude. Lo seguirás con la mirada durante unos minutos recorrer la larga calle hasta que lo pierdas de vista. Entonces volverás a mirar al suelo, o te levantarás para apoyar de nuevo el pie —y esta vez también la espalda— en el muro de piedra de la casa que es solo tuya.
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