02/05/26

Pelotón de cola 8


No fueron buenos tiempos. Tu existencia era la de un furtivo perseguido por las normas incomprensibles de unas autoridades sin piedad que no se inmutaban por el sufrimiento y el hambre de sus conciudadanos, a quienes trataban peor que a perros. Sobrevivisteis a la falta de pan y al frío, sorteando la vigilancia absurda de los guardias del cuartelillo y de los secuaces chivatos que colaboraban con ellos a cambio de licencia para ejecutar lo vedado a los demás. Pese a todo, lograbas acarrear a medianoche haces de leña que ya habías acercado y ocultado en las inmediaciones de las últimas viviendas del pueblo para en una rápida incursión nocturna meterlos por la puerta de tu casa. Los conejos atrapados en los lazos eran más sencillos de camuflar, pero nunca podías estar seguro de que detrás de una esquina no te sorprenderían la pareja de civiles y te registrarían en busca de la caza prohibida. Pero habíais de sobrevivir y el ingenio se aviva cuando las tripas se retuercen de hambre para atormentarte. El saco que siempre llevabas al hombro podía contener el gazapo atrapado, pero la mayor parte de las ocasiones portabas hierba —y camuflada, la presa de pelo— para unos bichos inexistentes en el corral, o paja recogida de las orillas de las eras u hojas secas de la arboleda… Aprendisteis a sobrevivir sorteando las normas más atrabiliarias y los castigos más humillantes, pagando multas con un dinero que no teníais y quitándoos el alimento con el que saciar la rabia hambruna que os perseguía a todas las horas del día. Mientras, como Tántalos de los berrocales, veíais cómo los animales salvajes corrían a sus anchas por el campo y los encinares rebosaban de cargas de leña… Esa hambre ya nunca la llegasteis a saciar y en vuestro cuerpo aterido se aposentó una tiritona recurrente que se manifestaba de improviso para recordaros los tormentos con los que aprendisteis a vivir.




Te despertarás cuando escuches primero lejanos y después inmediatos los cencerros. No calcularás la hora con exactitud, pero deducirás que, por la presencia del rebaño, temprano no es. Sin esperar a comprobar cómo reacciona tu cuerpo después de los estragos del corte de digestión, te incorporarás con la idea de borrar cualquier rastro de vómito, tapándolo con tierra, y con rapidez te harás visible para el cabrero con el temor del que se siente descubierto en una falta que ha de repercutir en la estima del trabajo que desempeña.

Buenos días nos dé Dios —te adelantarás servilmente con este saludo para demostrar que tu labor de vigilancia se cumple con el rigor debido y que te sometes a la autoridad de todos los demás por desempeñar un empleo ruin.

Buenos días, Erpio… ¿Estás muy pálido?

No es nada —le responderás con el propósito de tranquilizarlo con la inquietud del que teme no ser competente con lo que hace.

¿Qué tal pintan? —preguntará el cabrero para no apurarte.

Parece que bien, aunque depende de los corros: las hay más adelantadas y otras a las que les cuestan —Desearás con vehemencia informar con detalle de la evolución de las vides, como si su maduración dependiera de ti.

Se cosechan cuando estén y si hay que esperar a las más tardonas, se las espera…

Así es —confirmarás pensando al mismo tiempo que, pese a ser una miseria los beneficios de tu empleo, cuanto más se alargue este, por más días gozarás de ellos.

¿Echamos un trago? —Te ofrecerá la bota para que seas tú el primero en empinarla.

No sabrás cómo te sentará el vino y, aunque no te gusta, beberás. El fino chorro impactará en tu boca seca y salpicará cada uno de los puntos de la cavidad. El frescor que sentirás será contrarrestado con la acidez de ese vino de cosecha cuando se precipite por la garganta, produciendo una sensación de quemazón que exacerbará el mal sabor de boca.

¡Qué bien sientan estos tragos! —te dirá el cabrero después de la larga catarata de vino con la que ha regado cada uno de los dientes de su extensa dentadura.

¡Venga! Vamos a probar el queso.

Sacará la fiambrera de aluminio. Verás un queso blanco con una agüilla blanquecina. Desplegará la hoja de la navaja y con ella partirá una porción que echará sobre el reverso de la tapadera. La troceará para que te sea más fácil comerla. Se lo agradecerás porque en el estado en que se encuentra tu estómago, no podría haber alimento mejor por su suavidad. Con fruición degustarás el sabor salado contrarrestado con la cremosidad de cada uno de los pequeños tacos. Al momento sentirás que tu cuerpo los acepta y regenerarán una energía necesaria para soportar las primeras horas del día. El segundo trago de vino también hallará un acogimiento más benévolo.




Sonreirás sin que tus hermanos sepan la razón, pero, de sobra, conocerán esa risa pilla, detrás de la cual se esconden unas deliberaciones escrutadoras de lo dicho por alguno de ellos que no expondrás hasta el momento oportuno. En este caso se equivocarán, aunque no andan desencaminados al sospechar que algo te traes entre manos, por eso, cuando te llamen la atención por no intervenir en la conversación, borrarás esa mueca guasona y mostrarás un rostro más serio. No es que te hayas ofendido con sus recriminaciones, es que estarás ultimando el plan que desde hace unas horas ronda por tu mente. Es una idea descabellada para ti mismo, pero no imposible de realizar, por eso dudarás en pormenorizarla a tus hermanos. Sabes que te hará falta contar con los ahorros de alguno de ellos y, además, cortar toda la leña posible para aumentar las ganancias.

Bueno, qué, socio, ¿qué andas moliendo? —Te dará un ultimátum el hermano de más confianza buscando desbloquear tu ensimismamiento.

Sabes que en el momento en que comiences a hablar se va a producir un vendaval que desbaratará el corro, pero ya te has decidido a comunicar tus planes, reconociendo que estos todavía son prematuros.

Me han ofrecido un tractor… Y también un remolque —les anunciarás de manera que lo dicho parezca un enigma en los primeros instantes.

Unos a otros se mirarán buscando en su cara una información que amplíe las palabras que acaban de oír, o que les confirme que lo escuchado ha de entenderse según el significado fiel de los vocablos emitidos.

Me lo propuso el que me vendió la motosierra. Bueno, en realidad, me preguntó si sabía de alguien que estuviera interesado por un tractor…

El primero en reaccionar en positivo será el mayor que, dejando de lado la propuesta literal del más pequeño, se sentirá orgulloso de ti por considerarte un hombre de mundo con el que los comerciantes negocian.

Los otros, pasados unos momentos, con los escuetos datos proporcionados, se percatarán de lo que quieres decir y reaccionarán según lo esperado.

Conmigo no cuentes. Yo, como aquel que dice, tengo un pie fuera del pueblo —se excusará el más inmediato en edad a ti.

Sabrás que no merecerá la pena desengañarlo de la obsesión de emigrar.

Trinos sacudirá una de las manos que hasta ese momento había estado en el bolsillo del pantalón y elevará la melodía de su silbido que, conociendo su lenguaje no verbal, interpretarás como sorpresa que excede a las posibilidades de su talento para analizar cabalmente la iniciativa. Tampoco te afectará su reacción porque su capital y, por tanto, su capacidad de inversión es inexistente.

Te interesará observar sobre todo la acogida de la propuesta de Bastardo. No abrirá la boca y la distancia entre su posición y la del resto de hermanos será mayor, al retroceder un paso más de lo habitual.




Las mañanas se te pasarán pronto, pero las tardes y las primeras horas nocturnas, mientras el buen tiempo no os acompañe, se prolongarán sin que nadie se dirija a ti o tú puedas encontrar caraba en la que entretenerte. Por esta razón retrasarás el momento de entrar en casa a preparar la miaja comida. Pondrás la poquita lumbre con la que cocinarás y con la que te calentarás hasta que las ascuas se extingan. Hoy has tenido un día de suerte. Dios se ha acordado de ti, al igual que de las aves del cielo que no sembrando, ni segando, ni recogiendo en graneros, el Padre celestial las alimenta. Has tenido un haz de leña y una hogaza de pan. Con estos regalos conseguirás olvidar los días en los que te ha faltado que comer y lumbre en la que sacarte el frío de los huesos. Mañana, Dios dirá…

Pondrás leña menuda y encima, dos troncos, y lo arroparás con la paja olvidada de las eras y de los recovecos de los caminos. Cuando surja la llama, pondrás las manos para calentarlas y arrimarás un puchero con el fin de que se caliente el agua con la que prepararás dos raciones de sopas de ajo que te servirán más para templar el cuerpo, que para alimentarlo a mediodía, a la cena y, si sobran, al desayuno del día siguiente. Aunque no tienes segundo plato ni postre, te las comerás sin pausa y quemándote la boca, creyendo que las virtudes del alimento se devaluarían si este perdiera parte de su alta temperatura. Verterás un poco de agua en el barreño para fregar el plato de porcelana y la sartén en la que has rehogado el ajo y saldrás con el recipiente a la puerta esperando que pase alguien para que vea que has usado la pobre vajilla y se haga a la idea de que has disfrutado de la comida a la que todo ser vivo tiene derecho. Cuando se acerque más, arrojarás esa agua casi limpia a la cuneta y te colocarás el pequeño barreño en jarras, estirándote todo lo posible para que por un momento tu estampa sea la de una persona satisfecha con la vida que lleva.




Casi siempre detrás, rara vez delante, acompañarás a tu padre en las labores del campo. Convencido de que ya no volverías a pisar una cantera y que no convenía dejarte solo en casa, desfilarás con él cuando salga con la pareja de borricos. Unas veces será para arar, otras para levantar los portillos de las paredes, retirar piedras de las tierras o limpiar las lindes. Tu padre siempre encontrará alguna ocupación para que estés entretenido. No te importará realizar estas tareas sencillas, porque, pendiente de complacer a tu progenitor, se alejarán de ti los pesares y melancolías. Con él te sentarás a merendar. Él, con lo grande que es, se tumbará en el suelo y extenderá sus largas piernas; tú te recostarás en el tronco de la encina o en la pared, apoyando la espalda y manteniéndote de pie a prudente distancia de su cuerpo cada vez más extenuado. No serán muchas las palabras que intercambiéis, pero no te encontrarás tan cohibido por su presencia. Viéndolo derrotado en el suelo por la fatiga y los achaques, sentirás respeto por los sufrimientos acumulados a lo largo de sus muchos años de vida. A partir de ese momento, observarás con detenimiento que el hombre más alto que un mayo, del que siempre creíste que manaban arrojo y entrega, presenta de repente unos síntomas de agotamiento impensables para su naturaleza corpulenta. Se despertará en ti el deseo tenue de protegerlo y de acercarte emocionalmente a él, cuando esos primeros síntomas de desvalimiento sean notorios. Esa aproximación sentimental será una demostración de cariño, pero te alarmarás cuando reflexiones egoístamente y te hagas la cuenta de que, si él falleciera, te quedarías solo en el mundo. Esta consideración, quizá, ya se la haya hecho él. Os encontráis solos los dos y os necesitáis, por eso la relación será más delicada a partir de ese momento en el que seáis conscientes del desamparo en el que viviréis el resto de vuestra vida.




Comerás el blando queso fresco. Lo acompañarás con pan reblandecido en vino tinto hasta que el contenido líquido se quede impregnado en la miga. También, sin que sepas de dónde, tu sobrino te ha traído un puñado de higos, sabiendo que te gustan con delirio, igual que fascinaban a tu hermana. Solo en la cocina serás auténtico. No necesitarás corregir tu forma de ser al gusto de la persona con la que te encuentres. No habrás de disimular ni interpretar el papel que todos te atribuyen… A veces estarás tentado de hacer cuentas de lo que ha sido tu vida, que se presenta como la mejor compañera en esas horas de soledad, cuando presientas que tus días no se alargarán demasiado, pero rechazarás ser tú mismo el juez que la examine, porque la sentencia ya la has cumplido arrastrando a veces penas, otras alegrías y satisfacciones, que son las que con voz cantarina te recuerdan los buenos momentos vividos, dejando en sordina las calamidades. No te arrepentirás del camino que emprendiste, cuando huiste de la cantera, del campo y de todo trabajo vil. No sabías dónde te dirigirías, pero estabas seguro de que no querías ser uno más de los obreros que a duras penas ganaban el pan con que se alimentaba su familia. No fuiste un osado y, desde el momento en que te marchaste sin decir adiós, supiste que con tu huida también renunciabas a buscar a una mujer con la que formar una familia, pues comprendías que no habría en el mundo persona que por ti sintiera amor o comprensión. Más tarde comprobarías que en esto te habías equivocado. No añoraste a nadie. Tan solo te sentiste unido a tu hermana, pues la muerte de tus padres fue temprana. No ser capaz de explicarle por qué te marchabas y salir igual que un furtivo fueron tu tormento hasta que no regresaste por primera vez, después de estar ausente durante una temporada. En tu segunda salida, no fue necesario que dijeras que te marchabas. Ella lo había adivinado y te preparó la merienda para que tuvieras algo que llevarte a la boca y el abrigo que habrías de necesitar para arroparte en el relente de la noche. Tu hermana ya se había casado y pronto tendría familia, aunque nunca te sentirías extraño en ese nuevo hogar, pues estabas seguro de que ella había impuesto como condición a su marido que nunca se quejaría de tu presencia cuando quisieras entrar por la puerta de la casa donde vivían.




No te percatarás de que cada domingo que pasa, la boda de tu hermana estará más próxima. Solo ella parecerá ser consciente de lo que supondrá, y por eso ha tardado más tiempo del previsto, alargando todo lo que ha podido la fecha del enlace. No sabrá qué será de tu vida ni de la de tus padres, que cargarán en soledad contigo. Cuando hablen de ti con otros vecinos, los consolarán diciéndoles que, dentro de lo malo, no eres violento, sino tan solo un niño al que hay que vigilar para que no la arme. No es de las desgracias peores. No les quedará más remedio que dar gracias a Dios porque no eres un demente incontrolable que las va liando por donde vas. Tan solo eres un hombre con una mentalidad infantil. Tu cuerpo se desarrolló, pero tu mente, cuando cumpliste los primeros años de tu vida, se negó a seguir el curso de complejidades cerebrales que deberían haber sido parejas al desarrollo físico. Tus padres hará ya mucho tiempo que han renunciado a pensar en el día de mañana. Malvivirán el presente luchando a cada momento para sobrellevar la dura carga con la que el destino los ha regalado. No será fácil despertarse y encarar la jornada de pastoreo y de llevar una casa con un hijo al que no se le podrá encargar nada y que revoloteará de un lado a otro sin echar una mano. Menos mal que serás cariñoso y que contigo el silencio no hallará aposento. Lo peor será que tu discurso se repetirá una y otra vez; si bien, para ellos, tus palabras siempre parecidas serán como la lluvia constante que ya no empapa sus mentes, rezumantes de tu humedad penetrante. Solo tu hermana será capaz de absorber tu discurso y encaminarlo con suavidad para que fluya por el cauce de los días corrientes y te sientas escuchado y querido. Pero será consciente de que tus palabras, y tu vida, serán arrastradas a la oscura profundidad de los pozos de vuestros padres, cuando ella salga vestida de novia para casarse en la iglesia y no volver a dormir en esa vivienda sola en medio de las dehesas donde habéis vivido desde que vinisteis a este mundo.




Aunque no es hora de dejar de trabajar, el cortador dará la orden de recoger la herramienta.

—…un día es un día —dirá transmitiendo la alegría contenida de llevar dinero a casa.

Venga, vamos a tomar algo para celebrarlo —proclamará otro.

No todos los días, ni todas las semanas, ni todos los meses se cobrará. El cantero, a la hora de ver el fruto de su trabajo, estará sometido a los vaivenes de la demanda de piedra para la construcción.

Sinuñas, monta conmigo —te invitará uno de la cuadrilla, señalando una moto imponente.

Te quedarás pensativo, dudando de si aceptar la propuesta o regresar caminando.

Si no vienes conmigo, no nos podrás acompañar a la taberna —esgrimirá como argumento el motorista con la intención de que consideres la propuesta.

Te ayudarán a levantar la pierna, alzándola para que te quedes a horcajadas en el sillín.

¡Agárrate a mi cintura y no te muevas! —te aconsejará el conductor a punto de acelerar la moto.

Pensarás que vais a chocar o perder el equilibrio, pero, al avanzar, sentirás el placer de dejarte llevar, inclinándote sin caerte en las curvas.

Vuestro grupo será el primero en aparecer por el pueblo. Ni tú ni el jefe seréis habituales de esas rondas en el mostrador de los bares. El cortador estará casado y solo pisará en las tabernas acompañado de su mujer los domingos. Al igual que él, acudirás a estos establecimientos después de misa, a comprar chucherías.

Una ronda de botellines, Rascayú —exigirá el primero que entre con la boca reseca del polvo que ha tragado en el camino.

Te quedarás mirando con expectación al cortador y al tabernero a ver qué te sirven.

Un mosto para Sinuñas —aclarará el cortador.

Ellos se pedirán una bolsa de pipas y las volcarán sobre el mostrador. Tú tomarás unas pocas con la intención de probar si las puedes cachar con los dientes, pero tus gruesos dedos son incapaces de manejarlas para introducirlas con delicadeza en la boca.

Ponle una bolsa de cacahuetes…

Saldrás solo a la puerta a comértelos mientras ves cómo regresan los canteros de los tajos y los labradores de sus tareas agrícolas.

Ale, Sinuñas, a casa, que ya es hora.

Te levantarás de inmediato cuando oigas la orden del cortador. Los dos os iréis y dejaréis al resto tomando otras cervezas hasta que cada uno pague una ronda; la primera fue por cuenta del jefe.




El proyecto común de todos vosotros fue construir una ballesta. La idea fue tuya, Ojosvivos, que pensaste que en las largas temporadas de veda no podíais practicar la puntería. Vuestro campo de tiro, como el de otros muchos entretenimientos, fue la cantera familiar. Incluso, tu padre se entusiasmó con el proyecto y fue el primero que se puso a perfilar la cureña en un buen tarugo de encina. Con su azuela y serrucho logró un larguero modelado con elegancia. Tu hermano herrero forjó una pletina arqueada, las piezas metálicas del mecanismo de sujeción y liberación mediante un gatillo, así como las numerosas clases de flechas. Tú te encargaste de dibujar en un tablero la imagen de una mujer —cuyo modelo real tan solo tú conocías— que serviría de diana. La cabellera rubia de la dama ondeaba como si una ligera brisa la esparciese a su espalda. Su expresión, seria, reflejaba la preocupación por la situación de peligro en la que se veía obligada a posar desnuda. En la nuca colocaste con disimulo una lengüeta de madera para poner una fruta redonda a la que a veces apuntabais. Sus senos eran pequeños, al igual que su ombligo y el pubis. Su perfil había sido marcado con una línea más intensa para que se distinguiera sin dificultad. También fuiste tú el que impuso las normas de la competición de tiro. Aquel de vosotros que hiriera a la mujer quedaba descalificado y no podría acabar su serie de cinco dardos. El vencedor era el que lograba acercar más la punta de las pequeñas jabalinas al cuerpo sin rozar esa línea sagrada, siempre contando como válidos los disparos que impactaran desde los muslos hacia arriba. En caso de duda, el ganador era el que lograba clavar la flecha lo más cerca posible en la línea del corazón. Si el objetivo era la fruta en la cabeza, las normas eran las mismas, pero el punto de aproximación era la manzana o naranja.

Sin excepción, tú, Ojosvivos, eras el triunfador. Jamás uno de tus proyectiles rozó uno de los cabellos de oro de esa mujer que sirvió de modelo.

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