La muerte de tu madre te apartó de improviso del mundo. Su ausencia te dejó sin faros en la abrupta costa de tu vida. Su sola presencia te permitía navegar por tus aguas turbulentas, evitando que te anegaras en los arenales ocultos de tus trastornos o chocar con los acantilados de tu apocamiento. Cuando te quedaste solo en casa, una apacible serenidad te acompañó durante unos días. En silencio, ni siquiera añorabas la presencia de la que se había ido. Las gruesas paredes te producían la sensación de una insonorización placentera. Albergabas la esperanza de que esa intemporalidad en la que te hallabas se prolongara indefinidamente. Sin embargo, los vecinos se asomaron a la puerta a interesarse por ti. Oían tu voz que llegaba desde la cocina y se tranquilizaban. Alguno reclamaba tu presencia para entregarte la miaja de comida que te ofrecían con el fin de asegurarse de que te llevabas algo a la boca y no morías de inanición. Se lo agradecías, pero no lo probabas. Acostumbrado a los adobos y los mimos pobres que te ofrecía tu madre, cualquier otro alimento resultaba aborrecible. Cuando una mañana temprano te vieron salir, creyeron que el luto había concluido y que te dirigías a realizar alguna de tus numerosas ocupaciones. La vecindad sintió alivio al considerar que la responsabilidad social sobre tu persona sería a partir de ese momento menor y que, con el paso de los días, el dolor por el fallecimiento se amortiguaría y que tú, de la manera que fuera, encontrarías el modo de conformarte con el destino que te había tocado en suerte. Se trataba de una suposición falsa, pues de la misma manera que habían respetado tu enclaustramiento, al ver que ese día y los siguientes no habías dormido en tu alcoba, supusieron que tu existencia no se regiría por las normas que ellos seguían. Alguno te vio en las tabernas y corrió la voz. Era la confirmación de una variación radical en tus hábitos, pues nunca te habías arrimado a un mostrador en el que se despachara vino. En cambio, los parroquianos te recibieron con los brazos abiertos y consideraron normal que, después de la muerte de una madre manipuladora que había coartado la necesidad de todo mozo de alternar y echar un trago, te iniciaras en los ratos de esparcimiento. Si bien pronto se percataron de que no te conducías según los cánones del alterne. Si tu presencia les alegró por unos minutos, cuando con súbita rapidez el vino te hizo perder el equilibrio y soltó en ti una lengua excesivamente ocurrente que te era extraña, te aconsejaron que, para ser la primera vez que venerabas el templo de las garrafas, eran suficientes las reverencias practicadas y que regresaras a casa a pasar en solitario los delirios de la borrachera. El tabernero te ayudó a tomar la decisión acompañándote a la puerta y te puso en vereda, pero, en vez de encaminarte a tu casa, te perdiste por las afueras y deambulaste por esos parajes solitarios declamando como los profetas en el desierto. Aquel que te oía a lo lejos se aproximaba a ver qué hacías hablando solo. Al comprobar tu estado, intentaban convencerte para que regresaras y durmieras. No escuchaste a nadie de los que probaron disuadirte de que te recogieras. Seguiste subiéndote a las peñas y vociferando un discurso repetitivo que no te cansabas de pronunciar. Te dejaron por imposible, delegando en la providencia tu destino.
No sabrás cómo al final siempre te sales con la tuya. Serás consciente de que, siendo el pequeño, el que debería someterse a la experiencia de sus hermanos mayores, los dominas, aunque no todos hagan lo que tú quieres. Pese a esta dificultad y a que se aparten en ocasiones de los proyectos que acometes, te reverenciarán al reconocer en ti la inteligencia que la herencia genética les negó a ellos. Tienes la suerte de que, una vez que emprendas uno de tus negocios, aunque no participen, nunca te recriminarán nada en caso de fracaso. Sus expectativas sobre ti son las que hubieran deseado en su propia juventud: añorarán la caducada juventud, tu fajo de billetes más abultado que el que ellos dispusieron, las ropas más elegantes que nunca lucieron, tu cara tan hermosa y las expectativas halagüeñas de que te eches novia, algo que ninguno pudo. Estarán seguros de que las mujeres a las que nunca se dirigieron te buscarán a ti. Tanta responsabilidad no te asustará. Todo te lo tomarás con calma, excepto cuando sientas el prurito de las oportunidades que se te presentan. Pensarás que no puedes dejarlas desfilar delante de ti sin aprovecharlas. Después, pasada la algarabía de los oropeles falsos, te percatarás de tu inocencia. En todo lo demás, tu proceder será idéntico al de tus hermanos: no te desazonarás, y tus ansias por lograr lo que ellos añoran en ti se difuminarán sin dejar posos de amargura… No es que te disgusten las muchachas de tu edad, y no te importaría dar una vuelta por el baile, pero te sentirás tan a gusto en compañía de la familia que te resultaría antinatural no compartir los ratos de taberna en los que no dejas de hablar y ellos de escucharte. El bienestar conseguido con los chatos de vino, la conversación y el ambiente del bar te producirán una felicidad que no crees que la puedan superar unos pasodobles y unos boleros con una muchacha. Te animarán para que los dejes y acompañes a algún quinto que te propondrá ir al salón de baile, pero siempre encontrarás la justificación para no dejarlos solos.
—Un poco más tarde —le dirás disculpándote.
Cuando os recojáis, camino a casa, te asomarás a ver qué hay en el recinto ya casi vacío, con su luz amarilla y las grandes paredes encaladas, y te parecerá un gallinero sucio y maloliente.
La compañía del cabrero a lo largo de la mañana te resultará grata. Te pondrá al corriente de lo poco que sucede en el pueblo. Habrá momentos en los que te interesará lo que cuenta, pero otros te hablará de personas y hechos por los que no sentirás curiosidad. A pesar de tu desinterés, te esforzarás por seguir los avatares que el hombre enumera pensando que con ello te pone al corriente. Cuando se aleje del contorno, echarás cuentas de que, por lo menos, en una semana no te volverás a encontrar con él. Llevará a ramonear a sus cabras a otros parajes.
El queso y el vino te habrán calmado el malestar de la indigestión. Con esa mejoría, tu ánimo se habrá encendido y parecerá que el mundo y tu vida no es tan miserable. Incluso la perspectiva de lo que harás cuando finalice la vendimia y ya no sean necesarias tus labores de guarda no te asustará, porque creerás que se presentarán otras oportunidades. Lo que te preocupará mucho es tu mala salud. Se lo habrás comentado a tu madre, pero, como de costumbre, te dijo que eran pamplinas: ¡ojalá! El médico también será de la misma opinión cuando por fin te atrevas a ir a su consulta, no dando importancia a ese malestar estomacal, a esas indigestiones angustiosas que periódicamente te acechan. Lo achacará a la mala alimentación; incluso, a tu poca ingesta y a la escasa variedad de lo que comes. Te recetará una dieta variada. ¡Una dieta variada! Que le pregunten a tu madre los alimentos que hay en la despensa y en la fresquera. Tocino, solo tocino; alguna oreja o algunos pies colgados de la vara de la matanza, suspendida de la techumbre de la entradilla. O que suba al sobrado a ver el costal de garbanzos… Todo te sentará mal. Solo estarás seguro de tu bienestar con la sopa de fideos o con el plato de patatas cocidas rehogadas con pimentón y una hoja de laurel, que probarás el día de descanso o el día en que tu hermana Misieriña te lleve la merienda. Lo demás te atormentará hasta que dejes de sentir su presencia en el cuerpo. Le habrás dicho que ya no te quedan casi dientes y tu madre te responderá que ella lleva toda la vida sin ellos y que no por eso ha dejado de comer.
El día será muy largo, aunque sea invierno, para aquel que esté solo. Cada hora será una montaña difícil de sobrepasar. Como persona inquieta no podrás permanecer mucho tiempo acurrucada al amor de la lumbre. Te levantarás y cruzarás el portal para asomarte a la calle y mirar a un lado y otro a ver si pasa alguien delante de tu puerta. Las rachas de viento helado te abofetearán la cara templada que has sacado de la lumbre, sin embargo, no te arredrarás por el frío. Te echarás la toquilla por encima de la cabeza ya tapada con tu sempiterno pañuelo negro y saldrás. Caminarás en busca de alguien asomado a la ventana que mire desesperado la tarde de perros a ver si te invita a entrar. O quizás, si vislumbras una puerta entreabierta, te atrevas a llamar con el propósito de que te inviten a charlar un rato. Habrá veces que tengas suerte y logres compañía durante una hora; otras, habrás de regresar, después de que tu cuerpo esté aterido, a buscar el calor que no has hallado en otra casa. Los inviernos serán duros por el frío previsible, pero muy largos por las horas y los días de soledad. En el momento en que los canteros regresen y los veas desfilar con sus bicicletas y motos y cuando los pastores se recojan con el hato de sus ovejas, nadie más se aventurará a salir a la calle. Cerrarás la puerta con el cerrojo esperando que la noche no sea demasiado amarga y la fatiga te rinda y amanezca pronto.
Olvidarás tu pasado y a tu madre y a tu hermano. La realidad se acabará por imponer y en cada momento intentaremos adecuar nuestras expectativas vitales a lo que nos ofrece el destino. Por eso, también, contemplarás tu pasado como si se hubiera producido hace una eternidad. Quizá hayas encontrado la manera de ocultar esas vivencias en un recóndito lugar de tu memoria, cuya clave has perdido y que ya no te permite hacerlas aflorar, ni siquiera las más agradables. Pero decidiste desterrarlas al lejano pretérito para no perturbar el presente de calma que gozabas viviendo con tu progenitor. Es más, la ayuda que le ofrecerás a tu padre agricultor te resultará más natural que el trabajo en la cantera que realizaste buena parte de tu juventud. También habrás renegado de esa actividad sin sentir añoranza por ella.
No sabrás cómo has alcanzado la paz, esta tregua en tu desafortunada vida, pero desearás con vehemencia que no cambie nada. Que tu padre alargue su existencia los mismos años que habrás de vivir tú. Será tan previsible que, junto a él, adquirirás hábitos que interiorizarás hasta sentir que siempre han formado parte de ti. Por eso los días transcurrirán con una ligereza que impedirá que sufras heridas preocupantes y que el roce del tiempo pase por ti sin erosionar más la piel sensible de tu espíritu. Será un dejarse llevar placentero, que no necesita impulso porque su cadencioso movimiento lo mece la mano invisible del tiempo. En este estado, tampoco anhelarás nada que ya no disfrutes. Entre los dos os apañaréis y os acoplaréis como dos ruedecitas del mecanismo del reloj de la vida. Tu padre ya no te animará a nada que tú no quieras hacer. Si decidiste no volver a pisar un bar ni acudir a ningún acto religioso, él no te empujará a que cambies de parecer. Juntos los dos, en el hogar, en el campo, no os molestaréis. Tan solo conservarás como dominio de tu espacio el gusto de salir a la puerta de casa y sentarte en el poyo, si bien tu postura preferida será la de permanecer de pie apoyando la espalda y una de tus piernas en la pared.
Siempre te parecieron oprimentes las gruesas paredes de las cocinas, de las alcobas e incluso de los corrales; por eso preferirás el cielo despejado en el que no hay límites. Experimentado caminante, no te asustaban las inclemencias y sabías cómo convivir con ellas. Conocías las sombras frescas si el sol derretía las piedras; el refugio protector si el viento y la lluvia se empeñaban en castigar con su gélido aliento… Saldrás de nuevo, cuando hayas comido, aunque a esas horas de tórrido calor no se vea un alma en la calle y te suponga un gran esfuerzo caminar. Avanzarás despacio buscando la sombra de las paredes de los patios traseros. Allí siempre corretea una brisa que sale de las higueras y serpentea por las parras, se adentra en las techumbres donde cuelgan los aperos buscando la frescura del agua negra de los pozos y huye al encuentro de los humedales, donde las ranas croan impasibles a la tormenta de luz y calor.
—Pero ¡dónde vas a estas horas, hombre de Dios!
Te recriminará alguna mujer que haya salido a buscar la ropa tendida en las eras para evitar que las sábanas y toallas se queden como el cartón.
—¿No te echas un rato la siesta? ¡Con lo largas que son las tardes! —Continuará la mujer su regañina creyendo que eres un inconsciente por exponerte a una insolación.
Refunfuñarás sin que ella perciba las asperezas que con esfuerzo escapan del zarzal de tus labios agrietados.
A esas horas del mediodía ni los pájaros volarán, salvo las infatigables golondrinas y los aviones, sus desesperados hermanos. Te entretendrás adivinando sus gráciles movimientos y arriesgadas maniobras, pero sus vuelos te transportarán a la dulce libertad que gozaste en esos mares de cereal por los que tú deambulaste con el mismo destino errante que el de estos pájaros que surcan el cielo. Al igual que ellos, salías en busca del aire plano de las tierras llanas, cuando el alma te bullía y sentías que los paramentos y techumbres te oprimían. Y regresabas de tu peregrinaje al comprender que tus ansias de independencia quizá te llevaban hacia un retorno incierto.
—Ya compró el traje, el traje de novia, mi hermana… —dirás a cualquiera que se cruce en tu camino.
—Pero ¿ya se ha amonestado?
—Sí —responderás sin saber a qué se refiere la pregunta.
Estarás eufórico con los preparativos. A ti te interesará aquello que rompa la rutina. Ahora no será ningún asunto relacionado con los animales, ni con los accidentes que sufre tu padre, sino las pláticas sobre invitaciones, trajes, banquetes… Serán tantas las novedades, que no podrás asimilar todas y tan solo del conjunto de detalles relacionados con el enlace, te quedarás con la cantinela del traje que a tu hermana le ha confeccionado el tío Sastre. Ya se lo ha cosido y lo tiene guardado en el armario del salón. Te lo ha enseñado y te ha pedido tu opinión, como si de ti dependiera que lo luciera o lo rechazara.
—Es muy bonito —le habrás respondido al ver las telas nuevas de la falda y la chaquetilla que exhibirá.
Se vestirá para que la veas y disfrutes de su presencia y la recuerdes guapa e ilusionada, cuando ya no esté en esa casa. Acariciarás la superficie de esas telas suaves.
—Quita, aparta, que no tienes las manos limpias —te regañará al tiempo que te las inspeccione para corroborar que está en lo cierto.
Inconscientemente, te las meterás en los bolsillos con el fin de que no las vea y no se enfade contigo. Pero no te servirá de nada. Aprovechará la ocasión y te someterá a una sesión de higiene.
—A ver, ahora mismo, te vas a lavar como Dios manda.
Con rapidez, se desvestirá y doblará con esmero su vestido de novia y, sin posibilidad de escapatoria, te someterá a la tortura de un lavado supervisado por ella. Tomará la cobra y saldréis al corral. Echará agua caliente en un barreño en el que solo os laváis tu padre y tú. Añadirá agua fría hasta conseguir una temperatura soportable. Dejará la pastilla de jabón en la pila de piedra donde ha apoyado el recipiente de latón. Lo que peor te sentará es desnudarte, pero ante ella no tendrás esperanza de no hacer lo que te ordena. Te quedarás coreto de medio cuerpo para arriba.
—Venga, sin contemplaciones, mójate… La cabeza, también.
No te importará echarte esa agua templada, incluso sumergirás de una vez la cabeza para que el pelo se empape.
—El jabón, date bien por todas partes…
Te lo aplicarás en la nuca y en las manos y, con ellas enjabonadas, te restregarás la boca y los carrillos.
—No, no —te corregirá cuando comiences a aclararte—, de eso nada, monada.
Como será de esperar, con un garbo que siempre te sobrecogerá, ella misma, remangada y con la pastilla en la mano, te frotará igual que si estuviera lavando uno de tus pantalones. Contendrás la respiración y cerrarás los ojos para que no te escuezan, pero tu hermana se aplicará a conciencia en la tarea y hasta que no repase cada una de tus oquedades y se cerciore de que no queda suciedad ni roña, no se sentirá satisfecha.
—Vamos, quejica, que tienen más mierda que el palo de un gallinero…
Al final no podrás contener el gimoteo y cuando recojas la toalla que te ofrece, como si fueras un ciego, te apartarás para asegurarte de que el lavatorio ha finalizado.
Sabes que antes de permitirte dar una vuelta por el pueblo, tu hermana te asea, pero hoy no querrás salir y te quedarás con ella, a su lado, disfrutando viendo las tareas que realiza y oyéndola hablar de los detalles de la boda con tu madre. En su presencia, callarás esta vez, porque hay muchas palabras que no entiendes y crees que hacen referencia a cuestiones que te atañen.
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