17/06/25

LEYENDA DE LA MUJER DELFÍN



Observé un paraguas negro abierto sobre la arena mientras recorría la playa del Sardinero. Había algunos bañistas tardíos aún en ese inusual otoño primaveral del que disfrutaban en Santander. Supuse que su dueño sería uno de los que se bañaban. Recorrí el arenal y regresé. Al llegar de nuevo a la altura del paraguas, me detuve. Seguía abierto. A su resguardo se hallaban lo que supuse eran unas pertenencias. En ese instante, miré al agua y ya no divisé a nadie. La imagen de ese paraguas solitario me inquietó. No encontraba ninguna explicación relativa a su abandono.

Uno de los nadadores no se hallaba lejos. Se había enfundado un albornoz color crema y contemplaba los navíos anclados en alta mar esperando su turno para entrar a puerto. Se trataba de una persona mayor, aunque su cuerpo bronceado mantenía una apariencia atlética.

—¿Sabe de quién es ese paraguas? —le pregunté.

Me miró un instante antes de responder, como si en ese breve lapso tratara de adivinar la procedencia del forastero.

—¿No lo sabes?… De La Mujer Delfín.

Dudé si iniciar conversación con un viejo que en ese momento me pareció molesto por mi pregunta.

Al fin y al cabo, el objeto tenía un dueño y a mí no me importaban los motivos por los cuales lo había dejado depositado en la arena. Sin embargo, su nombre me llamó la atención. Inferí que sería el apodo de una persona conocida en el entorno.

—¿Quién es La Mujer Delfín? —quise saber con descaro.

El hombre metió su ropa en una mochila, se calzó unas chanclas y se acercó.

—¿De dónde eres?

Le respondí que sevillano. Y antes de que continuara con su interrogatorio, añadí que me encontraba de vacaciones. Con estas explicaciones justificó que no conociera a esa mujer. No se detuvo. Yo lo seguí hasta el paseo que bordea todo El Sardinero. Una vez fuera, se apoyó en la barandilla y contempló el paraguas, las olas que lo habían zarandeado momentos antes y su vista se perdió en la lejanía gris del mar.

 

 

 

El tiempo empeoró de repente a media tarde, cuando cambió el viento que hasta ese momento había soplado del sur. Antes tuve tiempo de visitar la Península de la Magdalena y de tomar un autobús y dirigirme al faro. Mi hotel se encontraba a escasos minutos de los jardines de Piquío y había planificado cenar en el alojamiento y descansar con la intención de dejar la ciudad al día siguiente. Me encontraba en un momento de mi vida en que era libre. No tenía que rendir cuentas a nadie y no estaba sometido a ninguna responsabilidad. Pese a ello, no hallaba alicientes para encontrar una ilusión que me guiara. Viajaba porque no había lugar donde la sucesión de los días me proporcionara la calma de emprender un buen proyecto. Lo único seguro eran los ahorros de unos años de trabajo en los que me habían pagado con generosidad por realizar lo que yo consideraba tan solo una simple afición.

Con el desdén del que no tiene nada planificado, me acosté sabiendo que por la mañana elegiría mi rumbo sin titubear. En efecto, con esa apatía inherente a mi personalidad, me quedé dormido al poco de arroparme. No obstante, de madrugada, me desperté y mi mente recordó la historia que el bañista me contó de La Mujer Delfín. La narró de forma sucinta y con un tono misterioso. No lo interrumpí, pero mi sensación era que me estaba engañando con una fabulación inverosímil, si bien, la cara del narrador no era la de un bufón, sino la de alguien que guarda luto por una persona ausente. Durante mi desvelo no pude dejar de pensar en el buen hombre que tuvo la delicadeza de contarme la historia y, sobre todo, en esa mujer irreal venida de la inmensidad del mar.

 

*

 

Me levanté temprano. Me presenté el primero en el comedor del hotel. Elegí una mesa desde la que se contemplaba el mar. ¡Era una vista magnífica del fondeadero! Entre brumas se distinguía la silueta de barcos mercantes que abandonaban el puerto, mientras otros se disponían a atracar.

No había cambiado de idea, pero me pareció muy temprano para dirigirme a la estación a comprar un billete a cualquier destino, así que, antes de pedir la cuenta, sentí curiosidad por saber si permanecía abierto el paraguas en la playa. Supuse que a esas horas estaría solitaria, pero no era yo el único que la transitaba. Otros paseantes, acompañados de sus perros, corrían o caminaban en las dos direcciones. Incluso, cuando llegué al centro, había alguien que se bañaba. El paraguas continuaba en el mismo punto donde se encontraba el día anterior. Me aproximé y pude comprobar que bajo su cobijo se hallaba una bolsa de plástico blanco que contenía algo de comida. Sin moverla, se notaban en su interior piezas de fruta, manzanas o naranjas. Otra bolsa mayor contenía lo que supuse una toalla, aunque bien podía tratarse de una pequeña manta.

Por temor a que creyeran que iba a coger lo que no era mío, me alejé un poco. Permanecí por las inmediaciones, esperando poder hablar con alguien sobre el paraguas olvidado. No tardó en salir del agua una mujer de mediana edad. Aguardé a que se secara y se vistiera para acercarme a ella. La saludé y le pregunté por el paraguas. Me sonrió afectuosa. Pude apreciar cómo el baño le había revitalizado y transmitido una energía que se prolongaría a lo largo de la jornada.

—El paraguas es para La mujer Delfín —me dijo con la mayor naturalidad—. Se lo tenemos preparado por si viene, para que encuentre acomodo y pueda reposar con tranquilidad.

Como si no supiera nada, le pedí que me explicara quién era y cómo esperaba que viniera hasta allí por el mar.

—Es una mujer que se asemeja a los delfines y nada igual que ellos, con una ligereza y facilidad que causa espanto. Puede pasarse mucho tiempo en la alta mar sin fatiga; incluso, es capaz de dormir flotando.

—¿Es de Santander?

—No, aunque pudiera ser. En realidad, nadie sabe de dónde es ni cuál es su nombre real, ya que dicen que es muda. No habla ni se expresa por gestos, si bien, no es sorda, porque de continuo presta atención a los sonidos, sobre todo, a los procedentes del mar.

—¿La conoce usted?

—¡Qué más quisiera yo haber tenido esa suerte! Nadie en Santander la ha visto, pero estamos preparados por si un día se presenta.

Me quedé alelado con esta confesión. Podía tratarse de una alucinación general de una población proclive a las creencias fabulosas.

—Y si nadie ha visto a esta mujer pez, ¿cómo saben de su existencia?

Se me quedó mirando perpleja y, por un momento desapareció la sonrisa que hasta ese momento había iluminado su cara:

—Porque hay quien sí la ha visto…

Me explicó que no eran pocas las playas del Norte y del Atlántico en las que había recalado. La costumbre de dejar un paraguas y algunos víveres en muchas de ellas era porque la primera vez que se dieron cuenta de su presencia portaba uno. Se había puesto a llover intensamente y encontró entre los desperdicios que el mar siempre devuelve a tierra un paraguas y manipulándolo lo abrió y descubrió que servía de parapeto. Lo mantuvo el tiempo que estuvo en la playa. Además, observaron que, por la noche, lo extendió y se acurrucó bajo sus alas para evitar el relente nocturno.

—¿En qué lugar la descubrieron por primera vez?

—No se sabe con precisión, pero la mayoría afirma que fue en La Coruña. Ellos dicen que del mar salió una mujer pequeña enfundada en un traje de neopreno que no portaba ninguna tabla de surf. Aseguran que esto sucedió en la playa del Orzán. Los que la vieron se sorprendieron porque no habían divisado a nadie coger olas momentos antes. Su sorpresa fue mayor al comprobar que deambulaba sin mucho sentido. Supusieron que buscaba sus pertenencias, pero no había ninguna bolsa depositada en la arena. 

 

*

 

Regresé al hotel y dije al recepcionista que alargaría la estancia una noche más. Después de hablar con la mujer y confirmar la historia de La Mujer Delfín, una idea se había entronizado en mi mente: conocerla en persona. Pregunté al empleado dónde podría encontrar una tienda de bicicletas. Atónito por mi consulta, el portero me orientó hacia el centro de la ciudad. Allí me dirigí. Compré una bicicleta. Le pedí al dependiente que la proveyera de alforjas y me dotara del equipamiento necesario para emprender un largo viaje. Me sacó camisetas, jerséis, chaquetas, chubasqueros, pantalones, zapatillas… También me hice con un saco de dormir y una tienda de campaña individual. Pagué con gusto la cuenta y montado en ella, regresé al hotel. Dediqué la tarde a estudiar la ruta que seguiría y a seleccionar lo que me quedaría del equipaje con el que partí de mi tierra. Busqué un contenedor en el que depositar la ropa de la que me desprendía. El resto de mis pertenencias las dejaría en la recepción cuando me despidiera para que el personal del hotel tomara para sí las que quisiera y el resto se deshiciera de ellas. 

 

*

 

Al mencionarme la bañista que quizá el primer lugar donde descubrieron a La Mujer Delfín fue en La Coruña, decidí partir hacia esa dirección. El mar aparecía y desaparecía de mi recorrido; a veces, me detenía a descansar aproximándome a los acantilados que contenían el ímpetu indomable de las olas. Llegué a la playa de Liencres por carreteras locales. El descenso hasta el arenal transcurría por un camino que se adentraba en un majestuoso pinar. Las minúsculas esquirlas de sílice que el aire levantaba se apelmazaban en las dunas que bordeaban. Había pocas personas ya en ese otoño decadente. Los que más se prodigaban eran surfistas que se esforzaban por adentrarse hasta el punto en el que el oleaje rompía. Los divisaba cabalgando sobre sus tablas, realizando cabriolas, adentrándose en el embudo que se abría a su paso, para acabar tirándose de cabeza antes de que la montura se estrellara en la orilla. Allí me quedé sorprendido, hipnotizado por esa continua lucha entre olas y surfistas.

Cuando el sol declinaba, abandonaron exhaustos su actividad. Había permanecido no muy lejos de la entrada y, paulatinamente, desfilaron delante de mí. Una pareja de poco más de veinte años me saludó sonriendo. Les devolví la sonrisa, agradecido por su simpatía.

—¿Estás recorriendo el camino de Santiago? —se abrieron a charlar conmigo.

Titubeé sobre la respuesta. No, no era ese mi propósito.

—No, voy… adelante, donde me parece.

—¡Ah, que bien! —se sorprendió la chica.

Era una joven muy bonita, con una melena rubia que sufría la devastadora corrosión del salitre.

Ambos se fijaron más en mi atuendo, en la bicicleta y mi equipaje.

—¿Vas a dormir en la playa? —se interesó el compañero, un desgarbado muchacho.

No había pensado en dónde pasar la noche, pero dije que sí.

—Es mejor que te pongas del otro lado de las dunas, allí estarás más protegido… Lo único…, la bici. Te va a costar moverla.

—Me han contado una historia relativa a una mujer delfín… —les sondeé.

Se miraron sorprendidos y se aproximaron a la roca donde me había sentado.

—¿Eres periodista?

—No, qué va, ni mucho menos… Tengo curiosidad. Me han hablado de ella en Santander.

La joven se apoyó en la piedra, mientras él permaneció de pie, sujetando con las dos manos las tablas empinadas de ambos.

—¿La habéis visto por aquí en alguna ocasión?

—Ves aquel paraguas —me señaló el lugar extendiendo la mano.

Hasta ese momento solo me extasiaba con el paisaje, la puesta de sol y los surfistas.

—¡Aquí también habéis pensado en la posibilidad de que se presente y le habéis preparado su refugio! —Me alegré de constatar que La Mujer Delfín también era conocida.

—Si vuelve a aparecer, probablemente sea en esta playa en la que se presente —afirmó con absoluta seguridad.

—¿Por qué?

 

*   

 

Nada más despedirme de ellos, recorrí la playa, arrastrando la bicicleta, hasta llegar al paraguas. No era negro, sino azul, un azul celeste. También había una bolsa con víveres y lo que parecía un gabán. Lo contemplé durante un rato, como si buscara respuesta a la desasogante curiosidad que sentía por esa mítica mujer.

Como me recomendó el desgarbado surfista, me adentré en las dunas, buscando una pequeña loma que me protegiera del viento. Desplegué la tienda de campaña y me dispuse a reponer fuerzas comiendo algo. No me preocupé de la hora que era ni de ningún asunto que no fuera lo que me había contado esa pareja. Según la chica, La Mujer Delfín se había enamorado de un surfista rubio muy guapo. Era el mejor cogiendo olas. Su playa de entrenamiento era Liencres, pero desaparecía durante largas temporadas cuando participaba en las pruebas que se organizaban por todo el litoral norte y atlántico. Pocos fueron conscientes del proceso de ese enamoramiento; solo algunas chicas la observaron y se convencieron de que algo sentía por ese muchacho. No estaban seguras si era por la destreza con la que surcaba las olas con su tabla o por ser una belleza. Lucía una media cabellera rubia y era muy simpático. Siempre mantenía una sonrisa cautivadora y estaba de buen humor. Según mi informadora, era más bien infantil e irresponsable, pero reconocía que era el mejor y que tenía un halagüeño futuro como deportista.

—Esperamos la vuelta de los dos —me había dicho—, —pero es probable que tarden en aparecer. El Niño (ese era el apodo del surfista) cada vez viene menos por aquí; ha emprendido un sueño de altos vuelos y compite con la élite, y sospechamos que La Mujer Delfín lo busca desesperada por todas las playas donde se cogen buenas olas.

Conseguí dormir arrullado, pese a la atronadora y ronca respiración del mar. Sin recoger la tienda, ascendí hasta coronar la colina de arena para comprobar si durante la noche había arribado La Mujer Delfín. El paraguas seguía anclado y no parecía que nadie se hubiera cobijado con él. 

 

*

 

Continué avanzando hacia Poniente. Aunque atravesaba pueblos con un legado histórico abrumador, no había nada que me distrajera de la estela que perseguía. Me proveía de lo que necesitaba y emprendía mi marcha.

Me defraudé en ocasiones, ya que no hallaba paraguas en todas las playas. Por qué sí en unas y en otras, no, me resultó difícil saberlo. Esperaba que estuviera relacionado con las olas más o menos aptas para surfear, pero no pude comprobarlo fehacientemente. Sin embargo, me llevé una sorpresa, pues, aunque los paraguas no hacían acto de presencia en los arenales, sí que conseguí rastrear la pista de La Mujer Delfín. No era conocida así en todos los lugares, pero, por la descripción o leyenda creada, pude convenir que esos relatos se referían a mi perseguida. Decían que habían divisado a una pequeña mujer nadando y saltando entre un grupo de delfines; otros, afirmaban que era amiga de los socorristas, que se trataba de una misteriosa bañista que había salvado de morir ahogados a aquellos que la resaca se llevaba. Esas mismas personas socorridas, hablaban de una mujer que los había devuelto a la orilla, sin estar convencidos de si la ayuda había sido cierta o era producto de una ensoñación como consecuencia de la inconsciencia en la que habían caído al comenzar a zozobrar y a tragar agua…

 

*

 

Mis indagaciones me condujeron a más lugares que las playas. Estimé que los pescadores podrían ser mis informantes. Me interesaban sobre todo los pequeños puertos no muy alejados de los arenales que frecuentaban los surfistas. Había recorrido las kilométricas playas de Oyambre y Gerra y en ambas habían plantado sendos paraguas, cada uno de un color diferente: amarillo, en la primera; verde, en la segunda. Las referencias que me ofrecían los surfistas locales no aportaron datos que no conociera ya. Esa zona era frecuentada por pequeños barcos de los puertos de Comillas y San Vicente de la Barquera. No tuve dificultad para hablar con los pescadores, algunos ya retirados de la faena, pero cuya vida seguía unida al puerto y a la lonja, al pasar buena parte de la jornada en su entorno. Procuré ganarme su confianza charlando sobre mil asuntos diferentes al que me interesaba. Después de un rato de palique, les preguntaba si habían visto o, por lo menos, escuchado algo referente a La Mujer Delfín.

—¡Claro que sí! De la Mujer Delfín, del Hombre Pez de Liérganes…

Ya conocía esta última historia.

Me desanimé considerando que tomaban a chufla mi requerimiento. Sin embargo, no me pasó desapercibido el semblante de un viejecito, con unos ojos muy vivos que parecían comunicarme algo que no se atrevía a declarar delante del grupo de los reunidos.

No tuve prisa por disolver la asamblea. Cuando se fueron apartando, a la primera oportunidad, me acerqué a este hombre. Llevaba puesta una gorra con la visera levantada, como si la hubiera retirado para que el sol le impactara en los ojos.

—Yo he recorrido muchos mares… He sido pescador, también marino mercante, y conozco los puertos más importantes del mundo y, sobre todo, los del mar Cantábrico —me explicó, sintiendo una desazón que se expandía a la par que desgranaba cada una de sus palabras, pues pensé que comenzaría a referirme toda clase de anécdotas sin que ninguna me aportara nada interesante.

Al verme que no me entusiasmaba el inicio de su perorata, se calló.

—Perdone, es que estaba pensando en otro asunto. Continúe —Le animé.

—En Redes, cerca de Ferrol, oí una historia de una chiquilla que a lo mejor está relacionada con la mujer esa que usted menciona.

Me dio un pasmo al escuchar esto.

—Parece ser que una niña de corta edad se cayó al agua mientras faenaban sus padres. No había mucho oleaje, pero cuando se quisieron dar cuenta de que su criatura no se hallaba en la barca e iniciaron su búsqueda, no la hallaron y supusieron que se había ahogado, aunque nunca recuperaron su cuerpo…

Me quedé en silencio, expectante, porque no acababa de vislumbrar la relación que existía entre esa desgracia y mi protagonista.

—...Transcurridos unos años, los mismos padres creyeron reconocer la figura de una mujer entre una manada de delfines que se aventuraba de manera anormal en esa bahía.

No pude contener la alegría ni las incipientes lágrimas que se deslizaban por mi rostro.

 

*

 

Había jornadas en las que no pude avanzar en mi largo peregrinaje hacia el oeste como consecuencia de las copiosas lluvias que azotaban la costa. Me desesperaba, ya que poco podía averiguar. Aproveché para alojarme en algún hotel donde descansar y asearme con deleite. Llamaba la atención de los empleados. Yo mismo, al mirarme en el espejo, me extrañaba. Me había dejado barba y mis ojos vagaban perdidos buscando una referencia en los que descansar. A pesar de mi fatiga, no lograba un sueño profundo. Me despertaba y mi mente se concentraba en la investigación pendiente.

Harto de que no escampara, emprendí camino. Había conseguido impermeabilizar bien las alforjas y yo me enfundé el impermeable. Pedalear resultaba desagradable porque mis piernas encontraban obstáculos de continuo, pero me propuse seguir adelante hasta que logré llegar a Salinas. El temporal, obstinado, aún castigaba la costa. La inmensa playa desguarnecida me pareció inhóspita. Recorriéndola por el paseo, miraba el oleaje, que avanzaba hasta aproximarse al límite del muro del bulevar. Las gotas de lluvia impactaban sobre la salobre agua, produciendo pequeñas explosiones acuosas, cuyas partículas eran arrastradas por las rachas de viento procedentes de la inmensidad del mar. No alcanzaba a vislumbrar unos pocos metros más allá de mi persona. De vez en cuando, me detenía y me apoyaba en la barandilla azul, mirando a derecha y a izquierda. Aunque tardé en dar con lo que buscaba, al final, lo descubrí. Pegado junto a la pared que detenía el avance de la arena, plegado para que no lo arrastrara el viento, hallé un paraguas y una gran bolsa bien cerrada, cuyo contenido adivinaba. Pero no había rastro de La Mujer Delfín. Tampoco nadie al que preguntar para que me aportara noticias. Mi vista se perdía por la ensenada, viraba hacia el interior, donde solo aparecían altos bloques de apartamentos deshabitados, y no hallaba un alma que no fuera yo mismo.

Me refugié junto a uno de aquellos edificios, al amparo del viento y resguardado por una cornisa. Me recosté en la pared, mirando el cielo bajo que amenazaba con derrumbarse. Cuando me quise dar cuenta, un perro olisqueaba mis zapatillas empapadas, y detrás de él apareció su dueño. .

—¡Vaya tiempo! —se quejó sin reparar detenidamente en mi persona.

Se trataba de alguien con unos pocos años más que yo.

—¡Mala temporada has elegido para viajar, compañero!

—Sí —afirmé, no fuera a formarse la idea de que era un misántropo—. ¿Eres de aquí?

—No, pero, para el caso, podría decir que sí, aunque no soy asturiano.

Intercambiamos algunas palabras más. Sin darle mucha información de mí, él me contó que su pareja era de la zona, y habían terminado por regentar un bar cerca de donde nos encontrábamos. Vivía en uno de esos apartamentos que yo había creído desocupados.

—Ahora es temporada baja. Solo los fines de semana esto recupera algo de vida, si las condiciones del mar permiten surfear. Cada vez hay más aficionados. Son gente maja —me respondió al preguntarle sobre el negocio.

—¿Vienen muchos surfistas?

—Sí. Es una playa con buenas olas y lo suficientemente grande para convivir con los bañistas sin que se molesten los unos a los otros.

—He visto en la playa un paraguas rojo abandonado, junto a una bolsa… Me ha extrañado.

—¡No se te ocurra tocarlos! Son una ofrenda que los surfistas dejan a una muchacha a la que consideran una deidad.

—¿Una deidad?

—Sí, para ellos es como su protectora. Creen que, si en algún momento se ven apurados, ella los socorrerá.

Intenté mostrarme incrédulo para que mi interlocutor se esforzara en contarme todo lo que sabía.

Sin referirse a la chica con el nombre por el que la conocí en Santander, me refirió que se trataba también de una mujer surfista, o que merodeaba entre las olas como si fuera un delfín. La adivinaban surcando el oleaje, sumergiéndose y emergiendo con volteretas, imitando a los delfines. Si intentaban aproximarse a ella, se adentraba más. Mantenía una distancia que permitía a todos contemplarse. Si algún infeliz, alejado de la costa, era arrastrado por la corriente o lo notaba muy fatigado, ella lo ayudaba a regresar a la playa. Pero nadie le ha oído hablar, por lo que suponen que es sordomuda o extranjera. Muy pocas veces llega hasta la playa, pero en alguna ocasión se ha atrevido. Por eso le dejan el paraguas y comida. También, un traje de neopreno, que le compran las chicas aportando cada una un poco de dinero para la colecta.

—Si quieres, te puedo invitar a un café en mi casa —me propuso.

—No, gracias, he de continuar.

En efecto, se adivinaban algunos claros en la lejanía marítima y la lluvia aminoraba. 

 

*

 

San Cosme de Barreiros, Burela, Barreiros, con sus playas y surfistas iban quedando atrás. El tiempo había mejorado, pero el mar estaba enojado y el oleaje era bronco y revoltoso. Las aguas del Cantábrico seguían vomitando las últimas mareas de algas. En algunos puntos de esas playas, protegidos por pequeños salientes de terreno, se aventuraban algunos esforzados nadadores con sus tablas. Se trataba de deportistas de la zona, buenos conocedores del comportamiento imprevisible de un mar con mucho carácter. No era fácil establecer conversación con ellos. Entraban con premura en el agua y se retiraban de igual modo. Se desenfundaban el ajustado traje y lo depositaban en un cubo para lavarlo más tarde.

Merodeaba entre los vehículos en busca de alguno que se detuviera unos minutos para intercambiar unas palabras. Por casualidad, hallé a una chica que contemplaba el panorama desde el interior de un vehículo. Al verme con la bici y el desarbolado equipaje sujeto en el soporte, creyó que andaba perdido y salió.

—¿Te puedo ayudar?

—No, gracias.

—Perdona, creí que andabas perdido.

—Bueno, sí, pero no tiene importancia.

Sacó un cigarrillo y rechacé uno que me ofreció. Estaba esperando a que su novio saliera del agua. A ella no le había apetecido meterse.

—¿A dónde te diriges? —se atrevió a preguntarme.

—Recorro el Norte, suelo decir, pero la verdad es que voy tras una persona —le dije dirigiendo mi intervención al tema que quería tratar.

—¿Una mujer?

—La Mujer Delfín.

Esperó un instante para recuperarse del impacto y para realizar un segundo análisis más detenido de mi persona. Si llegó a la conclusión de que era un enajenado, no se lo puedo reprochar, porque, después de dos semanas de viaje, mi aspecto daba pie a pensar que era un trastornado, pero por completo inofensivo, pues no capté ningún temor en ella.

—Es raro.

—¿Por qué? —quise saber por sentirme ofendido.

—El motivo del viaje, la época elegida…

Me tuve que callar. Tenía toda la razón del mundo.

—¿La conoces?

En efecto, la conocía. Fue de las pocas testigos que me confirmó que había estado cerca de La Mujer Delfín. Se trataba de una chica menuda, con el pelo castaño muy largo. No se había aproximado mucho a ella por respeto. Salía a tierra cuando la presencia humana era muy escasa. Tomaba el paraguas y la bolsa y se apartaba. Escarbaba un hoyo en la arena y se acurrucaba. Nadie que la viera intentaba acercarse, por miedo a que saliera huyendo.

—¿Cuánto hace que la has visto?

—Un mes, un mes y medio, más o menos —me respondió después de calcular el tiempo—. Me dio mucha pena.

—¿Por qué?

—La vi muy triste, una tristeza de mujer enamorada.

 

*

 

Yo también estaba muy triste, tal vez una tristeza de hombre enamorado, aunque no fuera muy consciente de ello.

A esas alturas, mi viaje tras La mujer Delfín no tenía sentido. Había conseguido los suficientes testimonios para convencerme de su existencia real. ¿Por qué continuaba pedaleando? ¿Solo por encontrarme con ella en persona? No estaba seguro de lo que deseaba. Mi viaje se había transformado en una obsesión absurda, que me conducía por malas carreteras que se convertían en un tormento para mis piernas, cada vez más debilitadas.  Ascendía repechos con baches y descendía por toboganes mal asfaltados.

Los faros que lanzaban señales a los navegantes eran también los hitos blancos que jalonaban mi recorrido. Me detenía en las playas. Ya no me molestaba en buscar los paraguas. Me quedaba mirando el oleaje sin darme cuenta del tiempo que transcurría sentado en la arena. Si el lugar era seco, allí pasaba la noche, durmiendo a ratos, en vigilia mucho tiempo, inundándome de la oscuridad rugiente que amenazaba con su ciega mirada.

La llegada al Atlántico supuso el renacer de un brío desconocido, alimentado por el deseo de conocer la bahía de Betanzos. En ese enorme recodo de mar, se hallaba Redes, un pueblecito de pescadores, donde aquel marinero me contó que una niña desapareció hacía mucho tiempo.

La carretera en descenso terminaba en el puerto. Las barcas amarradas al muelle y las que había ancladas en la bahía eran meros botes con sus remos. En algunas faenaban en sus mansas aguas. Los pescadores trajinaban desarrollando su oficio, incomprensible para mí. Me senté en una mesa en la terraza de una taberna. En otra, dos viejos, con sus pequeños vasos de vino blanco, me contemplaban. El dueño me sirvió un café. No quise preguntar nada, hasta que los parroquianos se convencieran de que no llevaba prisa y que no sentía curiosidad por su vida. El sol recorría el cielo; los hombres permanecían en silencio, vigilando unas veces al mar, y comentaban algo relacionado con la labor que realizaban los pescadores; otras, depositaban su mirada en mí, y permanecían en silencio, con los ojos más abiertos de lo que les permitía su piel apergaminada. Yo los observaba sin curiosidad; también, a los pescadores, que movían redes y maniobraban con una pértiga. Había sacado un cuaderno y aparentaba que leía o anotaba algo con un lapicero. Permanecimos sentados hasta que el tabernero cerró el establecimiento.

—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras —me dijo cuando se llevó la taza.

Allí continué, contemplando con serenidad la pequeña plaza circular, las calles que desembocaban en ella y esa pareja de ancianos, a los que ya no deseaba preguntar por la niña desaparecida hacía muchos años.

Al final de ese periodo de meditación, determiné pasar la noche en la playa que divisaba a mi izquierda. Me levanté y me despedí de la pareja moviendo la mano. Cuando me alejaba, se incorporaron para comprobar la dirección que tomaba.

Esa noche dormí profundamente: por primera vez el mar permaneció en silencio, como si velara por la muerte de algún ser querido. Yo sentí una serenidad que solo otorga el vacío.

 

*

 

Pasé como una exhalación por las Rías Altas y Bajas y me adentré en Portugal con la intención de llegar lo antes posible a Nazaré. Los surfistas se concentraban allí para contemplar a aquellos que se atrevían a coger sus olas gigantes. Albergaba una última esperanza. En lo más profundo de mí, brillaba una luz que me incitaba a no desfallecer. No era seguro que El Niño, el joven surfista del que se había enamorado La Mujer Delfín, estuviera allí, y su amante hubiera ido siguiendo sus pasos. Tenía que comprobarlo.

El pueblo era un hervidero de gente del que me alejé. Todos se admiraban de la valentía de aquellos que se atrevían a surcar esas monstruosas olas. Supuse que si había alguna oportunidad de encontrarme con ellos, sería en la playa. El funicular funcionaba constantemente trasladando a viajeros que se concentraban en ese punto. Me alejé de la multitud. A medida que avanzaba, tuve la sensación de que me adentraba en un desierto de arena y agua. Algunos surfistas esforzados surcaban con sus tablas olas más domesticadas. Me detuve a contemplarlos. No había rastro de paraguas dispuestos a acoger a la ninfa marina.

Primero uno, después otro, salieron del agua y esperaron a un tercero. Hablaban español. Entablé conversación con ellos. No mostraban prisa. Les pregunté si conocían a un cántabro apodado El Niño.

—Es ese que lleva un traje anaranjado —me respondieron sin extrañarse, como si yo tuviera la certeza de que se hallaba allí.

Desde ese momento, mis ojos no se apartaron de él. Era bueno, muy bueno, pese a su enorme estatura. Sus movimientos eran gráciles. Su postura era la estela de un jinete armónico con su montura. Se recogía, se erguía según la melodía cadenciosa de las olas que tomaba para sí.

Tan absorto me hallaba contemplando tanta belleza y perfección, que no me percaté de la presencia a poca distancia de una joven con el pelo castaño chorreando. Cuando lo divisé acercándose, comprobé que la chica lo esperaba. Al llegar a ella, se sacudió su media melena rubia mojando a su compañera.

—Imbécil —le insultó, momentáneamente enfadada por la travesura.

Comprobando que la había molestado, El Niño continuó arrojándole agua. Ella se fue hacia él para darle una bofetada, pero él echó a correr, sin que la compañera fuera capaz de alcanzarlo, con lo cual su enfado aumentó. Regresó a por su tabla y se alejó hacia fuera. Él echó una carrera y se puso a su altura. Intentó hacer las paces agarrándose a su cintura, pero ella le dio un manotazo para que no la abrazara.

No quise seguir observando sus carantoñas. Tomé la determinación de irme de Nazaré. Me alegré de que La Mujer Delfín no hubiera visto esta escena.

 

*

 

Sin querer me enteré, escuchando las conversaciones de los surfistas, que algunos se trasladarían a Marruecos; otros, a Canarias. El final detrás de La Mujer Delfín y de estos atrevidos navegantes había llegado a su término. Deambulé de un lado a otro. No siempre seguí la línea caprichosa del litoral marino. Sabía que tenía que continuar, pero la meta no era clara. Malos presentimientos merodeaban por mi mente. Adivinaba que mi camino me conduciría a una realidad que me embargaría de pena. Se me pasó la idea de regresar a mi tierra natal y olvidarme de La Mujer Delfín. Si alguna vez existió, dudaba de que aún continuara nadando entre las manadas de delfines y que descansara en las playas donde encontraría el acomodo que los surfistas le habían preparado por si recalaba allí. Pero, perdido y sin saber qué hacer con mi vida, Sevilla no era el albergue en el que me recuperaría de mis heridas emocionales. Era consciente de que, si regresaba en ese momento, no saldría nunca más del hoyo de desilusión donde me encontraba hundido. Por eso pedaleé sin parar, loco hasta la extenuación, hacia el Sur. Quizá, cuando el mar fuera una barrera infranqueable, sería el tiempo de tomar una decisión. De momento, avanzaba, sin fijarme en lo que me encontraba al paso y sin pensar en nada que no fuera en esa mujer fantástica que me había inducido a emprender un camino, cuyo fin no parecía claro ni tener fin. Solo quería moverme.

No sé los días que tardé hasta aproximarse al Cabo San Vicente. Eran muy pocas las fuerzas que me quedaban. Suponía que, cuando no pudiera más, sería el fin. Una recta larga me condujo hasta la fortaleza. La prominencia rocosa era azotada por un mar bronco en todos sus acantilados. Miré a la inmensidad pelágica, donde se terminaban los caminos de tierra y comenzaba la navegación. No podía continuar. Solo retroceder, o regresar a mi casa.

Acepté como inevitable la vuelta. Me sentía un retornado fracasado, que no era mejor ni más feliz que cuando comenzó su periplo.

El sol se ocultaba en el ocaso. Descendí a la praia do Beliche a pasar la noche. Una prominencia dividía la playa en dos. Arrastrando la bicicleta me dirigí a la parte más alejada de la entrada. En un recodo, pegado a la pared, me recosté y contemplé el resplandor morado del astro oculto. Cuando no quedó rastro de su luz, me fijé en un cuerpo inerte en el que no había reparado. Al aproximarme, mi corazón palpitó aceleradamente antes de que descubriera a una mujer tendida sobre la arena. Llevaba puesto un traje de neopreno azul. La incorporé de medio cuerpo y su cabeza no se sostuvo. Le toqué la cara y las manos y sentí un frío infinito. La levanté y la abracé. Intenté transmitirle mi poco calor exangüe. Le mesaba los cabellos y le acariciaba las mejillas, sin sentir nada más que humedad extraña y una suavidad a punto de extinguirse. Grité, pedí auxilio. Estaba llorando de impotencia.

—¡No hay nadie que pueda ayudarme! Por favor, que venga alguien…

Solo pude escuchar la sonrisa de un coro de delfines que movían su cabeza de arriba abajo. Supe que, aunque allí mismo llegara mi fin, al quedarme sin ella, debía entregar a esa mujer, a mi amada, a esos alegres peces que deseaban llevarse a su hermana.

16/06/25

FIEBRES MALTA

 

Subía con el rebaño por el antiguo camino hacia la capital. El sol lo deslumbraba. Las ovejas ascendían arremolinadas como si les costara dejar el calor de la cija y temieran enfrentarse al rocío que revestía aún los juncos y las chaparreras. A esas horas, la población comenzaba a despertar con el tañido de las campanas que convocaban a misa de diario a las mujeres viejas. También recorrían los barrios las voces del panadero y de unos quinquis que se prestaban a arreglar los cacharros agujereados o a componer los asientos de sillas desvencijadas. Ese ajetreo matutino era lo último que escucharía antes de regresar anochecido, no siendo las esquilas de sus ovejas o los ladridos de sus perros cuando alguien se aproximara. Paz y meditación, con algunas palabras cariñosas dirigidas a sus más fieles animales, los perros, y también a aquellas ovejas que se mostraban más solícitas. Las acariciaba y hablaba con voz baja, como si quisiera que el resto del rebaño no se enterase. El silencio o el silbido que de vez en cuando entonaba para desalojar por un momento al primero eran lo único que jalonaba el discurso de pensamientos que, como curso de agua, con sus remansos y torrenteras, lo acompañaba durante la jornada.

Las ovejas se detuvieron a la altura de Fuentes Viejas. El sol le seguía dando de lleno en los ojos. Las fue adelantando hasta situarse en cabeza. Los perros se situaron a los lados. Desvió la mirada a las eras verdes donde unas sábanas estaban extendidas y sujetas con pequeñas piedras en las esquinas para que no se volaran. Una chica alta se encontraba en un tendal improvisado con dos estacas, prendiendo de la cuerda ropa recién lavada. Lo miraba sin dejar de ir colgando las piezas.

Hola —se atrevió ella a romper el silencio.

Buenos días —respondió el pastor al mismo tiempo que con un silbido puso en marcha su pequeño ejército ovino.

Ella sonreía. Se acercó. La muchacha era guapa, pero sobre todo llamaba la atención su altura. No había conocido una mujer así. Parecía simpática y abierta, como si no le importara saludar a un extraño. El pastor, un muchacho que la sacaría siete, no más de diez años, no cesaba de mirarla sorprendido ahora también por su hermosura. Había chicas guapas en el pueblo, pero esa belleza era exótica. Su media melena pajiza estaba desordenada, como si pocas veces se pasase un peine, pero su cara era provocativa. Apreciaba que no se arredraba en su presencia, confiada en la prestancia de sus ojos vivos, en una nariz pequeña y arrogante y en una boca segura de saber las palabras que había que decir y de tener claro qué labios besar.

¿Me das un poco de leche? —descarada se dirigió a él detrás del tendal.

Las ovejas se habían extendido ladera arriba y pastaban sin moverse; los perros estaban echados, uno sobre el mismo camino, el otro encima de una pequeña piedra. Cumplían su misión de vigilar sin estar pendientes de las órdenes del amo.

La chica bordeó el tendedero hasta presentarse delante de él. Era impresionante. No le salían las palabras; solo sus ojos recorrían lentamente su figura. Llevaba una blusa que le dejaba los brazos desnudos, al igual que la escasa falda dejaba al descubierto sus inmensas piernas. Las dos prendas eran de un azul desvaído que resaltaba el color cobrizo de la piel de la cara y de todo su cuerpo.

La chica dejó de reír al no responder y, entonces, descubrió otra vertiente igual de hermosa de su personalidad.

¿Que si me das un poco de leche?

¡Un poco de leche! —No entendía muy bien lo que pretendía la muchacha.

Sí, que si me dejas ordeñar alguna oveja recién parida.

Sí —aceptó.

Se sintió mal al acceder. Las madres habían amamantado a los recentales en el redil y no tendrían leche en sus ubres, pero solo por permanecer a su lado, le daría cualquier cosa que le pidiera.

¿Cómo te llamas? —le incitó para que hablara con él.

Faustina. ¿Y tú?

Fernando.

Bueno, Fernando, ¿me dejas ordeñar una oveja?

Sí, pero a estas horas están secas.

No te preocupes.

Fernando se aproximó al rebaño. En el trayecto le dio tiempo a explicarse la presencia de esa muchacha en los lavaderos. Era una quinquillera. Su familia recorría a esas horas las calles del pueblo. Ella se había quedado realizando la colada y cuidando el campamento, un carromato valenciano y una pareja de caballos que pacían al lado, trabados por las patas delanteras con una soga para que no se escaparan. Sintió miedo. La chica de quince años, con una atracción irresistible, le atemorizaba. Era algo prohibido, no solo por su poca edad, sino por no ser igual que él, como la gente normal del pueblo. Ellos se regían por unas costumbres diferentes. Su ley no era la suya, e infringir sus normas o no respetar a sus mujeres, indefectiblemente suponía pasar unos límites que conllevaban un castigo.

Dudó si agarrar a una de las madres más dóciles y arrastrarla hasta el campamento, o arrear al rebaño para pasar de largo. Aunque no quiso, como si se hubiera aislado en una campana donde no oía la voz de su conciencia, se presentó ante Faustina. Esta lo esperaba con un perolo en las manos.

Sujétala un poco.

La muchacha se puso de rodillas a un lado y con palabras tiernas dirigidas a la oveja, que volvía la cara para comprobar quién le hablaba y la acariciaba, le sobó la ubre hasta que de uno de sus pezones brotó un chorro de leche. El pastor no se podía creer lo que estaba viendo. La madre fue rezumando de sus entrañas hasta no dejar ni una gota. Sin que Fernando se lo pudiera impedir, la muchacha bebió todo lo que había conseguido extraer. No le dio tiempo a sugerirle que lo hirviera.

Con los labios manchados con hilos blancos de leche, sin querer relamerse o limpiarlos, Faustina ordenó a Fernando que se aproximara. Lo atrajo hasta su cara, sujetándole la cabeza con las dos manos aún húmedas de leche, hasta acercar sus labios a los de él.

Bésame —le ordenó de manera que no pudiera negarse.

Fernando tardó en abrazarla, pero el ímpetu de sus besos, que lo succionaban hasta saborear la leche que ella acababa de beber, le hizo entregarse sin miedo, obsesionado con los contornos de una anatomía paradisíaca. Faustina exaltaba su cuerpo para que las manos de Fernando saborearan las delicias de su piel y el fuego de su sangre. Él intentó vencerla para que ambos quedaran tendidos, pero ella lo impidió.

¿No quieres que nos demos un baño?

No era una proposición, era una orden que dejó perplejo a Fernando, porque supuso detener la lava de su volcán cuando más en ebullición estaba.

Faustina, con la misma ternura con la que antes había sometido a la oveja, le dio la mano y le sonrió animándole a que no fuera cobarde. Su seguridad no era la de él. En ese momento en el que se posponía su entrega, sintió el temor de que su familia o cualquiera los pudiera sorprender. En cambio, Faustina se comportaba como si ambos fueran los únicos seres vivos del universo.

Las tres pozas estaban limpias. La de restregar era la última. En el agua flotaban restos del jabón con el que Faustina había lavado la colada que acababa de tender.

Quítate la ropa, toda hasta quedarte coreto —le ordenó la muchacha.

Fernando dudó, pero la mirada fija, en la que no había vergüenza ni excitación, lo intimidó y lo hizo obedecer. Con movimientos rápidos se quitó la ropa y se quedó quieto esperando sus indicaciones.

Ahora, a la pila.

Con el jabón en la mano, se metió con él, pero sin desnudarse. Le entregó la pastilla para que se frotara por delante, sin quitarle ojo para supervisar si lo hacía bien. A continuación, ella misma lo restregó por detrás y le ordenó que bajara la cabeza. Con un cubo y un pequeño jarro le mojó el pelo, le aplicó también jabón y se lo lavó introduciendo finos dedos en sus guedejas negras. Fernando sentía el roce tierno entre el bosque de pelos y cómo sus falanges se colaban por las oquedades de sus orejas. Cuando el enjabonado finalizó, con el jarrillo le fue vertiendo agua por arriba y por todos los lados, acompañando las pequeñas cataratas con los roces delicados de su mano izquierda. Lo mandó salir y quedarse de pie sobre una piedra, mientras ella seguía pasando sus manos por la cabeza, la espalda, el pecho y las piernas hasta que su piel se quedó seca. Ella misma recogió su ropa, al tiempo que le tendió la mano para guiarlo. Fernando se dejaba hacer, tan solo pendiente de cumplir los deseos de Faustina.

Los dos subieron al carro valenciano de la familia. Dentro, seguro de que ella era su tesoro, Fernando la desnudó hasta que sus senos y sus piernas fueron solo de él. El calor que transmitía la muchacha sobre su cuerpo aterido era la brasa más deliciosa de la que nunca antes había gozado. Su piel suave y tersa se acomodaba a la de ella hasta que ambos alcanzaron una temperatura similar. Mientras, sus bocas y sus lenguas se fundían en un nido de deliciosos bocados aún con el sabor de la leche recién ordeñada. Faustina recibía feliz y excitada los abrazos del pastor. Sus manos le recorrían las infinitas piernas y afianzaba su seguridad atrayéndola hacia él por los glúteos, mientras sus labios lamían sus pezones. Ambos se entregaron el uno al otro como si en ese momento el universo se hubiera creado obra de su pasión. A partir de ese instante, el sol brilló aún con más intensidad. Faustina le ayudó a vestirse en el reducido espacio del lecho. Cuando estuvo listo, descendió. También ella salió. Lo besó con ternura y los dos se separaron.

El rebaño y los perros no estaban a la vista. Fernando se fue alejando del campamento despacio y dándose la vuelta para no perder de vista a Faustina, hasta que la distancia recorrida les impidió verse. Las ovejas seguían pastando a sus anchas. Solo los perros se le acercaron para recibir los parabienes por haber desempeñado bien su cometido durante la ausencia del amo. Fernando les dio unos golpecitos cariñosos en la cabeza, a la vez que les atusaba el pelo hacia atrás. Se quedó quieto, pensando en lo feliz que era y deseando que esas sensaciones placenteras se prolongaran durante el día. Faustina era la felicidad, el amor, la ternura, la compañera que querría para siempre junto a él, aunque, de momento, el sosiego le impedía determinar qué decisiones habría de tomar.

Su mente estuvo ocupada pensando en Faustina y cavilando sobre las sensaciones que la experiencia amorosa había dejado en ella. Se la imaginaba desenvolviéndose en el campamento, mientras el resto del clan deambulaba por el pueblo. Seguramente se encargaría de poner lumbre y de preparar la comida. ¿Estaría pensando en él?

El rebaño avanzaba hacia la parte alta del término, encaminado a la dehesa de verdes pastos. Fernando se rezagaba e intentaba detenerlas para que no se alejaran tanto. Cada paso que daba lo separaba más de la querida muchacha, pero el hato buscaba la hierba fina. Hubiera querido volver el careo otra vez para aproximarse al campamento, pero cualquiera con quien se hubiera encontrado le habría preguntado por esa extraña maniobra de cambiar la dirección a esa hora tan temprana de la mañana. Las ovejas, condicionadas por su apetencia de un alimento exquisito, lo alejaban irremisiblemente del campamento de los hojalateros.

El recuerdo placentero se fue extinguiendo y su mente solo dio vueltas sobre la manera en que Faustina entrara en su vida. Creyó que, al regresar, debía hablar con sus padres, pero consideraba los riesgos a los que se exponía tanto él como la propia muchacha. Es más, era casi seguro que la chiquilla no habría comentado nada de lo sucedido entre los dos a sus padres. ¿Cómo iba a abrir la boca para descubrirlo? Con una inquietud que fue aumentando transcurrió la jornada. Sacó las ovejas de la hondonada llana para ascender hasta el alto. Él iba primero y las ovejas, remisas, lo seguían despacio. Su deseo era coronar el peñascal y mirar a ver si aún permanecía el carromato de los quinquilleros. Tuvo que buscar el punto justo desde el cual descubrió los lavaderos y también el campamento. Se tranquilizó. Continuaban instalados. Se afanó por buscar la forma de salir del atolladero. ¿Sería oportuno dirigirse a ellos o, mejor, olvidar a Faustina?

No fue capaz de decidirse y llegó a las eras donde estaba la familia. Se colocó en el centro y los perros a los lados para detener todo lo posible a las ovejas. Con disimulo miraba a ver si divisaba a la muchacha. Emilia se desenvolvía en torno a la hoguera. Parecía que otra vez se ocupaba de cocinar. Ella se dio cuenta de que el pastor la miraba, pero no le hizo ninguna señal. Más bien se comportaba con disimulo, mientras su padre reaccionó sorprendido de la curiosidad del pastor. Fernando se fue alejando con lentitud, pero percibió que el hombre se levantaba y parecía dirigirse a su posición. Pronto perdió de vista el carro y a Faustina.

Él no sabía cómo afrontar las próximas horas. Tendría que atender a sus animales, se acostaría… Y ¿qué haría al día siguiente? ¿Y Faustina? Continuaría con sus obligaciones: preparar la cena, o audar a reparar los cacharros que les hubieran encargado arreglar. Pero seguro que a ella también le rondaría por la cabeza el encuentro con él. ¿Cómo afrontaría esas horas? ¿Olvidaría lo sucedido o estaría cavilando la forma de volverse a encontrar con él? Quizás para ella no fuera más que un episodio de una larga historia donde él no tendría cabida y que olvidaría sin más. Él no estaba dispuesto a que esto sucediera. No podía dejar pasar la oportunidad que la vida le había brindado. Se convencía de que nunca, por muchos años que viviera, conseguiría conocer a una mujer igual.

Se metió en la cama pronto. Albergaba la esperanza de que el sueño le alejara de esta preocupación o, por lo menos, le aclarara la iniciativa mejor para conseguir su objetivo. No fue así: no pegó ojo en toda la noche y su mente se hallaba más obnubilada que cuando se acostó. La única idea clara era que le urgía prepararse cuanto antes, atender a sus animales y salir hacia Fuentes Viejas. Cuando estuviera allí, ya se le ocurriría algo, o por lo menos, se conformaría con ver a Faustina.

El rebaño avanzaba con desgana, como si no aceptara salir tan temprano de la cija. Fernando miraba en dirección de los lavaderos buscando una señal que denotara la presencia de los quinquilleros. No vio humo de la hoguera y, en las inmediaciones, no oyó ninguna voz que atestiguara su permanencia. Hasta que no estuvo en mitad de las eras, no se convenció de que habían levantado el campamento. Se acercó a la lumbre para ver si aún perduraba el rescoldo, pero no desprendía calor. Supuso que el fuego no había sido encendido esa mañana y que la tropa habría marchado antes de despuntar el día. Las ovejas y sus perros lo miraban, seguros de que a su amo le sucedía algo extraño; él, extraviado en el atolladero del tormento y la incertidumbre, era consciente de que había perdido para siempre a Faustina. Se le cruzó la idea de abandonar a sus ovejas y salir detrás del carro, pero, ¿cuál podía ser la dirección de unos mercheros que recelaban de los caminos transitados?

Las ovejas pronto perdieron el interés por él, y los perros, con pasos lentos, se aproximaron hasta quedar a su lado. Él les acarició la cabeza y, mientras pasaba su mano por el recio pelo de los animales, recuperó la conciencia de la realidad. Merodeó por la era sin decidirse a alejarse hasta que descubrió un pequeño pañuelo encima de una piedra. Al principio no le llamó la atención, sin embargo, de pronto, sintió una corazonada. El blanco paño estaba sujeto por piedrecitas para que el viento no se lo llevara. Le pareció extraño que Faustina lo hubiera puesto a secar allí y no en la cuerda donde la había visto tender la colada. El pañuelo estaba seco y parecía planchado. Retiró las piedrecillas y le dio la vuelta para contemplar al derecho el bordado. Decía FAUSTINA con una caligrafía barroca. Aún perduraba el aroma salvaje de ella. Fue consciente de que había pensado en él y que esa prenda era la forma de decirle que lo echaría en falta.

Días después, cuando se recuperó de lo que todos pensaron que eran unas fiebres de Malta que le hicieron permanecer encamado una semana, aceptó la amargura y el recuerdo vivo de Faustina como compañeros inseparables de su vida.


PLANTA QUINTA

La vida se empeña en torturar al doliente, al que la desprecia, al que está solo, pero un pastor aguanta el suplicio con el estoicismo del que ha visto amanecer y anochecer cada día de su existencia y ha sido consciente de la fatiga y del descanso. Para sus ovejas era todo su cuidado. Siempre pensando en qué pastos, hierbas verdes o rastrojeras podían ofrecer un mejor careo. Él no era nadie. Se dejaba arrastrar por la monotonía del pastoreo, sin desear alivios pasajeros, que eran peores. Todos los días lo mismo. «Mejor», pensaba Fernando. «¿Qué más da?». El cariño, para sus animales; también, para sus perros. La única ternura que recibía era de ellos, que sabían agradecer los cuidados que les dispensaba.

La vida de un ser humano es intensa, y breve al mismo tiempo. En su conciencia existen fuerzas que denodadamente luchan por mantener el mundo del individuo como único. Este piensa que él forma parte de todo lo que ve y lo que solo intuye, pero sabe que sus días son una burla en la eternidad del Universo, y que su persona es una mota de polvo en la inmensa masa de la superficie terrestre, pero es consciente de su derecho a la felicidad y, si esta no llega, se afana, al menos, en evitar sufrimientos innecesarios. Fernando ha llevado una vida en la que ha predominado esta sensación. Cuando le llegó el retiro, se desprendió de sus animales, sabiendo que el futuro sería una incógnita, pues a ellos había dedicado toda su vida. En cambio, no se deshizo de sus perros; estos fueron muriendo en su compañía. Cuando falleció el último, no quiso tener más. Vivió siempre solo; su casa terminó siendo una jaula de la que salía de vez en cuando para que los demás se percataran de que vivía. Tenía una hermana menor que estaba pendiente de que no le faltara lo más esencial y de que unas manos femeninas se encargaran de poner orden y muestras de delicadeza en su ropa y comida. Ella le propuso que se fuera a vivir con ellos, o buscarle una residencia para mayores, pero Fernando, sin oponerse con brusquedad a ninguna de las dos propuestas, siguió solo en su casa. Siempre había sido una vivienda demasiado grande para una persona, pero su madre se empeñó en que el hijo soltero heredara la casa donde nació. Allí, en los inmensos corrales, había guardado las ovejas. Ahora, su preocupación era mantener en pie las paredes de adobe y que los chamizos no se vinieran abajo. Estos cometidos formaban parte de su ocupación diaria. No tenía sentido, pero no podía soportar salir al corral y ver una piedra fuera de su sitio o una teja removida. Le advertían que ya no tenía edad para subirse a una escalera y que las caídas podían ser mortales, pero se reía de esas reconvenciones. Se sentía ágil y no tenía vértigo, y si se caía, mala suerte. Ojalá se cayera y le viniera la muerte, pero ese deseo nunca lo expresaba en voz alta. Había otros que lo proclamaban sin venir a cuento en muchas ocasiones; a él no se le ocurriría llamar la atención de nadie con semejante estupidez. La vida y la muerte habían de ser un acto transcendental, íntimo, y no exigían ceremonias que desviaran la atención que merecen.

Procuraba ocupar la mayor parte del día con tareas que asumía con responsabilidad y orden, de tal manera que nunca su mente vagara desocupada y especulara con tonterías. También procuró comer mejor de lo que lo había hecho durante su vida de pastor. Cada día de la semana tenía asignado un plato diferente para la comida y la cena. Su hermana le traía preparado algo de lo que ella cocinaba en casa, pero él también había mejorado la elaboración de sus guisos. Al final de la jornada, le sucedía lo mismo que cuando pastoreaba, terminaba rendido. Era el momento más especial. Cada noche, antes de meterse en la cama, extraía el pañuelo de Faustina, guardado en el bolsillo interior de la chaqueta del traje que solo se había puesto en contadas ocasiones de su vida. Deletreaba ese nombre, lo pronunciaba en voz alta para conseguir que ese contacto íntimo con algo que había pertenecido a ella pareciera más real. Se lo aproximaba a la cara y olía la fragancia aún viva, la misma que él aspiró cuando la tuvo entre sus brazos. Este ritual le hacía dormir profundamente. Era un sueño que podía ser la antesala de la muerte y no le hubiera importado no despertar a la mañana, pero la energía vital que recorría su cuerpo no lo abandonaba y le impulsaba a enfrentarse a un nuevo amanecer. Su mente seguía siendo parecida a la de siempre; no creía que fuera muy distinta a la de su juventud. La única diferencia era que ya no aspiraba a nada y que no le importaba irse ya de este mundo; pero aceptaba la suerte que le había correspondido y se ponía en manos del destino para que eligiera el momento de dejar de existir.

Llevaba unos días con una sensación rara en el estómago: era una leve molestia en la parte izquierda. No le dio importancia: achaques de la edad. No había sufrido dolencias graves y no tomaba ningún medicamento, pese a sus muchos años. Sin embargo, el dolor no desaparecía y le empezó a molestar. Cuando se intensificó, acudió a la consulta del médico. Este le tomó las constantes vitales y comprobó que tenía la tensión muy baja. Decidió remitirlo a Urgencias del hospital. Un sobrino lo llevó en coche, acompañado de su hermana. El diagnóstico fue una inflamación de los conductos biliares y la acumulación de piedras en la vesícula. Lo dejaron ingresado en planta. No contemplaron su extirpación por su avanzada edad, así que le limpiaron los conductos y atajaron la infección con dosis altas de antibióticos. Pronto notó mejoría y pudo moverse con libertad por el pasillo de la planta. Las horas le resultaban interminables y sentía la necesidad de salir de la habitación. Caminaba y observaba a los otros enfermos postrados en sus camas. Saludaba y, si se terciaba, entablaba conversación con aquellos dispuestos a intercambiar unas palabras en la soporífera espera del alta, que todos deseaban con ahínco.

En uno de esos paseos, un celador conducía una cama con una paciente que era trasladada a planta desde Urgencias. Se fijó en ella porque en el cabecero de la camilla, en un papel, ponía su nombre: Faustina. No le dio tiempo a observar con detalle su cara, pero sintió en el alma que esa mujer podía ser su Faustina. Se quedó paralizado en medio del pasillo. Las enfermeras entraron en la habitación donde la habían dejado. Era en su planta. Sería una coincidencia sorprendente que se tratara de la misma mujer por la que había suspirado toda la vida, pero no descartó esa posibilidad. Se acercó a la habitación y cuando el personal sanitario salió, se atrevió a entrar. La mujer permanecía con los ojos cerrados. A su lado la velaba la que parecía ser su hija.

¿De dónde sois? —preguntó Fernando.

La hija tardó en responder, sin saber por qué ese señor mayor, en pijama y bata, se interesaba por su residencia.

Tu madre me resulta conocida —se explicó Fernando, comprendiendo que no se podía abordar de la forma que lo había hecho a unos extraños—. ¿Qué le pasa?

No sabemos, pero parece una hemorragia interna… —le respondió afligida.

La hija se incorporó del sillón y se acercó a Fernando. En esos breves momentos, había observado a su interlocutor y le pareció un ser afable y de curiosidad no malsana. Fernando le dio cuenta de sus dolencias y se extendió al decirle que toda su vida había sido pastor. Antes de retirarse, volvió a leer el mismo cartel con el nombre de Faustina en la parte posterior de la cama.

Nunca había referido el encuentro amoroso a nadie; no lo iba a hacer ahora, y menos, a la hija de esa mujer. La primera impresión de que podía tratarse de ella se había desvanecido mientras Fernando estuvo a su lado. La enferma no se movió. Dormía como si necesitara el sueño después de muchas horas sin haber descansado. La información que recabó de su cuidadora no resultó determinante para llegar a la conclusión de que se trataba de Faustina. Tampoco podía deducirlo por sus facciones.

Esa noche, cuando reinó la calma después de los últimos cuidados de las enfermeras, a escondidas, sacó el pañuelo bordado de la chaqueta nueva que se había puesto para ir al hospital. Repitió el ritual y lo volvió a poner en el bolsillo interior con sumo cariño. Su contacto lo tranquilizó.

A la mañana siguiente, antes de que la maquinaria hospitalaria comenzara a funcionar con el cambio de turno del personal, se levantó y fue a la habitación de Faustina. Su hija había permanecido a su lado, en el sillón, toda la noche.

¿Qué tal ha dormido tu madre? —Se interesó Fernando.

Mal, ha estado muy inquieta y desorientada. Ahora parece que se ha quedado traspuesta.

Su rostro mostraba que no había pegado ojo.

Si quieres bajar a la cafetería a desayunar, me puedo quedar con tu madre.

Dudó de si aceptar la propuesta, pero la acompañante del otro enfermo de la habitación la animó, comprometiéndose a encargarse de la madre si necesitaba algo.

Fernando se sentó en el sillón. No quitaba sus ojos de Faustina, que respiraba agitadamente, pese a parecer dormida. Las persianas aún permanecían bajadas y la luz que entraba del exterior era muy tenue. Uno de sus brazos, el que no tenía la vía, se encontraba fuera. Fernando fue a arroparla, pero esa mano le tomó la suya con ternura y no la soltó. La mujer continuaba durmiendo, tal vez soñando, por su agitación. La apretó a ver si conseguía calmarla. Las dos manos se entrelazaron, y ambos sintieron el ardor que fluía a través de ese puente de afecto.

Llegó la hija. Fernando se levantó del sillón y, sin soltar la mano de Faustina, la besó en la frente.

De nuevo, en su habitación, se metió en la cama. Se arropó para guardar durante más tiempo la sensación apacible que había conseguido con el contacto de Faustina.

A última hora de la mañana, en la tregua entre enfermos y médicos, después de que estos los informaran de la evolución de sus dolencias, Fernando se interesó por el estado de Faustina.

Mal, pocas esperanzas —fue lo que consiguió decirle la hija.

Su madre había despertado. Sus ojos vivos no se correspondían con el pronóstico grave de los médicos. Sonreía, seguramente por sentir aún aliento. Incluso, quizás notara una leve mejoría gracias al efecto de los medicamentos. Pero Fernando creyó que esos síntomas había que interpretarlos como que ella evolucionaba positivamente.

Salió y anduvo por el pasillo atestado de personal sanitario y de enfermos que podían permitirse libertad de movimientos. Fernando, sin querer ser una molestia, entraba de vez en cuando a comprobar cómo se encontraba Faustina. A veces la veía con su sonrisa dulce; otras, adormecida. Miraba hacia la hija a ver si consentía que se acercara. Fernando le tomaba la mano y le daba un leve apretón. Faustina sonreía con más intensidad y lo miraba, pero sin decir ninguna palabra. Fernando desvió los ojos a su hija a ver si le explicaba por qué no hablaba.

Ya hace tiempo que no es capaz de articular nada. Solo sonríe, cuando está bien —le explicó.

Después de la siesta, antes de que le trajeran la merienda, Fernando la visitó de nuevo. Mientras descansaba se le había ocurrido la idea de llevarle el pañuelo que ella le dejó como recuerdo. Ya no le importó que alguien más pudiera verlo y que tuviera que explicar el motivo por el que mostraba esa prenda.

Mira, Faustina, lo que te traigo —le dijo bajito para no perturbarla.

Se lo puso a la altura de los ojos de manera que pudiera leer su nombre. Por un momento perdió la sonrisa que mostraba y a punto estuvo de soltársele las lágrimas, pero Fernando le dio la mano y le contuvo el llanto y la besó en su frente morena, surcada por profundas arrugas.

Antes de que su hija le exigiera explicaciones de lo que acababa de suceder, Fernando salió de la habitación.

A lo largo de la tarde, entró más veces. Faustina continuaba igual. Fernando pensó que su hija tal vez le pidiera que le aclarara lo del pañuelo y quisiera saber qué tipo de amistad había existido entre los dos, pero esto no sucedió. Le miró con más ternura y le cedió el sillón para que permaneciera junto a su madre. Antes de acostarse, cuando Faustina ya dormía, la besó en la frente para despedirse hasta la mañana siguiente. Le costó separarse de ella y no se decidía a salir de la habitación. La miraba y la forma de respirar no le gustó. Esas bocanadas le recordaban la agonía de sus ovejas enfermas. No pudo convencerse de que su alarmismo no estaba justificado. De nuevo se aproximó y le cogió la mano para besársela.

Despertó de mal humor por haber dormido profundamente. Calculó, por la luz que entraba por el ventanal, que ya era tarde. Se dispuso a ir a ver cómo había descansado Faustina, pero antes de encaminarse, descubrió un sobre en la colcha de la cama. Lo miró y, como carta que se sospecha que no trae buenas noticias, se alarmó. Lo tomó temeroso de la sorpresa que con seguridad se llevaría. Se trataba de una fotografía. La extrajo y la miró. Comenzó a llorar. Lágrimas y lágrimas remansadas durante toda su vida fluyeron por sus mejillas. No quiso contenerlas ni desviar su curso. Que lo empaparan, que inundaran su cuerpo y su alma hasta ahogarlo de una vez por todas. En esa fotografía aparecía Faustina cuando era una muchacha, tal cual él la conoció. Era esa chica alta, con un vestido blanco provocativo que dejaba al aire sus largas piernas y sus brazos descubiertos. Una mirada seria y segura de saber sus deseos que transmitía independencia y un amor a prueba del paso del tiempo.

Por un instante, creyó que el obsequio era un buen augurio y el premio a su acertada corazonada. Pero pronto se desvaneció al comprobar que Faustina y su hija no se encontraban en la habitación. La cama que ella ocupaba estaba hecha, dispuesta a acoger a un nuevo enfermo. La acompañante le hizo un gesto elocuente de que la muerte había visitado a su amiga durante la noche.

Pensó que también era su momento, que ahora sí ya no merecía la pena existir. Sin embargo, esa fotografía era un impulso a seguir manteniendo vivo el recuerdo de Faustina. Como buena merchera, se había alejado sin despedirse, pero dejándole cada vez que se había ido vestigios de su estela, y esta vez estaba seguro de que no tardarían en volver a encontrarse para siempre y permanecer juntos.


Tabernas

  — Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve; cuarenta y cinco; uno, dos, tres; trescientas. Y cincuenta. — Muy bien. — Bue...